Jorge Volpi: Mazatlán mentir

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La decisión de conceder el "Premio Mazatlán de Literatura 2009" a Mentiras Contagiosas, de Jorge Volpi, violó el artículo 2 del reglamento que rige al galardón, ya que el libro se editó por primera vez en España y no en México como lo requiere el reglamento. El jurado lo integraron Mario Bellatín, Sergio Pitol y Juan Villoro.

Hoy, en el suplemento cultural Laberinto, Jorge Volpi publica el siguiente texto:

Son las once siete de la mañana —lo sé porque el secretario de acuerdos me trae un documento para firma, en un descuido vacío la taza encima y, al alzar la vista, reparo en las impertinentes manecillas del reloj en la pared de enfrente— cuando suena la chillante versión electrónica de la Marcha eslava de Chaikovski que hace un par de días descargué en mi celular. No reconozco el número: empieza con un misterioso 6 y eso, en mi profesión, resulta preocupante. Una gentil voz femenina me ordena: “Le llamamos de Mazatlán, esté usted listo a las doce treinta porque volveremos a llamarlo”, y cuelga sin más. Imagino lo peor. Mazatlán. Siento un escalofrío. Observo la foto de mi esposa —de acuerdo, ex esposa— y de mis tres hijas, y suspiro. ¿Qué hacer en un caso como éste? Desconozco si el manual de procedimientos señala algún protocolo, y me quedo paralizado. En esta profesión uno escucha tantas historias. Una llamada anónima. Y luego… No tiemblo —detesto el melodrama— pero el sudor empapa mi camisa. Me limito a esperar a que las manecillas del reloj —esa circunferencia de cifras y de angustia— desgasten los minutos. Podría decir que el curso de mi vida transcurre ante mí en un relámpago, como en las películas, pero no sería exacto: veo las orejas de Happy, el apático beagle que acompañó mi infancia; recuerdo la admonición constante de mi padre: “la verdad te hará libre”; recito los veinticinco primeros artículos del Código de Procedimientos Penales del Distrito Federal —¿por qué justo esos?—; lamento el día en que mis hijas me anunciaron a coro que se irían a vivir a Michigan con su madre; reniego de mi reciente ascenso y no logro borrar de mi vista el rostro malencarado del Tuercas mientras balbucea su declaración preliminar.

A las doce treinta en punto reaparece la Marcha eslava. Se me pone la carne de gallina. Mazatlán. Con esa fría puntualidad norteña. Contesto. La gentil voz femenina me dice que a continuación me hablará el director del Instituto. ¿Instituto? No entiendo nada. “Jorge Volpi”, asevera, más que preguntarme. “Sí”, contesto tímidamente. “¡Felicidades! —estalla entonces—, se ha hecho usted acreedor al Premio Mazatlán de Literatura”. Sigo sin entender, pero guardo silencio. ¿Qué clase de amenaza es esta? “¿De literatura?”, musito. “¿Sabe usted por qué lo ha ganado?”, me pregunta el director con voz flemática. Quizás allí radica lo oscuro. “No”, confieso. “Por su libro Mentiras contagiosas”. “Mentiras contagiosas”, repito. “Felicidades, hombre. Ya nos comunicaremos con usted para fijar los detalles, pero por lo pronto enhorabuena”, y cuelga.

Mazatlán. Libro. ¿Una broma? ¿Una sofisticada advertencia? ¿Alguien trata de decirme algo? Todo parece un sinsentido. Porque, si bien en la adolescencia llegué a acariciar la idea de convertirme en escritor, yo nunca he escrito un libro. Y menos uno que tenga el ominoso título de Mentiras contagiosas. La educación que me proporcionó mi padre, un orgulloso general del ejército, tenía una divisa fundamental entre las mil normas que debíamos poner en práctica cada día: “nunca mientas”. Mi hermana Rosalba y yo podíamos incumplir cualquier orden, menos esta: desafiarla equivalía a semanas de ostracismo familiar y a una culpa que era como una cama de clavos. Por años no me atreví a mentir, y menos a intentar esa apología de lo falso que es la escritura. A diferencia de otros niños, detestaba los cuentos infantiles y las películas de Disney porque no se apegaban a la sacrosanta realidad; para satisfacción paterna, prefería leer los periódicos, refugios contra el engaño y la manipulación (eso creía). De niño quería ser científico justo para poseer certezas indudables; luego, cuando mis profesores de física se empeñaron en arruinar esta expectativa, me decanté por la historia: soñaba con ser medievalista y dedicarme a desenterrar castillos y armaduras.
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¿Nadie sabía que se estaba violando el reglamento que rige al galardón?

El tormento de los saquitos de cuero: Heimito von Doderer

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Heimito von Doderer, El tormento de los saquitos de cuero, trad. Javier García Galiano (México: Universidad Veracruzana, 2005)

La primera vez que escuché hablar de Heimito von Doderer fue a través de Juan García Ponce, gracias a él la literatura austriaca llegó a México. En su libro Tres voces (México: Aldus, 2000) se encuentran ensayos sobre Thomas Mann, Robert Musil y Heimito von Doderer. Juan García Ponce fue el introductor de Robert Musil en lengua española, a la cual, en aquel entonces (finales de los 50' e inicios de los 60'), ni siquiera estaba traducido. Los primeros en publicar algunos de sus relatos fueron el mismo García Ponce en la Revista Mexicana de Literatura y Huberto Batis en Cuadernos del viento. Las tribulaciones del estudiante Törless fue editado por Sur y hasta 1969 Seix Barral publicó El hombre sin cualidades "con el espurio nombre, dice el escritor yucateco, de El hombre sin atributos, en una aborrecible traducción". Sobre Heimito von Doderer, García Ponce publicó en 1966 un artículo en la Revista de la Universidad y otro cuando murió a los sesenta años en el suplemento cultural de Siempre!

Los demonios de Heimito von Doderer (título igual a la obra Los demonios de Fedor Dostoievski), es "una obra tan basta como El hombre sin cualidades". En esta novela "Viena aparece descrita con todo detalle en los más diferentes ambientes, desde los más bajos fondos hasta la más refinada aristocracia. La novela tiene más de cien personajes y todos son inolvidables". Este escritor austriaco (1896-1966) perteneció a una de las familias más ricas del Imperio Austrohúngaro; sin embargo, tras la Primera Guerra Mundial, la familia perderá una gran parte de su fortuna lograda a través del trabajo de su padre.

El cuento que abre este libro de seis relatos es "El tormento de los saquitos de cuero", como el título del libro. Todo inicia cuando han pasado algunos días después del entierro de Coyle, un solo y viejo avaro (que parecía "un tubérculo o un cono truncado ambulante, con una piel de pipa, el sapo del panal"), y llega a la casa del narrador (quien nos está contanto la historia que ya pasó) el anciano Mr. Crotter, su amigo más cercano en vida y más rico que él. Eran las nueve en punto y una humeante niebla invernal se extendía frente a la ventana. El narrador, en ese entonces, era el abogado de Mr. Crotter quien lo visita porque quiere relatarle un asunto referente al difunto Coyle. El narrador cree que es por lo del testamento pero Mr. Crotter le comenta que no sabe nada de ello, se acaba de encontrar por casualidad con el notario en la calle y le mencionó que estaría ahí con él, por si algo se ofrecía mientras tanto.

Al ser Mr. Crotter el único amigo de Coyle, el narrador supone que, al menos, llevaron una buena relación. Sin embargo, le dice Mr. Crotter:

Un arpía cualquiera iba de día y se encargaba de lo indispensable. En la cocina, él solía pararse detrás de ella para cerciorarse de que no le pusiera demasiada grasa al sartén. Yo mismo llegué a verlo. Cuando iba a verlo, mi criado tenía que empacarme comida, pero no sólo eso, si únicamente quería tomarme una taza de té, debía disponer que me llevaran todo: servicio, té, azúcar, incluso el alcohol para la tetera. Un día no llevé nada y él, con tranquilidad, se comió a cucharadas su sopa de pan viejo mientras yo lo miraba. Nunca me ofreció nada, ni siquiera tabaco para fumar pipa.

Heimito von Doderer No obstante, Mr. Crotter no detesta ni odia a Coyle, sabe que fue un hombre muy interesante que había recorrido todo el mundo. Era otra la cuestión que quería hacerle saber a su abogado, el narrador de "El tormento de los saquitos de cuero".

Mr Crotter comienza con su historia: El punto era que Coyle había coleccionado distintas cosas a lo largo de su vida. Un día el avaro condujo a su amigo, Mr. Crotter, por toda su casa hasta que llegan a una habitación apartada en el ala izquierda. "Los lugares por los que pasábamos estaban deshabitados, oscurecidos por postigos cerrados en las ventanas y, desde luego, inenarrablemente fríos. Coyle se limitaba a un solo cuarto. Cuando llegamos hasta el final, prendió la luz y en el gabinete empolvado, pero muy espacioso, en el que nos encontrábamos, abrió un viejo ropero, que en un principio parecía no guardar más que algunos impermeables y gabanes. Coyle los hizo a un lado, se pudo ver una caja de hierro, una caja sólida, si bien, según me di cuenta a primera vista, de una construcción antiquísima; del año de la canica, por decirlo así".

Coyle abre la caja fuerte y permite a su amigo asomarse al interior. Adentro de ella estaba todo muy ordenado. Lo que ve Mr. Crotter lo deja impactado: "en unos escalones rojizos, gruesos y acolchonados, dispuestos uno encima de otro, como en las vitrinas de los museos, en tres hileras, estaban sentados pequeños saquitos de gamuza. Fíjese bien cuando digo: estaban sentados". Al verlos Mr. Crotter les atribuye pequeñas piernitas que se balanceaban bajo los escalones. Y este fue el principio de toda una aventura para Mr. Crotter.

Cada uno de los saquitos llevaba un gran número adelante, en el estómago, impreso en oscuro sobre gamuza gris. En total estaban sentados treintaiséis, los números uno al doce en el escalón más bajo, del trece al veinticuatro en el de en medio, del veinticinco al treintaiséis en el de hasta arriba, ordenados de izquierda a derecha. Coyle le enseña a Mr. Crotter una lista colocada dentro de la puerta de la caja fuerte, que indicaba el contenido exacto de cada criatura. Por ejemplo: "número veintiuno, treintainueve piezas, peso anotado por separado".

Unos saquitos contenían grandes brillantes y cada piedra se encontraba además en una funda de piel de corzo, marcada con una letra del alfabeto, y el sumario de cada saquito mencionaba todos los datos de cada piedra. Otros saquitos guardaban perlas prodigiosas, otros los llamados nuggets, auténticas pepitas de oro, casi todas más grandes que una avellana. El avaro Coyle le da a conocer su cámara del tesoro a su amigo Mr. Crotter, por confianza. Sabe que Mr. Crotter jamás le robaría. Y así es, a Mr. Crotter no le interesa para nada robarle; con todo, sin que nadie sepa Mr. Crotter realiza una impresión de cera de la llave de la casa de Coyle y cuando la tiene entra y va a la habitación donde se encuentra el tesoro del avaro...

¿Qué lleva a cabo Mr. Crotter en esa cámara del tesoro si no le interesa robarle a su amigo? ¿Lo descubre Coyle? ¿Por qué muere el avaro? ¿Qué deja Coyle en su testamento? ¿Qué sucede con los saquitos de cuero?

Relato soñado: Arthur Schnitzler

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Arthur Schnitzler, Relato soñado (Barcelona: El acantilado, 1999)

Una muy grata sensación se presenta al leer una obra que satisface plenamente. Es el placer de la lectura. Sobre Arthur Schnitzler, dramaturgo judío nacido en Viena (1862-1931), comenta Marco Antonio Moreno:

En vida, Schnitzler alcanzó renombre por la franqueza sexual de su escritura, que llevó a sus amigos a describirlo en broma como “pornógrafo”. Para Adolf Hitler, la obra del dramaturgo era un ejemplo de “basura judía”. El escritor comenzó a visitar prostitutas a la edad de 16 años y era un notorio mujeriego que durante años llevó la cuenta de los orgasmos que lograba. Sin embargo, también cobró fama por sus abiertos ataques al antisemitismo; el archivo de Cambridge contiene correspondencia enviada por el fundador del sionismo, Theodor Herzl, quien instaba a Schnitzler a trasladarse a Palestina y volverse “el dramaturgo más grande del Estado judío”.

Desde principios del siglo XX, las obras de Schnitzler se han adaptado a la pantalla. Su obra Liebelei (Coqueteo), de 1895, fue adaptada por Tom Stoppard con el título de Dalliance en 1986. Luego, Stanley Kubrick transformó la novela breve Traumnovelle (Relato soñado) en su última película, en la que Nicole Kidman y Tom Cruise, en ese tiempo pareja en la vida real, interpretan a un matrimonio de Nueva York que se separa a causa de los celos. Antes de eso, la adaptación más conocida de una obra de Schnitzler a la pantalla fue La Ronda, de Max Ophüls, basada en la obra teatral Reigen, de 1897, que se refiere a una cadena de encuentros sexuales contra el trasfondo de una epidemia de sífilis en la decadente sociedad vienesa. Cuando se estrenó en público, en 1921, la policía cerró el teatro y, luego de un proceso por obscenidad que duró seis días, el autor decidió que no volviera a montarse.

Hijo de un prominente laringólogo, Schnitzler estudió medicina para complacer a su padre, pero pronto se volvió hacia su verdadera pasión, la escritura. Hacia 1900 estaba firmemente establecido como uno de los escritores del grupo de vanguardia conocido como Jung Wien (joven Viena). Si bien el dramaturgo nunca conoció en persona a Sigmund Freud, el sicólogo vienés describió a Schnitzler como su doppelgänger (su otro yo fantasma), y es famosa la carta que le envió, en la que expresa: “He tenido la impresión de que usted aprendió por intuición –aunque en realidad fue por introspección sensitiva– todo lo que yo he tenido que desenterrar mediante una labor agotadora en otras personas”.

En la novela conocemos a un joven médico vienés, Fridolin, y a su esposa Albertine. Los dos conforman un matrimonio que tienen a una hija pequeña. La experiencia narrativa inicia cuando, después de leer un cuento, la niña se va a dormir llevada por la institutriz. Fridolín y Albertine le dan un beso y ya solos reanudan la conversación comenzada antes de la cena. El día anterior habían acudido a un baile de disfraces, "a punto de terminar los carnavales". Empiezan hablando de ello y pasan a otro tema más espinoso.

La conversación que tiene lugar entre los dos son de esas charlas que preferiblemente no se deben tener con la pareja, se dicen cosas que lastiman, se habla con esa verdad que guarda situaciones que no se olvidan a pesar de ser solo posibilidad, eso que pudo o puede llegar a ser pero que por el momento habita en los sueños, tal vez como deseos escondidos. Albertine le cuenta sobre ese joven que conoció en la playa danesa, el pasado verano, y que cuando sus miradas se cruzaron la hizo conmoverse tanto que:

Durante todo el día permanecí echada en la playa, perdida en mis sueños. Si me hubiera llamado, no hubiera podido resistirme. Me creía dispuesta a todo; creía estar prácticamente decidida a renunciar a ti, a la niña y a mi futuro, y al mismo tiempo (¿puedes comprenderlo?) me eras más querido que nunca.

Fridolin, ya entrados en plática, le relata sobre aquella figura femenina, desnuda, de unos quince años, que observa muy de mañana mientras Albertine dormía y él paseaba por esa misma playa. Ante la última mirada de la chica Fridolin siente tal conmoción, que se sentía a punto de desmayarse. Siguen las confidencias delicadas hasta que llaman a la puerta buscando al médico vienés. El consejero áulico había tenido un ataque cardíaco y estaba muy grave, solicitaban fuera inmediatamente a verlo. La noche que pasa Fridolin desde que sale de su casa hasta que regresa a las cuatro de la mañana, que es cuando escucha ese impactante relato soñado por Albertine, está llena de sorpresas, sensaciones, extrañezas, desconciertos.

En la novela destacan dos imágenes: la imagen onírica y la imagen carnavalesca. Imágenes relacionadas con la emoción y las acciones de la pareja, y de los demás personajes que los rodean: Nachtigall (el pianista, amigo de Fridolin), Marianne (la hija del consejero), el joven de la asociación de "los azules alemanes", Mizzi (la joven prostituta), Gibizier (el del alquiler de disfraces), Pierrette (un personaje enternecedor y, a la vez, grotesco. Es la pequeña hija de Gibizier) y, por supuesto, la "monja" ¿o baronesa? (entre otras cosas, es una hermosa mujer cuya desnudez embriaga a Fridolin).

El enlace entre lo inconsciente y lo emocional en Fridolin y Albertine es todo un proceso en el que vive la voluntad, la percepción, la intuición y la intención. El sueño de Albertine, que relata a su esposo, y lo que éste decide también contarle, los lleva a la comprensión de sí mismos, del otro y de lo que sucede entre ellos. Una pareja que parece feliz tal vez llega, a través de los sueños y las figuraciones vividas, a penetrar en ese mundo interior que puebla a cada uno.

Lo estructura carnavalesca está excelentemente representada en esta novela. Posee esa ambivalencia de la que habla Bajtin y que es la clave de dicha estructura (la persona es individuo y a la vez está relacionado con otros, está abierto al mundo). Es imposible no recordar al leer Relato soñado a Julia Kristeva cuando expresa que "la destrucción deja paso a la creatividad y la muerte equivale a renacer". La máscara y el disfraz de Fridolin (conectado con lo grotesco del ambiente) en esa noche tan singular (noche, que cuando lean la novela los dejará asombrados), pone al personaje al margen de su vida oficial y lo entrega a un profundo humanismo. Lo carnavalesco, dice Bajtin, “une, acerca, compromete y conjuga lo sagrado con lo profano, lo alto con lo bajo, lo grande con lo miserable, lo sabio con lo estúpido, etc.".

Fridolin se apresuró hacia casa, a través de las oscuras calles desiertas y, pocos minutos más tarde, después de haberse desnudado en su consulta como veinticuatro horas antes, entró silenciosamente como pudo, en la alcoba conyugal.
-¿Qué vamos a hacer, Albertine?
-Ella...

Mitología griega

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Vaya que me he reído con estos videos que ha enviado Jio. Manu explica la mitología griega:

Parte 1
Parte 2
Parte 3

Las supersticiones de los escritores

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Todos, o casi todos, tenemos supersticiones o creencias que nos acompañan siempre. Hace tiempo tuve un vestido blanco de dos piezas que me gustaba mucho, pero cada vez que me lo ponía algo desagradable sucedía, así que terminé por no ponérmelo ya nunca. Actualmente me gustan las velas, los aromas florales (magnolia, jazmin, lavanda y violeta) en el ambiente, las plantas, una atmósfera cálida en el trabajo y en casa. Creo que esto ofrece una armonía que viene de la naturaleza y consigue un estado agradable. Poseo hace años unas cuentas de cristal que traigo guardadas, sobre todo cuando viajo, siento que son de buena suerte.

Ahora miren las supersticiones de algunos escritores:

Sergio Pitol reconoce que “muchos de nosotros llevamos un amuleto en la ropa, o guardado en alguna parte de la casa; cuando nos preguntan por qué razón respondemos con la misma expresión que usa Hugo Hiriart: 'por si las moscas'. Si me preguntaran por mi fe en esos fenómenos, respondería que soy agnóstico; ni creo ni dejo de creer. Pero si me insistieran, diría que sí, que sí creo, que no logro saber por qué lo hago, pero que tengo un sistema complejo de amuletos, sortilegios, fórmulas personales para decidir qué lecturas deben hacerse para que un viaje resulte propicio, ponerme una corbata forzosamente amarilla para que cierto proyecto prospere, cosas así”.

Enrique Vila-Matas confesaba no hace mucho una lista completa de rituales: “Por las mañanas, si despierto en mi casa de Barcelona, lo primero que hago es mirar por la ventana, confirmar que se ha hecho o se hará de día. A continuación, le pongo una vela a Gombrowicz, renuevo mi culto. Después, me santiguo, hago la señal de la cruz, tranquilizo al Dios cristiano. Acto seguido, toco una varita mágica que compré en Colonia en compañía de Cristina Fernández Cubas, calmo a los dioses paganos. Esa varita está en mi escritorio desde hace once años, y cualquiera se atreve a desplazarla a otro lugar de la casa. Por si usted no lo sabía, Cristina tiene magia, tiene extrañas relaciones con el mundo de las cosas que ya no existen, se dice que tiene poderes y una gran capacidad para captar lo extraordinario en lo normal. Cuando compramos en Colonia mi varita (ella se compró otra igual), me dijo que no la perdiera de vista, por eso toco esa varita cada mañana”.

Marcel Proust volvía a casa muy tarde. Se acostaba, no sin ponerse un pijama y un grueso jersey de lana del Pirineo, que le mantenían caliente con una bolsa de agua. Luego, trabajaba hasta las siete de la mañana. Escribía deprisa, con plumillas de marca Sergent major. En la mesilla de noche tenía 15 plumas al alcance de la mano, dos tinteros escolares y un reloj de péndulo barato. Sin todo eso no era capaz de escribir.

Marguerite Duras era incapaz de escribir una línea sin una botella de whisky, y necesitaba además la misma mesa y la misma silla, delante de la misma ventana. Y silencio absoluto.

Kafka sólo escribía a oscuras o en penumbra, y sólo, además, con tinta azul o morada.

Thomas Mann se enjuagaba las manos en agua de violetas continuamente, en su estudio, rodeado de enormes palanganas.

Los diarios del adiós, de Sándor Márai

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Se dice que si la muerte no existiera para determinadas personas y fueran inmortales, estos humanos no podrían soportar vivir tanto y ver la inmensa cantidad de problemas en el mundo. En su vida personal asistir, por ejemplo, al fallecimiento de seres amados que uno a uno parten.

En sus Diarios. 1984-1989, Sándor Márai mezcla "lecturas, pensamientos, recuerdos y noticias. Lo mismo uno encuentra una anotación sobre las campañas para las elecciones presidenciales en Estados Unidos (refiere el duelo televisivo entre Reagan y Mondale) o el terremoto en México, que la noticia de unos jovencitos que crearon un club de suicidas o un tipo que cruza el Atlántico en globo. Uno se encuentra también con la muerte de Richard Burton o el asesinato de Indira Gandhi (en este caso apunta: "La India es un país religioso. Las vacas son sagradas, pero está permitido disparar a primeros ministros")". Y habla de su esposa y su partida, la muerte de su hijo, su soledad:

Dos ancianos -enfermos, casi ciegos, tambaleantes-, atildados con una elegancia algo anacrónica, se apoyan mutuamente mientras caminan por San Diego, en Estados Unidos, a mediados de los años ochenta. Son húngaros. Él se llama Sándor Márai y fue un escritor de fama en su patria hace cinco décadas, aunque ya casi nadie lo sabe, pues la abandonó hace cuatro; allí sus libros están prohibidos y en los lugares en que vivió su exilio desde entonces -Berna, Nápoles, Nueva York, Salerno, California-, siguió escribiendo en su idioma y publicando en pequeñas editoriales húngaras en el extranjero. La mujer que lo acompaña es su esposa, Ilona Matzner (la llama Lola). Se casaron en 1923 y nunca se han separado desde entonces.

Ninguno de los dos sabe en ese momento que quince años después comenzaría una suerte de redescubrimiento y recuperación de la obra de Márai, que sería ampliamente leído y celebrado, que se harían adaptaciones teatrales y cinematográficas de sus libros. Ninguno de los dos sabe en ese momento que antes de eso, muy pronto, a todas las penurias que ya han debido pasar se sumarían otras.

A mediados de los ochenta, cuando Márai camina con su mujer, dando un paseo quizá, quizá yendo al médico, su obra es ya vastísima. Comenzó a escribir en los años 30 y en ciertos períodos era capaz de publicar un promedio de dos libros al año: novelas, ensayos, poemas, obras teatrales, artículos periodísticos. En su exilio, iniciado en 1948 -como consecuencia de haber sido tan visceralmente antifascista como anticomunista- escribió además memorias y diarios. Según algunos de sus lectores en húngaro, en los varios tomos de sus diarios está tal vez lo mejor de su obra. A mediados de los ochenta, cuando Márai está caminando con su mujer, ya había publicado cuatro tomos de ellos y preparaba el quinto. De estas y otras cosas podemos enterarnos tras la publicación del sexto, último y póstumo de esos diarios y el primero en traducirse al castellano.

Anotaciones varias

Quienes hayan gustado de sus novelas de pasiones reprimidas y esperas infinitas en ambientes centroeuropeos, se encontarán en Diarios. 1984-1989 con un registro distinto. Hay confesiones, pero a sí mismo, y el idioma tenderá a ser seco y no florido, su tema no será la descomposición de la burguesía húngara, sino la propia. El 18 de marzo de 1984, recuerda la ocupación de Budapest por los alemanes: "Hoy hace cuarenta años que se destruyó el yo que fui y cobró forma ese otro que soy en la actualidad. El mismo que ahora se desmorona".

Pasados los ochenta Márai está viejo y fatigado. Señala, recién iniciado 1984 (20 de enero): "Cansancio, languidez, fragilidad. Como cuando las pilas se agotan y la linterna sólo parpadea". En esos parpadeos, apunta sus reflexiones literarias y observaciones, alterna recuerdos personales con comentarios diversos, desde sus lecturas a las noticias de actualidad. Lee autores húngaros, tanto recién publicados como clásicos nacionales. Lee a Edmund Wilson (y lo elogia), a Henry James (y lo critica). Comenta al pasar las dolencias de la vejez y su disconformidad con el mundo actual, con pesimismo y desencanto, no carente de humor. Intenta terminar una novela policial (lo logra), pero escribe "como quien hace gimnasia por la mañana". Lanza sus dicterios contra el siglo XX, contra la industria del libro.

A mitad de 1984 apunta: "Estoy enfermo y, a mis ochenta y cinco años, merezco marcharme. Mis coetáneos deben de pensar lo mismo, puesto que proliferan los panegíricos" (8 de junio). Si en sus novelas abordó la traición y la pasión amorosa, aquí primará la fidelidad y el temor a perder a la mujer amada. Siente devoción por su esposa, con quien ha pasado los últimos 60 años, en que las penurias no han faltado (en 1939 tuvieron un hijo, Kristófka, que murió poco después). El 31 de diciembre, anota que su mujer debe operarse: "Si la muerte nos llegara a la vez , juntos, sería el mayor regalo para los dos". En abril del año siguiente comienza la debacle: Lola (la menciona como L.) se cae y se rompe el brazo, los cuidados le consumen todo el día. En noviembre, los médicos deciden trasladarla a una institución para enfermos terminales. Tiene cáncer. "Irnos juntos, sin dolor, es mi última esperanza" (11-11-1985). "Si se va, ya nada tendrá sentido" (21-11-1985). El 4 de enero de 1986, anota. "L. ha muerto".

Silencio. Sólo escribe más de un mes después: "La furia. Nada de enternecerse, de meditar. Sólo la furia. A veces bramar de pura rabia. Porque ha muerto. Enfurecido con el médico porque no pudo ayudarla. Enfurecido con Dios (si existe) porque tampoco la asistió, y enfurecido con Dios (si no existe) porque no existe cuando se necesita su intervención. Enfurecido con la gente, porque no la ayudó. Enfurecido conmigo, porque no fui capaz de hacer algo más. Enfurecido con ella, porque murió" (20-02-1986).

Recuerdos y soledad

Márai entonces comienza a doblarse bajo el peso de los recuerdos y de la soledad. Está completamente solo. Únicamente János, su hijo adoptivo -durante la guerra, él y su mujer se hacen cargo de un niño que llegarían a adoptar-, lo visita. Había decidido permanecer atado a la vida mientras viviera su mujer, pero no quiere llegar a la situación de ella, no quiere terminar en manos de los médicos (a quienes dedica varios insultos, entre ellos "perreros con título"). El 18 de febrero de 1986 se compra un revólver. Dice que no tiene planes de suicidio, pero es bueno saber que podrá acabar con el deterioro en cualquier momento. Más tarde asiste a unas clases para su uso. En julio de 1986 es operado de la próstata. Las entradas en el diario se distancian.

El primer día de enero de 1987 señala que durante el año que recién terminó, "me lo han robado todo": murió Lola y también sus tres hermanos. Pero no sabe que aún lo esperan otras pérdidas. El 23 de abril de 1987 comienza: "János ha muerto". Una trombosis, a los 46 años. Lo siente como "un puñetazo en el pecho", como un insulto. "Ya no quiero escribir ni vivir, sólo irme en paz. Sería un gran regalo no despertarme más". En junio: "Ahora vuelvo a escribir, como un condenado a muerte que, mientras espera la ejecución, graba con las uñas unos pocos signos en la pared". Ni siquiera entonces, como no lo hizo antes, se entrega a la autocompasión ni al consuelo religioso, tampoco a las seducciones de éxito. En 1988, la Asociación de Escritores en Hungría lo invita a volver a casa: "Quieren convertirme en un monumento nacional. Se proponen reeditar toda mi obra, publicarla encuadernada en piel, incluyéndome a mí. El destino común de los monumentos es que sus pies queden cubiertos de meadas de perro". Se niega.

Los diarios finales de Sándor Márai son tan agudos (y a veces divertidos) como conmovedores. Un compatriota suyo, Imre Kertész (Premio Nobel 2002), en el ensayo que le dedica -recogido en su libro La lengua exiliada- señala sobre ellos:

"Son para mí, quizá, el documento humano y literario más grandioso de la época, si es que pueden considerarse literatura las sencillísimas palabras con que un anciano habla de la soledad definitiva, de la muerte de su esposa y de su hijo, de algunas lecturas, de la compra de una pistola y finalmente de los preparativos para el suicidio".

La última frase de la última anotación de Márai, de 15 de enero de 1989, es: "Ha llegado la hora". Luego tendrá lugar un encuentro largamente esperado, su último encuentro. El 21 de febrero se pegó un tiro.

Cuanto dolor tuvo que soportar Márai al final de su vida. Fuera de su patria, la muerte de su esposa, la muerte de su hijo, la muerte de sus tres hermanos, la enfermedad propia... Ya no quiere escribir ni vivir más. Totalmente comprensible...

Sándor Márai: los diarios del adiós.

Reglas para escribir una reseña: John Updike

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Leo en en el blog de Antón Castro, que a la vez toma del blog de Daniel Gascón, su hijo, que John Updike escribió sus reglas para escribir una reseña en Picked-Up Pieces:

“Mis reglas, grabadas por traumas de juventud en el extremo receptor de la opinión crítica, eran y son:

1. Intenta entender lo que el autor quería hacer, y no lo culpes por no lograr lo que no intentaba.

2. Da las bastantes citas directas –al menos un pasaje extenso- de la prosa del libro para que el lector de la reseña pueda formar su propia impresión, tener su propio gusto.

3. Confirma tu descripción del libro con citas del libro, aunque sólo sean de una frase, en lugar de un resumen confuso.

4. Sé moderado en el resumen de la trama, y no cuentes el final…

5. Si juzgas un libro deficiente, cita un ejemplo exitoso en la misma línea, de la obra del autor u otra parte. Intenta entender el fracaso. ¿Seguro que es suyo y no tuyo?

El miedo a los animales: Enrique Serna

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Enrique Serna, El miedo a los animales (México: Punto de lectura, 2008)

El desaliento se alimenta al terminar de leer esta novela de uno de los mejores escritores mexicanos en la actualidad, Enrique Serna. Fue publicada por primera vez en 1995 por Mortiz y ahora la publica Punto de lectura. El desencanto proviene de lo sabido, conocido, vivido en el medio literario y cultural, una biósfera que el narrador caricaturiza al recorrer su historia. La obra retrata esa corrupción a nivel político que visita también al medio cultural y, particularmente, al literario. El humor (característico en la obra de Enrique Serna) y la ironía en la novela, son un halo brillante que ilumina la atmósfera de la narración en tercera persona.

Víctima de una ambición impura, como el protagonista de Ilusiones perdidas, tituló su novela Sueños decapitados y le puso como epígrafe una cita de Balzac: No hay gran diferencia entre el mundo político y el mundo literario. En ambos mundos sólo encontrarás dos clases de hombres: los corruptos y los corrompidos.

El protagonista es Evaristo Reyes, una persona que de niño "se orinaba en la cama porque le tenía miedo a Dios", periodista honesto que traiciona sus ideales y se convierte en un policía judicial con "la idea de narrar sus experiencias en un reportaje". Cae a las órdenes de un comandante de la policía sumamente corrupto, Jesús Maytorena. Maytorena es capaz de todo con tal de conseguir lo que desea y mantener su puesto. Prepotente, grosero, vulgar, torturador, narco-policía que, también, regala cocaína a sus subordinados y "tiene parrandas de quince días en la zona roja de Acapulco hasta que su esposa va por él en una ambulancia". Todos sus actos son semejantes, y peores:

A principios de los setenta, (Maytorena), acompañado por tres de sus hombres, todos cubiertos por pasamontañas, había robado un banco en avenida Constituyentes. Media hora después, con el botín escondido en la cajuela de su coche, había regresado al lugar de los hechos, para iniciar la investigación del asalto, que atribuyó a la Liga 23 de septiembre. Como protector de narcotraficantes había tenido encuentros armados con la Federal de seguridad, y hasta con el mismísimo ejército, pero siempre salía ileso porque, según el Chamula, tenía un amuleto en forma de iguana que lo inmunizaba contra las balas.

Pues semejante servidor del pueblo le ordena a Evaristo Reyes investigar a Roberto Lima, un periodista cultural del diario El matutino que en uno de sus artículos insulta a Jiménez del Solar, el presidente de la República que, se sabe después, "había dejado el país en la ruina". Evaristo Reyes tuvo sueños literarios, le gusta mucho leer y tiene deseos de escribir un libro donde destape toda esta corrupción de la que es testigo y participa (es secretario de Maytorena). Por estas características le apodan "el intelectual". Cuando recibe la orden de investigar a Roberto Lima lo piensa detenidamente, sabe que van a matarlo porque es un escritor y periodista que se atreve a decir la verdad, por ello para Reyes no merece morir. Admira todo ese ámbito literario en el que no pudo triunfar y que por las presiones económicas de su esposa, Gladys, tuvo que abandonar y dedicarse a obtener dinero. En el ambiente literario era muy difícil obtener un sueldo que diera para vivir con lujos, al menos que se tuviera amigos, contactos con poder que le hicieran ganar premios, becas, publicaciones, aunque escribiera mal o con mediocridad, eso era lo de menos, lo importante era tener "palancas". Así que, por conciencia, decide poner sobre aviso a Roberto Lima.

Investiga en El matutino su dirección, y lo va a visitar. En este encuentro en el departamento de Lima, Evaristo Reyes le advierte lo que está sucediendo, le dice que se cuide porque Maytorena lo puede matar. Platican de algunas cosas y al despedirse le deja su mágnum por si necesita defenderse. Al salir, choca en la escalera con un sujeto que lleva gabardina y fuma puro.

Pero sucede que asesinan a Lima a los pocos minutos que Evaristo sale de su departamento en la calle Galeana de la colonia Peñón de los baños. Obviamente que "el intelectual" intuye que fue el hombre de gabardina que fumaba puro, con el que se topó en la escalera del edificio sin ponerle mucha atención. La identidad del asesino jamás se presiente, es inimaginable creer que sea quien se nos descubre al final y el móvil que lo llevó a realizar su crimen. De inicio, Maytorena cree que fue Evaristo, pero éste lo niega rotundamente y promete investigar quien lo mató. De aquí se desprende una serie de acontecimientos que conforman la médula de la novela. Evaristo empieza sus investigaciones y descubre muchas cosas. Por ejemplo, que la amante de un director puede "ganar" una plaza y aplastar sin escrúpulos a quien la merece por tener el perfil y veinte años de trabajar en una institución o, también, que corrieron a Roberto Lima por corregir a su jefa, Perla Tinoco, "una cerda que se emperraba en escribir exuberancia con hache intermedia. Una vez la corregí con el diccionario en la mano y se puso furiosa. Que me vas a enseñar tú, me gritó, si eres un pinche naco y yo estoy doctorada en el Colegio de México". "Admiro a Perla Tinoco", comenta uno de los personajes a Evaristo, originándose el siguiente memorable diálogo:

Porque siendo la poetisa más cursi, ramplona y analfabeta de México, ha reptado con una habilidad increíble para llegar al lugar donde está.
-Pero hace un rato, en la presentación de su libro, dijiste que era una maravilla -observó Evaristo.
-Y qué querías que dijera, si Miss Piggy es la virreina del Conafoc. Todo pasa por su oficina: ella reparte becas, premios, ediciones, viajes al extranjero, y tiene muy mala leche cuando se siente ofendida. Cuidado con estar en su lista negra, porque ya te chingaste para todo el sexenio. Por eso, si ella cree que es la reencarnación de Sor Juana con unos cuantos kilos de más, ¿qué me cuesta darle por su lado?
-Pues yo me la tragué toda -mintió Evaristo-. Creí de verdad era una chingona.
-Porque no sabes cómo se hace la crítica en México -intervino Nieto aleccionador-
-Lo que se dice en público no cuenta. Son puras fórmulas de cortesía. En charlas de café o en reuniones de amigos es donde nos tiramos la neta, siempre y cuando el criticado esté ausente.
Esto es lo que el Robert nunca entendió. Quería decir la verdad en los periódicos o gritársela a la cara a los escritores y la gente del medio lo alucinaba.
-Pobre cabrón -continuó- Se amargó la vida por necio. Cuantas veces no le dije: Robert, agarra la onda, qué ganas de partir madres a diestra y siniestra. Aprovéchate de los pendejos en vez de pelearte con ellos.
Pero él se tomaba a lo trágico nuestro mundito literario, que es para morirse de risa. Era un personaje de Tolstoi, obsesionado con la verdad y la rectitud, metido en una novela picaresca llena de estafadores, charlatanes, lambiscones y putas.

Actores y actantes espectaculares deambulan por El miedo a los animales: Fabiola, que se acostaba con Perla Tinoco para que le publicara su pésimo libro de poemas o el tal Osiris Cantú de la Garza, el narcopoeta, un escritor del montón con mucho dinero gracias a que, "aparte de traficar con drogas, trabaja de aviador en el Instituto". Cuando Evaristo se presenta en su casa y lo lleva preso, le dice Osiris: "-¿Qué es lo que quiere? Yo no me meto con nadie. Soy gente de paz. ¿Te refieres a Octavio? Pues conmigo no valen esas palancas. Jálale para adentro". Otro digno de mencionar es Claudio Vilchis, el segundo de a bordo en el Fondo de Estímulo a la Lectura, "las ratas como él no matan de frente: matan desde lejos con la firma de un memorándum". Este funcionario cultural despide de su trabajo al ahora asesinado Roberto Lima porque "le había pegado con tubo en una reseña. Con sus ínfulas de consagrado no pudo soportar que alguien le pusiera en su sitio". Cuando Evaristo, dentro de sus averiguaciones, le pregunta a Rubén Estrella, del Instituto de Artes y Letras, "¿y de verdad es un consagrado?", la respuesta es:

En su mafiecita, sí. Fuera de ella nadie lo pela. Es el típico literato exquisito, de ceja muy alzada, que se considera clásico en vida, cuida su prosa hasta el engolamiento y solo escribe sobre autores desconocidos en México, para deslumbrar al vulgo. En sus ensayos jamás podrás encontrar una idea propia, aunque la busques con lupa.
-Pero si es tan chafa, ¿cómo ha llegado hasta donde está?
-Por sus amistades. Los políticos no saben quién es quién en el mundo de la cultura y se dejan guiar por las apariencias. Siempre se le cuelga del brazo a las figuras internacionales cuando vienen de visita a México. Sin el resplandor ajeno sencillamente no existe. Tenemos varias (fotografías) donde aparece con Harold Pinter, con Gabo, conVaclav Havel, estirando el cuello para salir en la foto. Esto te dará una idea de quien es.
Uno de los personajes que más destaca, es Palmira Jackson. Una mujer de izquierda que en sus discursos siempre apoya a los pobres y desprotegidos hasta las lágrimas, que ayuda generosamente sin esperar nada a cambio. Pero eso sí, con una casa muy lujosa en las Lomas, ropa de lo más fino, secretaria para que lleve su agenda siempre llena, que hace lo siguiente, en privado, por supuesto. Están en la casa de Palmira Jackson, en la conversación se está organizando un acto de apoyo social donde estarán autoridades del gobierno, la televisión, los periodistas, etc, será todo un suceso:

La idea es reunir a un grupo de escritores, intelectuales y artistas de reconocido prestigio, comprometidos con las causas populares, que formen un mosaico representativo de la sociedad civil. En total son ocho y tendrán intervenciones de 15 minutos, para no cansar a la gente.
-¿Pero quienes son? insistió Palmira.
- Palmira lanzó un grito de cólera: -¿Rita Bolaños? ¡Pero de donde saca usted que esa mamaracha es una intelectual de prestigio!
-No se enoje doña Palmira, yo no hice la lista -se disculpó Valtierra-.
-¿Entonces le ponemos tache?
-Con doble cruz -le ordeno Palmira- ¿Quiénes más están en la lista?

¿De modo que Palmira, piensa Evaristo, también era un mounstruo de vanidad, una mamona obsesionada con las jerarquías? ¿Cómo creer en su calidad humana si tenía esos desplantes de vedette infatuada? ¿De verdad quería a los pobres, a los damnificados y a las víctimas de la represión política, o los había utilizado como trampolín hacia el estrellato?
De pronto, un reportero se aproxima a entrevistar al hijo de Palmira antes de que salga al club de tenis: "Supe que vas a distribuir en estados Unidos el video del Ejército zapatista. -Sí, mi jefa me conectó con los productores. Mañana salgo a Los ángeles para ver al distribuidor que lo va a promover en televisión. -Ojalá tenga éxito. Hace falta difundir la lucha zapatista en el extranjero. ¿Tu crees que se venda mucho? -Eso espero, porque llevo un porcentaje de utilidades y con lo que gane me pienso comprar un Ferrari. Palmira se apresuró a intervenir: -No le haga caso. Ese dinero es para un albergue en la selva Lacandona. Guillermo tiene la manía de hacerse el chistoso delante de mis amigos. -Dices la verdad mami. Guillermo sonrió con picardía-. No tiene nada de malo que estemos haciendo un bisnes. -Cállate, imbécil. Ya saludste, ¿no? ¿Qué esperas para largarte al club?".

Las averiguaciones de Evaristo continúan, muchas cosas semejantes a las mencionadas va descubriendo. Los que no eran pero parecían intelectuales regían los medios culturales más importantes escalando hasta esos lugares gracias a artimañas, apariencias, intrigas, simulacros, muchas envidias, amistades con poder, etc. Todo un círculo vicioso irrompible gracias a lo mismo.

La investigación del asesinato se complica, el procurador exigía a Maytorena encontrar al asesino de Roberto Lima ya que los intelectuales presionaban mucho en los medios para que se le capturara. Al presidente de la República, además, no le convenía los escándalos y había que hallar a un culpable a como diera lugar. Así que Evaristo es acusado por la muerte de Lima y entra a la cárcel, aquí escribe su novela que titula Sueños decapitados. Pero un día de visita en el penal llega a verlo el verdadero asesino. De lo que se entera, sucede y hace, da para otra novela...