31 de enero de 2007

Entrevista: Pérez-Reverte

En el transcurso de mi vida académica he realizado muy pocas entrevistas, me cuesta trabajo efectuarlas, es uno de los géneros que considero nada sencillos de llevar a cabo. Leyendo la entrevista que le hacen a Pérez Reverte en El cultural, percibo molestia en el escritor ante preguntas a veces no muy ¿amables? ¿sería la palabra? A ver ustedes qué opinan:

Arturo Pérez-Reverte
“El diálogo de civilizaciones consiste en hacer las maletas”

Pregunta: ¿Cuáles son los peores corsarios a los que se ha enfrentado?
Respuesta: Corsario es un término honorable, y la patente de corso no se la dan a cualquiera. Los peores individuos son los que navegan sin patente: los aficionados y los soplacirios.
P: ¿Los corsarios literarios son mejores? ¿Quiénes, por ejemplo?
R: Hay corsarios literarios espléndidos. Montero Glez, por ejemplo, antes Roberto del Sur. De todas formas, más que corsario, Montero es pirata. El me envidia la patente de corso y yo le envidio la botella de ron.
P: ¿Y hay mucho corsario en la Academia?
R: En la Real Academia Española, los únicos corsarios en activo somos Paco Rico, Álvaro Pombo y yo. Los otros son respetables padres y madres de familia. O casi.
P: Dice la crítica que ahora Alatriste está más desesperadamente solo que nunca... ¿los héroes deben olvidarse de aquéllos a los que sirven, éstos siempre los traicionan?
R: Los amos traicionan siempre. También los dioses, pero eso es más difícil de probar.
P: Le proclaman reo de “patriotismo testicular”... ¿Cómo se declara?
R: Leísmos aparte, no plura-lice. Eso lo proclamó aquí, en El Cultural, un cantamañanas en concreto, con nombre y apellido. Que ustedes cobijen a ese novelista frustrado y le rían los chistes, no obliga a tomar en serio las bajezas semanales que perpetra para ganarse el pan. Así que me limito a declararme por encima.
P: ¿Qué tiene que ver su novela con el “espíritu nacional” franquista?
R: ¿Esa tontería se le ha ocurrido a usted sola, o viene inducida?... Hágame un doble favor, querida señora: no se equivoque de autor, ni me toque los cojones.
P: ¿Por qué escribir de España y su grandeza escuece?
R: Hoy la veo a usted algo imprecisa. En cada Alatriste yo escribo de España, su grandeza y sus muchas miserias. Lo que de verdad escuece a su tiñalpa de plantilla (no me obligue a señalar currículum literario del sujeto) no es lo que otros o yo escribamos, sino que nadie lea los libros que él escribe. Y sí. Comprendo que debe de ser un pelín jodido.
P: ¿A usted lo de la “memoria histórica”…
R: Depende en boca de quien. En la de políticos oportunistas y analfabetos que no han leído un libro en su puta vida (o sea, en la de nueve de cada diez políticos españoles), eso me da mucha risa, tía Felisa.
P: ¿Hoy, como en el XVII, el diablo no tiene color, ni nación, ni bandera?
R: Bonita frase, oiga… ¿Es suya?
P: ¿Ni siquiera se siente un poco antiyanqui, como tantos de sus colegas?
R: ¿A qué colegas se refiere? ¿Novelistas? ¿Académicos? ¿Patrones de velero? ¿Bibliófilos? ¿Jugadores de ajedrez? ¿Compañeros del metal?... Insisto en que no me toque la flor. A estas alturas, usted sabe perfectamente que yo cazo solo.
P: Su Alatriste vivía en un mundo donde lo políticamente incorrecto no existía... ¿qué haría hoy en una misión de la ONU en Afganistán, por ejemplo?
R: Se me hace difícil imaginarlo en nuestras Pacíficas Fuerzas Armadas Desarmadas de Género Marca ACME, dándoles biberones a los huerfanitos. En el XVII, un hijo de puta era un hijo de puta, y le pagaban para que lo fuera.
P: ¿Y en Iraq?
R: ¿Alatriste besando en la boca a los yihadistas islámicos para convencerlos de la necesidad de una alianza de civilizaciones, con Moratinos haciendo du-duá, du-duá?... Le juro que pagaría por ver eso.
P: ¿A qué político le regalaría la serie completa de Alatriste y por qué?
R: Si se trata de aprecio, a Leguina, por ejemplo. O a Paco Vázquez, hoy embajador ante el Vaticano. Pero ya la tienen. Se la compraron ellos.
P: ¿A quién no, porque no valdría la pena?
R: Ya conoce el viejo refrán de echar perlas, etcétera. No habría perlas para tanto cerdo.
P: ¿Sólo la técnica diferencia la guerra del XVII de la del siglo XXI?
R: La técnica, y que antes nos metían en guerras los ambiciosos o los malvados. Ahora nos meten los tontos. Y a veces también nos sacan. O creen que nos sacan.
P: ¿Qué les diría Alatriste a los habitantes actuales de Ceuta y Melilla, más acosados hoy que en el XVII por sus vecinos magrebíes?
R: Que vayan haciendo las maletas. El diálogo de civilizaciones en versión española consiste en eso: en hacer las maletas. Con tenacidad, con tiempo y con temple.
P: Sor Amaya Elezcano, “abadesa del convento de las adoratrices benitas” en su libro, además de escribir versos a Alatriste, ¿qué le escribe cuando ve el número de lectores que conquista cada nueva entrega?
R: Teniendo en cuenta que sor Amaya Elezcano es mi editora, lo que me escribe son avisos de reedición. Es mi correspondencia alatristesca favorita.
P: ¿Y sabe ya cuándo recibirá sus nuevas aventuras?
R: No lo sabe. Ahí está la gracia. Que no lo sabe. No hay nada como tener a la editora de uno poniéndole velas a San Pancracio.

Nuria Azancot

30 de enero de 2007

La novela perdida de José Donoso

Cuando se cumplen diez años de la muerte del autor de El obsceno pájaro de la noche, acaba de encontrarse una narración suya que estaba archivada en la Universidad de Princeton.

La cola de la lagartija
Por José Donoso

Esta mañana llamó Luisa diciendo que esta tarde al venir a visitarme, me traería buenas noticias. ¿Pero qué pueden ser, ahora, para mí, buenas noticias? ¿Que ha resucitado Bartolo, que nada de lo de Dors sucedió? ¿Que Lidia no está convertida en un harapo, a los 19 años, perdida en algún sitio de la megalópolis de Los Angeles de California? ¿Que la crítica, por fin, y los marchantes despachan a Cuixart y Tapies y Saura y Millar como impostores de la pintura, como imitadores, y que entre todos era yo, en el fondo, el único que valía? ¿Que de alguna inconcebible manera voy a tener mucho dinero muchísimo? No, que se desengañe la pobre Luisa, incurablemente optimista: para mí ya no hay noticias buenas ni alegría posible. Luisa me dice, y mi hijo también, que salga alguna vez del piso, que cuando haga sol, en la mañana, salga a dar una vuelta, que entre a una librería, a un supermercado a comprar algo que me apetezca y después a estirar las piernas un poco, afirmado en mi bastón. Pero claro, no, es imposible. Quebrar el ciclo necesario que va, desde la mañana y la conciencia de haber despertado en el infierno de este piso que tal como yo quiero está aislado de todo y donde no puede suceder nada, hasta caer al transcurrir el día y aproximarse la oscuridad, en el sobresalto, el miedo, el terror; luchar, al fin de la luz, cuerpo a cuerpo contra el atardecer para que así nada suceda, para impedir que sobrevenga la tiniebla, esa tiniebla de que ellos hablaban allá como la iniciadora de la vida verdadera, ese atardecer que era el pórtico de la muerte, la hora de los sacrificios y la sangre con que celebraban la muerte del día y el advenimiento de la noche porque lo que sucede en la noche después de la muerte del día es lo que sucede en la otra vida, la verdadera vida, la vida que no sucede aquí, en esta calle, entre estos coches, entre estas señoras que han dado a luz y creen que por eso ya no pueden conocer la tiniebla que lo hace todo posible y atreverse a entrar a ella por el pórtico del atardecer Bruno, el "italiano", sentado a la mesa de su café en la plaza de Dors frente a la iglesia de San Hilario con su campanario de bíforas románicas que se elevaban más y más alto, me lo explicaba todo, y entonces yo sólo sonreía diciéndome que éste era un carota que se quería aprovechar de la situación y la ingenuidad para dominar a todos los jóvenes y llegar a ser, como sucedió, en dos años, el centro, la figura dominante y más poderosa de Dors. Yo, claro, jamás tuve ese miedo y amor casi religioso al atardecer que los jóvenes de Dors tenían. Pero aquí me ha sucedido este extraño fenómeno -en Barcelona, a dos cuadras de Vía Augusta, a una cuadra de Muntaner, no muy lejos de donde nací y de donde fui al colegio y de donde tenía mi estudio de pintor cuando todos estábamos descubriendo el informalismo como religión, como pasión, aquí, sí, aquí comprendo lo que el "griego" decía y mi lucha diaria es por no pasar por el umbral del atardecer, por no entrar en el mundo de la noche y del sueño que, ellos decían, era y es la verdadera vida, la prolongación perpetua de la muerte.

La Nación

29 de enero de 2007

Nace Almadia

Oaxaca es una entidad con una riqueza cultural y artística innegable; sin embargo, la literatura no contaba con una presencia marcada, lo que se atribuye, en parte, a la ausencia de una editorial que se propusiera darle difusión a las letras producidas dentro del estado. Así fue como nació Almadía, un sello dirigido por Guillermo Quijas, que poco a poco logra consolidarse hacia dentro y hacia fuera del territorio oaxaqueño.

No sólo publican a escritores oaxaqueños, sino buscan que éstos se enfrenten a la competencia surgida de los escritores ya reconocidos, a fin de propiciar el crecimiento en su nivel literario, lo cual se complementa con un taller de escritura que se lleva a cabo en el Centro de las Artes de San Agustín Etla, en Oaxaca, coordinado por Martín Solares y Francisco Toledo.

El catálogo de Almadía ya cuenta con escritores como Leonardo da Jandra, Guillermo Fadanelli, Mario Bellatín, Juan Manuel Servín, Francisco Rebolledo, entre otros, quienes se combinan con jóvenes escritores.

Milenio.

Nueva Gramática

Una gramática panhispánica que abarcará no sólo el castellano de España, sino las variedades de los países hispanohablantes, será lo que se presente para su discusión ­en marzo próximo­ en el 13 Congreso de la Asociación de Academias de la Lengua Española, en Medellín, Colombia.

Con el título de Nueva Gramática Oficial de la Lengua Española, el volumen surgirá luego de 15 años de labor y 76 después de su antecesora, la Gramática cadémica de la lengua, de 1931.

Nunca había pensado en las “dificultades” de la palabra hasta. En México explica José Moreno de Alba, director de la Academia Mexicana de la Lengua:

Puede significar principio o fin. Cuando se dice 'tal almacén lo abren hasta las 11 horas' no se entiende con precisión si lo abren o lo cierran a esa hora. Esta cuestión es propia del español mexicano, pero habría que señalar que no es un defecto, es una característica, dice el especialista. No creo que un mexicano tenga serios conflictos al respecto, pero hay que tener cuidado, porque un español o un argentino si lo podría tener, porque ellos no tienen ese sistema. El caso del hasta ha merecido varias páginas de explicación dentro de la nueva Gramática... y antes no lo merecía, porque se consideraba rasgo o característica de ciertos hablantes y no de la lengua completa, por tanto, no se le daba la debida importancia. Ahora es al contrario -destaca Moreno de Alba-. Esos pocos hablantes no son tan pocos, sino millones de mexicanos que usamos de esa manera dicha preposición. Este aspecto sirve para explicar el caso de México, pero en la obra se incluyen otros de diversas latitudes de América. Esto es lo que, entre otras cosas, marca la novedad del volumen.
La obra tendrá dos versiones: una académica, formal, de más de 2 mil páginas, que abordará el español con todas sus variedades, y una versión que podría definirse de abreviada, a manera de manual, de más de 600 páginas. En ambos se integrarán sendos capítulos introductorios sobre fonética y fonología.

La preparación de la edición se realiza en coordinación con las 22 academias: las 19 de Hispanoamérica y las de España, Estados Unidos y Filipinas.

28 de enero de 2007

El delirio sin freno de Lovecraft

El delirio sin freno de Lovecraft

En marzo se cumplirán 70 años de la muerte de H. P. Lovecraft, creador de una cosmogonía ficcional que desplegó en más de un centenar de cuentos y novelas breves. Aquí, el retrato de un innovador del género de terror y de la literatura fantástica.

Marcos Mayer

Sin embargo, todo razonamiento lógico parecía derrumbarse ante aquella ciclópea masa de bloques de piedra cuadrados, curvados y angulados. Era, evidentemente, la ciudad del espejismo convertida en objetiva e ineludible realidad". El párrafo pertenece a En las montañas de la locura, tal vez el más ambicioso de los relatos de Howard Phillips Lovecraft, de cuya muerte se cumplirán 70 años en marzo próximo, lo cual, con su obra dentro del dominio público, alimentará aún más su mito, que ha tenido muy pocos retrocesos en este más de medio siglo.

Terrores arcaicos

El párrafo es revelador de un estilo absolutamente típico y personal que sumó en partes iguales imaginación, delirios y adjetivos. Ese modo de escribir en el que abundan los arcaísmos (por ejemplo, escribir logick o magick, manteniendo la grafía antigua), las hipérboles y sobre todo una suma de calificativos que hablan de lo que no puede decirse (inefable, inenarrable) tiene varios orígenes posibles. Por de pronto hay que saber que Lovecraft tiene el privilegio de haber sido el único escritor del siglo XX en haber intentado fundar una cosmogonía.

Según lo que se recorre en el más de un centenar de cuentos y novelas cortas escritas por él y luego por sus seguidores, antes de la aparición de cualquier forma de vida sobre la Tierra, el planeta estuvo habitado por distintas razas de extraterrestres (los Profundos, los Antiguos, la Gran Raza). Esos seres no sólo han dejado restos arqueológicos de su presencia (por ejemplo en la Antártida) sino que reaparecen ayudados, generalmente de manera involuntaria, por seres humanos. Esa presencia estaría en la base de los cultos satánicos, de la brujería y de otras prácticas esotéricas que adquirirían así un sentido nuevo. Lovecraft lleva esta apuesta narrativa un poco más lejos. Por de pronto, plantear que lo humano es por completo ajeno a ese mundo. Escribe en una carta: "La tradición nada significa en términos cósmicos salvo una protección en contra de la sensación de desorientación en el tiempo y espacio sin fin".

Esos monstruos a los que no puede describirse sino como lo informe y lo inabarcable, carecen de valores asimilables a lo humano, por lo tanto no hay manera de comprender sus propósitos por lo que no queda otro camino que temerles o entregarse a ellos. La otra salida es la locura, la gran acechanza en los relatos de Lovecraft, cuyo narrador suele aparecer en la situación de dar testimonio de lo experimentado antes del naufragio definitivo de sus facultades mentales. Junto a esta eliminación de la dimensión ética de lo monstruoso, se vale de una idea de lo verosímil de cuño anglosajón: algo es cierto en la medida en que no pueda demostrarse su falsedad. Todo esto apoyado en una explosión científica de la primera mitad del siglo XX —la física cuántica, las teorías de Einstein— que pone en tela de juicio las viejas ideas acerca de los fundamentos del universo y que Lovecraft no sólo parece conocer en profundidad sino que incorpora como referencia permanente de sus textos.

Los límites de la locura

Si bien abundan las sospechas sobre la salud mental de Lovecraft, lo cierto es que siempre mantuvo esta cosmogonía dentro de los límites de lo ficcional, lo que le permitió además, generar una serie de referencias ficticias que van desde las pinturas y esculturas de Clark Ashton Smith, realizadas en verdad para ilustrar sus relatos y no los textos sagrados de sus criaturas, hasta libros apócrifos cuyo ejemplo más célebre es el Necronomicon, escrito por el "árabe loco" Abdul Alhazred, quien vivió en Yemen en el siglo VIII. El mismo Lovecraft revela que "hay una edición del siglo XVII en la Widener Library de Harvard y en la Biblioteca de la Miskatonic University en Arkham; y también en la biblioteca de la Universidad de Buenos Aires". Es una leyenda urbana que cada tanto alguien pide consultar este libro en alguna universidad norteamericana. Esta lista de poseedores del libro incluye, por supuesto, una pista falsa: no existe la ciudad de Arkham y tampoco la Miskatonic University, pese a tener un sitio en la web con himno propio. Por su parte, Arkham y sus alrededores parecen un paralelo en tono fantástico del ficticio condado de Yoknapatawpha, que aparece en las novelas de William Faulkner y que sirvió de inspiración a la Santa María de Onetti y al Macondo de García Márquez.

Extrañamente, la mezcla de referencias verdaderas y falsas abre la posibilidad del delirio sin freno, elemento en cual algunos han visto el valor mayor de Lovecraft y otros su costado más vulnerable. En la aventura literaria de este escritor de Providence en Nueva Inglaterra, que vivía con las persianas cerradas y que alguna vez fue ghost writer del escapista Harry Houdini, hay costados cuyo destino es casi una acusación.

En toda cosmogonía (y el peronismo es un buen ejemplo al respecto) se necesita un estilo fijo y una multitud de apóstoles. Durante su vida, y mucho más después de su muerte, un grupo de escritores se dedicó a seguir las líneas de esta suma inagotable de leyendas apócrifas. Ninguno de ellos salió de la sombra protectora de su maestro, ni siquiera Robert Bloch quien hubiera podido seguir otro camino luego de que Alfred Hitchcock convirtiera en una obra maestra su muy discreta novela Psicosis. Tampoco August Derleth, el más ortodoxo de sus epígonos y quien dio orden a las mitologías dispersas en sus relatos.

A la mediocridad de su descendencia literaria, se puede llegar a sumar el rechazo que podrían generar sus ideas políticas. El propio Derleth admite en La lámpara de Alzared —un cuento en homenaje a Lovecraft— que su siglo favorito era el dieciocho y que consideraba a la independencia norteamericana como el comienzo de la decadencia de su país. A esto se agrega su simpatía moderada por Hitler (abandonada muy pronto) y una adhesión abierta a Mussolini que lo llevó a plantear en La sombra fuera del tiempo que "el sistema político y económico de la Gran Raza era una especie de socialismo fascista, con los recursos más indispensables distribuidos racionalmente y el poder delegado en un reducido consejo de gobernadores elegidos por los votos de todos aquellos que pasaban con éxito determinados tests educativos y psicológicos". En ese mismo texto se habla de eugenesia. Y, finalmente, ni siquiera sus seguidores más devotos saben cómo exculpar su racismo. "Creo que su racismo es decepcionante no sólo porque lo expresaba con tanta frecuencia en sus textos y sus cartas, sino porque fue un área en la que se rehusó a modificar su pensamiento ante nuevos argumentos", acepta S.T. Joshi, su principal editor actual y anotador de su obra.

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Premios Goya

El laberinto del fauno obtuvo un total de siete premios, incluidos los de Mejor Guión Original del mexicano Guillermo del Toro, y Mejor Fotografía de su compatriota Guillermo Navarro. La otra gran favorita de la noche, la película Volver de Pedro Almodóvar, ganó el premio Goya del cine español a la mejor película del año. El cineasta manchego se alzó también con la estatuilla como mejor director.

Además, El laberinto del Fauno se llevó el de Actriz Revelación, Montaje, Sonido, Efectos Especiales y Maquillaje y Peluquería, en la gala que se celebra esta noche en el Palacio de Congresos de Madrid.

La jovencísima actriz Ivana Baquero, de 12 años, que interpreta a la niña sobre la que gira la historia de El laberinto del fauno, recibió el premio a la Mejor Actriz Revelación.

26 de enero de 2007

175 Aniversario de Carroll

Mañana se celebra el 175 aniversario del nacimiento de Lewis Carroll (1832-1895). Su obra Alicia en el país de las maravillas es de las más importantes y bellas de la literatura universal (como dato adjunto, recuerdo que leí que en 1998, un ejemplar de la primera edición del libro fue vendido en subasta por la suma de 1.5 millones de dólares).

En una nota de El universal leí que, además de ser aficionado a los acertijos (poseía un talento muy grande para los juegos de palabras), fue muy aficionado a la fotografía: "hizo de muchas niñas, entre ellas la que le inspiró su obra maestra, Alice Liddell, aunque retrató asimismo a adultos, entre ellos amigos y personajes famosos como los pintores John Everett Millais o Dante Gabriel Rossetti, el poeta Alfred Tennyson o el científico Michael Faraday".

"Lewis Carroll es la traducción al latín de sus dos nombres de pila, aunque en orden inverso (Ludovicus Carolus), luego convertidos en anglosajones".

El Quijote en mp3

Leo en El país, que en Educaragón ya se puede descargar Don Quijote de la Mancha:

Cargar con un volumen de las dimensiones del Quijote puede disuadir a muchos de intentar leerlo en el metro, pero ahora uno puede llevárselo puesto en el reproductor de MP3, entre canción y canción, y escucharlo mientras da un paseo. En Educaragón, la página del Departamento de Educación, Cultura y Deporte de Aragón, puede descargarse la obra magna de Miguel de Cervantes, capítulo a capítulo, para que no ocupe toda la memoria del reproductor. Sólo es necesario clicar encima de cada capítulo, pulsar el botón derecho del ratón y seleccionar “Guardar destino como”.

Vía | El país

Sabias palabras

"Todo el mundo debería recordar la última vez que paseo de la mano de su padre".

Muñoz Molina

El castillo de Drácula

Cuando tenía seis o siete años vi la película "Drácula" (gracias a un primo adolescente). El terror que sentí me duró mucho tiempo de manera inconsciente, y digo que de manera inconsciente porque toda mi infancia les tuve miedo a los vampiros, creia firmemente que existían y que eran así como el vampiro de Transilvania. Después, ya más grande, vi que mi padre tenía entre sus libros la novela del escritor irlandés Bram Stoker (1847-1912), y no quería leerla, no me gustaba ni la portada. Ya de adulta la leí, es estupenda. Nadie que haya leido esta novela podrá olvidar al demoniaco personaje que sale de su tumba por las noches para succionar la sangre de sus víctimas con sus largos colmillos. La muerte, el erotismo, el mal y el bien en pugna constante, las tinieblas... Segun leí, Stoker:

Habría basado su personaje diabólico en un tirano rumano real llamado Vlad, de sobrenombre, 'El Empalador', y que también era conocido como Draculea, que en rumano significa 'hijo del demonio'. Este príncipe, de Valaquia (que actualmente pertenece a Rumania), utilizó durante su reinado el famoso Castillo de Bran (con fines militares) ubicado cerca de Brasov, en el centro de Rumania. Según fuentes históricas, el castillo fue construido por los caballeros de la Orden Teutónica a principios del siglo XIII. Desde 1412 el castillo pasó ser de propiedad del abuelo del príncipe Vlad, Mircea el Viejo, y durante la Edad Media sirvió para defender el camino comercial que comunicaba Valaquia con Transilvania. Vlad gobernó Valaquia desde 1452 hasta 1462. Se dice que en esos diez años ejecutó a 50.000 personas empalándolas en largas estacas (cruzándolas sobre palos). Nadie quedó libre de su brutal sadismo.

Pues resulta que este famoso Castillo será vendido, aquí la historia. Seguro que en alguna de sus habitaciones hallarán una que otra estaca...

25 de enero de 2007

El pintor de Flandes: Rosa Ribas

Acaba de publicarse la edición de bolsillo de El pintor de Flandes, una novela de Rosa Ribas que tengo muchos deseos de leer. Lo publica Puzzle ediciones. Enhorabuena.

La novela está inspirada en un cuadro que se encuentra en el Museo del Prado, titulado La degollación de San Juan Bautista, conocido también entre los trabajadores del museo como El cuadro del ascensor, dada su ubicación delante de la salida de los ascensores. Se trata de un cuadro de grandes dimensiones, con sus casi diez metros de largo por tres de alto, el de mayor tamaño que alberga el museo.

24 de enero de 2007

El erotismo: Bataille

"La literatura puede decirlo todo" (Bataille)

Georges Bataille, El erotismo (Barcelona: Tusquets, 2000)

Uno de mis libros y autores favoritos es precisamente éste. El poeta, ensayista y narrador francés (1897-1962), como atinadamente comenta Nicolás González Varela, impresiona:

El personaje es casi mítico, un poco al estilo Cioran. Casi un santón o un maestro zen. Aquí la vida es tan importante como la obra, o incluso la supera como determinante. ¿La vida enuncia y enmarca la obra? Su literatura monumental e inconclusa, su pensamiento lacerado por un pecado capital: demasiado rico, excesivamente complejo, ontológicamente antiacadémico. Fue sucesivamente seminarista, bibliotecario, especialista en medallas, pornógrafo anónimo, poeta, comunista ortodoxo, disidente “rouge”, místico, putañero, ateo, amoral, filósofo pesimista, psicólogo, surrealista crítico, tuberculoso, economista.

He leído todo lo que he podido de él y sobre él, me es fascinante. Bataille, además, obliga a leer a Nietszche y Hegel, a pensar y repensar en aquel Dios muerto del primero, a reflexionar en la propia muerte y en la del otro, en el cuerpo deseado y deseante, en la desnudez como cancelación de la identidad, en la entrega y replantamiento del ser, en la experiencia del vértigo, en la deslumbrante transgresión de la regla, de lo establecido, donde el erotismo adquiere el valor de una subversión. En aprender que "el erotismo es una actividad humana aunque empiece donde el animal acaba, más la animalidad no deja de ser su fundamento, un fundamento que repugna a la humanidad aunque esta, al mismo tiempo, lo mantenga. La animalidad se mantiene en el erotismo de tal forma, que el término bestialidad está implícito en él. La sexualidad física, siempre asociada al erotismo, es a éste, lo que el cerebro al pensamiento".

Cada ser es distinto de todos los demás –dice Bataille–. Su nacimiento, su muerte y los acontecimientos de su vida pueden tener para los demás algún interés, pero sólo él está interesado directamente en todo eso. Sólo él nace. Sólo él muere. Entre un ser y otro ser hay un abismo, hay una discontinuidad.
Los conceptos de continuidad y discontinuidad que propone en este libro me parecen sumamente importantes, la condición existencial del individuo es su aislamiento respecto a los demás, cada ser humano es discontinuo de los demás y sólo el erotismo, al ser un estado comunicativo, les permite la ruptura de su discontinuidad y alcanzar la continuidad con otro ser, aunque sea por unos instantes puesto que el absoluto no logra conservarse, como dice Musil. Bataille entiende la particularidad individual en una concepción ontológica.

Y qué decir de la importancia de la esfera erótica que plantea, es notable. En ella percibimos a lo místico, el arte y el amor, como las manifestaciones que se articulan a través del erotismo. El filósofo al analizar la semejanza de la experiencia mística (o experiencia interior) con la amorosa y con el éxtasis provocado por la creación artística, llega a la conclusión de que las tres experiencias, o una sola de ellas, conducen a una dimensión del espíritu definida como erotismo; a su manera de ver, el erotismo podría abolir la soledad existencial, unificarnos y contactarnos con nosotros mismos puesto que el erotismo es esa posibilidad del ser que nos ofrece la experiencia de unión y continuidad.

El erotismo se define por la independencia del goce erótico, siendo éste la aprobación de la vida hasta en la muerte. Los hombres son los únicos, dentro de los animales sexuados, los que han hecho de su actividad sexual una actividad erótica.
Queda mucho por decir de este libro, mis apostillas sólo son un esbozo de un ensayo que considero, y recomiendo, de cabecera. Lo estimo extraordinario.

Presentación del Agregador cultural

Con la presencia de unos cincuenta asistentes (entre editores, profesionales del sector y medios de comunicación) se ha celebrado la mañana de ayer día 23, la presentación del Agregador Cultural en el Centro Cultural Conde Duque de Madrid.

Siempre ha sido habitual la recomendación de diferentes libros y escritores entre los propios lectores, pero con la irrupción de las nuevas tecnologías sociales estas sugerencias de lectura se han multiplicado por miles al permitir una interacción más fluida y eficaz entre los internautas.

Con el fin de facilitar el seguimiento de estas conversaciones en la Red, Dosdoce.com y Grupo Evoluziona han creado un agregador cultural con 50 blogs especializados que habitualmente publican reseñas de libros o elaboran artículos de opinión sobre temas relacionados con el sector del libro.

El objetivo del agregador cultural es ofrecer a las editoriales y a los lectores un servicio de seguimiento de las informaciones publicadas en la Red sobre libros, autores, novedades y temas clave del sector.



Página web del Agregador cultural. Muchas felicidades por este proyecto y gracias por incluir a Apostillas literarias en estos primeros 50 blogs. Una muy grata sorpresa.

22 de enero de 2007

Sombras, nada más: Rosa Regás

Rosa Regás, Sombras, nada más (México: UNAM, 1998)

Desde hacía meses estaba en espera de lectura este libro de Rosa Regás, sin saber exactamente por qué lo iba dejando siempre para después, hasta que por fin me decidí a leerlo y qué bueno, me gustó. Son diez relatos, unos cuentos me agradaron más que otros, como comúnmente sucede. El hilo narrativo que percibí es su trasfondo de añoranza, congoja, un tanto de desolación y muchas veces de evocación. Desde el título (que me recuerda el nombre de la canción que hiciera famosa Javier Solís), las sombras se hacen presentes: del pasado, de un tiempo que se ha ido pero ha dejado experiencias, conocimiento, recuerdos. Otras veces son sombras que abaten y que se han quedado a vivir para siempre con los personajes, como en "La farra", "La nevada", "El sofá naranja" y "El abuelo y La regenta", que fueron los que más me gustaron.

"La farra" es un relato muy bien estructurado (para mí es el mejor), aunque deja un sabor amargo. Una pareja cuya vida en común es un total fracaso gracias al trauma que habita en la vida de la mujer por el abandono de su padre a su madre. De la chica dulce, tímida y tierna que era antes de contraer matrimonio pasa a ser seca, impositiva, grosera, callada, inexpresiva, el cambio se da desde la noche de bodas... El final es inimaginable y escalofriante.

En "La nevada", un matrimonio de más de treinta años se ve destruido por la llegada de una joven que inquieta, hasta trastornarlo, las hormonas del esposo. Es desagradable, y triste, ver a un hombre de cincuenta años deseando a una jovencita y morir en el intento. La esposa sólo mira, sufre, su humillación guarda silencio.

"El sofá naranja" es el lugar del encuentro, de los proyectos, de la unión familiar. Hasta el perro lo siente suyo. En este gran sofá se quedan a vivir los años, los secretos, las historias de siete vidas. Todo cambia, menos este sillón naranja al que se puede regresar siempre y volver a sentir lo vivido. Los cuadros de la memoria...

En "El abuelo y La regenta" conocemos a una niña, y sus hermanos, cuyo abuelo es franquista y su padre republicano, un padre que acaba de llegar del exilio clandestinamente y vivía escondido en casa del abuelo. Es el tiempo de la posguerra. En un aniversario de la muerte del "tío Miguel", el padre de la niña se niega a sentarse en la mesa del desayuno con un cura fascista, según dice. Esto provoca la furia del abuelo, ante tal desobediencia "se le inyectaron los ojos en sangre y bramando como un poseso y poniendo a Dios por testigo de lo que le había tocado sufrir en esta vida", se pone a dar zancadas. Al final, cuando se da cuenta de que su nieta está leyendo La regenta...

Un buen libro de relatos.

20 de enero de 2007

En Uniones: Robert Musil

Robert Musil, “Robert Musil a una desconocida señorita”, Uniones (Barcelona: Seix Barral, 1995)

Mi pequeña desconocida señorita:

Como no la conozco, le escribo por el periódico. Sí, si reflexiono sobre las circunstancias de nuestro encuentro, se me hace claro que escribo a alguien que, simplemente, ya no existe, o, si existe, sólo de una forma sumamente vaga. Sin embargo, aquél encuentro se realizó en circunstancias de lo más ordinarias. Usted subía al tranvía en donde yo estaba sentado. Supongo que usted habrá reparado en mi entre los pocos viajeros que había, pues usted ostentaba, mi muy pequeña dama, un ser conservado de un modo poco común, que siente que alguien la mira. En su compañía se encontraba un señor de mi propia edad, que también me gustó; podía ser un hermano mayor, pero, si era su padre, se mostraba, juvenil, a su mismo nivel y no dominante, y yo quisiera sospechar que usted adulaba a sus pensamientos de forma semejante a los míos. Calculo que usted tendría, en aquel entonces, catorce años a lo sumo. Llevaba un vestido de terciopelo con colores de calle, con el talle estrecho, de modo que el tejido del vestido, algo pesado y, no obstante, plástico, simulaba por encima y por debajo la madurez de la femenina figura, sin que el tipo perdiera con ello lo infantil. Me vino a las mientes enseguida la expresión “mujer-niña”, nada más verla a usted. Su vestido de terciopelo tenía en sus angostas mangas puños de piel y estaba guarnecido abajo también con piel, formando allí un amplio volante; y recordaba un poco un traje regional o de patinador, pero puede ser que no fuera ni un vestido, sino un abrigo: seguro que usted lo sabrá todavía hoy día y lo recordará con gusto, pero lo que es yo lo único que puedo hacer es aducir para disculparme que la admiración observa siempre con mucho más exactitud que la autodeterminación, que, ante el espejo, entra en objetividad en detalles y los examina.

Acaso es esta disculpa falsa, pero, en todo caso, concede que mi admiración era subjetiva y, en un sentido no totalmente irrecusable, romántica, cosa natural del todo, pues la posibilidad de enamorarme de usted estriba precisamente en el que yo no tratara la realidad con conciencia plena de lo que hacía, realidad que no me lo hubiera permitido. Usemos para designarlo la buena, la vieja palabra sueño: uno encuentra allí a una persona, reconoce quién es, y sabe que es distinta de uno; de forma similar, en las honduras de la mina sobre la que de ordinario nos movemos, usted siguió siendo para mi una niña y, con todo, fue para mi una mujer a escala reducida, por espacio de diez minutos, antes de que usted bajara y se me perdiera, sin que yo me resistiera a ello. El modo como usted entró, se sentó y entregó el dinero al cobrador, un poco negligentemente (pues lo hizo usted, y no su acompañante), no tenía ni sombra de aquella afectación con que lo hace una niña; y los rasgos de su rostro, que me parece estar viendo, con su ojo oscuro, las fuertes cejas, los labios llenos y la nariz un poco respingona, es verdad que se adelantaban a sus años, pero, no obstante, no configuraban algo así como el rostro reducido de una mujer adulta. Se me ocurre que el aspecto de usted tampoco puede ser comparado en absoluto con un “capullo”, pues su forma es juvenil, es verdad, pero dura y decidida, mientras que el encanto amoroso de lo infantil de usted se asemeja más bien a una flor sin raíces, es más, sin tallo.

Propiamente no tengo más que decir. Y no tengo que derivar de esto ni una moralidad ni una inmoralidad: nuestro encuentro estaba, evidentemente, entre estas dos posibilidades, y además han pasado ya desde entonces más de diez años sin consecuencias. De vez en cuando, usted me hace recordar que hay toda clase de historias de mujeres que procedían misteriosamente de las ramas de un árbol, de manantiales o retortas, que no eran mujeres del todo y que con ese no-del-todo estimularon a los hombres a que inventaran leyendas. Es, manifiestamente, una fantasía que, por muchas razones, le llega al varón al corazón. Y, por otra parte, me pregunto qué es lo que usted puede aún saber de aquella pequeña muchacha que no quería esperar a convertirse en usted, y que, seguramente, ahora está un poco
decepcionada de ello.

Robert Musil
Nota: "Publicado por primera vez en 1911, cuando el autor contaba treinta y seis años, y era bibliotecario de la Universidad Técnica de Viena, Uniones fue el segundo libro de Robert Musil. Nacidos como consecuencia de una petición para la revista Hyperion, los relatos conocieron una génesis insólita. En palabras del propio Musil, «trabajé en dos cuentos dos años y medio, se puede decir que día y noche. Estuve, por su causa, al borde del hundimiento espiritual». El propósito de Musil en estas narraciones era «describir el camino que lleva, en el plazo de sólo veinticuatro horas, de la más entrañable unión a la infidelidad»".

18 de enero de 2007

Carta de Simone de Beauvoir

Tengo entendido que todavía no existe una versión en castellano* del libro que contiene las cartas que Simone de Beauvoir, le escribe a Nelson Algren y viceversa. "Conoció al novelista norteamericano en 1947 en su primer viaje a Estados Unidos (cuando tenía treinta y nueve años, y él treinta y ocho). En principio no debía éste más que haberle servido de guía durante su estancia en Chicago, sin embargo se convertirán en el "amor transatlántico, su preciado bienamado, el hombre que desvela en ella la mujer completa que es y que ama por primera vez con el cuerpo, el alma y el corazón. Durante el verano de 1950, en la cabaña del lago Michigan, Algren le dijo sorpresivamente que ya no la quería más". En lo personal, Simone de Beauvoir no es alguien cuya obra o personalidad me sea fascinante; sin embargo, es interesante conocer un poquito de esa complejidad que todos los seres humanos portamos cuando de relaciones humanas se trata (involucrando las amorosas), se sea tan importante dentro de la historia literaria o filosófica o no se sea. En esto de los sentimientos y pasiones todos somos semejantes o parecidos.

Patricia de Souza ha realizado la traducción de una de estas cartas:

Nelson, mi gran amor. Estoy muerta de cansancio, pero es imposible que me vaya a dormir sin escribirte. Fue tan duro separarse media hora después de saber que seguía contando para ti, tan amargo saber que hubiese podido habérmelas arreglado para quedarme si hubiese estado segura de mis sentimientos a tiempo. Necesito hablarte, porque es la única forma en que encontraré la paz esta noche. Durante el trayecto en el tren, en el taxi, o el avión, no he dejado de hablarte, no te asustes si lloro. En la introducción que me has hecho ayer-Thomas Man que en cada antes de cada ataque de su enfermedad, Dostoiesvki conocía unos instantes de verdadera felicidad que valían por diez años de vida. Y es cierto que tú tienes el poder de causarme por unos segundos una especie de fiebre que vale por diez años de salud. Puede que tu malvado corazón sea profundo y cálido pero no es tan febril como el mío y que no puedas comprender el choc que una vez más me ha causado el don que hace unas horas has vuelto a hacer de tu amor. Choc que me ha enfermado físicamente. Es para luchar contra ese malestar que te escribo, por eso, perdóname si esta carta te parece sin sentido porque tengo que salir de este estado, además, siempre quise decírtelo, confiarte algunas reflexiones que me inspira nuestra historia.

Desde el primer día me sentí culpable por darte tan poco a pesar que tenía tanto amor. Sin embrago, sé que me has creído y comprendido mis explicaciones. Jamás hubieras aceptado venir a vivir definitivamente a Francia aunque te retenga en USA el mismo vínculo que me retiene en París. No voy a defender ese punto: no podía dejar a Sartre, la escritura y Francia. Admito que no me crees cuando digo “no podía”, sin embargo, lo sé, que comprendas mis razones no cambia en nada el hecho en sí: no te he dado mi vida, no te he dado mi corazón, te he dado todo lo que te he podido dar, pero no mi corazón. He aceptado tu amor y lo he condenado a no ser más que un amor lejano (…) Me he sentido culpable todo el tiempo, sentimiento amargo, el más margo porque concierne el hombre amado. Si te he querido abandonándote, he sufrido bastante por eso. Sin cesar tengo miedo de que pienses que yo me reservaba la parte agradable de nuestro amor. No es verdad. Si he fallado en darte la felicidad que un gran amor debería dar, he sufrido muchísimo por esa razón. Me haces falta a cada instante y la conciencia de mi error, de tu posible rencor, me ha hecho sentir, más de una vez, absolutamente miserable. Puesto que te he dado tan poco, pensé que sería justo que me arrojaras de tu corazón. Pero, comprender una situación no impide que esta te parezca cruel. La primera vez, en Nueva York, fue duro, y el año pasado, también. Créeme también esto: he llorado mucho y si actué como lo hice fue por reacción a una profunda herida, herida que no ha cicatrizado en todo el año. Sin embargo es terrible no sentirse amada cuando tu amor es más violento que nunca y no te esperas el rechazo. Pese a todo, cuando vine a verte en setiembre, empezaba a aceptar este hecho con resignación tratando de hacerme a la idea de tu amistad y de mi amor. La situación no me hacía feliz, pero me parecía tolerable.

Y esta noche tengo miedo, un verdadero miedo mortal. Una vez más he echado abajo todas mis defensas. Me dices que no me desalojas de tu corazón y, al no tener que luchar más contra tu indiferencia, permanezco desarmada y nuevas heridas profundas, podrán abatirme idenfinidamente sobre mí si decides rechazarme. No puedo ni siquiera soportar la idea. Un cansancio enorme a acosa. Petrificada ante el sentimiento de encontrarme completamente entre tus manos, sin defensa. Por primera vez te suplico: guárdame en tu corazón o expúlsame pero no permitas que me aferre a tu amor para descubrir de repente que ya no existe. Me rehúso a pasar por esta prueba, ni siquiera acepto la idea.

Comos ves, he perdido completamente la cabeza, si te enamoras de otra, todo está dicho. Solo en la medida en que decidas rechazarme o no, podrás reflexionar en lo que significa para mí. No me retires de tu corazón ahora, guárdame hasta nuestro próximo encuentro y haz que nos encontremos en poco tiempo. Sabes, como yo, que sea cual sea tu decisión, yo no te causaré ningún problema. Esta carta es lo más duro que recibirás de mi parte. Por una sola vez te estoy pidiendo algo: que no me arranques de tu corazón y que te esfuerces en conservarme. El tiempo que he sabido que contaba para ti, ha sido tan corto!! Que no puedo resignarme y tiene que prolongarse. Quiero que me beses con amor una vez más. Te amo tanto. Te he amado por el amor que me diste, por el deseo físico y las ganas de felicidad que despertaste en mí, pero incluso cuando eso ha desaparecido, o disminuido, mi amor ha sobrevivido por lo que eres. Porque eres quien eres. Independientemente de lo que me des o no, permaneces en mi corazón para siempre. Y la posibilidad intuida de que ese amor vuelva a ser de nuevo feliz me ha destrozado. No soy más que un montón de escombros. Entonces, no te molestes al recibir esta carta descabellada. Aquí estoy aquí en el hotel Lincoln y voy a tratar de dormir. La noche me aterra. En toda mi vida no he deseado algo con tanta voluntad y ardor: volver a verte.

Nos comentan que sí existe una versión en castellano de estas cartas: Cartas a Nelson Algren, el libro está publicado por Lumen en 1999.

Sartre, Beauvoir, Algren

Otra historia de amor
Tomás Eloy Martínez
La Nación

Siempre fue un misterio la aparente dependencia que Beauvoir sentía por Sartre. Las cartas a Nelson Algren permiten entender mejor lo que pasaba entre los dos.

El contrato con Sartre

Hasta hace pocos años, la mayor parte de los biógrafos coincidía en que era Sartre el que, entre 1929 y 1930 (cuando ella tenía veintiún años y él, veinticuatro), había impuesto unas leyes que permitían a la pareja compartir el sexo y las pasiones intelectuales, contándose todo lo que les pasaba con otros amores, sin que ninguno de los dos tuviera derecho a los celos. Ese modelo de pareja exigía, por supuesto, que vivieran en casas separadas.

Durante el lapso del primer contrato, que duró dos años, Simone de Beauvoir era la relación privilegiada de Sartre, y viceversa: ambos tenían derecho a entrar en la vida del otro a cualquier hora del día y de la noche, y a conocer antes que nadie todo lo que el otro hiciera.

Estaba prohibido mentir. "La sinceridad (o la transparencia) es algo a lo que no puedo renunciar", anotó Sartre por entonces. Pero, a la vez, tenían la obligación de no preguntar. Se sobrentendía que los amores "circunstanciales" eran también fugaces y que ninguna pasión imprevista podría destruir el férreo y verdadero "amor esencial". El pacto fue renovado muchas veces, aunque no hiciera falta.

Fue Beauvoir la que divulgó los placeres y tormentos de esa pareja. Sartre, el presunto responsable de la idea, sólo habló de ella sesgadamente y no publicó nada (o casi nada) sobre el tema. Era feo, miope, torpe, en tanto que ella era muy atractiva. En las cartas a Nelson Algren se descubre que el filósofo era tambien un pésimo amante. Con el novelista norteamericano (autor de El hombre del brazo de oro , entre otras obras menores), Beauvoir descubrió por primera vez las felicidades del cuerpo, y así lo declara: "Te pertenezco, Nelson. Soy tu pequeño fetiche". Todo lo que podía sentir como mujer lo sintió con Algren antes que con nadie. Las cartas lo dicen.

La libertad del Castor

Durante muchos años imaginé que Beauvoir actuaba con Sartre como una especie de parásito intelectual, que vivía a la sombra de su respiración para poder convertirla en palabras. Debí haber descubierto que me equivocaba cuando el propio Sartre, en sus Cartas al Castor (a Beauvoir la llamaban "el Castor" por su energía y laboriosidad), revela que el vasallo era él y no ella, como creíamos todos.

"Yo quería afirmar mi libertad ante las mujeres _escribe Sartre_, lo cual era cómico, porque era yo el que corría detrás de ellas. Un buen día quedé atrapado. El Castor aceptó esa libertad y se la quedo para sí."

El tema de la libertad o de la falta de libertad en las parejas desvelaba al mundo occidental en los años 60. Parte de la revolución hippie y de los ideales revolucionarios en la América Latina durante esa década y la siguiente tiene que ver, precisamente, con la búsqueda de una igualdad sexual que era también un acto de justicia. El pacto de la pareja Sartre-Beauvoir insinuaba una vía de escape a las convenciones que parecía ideal: lo compartían todo y no se debían nada. Al final resultó una desilusión.

Cuando estaba enamorada de Algren (mientras el mundo entero creía que estaba enamorada de Sartre), Beauvoir escribió uno de los tratados fundacionales del feminismo: El segundo sexo , su magistral ensayo en dos volúmenes. Hasta donde se sabe, no lo discutió en absoluto con Algren. Cada vez que hablaba con él de sus libros, lo hacía al pasar, sin darles importancia, como si la avergonzaran.

Nada sin narrar

Hay allí una extraña vuelta de su condición femenina: con Sartre, que era su igual, se mostraba arrogante, caprichosa, erudita; con Algren, que era hijo de una familia proletaria de Detroit, al que Beauvoir aventajaba de lejos en curiosidad intelectual, se mostraba cortés y hasta servil, como si quisiera ser perdonada por su inteligencia. "Querido, querido mío -le escribió cuando estaba por compartir con él una cabaña en el lago Michigan-: voy a lavar los pisos, voy a cocinar todas las comidas, voy a escribir no sólo mi libro sino también el tuyo." Tal como le sucedería con Sartre, fue Beauvoir la que sacó mejor partido narrativo de esa otra relación. En 1954 publicó una novela, Los mandarines , en la que Algren aparecía casi idéntico al de la realidad aunque con otro nombre, Lewis. En La fuerza de las cosas quiso ir más lejos y contó su aventura de amor con puntos y comas. Algren trató de replicarle, indignado, en artículos publicados por Harper´s y por Playboy . Pero en ese momento (1963), ella era ya demasiado famosa y él casi se había desvanecido en la nada.

Ya se sabe lo que Beauvoir hizo con Sartre: no dejó nada de él sin narrar. Amores, combates intelectuales, trabajos, defecaciones, decrepitud: todo lo que ella supo de Sartre fue transfigurado en palabras.

Siempre me pareció sorprendente -y también terrible- que esa curiosidad casi enfermiza por la intimidad de los otros (o del otro) ocultara toda la curiosidad que Beauvoir debió de sentir por sí misma. En sus memorias no refiere ni uno solo de sus fracasos amorosos ni sus desbocamientos de placer. Así como es impúdica hasta el escándalo con sus parejas, es extremadamente pudorosa con su propia intimidad.

En ninguna obra fue tan nítido ese exhibicionismo del otro como en La ceremonia de los adioses , donde refiere sus últimos diez años junto a Sartre. El libro pretende ser piadoso: es implacable.

Allí se ve a Sartre declinar, perder la voluntad aunque no la lucidez, caer bajo el dominio intelectual de un par de advenedizos, entusiasmarse con la adulación de las adolescentes, advertir con indiferencia que ya no es capaz de controlar sus esfínteres, sucumbir a la gangrena (y a sus olores de náusea), esperar la muerte con torpeza. En cada línea, Simone de Beauvoir acecha la ruina de ese fantasma al que alguna vez amó.

Grandeza y orgullo

Si no se hubiera publicado A Transatlantic Love Affair , nada habría alterado esa imagen de supremo egoísmo. Las cartas a Nelson Algren cambian la historia, al descubrir una Beauvoir que era capaz de suplicar, sufrir, vivir el amor de manera irreflexiva y casi adolescente, con una ternura que casi inspira compasión.

Al menos en los cuatro años que van de 1947 a 1951 -los años en que escribió Los mandarines y El segundo sexo , sus dos obras maestras-, ella se mostró tan indefensa y torpe ante el amor como cualquier otro ser humano. En ese alarde de pequeñez está mucha de su grandeza. Lo demás es sólo amor propio herido, o tal vez orgullo.

Durante el verano de 1950, en la cabaña del lago Michigan, Algren le dijo sorpresivamente que ya no la quería más. Volvieron a encontrarse en el mismo sitio, al año siguiente, y casi no se tocaron.

"Sé feliz, mi querido -le escribió ella desde el aeropuerto de Nueva York, en la carta de despedida-. Sé feliz, y guárdame un lugarcito en el desván de tu corazón." Con esa frase, Beauvoir dejaba el reino de los sentimientos y entraba en el de la pura inteligencia, donde hay menos desdichas pero también mucha menos felicidad.

14 de enero de 2007

El concierto de los peces: Laxness

Halldór Laxness, El concierto de los peces, Trad. de Enrique Bernárdez (Madrid: Turner, 2005).

“La riqueza verdadera es lo que los demás no pueden quitarte” (Halldór Laxness)

Una novela muy recomendable, qué manera de narrar de Laxness (1902-1998). Es lo primero que leo de este escritor islandés, Premio Nobel de Literatura en 1955.

Un sabio afirmó que, aparte de perder a su madre, para un niño no hay nada más sano que perder a su padre. Aunque lejos de mí suscribir en su integridad estas palabras, lo cierto es que también sería el último en rechazarlas de plano. Estaría dispuesto a defender una doctrina semejante sin rencor ninguno hacia el mundo, e incluso sin sentir el agudo dolor que parece ocultarse en el simple sonido de tales palabras.

Álfgrímur Hansson nos cuenta su vida desde el aquí y ahora narrativo, el tiempo del relato. Así, sabemos que es un jovencito abandonado por su madre al nacer, crece con su abuelo, Björn de Brekkukot, un pescador a cuya casa-albergue, a las afueras de Reikiavik, llegan todo tipo de personas. La madre del chico da a luz mientras estaba alojada en Brekkukot, la capital de Islandia, a la espera de su barco:

La mujer iba camino de América, empujada por su pobreza y su soledad, huyendo dee quienes gobernaban en Islanda (…) Y en cuanto ha parido a su hijo, la mujer mira un momento a la criatura y dice:
-Este niño se llamará Álfur.
-Pues yo lo bautizaré Grímur –dijo mi abuela.
-Pues entonces lo llamaremos Álfgrímur –dijo mi madre.
De modo que lo único que me dio aquella mujer, aparte del cuerpo y el alma, fue el nombre: Álfgrímur. Igual que se hacía con todos los niños sin padre que nacían en Islanda, me pusieron el patronímico Hansson.

Álfgrímur es un niño obediente, inteligente, complaciente, trabajador, precoz, siempre dispuesto a aprender las enseñanzas de sus abuelos y a tener presente que los peces y las vacas poseen santidad y hay que agradecerles que los han ayudado a sobrevivir. Álfgrímur nos cuenta muchas cosas, muchas historias, costumbres de Islanda, todo lo que ve de ese mundo que lo rodea como aquello de que en Brekkukot no se oía la palabra "amor", "excepto cuando unos borrachos o unas criadas rematadamente estúpidas, habitualmente llegadas del campo, se ponían a recitar poemas de algun escritor moderno; tales poemas, por cierto, usaban un vocabulario que nos producía escalofríos al oírlo, y mi abuelo se sentaba sobre las manos y hacía muecas y encogía los hombros y las piernas y decía "Ay, vaya" y "Ayayay". "Estar enamorado" no era algo que sucediera entre nosotros".

En este espacio que vive Alfgrímur, bastante elemental en casi todo, él desea llegar a ser un pescador de lumpo como su abuelo Björn; sin embargo, un día las cosas cambian y nuestro protagonista se aleja de esta comunidad para cumplir otro anhelo: ser escritor.

Cuantas costumbres, creencias, modos de vida diferentes vemos en esta novela. Es como si los personajes habitaran en un mundo lejano adonde impera un orden y adonde se escucha el canto de Alfgrímur cuando los muertos son echados a la fosa común.

Asedios a la literatura latinoamericana

Una tristeza insoportable
Carlos Franz
Letras libres

Si algún rasgo marca a los personajes y a los narradores de Roberto Bolaño es su abrumadora melancolía, una “rabia triste” que puede acabar convirtiéndoles en poetas, aventureros o simples apaleadores de taxistas.

I. “La vida es de una tristeza insoportable”

“La vida es de una tristeza insoportable”, es lo que repite Fate en 2666. En realidad lo repiten muchos de los personajes, con distintas palabras y con distintos pretextos, en los libros de B. (hablo de B., y no de Bolaño, por aceptar la confusión entre autor y narrador con la que a B. le gustaba jugar). Esa tristeza la repiten tanto sus personajes que puede llegar a dar vergüenza ajena. Página por medio nos encontramos con machos corajudos que en situaciones inesperadas sienten deseos de llorar, o lloran, sencillamente. Los críticos Pelletier y Espinoza se pasean por Hamburgo contándose amores: “La conversación y el paseo sólo sirvió para sumirlos aún más en ese estado melancólico, a tal grado que al cabo de dos horas ambos sintieron que se estaban ahogando.”

Casi todos los libros de B. son ferozmente melancólicos (ferocidad y melancolía, a un tiempo). Tanto que bordean peligrosamente el sentimentalismo –todo lo bordea peligrosamente B.– y luego entran de lleno en él. Y luego se “ahogan” en esa melancolía y luego salen más bien fortalecidos, casi invulnerables. ¿Cómo diablos lo hacía B.?

Primera hipótesis: esa aguda melancolía, que a primera vista parece romántica (en el contemporáneo sentido de “sentimental”), adopta en B. una forma diferente, mucho más antigua. Una forma que el romanticismo más bien enmascaró y negó públicamente, haciéndolo sinónimo, como en Werther, de languidez y apatía (un depresivo sin fases maníacas, diríamos, en la jerga de estos días). La melancolía de B. no es de ese tipo. Sino que se acerca más a la etimología griega de la palabra. Melancolía viene de “mela-cholé”: la bilis negra. Uno de los cuatro humores de la medicina de Galeno e Hipócrates. A saber: la sangre, la saliva (en la cual se comprenden las lágrimas), la bilis blanca o pus (la de las heridas supurantes) y la bilis negra (la bilis de las heridas interiores, dijéramos). La mela cholé. Cuando esa bilis negra, antiguamente llamada también “atrabilis”, se agolpa y estalla, estamos en presencia de lo atrabiliario. Muchos personajes creados por B., junto con querer llorar a gritos, sufren de esos ataques de ira –el estallido de la atrabilis– que les hace desear, como dice alguien en Estrella distante, “quemar el mundo”.

II. La poesía como vida peligrosa

Hay otra manera de la melancolía, en la obra de B., cuyo parentesco sería hipocresía omitir. Es la estética fascista aludida de mil maneras en su obra, pero sobre todo en ese contubernio, ese matrimonio del cielo y el infierno, que habría dicho Blake, entre la belleza y la violencia. Un cierto dandismo cuya elegancia favorita y radical es la muerte. Para el que quiera ver no debieran hacer falta muchas pruebas. Desde La literatura nazi en América las ficciones de B. abundan en escritores a la vez vanguardistas y fascistas, abiertos o secretos, conscientes, o crípticos que no lo saben. Escritores nazis de tan vanguardistas, de tan dandis, justamente. Por cierto, hay muchos otros personajes, en esta obra torrencial, que no lo son; y más naturalmente aún, porque B. era un artista, los personajes afectados por esa estética fascista no son de una pieza sino que conviven con su propia humanidad y su delicadeza; y a veces hasta con lo que más desprecian: su normalidad burguesa.

Esa “ética de la resistencia”, que a veces se atribuye a B., parece un nombre demasiado elíptico y posmoderno para llamar a lo que es una vieja estética, en realidad. Esa que querría convertir a la vida en obra de arte, en poesía, mediante el dramático recurso del vivere pericolosamente.

Querer vivir peligrosamente, y sólo poder imaginarlo.

Se diría que es un pesimismo luciferino. Pero del Lucifer recién expulsado de la presencia de Dios. Ferozmente triste, a la vez que ardiendo en deseos de actuar, de comunicar su melancolía al mundo; y hacerlo matando o escribiendo, que en tantos personajes de B. es lo mismo. Una belleza terrible.

La ética bestial del fascismo y el esteticismo angelical de las vanguardias se tocan. Lo sabemos demasiado y B. no lo ignoraba. Hay que recordar, en 2666, el placer sexual de esos críticos que se sacuden de todo su pretencioso humanismo, pateando hasta casi matarlo a un taxista paquistaní en Londres. Recordar el placer furibundo de esos estetas, de esos dandis.

Querer vivir peligrosamente, y sólo poder imaginarlo, o leerlo o escribirlo. Melancolía, mela-cholé, bilis negra.

III. La muerte de la melancolía.

La melancolía personal de B. no importa nada. Lo que importa aquí es esta melancolía como hipótesis de una estética nihilista: la literatura, al igual que nosotros, al igual que el mundo, va derecho hacia ese matadero en el desierto que es Santa Teresa.

¿Qué hay de nuevo en esto? ¿Qué, que no hubiera podido escribir un poeta barroco del memento mori? O más atrás, hasta el origen. ¿Qué, que no hubiera escrito ya el profeta Isaías, verdadero autor de la imagen “manriqueana” aquella que hace menos a nuestras vidas que “verduras de las eras”? Nada nuevo.

Salvo que entendamos, o sospechemos, que en las novelas de B. no sólo somos nosotros como individuos, y la literatura y el arte, los que vamos al matadero. Sino que es la misma melancolía la que está en extinción (una manifestación más de la muerte de la tragedia; agonía lentísima que se arrastra desde Sócrates, más o menos, si hemos de creer a Nietzsche).

Ahora la melancolía ha dejado de ser poética y se ha vuelto prosaica, pero en el sentido de Prozac, el antidepresivo. Vivimos en la era del Prozac. A la melancolía ahora se le llama depresión, y se le trata masivamente. Se le receta una píldora y entretenimientos, diversión, literatura. Sí, literatura como distracción. Nada nuevo tampoco, salvo que hoy es masivo. “Leed y os distraeréis”, le recomendaba el médico al gran comediante Garrik para curarle su esplín romántico. “Tanto he leído”, le contestaba el actor meneando la cabeza. Doscientos años después Ophrah Winfrey nos recomienda lo mismo. Y casi podemos ver las cenizas de B. encendiéndose de nuevo, ardiendo de rabia: ¡la lectura como medicamento, adormidera, ansiolítico!

De ahí, sospechemos, el cuidado amoroso con el que B. amamantaba su rabia (hartándola de ella misma, de bilis negra, precisamente). Amamantaba su mela-cholé para que esa energía furiosa, luciferina, no sucumbiera al hechizo de su gemelo maldito: ese pesimismo esencial que a veces llamamos desidia (y que en tiempos medievales se llamaba acedia: la enfermedad de los monjes que un día perdían las ganas de vivir, la peor tentación de San Antonio). Esa desidia sospecha secretamente que toda acción es inútil, ya que la literatura –y con ella los escritores– está destinada solamente a los desiertos (que es como decir a los osarios) de Sonora, es decir al matadero. Olvido, extinción, desaparición en vida por la falta de lectores –como no sean los lectores otros escritores (más sobre esto, luego).

Es la melancolía de Amalfitano en Santa Teresa, o la de Duchamp, poniendo a colgar un libro de geometría. La geometría, precisamente, que ha sido desde la antigüedad una metáfora de la melancolía de la razón; o sea, de la inutilidad del esfuerzo intelectual por medir el misterio del mundo.

Lo valiente en la obra de B. tiene poco que ver con los desplantes de sus poetas malditos –que adoran los bolañistas adolescentes– y mucho más con su coraje para practicar una literatura que se atreve a esa melancolía radical, en la era prozaica; la era ferozmente anti-melancólica y prosaica del Prozac.

IV. El resentimiento de Los Ángeles.

Mihály Dés afirma que B. tenía a la literatura como única patria y tema, ya que era un desterrado proveniente de un pueblo perdido en Chile al que no lo ligaba nada. Creo que está en lo cierto, pero que se equivoca en un detalle. Yo diría que algo ligaba a B. con su pueblo de origen. Ese pueblo se llama Los Ángeles –no L.A., de California, sino Los Ángeles de la frontera, en el sur lluvioso de Chile. Y acaso lo que ligaba a B. a esa provincia perdida era el resentimiento. El resentimiento de Los Ángeles; en todo su doble sentido.

El re-sentir, el sentir dos veces, el sentirse, es algo muy chileno. Neruda decía que había que tener cuidado con Chile porque era “el país de los sentidos”. Pero no se refería a los cinco sentidos, sino a que en Chile la gente se enoja fácilmente, tiene la piel delicada y la memoria larga, y queda resentida; en realidad, casi como que gozáramos de resentirnos. Y parece que cuanto más al sur de Chile se nace, mayor el resentimiento (que perdonen los sureños).

Naturalmente, tanto resentimiento produce melancolía. Una melancolía frecuentemente silenciosa o cuando mucho murmuradora, susurrante. El taimado, el amurrado, se dice en Chile de aquel que se queda sin voz de pura rabia. También se lo podría llamar “el melancólico”.

B. tuvo un modo genial de eludir la melancolía silenciosa de los ángeles del resentimiento chileno. La convirtió en estética. Podría discernirse una estética específicamente chilena en la obra de B. Una estética del sur de Chile; una estética “penquista”, para usar el gentilicio con el que se designa a los habitantes de esa zona, en general. La investigación de esa estética conduciría a explorar cómo B. pudo elevar el chismorreo literario a la condición de épica, usando los recursos que le proporcionaba el chilenísimo arte del “pelambre”, también llamado con las voces mapuches “copucheo” o “cahuineo” (creo que pocos dialectos latinoamericanos tienen más palabras para denominar al chismorreo, lo que demuestra la matizada perfección que hemos alcanzado en ese campo del lenguaje).

“Nunca salí del horroroso Chile”, escribió otro poeta chileno, Enrique Lihn. En algún sentido, si no se podía hablar mal de México, ni bien de Chile, con B. (conforme lo ha observado Juan Villoro), es porque algo de él era muy chileno. Por muy expatriado que fuera, algo de B. nunca salió de la ciudad de Los Ángeles (tan lejos de los otros de California), cerca de la Araucanía de Chile. Nunca se libró de los horrorosos “ángeles” del resentimiento chileno. Lo que hizo, en cambio, fue derrotar su silencio; darles una voz que se oyera muy lejos. Una voz como un incendio en esos bosques, envuelta en llamas.

V. La cortesía de la desesperación

El gran remedio de B. contra su propia mela-cholé, y la de sus obras y personajes, es el humor.

Alguien le preguntaba a Henry de Montherlant (dandi, adorador del coraje, suicida): ¿Cómo es posible que usted que es tan triste pueda reírse y hacer reír tanto? Y él contestaba: “Ah, es que mi humor es la cortesía de mi desesperación”.

VI. La soledad del Quijote

Mihály Dés ha hecho un paralelo arriesgado entre la obra de B. y el Quijote de Cervantes.

Bien observado. ¿Pero dónde está Sancho en la obra de B.? Hay en ella Quijotes literarios, muchos, enloquecidos por la lectura. Aunque más por las lecturas sofisticadas que por las ingenuas; y aún más por la escritura vanguardista que por la lectura inocente; y aún más: enloquecidos por un ideal apocalíptico y milenarista de la literatura (no por “desfacer” los entuertos de este mundo). Pero no existe en su obra el escéptico, práctico y humanísimo Sancho que descree de esta cruzada ficticia de los caballeros de las letras. No hay un Sancho que llame al orden al caballero loco de poesía y le recuerde que los títeres del retablo de maese Pedro son sólo eso, y que la gente también vive y hasta es feliz, aunque ignore la existencia veraz y sagrada de la poesía (acaso sobre todo si la ignora).

Carencia del contrapeso sanchopancista que contribuye a la melancolía general en la obra de B. Sus Quijotes carecen de escuderos que los calmen cuando les dan sus pataletas de furia o pena y empiezan a descabezar muñecos o patear taxistas. Nadie que les ridiculice un poco su mela-cholé.

Es como si esos escritores enloquecidos que pululan y ululan por sus libros hubieran enloquecido no sólo de tanto leer, sino de soledad. La soledad del Quijote abandonado por Sancho Panza. La soledad del escritor abandonado por su lector común, el del sentido común. El de B. es un Quijote escritor que sospecha que ya no quedan otros lectores más que los propios escritores. No hay lectores corrientes, escuderos que nos aterricen con un buen refrán, sino sólo Quijotes leyéndose a sí mismos.

¿Distopía? No, si es que B. –el personaje, el alter ego, y acaso el autor también– hubiera tenido razón: habría que ser un Quijote, hoy día, para atreverse a leer un libro no por mera diversión, sino por la mera belleza de su melancolía.

VII. El bolañismo triste

La rabia triste, la mela-cholé de B., siendo en general inofensiva para la vida real –como lo es la literatura–, no es sin embargo inocua –para la vida literaria. Su rabia atrabiliaria favoreció en algo un rasgo perverso de la vida literaria latinoamericana. En Santiago, como en Lima o Montevideo, y también en Buenos Aires y México y Madrid (menos, cuanto más grande es el ambiente), y sobre todo entre los practicantes del bolañismo, claro, que hoy son legión, oímos que se cita a B. –y en realidad se lo abusa– como un pretexto más para practicar nuestra vieja y descorazonadora capacidad para el maniqueísmo, para el absolutismo intelectual hispano. O dicho al revés: nuestra ancestral incapacidad para el claroscuro, para la duda, para el matiz.

Aquella teoría y práctica de la vida literaria, entendida por B. en su obra y en su existencia, como guerrilla sin cuartel, atiza esa tendencia nuestra al maniqueísmo devorador –que vuelve a la comunidad latinoamericana de los literatti una peligrosa tribu caníbal. En seminarios, lanzamientos y “vinos de honor”, todos los días y a todas horas, en la bárbara literatura hispanoamericana, no hay escritor que no monde sus dientes con un huesito afilado, un astrágalo, acaso, que es todo lo que quedó después de que se comió crudo a algún colega.

Sería obtuso tomar demasiado en serio aquella contribución de B. al canibalismo literario hispanoamericano. Se trata más bien de una manifestación de humor que le sobrevive, una broma práctica a costa de nuestro penosísimo gremio.

Hay otro aspecto del culto de B. que puede ser más serio. Es el bolañismo triste. O sea, aquel que da un poco de pena y rabia –o sea, ese que nos produce una legítima y bolañísima mela-cholé. Sus epígonos repercuten hoy la tonada de su maestro con devoción y hasta genuflexión. El asunto es un poco triste porque no es la primera vez que una gran influencia literaria aplasta, agosta, frustra a una generación de admiradores incautos. Y el estilo de B., peculiarmente rítmico, pegajoso, hipnótico, parece especialmente diseñado para ser imitado sin que el copión lo note. Y no digamos nada de sus temas, de su manera de presentar a jóvenes escritores como héroes, últimos caballeros cruzados en pos de un ideal poético perdido. Es comprensible el atractivo que esta supuesta soledad apocalíptica puede ejercer, sobre todo entre plumíferos nuevos, ya que tiene –como dijera Borges de una moda anterior– el “encanto de lo patético”.

Se ve esta escena en la película Patton. El general Patton (George C. Scott) está en lo alto de una colina, en el desierto de Libia, dirigiendo una batalla entre sus tanques y los de Rommel. Cuando Patton ve que sus Sherman derrotan por primera vez a los Panzer de Rommel (y aquí B. es Rommel, el zorro del desierto de Sonora), entonces el general yanqui, sin despegarse de sus binoculares, lanza o más bien muerde, este grito de triunfo: “¡Leí tu libro, hijo de puta, leí tu libro!”.

¿Quién les dirá a los bolañitos que, en vez de venerar el libro de B., hay que estudiarlo, deshojarlo, desmenuzarlo, abusarlo y hasta torturarlo, hasta que cante, hasta que suelte –o no– el secreto de cómo lo hacía ese gran “hijo de puta” para escribir tan bien?

VIII. El Otoño de Arcimboldo

Hay una prodigiosa clave escondida en ese bello ángel y bestia que es su personaje final, su Benno von Arcimboldi, de 2666. Está el nombre de Benno –“Benito, como Mussolini, no te das cuenta”, le advierte su editor. Y está el apellido tomado del pintor milanés del siglo xvi cuyas obras, esos retratos alegóricos compuestos por frutos y cosas que en sí son otras cosas pero que, observadas con cierta distancia y acostumbrado el ojo, dejan aparecer una figura de conjunto. Como las digresiones y las historias intercaladas en los libros mayores de B. sugieren, observadas con cierta distancia (una distancia que a veces parece estratosférica o lunar) un diseño de conjunto.

Semejantes a las pinturas de Arcimboldo (diseñador de vitrales, ilusionista, manierista, es decir, dandi), las novelas de B., compuestas de parcialidades y digresiones, de silencios e infinitos, sugieren también una morbidez del vacío. Una melancolía, de nuevo, en fin. Pero ésta es una melancolía final: no hay un sentido, no hay una suma, sólo hay una agregación de partes, que se montan sin jamás fundirse del todo. Para que no se olvide que si se desmontan no queda nada. El arte es un juego de ilusiones, al fin. Como dice B. que dice Benno: “estaban sus propios libros y sus proyectos de libros futuros, que veía como un juego…”

En el cuadro de Arcimboldo donde éste retrata al Otoño –mostrado hace poco en Berlín, en una exposición precisamente acerca de la melancolía– vemos el busto de un hombre hecho sólo de frutos maduros. La parte superior del cráneo, si no recuerdo mal, está formada por un apetitoso racimo de uvas pintonas. La nariz es un pepino dulce. En fin, es una naturaleza muerta, pero viva, montada con las cosechas de lo que maduró en el verano. Hay flores también pero ya pálidas. Porque, claro, se aproxima el invierno. Y en efecto, los ojos, que fueron pintados como unas castañas, miran tristes hacia la derecha divisando los fríos que se aproximan. (¿Que cómo es la mirada de unas castañas tristes? Nos haría falta B. para describirlo.) El caso es que ese hombre hecho de fragmentos ha cosechado todo, cuando ya es demasiado tarde y el invierno se aproxima. Siempre se cosecha cuando es demasiado tarde, parece decirnos.

En una de las tres ocasiones en que nos vimos le pregunté a Bolaño –no a B., porque esto sí va con el hombre y no con el personaje– cómo se sentía con el éxito y el triunfo que le estaban llegando. Levantó la cabeza de la sopa que cuchareaba en el restaurante Venecia de Santiago (pero por su gesto de amargura tanto podría haber estado en la crujía comedor de un presidio en Los Ángeles de la frontera) y me espetó: “Me llegó demasiado tarde”.

Ay, de la melancolía del Otoño. Ay, de la melancolía que se esconde tras los juegos de manos y las ilusiones de Arcimboldo: todo está maduro, por fin, cuando ya no queda tiempo para nada.

Los libros que lo imitarán, las tesis que se cernirán sobre su obra, las cátedras que lo “deconstruirán”, y hasta –pobre de B.– los dibujitos expoliados del fondo de los discos duros más duros y el triste bolañismo epigonal, serán –ya son– esos frutos tardíos que no recogerá. Las uvas y el pepino dulce y las castañas tristes que, cuando los desmontamos y separamos, dejan de ser un retrato vivo, lleno de tristeza y rabia y deseo, como es la vida, y vuelven a ser una naturaleza muerta. Si nos acercamos demasiado al cuadro o al libro, la imagen se desvanece, las letras se borronean.

Donde hubo un rostro queda solamente la monstruosa mela-cholé del vacío.

13 de enero de 2007

Cien años de literatura mexicana en francés

Cien años de literatura mexicana en francés
Vilma Fuentes

Cent ans de littérature mexicaine, gracias a su autor Philippe Ollé-Laprune (...). Es una obra magistral, y delirante (...). La calificarán de fresco, de mural. Es ante todo búsqueda y encuentro: revelación y epifanía. Ochenta y tres autores, traducidos al francés por algunos de los mexicanistas más apasionados, autores seleccionados por Ollé-Laprune forman el cuerpo de este volumen de casi 900 densas páginas. No fue un trabajo solitario, reconoce el autor: fue aconsejado por muchos mexicanos. El mismo debe haber leído la fundadora Poesía en movimiento, la cual cubría medio siglo de poesía, nada de otro género literario: Octavio Paz nunca fue un novelista, ignoro si lo intentó y conoció sus límites. Lo que sí sé, gracias a mi profesor de filosofía mexicana, Villegas, es que Samuel Ramos era y sería ocultado por años. Después de todo, El laberinto de la soledad se inspira en el libro fundamental de Ramos, El perfil del hombre y la cultura en México, sobre el "problema" de la identidad mexicana. Ramos ha sido, una vez más, olvidado en esta gigantesca antología, pero Ollé-Laprune es francés. Correspondía, ¡oh, Baudelaire!, a algunos de sus amigos mexicanos decirle al oído esta inspiración pazista.

Desde luego en Cent ans de littérature mexicaine se leen exclusiones de autores y grupos, el autor reconoce que son demasiados los amigos que habrían podido ser incluídos: una antología no puede constituirse sino con los excluídos. Lo importante, lo fundamental, son las voces que se escuchan desde el México más profundo.

Todas esas voces traducidas, asunto tan arduo, a la lengua francesa dan al lector francés una visión clara, distinta del libro de Historia, de nuestra vida diaria en la historia mundial. Los olvidados pueden decirse si no fue el olvido el último deseo del divino marqués de Sade, al hojear la obra de Ollé-Laprune, Vital y Lambrichs, libro fundamental para el conocimiento y el encuentro de la mexicanidad.

Leer completo.

12 de enero de 2007

El mal de Montano: Vila-Matas

Enrique Vila-Matas, El mal de Montano (Barcelona: Anagrama, 2002)

En el universo narrativo de esta novela nos adentramos a la vida de un escritor que enferma de literatura, posee el mal de montano o literatosis, "así llamaba Onetti, nos dice el narrador, a la obsesión por el mundo de los libros". El protagonista de la novela no es el alter ego de Vila-Matas ni narra parte de la biografía de Vila-Matas, para mí es un personaje que está dentro de la novela, ficcional. Un personaje que constantemente desea encarnarse en la literatura, transformarse, por ejemplo, en un hombre-relato "que lucharía contra la desaparición de la literatura reviviendo en su persona la historia abreviada de la memoria de ésta".

¿Qué es el mal de Montano?
-Una novela -he susurrado.
No ha debido de oírme bien.
-¿Donde queda eso? -ha preguntado.
-¿El qué?
-El mal de Montano.
He ido a la mesita de noche y he sacado el diario y, horrorizada, me ha preguntado si era que me había incorporado a ese pelotón de los torpes que creen que la literatura se acaba y que la culpa es del mercado, si era uno de esos merluzos que creen que la literatura está en crisis, emenazada. Después hemos follado.
Desde el inicio, el paratexto o epígrafe de Blanchot nos da la pauta de lectura a seguir: "¿Cómo haremos para desaparecer?". Para Blanchot, "escribir es entregarse a la fascinación de la ausencia de tiempo", en su El espacio literario nos habla sobre la aniquilación de la individualidad, son "Los libros mismos que remiten a una existencia". Al igual que el protagonista de la novela de Vila-Matas, Blanchot cuestiona sobre el fin de la literatura, señala que ésta "va hacia sí misma, hacia el silencio que está en el origen de la palabra". El mal de Montano parece decirnos (y en ello concuerda con García Ponce y con los escritores llamados de la ruptura, y por supuesto con Blanchot): es la obra la que importa, en cuanto la obra está acabada nos entrega la disolución del escritor, el escritor desaparece, muere, y aparece la significación del relato. Esto es, en mi opinión, la trascendente poética que vislumbramos en El mal de Montano.

Es una novela que habla del quehacer literario, sobre la tarea de escribir. En ella, un escritor escribe su Diario que es una novela. Inventa hechos, personas, situaciones: hace ficción y, a la vez, al escribir un Diario (que es una novela) se separa del tiempo real (el tiempo real del protagonista dentro de la novela) para vivir el de la literatura. Nuevamente ello nos lleva a Blanchot: La literatura realiza el deseo del lenguaje.

En el último capítulo (en total son cinco), "La salvación del espítitu" (lo antecede un hermoso epígrafe de Las tribulaciones del estudiante Törles, de Robert Musil), acudimos a una reunión de "matices raros" adonde están agrupados varios escritores "cantando a voz en cuello el fragmento de una ópera de Wagner, el Racconto de Lohengrin" y se prepara una "sesión de lecturas al aire libre en la medianoche":

La media noche llegó, llega siempre (...). Cené con los muertos. Lo bueno de no entender nada es que uno puede entender esa nada como quiera (...). Cené con un ilustre conjunto de muertos. Serían unos treinta escritores con los ojos hundidos en una monumental ensalada de patatas...

He disfrutado mucho de El mal de Montano, muy recomendable su lectura.

11 de enero de 2007

Un buen lector (2)

La respuesta a Un buen lector es: 1, 3, 6 y 10

10 de enero de 2007

El cronista de la red

Ha sido publicado el número 13 de El cronista de la red. Agradezco a Luisa Miñana la publicación de " 'Retrato de un amor adolescente': la reflexión en espejo".

La felicito por su estupendo trabajo.

9 de enero de 2007

Un buen lector

Pedro de Miguel, en sus Letras enredadas, nos comenta sobre el cuestionario que Vladimir Nabokov proponía a sus alumnos sobre las cualidades que debía de tener un buen lector. Dice que el escritor ruso "Proponía una lista de 10 y había que elegir 4:

1. El lector debe tener cierto sentido artístico.
2. El lector debe ser socio de un club del libro.
3. El lector debe tener un diccionario.
4. El lector debe identificarse con el o la protagonista.
5. El lector debe concentrarse en el punto de vista socioeconómico.
6. El lector debe tener memoria.
7. El lector debe preferir una historia con acción y diálogo a una que no los tenga.
8. El lector debe haber visto antes la película basada en el libro.
9. El lector debe ser un autor en ciernes.
10. El lector debe tener imaginación.

¿Cuáles son las 4 buenas?"

Respuesta

7 de enero de 2007

Teoría de las emociones: Sartre

Jean Paul Sartre, Bosquejo de una teoría de las emociones (Madrid: Alianza Editorial, 2005).

En las relaciones humanas, con ese Otro que está ahí en el mundo, el ser humano intenta, busca, imponer su voluntad, de ahí parten la mayoría de los conflictos entre dos o más personas. Las teorías psicoanalíticas han realizado muchos estudios al respecto tratando de explicar, a través de la percepción y la experiencia introspectiva, los porqués y los cómos de estos hechos. Para Sartre, en este libro, hacerlo así posee un carácter reduccionista ya que los procesos cognitivos guardan emociones que llegan a nosotros a través de determinados estímulos: "La emoción es una determinada manera de aprehender el mundo (...). La emoción es padecida". Según entiendo, para el filósofo francés el cuerpo es dirigido por la conciencia y cuando éste se convierte en un cuerpo emocionado transforma su relación con el mundo, al menos en el momento en el que posee la emoción (positiva o negativa) "la conciencia se conmueve sobre su emoción, la intensifica", la emoción significa el todo de conciencia.

Sartre no va de acuerdo con el método psicoanalítico pues éste "prefiere lo accidental a lo esencial, lo contingente a lo necesario, el desorden al orden; y esto es rechazar, por principio, lo esencial hacia el porvenir". Señala que la emoción "es la realidad humana que se asume a si misma y se dirige emocionada hacia el mundo", reflexión que toma de Heidegger. Los porqués y las consecuencias de la emoción deben de emprenderse "como fenómeno trascendental puro", ir a la emoción misma ("a las cosas mismas", dice la Fenomenología) y así tocar su esencia (aquello que la definirá). Una cosa son los hechos y otras las esencias, siendo la existencia la que precede a la esencia.

Un estudio muy recomendable sobre las emociones y la existencia humana en sí misma. "El sentido de la emoción, en opinión de Sartre, es su posibilidad de transformar mágicamente el mundo".

Literatura 2007

LITERATURA 2007:

Reúnen narrativa y ensayos de Carlos Fuentes

Leo en El Universal las siguientes novedades editoriales para 2007: El Fondo de Cultura Económica (FCE) lanzará en abril próximo el primero de los 13 tomos de la colección de obras reunidas del escritor Carlos Fuentes. El gerente editorial del Fondo, Joaquín Díez–Canedo, dijo que la idea de reunir en una colección toda la narrativa y los ensayos del escritor mexicano busca “dar una nueva lectura de su obra”. La colección —apuntó Díez Canedo— también tiene “el propósito de darle el lugar que alguna vez tuvo Fuentes en el FCE, como uno de los autores insignia”. Asimismo, explicó que, a diferencia de la forma en que circulan en su casa editorial Alfaguara, el FCE “hará un agrupamiento que responde a contextos críticos que las novelas han propiciado con posterioridad”. El primer tomo titulado Fundaciones mexicanas contendrá La muerte de Artemio Cruz (1962) y Los años con Laura Díaz (1999), al que se sumará para finales de año Capital mexicana que contendrá las novelas La región más transparente, Agua quemada y Cristóbal Nonato.

Memorias, biografías y obras reunidas marcarán el año editorial 2007. Una excelente publicación de una edición bilingüe, japonés/español, del Popol Vuh, relatos mayas, con ilustraciones de Diego Rivera.

Otra de las novedades más esperadas para el año que comienza será sin duda Viajes por el Scriptorium de Paul Auster (Anagrama), que ha sido definida por el propio autor como "probablemente la más extraña que haya escrito, cuyos personajes son los personajes de mis libros anteriores que regresan"; la traducción es de Benito Gómez Ibáñez.

Alfaguara lanzará la tercera entrega de Tu rostro mañana, la saga del escritor Javier Marías, en la que continúa el relato de la historia de un detective español llamado Jaime o Jacobo o Jacques Deza, al servicio de un grupo sin nombre que depende del MI6 o servicio secreto británico y cuya labor consiste en ser "intérprete de vidas y traductor de personas".

De Roberto Bolaño, Anagrama publicará El secreto del mal y La Universidad desconocida, dos obras póstumas del escritor chileno; la primera es una colección de cuentos que surgió de sus archivos, y la segunda es un libro en prosa con poemas narrativos escritos en los 80.

Otra novedad es Arthur & George, del escritor inglés Julian Barnes, una obra que puede leerse tanto como un thriller judicial, una crónica tan íntima como épica de una amistad o una advertencia sobre los peligros y las tentaciones de pensar que el mal siempre viene de afuera.

Llegará también El castillo blanco novela del Premio Nobel 2006, Orham Pamuk, que según los críticos es la obra que le consagró. La obra está estructurada como una novela histórica, pero su contenido es principalmente una historia sobre el ego, donde construye historias y ficciones diversas.

Uno de los lanzamientos principales de editorial Planeta será el libro de ensayos de Fernando Vallejo La puta de Babilonia, en el que el escritor colombiano hace una reflexión y crítica a tres religiones: católica, judía y musulmana.

Entre las autobiografías más esperadas, sin duda se encuentra la traducción de las memorias del Premio Nobel alemán Günter Grass, Pelando la cebolla (Alfaguara), que el año pasado causó polémica y debates porque en ella el narrador confiesa su vinculación con las Waffen SS durante su adolescencia.

Esa misma casa editora publicará Las pequeñas memorias de José Saramago, en la que el autor habla de su adolescencia; el libro con el que celebra sus 84 años constituye un recuerdo de las vivencias de un muchachito de los años 30.

El Fondo de Cultura Económica (FCE), que durante este año planea publicar entre 250 y 300 libros nuevos (alrededor de 40 dirigidos a niños y jóvenes, 30 de ciencias y los restantes de sus colecciones tradicionales), mantendrá sus lanzamientos de obras reunidas de autores como Jorge Cuesta, Elena Garro, Severo Sarduy, Nellie Campobello y Margo Glantz.

*

Kahlo y Rivera, juntos.

Con motivo del centenario del natalicio de la pintora mexicana Frida Kahlo (1907-1954) y el cincuentenario de la muerte del muralista Diego Rivera (1886-1957), el Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA) prepara diversos actos. Américo Sánchez, director del Museo Mural Diego Rivera, señaló que a finales de 2007 se llevará a cabo la exposición denominada Diego y Frida en Blanco y Negro. Por otra parte, el crítico de arte y director del Museo de Arte Moderno (MAM), Luis Martín Lozano, adelantó que en el recinto bajo su mando se trabaja además en la edición de un libro de gran formato, del cual no dio a conocer el título, con motivo del centenario del nacimiento de la pintora coyoacanense. "Estamos hablando de un libro que se va a centrar en pintura de caballete, y que abordará la iconografía en la pintura de Frida, y aunque será un libro de gran formato el objetivo es que en su carácter sea un libro más íntimo", comentó.

*

"La bella durmiente", un ensayo de J.M. Coetzee.

La novela del Nobel de Literatura Gabriel García Márquez, Memoria de mis putas tristes, atrajo en su momento la atención absoluta de la crítica en lengua española. A inicios del 2006, su lanzamiento en Estados Unidos por parte de la editorial Knopf, da pie al sudafricano J.M. Coetzee, Premio Nobel de Literatura 2003, para hacer una lúcida y penetrante revisión de la obra del colombiano y hallar los vasos comunicantes que la atraviesan. Presentamos esta primicia en español: el ensayo que un escritor magistral hace sobre uno de los grandes narradores de nuestro tiempo.

"En la última escena de El amor en los tiempos del cólera, la novela de Gabriel García Márquez, Florentino Ariza, reunido al fin con la mujer a quien ha amado de lejos y desde siempre, recorre de arriba a abajo el río Magdalena en un barco de vapor que ondea la bandera amarilla del cólera. Él tiene setenta y seis años y ella, setenta y dos.

Para poder dedicarse por entero a su amada Fermina, Florentino ha tenido que dar por terminada su actual aventura, un romance con una chica de catorce años de quien es tutor y a quien ha iniciado en los misterios del sexo citándola en su apartamento de soltero los domingos por la tarde (ella demuestra ser una rápida aprendiz). Van a una heladería y, mientras la niña disfruta de un helado de varios pisos, Florentino termina con ella. Confundida y desesperada, la jovencita se suicida de manera discreta, llevándose el secreto a la tumba. Florentino derrama una lágrima en privado y siente punzadas intermitentes de angustia al saberla muerta, pero eso es todo".

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4 de enero de 2007

Caro Vitrix: Efrén Rebolledo

Efrén Rebolledo, Salamandra y Caro Vitrix, Prólogo de Luis Mario Schneider, saludo de Enrique González Martínez (México: Factoria Ediciones, 1997).

A propósito de una interesante y bonita conversación con Antón Castro, asoma el recuerdo de Efrén Rebolledo, un poeta nacido en México en 1877 y que muere en Madrid en 1929, cuando era secretario de la Legación Mexicana en España. Muere en la más completa miseria, parece ser que fue sepultado en la fosa común del cementerio de La Almudena en Madrid. Era abogado, fue fundador de la Revista Moderna, como diplomático viaja a Asia y reside en Japón siete años y uno en China. Una vez que regresa a México, siendo diputado, se caracteriza por su defensa a los pobladores del Mezquital. Junto con Enrique González Martínez y Ramón López Velarde, dirige la revista Pegaso. Representa a México en Francia, Japón, Noruega y España. Su obra lírica más importante es, sin duda, Caro victrix (Victoria de la carne), publicada en 1916. Le habían antecedido Cuarzos (1902), Hilo de corales (1904), Joyeles (1907), Rimas japonesas (1915) y Libro de loco amor (1916). Sus Poemas escogidos, con prólogo de Xavier Villaurrutia, se publicaron en 1939, diez años después de su fallecimiento. En 1968, Luis Mario Schneider compiló las Obras completas de Rebolledo, y en 1979 reunió en un volumen Caro victrix y la novela Salamandra. Efrén Rebolledo fue traductor de Wilde y Kipling. Además de poeta, fue narrador.

Cuando se publicó Caro Vitrix hubo escándalo. Podemos imaginar lo que era esta poesía erótica en una cultura abarcada por las "buenas costumbres" y el "pudor", aunque seguramente se leía a escondidas. Las personas románticas pensaban que el amor para ser verdadero debería de ser tormento, sufrir por él, y nada de erotismo de los cuerpos pero sí al erotismo de los corazones. Rebolledo es poeta Modernista, pero el Romanticismo aun imperaba en las mentes de la época (y creo que aun tiene vigencia en el siglo XXI, para muchas personas el corazón es el que siente y aun se cree en la dualidad cuerpo/alma). Dos poemas como muestra, pero en la referencia a Caro Vitrix están los doce que lo componen:

TU NO SABES LO QUE ES SER ESCLAVO

Tú no sabes lo que es ser esclavo
de un amor impetuoso y ardiente
y llevar un afán como un clavo
como un clavo metido en la frente.

Tú no sabes lo que es la codicia
de morder en la boca anhelada,
resbalando su inquieta caricia
por contornos de carne nevada.

Tú no sabes los males sufridos
por quien lucha sin fuerzas y ruega,
y mantiene sus brazos tendidos
hacia un cuerpo que nunca se entrega.

Y no sabes lo que es el despecho
de pensar en pensar en tus formas divinas,
revolviéndome solo en mi lecho
que el insomnio ha sembrado de espinas.

ANTE EL ARA

Te brindas voluptuosa e imprudente,
y se antoja tu cuerpo soberano
intacta nieve de crestón lejano,
nítida perla de sedoso oriente.

Ebúrneos brazos, nunca transparente,
aromático busto beso ufano,
y de tu breve y satinada mano
escurren las caricias lentamente.

Tu seno se hincha como láctea ola,
el albo armiño de mullida estola
no iguala de tus muslos la blancura,

mientras tu vientre al que mi labio inclino,
es un vergel de lóbrega espesura,
un edén en un páramo de lino.

Efrén Rebolledo dejó testimonio, en su novela Salamandra de 1919, de la imagen de la mujer fatal que prodigaba el cine, mediante su personaje de Elena Rivas, fanática del séptimo arte, quien después de un baño matutino se desentiende del suicidio de un admirador con la misma indiferencia que del sopor del sueño: “Se levantó tarde, como sienta a una mujer elegante, y se sumergió en la bañera después de coquetear con el agua, que al penetrar entre sus muslos se aguzó como una daga, según el bello símil del poeta de los Crepúsculos del Jardín. Después del baño se cubrió con un negligé de crespón blanco, y bajó al comedor a desayunarse sirviéndose un plato de fresas con crema”.
Fotografías de la época. Archivo Casasola

2 de enero de 2007

Todos se besan menos yo: Cousseau

Alex Cousseau, Todos se besan menos yo, traducción de Cecilia Pieck (México: Ediciones SM, 2006).

Esta novela se lee muy rápido, no por ser corta (tiene menos de cien páginas) sino por su amenidad y humor.

Ante los ojos de Gregorio, el protagonista de tan sólo 9 años de edad, todo mundo a su alrededor está enamorado, hasta su perrito se prendó de un topo que destruye el jardín, pero esto parece no importarle, el amor no se fija en estas nimiedades. Él niño reflexiona sobre el amor y se pregunta por qué si su madre y su padre están enamorados, su perro también, ¿él no?

Un día Gregorio acude con su padre a una tienda de zapatos en un centro comercial y de inmediato se enamora de la vendedora, Leonor, una estudiante de biología de 19 años que es una antigua alumna de su madre y a la que ésta invita a su casa. La amistad entre ellos se inicia y mientras pasean por un parque ella le cuenta que está enamorada del jardinero, que es su secreto.

Cuando las personas tienen un amor y hay alguien que no lo tiene y desea tenerlo ¿qué hacer para no sentirse trite? Gregorio percibe que el amor es extraño: una quiere a otro, ese otro quiera a otra y esa otra quiere a otro que no es quien la quiere a ella. Pero Gregorio no se queda ahi, lo que hace para generar amor y penetrar al mundo de los enamorados es un camino inteligente y tierno que vale la pena conocerlo a través de su lectura.