Eduardo Galeano

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Fui a ver a Eduardo Galeano que se presentó en el Auditorio de la Facultad de Humanidades de la Universidad Veracruzana, de la que recibirá el doctorado honoris causa (también lo recibirá Ernesto Cardenal, aquí foto y reseña). Me desilusionó totalmente, es una persona pedante.

Habló de lo mismo que habla desde hace años. Atrás de ese contar sus chascarrillos, lances, anécdotas de siempre, de comentar todos los premios que ha recibido, se le percibe claramente un donaire de creerse en demasía.

Jamás pensé que Galeano fuera de esta forma. Con todo, las personas que asistieron, que fueron muchas (lleno completo), le aplaudieron bastante.

Fallece el hijo de Sylvia Plath

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Si la depresión es hereditaria o no ¿cómo saberlo? Lo que si es posible es lamentar el suicidio de Nicholas Hughes, hijo de los poetas Ted Hughes y Sylvia Plath que, como recordamos, deprimida por el rompimiento con su esposo tomó la decisión de quitarse la vida dejando abiertas las hornillas de la estufa, en su casa de Londres.

Nicholas Hughes era un notable investigador de la fauna marina de Alaska, según se lee en los diarios. Dicen estas notas que "durante muchos años fue denostado –sobre todo por organizaciones feministas– por haber supuestamente provocado el suicidio de su mujer con sus infidelidades. A saber...

Cuando Sylvia Plath se suicidó tomó la precaución de sellar con toallas mojadas la puerta de la cocina, para no afectar a sus hijos Nicholas y Frieda, de uno y dos años de edad, respectivamente, a quienes dejó abrigados y dormidos en el cuarto de al lado, y con galletas y un vaso de leche para cada uno. A pesar de toda la atención mediática que recibió el caso, Hughes mantuvo oculta la verdad a sus hijos hasta que éstos llegaron a la adolescencia.

Seis años después, como si se tratara de una pesadilla recurrente, la compañera del escritor, Assia Wevill –quien en su momento fue esposa de su amigo el poeta David Wevill–, se quitó la vida de la misma forma que Plath: intoxicándose con gas, sólo que en esta ocasión también murió la hija de Ted y Assia, Shura.

A causa del dramatismo de la historia familiar –que incluso fue llevada al cine en 1993–, muchos de los comentarios giran más en torno de los suicidios que del talento literario de Sylvia Plath o su ex esposo, quien murió de cáncer en 1998.

Nicholas Hughes fue recordado por su hermana Freida como una persona amable y un amigo fiel".

Renunciar a escribir

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Varias son las circunstancias que llevan a no querer o no poder seguir escribiendo. Puede ser el estar cansado, el no tener que contar, demasiado trabajo, etc. Aquí, varios escritores que han renunciado a su voz:

"Cuando a Juan Rulfo le preguntaban por qué ya no escribía, él solía contestar: "Pues porque se me murió el tío Celerino, que era el que me contaba las historias". La excusa -una de las más originales hasta ahora inventadas- es recogida por Enrique Vila-Matas en su obra Bartleby y compañía (2000). En ésta, el narrador discute el mal de las letras contemporáneas, de la pulsión negativa o la atracción por la nada que hace que "ciertos creadores, aun teniendo una conciencia literaria muy exigente (o quizás precisamente por eso), no lleguen a escribir nunca; o bien escriban uno o dos libros y luego renuncien a la escritura; o bien, tras poner en marcha sin problemas una obra en progreso, queden, un día, literalmente paralizados para siempre". Vila-Matas habla en este libro, de principio a fin, sobre aquellos que han dejado de escribir, e indaga en los motivos que tiene cada uno para hacerlo. La misión del autor, en este sentido, es encontrar a los "bartlebys" que residen en este mundo. El término, tomado del personaje del estadounidense Herman Melville, hace referencia a todas aquellas personas que habitan en una profunda negación y que ante cualquier petición responden infaliblemente con un "preferiría no hacerlo".

¿Por qué algunos escritores dejan repentinamente este oficio?, ¿qué razones podrían hacerlos perder su vocación?, ¿qué motivo los puede llevar a un silencio total? Para el crítico Camilo Marks, razones hay tantas como escritores: depresión, locura, alcoholismo, vivir en el borde de la criminalidad, bloqueo creativo, psicopatías, castigos y persecuciones. Y agrega: 'En la actualidad, también existen otros tipos de causas, como indiferencia del público, malas críticas reiteradas, hechas con mala fe, pues atacan al autor/a y no a sus textos, hastío, incomprensión y carencia total de estímulos, tener que hacer frente a insultos y vejámenes, políticas editoriales, entre otros' ".

Recuento de la crítica literaria en México: Evodio Escalante

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Evodio Escalante, doctor en Letras, investigador del departamento de Filosofía de la UAM Iztapalapa y crítico literario, es un colega y amigo al que estimo y admiro. Hoy publica en el suplemento cultural Laberinto de Milenio, este interesante reportaje sobre la crítica literaria en México, un recuento:

La crítica ha de ser levantisca. Lo afirmo en el doble sentido de que debe contribuir a elevar el nivel general de una literatura, y en el de que está llamada a levantarse o sublevarse contra los lugares comunes y los prestigios establecidos. Si lo primero se antoja un ideal metafísico o una hipótesis difícil de comprobar, lo segundo era la realidad voluntariosa entre los críticos más señalados de los años setenta y ochenta. Aguerridos, militantes, contestatarios, los críticos de esa generación con la que de algún modo me identifico no conocieron cotos sagrados ni figuras que resultaran intocables pese a su pedestal. De esa época son los memorables ataques de José Joaquín Blanco contra la logomanía mitologizante de Carlos Fuentes en Terra Nostra, y contra las presuntas metáforas tercermundistas que Octavio Paz habría desplegado en El mono gramático.

El progresivo declive de Fuentes entre los lectores mexicanos tiene en este texto de Blanco un decisivo punto de partida. No es un detalle menor señalar que Fuentes ni siquiera se molestó en acusar recibo de la crítica. Todavía lejos del Nobel, aunque cada vez más cerca de él, Octavio Paz también fue pasto de los jóvenes zorros. No le tembló la mano a José Joaquín Blanco para indicar su distancia frente a uno de los libros de prosa más felices de Paz. La imagen en la que el poeta narra cómo durante algunos de sus paseos por las praderas de la India tuvo que servirse de una vara para ahuyentar a una manada de monos que trataba de acercársele, la interpretó Blanco como una metáfora que hablaba del poeta exquisito y su afán por mantener a raya a las hordas empobrecidas del tercer mundo, que, por supuesto, le disgustaban.

Aunque estimo que el libro de Paz no se merecía esa interpretación pendenciera, lo interesante del asunto era justamente la franca irreverencia ante uno de nuestros monstruos, en plena carrera internacional que ya le redituaba toda suerte de premios y distinciones. Había resultado chocante, y creo que esto explica en parte la virulencia de Blanco, el hecho de que la versión francesa de este libro había aparecido… ¡dos años antes que la española de Seix Barral! ¿No significaba esto una suerte de menosprecio hacia los lectores de nuestra lengua, que nos convertíamos así en lectores de segunda clase? Blanco le cobraba caro al poeta este desdén a sus interlocutores más inmediatos.

No se quedó atrás Jorge Aguilar Mora. Con instinto dinamitero publicó un libro que los reflejos autoritarios del México de entonces habían considerado como de aparición imposible: La divina pareja. Historia y mito en Octavio Paz. El autor, que se decía había sido alumno de Roland Barthes en Francia y que se acababa de doctorar en El Colegio de México, intentó mostrar en este libro que la obra literaria de Paz no era sino un gigante con los pies de barro. Aunque fue silenciado en su momento, y al parecer no hubo repercusiones del mismo en las secciones de reseñas, que “enmudecieron” de modo unánime y sospechoso, este libro marcó un precedente de gran importancia: más allá de sus fallas argumentativas, y hasta de sus excesos, que por supuesto los tenía (Aguilar Mora cometió el gafe de acusar a Paz de “cobardía”… ¡basándose para ello en una lectura sesgada de unos versos de Piedra de sol!), la sola existencia de este título demostró que era posible sentar incluso a los dómines más célebres en la silla de los acusados.

No sólo monolitos como Fuentes y Paz, también escritores de nuevo cuño como José Agustín podían ocupar el sitial de una bête noire. Paloma Villegas y Adolfo Castañón, cada quien por su lado (pero no fueron los únicos, ni los primeros), arremetieron con distintos argumentos contra uno de los inventores de lo que se llamó “literatura de la onda”. La velocidad de la prosa de Agustín, lo mismo que su eficaz registro de los giros coloquiales de la chaviza, parecieron un mero artilugio taquigráfico que no merecía mayor atención, y que quedaba fuera de lo que en sano juicio se consideraba “obra literaria”.

Castañón incluso se metió con Pacheco. Estimó que la mayoría de los relatos fantásticos contenidos en El principio del placer… “no resisten una valoración literaria rigurosa”. Con estas palabras, Castañón ponía en duda, ni más ni menos, a una de las inteligencias literarias más impresionantes que ha habido en nuestro país. (Y a uno de sus mejores volúmenes, habría que agregar, pues ahí se encuentran esos relatos magistrales llamados “La fiesta brava” y “Tenga para que se entretenga”).

En esta misma vena iconoclasta, a mí me tocó mantener a fines de los años ochenta una discusión periodística con Antonio Alatorre acerca de los nuevos métodos de análisis literario, a los que el filólogo había ridiculizado en sendos ensayos aparecidos en la Revista de la Universidad y en la desaparecida Vuelta. Mi fallecido amigo José Amezcua me comentó por esos días, no sin un dejo admirativo, que se repetía la querella de los antiguos y los modernos.

No cualquier bodrio merece la gloria de la imprenta. Toda idea merece ser discutida. Estas podrían ser dos de las consignas a las que respondía, sabiéndolo o no, esa generación crítica que ya pertenece a la nostalgia.

Los aires contestatarios del post-68 han sido sustituidos por una ola posmoderna y plural, por una tribu letrada menos belicosa. De aquella tolvanera, empero, se desprende una secuencia de nombres entre los que pueden mencionarse desde Jaime Moreno Villarreal (perspicaz en La línea y el círculo, aunque, hasta donde me doy cuenta, dejó la crítica literaria para especializarse en la de artes plásticas) hasta Armando González Torres, quien también ha incidido por cierto en una revisión de los logros discursivos de Paz y sus consiguientes polémicas.

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