31 de diciembre de 2006
Narrativas 4
ÍNDICE:
ENSAYO:
“ ‘El intruso’ ” de Delmira Agustini, Magda Díaz y Morales
“La adolescencia femenina en Dublineses. Las figuras de Eveline y Polly”, Blanca Gago Domínguez
“Hacia una revisión crítica de la recepción de Sor Juana Inés de la Cruz, desde el siglo diecisiete hasta la actualidad”, Verónica Grossi
“Cortazar en el cine”, Óscar Pita-Grandi
RELATO:
“El viejo que se parecía a Voltaire”, Eduardo García Aguilar
“El devorador de cuentos”, José Ángel Barrueco
“El duelo”, Rodolfo J.M.
“Formas del iris”, Miguel P. Soler
“Julia”, Sergio Llorens
“Lo que soy”, María Dubón
“La pared opuesta de la cueva“, Fernando Arrojo
“Azul“, Mónica Gutiérrez Sancho
“Cocina tomada“, Luis Pita
“Minificciones“, Marcos Rodríguez Leija
“Todos eran iguales, menos uno“, Pedro M. Martínez Corada
“Entre dos fuegos“, Purificación Ávila
“El otro“ (versión abreviada), Javier Avilés
“Relato Oblicuo“, Roberto Tassi
“Marcel y el unicornio“, Esther Zorrozua
“El espacio curvo“, José Luis Justes Amador
“Feria“, Sergio Borao Llop
“El café de los micros", Gustavo Nielsen
“Venecia", Rosa Ribas
“La cara de Marte", José Miguel Sanfeliú
“El viaje", Sergio Manganelli
“Mañana con higos", Agustín Cadena
NOVELA:
La cisura de Rolando (Novela inédita, capítulo I), Gabriel Bañez
NARRADORES:
En esta ocasión, el espacio de Narradores está dedicado a dos excelentes plumas:
Luis Arturo Ramos y Care Santos
RESEÑAS:
Jacques El fatalista, de Denis Diderot: Magda Díaz y Morales
Segundos afuera, de Martín Kohan: Blanca Gago Domínguez
Tristano muere, de Antonio Tabucchi: Gatito Viejo
El silencio del aviador, de Paul Nothomb: Daniel Pérez
La vida exagerada de Martín Romaña, de Alfredo Bryce Echenique: Cristina Núñez Pereira
Novedades editoriales
Noticias
11 de diciembre de 2006
Arráncame la vida: Mastretta
Ángeles Mastretta recibió el Premio Mazatlán 1985 por Arráncame la vida, su primera novela. Una novela que ha sido publicada por dos casas editoras españolas y traducida al italiano, al inglés, al alemán, al francés y al holandés. En 1997 Mastretta recibió el premio Rómulo Gallegos por Mal de amores(1996), su segunda novela y cuarto libro. Esta es la primera vez, en la historia del premio, que ha sido otorgado a una mujer. Leía que ha vendido más de tres millones de ejemplares en el mundo de habla hispana. De las novelas de esta autora es la que me ha gustado. Inicia cuando la protagonista Catalina Guzmán, esposa del general Andrés Ascencio (candidato para la gobernatura del Estado de Puebla, es la época postrevolucionaria de México en los años 30.), nos cuenta:
Ese año pasaron muchas cosas en este país. Entre otras, Andrés y yo nos casamos. Lo conocí en un café de los portales. En qué otra parte iba a ser si en Puebla todo pasaba en los portales: desde los noviazgos hasta los asesinatos, como si no hubiera otro lugar. Entonces él tenía más de treinta años y yo menos de quince. Estaba con mis hermanas y sus novios cuando lo vimos acercarse. Dijo su nombre y se sentó a conversar entre nosotros. Me gustó. Tenía las manos grandes y unos labios que apretados daban miedo y, riéndose, confianza. Como si tuviera dos bocas. (...) De repente me puso una mano en el hombro y preguntó:
-¿Verdad que son unos pendejos?
Miré alrededor sin saber qué decir:
-¿Quiénes? -pregunté.
-Usted diga que sí, que en la cara se le nota que está de acuerdo -pidió riéndose.
Dije que sí y volví a preguntar quiénes. Entonces él, que tenía los ojos verdes, dijo cerrando uno: -Los poblanos, chula. ¿Quiénes si no?
Claro que estaba yo de acuerdo.
El tal general Andrés Ascencio resulta un político corrupto, matón, un esposo infiel, grosero, vulgar, absolutamente machista y, para completar el cuadro, con cada amiguito digno de tomar del cuello. Pero con todo, Catalina Guzmán lo ama, aunque su soledad es muy grande:
Recorría la casa como sonánbula inventándome la necesidad de alguien. Tantas eran mis ganas de compañía que acabé necesitando a Andrés. Cuando se iba por varios días, como hizo siempre, yo empecé a reclamarle sin intentar siquiera los disimulos del principio.
-¿A ti que te pasa? -preguntaba- ¿Por qué frunces la boca? ¿No te da gusto verme?
Me faltaron reproches para contar mi aburrimiento, mi miedo cuando despertaba sin él en la cama, el enojo de haber llorado como perro frente a los niños y sus pleitos por toda compañía. Me volví inútil, rara.
La novela retrata al México de esos años, no sólo los lugares, comidas y paisajes, también las ideologías, los fines políticos, los ideales de la Revolución hechos pedazos gracias a quienes están en la política y quieren sólo poder y dinero; lo demás, el pueblo, vale para ellos lo que un comino.
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Ángela Ibáñez no sólo es una artista en toda la extensión de la palabra, también es una persona encantadora. Hace unos días la han entrevistado en Aragón digital, una entrevista muy interesante.
9 de diciembre de 2006
Adèle H: Truffaut
"La historia de Adèle H" es la historia amorosa de la segunda hija de Victor Hugo, una mujer que amó demasiado, tanto que se olvido totalmente de sí misma. No admite rechazos, parece que no escucha lo que Pinson (Bruce Robinson) le dice, lo persigue, lo vigila, lo acosa, hace todo eso que acaba con una relación, un rompimiento que nunca admitirá.
Es deprimente escucharle decir a Pinson que si acepta casarse con ella él tendrá total libertad para andar con las mujeres que desee. De igual forma, es terrible cuando le envía a una mujer para que la tome, como si se regalara un objeto. Y llega hasta hacerse pasar por embarazada para impedir que él contraiga matrimonio con la hija del juez. Le da dinero, engaña a sus padres, pone un altar con el retrato del teniente, se hace llamar señora Pinson, le suplica que la bese, y muchas más situaciones humillantes que la van degradando poco a poco.
Adèle (Isabelle Adjani) sale de la isla Guernesey a buscar a Pinson a Halifax, Nueva Escocia, y de ahí lo sigue a las islas Barbados, aquí ya la locura la tiene presa (no reconoce a Pinson):
No le importa que su madre esté enferma (y después muera), que su padre la llame, le pida que regrese, pero vive del dinero que él le envía. La figura sobresaliente de su padre le provoca serios conflictos, es como si ella no quisiera ser la hija de tan importante escritor y brillar por sí misma, sin lograrlo. Victor Hugo está presente constantemente, pero físicamente no aparece nunca. Al respecto escribe en su Diario:
Denuncio la impostura del estado civil, el fraude de la identidad. ¡Nacida de padre desconocido! ¡Nacida de padre desconocido! ¡Nacida de padre desconocido!Se puede comprender que estemos en pleno siglo XIX, ese romanticismo en donde se le da prioridad al sentimiento por sobre todo, pero a pesar de ello el sentimiento que abarca a Adèle Hugo por Pinson es en esa época, antes y ahora, un amor dañado, enfermo. ¿Qué lleva a sentir de esta manera? creo que muchas cosas: la cultura (el momento histórico que se vive), la educación, la familia, quizá sea también orgánico, no se, y lo más seguro es que muchas cosas más. Pero nunca deseable.
Me fascinó la librería, ahí donde Adèle compra grandes fajos de papel para escribir su diario. Los estantes, el tapanco, el mostrador, la ventana pequeña con sus cortinas, y el librero tan amable.
La obra cinematográfica de Truffaut hace pensar en muchas cosas, en la misma vida y el milagro que es en sí misma. La complejidad del ser humano y a la vez su lado opuesto, su naturalidad, se presentan como un todo en cada una de sus películas, aunque los temas sean diferentes, siempre están ahi las pasiones, los deseos, las tristezas, los goces, las preocupaciones, los caminos de quienes dentro de la pantalla representan al mundo y nos invitan a recorrerlo con ellos, quizá para vernos a nosotros mismos...
8 de diciembre de 2006
Un poco de Truffaut
He leído alguna crítica sobre "El hombre que amaba a las mujeres" y se comenta que Bertrand Morane, el protagonista, es un mujeriego "obsesionado por las piernas, las posaderas y el tetamen femenino" y se califica al film de machista. ¿Será así? Primeramente el título: ¿Bertrand Morane es un hombre que amaba a las mujeres? no se, creo que no, un hombre que en una semana anda con seis mujeres no puede amarlas, más bien sería lo contrario. Considero que el personaje va mucho más allá de ser un "mujeriego" o un casanova. De inicio, encontramos en su infancia una relación con la madre dañada, una mujer egoísta y complicada que le hereda no solo problemas, sino la costumbre de coleccionar fotografías y cartas de los amantes. Los traumas que posee gracias a la madre los interpretamos nosotros, como espectadores, porque él solo cuenta la historia, no la adjetiva con palabras dolorosas. Bertrand Morane es un hombre que rie poco, melancólico, que ama la soledad y los libros casi tanto como admira a las mujeres con las que, por cierto, nunca discute y siguen siendo sus amigas después del rompimiento. También es un hombre que no padece ante estos rompimientos ni hace aspavientos por ellos, parece ser que sólo sufrió cuando terminó su relación con Vera (Leslie Caron), la escena en el guardaropa la estimo muy importante porque retrata a un Bertrand Morane diferente, que necesitó medicamentos, médico, tiempo, esfuerzo, para aliviar la experiencia de la separación.
Percibo más a Bertrand Morane como un ser humano en busca del amor que como un casanova. Un personaje que muere en ésta y por ésta búsqueda, que teme sufrir pero que necesita constatar día a día que el amor existe o al menos existe su posibilidad o imaginarlo. Un hombre que admira el cuerpo femenino y que a través de él intenta encontrarse a sí mismo. No le gusta la compañía masculina después de las seis de la tarde y disfruta con la voz femenina del despertador telefónico, "Aurora".
Hay una escena de la que me gustaría conocer su opinión: ¿qué tiene qué ver, con respecto a todo el film, la niña llorando debajo de la escalera? Él le dice que si él fuera ella y tuviera un vestido rojo, no lloraría. Y cuando ya su libro está en la imprenta (El hombre que amaba a las mujeres) le dice a la correctora que desea cambiarle el dato del color, y le pone azul.
Truffaut se inspiró en la vida de Henri Pierre Roché para realizar "El hombre que amaba a las mujeres".
Un poco de amor francés.
Nouvelle vague.
Cartas inéditas
Introducción de Enrique Krauze
Letras Libres
Tres cosas sobre Octavio Paz
En aquellos tiempos inmemoriales, anteriores al correo electrónico, Octavio Paz se comunicaba con nosotros –sus colaboradores en la revista Vuelta– a través de tres medios: la conversación en persona, el teléfono y el siempre noble y ahora casi extinto género epistolar.
Además de las reuniones mensuales con el consejo de redacción (que merecen una evocación aparte) y de la ocasional coincidencia en reuniones sociales, mis encuentros con Paz ocurrían en su departamento de Reforma y Guadalquivir. Me encantaba la atmósfera de recogimiento que se respiraba en aquella biblioteca, aislada del cuerpo principal del edificio y del mundanal ruido por un patio de baldosas rojas y el invernadero que Marie Jo mantenía amorosamente. Las visitas ocurrían al filo de las seis de la tarde, después de la siesta y al calor de un buen whisky. Aunque Octavio era riguroso con su “orden del día”, la charla transcurría relajada y cordial. Tras recorrer con detalle los temas propios de la revista (autores, colaboraciones, números futuros, puntos administrativos) abordábamos las querellas intelectuales o políticas del momento y a veces tocábamos asuntos más personales. La seriedad característica de Octavio, su incesante búsqueda de la verdad, derivaba casi siempre a una referencia filosófica, histórica o literaria que venía al caso y que tenía una localización precisa en su biblioteca. Sus libros eran una incitación permanente, un tablero de relaciones, una extensión de su memoria. Recuerdo, por ejemplo, cómo una alusión incidental a la “fluctuación del alma femenina” lo llevó a bajar de un estante una edición de Alexander Pope y a leer en voz alta, con gran regocijo, un poema que casi nos convence a ambos sobre esa supuesta condición “esencial”. Era una delicia cómo pasaban las horas en esas tardes, que hubieran sido perfectas de no ser por mi antipoética alergia a los gatos, así fueran de Octavio y Marie Jo.
México, D. F., a 16 de marzo de 1977
Querido Enrique:
Le envío varios textos, a saber:
a) El ensayo de A.W. Gouldner que nos propone Zaid. Es interesante aunque un poco largo. Habría que cortarlo un poco, como lo propone Gabriel. Hay que decidir, primero, en qué número podría salir y, segundo, quién podría traducirlo. Además, ¿a quién debemos pedir los derechos? Léalo y deme su opinión. Gracias.
b) El artículo que me dejó el Embajador polaco. No acaba de gustarme. Ojalá que usted y Zaid lo leyesen y me dieran su opinión. En todo caso, si lo publicamos, hay que hacerlo con una nota y acompañado del otro (punto c) que nos ha enviado Zaid.
c) Una estrategia de la oposición polaca, por Adam Michnik. Interesantísimo. Hay que cortarlo un poco. Si lo publicamos, debemos pedir el permiso del caso a Esprit.
d) Le Nouvel Observateur que me envió Julieta Campos. A mi juicio, hay que publicar, en Letrillas, precedidas por una breve nota, más o menos inspirada en lo que publica Le Nouvel Observateur, la entrevista de Bukovski (págs. 26-27). (Le envío, como “documento”, las increíbles y estúpidas declaraciones de Corvalán en L.N.O. anterior). Hay otro artículo (pág. 48) sobre el caso de Huber Matos. Podríamos utilizarlo en una Letrilla pero me parece que el caso de los prisioneros políticos de Cuba –y en primer lugar el de Matos– requiere un texto más serio y documentado. Debemos buscar para un número próximo, muy próximo, un buen texto sobre este asunto. En el mismo número hay un excelente artículo de Claude Roy (pág. 50-52) pero, si lo publicamos, puede parecer que insistimos demasiado en el tema. ¿Qué piensa usted? En cambio, para un número venidero, podemos utilizar parte del artículo de Jacques Julliard (la parte sobre la actitud de los comunistas franceses). Yo podría agregar algún leve comentario refiriéndome a la actitud (mejor dicho: a la ausencia de actitud) de la izquierda mexicana y latinoamericana sobre este tema. He subrayado las partes que podrían traducirse (Por cierto: los párrafos subrayados son de Julieta o de su marido). Mis marcas son azules (pág. 63-64).
e) The Journal. En las páginas 12-17 encontrará usted un hermoso texto de Lowry Burgess (un joven artista yanqui amigo mío). Me gustaría publicarlo acompañado, claro (sin ellas se pierde todo el efecto) de las fotos que incluyo dentro de la revista. Todas o una parte. Hable con Abel para saber si, con nuestros pobres recursos gráficos, podemos atrevernos a publicar esas fotos.
f) El pequeño libro de Javier Sologuren. Un excelente poeta menor. He escogido algunos poemas que podrían ir con los del joven venezolano en la sección Plaza de la Nueva Poesía (o como decidamos llamar finalmente a esa página). Guarde el cuaderno con el del poeta venezolano (su nombre se me escapa ahora).
g) Una entrevista con Ginsberg. Impublicable –difusa y confusa. Pero guárdela– debo escribirle a la periodista que lo entrevistó.
h) Un texto de un “espontáneo”. También impublicable.
i) Una carta que envié a Rossi y De la Colina, pero que me devolvieron por un error (en las señas) de correos. Léala y trasmítala a los dos. ¡Gracias!
j) El texto sobre Berlin: tengo mis dudas. Ya hablaremos (mañana).
Un abrazo grande
Octavio
Le envío también los sonetos de Camões. ¿Podrían ir en el próximo número? ¿el 6? ¿o en el 7?
O.P.
Texto completo.