29 de mayo de 2006

El pozo: J.C. Onetti

Juan Carlos Onetti, El pozo (Barcelona: Seix Barral, 1979).

El poeta y soñador Eladio Linacero, protagonista de la novela El pozo de Juan Carlos Onetti, no es una persona de la que pueda uno prendarse. Es un ser para quien "todo en la vida es mierda (...), un pobre hombre que se vuelve por las noches hacia la sombra de la pared para pensar cosas disparatadas y fantásticas" y quien dos años antes, del aquí y ahora narrativos, creía haber encontrado la felicidad: "Pensaba -dice- haber llegado a un escepticismo casi absoluto y estaba seguro de que me bastaría comer todos los días, no andar desnudo, fumar y leer algún libro de vez en cuando para ser feliz. Esto y lo que pudiera soñar despierto, abriendo los ojos a la noche retinta". Eladio Linacero es un hombre solo y en soledad, que tiene muy poca esperanza en los demás, que no tiene nada que esperar y a quien no le importa la miseria. Él, sólo puede ser amigo de Electra: "Siempre me acuerdo de una noche en que estaba borracho y me puse a charlar con ella mirando su fotografía. Tiene la cara como la inteligencia, un poco desdeñosa, fría, oculta y, sin embargo, libre de complicaciones".

Una noche en la que se pasea por su cuarto "con medio cuerpo desnudo, aburrido de estar estirado, desde mediodía" (una habitación en el que hay "dos catres, sillas despatarradas y sin asiento, diarios tostados de sol, viejos de meses, clavados en la ventana en el lugar de los vidrios"), decide escribir sus memorias "porque un hombre debe de escribir la historia de su vida al llegar a los cuarenta años". Conforme va escribiendo nos vamos enterando de "la aventura en la cabaña de troncos" (que además de nosotros solo cuenta sus cosas a "dos clases de gente que podrían comprender": un poeta y una prostituta), de su matrimonio y de su posterior divorcio, de sus sueños y de lo que le sucedió en "el mundo de los hechos reales". Mientras escribe sobre Cecilia, su esposa, recuerda que leyó algo sobre la inteligencia de las mujeres:

La inteligencia de las mujeres termina de crecer a los veinte o veinticinco años. No se nada de la inteligencia de las mujeres y tampoco me interesa. Pero el espíritu de las muchachas muere a esa edad, más o menos. Pero muere siempre; terminan siendo todas iguales, con un sentido práctico hediondo, con sus necesidades materiales y un deseo ciego y oscuro de parir un hijo. Piénsese en esto y se sabrá por qué no hay grandes artistas mujeres. Y si uno se casa con una muchacha y un día se despierta al lado de una mujer, es posible que comprenda, sin asco, el alma de los violadores de niñas y el cariño baboso de los viejos que esperan con chocolatines en las esquinas de los liceos.
Sí, a Eladio Linacero lo abraza la amargura, el percibir una realidad adonde todo es inútil, es un ser que busca dormir antes de que llegue la mañana y que está "sin fuerzas ya para esperar el cuerpo húmedo" de una muchacha, que vive en una sociedad en la que existe la llamada:

"Clase media" o "pequeña burguesía". Todos los vicios de que pueden despojarse las demás clases son recogidos por ella. No hay nada más despreciable, más inútil. Y cuando a su condición de pequeños burgueses agregan el de "intelectuales", merecen ser barridos sin juicio previo. Desde cualquier punto de vista, búsquese el fin que se busque, acabar con ellos sería una obra de desinfección. En pocas semanas aprendí a odiarlos; ya no me preocupan, pero a veces veo casualmente sus nombres en los diarios, al pie de largas parrafadas imbéciles y mentirosas y el viejo odio se remueve y crece.

Hay de todo; algunos que se acercaron al movimiento para que el prestigio de la lucha revolucionaria, o como quiera llamarse, se reflejara un poco en sus maravillosos poemas. Otros, sencillamente, para divertirse con las muchachas estudiantes que sufrían, generosamente, del sarampión antiburgués de la adolescencia. Hay quien tiene un Packard de ocho cilindros, camisas de quince pesos y habla sin escrúpulos de la sociedad futura y la explotación del hombre por el hombre. Los partidos revolucionarios deben creer en la eficacia de ellos y suponer que los están usando. Es en el fondo un juego de toma y daca. Queda la esperanza de que, aquí y en cualquier parte del mundo, cuando las cosas vayan en serio, la primera precaución de los obreros sea desembarazarse, de manera definitiva, de toda esa morralla.
El pozo en el que a veces se hunde una existencia (o un pueblo o un país ¿o el mundo?), debe de ser muy parecido al desencanto y el fatalismo que abarca a Eladio Linacero.

Juan Carlos Onetti es, sin duda, un excelente escritor.

.

24 de mayo de 2006

Sin destino: Imre Kertész

Imre Kertész, Sin destino (Barcelona: El acantilado, 2004), pp. 263.

Los misterios que tiene la vida son inescrutables. Vivimos de determinada manera sin imaginar que, de pronto, todo puede cambiar y lo que antes guardaba cierta armonía pasa a dejar de tenerla o a abrigar otro tipo de unidad dentro de la babel que se presenta. Cuando de repente todo da una vuelta se busca afecto, comprensión, entendimiento o, por lo menos, una palabra de aliento y se encuentra casi siempre, cuando se encuentra, en quien menos se piensa y en quien se cree que se hallará, no se halla. Los misterios de la vida también están en esto...

Hemos visto infinidad de películas con este tema, leido la misma cantidad de literatura al respecto, pero Sin destino de Imre Kertész, es otra cosa. Parte de su maestría consiste en que el tema está tratado con una distancia y objetividad sorprendente (sin desgarramientos ni sentimentalismos. Imre Kertész estuvo en un campo de concentración a los 15 años, sus abuelos maternos murieron en el Holocausto nazi y sus abuelos paternos fueron asesinados bajo el régimen comunista de Rákosi), además desvela una filosofía que se introduce desde los primeros renglones en nuestro espíritu, una filosofía de vida...

Estamos en Budapest un día de 1944 y György Köves, un adolescente de 14 años, se encuentra con la "noticia" de que en su camisa o saco debe de existir siempre una estrella amarilla con la que puede circular por la calle hasta las ocho de la noche, nada más. Su padre tiene que "abandonar a la familia" porque es asignado a trabajos obligatorios y percibe que "los años felices y despreocupados de la infancia habían terminado" para él a partir de ese momento, sin imaginar lo que vendría poco tiempo después: compartir el destino común de los judíos durante la segunda guerra mundial, como le dice su tío Lajos en cuanto despiden a su padre y él se queda con su madrastra (aunque tiene a su madre, pero sus padres están separados).

La vida prosigue y nuevas leyes se proclaman para los judíos, el adolescente húngaro tiene que ponerse a trabajar, es una obligación que le es comunicada en una nota: "György Köves, joven aprendiz, se le ha asignado un puesto de trabajo permanente". Un día caluroso se levanta temprano para ir al trabajo y, a poco tiempo de dejar "atrás las últimas casas de los suburbios, al cruzar el pequeño puente que lleva a la isla Csepel", el autobús frena de repente y una voz "desde afuera, mandaba apearse a los judíos que se encontraban en él. 'Seguramente será para revisar los pases de frontera y permisos', pensé". Sin imaginar lo que realmente sucedía (sólo sabían que irían a trabajar a otro lado), después de algunos días de viaje en tren y casi sin agua, los pasajeros llegan a una estación desconocida:

Vi, a mi izquierda, un edificio que anunciaba una estación. Resultaba ser un edificio minúsculo, gris y totalmente desierto, con pequeñas ventanas que estaban cerradas (...) Otros también vieron el edificio, y yo se los conté a los que estaban alrededor. Me preguntaron si veía el nombre de alguna localidad. Y sí, lo vi: eran dos palabras que a la luz del sol se distinguían perfectamente; el cartel colgaba del lado más estrecho del edificio, debajo del techo, justo enfrente de nuestro vagón: Auschwitz-Birkenau, eso leí, estaba escrito con las típicas letras alemanas, altas y onduladas. Trate en vano de acordarme de mis estudios de geografía, los demás tampoco tenían idea de dónde estábamos.

Habían llegado a su destino.

En Auschwitz-Birkenau sólo está tres días, los justos para pasar por las duchas de agua (no de gas, como pasaron quienes no resultaron aptos para el trabajo), raparlo, echarle desinfectante y darle esa ropa "de preso" (incluía unos zapatos de madera) que a partir de ese momento usaría. Aprendió muy pronto la diferencia entre un campo de exterminio y un campo de trabajo, aunque sabía que los dos eran esos "campos de concentración" de los que un día escuchó hablar en alguna clase o en alguna plática familiar. Su destino era en un campo de concentración de trabajo en Buchenwald:

Enseguida nos contaron, nos ordenaron, nos llevaron y nos trajeron, para determinar quiénes dormirían en qué tiendas: nos pusieron en filas de diez, delante de nuestros respectivos bloques (...) Mi vecino de la izquierda era un hombre alto y delgado (...) quería saber cómo había llegado hasta allí, a lo que yo respondí: "Fue muy fácil, sólo tuve que bajar del autobús". "¿Y qué?", preguntó. Le respondí que nada más, que allí estaba.

Muchas cosas suceden a György Köves además de contagiarse de sarna, piojos, chinches, de conocer el hambre a "largo plazo" y la degradación interior, de envejecer 10 o 15 años en tan solo un año (después de un tiempo se ve en un espejo y no se reconoce), de tener los zapatos pegados a los pies, a tener en lugar de un nombre un número, de recibir golpes porque se le caían los sacos de cemento que a veces no aguantaba en la espalda, y de graves infecciones que lo llevaron a un hospital. Pero sobre todo, aprendió tres formas de evadirse en un campo de concentración:

1. La imaginación (que siempre permanece libre)
2. Abandonarse (cualquier rincón, cualquier sitio o escondite bastaban)
3. La literaria ("la verdadera").

György Köves aprendió, también, a vivir un "destino determinado" que no era su destino, pero lo había vivido...

Por cierto, como muchas veces sucede nadie es profeta en su tierra: “Cuando le dieron el Premio Nobel, comenta Agota Kristof, los titulares de la prensa húngara fueron: 'Un judío gana el Nobel'. Pesaba más eso que el hecho de que fuera húngaro. Lo conocí una vez. Tuvo muchas dificultades para publicar en Hungría. Por suerte, lo tradujeron al alemán. Si no hubiera sido por eso no creo que le hubieran dado el Nobel". Qué triste que un país en lugar de estar feliz por tan grande acontecimiento, salga con estas cosas tan sin sentido.
Imre Kertész es un escritor extraordinario, merece no un premio nobel como el que recibió en el 2002, sino dos o tres o...

20 de mayo de 2006

La casa de las bellas durmientes

Yasunari Kawabata, La casa de las bellas durmientes (Barcelona: Caralt, 2004), 155 pp.

Llegar a la vejez, acaso a una soledad vestida de nostalgias y recuerdos, no debe de ser sencillo, aunque quizá ninguna edad lo es. Probablemente la diferencia está en que cuando se es viejo se piensa con más detenimiento en la vecindad con la muerte y esto consiente un silencioso y triste miedo, sensaciones que a veces vemos reflejadas en los ojos siempre grises de los ancianos.

¿Qué sucede con el erotismo cuando se tienen casi setenta años? ¿se es tan grande a esa edad como para dejar de sentir deseo o, tal vez, el deseo se transforma en algo diferente, menos pasional? "Los viejos tienen la muerte, y los jóvenes el amor, y la muerte viene una sola vez y el amor muchas", piensa Eguchi, el protagonista de La casa de las bellas durmientes de Yasunari Kawabata.

Kiga, el amigo de Eguchi, que "era tan viejo que ya había dejado de ser hombre", le recomienda una casa secreta a la que él asiste, la casa de las bellas durmientes en las afueras de Tokio. Los ancianos llegan, toman un delicioso té y pasan a una habitación adonde les espera en la cama una jovencita dormida y virgen, que no se despierta por nada. Ellos pueden hacer lo que deseen con ellas sin transgredir las reglas establecidas: no deben de tener relaciones sexuales, no deben de despertarlas y no es posible pasar la noche dos veces con la misma chica. Las jovencitas, "convertidas en juguetes vivientes", podían ser "para los viejos la vida misma". La primera vez que Eguchi tiene esta experiencia:

Creyó sentir música en el cuerpo de la muchacha. Era la música del amor (...). Dormir con una belleza que no se despertaría era una tentación, una aventura, un goce (...), cuando la desesperación de la vejez le resultaba insoportable (...). El recuerdo, el don de una mujer para comunicar fuerza a toda la vida de un hombre, seguía vivo en él, a pesar de sus sesenta y siete años.

Mientras Eguchi está con las jovencitas (cuatro experiencias en total, la última con dos chicas dormidas al mismo tiempo) y les acaricia el cabello, los senos, los hombros, los labios, vienen a él los recuerdos de sus tres hijas, sus nietos, de sus anteriores amantes o de la atracción que sintió por otras mujeres, de su esposa ("estaría durmiendo sola en esta fría noche de invierno"), de su juventud. Es de una gran belleza estética el que estos recuerdos le lleguen a través de la fragancia de las flores: peonías, rododendros blancos, camelias, probablemente porque "el sentido del olfato es el más rápido en evocar recuerdos".

Como la joven no se despertaría, los viejos huéspedes no tenían que sentir vergüenza de sus años. Eran completamente libres de entregarse sin limitación a sueños y recuerdos de mujeres. ¿No era eso por lo que no dudaban en pagar más que por mujeres despiertas? Para un viejo en los umbrales de la muerte no podía haber un momento de mayor olvido que cuando estaba envuelto en la piel de una muchacha joven.
Mientras dormía, una de las jovencitas "pronunciaba palabras de amor con los dedos de los pies. Rebosaba una sensualidad que hacía posible que su cuerpo conversara en silencio"; otra, olía a leche, "lo que fluía del brazo de la muchacha hacia el profundo interior de sus párpados era la corriente de la vida, la melodía de la vida, el hechizo de la vida y, para un anciano, la recuperación de la vida. Desde la antigüedad, los ancianos habían intentado usar la fragancia de las doncellas como un elixir de juventud".

Es excelente la forma en que Kawabata engarza las historias dentro de la historia, lo hace con sutileza, casi sin sentir penetramos a historias plenas de símbolos, metáforas, pero sobre todo escritas con magistral belleza. Todo sucede mientras besa, abraza, acaricia y contempla a las bellas durmientes, hasta que sucede lo inesperado...

14 de mayo de 2006

La fiesta inolvidable

"Con la excusa de celebrar el estreno de un ballet experimental producido por Serge Diaghilev, un inglés excéntrico organizó en mayo de 1922 una comida en un hotel parisino con una única idea en la cabeza: sentar a la mesa a los cinco grandes nombres de ese apoteótico modernismo que estaba redefiniendo el siglo. La cosa no salió exactamente como pensaba. Pablo Picasso hizo su entrada mudo como una efigie; Igor Stravinsky, con una notable mala onda; James Joyce, con una alevosa borrachera irlandesa; y Marcel Proust, recién después del postre. Ahora, aquella noche con la que tanto se fantaseó, y en la que se produjo el encuentro más extraño del arte del siglo XX, es reproducida bocado a bocado y copa a copa en el exhaustivo A Night in the Majestic.

La noche del próximo 18 de mayo se cumplirán 84 años de una de las más célebres y misteriosas fiestas en la historia del arte. Una dinner-party que tuvo lugar en el parisino Hotel Majestic en 1922 y que reunió –cortesía del matrimonio de Sydney y Violet Schiff– a lo más noble y representativo del convulsionado y revolucionario panorama artístico de entonces y, dentro de ese paisaje, a cinco nombres clave sentándose a la misma mesa para mirarse de reojo. Por orden alfabético: Serge Diaghilev, James Joyce, Pablo Picasso, Marcel Proust e Igor Stravinsky. Un libro recién aparecido del biógrafo e historiador Richard Davenport-Hines –A Night in the Majestic: Proust and the Great Modernist Dinner-Party of 1922 (Faber and Faber, 14,99 libras)– se cuela en el salón para reconstruir la antológica velada y teorizar sobre lo que en verdad ocurrió esa noche mágica, irrepetible y tan complicada.

ENTRADAS

Veinte años antes de la noche en el Majestic, durante las turbulentas jornadas del affaire Dreyfuss, Marcel Proust organizó una cena a la que invitó a los más apasionados defensores de ambos lados del conflicto. Uno de los convidados, Léon Daudet, acudió al ágape esperando lo peor, “que no sobreviviera ni una pieza de porcelana” y, a los pocos minutos de llegar, se asombró “por las corrientes de entendimiento y benevolencia que parecían originarse en Marcel para fluir entre los que allí estaban sentados para envolverlos como en espirales de calma y razón”. Cuando Daudet se acercó a felicitar a Proust por lo que había conseguido, éste se encogió de hombros y, restándole importancia al tema, musitó: “Lo cierto, monsieur, es que todo depende de la primera reacción que experimenten entre ellos los diferentes personajes”.

Cabe pensar que dos décadas después el fan proustiano Sydney Schiff pensó en las palabras de su ídolo cuando, junto a su adoradísima esposa Violet Beddington Schiff, se propuso –y consiguió– montar lo que en perspectiva se entiende como una cumbre modernista y, en su momento, fue una de esas comidas en la que todo podía ocurrir y todo ocurrió.

¿Y quiénes eran los Schiff? Para muchos eran unos entusiastas del arte, para muchos otros eran unos snobs ingleses fascinados por París, lo francés y, en especial, por el autor de En busca del tiempo perdido. Sydney Schiff (1868-1944) era el autor –bajo el seudónimo de Stephen Hudson– de un puñado de novelas modernistas cuyo nombre y títulos han sido olvidados. Schiff no aparece hoy en ninguna historia de la literatura inglesa o en diccionario biográfico alguno y, los más piadosos y memoriosos, lo consideran “un amateur de talento”. Hombre de bigote militar y temperamento depresivo, bebía champagne en cantidades industriales (para aprehensión de Proust, quien recomendaba la cerveza) y su más catalepsia que inmortalidad literaria se debe, hoy, a dos motivos: la publicación en la revista Criterion, editada por T.S. Eliot, de la nouvelle à clef y proustiana Céleste (donde Proust aparece anglificado como Richard Kurt) y el haber sido junto con su esposa destinatarios de la dedicatoria de Sodoma y Gomorra II: “Sólo ustedes me parecen a mí aquello que se busca sin pausa”.

Cuenta Davenport-Hines que los Schiff pensaron primero en el Ritz –guarida habitual de Proust– pero, como allí no se permite la música luego de la medianoche se pasan al Majestic (rebautizado siete décadas después como Hôtel Raphaël) en el 17 de la Avenue Kléver donde, tres años antes, se hospedó la delegación británica durante las negociaciones del Pacto de Versailles. La idea de Schiff, comunicada al impresario Serge Diaghilev, fue celebrar a la compañía de los Ballets Russes luego del estreno del ballet-burlesque –veinte minutos, cuatro bailarines, experimento de Igor Stravinsky– Le Renard. El bloomsburyano crítico de arte Clive Bell –uno de los pocos ingleses presentes, esposo de Vanessa, la hermana de Virginia Woolf– recordó que Schiff “invitó a cuarenta o cincuenta personas, miembros del ballet y seguidores del ballet, pintores, escritores, modistas, modelos, pero lo que en realidad le importaba era, en un reservado de la planta alta, reunir a los cuatro hombres que más admiraba: Picasso, Stravinsky, Joyce y Proust”.
Y Schiff consiguió lo que se propuso.

PRIMER PLATO

El primer capítulo de A Night at the Majestic se titula “18 de mayo de 1922” y funciona como un médium invocando el espectro de una noche que se niega a descansar en paz. Davenport-Hines ilumina todos los rincones del lugar, se preocupa por reordenar una posible lista de invitados (ya que los Schiff no la enviaron para su publicación en Le Figaro o Le Gaulois) y hasta recalienta el menú de lo servido basado en descripciones de la novela de Proust (mucho espárrago, pierna de cordero en salsa béarnaise, boeuf à la gelée, pollo financière, langosta à la americaine y postres como ananá y ensalada de trufas, pudding Nesselrode, tarta de almendras, café y helado de pistacchio y mousse de frutillas).

Pasada la medianoche ya han sucedido cosas interesantes: Picasso se presentó con un pañuelo anudado en la cabeza (alguien lo describe como “un pirata catalán”; nadie recuerda que haya dicho nada); la Duquesa de Clermon-Tonnere ha pronunciado aquello de “en el séptimo día Dios creó a Picasso”; la Nijinska (bailarina hermana de Nijinski) ha confiado que el astro ruso padece esquizofrenia, y alguien cree haber visto a Wyndham Lewis. Pero Proust no llega. Schiff no le ha enviado invitación por temor a asustarlo; pero sí le ha comentado, con delicadeza, fecha y lugar del acontecimiento para intrigarlo. Su lugar junto al anfitrión permanece vacío, Schiff sufre, pero –con los platos retirados y el café servido, cerca de las dos y media de la madrugada– aparece, vestido de etiqueta, con un abrigo de piel sobre su frac, guantes blancos, el francés del momento. Proust –vampiro de la alta sociedad, ahora vampirizado por su libro– es de una palidez casi transparente. Clive Bell –admirador confeso– lo encuentra “enfermizo y débil; pero sus ojos eran gloriosos”. Joyce –quien llegó media hora antes, pero igualmente tarde– yace borracho en un rincón. Joyce llegó así porque –teorizó Schiff– necesitaba envalentonarse y ocultar su vergüenza de no poseer un traje apropiado para la ocasión. Enseguida, Proust es un reactivo, todo se mueve en esta noche en el Majestic como –ya desde el título– en una película de los Hermanos Marx. Una aristócrata en decadencia, que se sintió “maltratada” por Proust en su novela, se pone de pie y deja la estancia. Proust deja escapar un gemido y se sienta junto a Stravinsky –a quien mencionaba cálidamente en Sodoma y Gomorra– y, para romper el hielo, ensaya un elogio de Beethoven. “Detesto a Beethoven”, le informa Stravinsky. Proust decide entonces dedicarse a Diaghilev (definido como “un encantador invasor” en su novela, el francés y el ruso ya habían intercambiado cartas con cierta frecuencia, aunque ninguna de ellas ha sobrevivido) y a Picasso (a quien admiraba por sus telones para el Parade de Jean Cocteau a quien, en una carta, le confiaba “¡Qué guapo es Picasso!”). Schiff le sugiere a Picasso que retrate a Proust. “Le llevará poco más de una hora”, ruega con pasión de doble groupie. Picasso se hace el que no escucha. Joyce ronca en un rincón y alguien lo despierta y es entonces cuando Violet Schiff tiene una idea.

SORBETE DE LIMON

El frío ácido que se utiliza para limpiar el paladar entre un platillo y otro, y quizás éste sea el mejor sitio para intentar una cauta aproximación al término y al concepto. Según The Penguin Dictionary of Literary Terms and Literary Theory, de J.A. Cuddon (edición revisada de 1982), Modernismo más o menos equivale a: “Término vago, pero comprehensivo para un movimiento (o tendencia) que comenzó de manera subrepticia en los últimos años del siglo XIX y que tuvo una gran influencia a lo largo del siglo XX. El término abarca a todas las artes y, sugieren algunos, alcanzó su punto más alto durante los años ‘20”. Davenport-Hines es más preciso en su libro, y no duda en señalar a 1922 como el anno mirabilis del fenómeno: “En la primavera de 1922, el Modernismo tenía quince años de edad y se encontraba en su apogeo. Puede afirmarse que su estreno fue durante 1906-7, cuando Picasso comenzó a pintar Les demoiselles d’Avignon, había entrado en una fase más estable en 1910 con la triunfal primera ejecución del ballet L’oiseau de feu de Stravinsky y la apertura de la exposición de los post-impresionistas en las Grafton Galleries de Londres... Pero 1922 –desde un punto estrictamente literario– fue el año en que T.S. Eliot publicó The Waste Land, James Joyce su Ulises y Marcel Proust –el 29 de abril de ese año– la segunda entrega de Sodoma y Gomorra”. Y tal vez haya que decirlo: a Davenport-Hines –como a Sydney Schiff– lo que más le importa es la figura de Proust. El ensayista lo coloca como centro de mesa y comensal en la cabecera (así aparece en la portada de la edición inglesa que simula un poster de la época) y la edición norteamericana de A Night at the Majestic –que aparecerá en junio próximo– va todavía más lejos al ser retitulada como Proust at the Majestic: The Last Days of the Author Whose Book Change Paris y poner en la cubierta una foto del francés a solas, mal que le pese al espectro de James Joyce. Davenport-Hines hace foco en Proust porque, después de todo y por encima de todo –proustificado y proustituido–, lo que a él le interesa es la recuperación de un tiempo perdido y el modo en que encajan los engranajes de diversas memorias para poner a funcionar el cuerpo y el alma de una noche simbólica de toda una época. Así, el libro de Davenport-Hines se inscribe dentro de un subgénero que los más piadosos definen como “biografía de anécdota y no de vidas y obras”, y los menos clementes descartan como “un profile de The New Yorker inflado”. Si se trata de ser equilibrados, puede decirse que A Night of the Majestic es un objeto simpático con la virtud de reunir información dispersa y rumores esparcidos (y, dicen los que saben, abundantes erratas en su costado musical) y que se lee con placer e interés. Y no es el único de esta tendencia de moda –que ya encuentra un exponente en 1971 en el goncourtiano Dinner at Magny’s de Robert Baldick– a la hora de lo histórico y lo biográfico y lo coral. Algunos hitos recientes son The Immortal Dinner de Penelope Hughes-Hallett (publicado en el 2000 y poniendo la mesa de una noche en la que coincidieron el pintor B.R. Haydon, William Wordsworth, John Keats y Charles Lamb); Evening in the Palace of Reason de James R. Gaines (del 2005 y explorando la partitura de la relación entre J.S. Bach y Frederick El Grande); February House de Sherill Tippins (2005, trazando la planta de una casa de Brooklyn en la que convivieron Carson McCullers, Jane y Paul Bowles, Gipsy Rose Lee, W.H. Auden y Benjamin Britten); y el muy comentado A Chance Meeting de Rachel Cohen (2004, donde se recuentan 36 encuentros casuales entre celebridades interconectadas estilo “seis grados de separación” e incluyendo a Henry James, Marcel Duchamp, Charles Chaplin y Norman Mailer). El 2006 no se conforma con A Night at the Majestic y trae y traerá The Yellow House de Martin Gayford (la historia de la casa de Arlès en la que vivieron Van Gogh y Gauguin), Rousseau’s Dog de John Eidinow (sobre la amistad primero y enemistad después entre Jean-Jacques Rousseau y David Hume) y, recién aparecido, Party of the Century de Deborah Harris, catando hasta el último canapé servido en la célebre fiesta black and white organizada por Truman Capote en el Plaza Hotel, en 1966, para festejar y autofestejarse por el descomunal éxito de A sangre fría. Pero volvamos al Majestic y, oh, Marcel Proust y James Joyce –quienes está claro que no se sentían parte de ningún movimiento o ismo sino gigantes solitarios– están conversando y...

SEGUNDO PLATO

...una cosa es segura: la idea de presentarlos para así crear un momento instantáneamente histórico fue de Violet Schiff. A partir de entonces, todo es incierto, abundan las versiones, y Davenport-Hines las analiza todas. Una de ellas se limita a Proust preguntando si le gustan las trufas y Joyce respondiendo que sí. Otra tiene que ver con apenas dos líneas de un diálogo terrible: “Nunca leí su obra, monsieur Joyce”, y “Nunca leí su obra, mister Proust” (esto último no era cierto; Joyce estaba interesado en Proust, pero su mala vista le impedía atreverse con la minúscula tipografía de los libros del francés, aunque sí había investigado varias páginas para comentar: “No les veo ningún mérito; pero también es verdad que yo soy un pésimo crítico”). Una tercera versión muestra a Proust recitando nombres de aristócratas del momento, preguntándole a Joyce si los conoce, y el irlandés respondiendo “Non, monsieur” una y otra vez. Violet Schiff aseguró que los oyó citarse a sí mismos para, enseguida, pasar a quejarse, alternativamente, de jaquecas (Joyce) y dolor de estómago (Proust). Y eso fue todo. Casi todo.

POSTRES, CIGARROS, CAFE Y LICORES

Porque las dificultades continuaron a la hora de dejar la escena del crimen y el frente de batalla. Proust había invitado a los Schiff a seguir conversando en sus aposentos porque, “de otro modo, los pobres camareros tendrán que estar en pie toda la noche”. Cabe suponer que Proust no estaba interesado en que el bamboleante Joyce fuera de la partida, pero Joyce no se dio por enterado y lo mismo se subió al taxi privado de Proust conducido por el fiel Odilon Albaret, marido de su ama de llaves Céleste. Joyce encendió un cigarro, abrió la ventanilla, Proust comenzó a toser y a hablar sin pausa y, al bajarse en la Rue Hamelin, le dio indicaciones a su chofer para que llevara al irlandés hasta su domicilio, lejos. Los Schiff –quienes se quedaron en lo de Proust hasta entrada la mañana– comentaron luego que pocas veces lo vieron tan feliz.

Exactamente seis meses después de la fiesta en el Majestic, fallecía Marcel Proust. El último capítulo del libro Davenport-Hines se titula “18 de noviembre de 1922” –entre una y otra fecha, el autor explica cómo fue que unos y otros llegaron a coincidir y repelerse– y se ocupa de la agonía del escritor francés y de los efectos casi cataclísmicos de su muerte. Son páginas tristes. Se sabe que poco después de su encuentro con Joyce & Co., Proust ya casi no salió y decidió encerrarse a terminar y corregir su libro (dedicándole especial atención a la parte de la muerte del escritor Bergotte, “porque ahora sé de qué se trata”) en una carrera a toda velocidad contra la parca. En su mémoire, Céleste Albaret narra en detalle una agonía en cámara lenta, pero que no por eso deja de moverse, avanzar hacia el inevitable final. Proust apenas abre sus puertas a las visitas (la aristócrata Marthe Bibesco narra en su Au bal avec Marcel Proust que se excusa de hacerla pasar a su dormitorio porque “le temo al perfume de las princesas”; el adicto insaciable Schiff sintió como un menosprecio la convalecencia de su héroe, preguntándole en una última carta si “está tan enfermo como para no interesarse por mí”) y, la madrugada del 18 de noviembre, Proust alucina a una mujer gorda y vestida de negro que tira de sus sábanas. La noticia de su muerte se extiende como un doloroso sismo por la ciudad que amaba y que lo amaba. Los taxistas y los camareros hacen un alto en sus actividades en señal de respeto (unos y otros adoraban a Proust tanto por su buen trato como por sus monumentales propinas que, en ocasiones, triplicaban el monto total de la adición), y el escritor modernista Ford Madox Ford, autor de El buen soldado, apuntó más tarde: “Todas las fiestas de ese día se convirtieron en funerales. La gente se limitaba a permanecer sentada, con cara de pánico, en silencio. Podía pensarse que, de pronto, todos eran hombres y mujeres que habían perdido a sus familias o sus ahorros durante una guerra”. Todos repetían una y otra vez, en calles y cafés: “Ha muerto...”. Las librerías colgaron crespones negros y pusieron sus libros en las vidrieras y comenzaron a circular anécdotas sobre “el martirio” o “el sacrificio” de sus últimos días, cuando lo único que le importaba a Proust era cerrar la puerta de su monumental obra. Intelectuales de renombre visitaron su cuerpo en el número 44 de la Rue Hamelin (Man Ray tomó una fotografía del muerto recién hecho; Jean Cocteau comentó que los cuadernos junto al lecho donde yacía el cadáver “parecían vivos, como un reloj en la muñeca de un soldado muerto”), telegramas y tributos discutiendo si con Proust terminaba la novelística del siglo XIX o se alumbraba la del XX cruzaron océanos y, el 21 de noviembre, el cortejo fúnebre es lento y monumental y recorre numerosos escenarios proustianos antes de llegar al cementerio de Père-Lachaise. James Joyce estuvo allí, silencioso y sobrio, y una semana después escribió en una libreta: “Su nombre ha sido a menudo ligado con el mío. En París, muchos no parecen muy sorprendidos por su muerte, pero cuando yo lo vi el pasado mayo no me pareció enfermo. De hecho, pensé que aparentaba diez años menos de los que tenía”.

Sydney Schiff publicaría tres días después su Prince Hempseed con la dedicatoria “A la memoria de mi amado amigo Marcel Proust, 18 de noviembre de 1922”, y con el correr del tiempo –fallecido el traductor oficial inglés Charles K. Scott Montcrieff– se daría el gusto de traducir Le Temps Retrouvé en 1931 en una versión para muchos deficiente y sin gracia.

Varios años después, triste y mirando casi sin ver por una ventana, Joyce –según Davenport-Hines– le comentaría algo a su joven secretario Samuel Beckett, autor de una monografía sobre Proust donde se lee: “El arte es la apoteosis de la soledad”. Asegura Davenport-Hines que entonces Joyce dejó escapar un suspiro largo y triste, y dijo: “Si al menos hubiéramos tenido la oportunidad de encontrarnos y conversar en algún otro sitio...”."

El artículo es de Rodrigo Fresán, publicado en mayo de 2006 en Página/12

10 de mayo de 2006

Una obra de Handke

Siempre he señalado mi preferencia por separar la vida privada de un escritor y su obra, son cosas totalmente diferentes. Pero parece que para algunas personas e instituciones esto no funciona así. Voyage au pays sonore ou l'art de la question (Viaje al país sonoro o el arte de la cuestión) de Peter Handke iba a ser presentada en la "Comédie Française", pero no se permitió porque se enteraron que su autor había asistido a los funerales de Milosevic. Un grupo de intelectuales difundió una carta, segun leemos en Clarín, en la que expresa su disconformidad con la medida: "No se trata de decidir si Handke estuvo errado o tuvo razón, sino de saber si ese hecho justifica o no el restablecimiento en Francia de una forma de censura ejercida por los bienpensantes". Firmaron la carta Emir Kusturica, Elfriede Jelinek, Robert Menasse, Josef Winkler, Paul Nizon y el cineasta Michael Haneke.

El administrador de la institución, Marcel Bozonnet, fue el responsable de la exclusión, cuando supo que el dramaturgo -que tiene 63 años y vive en Francia- asistió el 18 de marzo pasado al entierro de Milosevic.

8 de mayo de 2006

El placer del texto

¿El lenguaje más erótico de un cuerpo no está acaso allí donde la vestimenta se abre? En la perversión (que es el régimen del placer textual) no hay "zonas erógenas"; es la intermitencia, como bien lo ha dicho el psicoanlálisis, la que es erótica: la de la piel que centellea entre dos piezas (el pantalón y el pulóver), entre dos bordes (la camisa entreabierta, el guante y la manga); es ese centelleo el que seduce, o mejor: la puesta en escena de una aparición-desaparición.

No se trata aquí del placer del strip-tease corporal o del supremo narrativo. En uno y otro caso no hay desgarradura, no hay bordes sino un desvelamiento progresivo: toda la exitación se refugia en la esperanza de ver el sexo (sueño del colegial) o de conocer el fin de la historia (satisfacción novelesca). Paradójicamente (en tanto que es de consumo masivo), es un placer mucho más intelectual que el otro: placer edípico (desnudar, saber, conocer el origen y el fin) si es verdad que todo relato (todo develamiento de la verdad) es una puesta en escena del Padre (ausente, oculto o hipostasiado), lo que explicaría la solidaridad de las formas narrativas, de las estructuras familiares y de las interdicciones de desnudez -reunidas todas entre nosotros- en el mito de Noé cubierto por sus hijos.

El placer del texto es ese momento en que mi cuerpo comienza a seguir sus propias ideas...

Roland Barthes.

7 de mayo de 2006

La novela como juego

Damas chinas, la novela de Mario Bellatin, acaba de aparecer en España. Luis de la Peña, en el Suplemento "Caballo verde" de La razón, nos ofrece hoy la siguiente reseña:

"La novela como juego"
Damas chinas, Anagrama, 104 pp.

Las novelas de Mario Bellatín (México, 1960) tienen ese raro y atractivo misterio de historias que nos atrapan y que el lector no alcanza a descubrir muy bien porqué. Así ocurre en esta «Damas chinas», aparecida ahora en España, casi diez años después de su primera edición americana. La historia es sencilla: un ginecólogo bien entrado en los cincuenta ha empezado a frecuentar diversos prostíbulos de la ciudad. A partir de este arranque, el narrador y protagonista de la novela va relatándonos su vida: la relación con su esposa, el trato con su hija recién casada, la muerte de su hijo. Sucesos de la vida cotidiana que, en apariencia, nada aportan más allá de lo que es una vida «normal». Pero el ginecólogo conoce en su consulta a un niño, hijo de una mujer que padece un cáncer y del que, misteriosamente, se cura. La segunda parte del relato es la historia que este niño le ha contado al ginecólogo. Dos partes que funcionan a modo de contrapunto, que no se explican una a la otra, sino que constituyen una unidad en la que ofrecer la visión de un mundo donde lo esencial no es el tiempo (ni pasado ni futuro) sino el desarrollo de unos acontecimientos que parecen existir siempre en un presente continuo. Dos historias diferentes que se superponen para ofrecernos un único modo de entender la realidad: el misterio de lo cotidiano, una realidad corriente gobernada por un infinito silencio (estética del silencio, la definió el profesor Claudio Guillén).

Para construir este mundo novelesco de silencios y ausencias en el que parece no suceder nada, porque al cabo es el hombre que vive sin darse cuenta de cómo pasa la vida, una vida en la que no parece haber un antes y un después, sólo un presente inmenso en el que él mismo se pierde, el autor ha hecho uso de una serie de elementos estructurales que funcionan a la perfección, como los engranajes de un reloj. De una parte la austeridad estilística, dominada por un lenguaje directo, sencillo, de frase corta y concisa, con periodos narrativos breves y compactos, y unos personajes carentes de nombre, definidos a través de sus atributos, de su condición, personajes que funcionan como en un cuento, porque «Damas chinas» es una «nouvelle» que toma demasiados elementos estructurales del relato y, en cierto sentido, funciona como éste.

Lo primero que sorprende al lector es que quiere entender, pero no sabe cómo. Los acontecimientos que se van desarrollando ofrecen la diafanidad de lo corriente, pero el lector sabe que hay algo más detrás de estos asuntos, y lo sabe porque, como en los mejores textos, la lectura es extrañamente perturbadora. Y es que esos acontecimientos «corrientes» se explican y se entienden dentro del texto. Así, lo alegórico de algunos asuntos (no se puede escapar el hecho de que el protagonista es ginecólogo y que la segunda parte del libro nace del relato de un niño que ha entrado en escena a través de la enfermedad de la madre) cobra cierta vitalidad en la propia textualidad, pero fuera de ella se diluye como un azucarcillo en el agua. Porque la rara perfección del libro reside precisamente en una inquietud que ignoramos de dónde viene.

4 de mayo de 2006

Modotti

Era un domingo por la mañana cuando conocí a un profesor y a su esposa, una cubano-mexicana. Había ido a desayunar a un café a orillas de la playa en Las palmas de GC, me gustaba leer ahí los periódicos que podía comprar todos los días en una tienda que se encontraba en la esquina de la calle adonde yo vivía, era el barrio de las canteras. Esta pareja estaba también desayunando y desde ese día hemos mantenido una continua y bonita relación y cuando vienen o voy nos encontramos, como hace un par de días que han llegado aquí para pasar unas semanas. Además de la alegría de verlos, me han traido un estupendo regalo: los dos volúmenes de: Modotti, una mujer del siglo veinte, el comic de Ángel de la Calle publicado por Sin Sentido y que desconocía por completo.

Ver a Tina Modotti, una gran artista que vivió varios años en México (1), convertida en personaje de tebeo me ha resultado genial. El diseño es excelente, y los dibujos de igual forma. Apenas lo voy a leer, pero les transcribo la reseña editorial, para que si no lo han leido se animen a hacerlo:

En 1930 Europa es un hervidero de ideologías totalitarias, de tomas salvajes de conciencia social, de creatividad desatada en el mundo artístico e intelectual, de depresión económica y moral. En ese momento, llega desde México Tina Modotti, la fotógrafa, la olvidada estrella del cine mudo de Hollywood, la bella modelo amante y alumna de Edward Weston, del muralista Xavier Guerrero, del fundador del Partido Comunista cubano Julio Antonio Mella. La antigua amiga de Diego Rivera y Frida Kahlo. En Berlín Tina descubrirá que el huevo de la serpiente del nazismo ya ha roto el cascarón. Vivirá en Moscú y conocerá la peligrosa vida de agente secreta de la Comintern de la mano de su nuevo amante, Vittorio Vidali; vivirá el azaroso ambiente cultural parisino, y verá la ascensión de los fascismos al poder. El golpe de estado del general Franco la sorprende en España, donde se convertirá en María Ruiz la responsable de Socorro Rojo Internacional y el Hospital Obrero de Madrid en la guerra civil de 1936. Tras la derrota del bando democrático se exilia en México, huyendo de los procesos que esperan en Moscú a los que regresan de la guerra de España .

El México de Lázaro Cárdenas, de los 50.000 exiliados españoles, del asesinato de Trotsky, de los altos edificios y los coches americanos no la hizo feliz. Murió una madrugada en el asiento trasero de un taxi. La amiga de Antonio Machado, Hannes Meyer, Erwin Kisch, Neruda, Alberti, Dos Passos, Siqueiros, Anna Seghers, Orozco, Connie de la Mora… falleció sola y dejando un reguero de interesadas dudas sobre las circunstancias de su muerte.

De eso trata este segundo volumen de Modotti, un cómic donde el narrador y su entorno se vuelven partícipes y comentadores de lo narrado. Habla de eso y de por qué Tina no hizo ninguna fotografía más desde que abandonó Berlín en el otoño de 1930. Y también de por qué en 1991, en Sotheby's, se pagó el precio más alto de la historia por una fotografía. Era Roses, tomada por Tina Modotti en 1925.

(1) "En 1922 llegó a México donde conoció a Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros. Se hizo miembro de Partido Comunista en 1927. Participó activamente en la campaña "Manos fuera de Nicaragua" en apoyo a la lucha de Augusto C. Sandino y ayudó a fundar el primer comité antifascista italiano. En 1928 conoció a Julio Antonio Mella, dirigente estudiantil cubano, en una manifestación en protesta por la ejecución de Sacco y Vanzetti. A principios de 1930fue expulsada de México, acusada injustamente de conspirar para asesinar al Presidente".

Tina Modotti tuvo una vida muy interesante (que se despliega en este libro-comic), era muy guapa e inteligente.

Algunas fotografías realizadas de Tina Modotti.
__________

Cumple 40 años Cien años de soledad.

3 de mayo de 2006

"Yo misma compraré las flores"

"Trafalgar Square, en una imagen de finales de los años veinte, es uno de los escenarios londinenses de la obra de Virginia Woolf".

2 de mayo de 2006

Mañana en la batalla piensa en mí

Javier Marías, Mañana en la batalla piensa en mí, 9a. ed. (Madrid: Santillana -Suma de letras-, 2004), pp. 423.

Mañana en la batalla piensa en mí ha sido galardonada con varios premios, entre ellos el Rómulo Gallegos 1995. Narrada en primera persona, inicia con la visita de Víctor Francés, divorciado y guionista de cine que "acaba haciendo series de televisión casi siempre", a la casa de Marta Téllez en la calle Conde de la Cimera, una mujer casada con un hijo de dos años y cuyo esposo había viajado a Londres esa noche. Después de cenar solomillo irlandés, tomar Chateau Malartic y dormir al niño, pasan a la habitación, "Nadie piensa nunca que pueda ir a encontrarse con una muerta entre los brazos y que ya no verá más su rostro cuyo nombre recuerda". Marta Téllez empieza a tener "un mareo horrible, de todo, todo el cuerpo" hasta que muere en los brazos de Francés, los dos eran casi desconocidos el uno para el otro. La escena de la muerte es sobrecogedora:

Cógeme, cógeme, por favor cógeme, y quería decir que la abrazara y así lo hice, la abracé por la espalda, mi camisa aún abierta y mi pecho entraron en contacto con la piel tan lisa que estaba caliente, mis brazos pasaron por encima de los suyos, con los que se cubría, sobre ella cuatro manos y cuatro brazos ahora y un doble abrazo, y seguramente no bastaba, mientras la película de la televisión avanzaba sin su sonido en silencio y sin hacernos caso, pensé que algun día tendría que verla enterándome, en blanco y negro (...) Es posible que ya no pudiera más, que ya no aguantara, porque a los pocos minutos le oí decir algo más y dijo: 'Ay Dios, y el niño' (...) Supe al instante que había muerto, pero le hablé y le dije: 'Marta', y volví a decir su nombre y añadí: '¿Me oyes?' (...) Y sólo al cabo de bastantes segundos -o fueron quizá minutos- me fui separando con mucho cuidado, como si no quisiera despertarla (...) 'Mañana en la batalla piensa en mi, y caiga tu espada sin filo: desespera y muere'.

Esta frase Shakespeareana se repite constantemente a lo largo de la novela, como se repiten muchas cosas más. Estas repeticiones, como las divagaciones que realiza el personaje, me parecen a veces cansadas, repite, repite y repite lo mismo, una y otra vez. El lector puede saltarse segmentos y retomar la trama y no se pierde el hilo narrativo, algunas reflexiones del personaje son demasiado largas, pero fuera de eso Victor Francés es un estupendo personaje, a veces cínico, y con una cachaza sorprendente, hay varios ejemplos de esto, uno de ellos es cuando prende la televisión mientras Marta está sintiéndose muy mal, aunque tiene la atención de no subir el volumen (era una película antigua de Fred MacMurray), o cuando después de acomodar a la muerta en su cama va a buscar su abrigo, bufanda y guantes para abandonar por fin el departamento (no sabe qué hacer y recrea muchas conjeturas), de pronto ve en el armario un salacot auténtico:

Y no pude evitar cogerlo, parecía antiguo, con su borboquejo de cuero para fijarlo al mentón y su forro verde gastado, en el cual se veía una vieja etiqueta muy cuarteada (...) Me puse el salacot y busqué un espejo en el que mirarme, fui al cuarto de baño y tuve que sonreírme al verme, colonial en invierno con abrigo y bufanda.

Pero eso sí, piensa en el niño, en qué va a hacer si al despertarse va a la recámara de su madre y ésta no le contesta, "¿y si le da hambre?", así que le prepara un platillo dejándolo en la nevera y junto a ella un banco para que Eugenio pueda subirse en caso de no alcanzar bien. A partir de que sale del departamento dejando al niño dormido, la televisión prendida sin sonido, las luces encendidas, el problema que se le presenta es el salir avante sin que lo involucren en la muerte ¿cómo explicar que estaba ahí? ¿qué le iba a decir al esposo, a los familiares? Muchas cosas suceden: va al entierro, poco después va conociendo a los familiares de Marta: a Déan, el esposo, al padre, a la hermana menor, así, buscando sin buscar para contar su secreto...

Una novela que se disfruta mucho, adonde las oposiciones entre vida/muerte, apariencia/realidad, existencia/inexistencia, verdad/falsedad, nos revelan lo que transcurre en este mundo entre los seres humanos que lo habitan.
____________

Sergio Pitol recibe el "Premio Roger Caillois" por su novela El arte de la fuga y toda su obra. La ceremonia se efectuará el miércoles en la Casa de América Latina, en París, institución fundadora del galardón, junto al Pen Club.

El chileno Eugenio Javier Bello Chauriye, con la obra Letrero de albergue, obtuvo hoy el XXVI Premio Hispanoamericano de Poesía Juan Ramón Jiménez, organizado por la Diputación de la provincia sureña española de Huelva.