Juan Rulfo: Una novela de murmullos

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Felicidades a José Gordon, y al equipo de Imaginantes, por el merecido Premio Internacional Goliardos.

Ser y tiempo

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Aunque hace días que no escribo en el blog, paso por él todos los días. Cuando no es una cosa es otra, pero el tiempo siempre lo traigo encima. Siento que ahora los días pasan más rápido y esto no siempre me agrada, pero nada puedo hacer para detener el tiempo a mi gusto.

Estoy dando un curso en la Facultad de Letras que necesita mucha dedicación. El semestre, por esta ocasión, será de tres meses. Y el horario de mi clase es de 12 a 15 horas, imagínense. Es antipedagógico este horario, pero necesario. Los estudiantes a esta hora ya deben de estar cansados y con apetito, desde las siete de la mañana inician sus clases.

Ayer, 22 de septiembre, recordé a Juan García Ponce, hubiera cumplido 78 años. Para hablar de este gran escritor entrevistarán a Fernando García Ramírez, en canal 22. Ya les avisaré el día y la hora para quien desee ver el programa. Será una interesante y amena velada.

También ayer, hace 100 años la UNAM fue fundada. Miren este monográfico que preparó la Revista de la Universidad de México. ¡Goya! ¡Universidad!

Mañana inicia la Feria Internacional del Libro. El día 1 de octubre estaré en la presentación del libro de cuentos Edificio, de Ana García Bergua. Les recomiendo mucho su lectura.

¿La literatura vuelve a los humanos locos?

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En su edición de septiembre, dice Héctor de Mauleón, Nexos publica un listado de los métodos de trabajo de un grupo de artistas consagrados. La lista fue extraída de la sección Letras y Artes de Laphan’s Quarterly. Revela la serie de conductas extrañas, maniáticas, delirantes, que acompañó la labor creativa de algunos músicos, poetas, pintores y escritores.

La lista me hizo recordar una foto en la que Hemingway, en piyama y pantuflas, escribe en cierto hotel londinense: Papá Hemingway había sellado su habitación colocando la mesa de trabajo contra la puerta: la única manera de abandonar aquel cuarto era seguir tecleando hasta alcanzar la cuartilla final (Hemingway, por cierto, tenía la costumbre de hacer pausas entre uno y otro párrafo, para comer mandarinas).

La lista me hizo recordar también el caso Gide: después de culminar cada oración, André levantaba la vista para mirarse en un doble espejo colocado frente a su escritorio. En 1893 confesó que su propio reflejo le hablaba y escuchaba, lo acompañaba, le daba aliento. Escribir mirándose escribir: un acertijo para Lacan.

El escritor mexicano Pedro Castera, solía leerle sus cuartillas a un perro echado a sus pies. Castera creía que las páginas eran malas cuando el perro perdía interés y se quedaba dormido.

A la manera de Demóstenes, la joven Sor Juana solía trasquilarse el cabello y no lo dejaba crecer hasta que hubiera aprendido lo que se había propuesto: “no me parecía razón que estuviese vestida de cabellos cabeza que estaba tan desnuda de noticias”, escribió.

Se sabe de muchos escritores célebres que tuvieron la costumbre de escribir echados en la cama. No hay caso más triste, sin embargo, que el del entrañable don Manuel Payno: por problemas intestinales escribió la infinita novela El fistol del diablo sentado en una letrina, y con una tabla sobre las rodillas. Es fácil entender la causa por la que don Manuel olvidaba los nombres y extraviaba de pronto a los personajes.

¿Sólo los locos escriben o es la literatura la que vuelve a los hombres locos? Otro enigma para Lacan.

Laberinto, Milenio
4.9.10

Métodos de trabajo

Edith Wharton escribía en la cama hasta el mediodía, arrojando las páginas sobre el piso para que un secretario las recogiera y las transcribiera.

Victor Hugo escribía desnudo a veces, luego de darle la ropa a su valet y decirle que no se la regresara hasta que no hubiera terminado la tarea.

Ernest Hemingway al final de su vida escribía de pie ante un escritorio portátil (igual que Fernando Pessoa, aunque éste en un atril), con un lápiz en una mano y un trago en la otra.

Thomas Wolfe, que medía dos metros uno, usaba de escritorio la parte de arriba de su refrigerador.

Demóstenes construía sus oraciones luego de rasurarse media cabeza de modo que le diera mucha vergüenza mostrarse en público.

Jackson Pollock mudó su estudio de pintor de la recámara al granero, donde podía pintar sus lienzos cada vez más grandes desplegados sobre el piso.

Wolfgang Amadeus Mozart componía en la cama de las 7 a las 10 a. m., daba clases durante el día y asistía a conciertos, luego volvía a componer de noche.

Friedrich Schiller descorría las cortinas rojas de su estudio, ocasionalmente metía los pies en agua helada, y tenía manzanas podridas en su escritorio para olerlas mientras trabajaba.

John Keats se levantaba temprano, se bañaba, se ponía una camisa limpia como si fuera a salir, y luego se sentaba a escribir.

Henrik Ibsen se sentaba en su escritorio con un retrato al óleo de August Strindberg viéndolo, de modo que su paisano y “mortal enemigo” pudiera “estar ahí suspenso, mirando” mientras él escribía.

Emily Dickinson construía poemas en la cabeza mientras hacía cosas del diario como arreglar la despensa, luego los escribía en su cuarto a la luz de una vela.

John Cheever se ponía corbata y abrigo, tomaba el elevador rumbo al sótano del edificio de su departamento, ahí se desvestía hasta quedarse en calzones, y escribía la mayor parte de la mañana.

Wallace Stevens construía poemas en su cabeza mientras caminaba a su trabajo en la Compañía Hartford de Accidentes e Indemnizaciones.

Fuente: Nexos, 1.9.10