Marco Antonio Millán y Pablo Neruda

Posted by Magda Díaz Morales in

De las memorias del editor de la revista América, que en breve aparecerán bajo el sello de Conaculta, Laberinto, el Suplemento cultural de Milenio, presenta el capítulo que dedica a su amistad con el autor de Odas elementales.

Neruda
Marco Antonio Millán *
31.1.2009

A principios de los cuarenta, Pablo Neruda fue nombrado cónsul en México. Una vez, él estaba en una cervecería de Cuernavaca; un grupo de alemanes reconocieron al poeta, lo agredieron y lo descalabraron con un tarro de cerveza. Nosotros publicamos un manifiesto protestando por ese hecho, y Pablo tomó nota de las firmas que amparaban el suelto en el periódico para invitarnos a una cena de agradecimiento. La reunión fue tan cálida que Pablo dijo: “La continuamos mañana”. Al menos para mí duró un par de años; en ese lapso estreché fuertes lazos de amistad con el chileno.

Yo ganaba dinero porque mis amigos ya estaban en el poder y no me exigían: mi cumplimiento era irme con Pablo e ilustrarme hasta donde podía. Oírlo sobre todo. Una jornada representativa de todas las que pasé con Pablo Neruda es la siguiente:

Llegaba a su casa a las once de la mañana. “Oye”, me decía, “he oído hablar de una tequilería donde dan unas botanas extraordinarias.” “Pues ya va siendo hora.” Y visitábamos los sitios más terribles en la colonia Guerrero o por el rumbo de Camarones, buscando unas botanas que le habían recomendado. Luego nos daba hambre, y regresábamos a la casa a beber whisky como aperitivo. Pablo preguntaba: “¿Qué hay de comer?”, y al oír el menú sugería algún añadido. Comíamos con vino, lo clásico: tinto para carnes rojas, blanco para pescados y mariscos. La comida era desbordante, salpicada de conversación, de risa y alegría. Entonces, Pablo: “¿Qué tal si nos echamos un sueñito?” “Nos lo echamos.” Había una recámara para visitantes, donde yo me quedaba; él se iba con su esposa, Delia del Carril, hermana del tanguista y de Adelina, que fue mujer de Ricardo Güiraldes.

Como a las cinco o seis de la tarde me despertaban. En el comedor había una gran fuente de cristal cortado con el contenido de seis o siete botellas de vino tinto chileno, en cuya superficie flotaban muy finas rebanadas de manzana. Con eso se curaba uno la cruda y nos aligeraba la digestión hasta llegada la hora del whisky; luego la cena, y después el café y los licores, para dar paso a la sobremesa bañada en coñac. Así muchísimas veces que fui a su casa.

Con él aprendí mucho, y me relacioné con las personas que iban a visitarlo y compartir la charla: José Gorostiza, González Martínez, Emilio Prados, Pedro Garfias, Wenceslao Roces (un sabio del marxismo, traductor de El capital), María Izquierdo (extraordinaria pintora, alguna vez elogiada por Artaud), todos ellos sintiéndose a gusto, como en familia, atraídos por la personalidad de un gran hombre.

Recuerdo la ocasión en que me dijo: “Ya estoy aburrido de mi casa. Voy a hacer un viajecito, tardaré unos tres días. Me haces favor de venirte con tu mujer y cuando yo regrese y toque, como dueños de la casa preguntan: ‘¿Quién es?’, y yo les digo: ‘El señor Neruda’. Entonces abren la puerta y me invitan a pasar: ‘¿Qué se le ofrece?’ Yo digo que nada, que simplemente venía a platicar con ustedes. Me ofrecen asiento y una copita. ‘¿De qué me darían la copita?’...” Pablo tenía esas cosas infantiles, el deseo de sentirse por una vez huésped de sí mismo, o de anfitriones por él nombrados.

Otra extravagancia que hacía más seguido era enrollarse las perneras del pantalón hasta las rodillas, pintarse unos bigotes, simular con algo una peluca; así ataviado, bajaba de pronto a la sala de su casa donde platicábamos sus amigos. Lo que hacía era pasear frente a nosotros en completo silencio, y volverse por donde vino para regresar al poco tiempo ya arreglado. Como si las desconociera, nunca aludía a esas apariciones. Una vez agotó terriblemente a mi mujer: ambos se aplicaron en la calle, por cinco o seis cuadras consecutivas, a tocar los timbres de cada puerta a las dos de la mañana; nosotros los esperábamos en un automóvil, y salíamos pitando hacia otro sitio y otra puerta y otro timbre.

Pablo me dio varios originales para América, y nunca aceptó un pago. Pero un día me dijo: “Esta vez sí te voy a cobrar la colaboración, porque necesito centavos”. “¿Cuánto quieres, Pablo?” “Doscientos pesos.” Se los di. De inmediato fuimos a una florería, compró un ramito de doscientos pesos, añadió una tarjetita y vaya uno a saber a quién se las mandaría. Y es que para eso no podía hacer uso de su sueldo o pedir prestado a Delia. La generosidad era de Pablo; en nadie he visto este gesto, característico suyo: llevarse la mano a la bolsa y hacer sonar las monedas que ahí guardaba. “Mira”, me decía, “¿no oyes un ruidito? Me acaban de mandar de Chile dos meses de sueldos atrasados y acabo de cambiarlos en el banco. ¿No necesitas algo?”

Hasta que una mañana me dijo, como debe haberle dicho a todos sus amigos: “Aquí va a terminar temporalmente nuestra amistad, porque me está llamando mi patria; quieren hacerme senador y luego presidente de la República”. Le dedicamos unos banquetes de despedida que sobrepasaron los mil asistentes. Él se fue de México glorificado por completo, envuelto por el cariño y la admiración.

El tango del viudo

Por el tiempo de nuestra amistad, Pablo me narró muchos episodios de su vida. Tenía un amigo poderoso, que le prometió hacerlo segundo o tercer secretario de alguna embajada chilena en un país lejano. Esa promesa se alargó durante un año, hasta que en una reunión encontraron casualmente al ministro de Relaciones Exteriores, quien de inmediato le preguntó: “¿Usted es Pablo Neruda?” “Sí, señor.” “Pues yo he leído cosas suyas. ¿No le gustaría trabajar en el medio diplomático?” Y ahí hundió la cara el amigo, que jamás le había dicho una palabra al ministro del empleo prometido a Pablo. Fue nombrado cónsul en Rangoon, Birmania, el año de 1927. El poeta se enamoró del Oriente; y una mujer oriental, Josie Bliss, se enamoró del poeta. En sus memorias, Neruda recupera la imborrable figura de esta “terrorista amorosa”. Poseo algunos matices que Pablo no incorporó en Confieso que he vivido. Por ejemplo me contaba que Josie nunca aceptó dormir con él en una cama; tras consumar el abrazo sexual, ella se deslizaba al suelo.

A la hora de la comida Pablo le preguntaba: “¿Qué tenemos de comer hoy?” Josie respondía: “Pan, vino...” “Esas cosas no se nombran, porque están siempre en la mesa.” “Tengo sopa.” “También eso debe estar en la mesa.” “Hay carne.” “Sí, pero ¿cómo está preparada la carne?” Josie nunca aprendió el rito occidental de la comida.

Era una mujer tremendamente celosa; varias veces, al despertar, Pablo la sorprendió rondando la cama con un enorme cuchillo en la mano, y el murmullo: “Cuando te mueras acabarán mis temores”. Dejando atrás ropa y libros, él huyó con rumbo a Ceylán donde tenía la oportunidad de un nuevo puesto diplomático. Un año después, hasta ese lugar fue Josie a seguirlo. Se estableció frente a la casa de Pablo para dedicarse a espantarle las visitas femeninas. Él titubeaba en aceptarla de nuevo a su lado. La situación llegó a hacerse tan intolerable, que decidió enviarla de regreso a Rangoon.

En el recuerdo de Pablo, la escena de la despedida en el muelle se concentraba en la siguiente imagen: Josie desprendiéndose de sus guardianes para llegar a donde Pablo y besarle el rostro, el traje, las manos, los zapatos. En el trópico hay la costumbre de cubrir el calzado blanco con una especie de yeso de nombre albayalde; las lágrimas de esta mujer diluyeron el albayalde y formaron una pasta gelatinosa que le manchó la cara. Aun amando a esa mujer de rostro emblanquecido, Pablo desconoció su amor y la dejó partir.

A ella escribió ese famoso “Tango del viudo”. Cito de memoria:

Ah infame, ya habrás encontrado esa carta,
ya habrás insultado el recuerdo de mi madre
llamándome perro, hijo de perra.
Debajo del cocotero está enterrado el cuchillo
[que ahí guardé
por temor a que me asesinaras.
Otra vez estará mi habitación desordenada,
otra vez en el tendedero mis pantalones estarán
[secándose vacíos,
como goteando lágrimas.

Es un poema muy largo y muy bello. Y luego de acumular imágenes oscuras, le dice:

Sin embargo,
qué daría porque volvieras a estar nuevamente a
[mi lado,
por volverte a oír mear en la oscuridad,
como si estuvieras vertiendo una miel trémula,
[argentina, obstinada.

Era fabuloso Pablo: ningún artificio, ningún adorno, la pura verdad de Dios. Según recuerdo, él mismo ofrece el mejor retrato de su poesía: “Dios me libre de mentir cuando estoy cantando”.

Protalamio

Mi amistad con Pablo nació en esa fiesta en que nos agradecía el manifiesto que publicamos en su defensa. Ya muy borracho, le dije: “Es una lástima que usted ande tan mal poéticamente”. Él preguntó, ofendido: “¡Cómo, insolente, quién es usted y con qué derecho me dice tal cosa!” Respondí: “Con el derecho de haberlo leído durante años y con la tristeza de encontrarlo ahora cantándole a Stalin”. “Es usted un canalla”, dijo, “yo nunca hice loas a Stalin.” Le recordé los versos a que me refería. “Ah sí, esas cosas; pero además usted qué derecho tiene a decirme nada.” “Ninguno, sólo el de un admirador frustrado que se entristece porque usted tome otras líneas.” “Pues estaría bien, pero además tendría usted que demostrarme si tiene algún sentido de lo que es la poesía. ¿Trae un poema suyo?” “No, pero me sé de memoria algunos pedacitos.”

Al acabar, me dijo: “Tú eres mi hermano, dame un abrazo”. Le caí en gracia.

Él escribió sobre mi trabajo, diciendo que mi poesía era como un árbol caído en medio del camino, y que la elogiaba no de forma circunstancial sino definitiva. El poema que le dije aquella noche en fragmento no tenía título; Pablo mismo lo bautizó: “Protalamio”. Me dijo: “Es tan claro el neologismo que tú verás: pro, por; talamio, tálamo, ¿para qué se usa? Tú lo que estás queriendo es acostarte con esa mujer”.

Y así era. El poema alude a una etapa de mi vida en que estaba de guardián en la frontera. Ahí, recuerdo, al mismo tiempo construían un puente; a cada golpe de martillo contra los pilotes, mi casita se levantaba. Eran verdaderos temblores. Todo el día pasaban los vehículos: era un vértigo constante. Los turistas me hablaban en inglés; y yo, que no conozco ese idioma, no hacía sino dos o tres preguntas, siempre las mismas (What is your name?, Where are you going?), para llenar el formulario sin otra posibilidad de establecer pláticas. No tenía amigos, estaba aislado por completo en la frontera.

Y en medio de ese exilio extrañísimo y vociferante vinieron a caer nostalgias y reclamos que me sacudían quizá más que los saltos del puente a todas horas:

Sobre el polvo y la larga odisea inevitable…

* La invención de sí mismo, memorias del editor de la revista América, es un libro editado por Alejandro Toledo y Daniel González Dueñas que en breve publicará Conaculta en la colección Memorias Mexicanas. En 1987, este libro obtuvo el Premio Nacional de Biografía otorgado por el Instituto Nacional de Bellas Artes en colaboración con la Universidad Autónoma de Colima. En él, Marco Antonio Millán (Morelia, 1913-Cancún, 1999) habla de su vida y experiencias profesionales, de sus amigos y colaboradores. Porfirio Barba Jacob, José Revueltas, Efrén Hernández, Benita Galeana son algunos de los personajes que aparecen en el recuerdo de Millán, poeta y editor durante más de treinta años de una revista donde publicaron sus primeros textos escritores como Rosario Castellanos, Luisa Josefina Hernández, Jaime Sabines y Juan Rulfo.

Las nubes, Octavio Paz, Sartre y Savater

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Esto sucedió en Chicago, en la inauguración del Instituto Cervantes. Cuenta Febronio Zatarain que el evento de apertura fue una conferencia sobre la actualidad de El Quijote. Los ponentes fueron Joaquín Garrido, Francisco Moreno y Fernando Savater. Cuando le toca el turno de su exposición a Savater, pasa lo siguiente:

"Savater aseveró que El Quijote era tan vigente que se podía utilizar como un instrumento para intentar comprender el mundo actual. Esa afirmación me hizo alzar las cejas y asentir. Posteriormente Savater señaló que él no era el postulador de esa tesis, sino Borges, quien la desarrolló en su cuento “Pierre Menard, autor de El Quijote.” Yo acababa de leer el libro de Ficciones y todo lo que señalaba Savater era muy similar a lo que yo había meditado; era como si me estuviera leyendo la mente: ... El Quijote, de Cervantes, sirve para dar una explicación del mundo social creado hasta el primer cuarto del siglo XVII, en cambio el de Pierre Menard nos da herramientas para examinar al hombre y a las sociedades que están en el umbral del siglo XXI. A la hora de la recepción, mientras hacía cola con mi amigo Rodrigo para servirnos un Rioja, empezaron a poner en una amplísima mesa una gran variedad de viandas: aceitunas aliñadas, jamón ibérico, ternera asada, queso de cabra, brochetas de pollo, gambas al ajillo, mejillones a la marinera, pulpo, calamares, morcilla, chorizo y muchas otras delicias de la cocina española.

Después de servirnos el tinto, agarramos cada quien un plato y lo colmamos de bocadillos. Nos entreteníamos viendo las obras de un pintor que se apellidaba Montalvo, cuando Savater se nos acercó y me dijo: “Por un momento sentí que tú eras la única persona que entendía lo que yo estaba diciendo y que vine a Chicago sólo para decirte estas cosas a ti.” Una mujer lo interrumpió y se lo llevó para presentarlo con algunos de los cónsules latinoamericanos que habían asistido al evento. “¿Qué le diste?”, me preguntó Rodrigo. “Nada, solamente estuve asintiendo lo que decía en su ponencia; todo me pareció genial. Yo la verdad perdí el hilo desde que mencionó al Quijote de Menard. Sí, es que si no has leído el cuento de Borges es imposible entender lo que dijo, ¿quieres más vino?”. Regresaba con las copas ya servidas cuando Savater, con una seña, me dio a entender que lo esperara. La seña era innecesaria, pues luego de ese halago, de los bocadillos y del buen vino que estaban sirviendo era imposible que yo pensara en irme de allí. Rodrigo me preguntó que cuánto tiempo más me quería quedar, le dije que no sabía, que tenía que esperar a Savater. “Yo me voy después de esta copa”, me dijo.

Rodrigo acababa de irse cuando regresó Savater con un rostro que reflejaba molestia. “Ese cónsul de México me tiene harto –dijo moviendo su mano izquierda en la que traía un pedazo de morcilla–, piensa que su partido es el más maduro y democrático del mundo; incluso aseguró que a Felipe González lo habían capacitado en el PRI a principios de '79”. El cónsul se llamaba Heriberto Galindo y era famoso porque nunca dejaba hablar a sus interlocutores; se decía que había interrumpido hasta al mismísimo alcalde Richard Daley para echarse sus peroratas. “Cuando me pongo así –continuó Savater–, soy como Buñuel, oye, ¿no hay de casualidad alguna cantina mexicana por aquí?” “Conozco varias.” “Espérame en los ascensores y a la primera oportunidad me escabullo.” Ya en el elevador me preguntó que de dónde era. “De México”, le respondí. “¿Y por qué te viniste tan al norte?” “Es que estoy haciendo un doctorado en Historia, pero la lejanía y la nostalgia me han acercado a la literatura.”

Después se quedó callado y observó un monitor que se encontraba en una de las esquinas superiores del ascensor; en éste aparecían las noticias más importantes del día, también comerciales sucesivos de bancos, de automóviles, de agencias de viajes, y además se mostraban cifras sobre la bolsa de valores, el estado del tiempo y la hora. Eran las 7:53. Subimos al taxi y Savater seguía sin hablar; los años me habían enseñado que cuando el maestro calla hay que secundarlo. No lo sacó de su mudez la gente bella y cosmopolita de diferentes colores que iba y venía por las aceras de la avenida Michigan con sus bolsas de Marshall Fields, Banana Republic y Macy's; tampoco dijo nada cuando pasamos por encima del río y vimos cómo se iba ensanchando hasta que se confundía con el lago; ni siquiera la majestuosidad del edificio Sears, que se podía apreciar a plenitud desde la avenida Roosevelt, lo hizo salir de su mutismo; no fue sino hasta que dimos vuelta en la calle Blue Island que preguntó: “¿Qué pasó por aquí?” “Un correcaminos, señor.” Y echándome una mirada pícara me dijo: “Muy buena.”

Luego apuntó hacia el lado izquierdo donde se encontraba una serie de edificios de colores grises y opacos. Son parte de los proyectos habitacionales que el gobierno construyó a fines de los cuarenta y principios de los cincuenta, y yo creo que desde entonces no les han hecho ningún arreglo notable. Parecen jaulas. Lo mismo pensé yo cuando recién llegué; alguien me dijo que ponen las mallas de alambre en los balcones para evitar asesinatos, suicidios y accidentes. A nuestro lado izquierdo había una vinatería y sentados en la banqueta convivían varios negros y negras, algunos con sus grandes botellas de cerveza de malta metidas en una bolsa de papel y otros con una botella de una pinta de algún licor fuerte y barato. El taxi cruzó el paso a desnivel que marca la entrada a Pilsen; entre las primeras casas había una que estaba desmoronándose, en ella había un letrero en el que todavía se alcanzaba a leer: somos un pueblo sin fronteras. El semáforo se puso en rojo. Apenas atardecía.

A lo lejos se divisaban unas nubes que se distanciaban del rosado para internarse en el púrpura. Más acá, en la esquina derecha del otro lado de la Calle Dieciocho, estaba la cabina de Radio Arte a través de cuyos ventanales se podía ver a una joven que llevaba puestos unos audífonos y hablaba frente a un micrófono. Del lado izquierdo estaba la Biblioteca Rudy Lozano, y en la parada del camión de la ruta 60 había tres jóvenes de botas y sombrero, vestidos impecablemente como para irse a bailar quebradita. Apareció la luz verde. De la Casa del Pueblo salía una señora con el carrito de supermercado repleto y con sus tres hijos siguiéndola. Dejamos atrás el estacionamiento y el restaurante del súper, luego el Azteca Tacos, El Nopal Bakery... Yo sabía de los Ángeles, de Albuquerque, de San Antonio, pero nunca me imaginé que también en Chicago. El taxi se paró frente al Tito's Hacienda, del que ya empezaban a salir los primeros borrachos. Cruzamos la taquería que está a la mera entrada y nos acomodamos en los dos primeros taburetes que encontramos disponibles en la barra.

Savater pidió un tequila Cazadores y yo pedí una cerveza Bohemia. Mientras brindábamos se oía una canción que decía: “Tú sabes que soy parejo, ya te lo dije una vez.” La melodía me hizo recordar una escena que Savater narra en su novela El dialecto de la vida, y se la traje a su memoria. Él había ido a la UNAM a dar unas charlas sobre el pensamiento alemán del siglo XIX y un día los maestros de la Facultad de Filosofía y Letras se lo llevaron al Tenampa, en la Plaza Garibaldi. Allí, mientras todos los filósofos ahondaban en las ideas de Nietzsche y Schopenhauer, de la vitrola que estaba al fondo salía la voz de José Alfredo Jiménez, “estoy en el rincón de una cantina, oyendo la canción que yo pedí...”, Savater se asombró de la sordera de sus acompañantes; ellos se obstinaban en hablar del concepto de voluntad en la filosofía alemana y no se percataban de que su contorno se estaba impregnando de poesía, porque, con perdón de Octavio Paz, acotaba Savater en su libro, José Alfredo era el mejor poeta de México.

Le pregunté que si ésa no era una afirmación muy atrevida. “Quizá pero no es mía –me dijo–, a principios de la década de los cincuenta, cuando Octavio Paz estaba de agregado cultural en París, un día recibió una llamada que lo llenó de alegría y de orgullo; Jean Paul Sartre, el pensador más controversial de la época, quería platicar con él; quedaron de verse al día siguiente en casa de Sartre.” “Pero ¿dónde leíste esto?”, le pregunté. “El propio Paz me lo contó; bueno, éste se llevó en su portafolio su Laberinto de la soledad recién editado y un ciento de poemas que iban a formar parte de su Libertad bajo palabra, título que se le ocurrió en ese instante como un homenaje al gran pensador francés; el mismo Sartre le abrió la puerta, el filósofo llevaba puesta una bata que cubría casi todo su pijama y calzaba pantuflas; lo pasó a la sala, le sirvió café y sin más protocolo le dijo que lo había mandado llamar porque tenía interés en obtener la obra completa de un compositor de música popular mexicana llamado José Alfredo Jiménez; le extendió un álbum que Simone de Beauvoir le había mandado de México, ella llevaba más de dos meses viajando por ese país con un escritor que había conocido hacía unos años aquí en Chicago, Nelson Algren; Simone, que por cierto Sartre cuando se refería a ella la llamaba El Castor, le escribía casi todos los días y en una de sus cartas le había dicho que en ese álbum, muy de moda en México, había varias canciones que la remitían a él, sobre todo la que decía: ‘por la lejana montaña va cabalgando un jinete'; Octavio Paz se quedó perplejo, no sabía nada de ese tal José Alfredo; Sartre, para ver si se le refrescaba la memoria, puso una de las piezas en el tocadiscos.

Se empezó a escuchar el mariachi y conforme iba surgiendo la voz del cantante, de Sartre salía un eco ronco con acento francés; por un instante Paz pensó que estaba soñando, que estaba dentro de una historia surrealista; Sartre, sin dejar de cantar, se levantó y empezó a caminar muy lentamente, llegó a la chimenea, puso sus manos sobre la cornisa y le salió una voz que parecía venir de lo más hondo del filósofo: ‘vámonos, donde nadie nos juzgue, donde nadie nos diga que hacemos mal, vámonos, alejados del mundo, donde no haya justicia ni leyes ni nada... '; Sartre, el escritor que no había leído a San Juan de la Cruz ni a Góngora ni a Lope de Vega ni a Quevedo, que no sabía de una poeta llamada Sor Juana ni de un intelectual prolífico llamado Alfonso Reyes, ahora se desgañitaba con los versos ni siquiera medianos de un tal José Alfredo..., Sartre seguía cantando con su rostro alzado y sus ojos completamente extraviados; Paz optó por abandonar el recinto sin despedirse, no quería sacar al anfitrión de su trance.

Una semana más tarde pasó por la embajada Carlos Fuentes, éste le habló de un proyecto de novela sobre el siglo XX mexicano narrado en primera, segunda y tercera persona; la única recomendación que Paz le dio fue que le pusiera como epígrafe algún verso de un cantante popular llamado José Alfredo Jiménez.” Todo esto me contaba Savater cuando de repente a una persona que estaba a tres taburetes de nosotros le metieron un puñetazo en la mejilla izquierda, el hombre se tambaleó un poco, pero luego reaccionó y le respondió a su contrincante con un golpe en la nariz y otro en el estómago, se trabaron y cayeron al piso, las cantineras se volcaron sobre ellos y lograron separarlos. “¿Por qué le pegaste?”, preguntó una de las cantineras al agresor mientras le limpiaba la sangre del rostro. “Porque me miró feo.” “Él así mira güey.” Al ver la sangre me puse más nervioso y le pregunté a Savater si se quería ir. En vez de responder buscó a una cantinera que ya se había acomodado atrás de la barra y le pidió otro Cazadores y otra Bohemia, luego volteó a verme y me regaló una sonrisa que le achicaba los ojos y dejaba al desnudo sus encías".

La Jornada.

Los zapatos y los escritores

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Me ha llamado la atención una nota en "Laberinto" de Milenio, es de Héctor de Mauleón y se titula Zapatos. Tal vez porque tengo una especie de fijación con los zapatos y las uñas, me explico: si alguien trae los zapatos sucios, o las uñas de igual forma, me ocasiona mucho desencanto. No me fijo si son finos o no (ni se, además), si son verdes o amarillos, si son de mujer o de hombre, altos, bajos o tenis, eso me interesa absolutamente nada. Lo que me importa es si están limpios y si son como estos zapatos pues con más razón, miren:

La ciudad requiere de un intérprete que la descifre. En el siglo XIX, Guillermo Prieto fijó las herramientas con las que el cronista debe realizar ese trabajo: un par de zapatos gastados por la curiosidad. En la primera crónica urbana, escrita en 1554 por Francisco Cervantes Salazar, los personajes que describen las maravillas de la capital de la Nueva España no usan, sin embargo, los zapatos: cabalgan por Tacuba, la Plaza Mayor y la actual Pino Suárez, admirando la arquitectura y el recto trazo de las calles.

Muchos años después, a principios del siglo pasado, Ángel de Campo se convirtió en el primer cronista que narró la ciudad desde el volante de un auto (un cupé de medio uso que destrozó al quinto día). Entre ambos hechos, los cronistas de la urbe tuvieron que gastar varios pares de zapatos.

Imagino los del incansable Manuel Payno, quien, buscando “asuntos” para sus artículos de El Siglo Diez y Nueve, se paseaba un día en la boca de los Portales, y al otro se le veía en las huertas de la Tlaxpana o San Ángel, o en los escarpados cerros de El Cabrío. Aquellos zapatos debieron bostezar por tanto uso.

Su contraparte: el calzado finísimo con que Manuel Gutiérrez Nájera, el dandi de los salones porfirianos, “boulevardeaba” tarde con tarde en la calle de Plateros. “El Duque Job” murió dos semanas antes de que el primer automóvil entrara en la Ciudad de México, pero había descubierto que era posible escribir crónicas extraordinarias desde la ventanilla de un tranvía. No tenía que trasladarse a El Cabrío para encontrar “asuntos”: le bastaba caminar unos minutos por Plateros. Una vez prometió una crónica que no escribió. Su tema eran los zapatos:

“Dime cómo calzas y te diré quién eres —le dijo “El Duque Job” a Ángel de Campo—. Vamos a estudiar zapatos y verá usted qué cierto es eso. Aquella señora es coqueta: usa bota de cuarenta botones y quiere que lo sepan; ésta que camina lentamente debe ser esposa de un comisario de juzgado, trae los de su marido con tacones cortados a bisel; mire usted el último grado de la despreocupación, del egoísmo, del nada se me da: las babuchas de esa beata: esas señoras entran al Paraíso por la puerta de los criados y deben hacer un alto en... ¿hay Leteo allá arriba? [...] Aquí viene otra: advenediza, y usa un calzado irreprochable como forma, pero no sabe manejarlo, ignora que no se camina lo mismo con charol que con raso turco... He aquí una excelente esposa para un escritor: esos botines deben de ser muy viejos, pero con cuánto amor están embetunados; o sucia o hipócrita o mal formada la que se baja del coche: prefiere enseñar el cuello y partes alícuotas, a mostrar la punta de los choclos...”.

Al cronista de la modernidad, Salvador Novo, sus padres le compraron en una tienda de Madero un par de zapatos blancos. Novo tenía 12 años, acababa de llegar de Torreón y, según confiesa, se había aficionado a conocer “más íntima y menos literariamente” la Ciudad de México. Con esos zapatos conoció instituciones tan importantes como el Bosque de Chapultepec, la pastelería El Globo, el Sanborns y La Alameda. Con ellos subió las escaleras eléctricas de El Salón Rojo y se miró en los espejos deformantes que había en el lobby. Como quería Prieto, debió mancharlos con muchísimo polvo. Tres décadas después, escribió la crónica mayor de esta ciudad: Nueva grandeza mexicana. Me resulta extraño hallar ahora una foto de ese tiempo: Novo ejerce unos zapatos (negros) a lo largo de San Juan de Letrán (la imagen de la calle es de aquellos tiempos). ¿Será que los que vemos colgar en los cables de energía eléctrica son las verdaderas llaves de la ciudad?

Y hablando de zapatos, el zapatazo a Bush inspira una muestra de arte en Egipto. "Shoes es el título de la exposición en la que participan una veintena de artistas egipcios con obras realizadas para la ocasión o previamente.

"De guapos de tiempos idos"

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Da gusto leer estas anécdotas:

"Carlos Fuentes recita a Dickens, Gabriel García Márquez recuerda un bolero en una conversación que se prolonga hasta el amanecer en una noche de amistad y literatura, una noche que sobrevive a los años.

Una noche de hace tiempo en casa de José María Pérez Gay en la colonia Roma de la ciudad de México la conversación en espiral alrededor de la mesa de la cena se prolongaba en busca del amanecer, (en todos los labios había risas, inspiración en todos los cerebros) y ahora Fuentes sostenía que los libros verdaderos de cabecera son aquellos de los que uno puede recitar la primera línea, y yo me acordé de que vine a Comala porque me dijeron que aquí vivía mi padre, un tal Pedro Páramo, y me atajó Héctor Aguilar Camín: porque acá, no aquí, vivía mi padre,

y entonces Fuentes citó con el aplomo de sir Lawrence Olivier en las tablas del Old Vic, It was the best of times, it was the worst of times, it was the age of wisdom, it was the age of foolishness, y siguió adelante con todo el párrafo inicial de Historia de dos ciudades, aquel libro donde las parcas revolucionarias, hediondas a vino, tejen el destino de los decapitados por la reluciente guillotina, la cabeza que cae en la canasta, y luego con toda la página, a ver quién se le atravesaba con Dickens,

antes que me hubiera apasionado por mujer alguna, jugué mi corazón al azar y me lo ganó la violencia, se oyó recitar a Gabo, y un coro respondió: La Vorágine, José Eustasio Rivera,

y Gabo, con su voz bien acentuada de crupier de feria que reparte los números de la lotería, agregó que mejor memoria había que tener para la letra de los boleros, y con precisión ahora de relojero suizo que no equivoca ni bielas ni contrapesos melódicos entonó Tú, que llenas todo de alegría y juventud y ves fantasmas en la noche de tras luz, vete de mí (video del bolero), y miró a todos desafiante en busca de alguien que adivinara el nombre del compositor, pero calló el coro,

los compositores, dijo Fuentes, porque son dos, Homero y Virgilio Espósito,

y Álvaro Mutis, su mano que alisaba la melena blanca, y que siempre hablaba de guapos de tiempos idos, te acordás, Carlos, que cuando te presenté a Gabito que acababa de llegar desde Nueva York con Mercedes, bien apaleados en un tren cogido en Nuevo Laredo, de aquellos mismos viejos trenes del norte que en tiempos de Pancho Villa jadeaban cargados de soldados y soldaderas, me dijiste: me parece raro este tipo, y estalló Álvaro en carcajadas capaces de espantar el sueño de los vecinos de los otros pisos en la alta madrugada, y que de aquel barrio quieto iban a interrumpir el imponente y profundo silencio,

y Chema, al que yo recordaba de pelo largo hasta los hombros en nuestros días de Berlín, citó otra vez a Heimito von Doderer, y entonces Álvaro, llamando cariñosamente Jaimito a Heimito, expresó con otra carcajada la opinión de que se necesitaba el aliento de un atleta de pentatlón para subir Las escaleras de Strudlhof, la novela más célebre y más ardua de Jaimito,

y preguntó Fuentes cómo Álvaro y yo nos habíamos conocido, y fue que Álvaro me visitó en Managua en los años de la revolución para cobrar al gobierno en nombre de la Paramount, de la que era agente, la deuda por unas películas pasadas por el Sistema Sandinista de Televisión, le dije simplemente que no teníamos dólares, no había dólares ni para las medicinas, no se preocupó, y más bien terminamos hablando de la zarina Alexandra Fiódorovna, presa en la fortaleza de Ekaterimburgo y ejecutada por los bolcheviques con su esposo el zar Nikolái Aleksándrovich y toda su familia, drama que Álvaro contaba con sentimiento de poeta, porque era monárquico confeso, y de esa plática salió convertido en un confeso monárquico sandinista,

y me preguntó Álvaro con vozarrón de ventarrón cómo había conocido yo a Fuentes, y conté que lo conocí, pero no nos conocimos, en el año de 1971.

Cómo es eso, preguntó Gabo, alzando las espesas cejas de matorral.

Fue que en Viena asistí al estreno de Todos los gatos son pardos con María Casares en el escenario.

No, el estreno de El tuerto es rey, terció Fuentes.

Bueno, lo que sea, Fuentes estaba en un palco lateral cercano al escenario con sus padres, ellos sentados y él de pie, los brazos cruzados en el pecho, repitiendo los parlamentos con movimientos de los labios como si fuera el director de escena o al menos el apuntador, en el palco había también una mujer muy bella, una aparición o un falso recuerdo,

y abajo en la platea yo me hallaba sentado al lado de Carlos Monsiváis, veníamos los dos de un congreso de juventudes en Salzburgo donde conocimos a Don Helder Cámara y a Bruno Kreisky, y Monsiváis me prometió una entrevista al día siguiente con Fuentes pero nada se pudo y luego se fueron los dos a Venecia a presenciar la filmación que hacía Luchino Visconti de Muerte en Venecia, ya se sabe, con aquel Dirk Bogarde bajo el sol de la playa del Lido maquillado por el barbero, en sus ojos la última visión del bello ángel de la muerte que era Bjorn Andresen en el papel de Tadzio,

pero quién iba a decirlo, pasarían años, hasta los años de la revolución, cuando por fin nos encontramos en Managua, la historia de una amistad mucho más vieja que la que marca un primer encuentro porque la verdad es que nos conocimos en 1963, o en 1964, a mis veinte años, cuando yo iba las primeras veces a México desde Managua como un ruso de las estepas llega a Petersburgo con los ojos abiertos de asombro en una novela de Gógol, y tras bajar las escaleras de la librería "El Sótano" cercana al Caballito, entre Juárez y Reforma, donde los libros se exhibían sobre tablas sin cepillar como en una feria de remate, me hallé con el breve tomo de Aura publicado por la editorial ERA, que leí esa noche en mi habitación del hotel Regis, uno que derribó el terremoto de 1985, desvelado y deslumbrado, y salí al día siguiente en busca del número 815 de la calle Donceles, un patio muy oscuro, unas escaleras ruinosas, una dirección que no existía, como un día busqué en Buenos Aires el número 8 de la calle Corrientes, segundo piso, ascensor, que tampoco existía,

y propuso Fuentes de pronto a los de la mesa que cada quien dijera cuál era su poema preferido de Rubén Darío, y Gabo, que estaba con la barba en la mano meditabundo, dijo que el poema más grande que se había escrito en lengua castellana era Lo fatal, y entonces yo recité Y la carne que tienta con sus verdes racimos, y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos, y Gabo me corrigió: con sus frescos racimos, y hubo una discusión de si eran frescos o verdes racimos, y fue Chema a la biblioteca por el libro correspondiente y Gabo tenía razón, frescos racimos, y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos y no saber adónde vamos, ni de dónde venimos,

y me miró Héctor con desconsuelo, un nicaragüense no debería nunca equivocarse al citar a Rubén Darío, si lo aprenden desde que van a la escuela de párvulos, y yo dije entonces que no sólo los escolares, también recitan a Rubén Darío en las cantinas, y le atribuyen poesías ajenas, de manera que los bohemios piensan que El brindis del bohemio, que tanto le gusta a Carlos Monsiváis, por mi madre, bohemios, era obra de Rubén Darío,

pero quien verdaderamente lo escribió es Guillermo Aguirre y Fierro, que nació en San Luis Potosí, y ese poema pertenece a su libro Sonrisas y lágrimas, año 1942, dijo Fuentes,

no, dijo Gabo, nació en El Paso, Texas, en 1915,

pero esa discusión quedó allí,

y yo dije que esos bohemios nicaragüenses empedernidos también pensaban, orgullosos de ser colegas de Rubén Darío en la disipación y el vicio, que era suyo aquel otro poema sobre guapos que igual recitan los declamadores,

conversaban unos criollos de guapos de tiempos idos, ayer hombres, hoy leyendas con temblor de aparecidos,

parece de Borges, dijo Gabo,

pero es de Luis Escagria, dijo Fuentes, un poema gaucho,

quién más en el mundo sabe quién escribió El brindis del bohemio, quién más conoce a un poeta que se llama Luis Escagria, carajo, dijo Álvaro, y tras dejar estallar su carcajada hizo mutis por el foro para acostarse en un sofá, como siempre lo hacía,

y los últimos ecos de las risas se escapaban, simbolizando al resolverse en nada la vida de los sueños.

Y ya clareaba el día".

Sergio Ramírez (Managua, 1942) es novelista. Ganador del Premio Alfaguara con Margarita, está linda la mar, publicará el 4 de marzo El ciello llora por ti.
El país, 17.1.09

Nota: He añadido el bolero que comenta Gabo, "Vete de mi". Los saltos de página son fieles
al original.

Italia en la Feria Internacional del Libro

Posted by Magda Díaz Morales in

Que pena que el gobierno y las casas editoras de Italia, hayan tenido esta actitud que comenta Hugo Gutiérrez Vega en La sombra de Italia en la Fil. Pero como dice el poeta al final: Allá ellos y su Berlusconi:

"Italia (su gobierno y sus casas editoras) no tomaron muy en serio la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Seguramente pensaron que no era un negocio atractivo y este argumento, en la Italia del mercachifle Berlusconi, está por encima de todos los proyectos de difusión de la cultura académica y artística. A todos los que amamos a la hermosa Italia y pensamos en sus grandes escritores, nos dolió mucho el desacierto de las medidas tomadas por las instituciones culturales italianas y nos dio pena pasar por un estante absurdo construído para salir del paso.

Las exposiciones, la música y la conferencias y mesas redondas siguieron el mismo tenor, y los escritores visitantes pertenecían en la tercera división de la literatura italiana y, algunos de ellos, a lo que en México llamaríamos “la liga de los barrios”. En fin, Berlusconi sólo habla de dinero y de negocios. Qué demonios le importaba una feria que no iba a producirle divisas. El embajador de Italia llegó tarde a la ceremonia de apertura y se fue de inmediato. Toda la pena cayó sobre los hombros del agregado cultural, hombre entusiasta y culto que hizo todo lo posible por que la presencia italiana fuera significativa.

La Universidad de Guadalajara publicó una antología de más de doscientos escritores italianos apresuradamente traducida y Difusión Cultural de la UNAM, gracias a la inteligencia y al entusiasmo de Rosa Beltrán, publicó dos antologías del cuento italiano y encargó una de ellas al excelente italianólogo Guillermo Fernández.

En una de esas antologías aparece uno de los mejores cuentos del Siglo XX, “El saco embrujado”, de Dino Buzzati. Se trata de un texto que puede ser considerado como ejemplar en materia de estructura narrativa. Tiene que leerse de un tirón para gozar las aventuras de un personaje que, en realidad, es menos importante que el saco productor incansable de billetes de diez mil liras de dudosa procedencia. Gogol anda detrás de esta inteligente fabulación, pero la fuerza de Buzzati, el genial autor de El desierto de los tártaros, está por encima de cualquier influencia y muestra una apabullante originalidad.

El príncipe de Lampedusa es el autor de otro cuento formidable, “La sirena.” En este hermoso texto la realidad y la fantasía se unen en las playas sicilianas y en la biblioteca de un viejo y ameritado profesor. Lampedusa nos obliga, con su habilidad retórica, a aceptar la existencia de la sirena que, a lo largo de la última parte de la historia, se vuelve más real que los libros y la torrencial erudición del profesor. La primera persona de la narración, el joven Corbera, es un alelado testigo de los acontecimientos mágicos. Su ingenuidad ayuda a que las hechos sean vistos como algo natural y cotidiano. Semejante habilidad narrativa sólo se encuentra en algunos momentos de Il gatopardo, la novela emblemática del príncipe siciliano.

Grazia Deledda, premio Nobel e injustamente olvidada; Massimo Bontempelli, el iniciador del nuevo cuento italiano; Italo Svevo, el triestino que se inventó al entrañable y lamentable Zeno; Eugenio Montale, el gran poeta que a veces incursionó en el terreno del cuento; el maestro Pirandello que es, a la vez, escritor y uno de sus personajes; el romano por excelencia, Alberto Moravia; la inteligentisima Elsa Morante y Curzio Malaparte, el autor de La piel y de Kaput, novelas esenciales para mi generación, son algunos de los antologados por Guillermo Fernández y por Guadalupe Alonso Coratella. Estos dos libros son la mejor aportación a una Feria que los italianos no tomaron en serio. Allá ellos y su Berlusconi".

Edgar Allan Poe

Posted by Magda Díaz Morales in

El próximo día 19 se cumplen 200 años del nacimiento de Edgar Allan Poe. ¿Recuerdan "El corazón delator"?

El perfecto cuentista moderno
Marcos Mayer
Revista ñ
17.1.09

Bien arriba, casi en el centro de la tapa de Sargent Pepper's Heart Club Band de los Beatles, aparece recortado el rostro de Edgar Allan Poe. Puede decirse ahora, cuando se cumplen 200 años de su nacimiento el 19 de enero, que tal vez esta haya sido una de sus últimas apariciones visibles. No se lo va a encontrar hoy mencionado como influencia por ningún autor, sus relatos ya no se adaptan al cine, no sirve ya con frecuencia de inspiración flagrante para experimentos musicales como Tales of mistery and imagination, de Alan Parsons, el disco que le dedicó Lou Reed o las partituras de Philip Glass a partir de su obra. Esta ausencia nada tiene que ver con el olvido, sino con la obviedad. Nadie que escriba hoy un cuento –aunque no sea fantástico ni policial– puede prescindir de la economía del relato teorizada y llevada a la práctica por Poe. Quien piense en un detective convive obligadamente con el fantasma de Auguste Dupin, primera personificación del investigador privado, quien recorre las calles de París tratando de encontrar las pistas de misterios aparentemente insolubles. Para decirlo de otro modo, Poe fue un gran inventor y el hecho de que hoy no se lo mencione con la reverencia con que se alude a otros inventores como Shakespeare, Homero, Balzac o Kafka, tiene que ver con cuestiones patrióticas en las que la fácil disposición francesa a construir sus propias fascinaciones ha jugado su parte. Ya llegaremos a eso, a la leyenda, de la cual Poe, si es cómplice, probablemente lo sea muy a su pesar.

Todo es cuerpo

Las invenciones de Poe son parte de un momento de crisis o, si se quiere, de cambio de sistemas de percepción. Lo que algunos llaman modernidad y que vivió su fiesta sobre todo en la primera mitad del siglo XIX. Poe trabajó, pese a incursionar en el cuento extraño, siempre a partir de lo concreto, algo que fue una marca de época a partir de la instauración de la sociedad industrial y de la ciencia como forma de conocimiento excluyente. Y sus dos grandes invenciones son una puesta en términos de literatura de las grandes convicciones de la ciencia. A tal punto participaba de esto, que muchos de sus contemporáneos consideraron que "El extraño caso del señor Valdemar" era en verdad un informe sobre algo efectivamente ocurrido. No sólo porque el texto está escrito como si fuera un protocolo médico, sino porque hace concreta y visible la entidad espiritual por excelencia, el alma. El desdichado Valdemar sigue en plenitud de sus facultades mentales, precisamente porque Poe no acepta, al igual que como sucedía con su época, que algo que no fuera visible tuviera derecho a la existencia. Esto también fue parte de su tormento.

Pero no es la única forma en que aparece esta convicción de que el mundo se ha convertido en un espacio completamente inteligible. Poe usa un procedimiento –que luego sería retomado con singular eficacia por Flaubert– que es algo que podríamos llamar la corporización de los sentimientos. "El gato negro" o "El corazón delator", para nombrar algunos de los cuentos más conocidos, arman una pesadilla donde la culpa o la obsesión tienen una expresión concreta –el maullido del gato, en un caso, el latido del corazón del anciano asesinado, en el otro– y se vuelven contra aquel que los siente. Vemos u oímos los sentimientos –si puede decírselo de este modo, están allí–, algo que explicaría la peculiar minuciosidad de Poe para describir los escenarios de sus relatos.

Es lo que ocurre también en ese prodigio de construcción narrativa que es "William Wilson" donde Poe bordea todo el tiempo la alegoría –es decir, la idea de que el segundo William Wilson sea en realidad la conciencia del primero (otra corporización)– para terminar armando una especie de duelo constante, de enfrentamiento inevitable entre ambos homónimos, donde nunca puede saberse con certeza cuál es la verdadera realidad. Algo similar ocurre en otro de sus cuentos célebres, "La máscara de la muerte roja", donde la peste adquiere cuerpo, se hace visible a través del personaje de la imagen que invade el baile decadente del príncipe Próspero.

Puede notarse cuán constante es en Poe el tema de los disfraces o las falsas apariencias. La identidad ajena es algo tan inestable como inaccesible y eso incluye a la propia. Somos inesperados para nosotros mismos. Esos "desquiciados" al borde de la muerte que cuentan las peripecias de "El gato negro", "El corazón delator" y "El demonio de la perversidad" se ven a sí mismos de una manera y actúan de otra muy diferente, muchas veces contrapuesta. Ellos se han redimido a través del relato de sus maldades en el mismo momento en que la sociedad los ha condenado. Ese desajuste angustioso entre lo que creemos ser y lo que somos, entre cómo nos vemos y cómo nos ven los demás es otro de los descubrimientos de Poe por debajo de esa ciencia que cree que todo está al alcance de la vista.

La modernidad nostalgiosa

Al inventar ese eficacísimo artefacto que es el cuento moderno, Poe realiza un gesto que es a un mismo tiempo moderno y conservador, en más de un sentido. Sus personajes no trágicos, como los asesinos de "El corazón delator", o de "El gato negro" son seres mediocres, atravesados por pasiones y vicios que no terminan de entender y que los superan hasta llevarlos al crimen. Las verdaderas tragedias, las grandes pérdidas, los roces solemnes con la muerte ocurren en espacios aristocráticos, donde los protagonistas añoran un amor o una gloria pasada como ocurre en "La caída de la casa Usher". Esto para no hablar de las evidentes marcas racistas que aparecen en la construcción del personaje de Júpiter (se podría intentar una asociación entre el color negro y los dioses olímpicos, si se tiene en cuenta que el gato negro se llamaba Plutón) en "El escarabajo de oro". Un nombre que no deja de tener un matiz irónico pues se aplica a un ex esclavo, cuyo mayor mérito es mantener la fidelidad a su amo, es decir alguien carente de todo poder y –refuerza Poe su retrato negativo– de toda inteligencia. A esto habría que sumar la oposición blanco-negro que recorre su única novela, Las aventuras de Arthur Gordon Pym. Si se sigue la lista de aquellos que han inventado algo en tiempos de crisis, siempre aparece la mirada retrospectiva, la no adhesión simple y feliz al presente para refutar así al pasado.

Veamos su forma de legislar en torno del cuento: "Si algo hay evidente es que un plan cualquiera que sea digno de este nombre ha de haber sido trazado con vistas al desenlace antes que la pluma ataque el papel. Sólo si se tiene continuamente presente la idea del desenlace podemos conferir a un plan su indispensable apariencia de lógica y de causalidad, procurando que todas las incidencias y en especial el tono general tienda a desarrollar la intención establecida". La cita pertenece a "Filosofíade la composición", texto en el que explica la forma en que concibió y escribió su poema más célebre, "El cuervo". Aunque la crítica posterior se ha mostrado incrédula acerca de la validez de la génesis del poema que propone Poe –y probablemente con razón– la cita desarrolla en un breve párrafo toda una ética y toda una estética de cómo debe armarse un relato. Poner el énfasis en el punto de desenlace y el efecto buscado implica toda una serie de cuestiones, entre ellas la de la relación autor-lector. Hay alguien que maneja los hilos y alguien que es llevado, sin darse cuenta al fin buscado por ese autor, dueño de todos los recursos y todas las significaciones.

Fiel a los tiempos de la revolución industrial, Poe arma una especie de fábrica de relatos y tiene la generosidad de hacer públicos los secretos de la fabricación. Sus seguidores más fieles, como Horacio Quiroga, dejaron no sólo señales de cuánto debían sus cuentos a los de Poe, sino también siguieron el ejemplo de dejar para la posteridad consejos sobre cómo escribir un buen relato, en el caso del autor de Cuentos de amor, de locura y de muerte, el Decálogo del perfecto cuentista, cuyo primer mandamiento dice: "Cree en un maestro –Poe, Maupassant, Kipling, Chejov– como en Dios mismo." Si vamos a creer en los postulados de esta fe, Poe de algún modo funda una religión (la del cuento), algo que va también a contramano de los mandatos de su tiempo.

Ahora, ¿qué sucede si se coincide con Robert Stevenson, para quien el final de "El pozo y el péndulo" era "una impostura, un audaz e imprudente escamoteo"? ¿O si se acuerda con los criptógrafos profesionales para quienes el enigma de "El escarabajo de oro" es de una simpleza flagrante y que puede resolverse sin complicaciones? ¿O, bien, si se comprueba que la escena de las pistas de los distintos idiomas que se escuchan en la puerta de la casa donde suceden los "Crímenes de la calle Morgue" es excesivamente artificiosa y que se le ven las marcas de confección? También podría postularse que "El enigma de Marie Roget" queda sin resolver. Y sin embargo la cosa funciona. Y, por ejemplo, permanece en la memoria de cualquier lector como una escena memorable, el diálogo en el que Auguste Dupin "adivina" el pensamiento de su interlocutor, mientras recorren las calles de París.

Para ver porqué funcionan los relatos de Poe, tal vez el mejor camino sea detenerse en la segunda etapa de su invención, la del detective. Porque ese gesto requiere de algunas invenciones menores, que si bien tienen antecedentes, requieren ser cambiadas de contexto. Una es la necesidad que descubre Poe de que no puede ser el propio detective quien cuente la historia de la investigación y que, una vez más, hay que adjudicarle un lugar al lector. El motivo que lo impulsa es que Dupin, contando todas las circunstancias de su investigación, resultaría insoportable, en definitiva un pedante. Desde la mirada de un narrador admirado aparece como aquel que maneja a la perfección el método lógico-deductivo, lo que lo habilita a resolver cualquier clase de enigmas. Por supuesto, su accionar espera también la admiración del lector, representado por el narrador.

Pero aquí aparece una dificultad adicional. Si Dupin aplica el método lógico-deductivo, el de la ciencia, es decir un método que es universal y está a disposición de todo el mundo, ¿cómo es que sólo él termina por resolver los enigmas? El propio Poe da la respuesta en un fragmento de "Los crímenes de la calle Morgue", cuando critica el accionar de la policía. Si se quiere, el detective de Poe sabe dónde mirar, y no hay mejor demostración de esto que la resolución del misterio de "La carta robada". Por otra parte, Dupin es un extravagante, vive leyendo, duerme de día, tapia las ventanas para que no entre la luz. Debe ser alguien, como define el propio Poe, que reúna las condiciones del matemático y las del poeta. Es decir que, para ser efectivo, el saber común sólo puede ser ejercido por alguien que es lo menos común posible y que funcione como alguien absolutamente desinteresado: después de la novela negra, suena hoy casi escandaloso que Dupin sostenga que lo único que le interesa es la verdad y no la justicia.

Con todas estas condiciones, Poe crea también a Sherlock Holmes –a pesar de la pobre consideración en que lo tenía Conan Doyle–, a Hercules Poirot o más cercano en el tiempo al Adam Dalgliesh de P.D. James. Pero también coloca al género policial en una peculiar situación que le evita caer en el idealismo: en el caso de los crímenes de la calle Morgue, el asesino es un orangután. Todas las deducciones de Dupin llevan inequívocamente a esta solución, pero debe inventarse un tour de force: el dueño del orangután rubrica con su relato de las circunstancias que el detective no se ha equivocado. Ahora, si el método es impecable, los pasos se han seguido adecuadamente, se han resuelto todas las pistas, ¿por qué no alcanza? La zona empírica sigue teniendo la última palabra. El recurso se repetirá hasta el hartazgo en otros autores en cuyos libros los criminales o confiesan o se incriminan con sus acciones.

Hubiera alcanzado con sentar las bases del cuento moderno y las reglas y la ética del policial para transformarse en una leyenda. Sin embargo, el Poe que ha quedado dibujado en la historia tiene en parte que ver con una biografía devastadora, con ciertos episodios bizarros de su vida y con el deseo de encontrar un héroe que desplegó el simbolismo francés como estrategia para combatir y formar parte de su sociedad.

La pista francesa

Hijo de una pareja de actores trashumantes, a corta edad pierde a su padre David, quien en realidad desaparece sin dejar rastro. Su mujer decide instalarse con sus tres hijos en el sur, donde muere cuando Edgar tenía apenas tres años. Huérfano, queda bajo la protección de la familia de John Allan, sin lograr nunca que el hombre lo reconociera como su hijo. La muerte inesperada a fines de 1842 de su esposa Victoria pone fin a su vida creativa y termina de hundirlo en el alcohol del que no lo salva un viaje a Nueva York donde es recibido por colegas, críticos y lectores como una celebridad. Allí comienza una carrera con altibajos –que incluye el suceso de su poema "El cuervo", que solía leer en público con gran repercusión entre las damas asistentes– que culminará con su temprana muerte el 7 de octubre de 1849, en confusas circunstancias. Sus últimas palabras fueron: "Que Dios ayude a mi pobre alma". Esta es una muy breve semblanza a la que habría que agregar que el alcohol tuvo muchas veces como compañía al opio. Y contar la extraña historia de su relación con el crítico Rufus Griswold, a quien conoció en Filadelfia en 1841.

Cuando murió Poe, Griswold escribió con seudónimo su necrológica en la que consignó, además de que serían pocos los que lamentarían su muerte, porque pocos eran sus amigos, que: "La llave de su éxito ha sido buscar el derecho a despreciar a un mundo que irritaba a su engreimiento". Muchas teorías se han propuesto para explicar semejante encono póstumo, pero lo sorprendente del caso es que Griswold terminó convertido en albacea literario de Poe. Puede que haya sido este episodio, o el hecho de lo poco que cobraba por sus cuentos pese al éxito que obtenía con ellos lo que llevó a Charles Baudelaire ha escribir lo siguiente: "De todos los documentos que he leído he sacado la convicción de que los Estados Unidos sólo fueron para Poe una vasta cárcel, que él recorría con la agitación febril de un ser creado para respirar en un mundo más elevado que el de una barbarie alumbrada con gas, y que su vida interior, espiritual, de poeta, o incluso de borracho, no era más que un esfuerzo perpetuo para huir de la influencia de esa atmósfera antipática. Implacable dictadura la de la opinión de las sociedades democráticas; no imploréis de ella ni caridad ni indulgencia, ni flexibilidad alguna en la aplicación de sus leyes a los casos múltiples y complejos de la vida moral".

Cualquier biografía pondría en cuestión este retrato. No hay demasiadas quejas explicitas en Poe respecto a su país. Y su afán por el éxito y el dinero hicieron que presentara el manuscrito de "Eureka" ante su editor pidiéndole que imprimiera 50.000 ejemplares, cifra que finalmente resultó cien veces menor. La operación de Baudelaire, de todos modos, fue exitosa, y convirtió a Poe en un "poeta maldito" antes de tiempo, un precursor de esa incomprensión buscada por muchos de los escritores franceses de finales del XIX como forma de demostración de la validez de su arte. Además de inaugurar el debate que ha atravesado a Poe sobre cuánto debe o cuánto ha perdido su literatura a causa del alcohol y los estupefacientes. Para decirlo en otras palabras, la lectura francesa de su obra lo convirtió en un escritor emblemático de un malestar implícito en todo ejercicio del arte, como resume la ironía borgiana: "Detrás de Poe, (como detrás de Swift, de Carlyle, de Almafuerte) hay una neurosis. Interpretar su obra en función de esa anomalía puede ser abusivo o legítimo", escribió en un artículo publicado en La Nación en 1949.

Esa neurosis detrás del hombre y los textos fue lo que llevó a la princesa Marie Bonaparte a dedicarle cuatro volúmenes, prologados por Sigmund Freud, de quien fuera mecenas, en el que se instalan lo que se supone son los temas de fondo de su obra: la necrofilia, la búsqueda de la madre perdida en cada una de las mujeres que, como en "Ligeia" –su cuento favorito– renacen con otros rostros, la decadencia física, la culpa. El ciclo quedaría cerrado por el seminario que dedica Jacques Lacan a "La carta robada", donde, más allá de trabajar sus teorías sobre el sujeto y el significante, sostiene implícitamente la capacidad reveladora de la literatura de Poe. Y de la mano de Baudelaire, llega Walter Benjamin al cuento "El hombre en la multitud", en el cual aparecerían por primera vez en la literatura las sensaciones concretas que producen las grandes ciudades del siglo XIX, en especial París.

Rara paradoja, los franceses aman más a Poe que los ingleses y los norteamericanos. Es verdad que la lengua de Poe no es demasiado pulida y que, pese a lo castizo de algunas construcciones, la traducción de Julio Córtazar lo hace más amigable. Tal vez eso explique planteos como los de T.S. Eliot, para quien "consideramos a Poe como a alguien que ha hecho tanteos en verso y en cierto tipo de prosa, sin pararse a realizar una labor enteramente buena en ningún género", mientras que Ezra Pound acusa a Baudelaire del "injustificado culto a Poe."

Pero lo más contundente es que el tiempo los ha vuelto inexactos. El nombre invisible de Edgar Allan Poe sigue siendo la palabra clave que abre las puertas a la mejor literatura que se ha escrito a partir de sus invenciones.

Artículos sobre el tema:

Edgar Allan Poe. Bicentenario: Hernán Lara Zavala.

Homenaje en los 200 años del nacimiento de Edgar Allan Poe.

Mujeres: Eduardo Galeano

Posted by Magda Díaz Morales in

Mujeres, tres partes de un mismo tema, por Eduardo Galeano:

1. Video, primera parte.

2. Video, segunda parte.

3. Video, tercera parte.

¿Resplandor teotihuacano?

Posted by Magda Díaz Morales in

"El 29 de enero de 2009 los Dioses no se van a reunir allá en Teotihuacan.

En el que según la cuenta indígena sería el día 6 lagartija del año 9 pedernal, ni Tecuciztécatl ni Nanahuatzin rivalizarán por lanzarse a la hoguera para crear el Sol, para originar la Luna. Tampoco Moctezuma Xocoyotzin hará el largo viaje desde Tenochtitlan para sumergirse en el interior del cosmos en la ciudad donde los hombres -sólo algunos- se convierten en Dioses.

El 29 de enero de 2009 será inaugurado el proyecto Resplandor Teotihuacano, autorizado por el Estado de México, por la Secretaría de Educación Pública y la Dirección del Instituto Nacional de Antropología e Historia; y operado por varias empresas privadas.

La llamada Zona A de Teotihuacan -la que no se podía tocar ni con un suspiro- gracias a la voluntad política que no conoce trámites ni dilaciones, luce bases de aluminio innumerables sobre perforaciones practicadas en la piedra original. Claro, comprendan, había que colocar 12 mil "taquetes de ajuste y anclas de expansión". Y falta lo peor, lo más ridículo: unas estructuras móviles que transportarán espectadores de privilegio para que asistan en su vagoncito a la Disney al exclusivo espectáculo nocturno.

Quién sabe qué será peor, si el Director del INAH avalando el acta de defunción de un sitio de espiritualidad milenaria o las declaraciones del diseñador del asunto: "no es un espectáculo,no es un show, es un evento (sic) cultural responsablemente (sic) producido con el que pretendemos crear una nueva experiencia."

Una vez más, en busca de los ¡ohhs! y los ¡ahhs! de las pantallas IMAX y de la cultura Marinela que han homogeneizado la experiencia museográfica.

Pero Teotihuacan no es un museo. Tampoco es un parque temático. No es ni Orlando ni El Papalote, es la ciudad en que los hombres -sólo algunos- se convierten en Dioses. Es una ciudad única en el mundo, espejo y religación con el cosmos, patrimonio de la humanidad aunque eso sólo se vea como una etiqueta. Es la expresión monumental de la inefable vinculación nahua de lo que existe sobre la tierra con el mundo misterioso de los Dioses y los muertos...

¿Esto lo sabrán el Gobernador del Estado de México, la Secretaria de Educación Pública, el diseñador, el Director del INAH?

Tal vez el Director del INAH lo supo y lo olvidó.

Esa "nueva" experiencia de la que habla el diseñador ha de ser una vez más la conjunción de los ricos, los políticos y la ignorancia.

Sahumada con copal.

Demasiadas sombras en Teotihuacan", nota de María García Esperón.

Es el colmo, aquí varias imágenes.

El proyecto (blog con imágenes y explicaciones al respecto.

Actualización, 16 de enero:

Escuché hace un par de días en una mesa redonda que la obra está detenida unos días por sugerencia de la unesco. Se buscará conjuntar modernidad y tradición. Ojalá sea así, este espectáculo de luz y sonido, existente en varias partes del mundo, será maravilloso si todo resulta bien.

La literatura fantástica

Posted by Magda Díaz Morales in

Por muchos años la narrativa fantástica tuvo que vivir con el estigma de que no era literatura seria. Se decía que su propósito era evadirse de la realidad y de los problemas individuales y sociales del ser humano. En suma, que no era más que una forma de escapismo. Con razón, Adolfo Bioy Casares, autor de La invención de Morel, una de las obras maestras del género, se dolía del "desdén de quienes reclaman una literatura más grave, que traiga alguna respuesta a las perplejidades del hombre moderno". En el siglo XIX los cultores de este tipo de literatura la practicaban de una manera casi vergonzante. La mayoría de los escritores fantásticos estaban, por así decirlo, "en el closet". El campo empezó a abrirse un poco más, aunque no del todo, durante el llamado Modernismo. Rubén Darío, Amado Nervo y Leopoldo Lugones, que eran fundamentalmente poetas, incursionaron también en el género.

En el corazón de la literatura fantástica suceden hechos insólitos, que pueden ser sobrenaturales o paranormales, y es lo que aducen los que la acusan de escapismo, pero siempre hay en estos relatos otros niveles de significación que se nutren de las preocupaciones o conflictos que viven las personas reales, ya sea como individuos o como miembros de la sociedad. Veamos algunos casos específicos. El estado delusorio que producen los celos ha sido examinado con profundidad en novelas que se consideran realistas como Don Casmurro, de Machado de Assis, El túnel, de Ernesto Sábato o El origen del mundo, de Jorge Edwards. Sin embargo, hay dos cuentos fantásticos que desarrollan este mismo tema con gran eficacia: "El espectro", de Horacio Quiroga, y "En memoria de Paulina" de Bioy Casares.

El llamado fantasma de los celos, que amenaza cualquier relación amorosa en la vida real, deja de ser una simple metáfora y los espectros se hacen visibles. Y si se trata de problemas sociales, tenemos "Juan Darién", del mismo Quiroga, que narra la metamorfosis de un tigre en niño, pero al mismo tiempo es un estupendo alegato a favor de la diversidad. O "Casa tomada", de Julio Cortázar, que incluso permite una lectura política. La historia mostraría la ocupación paulatina de un espacio por un poder totalitario, que culmina con el exilio de sus habitantes. Lo notable es que el mismo cuento admite también una interpretación radicalmente distinta, ya que algunos críticos lo ven como una representación del tabú del incesto.

Habría que recordar, además, "La culpa es de los tlaxcaltecas", de la mexicana Elena Garro, una narración que altera nuestra concepción del tiempo, pero que a la vez plantea el tema de la identidad cultural. Y cómo no mencionar "El caso de la señorita Amelia", de Rubén Darío, cuyo personaje femenino prefigura medio siglo antes a la célebre Lolita de Nabokov. Y "La cena" de Alfonso Reyes, que parece haber sido escrito para ilustrar la teoría de Jacques Lacan sobre el desarrollo infantil, aunque apareció muchos años antes que el psiquiatra francés publicara sus trabajos.

Leer completo.

Noticias literarias

Posted by Magda Díaz Morales in ,

Novedades literarias en la red:

1. En febrero tendremos con nosotros a Temporada de caza para el león negro (Barcelona: Anagrama, 2009) del escritor mexicano Tryno Maldonado. Finalista Premio Herralde de Novela, 2008.

2. Ya está en línea el número 22 de la revista Hermano Cerdo. Recuerden que pueden colaborar en las secciones de ensayo, ficción, crítica y crónica; como traductor o corrector; o como ilustrador de una edición.

3. Luisa Miñana continúa con su proyecto La arquitectura de tus huesos, se acaba de publicar el capítulo 26: Bañistas.

4. La personalidad de Georges Bataille me parece muy atractiva. Su obra es excelente. Esta entrevista, a propósito de La literatura y el mal, en francés (sería muy bueno traducirla), es un valioso regalo: Georges Bataille (video).

5. "He aquí el video de una entrevista que concedió Jorge Luis Borges, en 1980, tras recibir el Premio Cervantes: Borges toreando.

Advertencia: el entrevistador (sujeto que responde al nombre de Joaquín Soler Serrano) no salió, por decir lo menos, muy inspirado que digamos. Al contrario, se lanza al ruedo resuelto a exentarse de toda cortesía, a abrumar a su interlocutor con hipérboles y sandeces, a reincidir alegremente en el más sincero cretinismo. Con todo, Borges constata su genialidad desde el primer lance. Al necio acoso del entrevistador responde con agilidad e ingenio, sorteando con elegancia sus embates y clavándole, aquí y allá, sutiles ironías. No hay dislate ni grosería que le hagan perder la verticalidad ni sucumbir a la arrogancia (“es una crueldad tratar de tener razón”).

Se trata, en suma, de una lidia contrastante: los desbarros de Soler desesperan, pero la gentil inteligencia de Borges ilumina.

Carlos Bravo Regidor”.

6. Acaba de salir una revista con un proyecto excelente: Revista de letras.

7. Por último, quiero pedirles por favor. Hace años leí un cuento de Ray Bradbury que me fascinó. No recuerdo en que libro está o cómo se llama el relato. Si alguien lo sabe, le agradecería MUCHO me comentara dónde puedo hallarlo y su nombre (del cuento).

El relato cuenta lo siguiente (no es literal, por supuesto): una señora mayor estaba en una nevería cuando llega un joven. La señora pide un helado de chocolate con vainilla y miel y el joven le dice que es un helado extraño. Y así inician una amistad. Él va a visitarla y cada vez que llega a la casa de la señora ve en su balcón una maceta con un geranio. Pasan muchas tardes juntos: hablan mucho, leen poemas juntos, toman vino alrededor del calor de una chimenea. Un día, él está buscando en su casa un poema que leyó en un viejo periódico que guardaba y quiere llevárselo a su amiga, y mientras busca ese poema ve en ese antiguo periódico la fotografía de una hermosísima y joven mujer cuyo nombre era el de su amiga. Queda impresionadísimo y corre a la casa de la señora, de la que ya se había enamorado, y al llegar ve que el geranio no estaba en su balcón, esto le extraña. Sube corriendo y se encuentra la puerta abierta y que la señora no estaba. En la mesita junto a la chimenea había una carta que decía: "En otra vida, cuando llegues a una heladería y escuches a una joven que pide un helado de chocolate con vainilla y miel, sabrás que soy yo".

Actualización, 12 de enero:

Gracias a Jorge Barco se ahora, por fin, el nombre de este hermoso cuento de Bradbury que había buscado durante años. Escribe Jorge en los comentarios:

"— Joven -le dijo la mujer a Bill Forrester-, es usted una persona de gusto e imaginación. Tiene también la fuerza de voluntad de diez hombres. De otro modo no se atrevería a salirse de los gustos comunes, y decidirse, sin titubeos ni reservas, por algo tan insólito como un helado de lima y vainilla."

Ray Bradbury, El vino del estío. (Ed. Minotauro)

Lo feo hoy: Umberto Eco

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Hoy, en Página/12, publican un reflexivo fragmento de Historia de la fealdad de Umberto Eco. Es parte del capítulo XV titulado precisamente "Lo feo hoy". Primero, muestran esta nota:

El oído de los antiguos percibía que ciertos intervalos musicales eran disonantes y los consideraba desagradables, y el ejemplo clásico de fealdad musical ha sido durante siglos el intervalo de cuarta aumentada, o excedente, como por ejemplo do-fa diesis. En la Edad Media esta disonancia resultaba tan perturbadora que recibía el nombre de diabolus in musica. Sin embargo, los psicólogos han explicado que las disonancias tienen un poder excitante, y muchos músicos, a partir del siglo XIII, las han utilizado para producir determinados efectos en un contexto apropiado. De modo que el diabolus ha servido a menudo para obtener efectos de tensión o de inestabilidad que esperan una resolución, y ha sido utilizado por Bach, por Mozart en el Don Juan, por Liszt, Mussorgsky, Sibelius, Puccini (en Tosca), hasta el West Side Story de Bernstein, o para sugerir apariciones infernales, como sucede en la Condenación de Fausto de Berlioz.

El caso del diabolus in musica podría ser un excelente ejemplo final para esta historia de la fealdad, porque nos sugiere algunas reflexiones. Tres de ellas deberían desprenderse de forma evidente de los capítulos anteriores: la fealdad depende de las épocas y de las culturas, lo que era inaceptable ayer puede convertirse en lo aceptado de mañana, y lo que se considera feo puede contribuir, en un contexto adecuado, a la belleza del conjunto. La cuarta observación nos lleva a corregir la perspectiva relativista: si el diabolus se ha utilizado siempre para crear tensión quiere decir que hay reacciones basadas en nuestra fisiología que se mantienen más o menos inalteradas a través de los tiempos y de las culturas. El diabolus se ha ido aceptando no porque se hubiera vuelto agradable, sino justamente por ese olor a azufre que nunca ha perdido.

Después, en otra página, publican otro fragmento del mismo libro en el que emerge la pregunta: "¿El recurso a lo feo es, por tanto, un medio para denunciar la presencia del Mal?". Es muy interesante lo que dice Eco:

Por esta razón el diabolus aparece hoy en gran parte de la música heavy metal (por ejemplo, en Purple Haze de Jimi Hendrix), y a veces como provocación “satánica” explícita (véase Diabolus in musica de los Slayer). George Romero, el director de La noche de los muertos vivientes y de otras películas de terror, en unas declaraciones sobre su poética, al hablar de la conmovedora ternura del monstruo de Frankenstein, King Kong o Godzilla, recuerda que sus zombis tienen la piel arrugada y putrescente, los dientes y uñas negros, pero son individuos con las mismas pasiones y exigencias que nosotros. Y añade: “En mis películas sobre los zombis, los muertos devueltos a la vida representan una especie de revolución, un giro radical en el mundo que muchos de mis personajes humanos no logran comprender y prefieren considerar a los muertos vivientes como el Enemigo cuando, en realidad, ellos son nosotros. Yo utilizo la sangre con toda su horrenda magnificencia para que el público entienda que mis películas son más una crónica sociopolítica de la época que estúpidas aventuras con salsa horror”. ¿El recurso a lo feo es, por tanto, un medio para denunciar la presencia del Mal? El propio Romero admite que el terror “dispara las ventas” y admite que el terror es apreciado por ser interesante y excitante. Por no hablar de cuando se convierte en celebración del Mal, aunque sea en casos marginales como el satanismo de los psicópatas.

Nos encontramos ante un mar de contradicciones. Monstruos tal vez feos pero extraordinariamente encantadores como E. T. o los extraterrestres de La guerra de las galaxias no seducen sólo a los niños (conquistados además por dinosaurios, pokemons y otras criaturas deformes) sino también a los adultos, que se relajan viendo películas splatter en las que se machacan los sesos y la sangre salpica las paredes, mientras la literatura les entretiene con historias de terror. No se puede hablar solamente de “degeneración” de los medios de comunicación de masa, porque también el arte contemporáneo practica la fealdad y la celebra, aunque ya no en el sentido provocador de las vanguardias de comienzos del siglo XX.

En algunos happenings no solo se exhiben mutilaciones o deficiencias repulsivas, sino que es el propio artista el que se somete a una violación cruenta de su cuerpo. También en estos casos los artistas declaran que pretenden denunciar muchas atrocidades de nuestro tiempo, pero los apasionados del arte acuden a la galería a admirar estas obras y estas performances con espíritu lúdico y sereno. Y son los mismos individuos que no han perdido el sentido tradicional de lo bello, y experimentan emociones estéticas frente a un hermoso paisaje, un precioso niño o una pantalla plana que nos propone de nuevo los cánones de la Divina Proporción. El mismo individuo acepta hoy las propuestas de la decoración de diseño, de la arquitectura hotelera y de toda la industria del turismo que vende formas clásicamente agradables (véase la nueva propuesta que hace Las Vegas de los palacios venecianos, de los triclinios de los césares o de la arquitectura morisca), y al mismo tiempo elige restaurantes u hoteles ennoblecidos con cuadros de la vanguardia del siglo XX (auténticos o reproducciones) que a sus abuelos les parecían la negación de cualquier ideal de la Antigüedad clásica.

Se nos repite por doquier que hoy se convive con modelos opuestos porque la oposición feo/bello ya no tiene valor estético: feo y bello serían dos opciones posibles que hay que vivir de forma neutra. Así parecen confirmarlo muchos comportamientos juveniles. El cine, la televisión y las revistas, la publicidad y la moda proponen modelos de belleza que no son tan diferentes de los antiguos, de modo que podríamos imaginar los rostros de Brad Pitt o de Sharon Stone, de George Clooney o de Nicole Kidman retratados por un pintor renacentista. Pero los mismos jóvenes que se identifican con estos ideales (estéticos o sexuales) se quedan luego extasiados ante cantantes de rock cuyos rasgos un hombre del Renacimiento consideraría repelentes. Y esos mismos jóvenes a menudo se maquillan, se tatúan, se perforan las carnes con agujas con el objetivo de parecerse más a Marilyn Manson que a Marilyn Monroe. En las páginas anteriores se han comparado un ejemplo actual de piercing y dos rostros de El Bosco, perforados también por anillos de varios tipos. Pero con estas figuras El Bosco quería representar a los perseguidores de Jesús, y los representaba tal como se concebía entonces a los bárbaros y a los piratas (recuérdese que todavía en el siglo XIX los psiquiatras consideraban el tatuaje un signo de degeneración).

Hoy en día, piercings y tatuajes pueden interpretarse a lo sumo como un desafío generacional, pero desde luego no se interpretan (por parte de la mayoría) como una opción a la delincuencia, y una muchacha con un piercing en la lengua o un dragón tatuado en el vientre desnudo puede participar en una manifestación a favor de la paz o de los niños africanos desnutridos. Ni los jóvenes ni los ancianos parecen vivir con estas contradicciones de forma dramática. El esteta de finales del siglo XIX, que privilegiaba la belleza cadavérica como gesto de desafío y de rechazo del gusto de la mayoría, sabía que estaba cultivando las que Baudelaire había llamado “flores del mal”. Elegía lo horrendo precisamente porque había decidido elegir una opción que lo situara por encima de la masa de los biempensantes. En cambio, los jóvenes que exhiben una piel ilustrada o el cabello azul tieso lo hacen para sentirse parecidos a los otros, y sus padres, que van al cine a ver escenas que tiempo atrás solo se podían ver en los anfiteatros anatómicos, actúan así porque così fan tutti.

Tampoco difiere mucho la manera como nos complacemos (o nos conformamos) con la llamada “basura” televisiva. No por una actitud esnob, como hacía y sigue haciendo aún el que cultiva lo camp (dispuesto siempre a reconsiderar con espíritu de coleccionista las películas de Ed Wood, considerado el peor director de toda la historia de Hollywood), sino por el espíritu gregario. Otro caso en el que se produce la disolución de la oposición feo/bello es el de la filosofía cyborg. Si al principio la imagen de un ser humano al que le hubiesen sustituido varios órganos por aparatos mecánicos o electrónicos, resultado de una simbiosis entre hombre y máquina, podía representar aún una pesadilla de la ciencia ficción, con la estética cyberpunk la profecía se ha cumplido. No solo eso, sino que feministas radicales como Donna Haraway proponen superar las diferencias de género mediante la fabricación de cuerpos neutros, postorgánicos o “transhumanos”.

Ahora bien, ¿realmente ha desaparecido la distinción clara entre feo y bello? ¿Y si ciertos comportamientos de los jóvenes o de los artistas (a pesar de dar lugar a tantas discusiones filosóficas) fuesen tan solo fenómenos marginales practicados por una minoría (respecto a la población del planeta)? ¿Y si cyborg, splatter y muertos vivientes fueran simples manifestaciones superficiales, enfatizadas por los medios de comunicación, mediante las que exorcizamos una fealdad mucho más profunda que nos asedia, nos aterroriza y quisiéramos ignorar? En la vida diaria estamos rodeados por espectáculos horribles. Vemos imágenes de poblaciones donde los niños mueren de hambre reducidos a esqueletos con la barriga hinchada, de países donde las mujeres son violadas por los invasores, de otros donde se tortura a los seres humanos y vuelven continuamente a la memoria las imágenes no muy remotas de otros esqueletos vivos entrando en una cámara de gas. Vemos miembros destrozados por la explosión de un rascacielos o de un avión en vuelo, y vivimos con el terror de que pueda ocurrirnos lo mismo a nosotros.

Todo el mundo sabe que estas cosas son feas, no solo en sentido moral sino también en sentido físico, y lo sabe porque le provocan desagrado, miedo, repulsa, independientemente de que puedan inspirar piedad, desprecio, instinto de rebelión, solidaridad, incluso si se aceptan con el fatalismo de quien cree que la vida no es más que el relato de un idiota, lleno de gritos y furor. Ninguna conciencia de la relatividad de los valores estéticos elimina el hecho de que en estos casos reconocemos sin ninguna duda lo feo y no logramos transformarlo en objeto de placer. Comprendemos entonces por qué el arte de distintos siglos ha vuelto a representarnos lo feo con tanta insistencia. Por marginal que fuese su voz, ha querido recordarnos que, pese al optimismo de algunos metafísicos, en este mundo hay algo irreductible y tristemente maligno. Por eso muchas voces e imágenes de este libro nos han invitado a comprender la deformidad como drama humano.

El texto final de Italo Calvino está sacado de un relato, pero nace de una experiencia real. El Cottolengo de Turín es el asilo donde se acoge a enfermos incurables, a seres a menudo incapaces de alimentarse por sí mismos, muchos de ellos nacidos monstruos, como tantos seres de los que hemos hablado hasta ahora, pero no monstruos legendarios, sino monstruos que viven ignorados a nuestro alrededor. El protagonista de la historia acude a este centro como escrutador en la mesa electoral constituida en aquel hospital, porque aquellos monstruos también son ciudadanos y, según la ley, tienen derecho a votar. Trastornado por el espectáculo de aquella subhumanidad, el escrutador se da cuenta de que muchos de los internos no saben lo que tienen que hacer, y votarán lo que les indique la persona que los asiste. Al principio tiene intención de oponerse a lo que a su entender es un fraude, pero finalmente (y en contra de sus convicciones civiles y políticas) concluye que quien tiene el valor de dedicar su vida al cuidado de aquellos desgraciados también ha adquirido el derecho a hablar por ellos. Al final de este libro, después de tantas complacencias en las distintas encarnaciones de la fealdad, quisiéramos concluir con esta llamada a la piedad.

Celebraciones literarias en 2009

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Son varios los ritos mágicos que existen para tener buena suerte todo el año que inicia. Lo que para nosotros puede ser un juego divertido y característico en estas fechas, para otros es algo totalmente cierto. Ir al emblemático mercado de Sonora es toda una experiencia: las veladoras cubiertas de semillas: lentejas, maíz, amaranto y alpiste. También hay sales de baño, ropa interior amarilla y roja, toda clase de amuletos, y los famosos borreguitos para que nunca falte el dinero, la "lana". Los borreguitos deben de ser regalados.

Leo que 2009 será bastante rico en celebraciones literarias: “en lo que se refiere a México el plato fuerte de las conmemoraciones lo tendrá el aniversario 70 de José Emilio Pacheco (30 de junio), considerado como el principal poeta mexicano vivo y una de las figuras centrales de las letras mexicanas. Por lo demás, la novela Mala yerba, de Mariano Azuela, cumple 100 años de haberse publicado; El complot mongol, de Rafael Bernal, llega a sus 40 años; y se conmemorarán los aniversarios luctuosos tanto del excelente poeta Jaime Sabines (10 años) como de Alfonso Reyes (50 años).

A nivel mundial, las conmemoraciones literarias de 2009 inician con el bicentenario de Edgar Allan Poe (19 de enero), quien concebía a la poesía como la máxima expresión literaria, y a ella entregó sus mayores esfuerzos. El 3 de febrero será el centenario del poeta Simone Weil, de quien T. S. Eliot dijo en alguna ocasión que su obra pertenecía a ese género de “prolegómenos de la política, libros que los políticos rara vez leen, y que tampoco podrían comprender y aplicar”.

Marzo vendrá a rememorar 10 años de la muerte de Jaime Sabines, quien siempre mantuvo gran cercanía con sus lectores. Pensaba en el poema como “un medio de comunicación, un medio de entendimiento humano, un puente que tendemos entre una personalidad y otra, entre una isla y otra.” En el mismo mes, se recordará a Nicolai Gogol, al cumplirse 200 años de su nacimiento. El escritor ruso se caracterizó por un tono pesimista; nació en Ucrania en 1809 y murió en Moscú en 1852. Varios críticos han considerado que en su relato “La nariz” anunció la llegada de Kafka.

Abril, el mes más cruel para T. S Eliot, arribará con el cumpleaños número 80 de Milan Kundera. El autor de El arte de la novela lanza esta feroz crítica hacia el periodismo: “¡Maldito sea el escritor que primero permitió a un periodista que reprodujera libremente sus comentarios!”.

Es el 22 de mayo cuando se celebra el 150 aniversario del nacimiento de Arthur Conan Doyle, famoso por ser el creador de Sherlock Holmes. Al principio tenía previsto llamar a su detective Shelling Ford.

El primero de julio se cumplen 100 años del nacimiento del narrador uruguayo Juan Carlos Onetti. Un atento lector suyo es Juan Villoro, quien señala en su libro de ensayos De eso se trata: “Para mi generación Onetti fue el perfecto héroe de la renuncia. Su imagen célebre es la de alguien ajeno a toda actividad mundana”. El mes de julio cerrará con el centenario de Malcolm Lowry (28 de julio). Con una obra discreta en cifras, no más de cinco títulos, se ha convertido en el vulcanólogo más respetado de la literatura mexicana. Malcolm Lowry se sentó en una cantina de Cuernavaca y se bebió la que muchos críticos consideran su mejor novela, Bajo el volcán.

En agosto tendrá lugar el bicentenario de Alfred Tennyson, poeta inglés que nació el 6 de agosto de 1809 en Somersby, Lincolshire. “Las grandes obras son hechas no con la fuerza, sino con la perseverancia”, solía decir el ensayista, crítico, novelista y poeta Samuel Johnson, de quien el 18 de septiembre se cumplen 300 años de su nacimiento. Johnson, tan admirado por Borges, aún es considerado precursor de la crítica literaria en lengua inglesa.

El 10 de noviembre se cumplirán 250 años del nacimiento de Friedrich Schiller. Decía Goethe que Schiller era “un curioso hombre grande”. En un principio ambos autores se mostraron distantes, como esos enemigos que siempre están a la expectativa de lo que hace o dice el otro. Sin embargo, diversas circunstancias acabaron por reunirlos en una sólida amistad. En noviembre también se recordará a Ionesco, al conmemorarse su centenario. Eugen Ionesco nació en Slatina, Rumania (pequeña ciudad a 150 kilómetros de Bucarest), el 26 de noviembre de 1909. Muchas fuentes indican que nació en 1912, el error se debe a la vanidad del autor: en los años cincuenta decidió quitarse tres años de vida, después de leer la reseña del crítico francés Jacques Lemarchand que saludaba a una nueva generación de jóvenes escritores, entre ellos Ionesco y Beckett.

Casi al término del año, el 27 de diciembre, se cumplirán cincuenta años de la muerte de Alfonso Reyes, sobre el cual Octavio Paz escribió: “Un telegrama de México me anunció la muerte de Alfonso Reyes. La noticia me pareció irreal, como si anunciase la muerte de otra persona. Sabía que desde hacía años estaba enfermo y que sólo se aliviaba para volver a recaer; no sabía, o lo había olvidado, que la muerte, siempre esperada, es siempre inesperada. La última vez que lo vi, hace seis meses, la víspera de mi salida de México, me dijo: ‘Quizá no volvamos a conversar, ya me queda poco tiempo aquí’ ”.

Por cierto, leí La extraña de Sándor Márai, y no me gustó. Ya comentaré después un poco sobre ella.

Les envío abrazos con mis mejores deseos para 2009.

Pedro Páramo: Juan Rulfo

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Pedro Páramo, la película en video.

Desmontando los tópicos de Gaza

Posted by Magda Díaz Morales in

Ver la cobertura de los acontecimientos en Gaza en los canales de televisión árabes y en los occidentales es como asomarse a dos mundos diferentes. Influidos por la corriente de opinión promovida por la Administración de Washington, próxima a Israel, los medios europeos y estadounidenses han asumido medias verdades como hechos, ignorando la situación global en la Franja y muchos de los recientes acontecimientos políticos imprescindibles para comprender qué está ocurriendo.

Para entender el masivo movimiento de solidaridad que se está viviendo en los países musulmanes hacia Gaza es necesario contextualizar los hechos y desmontar algunos de los tópicos. Estos son algunos ejemplos: Desmontando los tópicos de Gaza.