16 de mayo de 2009

El maestro, el niño y la vaca

Un amigo me envió este escrito: Esta rosa es de un niño español de ocho años a quien su maestro pidió que describiera un mamífero o un ave. El texto es tan delicioso, que se guarda en el Museo Pedagógico de París.

Vida Nueva, Madrid 10 de octubre de 1987

El pájaro del que voy a hablar es el búho. El búho no ve de día y de noche es más ciego que el topo. No se gran cosa del búho, así que continuaré con otro animal que voy a elegir: la vaca. La vaca es un mamífero, tiene seis lados, el de la izquierda, el de la derecha, el de arriba y el de abajo. El de la parte de atrás tiene un rabo del que cuelga una brocha. Con esa brocha se espanta las moscas para que no caigan en la leche. La cabeza sirve para que le salgan los cuernos. Y además porque la boca tiene que estar en alguna parte. Los cuernos son para luchar con ellos. Por la parte de abajo tiene la leche. Está equipada para que se le pueda ordeñar. Cuando se le ordeña la leche viene y ya no se va nunca. ¿Cómo se las arreglará la vaca? Nunca he podido comprenderlo. Pero cada vez sale con mayor abundancia. El marido de la vaca es el buey, el buey no es mamífero. La vaca no come mucho, pero lo que come lo come dos veces, así que ya tiene bastante, cuando tiene hambre muge, y cuando no dice nada es que está llena de hierba por dentro. Sus patas le llegan al suelo. La vaca tiene el olfato muy desarrollado, por lo que se puede oler desde lejos, por eso es por lo que el aire del campo es tan puro.

Publicado el 15 de mayo de 1990 en periódico El Nacional.

10 de mayo de 2009

Edgar Allan Poe y el ajedrecista

"Las habilidades del maestro Edgar Allan Poe para plantear y en algunos casos develar misterios, no se remitían únicamente a su magistrales cuentos, pues las llevó también a la práctica cuando en 1836 intentó desenmascarar a, “El Turco”, un autómata (el termino robot no existía como lo conocemos hoy) cuya principal cualidad era la de jugar ajedrez, derrotando entre otros adversarios a Napoleón II. “El Turco” fue creado por el húngaro Wolfgang von Kempelen en 1769 , quien se encargó de recorrer Europa con su criatura ajedrecista dando mates por donde pasaba.

En 1804 “El Turco” quedó huérfano, y tiempo después, el inventor alemán, Johann Nepomuk Mälzel, compró al inteligente títere para arrancar con él una gira por Estados Unidos, la cual tuvo gran éxito y pronto algunas copias burdas del autómata empezaron a surgir. El éxito que Mälzel y su máquina sumaban hizo sospechar a algunos periodistas y mentes incrédulas, como la Poe, quien se dio a la tarea de investigar sobre el caso y publicar sus hipótesis en su ensayo. “El jugador de ajedrez de Maelzel" (“Maelzel's Chess Player") en donde expone las complicaciones mecánicas, matemáticas y filosóficas que una máquina tendría que sortear para jugar una partida de ajedrez sin ayuda de una mente, por lo menos humana.

Por supuesto en nuestra época cualquier explicación podría resultar sobrada e innecesaria, la tecnología ha llegado a tal punto que, nos podemos creer lo que sea y no desde un punto de vista mágico, sino tecnológico, pero en los tiempos de Poe, donde lo milagroso aun reinaba sobre lo científico, cualquier explicación se agradecía, y más, si era tan detallada como la descrita en el texto del maestro de Baltimore, quien logra una sencilla pero didáctica comparación entre la máquina de computo de Charles Babbage y el ya famoso “Turco”, argumentando que por más sorprendente e ingeniosa que sea la primera, ésta necesita de la introducción de datos precisos para dar un resultado único, a diferencia de la máquina humanoide y turca de Maelzel, la cual sin importar los datos recibidos, las posibilidades de respuesta podrían ser múltiples, y que por lo tanto, era casi imposible que una máquina sin nexos con una mente humana pudiera decidir acertadamente entre cientos de combinaciones posibles. Posteriormente, Mr. Poe se extiende en análisis minuciosos sobre los sospechosos movimientos del autómata, deduciendo sus características humanas.

A pesar de su brillante y detectivesco ensayo, nuestro genial escritor no logra tirarle el teatrito a Meazel, pero si lo hacen un par de jóvenes quienes un buen día logran ver a un tipo salir del cuerpo del Turco, resultando ser William Schlumberger, famoso ajedrecista europeo".

Via | Excélsior

5 de mayo de 2009

Los ensayos de Montaigne

Michael Montaigne, Ensayos Completos, Notas prologales de E.M. Aguilera, Trad. de Juan G. Luaces (México: Porrúa, 2003)

He estado nuevamente leyendo los ensayos de Montaigne. Se dice que "concibe sus ensayos como una marquetería mal unida, y reivindica su desorden como prenda de su libertad y de su "buena fe". Este desorden se debe también al propio modo de escribirlos: Montaigne pensaba en voz alta y un secretario (existieron tres sucesivos) tomaba nota del dictado”.

Casi al terminar el primer libro, escribe: "La reina Margarita de Navarra cuenta de un joven príncipe, al cual no menciona, aunque por su grandeza es harto conocido, lo siguiente: yendo este príncipe a una cita amorosa para dormir con la mujer de un abogado de París, pasaba su camino por en medio de una iglesia, y siempre que, yendo o viniendo, atravesaba aquel santo lugar, nunca dejaba de hacer oración ahí. Dejo al juicio del lector el ver de qué manera empleaba el príncipe el favor divino. No obstante, la reina Margarita alega este ejemplo como cosa de singular devoción. No es ésta la única prueba de la inepcia de las mujeres para discutir asuntos de teología".

Qué interesante si Montaigne (1533-1592) hubiera conocido la Carta Athenagórica de Sor Juana Inés de la Cruz (1648-1695), esa respuesta a Sor Filotea de la Cruz (texto conocido también como Carta al obispo de Puebla). No imagino qué hubiera expresado al leer:

Pues ¿qué os pudiera contar, Señora, de los secretos naturales que he descubierto estando guisando? Veo que un huevo se une y fríe en la manteca o aceite y, por contrario, se despedaza en el almíbar; ver que para que el azúcar se conserve fluida basta echarle una muy mínima parte de agua en que haya estado membrillo u otra fruta agria; ver que la yema y clara de un mismo huevo son tan contrarias, que en los unos, que sirven para el azúcar, sirve cada una de por sí y juntos no. Por no cansaros con tales frialdades, que sólo refiero por daros entera noticia de mi natural y creo que os causará risa; pero, señora, ¿qué podemos saber las mujeres sino filosofías de cocina? Bien dijo Lupercio Leonardo, que bien se puede filosofar y aderezar la cena. Y yo suelo decir viendo estas cosillas: Si Aristóteles hubiera guisado, mucho más hubiera escrito.