31 de enero de 2008

Pajaritos: Anaïs Nin

Anaïs Nin, Pajaritos (Buenos Aires: Emecé, 2004)

Al terminar la lectura de Pajaritos de Anaïs Nin, pensé que quizá estos cuentos que conforman el libro, son parte de los pedidos que un personaje, al parecer de mucho dinero, solicitaba a la escritora y a su grupo de amigos. En el Prefacio se recuerda este pasaje que les comento:

En Nueva York todo se vuelve más arduo y más cruel. Tenía que cuidar de mucha gente, tenía problemas y, como tengo un carácter muy parecido al de George Sand, que escribía toda la noche para poder cuidar a sus hijos, tuve que encontrar un trabajo. Me transformé entonces en lo que podría llamar la "Madama" de una poco común casa de prostitución literaria.

Más adelante, la autora señala: "En lo que hace a mí, mi escritura real queda de lado cuando me dedico a buscar lo erótico. Éstas son mis aventuras en ese mundo de prostitución". Así que supongo que sí, que estos cuentos son producto de un pedido porque además se les percibe como escritos de prisa, con una prosa a veces forzada. Las escenas van desarrollándose cuando de pronto "saltan", acortan la acción o la resumen.

Son cuentos supuestamente eróticos. Digo que supuestamente porque habría que definir qué entendemos por literatura erótica. El erotismo que leemos en Pajaritos no es el erotismo de un Bataille o de un Klossowski, tampoco de un Kawabata, ni resulta un erotismo romántico o dulzón. En mi opinión, tiene ciertos pasajes eróticos, pero en general hallamos más bien las descripciones de encuentros sexuales entre hombre y mujer y entre mujeres, bastante explícitas. Los detalles de estos encuentros dichos de manera tan evidente, en lugar de darle calidad a los relatos los hace cansados porque, además, estas detalladas especificaciones se repiten de un cuento a otro. No existe la sorpresa ni hay una estructura narrativa que incite a desvelar algun secreto. Cuerpos desnudos que son mirados, a veces frigidez e impotencia, otras vemos a un hombre mostrándose a niñas de una escuela mientras la esposa trabaja en un circo, mujeres que se avergüenzan de su sensualidad, una mujer que tiene relaciones sexuales con el amante de su hermana, y con otro y con otro. En fin, que no es el tema, es el estilo con que se cuenta el tema lo que no me pareció espectacular. Tampoco son cuentos malos.

Un relato que me gustó especialmente, es "La maja". Encontramos a un pintor, Novalis, recién casado con una mujer española, María. Novalis se había enamorado de ella por su parecido con el cuadro que él más admiraba, La maja desnuda, de Goya. María era una mujer católica y muy burguesa, que jamás se había mostrado completamente desnuda a su esposo. El pintor le pedía posara desnuda para él, "sus ojos estaban hambrientos de su belleza", pero ella se resistía siempre. La mujer enferma por "la ansiedad y los miedos mórbidos y comenzó a sufrir de insomnio". El médico le da unas píldoras que la sumían en un sueño muy profundo. Esto lo aprovecha el esposo y la pinta desnuda mientras ella duerme. Así, logra hacerle varios cuadros sin que ella tenga conocimiento. Novalis ya no deseaba a su mujer cuando estaba despierta.

Un día, después de pasar unos días con amigos en el campo, María regresa a su casa sorpresivamente, se sentía mal y adelantó la fecha de regreso. Al llegar a su casa va en puntas de pie hasta el estudio de Novalis, comienza a imaginar que está con otra mujer. Se acerca a la puerta, muy despacio la abre y esto fue lo que vio:

Una pintura de ella tirada en el piso, su marido se refregaba, desnudo, sobre la pintura, con el pelo revuelto y el pene erecto, como ella nunca lo había visto. Se movía sobre la pintura con lascivia, besándola, frotándola entre las piernas. Parecía arrastrado por el frenesí, todo alrededor de él había pinturas de ella, desnuda, vuluptuosa, bella. El hombre arrojó sobre ellas una mirada apasionada y continuó con su abrazo. Estaba teniendo una orgía con ella, con una mujer que en realidad no había conocido.

Al ver esto, María...

Habría, repito, que definir qué es erotismo y qué la mera sexualidad. Si bien, me parece que no hay erotismo sin sexualidad, pero sí hay sexualidad sin erotismo. También tendríamos que definir, a qué llamamos literatura erótica.

Robert Capa: La última apuesta

Yo no tengo acceso al periódico Reforma, es de pago. Pero un amigo, Pedro de Isla, me hizo favor de enviar este texto del escritor mexicano Juan Villoro. Es un hallazgo muy importante para la historia de España, que bueno que pudieron rescatarse.

"Robert Capa: La última apuesta
Juan Villoro
27-Ene-2008
Reforma

En esa carrera marcada por el peligro, salvar el pellejo nunca fue tan importante como salvar los negativos. En 1940, dos cajas con 127 rollos de la Guerra Civil Española llegaron a manos del General mexicano Francisco Javier Aguilar González, que era diplomático en Francia. No se sabe quién se las confió. México había dado asilo a los republicanos españoles y se aprestaba a recibir prófugos de la Segunda Guerra Mundial. El General ayudaba a recuperar objetos perdidos en el naufragio de la historia. Alguien juzgó que debía hacerse cargo de los negativos tomados en España por Gerda Taro, David Seymor ("Chim") y Robert Capa.

Durante 70 años las cajas sufrieron los avatares del exilio. Los especialistas las dieron por perdidas. En 2001, Richard Whelan publicó Robert Capa. The Definitive Collection. El archivo del fotógrafo parecía cerrado. Whelan murió a fines de 2007. Su correo electrónico tenía un mensaje que no llegó a leer. Provenía de México, y lo enviaba la curadora y cineasta Trisha Ziff. Algo insólito había ocurrido: después de 70 años, más de 3 mil negativos, muchos de ellos de Capa, volvían a la luz.

Ziff dio con las cajas a través de los descendientes del General Aguilar González, hombre colorido que peleó en la Revolución bajo las órdenes de Pancho Villa y fue diplomático en el Lejano Oriente y Francia. Su familia conocía sus proezas como jinete (domó un caballo para la hija de Hiroito), pero ignoraba que había salvado un excepcional pasaje de la fotografía. Es posible que también él ignorara el alcance de esos negativos y los conservara como una muda obligación hacia el pasado.

A principios de los años 90, ya muerto el General, sus familiares vendieron su casa y encontraron dos cajas a las que tardaron en dar importancia. Ahí estaban las fotografías de Capa, "Chim" y Taro. Las obras pertenecen a los herederos de los fotógrafos y deben ser conservadas en condiciones especiales. En consecuencia, en diciembre de 2007 fueron enviadas al Instituto de Fotografía Contemporánea de Nueva York (IFC). "Los negativos despedían un aroma a nitrato, pero están en muy buen estado", afirma Ziff.

"¡Es como encontrar el Santo Grial!", comenta Brian Wallis, director del IFC. "Conocíamos 500 fotos de Capa de la Guerra Civil, y ahora tenemos unas 3,500. Tardaremos en establecer cuáles fueron tomadas por Capa, Taro o "Chim", pero al fin tendremos el panorama completo de lo que hicieron en la Guerra Civil".

Los tres fotógrafos reunidos en la caja cayeron en frentes de guerra (Taro, en España; "Chim", en Suez, y Capa, en Vietnam). "Si la foto no funciona, no estás suficientemente cerca", afirmaba Capa. Cada una de sus imágenes sobrevivió de milagro y padeció los descuidos con que se trata un material urgente (un precipitado laboratorista arruinó su trabajo más intrépido: nada menos que el desembarco en Normandía). Para proteger su obra, "Chim" y Capa fundaron la Agencia Magnum en compañía de Cartier-Bresson. Tenían una clara idea de la conservación de negativos, pero no pudieron hallar los de la Guerra Civil.

"Chim" viajó a México en el Sinaya para cubrir el desembarco de los refugiados españoles, y Capa estuvo en el País en 1940. No se sabe si buscaron ahí las fotos de España o si hablaron del tema con su impresor, Emerico Weisz, quien vivía en México, casado con la pintora Leonora Carrington. "Mi hipótesis es que pensaron que eso se había perdido para siempre y dejaron de buscarlo", comenta Wallis. ¿Quién podía suponer que el tesoro se había salvado gracias al mexicano que domó un caballo para la hija del Emperador japonés?

Vi las cajas en compañía de Ziff, poco antes de que ella las llevara a Nueva York: un rollo dedicado a la Pasionaria, la perenne juventud de García Lorca, Barcelona en el fragor republicano. "Aquí se narra la historia del exilio", comenta Ziff. "Estos negativos son refugiados; aparecieron en México por una razón política: el asilo que se dio a los perseguidos; por eso es tan importante que se haga una exhibición aquí". Wallis coincide: "México jugó un papel crucial en esta historia: fue el sitio de refugio para una Europa que se desgajaba. Es muy importante que las fotografías se muestren en México y en España".

André Friedmann, el inventor de sí mismo que se hizo llamar Robert Capa, llevó una legendaria vida breve: conquistó a Ingrid Bergman, saltó en paracaídas, viajó a Moscú con Steinbeck, bebió con Hemingway, amó a Gerda Taro y no se repuso de su temprana muerte. Entre los negativos hay pocas fotos íntimas. En una de ellas, Gerda duerme con la piyama de Capa. ¿Qué soñaba? La pregunta es ya incontestable. Queda el otro sueño, el de las fotos que se salvaron y hablan de la sinrazón de la guerra. Tres rebeldes murieron para transmitir ese mensaje.

Sus imágenes no dejan de luchar".

Leo en La jornada:

"La curadora Trisha Ziff insiste en que ella no descubrió nada. En entrevista con La Jornada, explica que sólo localizó a la persona que lo resguardaba y luego negoció su traslado al Centro Internacional de la Fotografía, en Nueva York.

Dicho acervo nunca estuvo perdido, pues siempre permaneció en manos de la familia del general y diplomático mexicano Francisco Javier Aguilar González.

Y si hasta ahora se da a conocer la existencia de ese material, en gran parte se debe a que nadie hizo jamás mucho caso a las indagaciones de su pariente, Benjamín Tarver, sobre su relevancia.

Este “hallazgo masivo”, reitera Ziff, comprende la obra de tres fotógrafos y está en proceso de reincorporarse a sus respectivos legados. Pero, al mismo tiempo, “el contenido de los negativos no pertenece al ICP, sino a la memoria popular, tanto de los españoles como de los mexicanos, dado el papel que jugó México durante la Guerra Civil española, así como el que desempeñaron los refugiados procedentes de España al construir una generación y una cultura aquí. Es una historia colectiva, no es propiedad de alguien en particular”.

En: Archivo fotográfico no estaba perdido

Algunas fotografías.

La amistad, de Maurice Blanchot

La amistad, de Maurice Blanchot
Christopher Domínguez Michael
Letras Libres

Bajo la ocupación alemana de Francia ocurrían cosas extrañas. El 5 de marzo de 1944 un grupo de escritores y filósofos, algunos jóvenes, otros ya célebres, como Arthur Adamov, Albert Camus, Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Michel Leiris, Jean Paulhan y Gabriel Marcel, sostuvieron una discusión sobre el pecado con un grupo de jesuitas, entre los que se contaba el futuro cardenal Daniélou y Pierre Klossowski, todavía de sotana, antes de abandonar el seminario por la literatura. A la reunión, organizada en torno a Georges Bataille, acudió Maurice Blanchot, su discípulo que se convertiría, durante las décadas de la posguerra, en un enigmático escritor del que puede decirse que apenas fue fotografiado, que se empeñó en no tener biografía y que fue uno de los críticos literarios más influyentes de la modernidad.

Meses después de aquella discusión llegó el verano y los escritores se dispersaron hacia sus casas de campo. Blanchot se refugió en la propiedad familiar de Quain, en la región de Saône-et-Loire, donde había nacido. La zona había sido víctima de represalias alemanas contra la Resistencia y un día de junio un oficial se presentó en el château de los Blanchot y acusó a Maurice de escribir en las hojas clandestinas del maquis, lo cual era falso. Tras someterlo violentamente los alemanes se dispusieron, no se sabe si en compañía de algunos familiares, a fusilarlo. Por fortuna, fue un simulacro. El oficial abandonó intempestivamente al pelotón y éste, conformado por soldados rusos que habían sido tomados en leva, prefirió saquear el castillo, perdonándole la vida a Blanchot y a los suyos.

El episodio tornose legendario y cambió la vida de Blanchot, quien, como lo hubiera hecho cualquier otro escritor, emuló su experiencia con la sufrida por Dostoievski en 1849, cuando fue sometido a un simulacro similar donde la pena de muerte le fue conmutada por el destierro siberiano donde escribiría La casa de los muertos. De alguna manera la obra entera de Blanchot, la del crítico y la del novelista, se convertiría en el testimonio de una larga temporada en un mundo agónico donde el último escritor contempla el lenguaje como el más resistente de los carbones al rojo vivo en la hoguera del tiempo.

Hombre de mala salud pese a que vivió casi cien años, Blanchot (1907-2003) tuvo una formación filosófica formidable, ajena (aunque no contraria) a la universidad. En su momento, Jacques Derrida dirá que nadie, entre los filósofos profesionales, conocía mejor a Heidegger y a Husserl que Blanchot. En los años treinta sus reseñas aparecen en las principales revistas literarias de la extrema derecha, particularmente en el Journal des Débats, que había sido fundado en 1789 y donde habían colaborado los más ilustres. El joven Blanchot, riche amateur que recorría París en taxi, estaba bajo el influjo de Thierry Maulnier, quien aspiraba a radicalizar intelectualmente a la Acción Francesa y llevarla al fascismo. Ese radicalismo, nacionalbolchevique en Alemania o ultramaurrasiano en Francia, deploraba en el marxismo lo que tenía de burgués y no lo que tenía de revolucionario, acusándolo de desacralizar el vehículo del que se sirve, mientras que la verdadera Revolución, al regresar el planeta a su origen, culmina en el tradicionalismo.

En Blanchot el desprecio del capitalismo se mantendrá inalterable a lo largo de toda su vida, alimentando la esperanza atemporal en el advenimiento de una comunidad utópica que le dará plenitud o reposo a la humanidad. La fe depositada por Blanchot en esas ciudades de Dios la comparte con Emmanuel Monier, un cristiano de izquierda, y con otro improbable agustiniano, Sartre, quien descubrió una equivalencia de la comunidad en el campo de trabajo donde estuvo internado en 1940.

Tras compartir la ambigüedad de otros escritores entre la Colaboración y la Resistencia, Blanchot se decide, desde 1944, por la expiación de sus pecados juveniles. Antes discípulo de Emmanuel Lévinas que de Bataille, a Blanchot el filósofo judío “lo tomó en confesión” porque no compartía el antisemitismo de su milieu y expresó tempranamente su horror ante el hitlerismo. Sus artículos que denunciaban el terror nazi no eran (y ello lo ennoblece) variaciones de la pulsión antialemana propia de la Acción Francesa, sino verdaderas anticipaciones del Holocausto. Desde Falsos pasos (1943) hasta La comunidad inconfesable (1983) la crítica de Blanchot expiará la culpa de la complicidad, culpa que se tornará dramática ante La especie humana (1947), el testimonio novelístico de Robert Antelme sobre Buchenwald. Antelme se convertirá en uno de sus amigos íntimos, lo cual no es decir poca cosa tratándose de Blanchot, quien, como se lee en La amistad (1971), hizo de la amistad un concepto filosófico que substituye, en su obra, nociones románticas como el genio o la posteridad. Los relatos y las novelas de Blanchot (Thomas el oscuro en sus dos versiones, Aminadab, El último hombre) manan, como las de Beckett, del paisaje lunar que dejó la Segunda Guerra Mundial.

El Terror es una de las grandes pasiones intelectuales francesas y Blanchot no se librará de ella. Su primer artículo, publicado en 1931, fue una crítica a la no violencia de Gandhi que a su parecer era una amputación de lo sagrado. Esa pasión terrorista, desplazada a la literatura, es el culto a la trasgresión, que es la violencia política al alcance de los estetas. Por ello el Marqués de Sade, para Blanchot, lo mismo que para los surrealistas y los existencialistas, será la figura revolucionaria más completa y atractiva. Pero a la vez Blanchot fue un tuberculoso al cual Kafka y Proust, pero sobre todo Kafka, le son entrañablemente familiares. Blanchot, que ejerció la dirección de conciencia sobre tantos filósofos y profesores, puede ser definido como ese escritor moderno en cuyo universo conviven sin tocarse Sade, Kafka y Mallarmé, una tríada cuya invocación garantiza una profusión de paradojas filosofantes y contraparadojas jeremíacas que hicieron decir a J.G. Merquior, en un momento de mal humor, que los Bataille y los Blanchot, literatos que no mataban una mosca, eran los “pirómanos en pantuflas” del siglo XX.1

Blanchot, a partir de 1945, es una suerte de impresión en negativo de Sartre. Donde el filósofo de Saint-Germain-des-Prés aparece, Blanchot, retirado en provincias, se oculta, activa presencia pública invisible en los periódicos pero que está en todas partes, en el Comité Nacional de Escritores y sus depuraciones, en Critique y en Les Temps Modernes, en el comité de lectura de Gallimard y en la redacción de los manifiestos contra la guerra de Argelia. Es, como lo ha llamado Christophe Bident, su biógrafo, “el socio invisible” de los grandes escritores franceses y como crítico se presenta como “el amigo” dispuesto a respaldar a la experiencia literaria en su totalidad.

El espíritu antiburgués de la extrema derecha sobrevive en Blanchot y su paseo de medio siglo por la izquierda no lo cambia mucho: la expiación lo singulariza y lo dota de un escalofriante poder de expresión, como puede leerse, con admiración, en La amistad. Antimoderno, el pensamiento de Blanchot es una nube que lo mismo se forma sobre la cabeza de la Acción Francesa que, años después, sobre la de Roland Barthes y de Michel Foucault.

Blanchot es un metafísico para quien la relación semántica entre comunidad y comunismo oculta segundas y poderosas intenciones, como se ve en los ensayos dedicados al tratado de Dionys Mascolo sobre el comunismo (1953) y a los lenguajes de Marx. Que un Blanchot, tan ajeno a esa tradición, se haya visto tentado a justificarse en ella nos habla, por enésima vez, de la omnipotencia con la cual el marxismo se impuso en los cafés, las redacciones literarias y las aulas de Francia.

Claude Lévi-Strauss, Derrida, Foucault, Barthes y Jacques Lacan, junto con toda su escuela de epígonos, son todos, idolatrados o condenados, pos-estructuralistas o deconstruccionistas, hijos de Blanchot, a quien no hay más remedio que reconocer como el rector de una elocuente espiritualidad jansenista que dominó el pasado reciente. Fue Blanchot (y Bataille) quien legitimó a los maîtres à penser con la espada de la literatura. En ese ritual sancionaron esas leyes suyas basadas en la lectura relativista de Marx, Nietzsche y Freud, en el encomio de lo primitivo contra lo moderno, en la desconfianza ante el sentido literal y en la puesta en escena de un drama mental donde el autor protagoniza el logocidio y rechaza las tareas pesadas de una sociedad abierta que dice detestar mientras se dispone, con frecuencia, al entusiasmo totalitario. Esos pensadores se beneficiaron de la paradoja de que su gurú se negase a usufructuar el espectáculo que a ellos los hizo ricos y famosos. En el tributo a Blanchot depositaban una fianza.

Es cosa de leer Maurice Blanchot. Partenaire invisible (1998) de Christophe Bident para corroborar la devoción suscitada por el autor de El libro que vendrá (1959). Blanchot come poco, siempre ha comido poco, nos dice su biógrafo, pero esos melindres de cenobita lo fortalecen y nunca está lo suficientemente enfermo como para no estar en comunidad con su comunidad. Junto a Antelme, Mascolo, Marguerite Duras, Maurice Nadeau, Blanchot ve en el mayo de 1968 ala Revolución haciendo un boquete en el tiempo y paralizando la historia, advenimiento que al menos nos deja una estampa piadosa, la del crítico marchando en la gigantesca manifestación del 13 de mayo en París. Hablar de fiesta y sacrificio de cara a la Gran Guerra o frente a la Revolución Mexicana tiene su lógica. Pero ver en el mayo francés una experiencia del sacrificio es, como tantas cosas en Blanchot y en los suyos, un exceso de lenguaje, un abuso de confianza. Los textos de Blanchot sobre el 68, publicados anónimamente o como obras colectivas que borran el pecado original de la autoría, son estampas piadosas para maoístas, beatería.2

La amistad jansenista es un vínculo fraterno que ocurre al margen de las instituciones, a la sombra. Es una liga privada, una complicidad. Blanchot supo ser amigo de sus amigos. La búsqueda de la otredad ilumina las obras y tan significativo es, en Blanchot, el tributo a los contemporáneos esenciales como la frustrada intentona del crítico de callar, por ejemplo, ante Edmond Jabès, cuya poesía hubiera querido reservarse para su lectura silenciosa. Blanchot es, contra las apariencias, más vieja crítica que nueva crítica: sus notas sobre Kafka no se refieren a la textualidad sino a la experiencia y el crítico no hubiera podido componer De Kafka a Kafka (1981) sin las cartas del escritor a sus mujeres.

Vale mucho Blanchot y llamarlo, con Merquior, “pirómano en pantuflas” es una manifestación de escándalo ante su poder de convencimiento, su capacidad de persuasión. No debe olvidarse que es el archirreseñista, un crítico que elevó el género de la reseña literaria al nivel de fragmento filosófico y un autor que les prohibió a sus editores la confección de sus obras completas, deseoso de seguir circulando, ligero de equipaje, a través del libro de bolsillo. También es un asceta dueño de una prosa abundante en páginas y frases originadas en largos intervalos de lectura extasiada que en La amistad resplandecen: con Malraux frente al arte prehistórico, con Leiris (y Jean-Jacques) en la confesión, a través del nexo profundo y equívoco que unió a Max Brod con Kafka, en el descubrimiento de Walter Benjamin. Y con Klossowski, quien es el único autor que lo hace reír, aunque sea contagiado de la risa de los dioses. Los místicos, dice Jean Paulhan y eso se puede aplicar a Blanchot, son los únicos filósofos que realizan su filosofía. Al mantenerse en la sombra y al participar de la literatura con una ubicuidad casi oportunista, Blanchot fue consecuente con lo que predicaba. Es el humilde, el insípido, el neutro, el verdadero desprendido. A su religión no le convence del todo el surrealismo pues considera que el único surrealismo que vale es lo sobrenatural. Pero Blanchot supera, en cierto sentido, a los profetas católicos como Léon Bloy y Charles Péguy, un tanto ibéricos en su agonía barroca. Blanchot es el jansenista que predica una mística donde Dios no se presenta ni da señales, ausencia ante la que sólo queda el vacío perfecto de la oración, abominación expiatoria del lenguaje.

1. J.G. Merquior, De Praga a París. Crítica del pensamiento estructuralista y post-estructuralista, México, FCE, 1989, p. 174.
2 Christophe Bident, Maurice Blanchot. Partenaire invisible. Essai biographique, Seyssel, Champ Vallon, 1998, pp. 471-472. Pese a este y otros excesos el libro es muy recomendable.

28 de enero de 2008

De Edmund Wilson, a Scott Fitzgerald

Cuando nos gusta leer crítica literaria, no hay que dejar de leer a Edmund Wilson (1895-1972). Se afirma que sus trabajos críticos "contribuyeron a que novelistas norteamericanos como Ernest Hemingway, John Dos Passos, William Faulkner, F. Scott Fitzgerald y Vladimir Nabokov consiguieran el aprecio del público. Wilson, fue amigo del escritor Francis Scott Fitzgerald y editó su último libro para la publicación póstuma. También fue amigo de Vladimir Nabokov, con quien mantuvo una amplia correspondencia y cuya obra presentó al público occidental. Su amistad se deterioró debido a que Wilson reaccionó con frialdad a Lolita, de Nabokov, y por una disputa sobre la crítica que hizo Wilson de la traducción de Nabokov de Eugenio Oneguin, de Alexander Pushkin. La segunda mujer de Wilson, Mary McCarthy, también consiguió renombre como crítica literaria y ambos colaboraron en numerosos trabajos antes de divorciarse".

El 15 de julio de 1921, Wilson le escribe a Scott Fitzgerald, la siguiente carta:

16 rue de Four, París

Querido Scott:

Que lástima no haber coincidido. Me enteré que estabas aquí hasta que John Wyeth me lo dijo, me parece que el mismo día que te marchaste. Debiste haberme dejado una nota en American Express. Llamé con la esperanza de tener alguna noticia tuya.

Tu reacción ante el continente es la misma que la de la mayoría de los estadunidenses que lo visita por primera vez tan tarde en la vida como tú. Supongo que se debe, en primer lugar, al desconocimiento del idioma que los lleva a pensar que ahí no sucede nada y que hay algo inherentemente odioso en un pueblo que no puede darse a entender y, por ello, muestra una fachada tan vacía a los extranjeros. En segundo lugar, al hecho de que haber sido parte de una sola civilización toda la vida les dificulta la adaptación a otra, sin importar si ésta es inferior o superior, así como resulta difícil para cualquier animal ajustarse a otro medio ambiente. Los animales inferiores con frecuencia perecen con el cambio. Fitzgerald censura la civilización europea y retorna, a toda prisa, a God's country.

La verdad es que estás tan saturado de los Estados Unidos del siglo xx, para bien y para mal –tan acostumbrado a los hoteles, la plomería, las farmacias, los ideales estéticos y la gran prosperidad económica del país– que eres incapaz de apreciar aquellas instituciones de Francia, por ejemplo, que son realmente superiores a las estadunidenses. ¡Lástima que no les diste una oportunidad! Me hubiera encantado intentar inducirte a algunos de los atractivos de Francia. París me parece un lugar ideal para vivir: combina las comodidades y atracciones de una gran ciudad con la libertad, la belleza y el respeto por las artes y los placeres que ofrece un lugar como Princeton. Me encuentro aquí más contento y tranquilo que en cualquier otro sitio. Sigue mi consejo: cancela tu boleto de regreso y ven a pasar el verano en París. Te instalas, aprendes francés y le suministras a tu inquieto y agitado sistema nervioso algo del ocio y la mesura francesas.

Sería un gran beneficio para la literatura estadunidense: tus novelas no volverían a ser las mismas después. Esta es una de las razones por las que decidí venir a Francia, por cierto: en Estados Unidos me siento tan superior y sofisticado culturalmente, en comparación con el resto de la vida artística e intelectual del país, que corro el peligro de considerar mis logros actuales como lo máximo alcanzable, y me veo obligado a salvar mi alma emigrando a un país que me humilla intelectual y artísticamente, al ofrecerme parámetros de la solidez de Racine, Molière, La Bruyère, Pascal, Voltaire, Vigny, Renan, Taine, Flaubert, Maupassant y Anatole France. No quiero decir con esto –faltaba más– que considere mi trabajo superior al del resto de los escritores estadunidenses; sencillamente, aquí creo tener estándares críticos más altos y, como en Estados Unidos son tan bajos, temo que el nivel de mis referentes descienda también.

En estos tiempos resulta demasiado fácil ser intelectual o artista en Estados Unidos. Por ello deben evitar caer víctimas de la engañosa facilidad con la que un público carente de tradiciones y con muy poca cultura (y me refiero al creciente público interesado en la buena literatura), queda impresionado y satisfecho; los Mencken, Nathan, Cabell, Dreiser, Anderson, Lewis, Dell, Lippmann, Rosenfeld, Fitzgerald, etcétera, etcétera, deben tener mucho cuidado y recordar que, como John Stuart Mill, mucha de su eminencia se debe a “lo plano del territorio que nos rodea”. Sí creo seriamente que Nueva York podría convertirse en un centro cultural; están sucediendo muchas cosas a nivel intelectual en Estados Unidos. Parece que está comenzando a expresarse en lo que podría ser un lenguaje propio. Pero, créeme, aún les falta mucho camino por recorrer. El desenfreno comercial y la industrialización, sin el respaldo de una civilización más antigua y “civilizada” –salvo la capa de la del siglo xviii de la costa oeste–, son un terrible obstáculo para las expresiones de otra índole.

Las manifestaciones intelectuales y artísticas deben abrirse camino a través de las grietas causadas por las fábricas, los edificios de oficinas, de departamentos y los bancos; sencillamente, el país no fue construido para ellas, y si logran emerger con vida, deben dar gracias a Dios, pero nadie debe sentirse elegido al cien por ciento, ni auténtico o intachable porque, obviamente, nacieron atrofiados y deformes y fueron golpeados y contaminados en su esfuerzo por emerger. Cabell ejemplifica este fenómeno claramente: no es el hecho de que sea un gran escritor (y no creo que lo sea del todo), lo que le ha ganado la preferencia del público (culto), sino la seriedad con las que plantea sus pretensiones artísticas y su continua y concienzuda labor para alcanzarlas (y no sin éxito). No contamos con un Anatole France, ni con la literatura clásica que lo hizo posible; por lo tanto, a Cabell lo vemos con buenos ojos.

Mi intención era escribirte sólo una página, pero tus críticas a la pobre y vieja Francia requirieron de una explicación completa sobre prácticamente todo, desde el comienzo del mundo. No creo poder convencerte de permanecer en Europa y supongo que no tienes tiempo de regresar a Francia. Es una verdadera lástima. (¿Alguna vez has volado de París a Londres, por cierto? Creo que yo lo haré si voy a Inglaterra.)

La carta de Mecken decía más o menos lo siguiente (no la tengo conmigo):

Estimado Sr. Wilson:

Estaría de más agradecerle su artículo. Nadie había escrito sobre mí con tanta profusión o elocuencia tan persuasiva. Un poco más y me convence incluso a mí. Pero, como crítico, lo que llamó mi atención es la agudeza de la segunda mitad de su texto. Aquí, me parece, habla usted con la verdad. En estos tiempos, la cervecería se ha vuelto tan imposible como la torre de marfil. Uno se siente irresistiblemente tentado a romper una o dos cabezas, es decir, a hacer algo en aras de la más mínima decencia. Sólo dios sabe qué. Pero, de cualquier forma, será más fácil lograrlo con un hombre como usted en la tribuna.

Debe venir a Baltimore algún día. Prometo invitarle un gran tarro de cerveza. Saludos cordiales. H. L. Mencken.


Te envío un ejemplar de The Bookman.

Tuyo siempre
Edmund Wilson

Su visión del público, los intelectuales, la literatura de Estados Unidos, me resulta interesante. Además, la manera de manifestar su opinión y el significado de esta carta dirigida a uno de sus amigos...

Correspondencia y literatura.

15 de enero de 2008

Obras completas de Rubén Darío

La presión de trabajo y el día que solo tiene 24 horas, me hacen no poder escribir en el blog con la asiduidad que me gustaría. Pronto comentaré con ustedes mis últimas lecturas, entre el ensayo y la novela.

Sabemos que los "asuntos entre escritores" siempre se han dado y se darán, pero aunque esto sea así hay cosas que no dejan de sorprender, por de quien vienen y por quien las recibe. El país, con motivo de informar sobre la publicación del primer volumen de las Obras completas de Rubén Darío, dedicado a la poesía y con Introducción del poeta mexicano José Emilio Pacheco, inicia su nota así:

"Tenía una amplia universalidad, una profunda liberalidad de criterio. Era benévolo por grandeza de alma, como lo fue antaño Cervantes", escribió Unamuno en 1916. Rubén Darío había muerto hace muy poco y el escritor vasco lamentaba entonces no haber sido con él ni justo ni bueno. Todo había empezado unos años antes, en una reunión de literatos donde Unamuno había dicho que a Darío debajo del sombrero se le veían las plumas.

A lo que el gran poeta latinoamericano le responde el 5 de septiembre de 1907, desde París:

"Es con una pluma que me quito debajo del sombrero con la que le escribo"

Como una es tan primitiva ¿verdad? Lo digo por mi, obviamente, si yo hubiera sido Rubén Darío, le hubiera puesto el sombrero de corbata y con el nudo bien apretado (perdón por tantos hubiera). Claro que esto me iba a hacer perder lo de ser buena y tener grandeza de alma.

Esperemos que estas obras se vendan porque son bastante caras, las publica Galaxia Gutenberg- Círculo de Lectores. A Rubén Darío hay que leerlo siempre.

11 de enero de 2008

Ensayos sobre literatura colonial: Margo Glantz

Margo Glantz, Obras reunidas I. Ensayos sobre literatura colonial (México: Fondo de Cultura Económica, 2006)

Una de las lecturas que más disfruto, es el ensayo. Este primer tomo de las Obras reunidas de Margo Glantz, está muy interesante. En él, desarrolla un estudio que va desde las Crónicas de la Conquista hasta toda una disertación sobre Sor Juana Inés de la Cruz. De 603 páginas que conforman el libro, unas 450 están dedicadas a la Fénix de América, nuestra Décima musa.

Sus reflexiones inician con dos periodos de la historia colonial, primero la Conquista y luego el Virreinato, especialmente se ocupa de Sor Juana. Nos advierte al comienzo, en "Las vicisitudes del texto", que ha de concentrarse "en un punto esencial que a primera vista podría parecer banal; es, sin embargo, el lazo de unión de esta reflexión: analizo el problema de la escritura propiamente dicha, y el proceso manual necesario para ponerla en ejecución, además de las consecuencias que esta acción produce, lo que en buen castellano se llamaría un borrador, el cual, para existir, deberá estar compuesto de letras y borrones, palabra significativa y muy frecuentemente usada tanto en el siglo XVI como en el XVII".

Desde el inicio de mis estudios universitarios me interesó la literatura colonial, me hubiera gustado especializarme en ella, conocerla lo más posible. Particularmente tenía, y tengo, deseos de adentrarme en dos cuestiones primordiales:

1, Fundamentar, a través de lo que haya escrito sobre estos siglos (cartas, archivos, publicaciones, crónicas, el mito que, como dice Galeano, construyó el vencido para no ser totalmente aniquilado y que revelan las historias de lo que llamamos mundo), que la llegada de la religión cristiana fue una desventura, una religión metida a palos y muerte.

Y 2, investigar el lado "mágico" de todo esto. Con mágico me refiero a todo lo que existía en esa época detrás, oculto, tapado, castigado: monjas enamoradas, hechizos y brujería (según decía la Inquisición), beatas embaucadoras (como Crisanta Cruz, personaje de Ángeles del abismo de Enrique Serna, inspirado en Teresa Romero, un personaje real del siglo XVII), el erotismo sancionado, excomulgado, perseguido y torturado. Un tema que lleva a varias cosas, esencialmente a asumir el daño irreparable que los dogmas religiosos causaron en el ser humano, particularmente en el erotismo (empezando con eso de la separación entre alma y cuerpo. El poder siempre tiene la palabra).

No se si algún día podré dedicarme, con la seriedad que toda investigación exige, a este anhelo académico. Me he ido más por la Literatura del siglo XX y la Teoría literaria, pero de que me gustaría, es innegable. Tal vez no lo haga de pleno, pero espero por lo menos realizar un capítulo al respecto. Me apasionan todos estos temas que se dieron en la Colonia. Por eso, y por mucho más, este libro de Margo Glantz es para mi relevante. El trabajo que realiza a través de la obra y la vida de Sor Juana, es notable.

Simone de Beauvoir, y su viaje a México

Simone de Beauvoir, y su viaje a México
Rafael Vargas
Revista Proceso
Enero, 2008

En 1948, Simone de Beauvoir, la principal figura del feminismo en el siglo XX, visitó México en calidad de turista durante dos meses. Sus impresiones quedaron plasmadas en un par de cartas a Jean-Paul Sartre, en su novela Los mandarines y en el tercer tomo de sus memorias, La fuerza de las cosas. Para celebrar el centenario de su nacimiento, cumplido el 9 de enero, el siguiente artículo recuerda ese viaje y las circunstancias en que fue realizado.

En el otoño de 1946, Simone Lucie-Ernestine-Marie-Bertrand de Beauvoir es invitada a viajar a Estados Unidos como profesora visitante. Es ya una intelectual muy reconocida en Francia, y comienza a serlo en el extranjero. Identificada con la filosofía existencialista y con su principal exponente, Jean-Paul Sartre, también es apreciada como novelista. Popular Library –sello que en los años cuarenta y cincuenta suele imprimir entre 100 y 120 mil ejemplares– compra los derechos de traducción de La sangre de los otros, impresa en Francia en 1945 (aparecida en Estados Unidos en 1948). Ivonne Moyse comienza a traducirla cuando De Beauvoir llega a Nueva York, en los primeros días de enero de 1947. Tiene por delante una larga gira académica.

Nelly Benson (activista social) y Richard Wright (novelista negro a quien ella y Sartre conocieron en París el año anterior) le dicen que, cuando vaya a Chicago, no deje de buscar al escritor Nelson Algren, quien a su llamado acude al elegante hotel Palmer House, el 21 de febrero. Él es un hombre de origen humilde, nacido en Detroit y criado en Chicago, que después de vagabundear durante la Gran Depresión por Nueva Orleáns, Texas y otras ciudades, se establece en Chicago y se convierte en escritor. Sus personajes son seres marginales, a los que conoce bien y jamás idealiza. Su prosa, entre la parquedad y el lirismo, le ha dado ya cierto renombre.

Algren le hace conocer los bajos fondos de Chicago y corteja a la atractiva mujer. Es el arranque de una relación que, con altibajos, durará 14 años y dejará una huella indeleble en la vida de ambos. En mayo, cuando Simone parte de Estados Unidos, ya se han convertido en amantes, y comienza una larga correspondencia que, por parte de ella, producirá 304 cartas, redactadas en un inglés casi impecable –Lumen las publicó en español en 1999 bajo el título de Cartas a Nelson Algren; las cartas de él a ella no se conocen sino fragmentariamente.

De Beauvoir se enamora profundamente de Algren, y, para demostrárselo, recurre en sus cartas a promesas que asombrarán a quienes la imaginan como una furibunda antimachista (“Prepararé la comida y lavaré el piso”; “no te tocaré sin tu autorización”). A la vez, resultan obvias la claridad con que decide su vida y la profundidad y firmeza de sus convicciones –empezando por su lealtad a Sartre, pues aunque el filósofo, según le confía Simone a Nelson, no es un buen amante, y Algren es el primer hombre con el que conoce realmente el placer sexual, nunca se plantea la posibilidad de separarse de aquél.

De Beauvoir adora a Algren sin dejar de ser consciente de las múltiples diferencias entre ambos. Ella se sabe mucho más refinada. Proviene de una familia que ha acumulado un importante capital cultural. Pero en Algren no busca a un par intelectual; ese papel lo cumple Sartre –ante quien ella se verá siempre como una discípula. En Algren encuentra una forma de amor que no conocía, una revelación de sí misma. En agosto de 1947, viaja una vez más a Estados Unidos para reunirse con él. Deciden pasar juntos varios meses y planean un viaje que realizarán en 1948. Fijan una fecha y un itinerario: a comienzos de mayo viajan de Chicago a Cincinatti, de donde bajan por el Mississippi hasta Nueva Orleáns, y de allí parte hacia Centroamérica, para luego visitar la Ciudad de México –así se los aconsejan Wright y otros amigos–, y al cabo volar a Estados Unidos.

El 3 de mayo comienzan su viaje. Llegan a Nueva Orleáns el día 10. Dieciséis días después abordan un avión que los lleva directamente a Mérida. El 27, le envía una extensa carta a Sartre en la que le indica el nombre del hotel en el que se han instalado y describe de manera pormenorizada el paisaje y sus actividades. Le gusta que Mérida no acuse influjo estadunidense. Le gustan los flamboyanes, las nubes suntuosas, la frescura de las palmeras y la brevedad de las lluvias. Dan un largo paseo en calandria. Asisten a una pelea de box –afición entrañable para Algren– que le subraya, en comparación con la que acaban de ver en Nueva Orleáns, la diferencia entre los dos países.

La “orgía de frutas, de dulces sospechosos, de camarones, de frituras, de huaraches, de tejidos de algodón,” los aturde. Visitan Uxmal, Chichén Itzá, Chichicastenango. Templos y pirámides los asombran. Parten a la capital de Guatemala. Advierten el violento contraste entre el colorido de la ciudad y la sombría condición de los indígenas. El sábado 12 de junio vuelven a México y se instalan en el hotel de Cortés, que hasta la fecha sigue en pie en el número 85 de la avenida Hidalgo. De allí viajan a Taxco, a Cuernavaca, a Cholula, a Puebla, a Teotihuacán. En la Ciudad de México visitan la Alameda Central, Xochimilco, Chapultepec, van al cine y al teatro, a ver danzas folclóricas, a un salón de baile popular en el que languidece un grupo de putas, a un par de corridas de toros, visitan los murales de Diego Rivera en el Palacio Nacional:

“¡Y bien! –le escribe a Sartre el miércoles 16– Supongo que los pintores rusos no lograron cosas tan buenas, pero eso nada prueba en favor del arte revolucionario…”

Recorren, además, también los barrios pobres, entran a vecindades, a carpas ambulantes… “Esperaba poco de México –le escribe a Sartre–, pero es mucho mejor de lo que imaginaba”. Durante el viaje escribieron un diario conjunto que se conserva entre los papeles de Algren, en la Universidad Estatal de Ohio.

Nuestro país (México) le brinda a la pareja su mayor momento de felicidad, y a Simone un motivo para llamar a Nelson, en una futura carta, “mi marido mexicano”. Pero es en México también que él se da cuenta de que ella nunca dejará a Sartre. Ella rechaza su propuesta de matrimonio y él no acepta la idea de ser un satélite de la pareja francesa. Está enamorado y no concibe compartir a Simone. El regreso a Nueva York, y la despedida –Algren se niega a llevarla al aeropuerto– son más bien amargos. A pesar de todo, la correspondencia amorosa prosigue. 1949 es un año de satisfacciones para ambos. Ella publica El segundo sexo, con una repercusión enorme, y él entrega la novela El hombre del brazo de oro, que le vale el elogio de Ernst Hemingway, quien lo saluda como “el mejor escritor que ha surgido de Chicago”, y le hace acreedor, al año siguiente, del primer National Book Award –en 1955 la novela será llevada al cine con Frank Sinatra en el papel de Frank Machine, el desolado adicto a la heroína.

Simone de BeauvoirEn el verano de 1950, Simone viaja a una vez más a Estados Unidos para pasar una temporada con Algren en la casa que él ha rentado en Idaho, a la orilla de un lago. Le dice que ya no la quiere y que piensa casarse nuevamente con su exesposa. En lo sucesivo se conservarán solamente como amigos. A esa visita corresponde la singular imagen de Simone de Beauvoir desnuda, tomada por el fotógrafo Art Shay, amigo cercano de Algren, que en estos días ha ilustrado la cubierta de la revista Le Nouvel Observateur.

Según lo cuenta el propio Shay, ella salió de la ducha y comenzó a peinarse frente al espejo. Él tenía una cámara Leica en las manos y sintió el impulso de retratarla. Ella se dio cuenta al escuchar el ruido producido por el obturador, pero no mostró mayor enojo. Solamente le dijo: “Naughty man”, frase que podría traducirse como “travieso”, pícaro” o “malvado”. De Beauvoir cuenta esa relación tan compleja –incluyendo el viaje a México– en Los mandarines, la extensa novela publicada en 1954 por la que obtuvo el premio Goncourt de ese año. En esas páginas, Algren aparece convertido en Lewis Brogan. No le gustó lo que leyó en ellas, pero se abstuvo de hacer comentario alguno. Y el hecho de que haya visitado a Simone en París en 1960 –desde donde emprendieron un viaje a Grecia y a Turquía– indica claramente que aún había vínculos de afecto entre ellos.

Pero cuando ella decidió contarla abiertamente en La fuerza de las cosas (1963), tercera parte de su autobiografía, Algren se sintió afrentado y traicionado. En mayo de 1965, con motivo de la edición en inglés, publicó un virulento ataque en la revista Harper’s bajo el título de El problema de Simone de Beauvoir. Con el paso del tiempo, la estrella de Algren decayó, aunque siempre disfrutó de cierta estimación entre sus pares. Murió el 9 de mayo de 1981, día en que, según Kurt Vonnegut, habría conocido a Salman Rushdie, quien quería agradecerle personalmente la inteligente reseña que Algren había escrito sobre Los hijos de la medianoche. Cuando llamaron a casa de Algren para avisarle que iría a verlo, un policía les informó que el novelista había sido víctima de un paro cardiaco.

Simone de Beauvoir, fallecería cinco años más tarde. En su testamento especificó su deseo de ser cremada llevando en el dedo anular de la mano derecha el anillo que Nelson Algren le había obsequiado al poco tiempo de que se conocieron.

Convocatoria al concurso literario "Simone de Beauvoir.

Carta a Simone de Beauvoir

Chère Simone:

Es evidente que no le escribo para obtener respuesta. No solo porque usted está muerta desde 1986, sino porque, si viviera, me contestaría inevitablemente como acostumbraba hacerlo, instándome en dos líneas, secas pero amables, a "proseguir por ese camino". Algo similar a lo que respondía su colega Victoria Ocampo -cuyo nombre no sé si le suena o si le hubiera sonado en vida-, cuando un autor desconocido le mandaba un libro y ella se apresuraba a responder con la consabida fórmula: "Gracias, lo leeré con atención". De todos modos, y por motivos distintos, a ninguna de las dos, mientras formaron parte de este mundo, les he escrito jamás.

Mi verdadero problema es haber llegado tarde. Y no precisamente por mi edad: usted ha tenido una influencia decisiva en cientos o miles de mujeres de mi generación, para quienes tanto El segundo sexo como sus obras autobiográficas han sido la revelación de sus vidas. ¿Por qué no lo han sido para mí? Porque no yo, sino mi madre, Alicia Ortiz -escritora feminista y comunista que influyó en mi formación de modo tan determinante como usted en la de mis compañeras de la Facultad de Filosofía y Letras de Buenos Aires, la de Viamonte al 400-, fue su apasionada, aunque crítica lectora desde los años cuarenta. Mientras muchas de esas chicas, en los años sesenta, se disfrazaban de usted con turbante y todo, así como los muchachos se disfrazaban de Sartre con la pipa en la boca, para mí Simone de Beauvoir resultó una lectura de segunda mano. En esto no hay virtud, ni tampoco pecado: me limito a comprobar que así fue. Quizás haber podido desprenderme de los tabúes de la burguesía tal como usted lo ha hecho, y admirarla por eso, me habría facilitado la vida al permitirme compartir descubrimientos y rupturas dentro de mi propio tiempo. Pero la que se adelantó a desprenderse de esos tabúes fue mi mamá.

Los últimos días la he estado releyendo con un objetivo concreto: establecer con usted una relación personal, ya no por vía materna sino cara a cara, para tratar de percibir los motivos por los que nunca la he querido. Esto se lo puedo decir de frente: usted ha sido la primera en dejar a un lado todo guante blanco en la expresión de los sentimientos, haciendo públicos los detalles de su propia vida como parte de una empresa ejemplificadora que quería decir: "Mujeres, libérense, hagan como yo", pero también los pormenores del horroroso cáncer intestinal de su madre en Una muerte muy dulce, o los de la penosa senilidad de Sartre en La ceremonia del adiós. Desde el momento en que usted misma decidió contar las cosas con absoluta brutalidad, sin tomar en consideración el efecto que su franqueza podía producir en los otros, nos ha dado permiso para acabar, al menos a su respecto, con ese otro tabú que significa el temor a causar pena. Puedo entonces declararle sin ambages que usted no ha estado nunca en mi corazón, y que esta relectura me ha permitido comprender por qué.

Mencionar los tabúes de la burguesía equivale a decirlo todo. En sus Memorias de una joven formal, que abarcan sus años de infancia y juventud, usted describe un mundo codificado que no deja margen para la improvisación. También el surrealismo de los años veinte y treinta había surgido como reacción frente a la previsibilidad burguesa. El existencialismo sartreano de los años cuarenta y cincuenta enarboló nuevas banderas; pero ninguno de los dos habría podido nacer en el seno de pueblos desprolijos. Ambos provinieron de una existencia tan encorsetada, que la única salida, para seguir con la imagen, consistió en irse arrancando las ballenitas de la faja sin perdonar ni una. No soy una adoradora ferviente de Fidel Castro ni mucho menos, pero debo reconocer que cuando Sartre y usted fueron a visitarlo a Cuba, los captó en un relámpago. Creo que usted nunca supo lo que él opinó acerca de la pareja revolucionaria que agitaba el oleaje de la liberación a través del mundo: "Burgueses de París".

Algunos rasgos de su personalidad que aparecen en esas Memorias... merecen análisis. Desde su más tierna infancia, usted estuvo convencida de ser "la Única". Es así como lo escribe, con mayúscula y con un leve atisbo de autoironía que nunca va muy lejos. Cuando nació su hermanita, Hélène, apodada Poupette, usted sintió que ese bebé le pertenecía, pero sin contrapartida posible: usted no era poseída por él. Aunque Hélène, destinada a ser pintora (y a quien la tierra se le abrió bajo los pies cuando la publicación de los escritos póstumos de su célebre hermana mostraron el poco aprecio en que ésta la tenía), le haya quitado el rango de hija única, nunca logró moverla del merecido sitial en donde la familia la había colocado a usted. Su inteligencia superior la elevaba por encima de toda regla. En ese universo regido por un orden estricto, la pequeña Simone (usted misma lo cuenta como si el recuerdo aún la deleitara) poseía a los otros. Para que ese dominio quedara claro, a la menor contrariedad se alzaban unas tremendas rabietas a las que nadie ponía límite. Apenas si una vez un tío, harto de sus alaridos, le encajó uno de aquellos sopapos que las señoras de barrio (me refiero al barrio porteño) llamaban "santo remedio". En efecto, al menos aquel berrinche se acabó como por arte de magia. Sin pretender rendir honores a una educación basada en semejantes medicinas, acaso sea de lamentar que ese tío no haya frecuentado su casa más a menudo.

A los quince años ya sabía que iba a ser una escritora famosa. Sus padres habían sufrido un revés económico (a causa de la quiebra de su padre, la dote de la madre se había evaporado sin dejar rastros) que condenaba a las hermanas Beauvoir a hacer estudios en vez de casarse tranquilamente como cualquier jovencita bien... dotada. Georges de Beauvoir, abogado y aficionado al teatro, no era ningún ignorante. Para él no había oficio más bello que el de escritor, y su hija mayor, la inteligente, que, con toda evidencia, ejercería esa envidiable profesión, le parecía tan extraordinaria, que solía dispensarle el máximo elogio: "Tienes un cerebro de hombre". Si bien usted no compartía sus gustos (él adoraba a Maupassant, al que usted detestaba), contaba con la admiración y con la bendición paternas para continuar sus estudios hasta el grado más avanzado. Diplomas de literatura, de griego, de latín, de matemática, de filosofía, a su padre todo le parecía lógico tratándose de usted; más lógico que a la madre, que sentía una mezcla de vanidad y de rivalidad en relación con esa hija demasiado estudiosa. ¿Entonces por qué, apenas unos años más tarde, ese mismo padre que se enorgullecía de sus éxitos comentaba con despecho: "Simone anda de farra en París"?

La respuesta figura al trasluz en la primera de sus obras que la llevó a la fama de modo tan súbito como fulgurante: La invitada , publicada en 1943. Un texto de ficción, de inspiración autobiográfica, cuya protagonista, Françoise, joven intelectual emancipada que frecuenta los bares de Montparnasse, rodeada por un grupo de amigos y amigas a los que ella posee , invita a una pobre chica provinciana "inexistente" a compartir su vida en París. Cuando, al comprender que ha sido usada, la pequeña Xavière, que se ha dejado seducir por dos amantes de su temible protectora, reacciona como cualquier persona con derecho a enojarse, Françoise se pregunta "cómo puede existir una conciencia que no sea la suya". Si la otra existe, entonces ella misma deja de ser. ¿Qué solución puede quedarle, sino elegirse a sí misma, eliminando físicamente a Xavière?

Los lectores de esta carta, a los que ruego no asustarse más de la cuenta (a diferencia de Françoise, usted nunca asesinó a nadie, al menos que se sepa), quizás lo hayan adivinado ya: uno de los personajes masculinos de La invitada representa a Jean-Paul Sartre, al que usted conoció en la Sorbona y con el que viviría una relación mítica hasta el final de sus días. Sartre era el hombre ideal: un igual, léase un genio, aunque dos años mayor y ligeramente más avanzado que usted en el terreno intelectual, "como un atleta algo más entrenado". Con un hombre como ése podía firmarse un pacto, perdón, un Pacto. El fue el "amor necesario". Los otros y las otras (salvo el norteamericano Nelson Algreen, al que usted le escribió trescientas cartas que se cuentan entre lo más sincero y divertido que salió de su mente, por no decir de su alma) fueron "amores contingentes" que el Pacto permitía, mejor aun, estimulaba. Entre la necesidad y la contingencia, el grupito de alegres camaradas, autodenominado "la familia" y unido por los lazos de la inteligencia y del sexo, se complacía en desarrollar las mismas figuras coreográficas que poco antes habían imaginado Picasso y los surrealistas durante sus vacaciones en la Costa Azul. Sin embargo, la "familia feliz" de Picasso y sus amigos estaba formada por hombres creativos desde todo punto de vista y por mujercitas que, como Xavière, se sometían a una moda: el intercambio de parejas. Una moda según la cual los celos representaban un sentimiento antediluviano. Mientras que plegarse a ese comportamiento ultramoderno significaba para ellas tragarse las ganas viscerales de armar escenas como en la época de las cavernas, para usted, chère Simone, tener una "familia" significaba ser la directora, o pensar que lo era.

La invitada, publicada en plena guerra (cuando el Dôme, La Coupole o el Select de Montparnasse, y el Flore o el Deux Magots de Saint-Germain intentaban resistir, oponiendo al nazismo la libertad de costumbres), representó la actitud vital de una juventud desengañada que deseaba embriagarse probando lo más diversos alcoholes (con cierta malignidad podríamos decir que la resistencia de esos jóvenes, a diferencia de otros que fueron al maquis , para no mencionar a otros más que fueron a Auschwitz, consistió en hacer fiestas donde por toda cena comían porotos). Pero su gran obra, El segundo sexo, vino cinco años después, en 1949, y surtió el efecto de una bomba. Una bomba poderosa, más de lo que lo habían sido las alemanas que, de todas maneras, y Vichy mediante, nunca llovieron sobre los techos de París.

Es necesario colocarse en una perspectiva histórica para medir el impacto de El segundo sexo . La frase parece sacada de un manual de literatura pero resulta cierta. Nunca hasta ese momento, un libro sobre las mujeres escrito por una mujer había conocido semejante repercusión. Desde los años treinta, en Francia se estaba desarrollando una política familiar que impulsaba la natalidad. Tanto la izquierda como la derecha se declaraban natalistas. Y de pronto salía usted a echarlo todo por tierra, no solo con su defensa del aborto (que sería legalizado en los años setenta por su tocaya, la ministra Simone Veil), sino con su negación del instinto maternal que, a su entender, aliena a la mujer, y con su discurso claro y preciso sobre la ignorancia de la sexualidad en que vivían las jóvenes de su tiempo; las burguesas, se entiende. Usted se atrevía a hablar en voz bien alta de "esas cosas" que las chicas solo se murmuraban al oído. Usted osaba decir: "Si hoy ya no hay feminidad, es que nunca la hubo"; "No se nace mujer, se lo deviene; el conjunto de la civilización elabora ese producto intermedio entre el macho y el castrado al que se califica de femenino"; "La mujer no es víctima de ninguna fatalidad misteriosa: no se debe concluir que sus ovarios la condenan a vivir eternamente de rodillas" o bien "En sí misma la homosexualidad es tan limitativa como la heterosexualidad; el ideal debería ser poder amar tanto a una mujer como a un hombre, a cualquier ser humano, sin experimentar ni miedo, ni presión, ni obligación".

Como no podía ser de otra manera, el mundo se desencadenó en su contra o le abrió los brazos. François Mauriac escribió a Les Temps Modernes, la revista que usted había fundado junto a Sartre, para manifestar un machismo troglodita del que no se lo creía capaz: "Ahora lo sé todo sobre la vagina de su patrona". Otros la amaron. Imposible mantenerse equidistantes. Aun en la hora actual, esas frases de El segundo sexo, conciten o no nuestra adhesión, nos espeluznan por su coraje. Sin duda pronunciarlas fue necesario, no porque todas ellas contengan la verdad, sino por su potencia renovadora, por el sacudón que significaban, por su incitación a pensar tal como nunca se había pensado antes. Ese fue su gran libro, Simone, su batalla ganada. Si lo pongo en pasado, es porque tal vez la evolución de las costumbres, lograda en buena parte gracias a él, le haya jugado en contra. Es un libro al que ahora le miramos la fecha. Ya en las décadas del sesenta y del setenta muchas feministas lo habían comprendido. Por eso reaccionaron valorizando "lo femenino", que no es ni lo castrado, ni lo sometido a la envidia del pene de la que hablaba Freud. Hoy resulta difícil acompañarla a usted en su idea de que no se nace mujer, de que la sociedad distribuye papeles y a algunos de nosotros nos toca ese. Más seguras de nosotras mismas de cuanto lo estuvieron aquellas verdaderas víctimas consagradas a la maternidad como único destino, que vieron en su libro abrirse una ventana, las que podemos hacerlo hemos integrado un feminismo que lucha por la igualdad de oportunidades, pero que también tiene ovarios.

Su empresa autobiográfica comenzó en 1958 con las memorias ya citadas y continuó con La plenitud de la vida y La fuerza de las cosas, por no mencionar sino esos. Libros en los que me es todavía más difícil seguirla, cincuenta años después. Ilustrar con su propia vida lo que se debe pensar sobre el sexo no es el mejor camino para lograr adeptos definitivos. Su famosa frase sobre la bisexualidad, preferible, en su opinión, a la hetero o a la homosexualidad, caracteriza la soberbia que recorre la totalidad de su obra. Usted era bisexual, de acuerdo. ¿Pero por qué no admitir que las otras dos opciones también existen, y que cada cual elige la que mejor le cae? Bien mirado, la "imitación de Simone", en el sentido en que se dice la "imitación de Cristo", obliga a inclinarse ante una ley bastante menos libre de lo que pareciera.

La estoy sintiendo sonreír desde su altura, Simone. ¿Acaso supone que mis palabras están dictadas por la moralina? Desengáñese: lo que las dicta es, en primer lugar, el respeto por una sexualidad espontánea que no necesita notas aclaratorias al pie de página, y, en segundo, la escasa estima por las experiencias sexuales de tipo voluntarioso. Antes que usted, Colette hizo de su preciosa vida lo que le vino en gana. Lo hizo con gracia y con deseo. Un auténtico deseo, igual al de Marguerite Duras, con su existencia tormentosa que ella vivió como pudo, en carne viva y a los saltos, sin volverla doctrina; o al de Marguerite Yourcenar, gran señora y apacible ama de casa que cohabitó con su amiga en una isla de la costa norteamericana, sin pretender dar lecciones de homosexualidad. Tres mujeres libres así nomás, porque sí, más ejemplares aun puesto que al ser estrellas, no fueron dogmas vivientes. Aquí debo agregar algo que quizás le borre la sonrisa. Toda comparación es odiosa, pero la libertad de estas tres -la sensualidad de Colette, la solidez de Yourcenar y el aliento entrecortado de Duras- ha dado por resultado obras insuperables dentro de la literatura del siglo XX. Quién sabe si no será que a ellas las amo porque escribían maravillosamente, y si en el fondo mi reproche para con usted no consiste en que ni una sola de sus páginas me llena la boca de esa saliva deliciosa que a veces provoca la escritura.

Imposible no aludir a sus cartas, en especial las dirigidas a Sartre, publicadas después de su muerte por su hija adoptiva, Sylvie Le Bon, en las que usted, con una arrogancia típica del peor sexismo, se burla de las amantes compartidas. Equipararse con el hombre supuestamente querido, y ciertamente admirado, subiéndose a su mismo pedestal para observar desde arriba a esas pobres mujercitas a las que ambos despreciaban por su debilidad, creyendo salvarse así de la "condición femenina" (y de paso, impidiendo que Sartre se le fuera de veras con alguna de ellas), ¿es eso ser feminista? En la pluma de un hombre, sus mismas observaciones llenas de detalles humillantes sobre las características íntimas de esas mujeres deshumanizadas y vueltas objeto serían insoportables; escritas por usted, resultan casi patéticas, como si dibujaran por el reverso una verdad escondida que pugna por ser dicha. ¿Pero la verdad de qué? ¿De un dolor? Al final de su carrera, en uno de sus últimos libros de los que, por desgracia, no puedo dar la referencia (quizás la aterradora La ceremonia del adiós) , usted escribió: " J ai été flouée ". He sido engañada o he caído en la trampa. ¿En cuál? ¿En la de Sartre? ¿En la de su propio orgullo? Sea como fuere, Simone, por esa sola confesión usted merece que se le saque el sombrero.

Escrita en 1968, La mujer rota es una novela de tesis sobre la abnegada esposa que sufre y espera, donde por instantes asoman acentos de convincente desesperación. ¿Los imaginó usted o los vivió en carne propia? La pregunta no cabe, sobre todo referida a esa fecha temprana: si alguna vez, ya por aquellos años, usted se hubiera sentido "flouée", no se lo habría dicho ni a su almohada. Su relación con Sartre debía aparecer a ojos de todos como "el más perfecto de los éxitos", y su Pacto le prohibía sufrir. Así pues, quizás para endilgarle los sentimientos bochornosos que en usted misma rechazaba, eligió como protagonista a una de esas mujercitas a las que nadie habría podido confundir con usted.

Basada en un esquema demasiado visible, la historia es más un alegato sobre la estupidez femenina que un relato creíble. La heroína, de cuarenta y cuatro años, no ha hecho otra cosa en su vida que ocuparse de su marido y de sus hijas. No tiene profesión. Las hijas ya se han marchado. El marido tiene una amante y se lo dice. Las amigas le aconsejan aguantar con una sonrisa y ella lo hace. "Ya va a volver", le aseguran, y ella sigue aceptando lo inaceptable y esperando lo imposible. Minuto a minuto, marido y mujer negocian las vacaciones en la montaña, los fines de semana, las horas del día y de la noche que les tocan alternadamente a la esposa y a la amante. Y la esposa va cediendo terreno hasta que ya no le queda nada.

Moraleja: la única, perdón, la Única a la que esas cosas no le pasan es la que se ha librado de la fatalidad ovárica, dirigiendo la batuta de las infidelidades en lugar de sufrirlas. La idea de que la infidelidad no sea inevitable, o de que tampoco lo sea el soportarla, con o sin batuta, a usted ni se le ha pasado por las mientes, Simone, por la sencilla razón de que la infidelidad formaba parte de su medio. Su madre la aguantó hipócritamente con la sonrisa de marras. Usted la instrumentó con un gesto de domadora que tuvo la virtud de la franqueza, pero también un defecto, para mí grave: el de cosificar a sus rivales para evitar que lo fueran. Si me permite una opinión, discutible como todas, hay amores más sanos y soluciones más dignas, que consisten en cortar... por lo sano. Es cierto que esto lo escribo en los albores de 2008, cuando en la mayor parte de los países a los que consideramos avanzados, y que realmente lo son en relación con el tema, un alto porcentaje de divorcios es solicitado por la mujer. ¿Cómo negar que usted, en ese proceso, ha tenido una inmensa intervención, pero también cómo cegarse ante el hecho de que los ejemplos que nos presentaba carecían de ese elemento "antediluviano" al que no he vacilado en llamar dignidad?

Esa mujer rota de solo cuarenta y cuatro años se siente vieja. Es que el tema de la decadencia física y mental a usted la ha obsesionado desde siempre, Simone. Así llegamos a uno de sus libros más terribles, La vejez, escrito dos años después de la citada novela y donde se siente como nunca la ausencia de ese otro elemento al que llamaré cariñoso. La falta de cariño la conduce a subrayar lo repugnante. ¿Una gran escritora, situada tan por encima de nuestras cabezas, cómo habría podido aceptar la chochera de Sartre ni la abyección de la ancianidad? Semejante crudeza vuelve su ensayo agudo y, a la vez, injusto. Su descripción de la decrepitud se limita a ser exacta, lo que, del modo más curioso, empobrece las ideas y hasta les resta veracidad. Esa realidad que usted pensó poseer a partir de una visión sin concesiones, de una crueldad quirúrgica, se niega a ser entendida a fuerza de escalpelo.

A esta altura de los acontecimientos me pregunto si responder al llamado de sus vísceras no bajará los humos (cosa que yo, personalmente, celebro). Aunque ni la maternidad, ni ese placer al que considero espontáneo cual margarita silvestre obedezcan al mínimo dictamen, acaso permitan, entre muchos otros caminos posibles, alcanzar cierto nivel de sabiduría de naturaleza no doctrinaria. Una relación teórica con el cuerpo, como no dudo ni un instante que haya sido la suya, solo le permitió gritar su indignación porque un buen día, su genial compañero cometió la infracción de babearse la corbata (bonita forma de escapársele por la tangente, tan luego a usted), o porque los viejos son feos y se hacen en los pantalones.

¡Ay, Simone! Hay que haberse vuelto un poco más humilde para percibir en el viejo o en el débil la chispa de humanidad. Es claro que a usted no se le puede pedir lo mismo que a su otra tocaya, Simone Weil (no la mujer política, sino la filósofa judía convertida al cristianismo, que murió de hambre durante la guerra por compartir las privaciones de los obreros). En la Facultad de Filosofía donde Weil también cursaba sus estudios, la futura autora de La gravedad y la gracia apenas si le concedió una mirada sobradora en la que usted leyó, sin saberlo, la misma palabra de Fidel, varios años después: "burguesa". No, Simone, usted nunca fue mística ni tuvo por qué serlo; pero sospecho que si jamás se ha experimentado en la propia osamenta una pizca siquiera de lo que sufren los otros, debe costar ponerse en su lugar, sobre todo cuando incurren en la intolerable flojera de ponerse achacosos. Aunque, seamos justos: dado que usted ya no era joven cuando escribió ese libro, debemos concluir que su dureza para con los demás fue la misma que empleó para con usted misma, porque la rigidez de sus principios no la dejó ser tierna ni con Simone de Beauvoir.

En el discurso que pronunció el día de su entierro, tan multitudinario como el de Sartre, Elisabeth Badinter, que más tarde sería ministra de Justicia, exclamó: "Mujeres, ustedes se lo deben todo a Simone de Beauvoir!". Estas palabras leídas hace poco me han dejado pensando. ¿Serán ciertas o no? Y de pronto me doy cuenta de una cosa: el exceso de furia que me ha atacado contra muchas de sus actitudes tiene que ver con un sentimiento de familia. No de la suya, la sexual, sino de la ideológica en su sentido más vasto. Es por sentirla próxima y no ajena que reacciono con rabia. Una rabia similar a la que se siente por una tía gruñona y cascarrabias a la que tuvimos muy cerca, demasiado, tanto que nuestra máxima ambición ha consistido en desembarazarnos de ella. Ahora que ya está; ahora que hemos escuchado a los budistas cuando aconsejan "matar al Buda"; ahora que, en una palabra, nos la hemos sacudido de encima, supongamos que usted regresara a la vida y que tuviera acceso a las estadísticas actuales sobre la violencia familiar, sobre las mujeres golpeadas y masacradas en el mundo entero, y no solo en las sociedades tradicionales sino en las avanzadas, en España, en Francia, en Inglaterra. Supongamos asimismo que su renacimiento hubiera tenido lugar el mismo día en que termino de escribir estas líneas, 27 de diciembre de 2007, cuando un barbudo fundamentalista asesinó a Benazir Bhutto.

A lo mejor la comprobación de nuestro retroceso la haría morir de nuevo. Pero si se aguantara la amargura de comprobar hasta qué punto su prédica ha obtenido resultados contradictorios, inimaginables durante los tumultuosos encuentros feministas en la Mutualité de París, que en este preciso instante miro desde mi ventana, ¿de qué lado estaría usted, sino del nuestro, el de las mujeres que, parafraseando sus cartas, "proseguimos nuestro camino", a menudo aplastadas por una feroz rivalidad masculina que justamente se crispa y se exacerba porque dicho camino va para arriba? Chère Simone, esta carta plagada de improperios no tiene otra intención que la de darle las gracias. Por todo: por sus aciertos, por sus errores, por el empujón que nos dio, y que ojalá pudiera darnos todavía con más fuerza que nunca, que buena falta nos hace.

Sincèrement, Alicia.

Por Alicia Dujovne Ortiz

9 de enero de 2008

Carta de Simone de Beauvoir, a Jean Paul Sartre

Querido pequeño ser: Quiero contarle algo extremadamente placentero e inesperado que me pasó: hace tres días me acosté con el pequeño Bost. Naturalmente fui yo quien lo propuso, el deseo era de ambos y durante el día manteníamos serias conversaciones mientras que las noches se hacían intolerablemente pesadas. Una noche lluviosa, en una granja de Tignes, estábamos tumbados de espaldas a diez centímetros uno del otro y nos estuvimos observando más de una hora, alargando con diversos pretextos el momento de ir a dormir. Al final me puse a reír tontamente mirándolo y él me dijo: "¿De que se ríe?". Y le contesté: "Me estaba preguntando qué cara pondría si le propusiera acostarse conmigo". Y replicó: "Yo estaba pensando que usted pensaba que tenía ganas de besarla y no me atrevía". Remoloneamos aún un cuarto de hora más antes de que se atreviera a besarme. Le sorprendió muchísimo que le dijera que siempre había sentido muchísima ternura por él y anoche acabó por confesarme que hacía tiempo que me amaba. Le he tomado mucho cariño. Estamos pasando unos días idílicos y unas noches apasionadas. Me parece una cosa preciosa e intensa, pero es leve y tiene un lugar muy determinado en mi vida: la feliz consecuencia de una relación que siempre me había sido grata. Hasta la vista querido pequeño ser; el sábado estaré en el andén y si no estoy en el andén estaré en la cantina. Tengo ganas de pasar unas interminables semanas a solas contigo. Te beso tiernamente, tu Castor.

Carta
En el centenario de su nacimiento

6 de enero de 2008

El futuro del libro

Si realmente va a ser de esta forma como lo vemos en el video, me va a encantar. ¿Qué opinan ustedes? ¿Irá a ser así el futuro del libro como lo vemos en el video? Porque lo que es el Kindle (que mide 18 centímetros de largo por 13 de ancho y pesa 300 gramos), no me llama la atención. Aunque habría que verlo.

Si el futuro del libro es electrónico ¿Ya no habrá librerías? Al ver todo esto ya se siente anticuado lo de tener estantes con libros en casa.

Noticias literarias

1. Un excelente artículo de Vila-Matas: El lujo de las citas.

2. "(Muy al margen: quizá la Academia quiera tomar nota de esta nueva prueba de que casi nadie respeta la norma de no clavarle la tilde al adverbio «solo» cuando no hay riesgo de ambigüedad. ¿Por qué no dan ustedes marcha atrás, por favor? O quiten todas las tildes de una pajolera vez. Nos ahorraríamos el 80% de las faltas que cometemos los usuarios del español. En serio.)"

En el librillo de Ramón Buenaventura.

3. Nace Wikilengua, "un recurso sobre el uso del castellano, donde se pueden consultar, con una orientación esencialmente práctica, dudas frecuentes y que se puede ir extendiendo y corrigiendo con la colaboración de la propia comunidad. Al estar abierta y accesible a personas de todo el mundo, la Wikilengua puede ser también un medio para reflejar la diversidad y la riqueza del castellano en sus múltiples variantes habladas en más de una veintena de países".

3 de enero de 2008

Las mil y una noches o Las muchas noches

En muchos periódicos salió la misma nota:

El arabista René R.Khawam dedicó 20 años de su vida a devolver a Las mil y unas noches, que en realidad se llama Las muchas noches, a su estado original, en el que sobran, entre otros, Aladino y Simbad el Marino, y faltan la crítica a la teocracia islámica, vino, mujeres decididas y lascivia. En la nueva edición, que acaba de publicar en España Edhasa, Khawam deja las cosas meridianamente claras a pesar de la dificultad que supuso limpiar los relatos de aportaciones espurias, impregnadas del orientalismo que tanto se llevó en Europa entre los siglos XVIII y XIX, y quitarles azúcar para devolver su esencia a esta agitadora obra maestra donde las haya.

Diga lo que diga la mitología occidental, Las mil y una noches no es la recopilación de los cuentos que Sherezade le contaba a su sanguinario marido, el sultán Shahriyar, para distraerle de su costumbre de cortar la cabeza a cada mujer con la que se casaba a la mañana siguiente de la boda, aunque sí pueda servir como marco para el desarrollo del conjunto de la obra. Sherezade protagoniza sólo el primer relato y no es la narradora de todos los cuentos que se recogen en la versión que llega a Francia en el siglo XVII. Será en el siglo XIX cuando empiecen a incorporarse los relatos disney, es decir Simbad el Marino, Aladino, Ali Babá y los 40 ladrones, unas historias demasiado maravillosas para que peguen con las demás.

Todo esto lo comenta el responsable de la traducción al castellano de la edición de Khawam, Gregorio Cantera. Luego entonces: Ni el nombre del libro era el nombre, ni la narradora supuesta de los relatos era la narradora, "diga lo que diga la mitología occidental". Lo que me gustaría saber, es por qué la mitología occidental no sólo inventó y mintió al respecto, sino cambió la historia de un libro tan importante: "Son relatos que proceden de la tradición oral nacida en muy distintos sitios pero que cristalizaron por escrito en el siglo XIII gracias a Boulaq, precisamente en la ciudad-oasis de Kashgar, uno de los bastiones de la Ruta de la Seda, situada en el desierto de Taktodo".

Este tipo de situaciones han pasado desde siempre en la literatura y en la historia. ¿Según la conveniencia se escriben las cosas sin importar los resultados? Todos los estudios críticos sobre Las mil y una noches tendrán un parte aguas.