Jorge Cuesta, de Evodio Escalante

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Se acaba de presentar el libro de Evodio Escalante, Metafísica y delirio. El Canto a un dios mineral de Jorge Cuesta, México: Ediciones Sin Nombre, 2011. Jorge Cuesta es un escritor imprescindible en las letras mexicanas.

"Evodio Escalante, uno de los principales críticos e investigadores de poesía en México, se ha ocupado ya de los poetas contemporáneos. En Canto a un dios mineral, poema paralelo a Muerte sin fin, Escalante rastrea la influencia del pensamiento filosófico de Cuesta, la presencia de Nietzsche y sus derivaciones formales, ideológicas y psicológicas. Escalante establece lazos comunicantes entre ambos pensamientos y señala la condición-no obstante su faceta literaria- central para México por lo punzante de sus asertos. A su vez el aspecto del delirio, incluso clínico, de Cuesta es visto con rigor y pertinencia".

Reciprocidad...

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El amor a los libros. Conmovedor:

¡Pobre Igor!

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Años, Cesare Pavese

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"Años", Cesare Pavese
Cuento

De lo que era yo entonces no queda nada: apenas hombre, era aún un crío. Lo sabía hacía tiempo, pero todo ocurrió a finales del invierno, una tarde y una mañana. Vivíamos juntos, casi escondidos, en una habitación que daba a una avenida. Silvia me dijo esa noche que tenía que irme, o irse ella: ya no teníamos nada que hacer juntos. Le supliqué que dejara que probásemos de nuevo; estaba acostado a su lado y la abrazaba. Ella me dijo:

–¿Con qué finalidad? –hablábamos en voz baja, a oscuras.

Luego Silvia se durmió y yo tuve hasta la mañana una rodilla pegada a la suya. Apareció la mañana como había aparecido siempre, y hacía mucho frío; Silvia tenía el pelo sobre los ojos y no se movía. En la penumbra yo miraba pasar el tiempo, sabía que pasaba y corría, y que afuera había niebla. Todo el tiempo que había vivido con Silvia en aquella habitación era como un solo día y una noche, que ahora terminaba por la mañana. Entonces comprendí que nunca volvería a salir conmigo entre la niebla fresca.

Era mejor que me vistiera y me marchase sin despertarla. Pero ahora tenía en la cabeza una cosa que preguntarle. Esperé, intentando adormilarme.

Cuando despertó, Silvia me sonrió. Seguimos hablando. Ella dijo:

–Es bonito ser sinceros, como nosotros.

–¡Oh, Silvia! ‒susurré–, ¿qué haré al salir de aquí? ¿A dónde iré?

Era eso lo que tenía que preguntarle. Sin apartar la nuca del almohadón, ella sonrió de nuevo, beatífica.

–Bobo –dijo–, irás adonde quieras. ¿No es hermoso ser libre? Conocerás a muchas chicas, harás todas las cosas que quieras. Te envidio, palabra.

Ahora la mañana llenaba el cuarto y sólo había un poco de calor en la cama. Silvia esperaba paciente.

–Tú eres como una prostituta –le dije– y siempre lo has sido.

Silvia no abrió los ojos.

–¿Estás mejor ahora que lo has dicho? –me dijo.

Entonces me quedé como si ella no estuviera, y miraba al techo y lloraba sin ruido. Las lágrimas me llenaban los ojos y corrían sobre la almohada. No valía la pena que se diera cuenta. Mucho tiempo ha pasado, y ahora sé que aquellas lágrimas mudas fueron la única cosa de hombre que hice con Silvia; sé que lloraba no por ella sino porque había entrevisto mi destino. De lo que era yo entonces no queda nada. Queda sólo que había comprendido quién sería en el futuro.

Luego Silvia me dijo:

–Ya basta. Tengo que levantarme.

Nos levantamos juntos, los dos. No la vi vestirse. Estuve pronto de pie, junto a la ventana y miraba dibujarse las plantas. Detrás de la niebla estaba el sol, el sol que tantas veces había entibiado el cuarto. También Silvia se vistió pronto y me preguntó si no me llevaba mis cosas. Le dije que primero quería calentar el café y encendí el hornillo.

Silvia, sentada al borde de la cama, se puso a arreglarse las uñas. En el pasado se las había arreglado siempre en la mesa. Parecía abstraída y el pelo le caía continuamente sobre los ojos. Entonces daba sacudidas con la cabeza y se liberaba. Yo deambulé por el cuarto y recogí mis cosas. Hice un montón sobre una silla y de repente Silvia saltó en pie y corrió a apagar el café que se derramaba.

Luego saqué la maleta y metí las cosas. Mientras tanto, por dentro me esforzaba por recoger todos los recuerdos desagradables que tenía de Silvia: sus futilidades, sus malos humores, sus frases irritantes, sus arrugas. Eso me llevaba de su cuarto. Lo que dejaba era una niebla.

Cuando hube acabado, el café estaba listo. Lo tomamos de pie, junto al hornillo. Silvia dijo algo, que ese día iría a ver a un tipo, a hablar de un asunto. Poco después dejé la taza y me marché con la maleta. Afuera la niebla y el sol cegaban.

En: La Jornada Semanal
8 de enero, 2012.

La seducción de la lectura

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Para empezar este 2012, una interesante nota de María Teresa Priego:

"Lo imaginario se aloja entre el libro y la lámpara", Piglia cita a Foucault, quien a su vez cita a Flaubert.

Un hombre lee. Hay escenas más seductoras. No muchas. El placer de atraparlo en flagrante lectura. Lee en la fila para tramitar credenciales del IFE. La folie Baudelaire. Leyó de pie más de dos horas. Pegué la nariz en su libro. Casi se lo pedí prestado. Languidecíamos al borde de un acto ciudadano. Me contuve. ¿Justo ese título con referencia a la locura en un trámite que atraviesa la identidad? Igual ya lo leía cuando perdió su IFE. Casualidad. Yo traía Nunca te prometí un jardín de rosas. Habla de psicosis. Seguro también fue una casualidad. No leí ni una línea. Una no puede leer, chacotear en la fila y espiar al mismo tiempo a un hombre que lee. Son ocupaciones muy concienzudas.

Continuar leyendo La seducción de un hombre que lee.

Las mujeres de Cioran

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Hogar Internacional de Estudiantes del boulevard Saint-Michel, París ocupado por los nazis, 18 de noviembre de 1942. La fila para comer es larga y avanza con lentitud. Simone Boué está cada vez más cerca de lograrlo cuando un extranjero la aborda para preguntarle cómo llenar el cupón que debe entregarse antes de recibir los platos. Ella le explica con la paciencia propia de su profesión –está tomando un curso para dar clases después de haberse graduado en filología inglesa–. Él es rumano, lleva más de cincoaños viviendo en París como estudiante, aunque ya supera la treintena, conoce el francés a la perfección y con esta maniobra ha obtenido dos cosas: un lugar preferente en la fila y ligar con la mujer que lo acompañará de ahora en adelante hasta el final de su vida. “Yo era salvaje y tímida [...] Él jamás habló de mí [...] Y yo tampoco, por nada en el mundo le hubiese hablado a mi familia de él”, declaró Simone Boué en 1995, durante la única entrevista que concedió a un medio francés. Él, E. M. Cioran, abandonó Rumanía con la excusa de una beca y unos estudios doctorales que nunca terminó. Vivía en hoteles del Quartier Latin en la época en que costearlo no implicaba la venta de algún órgano vital. Para entonces había publicado cuatro tratados sobre su visión de la vida y la filosofía en su idioma natal, entre ellos En las cimas de la desesperación. Además de un tratadillo, La transfiguración de Rumanía, en el que no duda en declararse admirador de Hitler y exhibir argumentos de corte antisemita. Un libro delque se arrepentirá muy pronto al observar el horror desatado en su país por la Guardia de Hierro y por las tropas alemanas en toda Europa.

Cioran y Simone comen juntos, la atracción crece, ambos comparten la misma enfermedad: el insomnio. “Para el insomneno hay diferencia entre la noche y el día, sino una especie de tiempo interminable.” Se convierten en pareja, aunque siguen viviendo separados, pasean en la noche por las calles y visitan con regularidad el Café de Flore, también frecuentado por Sartre, aunque con él no cruzan palabra. Simone conoce a sus amigos rumanos, Eugène Ionesco y Benjamin Fondane, este último terminaría su vida en un campo de exterminio algunos años después. Cioran, como lo confesará en su vejez, vivió desde su llegada a París, como un parásito de la universidad. Estaba dispuesto a hacer lo que fuera necesario con tal de no tener que ganarse la vida.

Al finalizar la guerra, Simone es asignada como maestra en Mulhouse, Alsacia. Cioran viaja con regularidad en bicicleta a visitarla. Trabaja en el Breviario de podredumbre y ha tomado una decisión crucial: abandonar su lengua materna para escribir solo en francés. El trabajo es arduo, después confesará haberlo reescrito cuatro veces. “Para mí, era verdaderamente un desafío la idea de que debía escribir como un francés, competir con los franceses en el manejo de su lengua.” Simone pronto es trasladada a colegios más cercanos a París: Orleans, Versalles y finalmente al liceo Montaigne junto a los jardines de Luxemburgo. A partir de entonces ella mecanografiará todos los escritos del filósofo, pues él solo escribía a mano.

La experiencia vital no trasciende hacia sus pensamientos y postura intelectual:
El amor, un encuentro de dos salivas... Todos los sentimientos extraen su absoluto de la miseria de las glándulas. No hay nobleza sino en la negación de la existencia, en una sonrisa que domina paisajes aniquilados.
Tras el Breviario, aparecerá Silogismos de la amargura en 1952. Un fiasco: vendió doscientos ejemplares en diez años, Gallimardembodegó toda la edición. De sus libros hoy es el que más se reedita. Entonces, el autor se negó a seguir escribiendo y Simone se encargaría del sustento de ese hogar. “Si un escritor vive con una mujer que gana dinero, es un proxeneta. En ese sentido yo también he sido un proxeneta”, declarará Cioran décadas después. Gracias a Jean Paulhan, director de la Nouvelle Revue Française, quien le encargaba ensayos con regularidad, Cioran se mantuvo activo y produjo textos para posteriores libros. Lentamente sus textos encuentran lectores. Paul Celan lo traduce al alemán y lo da a conocer en su país. Dado su extremo escepticismo y crítica contra todo sistema político, sus escritos son prohibidos en Rumanía bajo la férrea influencia soviética.

Simone mantiene la economía familiar con su trabajo de profesora y se encarga de los más mínimos detalles del hogar. A comienzos de los setenta se mudan a un par de chambres de bonne en el sexto piso del número 21 de la Rue l’Odéon, a unas calles de los jardines de Luxemburgo, lugar favorito de sus caminatas. La vivienda carecía de elevador y estaba conformada por un baño compartido con otros departamentos, un estudio, al que solo podía entrar Cioran, una exigua cocina y dos habitaciones que hacían las veces de comedor, sala y dormitorio.

El renombre del escritor solitario, apátrida y pesimista, del filósofo aullador, como se autodenominaba, se extiende por el mundo. Fernando Savater se encarga de traducirlo e introducir sus textos en nuestro idioma.

Iremos ahora al año de 1981. Cuando Cioran se encontraba en el umbral de los setenta años, una joven profesora de filosofía de Colonia, Friedgard Thoma, le envía una carta para expresar su admiración, compara algunos de sus escritos con los de Büchner y Walser, encuentra su trabajo “edificante y regenerador”. Contra todo pronóstico, Friedgard recibe una carta manuscrita del filósofo escrita en un alemán bastante correcto que finaliza con una invitación a un encuentro personal en París. A vuelta de correo, Cioran recibirá un libro de regalo, una carta en la que Friedgard hace gala de su inteligencia y cultura, y una foto (gran sutileza femenina). Misma que, posteriormente sabremos, será el detonante de su obsesión.

El intercambio epistolar se hará frecuente y logrará su punto álgido tras la visita a París de Friedgard. Ella se aloja en un hotel cercano al departamento de Cioran y le acompaña en sus devenires por la ciudad. El filósofo viejo y escéptico aúlla, esta vez por un amor voluptuoso e imposible; sus cartas a partir de entonces nos muestran al Cioran humano, demasiado humano, quizás.
Con usted me gustaría hablar en la cama sobre Lenz. Lástima que no viva sola cerca de aquí. La alegría de haberla conocido se presenta como una prueba y también como un golpe. Me gustaría terminar con un aforismo irónico, pero no puedo.
La sensualidad en la senectud se proyecta en Cioran como un desgarrador canto de cisne. La imagen que había construido de sí mismo en sus escritos se resquebraja. “Se puede dudar absolutamente de todo, afirmarse como nihilista, ysin embargo enamorarse como el mayor idiota”, desliza en una entrevista, quizás una forma de desahogo, pues el asunto se mantuvo mucho tiempo en secreto.

El amor incandescente de Cioran se atempera a lo largo de los meses gracias a la magistral intervención de Friedgard y Simone. La amistad se conserva intacta durante más de una década. La alemana, enferma de cáncer, sigue recibiendo durante su tratamiento amables misivas del filósofo casi octogenario, que nunca la anima a suicidarse. Ella logra restablecerse, pero otra temible enfermedad empieza a devorar la memoria del viejo. En el otoño de 1992 durante una visita Friedgard lo acompaña al cementerio de Montparnasse, él desea visitar la tumba que Simone ha comprado para cuando llegue el momento. Cuando cree encontrarla se extraña de que aún no tenga su nombre. Es el último encuentro en la cordura. Menos de un año después será hospitalizado tras caer en su hogar, para ser luego internado por demencia.

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Jorge Cuesta

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Que los textos valgan por ellos mismos, sin necesidad de remitir a la persona que los escribió. El “eclipse” del sujeto moderno es uno de los supuestos de la crítica literaria desde los tiempos del estructuralismo francés que le dio la vuelta al mundo a partir de los trabajos de Claude Lévi-Strauss en el campo de la antropología, y de Roland Barthes en el de los estudios literarios. El texto por sí mismo, el puro juego de las estructuras, el enunciado sin el enunciador: ésta ha sido la divisa que continúa dominando, y me parece que para bien, en los ámbitos de la academia universitaria.

Mi lectura del Canto a un dios mineral ha querido sujetarse a esta regla. La figura de Jorge Cuesta, sin embargo, o mejor dicho, la de su “leyenda negra”, es al mismo tiempo tan singular y tan poderosa que no es posible sustraerse a una indagación de tipo personal, máxime cuando incluso los editores de su obra abonan documentación y argumentos que inciden en el tema. Si hemos de hacer caso a lo que se dice en la famosa “Carta al doctor Gonzalo Rodríguez Lafora”, que Cuesta escribiera para inconformarse del diagnóstico emitido por el especialista, los delirios del escritor mexicano estarían motivados por “una inclinación homosexual reprimida”. El dictamen parece benévolo si se lo compara con lo que Guadalupe Marín, su ex-esposa y madre de su único hijo, llegó a ponderar dentro de su novela autobiográfica La única (1938). En la portada de esta novela, realizada por quien fuera su anterior esposo, el pintor Diego Rivera, podemos ver una inquietante mujer con el torso desnudo que se bifurca en dos cabezas, y que como una Salomé de la época vanguardista ofrece al espectador en bandeja de plata la cabeza cercenada del intelectual Jorge Cuesta. El toque “sacrificial” que la portada anticipa, se confirma a lo largo del texto, donde la autora, según el resumen que ofrece el psicoanalista Jesús Martínez Malo, deja entrever, entre otras cosas: las pulsiones homosexuales de Cuesta, quien se habría enamorado de Xavier Villaurrutia; sus inclinaciones incestuosas, no sólo hacia su hermana Natalia, sino también hacia la progenitora de sus días; y, por último, los intentos por violar a Isabel Marín Preciado, hermana de la autora… a lo que habría que agregar las amenazas de suicidarse, proferidas por el propio Cuesta, con el fin de lograr su propósito erótico. Las “habladurías” a cargo de la voz anónima, y que por eso tienden a magnificarse, incluyen otras notas que consolidan la leyenda maldita del poeta mexicano.

En lo que concierne al asunto de la homosexualidad, Víctor Peláez Cuesta, en su texto titulado “Cuesta, el hombre” que puede leerse en las primeras páginas del tercer tomo de las Obras reunidas, señala con una lógica que me sigue pareciendo inexplicable: “Es sabido que en el grupo de Contemporáneos la homosexualidad no era un tabú. Se conoce una carta que Jorge Cuesta le dirigió a Xavier Villaurrutia, en la que le revela sentimientos amorosos. Aun cuando Jorge Cuesta haya experimentado esos sentimientos hacia Villaurrutia, no es ni reprochable ni es prueba alguna de homosexualidad” (sic). ¿En qué quedamos? ¿Hace falta otra cosa que revelar “sentimientos amorosos” hacia una persona del mismo sexo para que pueda hablarse de homosexualidad? Según el criterio de Víctor Peláez Cuesta, conjeturo, la mencionada carta no podría probar nada porque se trata sólo de un texto o, todavía mejor, de una fantasía: la verdadera homosexualidad implicaría… ¡el acto consumado! Todo indica, en efecto, que el acto sexual no tuvo lugar, pero no porque Cuesta no quisiera, sino porque Villaurrutia escabulló la propuesta. Transcribo la parte medular de la carta. Le pregunta Cuesta a su amigo Villaurrutia, quien se encuentra entonces disfrutando de una beca en Yale: “¿No se apiadó Ud. de mí porque lo quise? Es claro que no se apiadará de mí porque tenga que odiarlo”. A lo que agrega, en el párrafo que sigue y con el que concluye la carta: “Para mí fue así; al amor que le tuve le hizo Ud. la confesión de la impotencia. Dios quiera, Xavier, que al odio que le tengo le haga Ud. la confesión de su fuerza”. O sea… que Cuesta no había perdido del todo la esperanza. Sin comentarios.

Los otros temas escabrosos son la locura, el intento de castración y el suicidio, obvio decir que se mezclan entre sí y que son parte de una misma madeja. En cuanto a lo primero, Jesús Martínez Malo establece: “La locura toca lo más esencial del sujeto, y Jorge Cuesta la conoció y la vivió en forma por demás desgarradora, lo cual no tiene por qué ser un estigma a su persona ni demeritar en lo más mínimo su obra y su muy vigente legado intelectual y crítico”.

De acuerdo. Este franco y pleno reconocimiento de la locura de Cuesta, empero, se enturbia del todo en la redacción de Martínez Malo cuando éste acaba por sugerir que fue la exposición pública de sus problemas sexuales (aquí el motivo sería de Guadalupe Marín, por publicar su novela) así como el diagnóstico a priori e intuitivo que habría realizado el médico Rodríguez Lafora… ¡los que habrían sido responsables en última instancia de la locura de Cuesta! Curioso caso de inversión de los términos que los antiguos retóricos conocían con el nombre de preposteración: lo que era efecto se toma por la causa, y la causa se toma por el efecto. Dicho de otro modo: los patos le tiran a las escopetas. Las palabras textuales del prologuista no me dejan mentir: “La imputación y la divulgación hechas por Guadalupe Marín de la supuesta homosexualidad y el diagnóstico ‘a priori, intuitivo’, del doctor Lafora de ‘una inclinación homosexual reprimida’ tuvieron efectos y consecuencias en la locura de Cuesta”.

En síntesis: a Cuesta lo volvieron loco la Marín por dar a las prensas sus infundios, y el médico español… ¡por diagnosticarlo con tanta premura! ¿Alguien podrá dar crédito a este intento explicativo?

Los efectos perversos de la exhibición no terminan aquí. Si hacemos caso a Martínez Malo, incluso el intento de emasculación de Cuesta tiene el mismo origen externo, quiero decir, social. Tal cual: “El continuo imputación-divulgación tuvo otro efecto. Tiempo después de la carta a Lafora (desconocemos cuánto tiempo después, tal vez entre el que habría de ser el segundo y el tercero de sus internamientos), Jorge Cuesta llevó a efecto un acto en el que también su sexualidad estuvo implicada. Estando solo en una de las casas en las que vivió, se clavó un instrumento punzante en los testículos (ni se acuchilló, ni mucho menos se seccionó los testículos o el pene)”.

Subrayo con intención la frase que contiene el efecto que según este “razonamiento” tuvo en Cuesta la nefasta conjunción de la dupla Marín-Lafora. El intento de emasculación, empero, se asocia a otro aspecto difícil de manejar: ¿Cuesta quiso suicidarse de esa manera? Martínez Malo informa: Monsieur Teste a prueba (Fuente).

Del papiro a los blogs

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Del papiro a los blogs, una historia sin fin
Alberto Manguel

La crítica literaria goza de una venerable antigüedad. Según Philo de Biblos, mitógrafo del siglo segundo de nuestra era, cuando se establecieron las primeras sociedades, el dios Thot les ofreció simultáneamente el arte de la escritura y el de comentar el texto escrito. No sabemos exactamente a cuándo remonta el generoso gesto, pero uno de los documentos griegos más antiguos, un papiro del siglo quinto antes de Cristo, se presenta como la crítica o reseña de un texto órfico. Al menos desde entonces, pocos son los escritos que no han merecido la atención de un crítico: erudito, banal, esclarecedor, disuasivo, ingenuo, arbitrario. Los bibliotecarios de Alejandría ofrecían a sus lectores reseñas de los libros que, en su opinión, eran los mejores. Nacieron así los cánones, las listas anotadas de obras que consideramos clásicas. Gracias a ellas, el lector quedaba de alguna manera a la merced del crítico.

En el siglo cuarto de nuestra era, el célebre gramático Aelio Donato quiso devolver al lector la libertad (y la responsabilidad) de juzgar el texto original, sin dejarse intimidar por las reseñas. Ofreciendo una serie de comentarios diversos de un mismo texto clásico, Donato sugirió que el lector debía ensayar estas varias opiniones, y aceptar o rechazarlas tal como un usurero avisado juzga si una moneda es verdadera o falsa. Unos diez siglos después, en pleno Renacimiento, el número de críticas sobre cualquier libro ya era tal que el lector en busca de esclarecimiento o guía sentía que le era casi imposible acceder al original.

El gran humanista Battista Guarino observó que, con la invención de la imprenta y la proliferación de publicaciones, la crítica literaria era quizás tarea inútil y que más le valía al crítico ocuparse de escribir obras propias. "La lectura de críticas", opinó Guarino, "puede hasta dañar la mente, ya que le hace perder el gusto de explorar el texto por su cuenta". Más tarde, a principios del siglo diecinueve, Coleridge observaría que "los críticos son personajes que hubiesen elegido ser poetas, historiadores, biógrafos, etcétera, si hubiesen podido serlo; han probado su talento en uno u otro campo y han fallado, y es así como se han vuelto críticos". Quizás esto sea cierto en el caso de los dos críticos que reseñan la biblioteca de Alonso Quijano, y que hablan como poetas y novelistas frustrados. El cura, que admite ser amigo de un cierto Miguel de Cervantes, no deja que la amistad perturbe su juicio crítico y dice, a propósito de La Galatea, que "tiene algo de buena invención; propone algo, y no concluye nada". Cervantes no fue el único autor que reseñó su propia obra: Walt Whitman, por ejemplo, con enternecedora vanidad, escribió ditirámbicos comentarios anónimos de su Hojas de hierba; fueron los únicos que aparecieron cuando el libro fue publicado.

Fuera del campo de la filología y del exhibicionismo ¿existe un rol para el crítico? En el mejor de los casos, el rol de esclarecedor, eso que los franceses llaman passeur, o sea, alguien que ofrece a otros lectores sus propios descubrimientos. Los literatos reunidos en los salones de la Francia prerrevolucionaria, los románticos amigos inquietos por el joven Werther, los exilados de la dictadura de Rosas esperando en la Banda Oriental la derrota del tirano, la familia del tío Vania abrumados de tedio en la aislada dacha, el entusiasta Eça de Queiroz rememorando a Fradique Mendes, todos buscaban con ansiosa curiosidad las reseñas de estos passeurs que aparecían en revistas como Le Moniteur Universel, Die Horen, La semana, Literaturnaya Gazeta, Revolução de Setembro.

En estas publicaciones, y en tantas otras que les sucedieron, los lectores descubren a sus futuros amores literarios. Además de arqueólogo, de cartógrafo y de espía, el crítico literario tiene algo de Celestina. Si bien hoy su actividad ya no se ejerce exclusivamente en la página impresa sino sobre todo en revistas electrónicas y en blogs personales, el crítico conserva todavía buena parte de sus antiguas funciones y su prestigio. Es cierto que en la red universal en la cual todos somos (o creemos ser) críticos, es más difícil encontrar una voz respetable y creíble, pero la tarea no es imposible. Quizás sea útil recordar la advertencia de Donato, y responsabilizarnos nuevamente, activamente, por nuestras lecturas, sin confiar a ciegas en las reseñas publicitarias ofrecidas por Amazon y comercios similares. Aun así, la opinión de ciertos críticos ayuda.

Cuando Max Brod escribió sobre los primeros textos publicados por Kafka, cuando Ezra Pound destacó el genio de T. S. Eliot en La tierra baldía, cuando Enrique Pezzoni reseñó Otras Inquisiciones de Borges, cuando Ángel Rama insistió sobre la importancia de Cien años de soledad, cuando el bloguero William Irigoyen recomendó la obra novelística de Cees Nooteboom, no sólo estaban dando su opinión sobre estos autores. A través de sus propias lecturas estaban enseñándonos a ser más atentos, más perspicaces, más inteligentes, es decir, a leer mejor.

Babelia, El País, 26.11.11.

Josefina Vicens

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El martes inician las celebraciones por el centenario del nacimiento de la autora de dos novelas excepcionales, El libro vacío y Los años falsos, a quien su sobrino Adrián Villagra Vicens califica como “una estufa en combustión”.

Josefina Vicens concebía la literatura como un angustioso placer con el que uno siempre está inconforme. Era perfeccionista e implacable correctora de sus textos. Publicó dos novelas El libro vacío (1958) y Los años falsos (1983) acaso, como ha señalado la crítica, las suficientes como para mostrar los alcances de una sólida prosa.

Fue una lectora voraz y una trabajadora constante. Le decían La peque por su constitución y porque desde muy joven comenzó a frecuentar un ambiente laboral. Además de las novelas, escribió guiones cinematográficos, artículos de opinión y uno que otro relato. Nació en Tabasco, el 23 de noviembre de 1911. De padre español y madre mexicana. Tuvo cuatro hermanas: Lourdes, Amelia, Isabel y Gloria. Su sobrino, Adrián Villagra Vicens (hijo de Lourdes), actualmente es el representante de la obra de Vicens, cuenta que la familia se reunió y llegaron a un acuerdo: lo que querían era difundir la obra, que contara con más lectores y no regirse por intereses económicos. Así ha ocurrido.

En 2006 se editaron en el Fondo de Cultura Económica (FCE) las dos novelas. Lamentablemente no se incluyó la carta de Octavio Paz, a manera de prólogo, que el poeta escribió en 1958, porque su viuda Marie Jo no estuvo de acuerdo. Está por ponerse en circulación la tercera impresión de dicho libro del FCE. Por otra parte, según comenta Villagra Vicens, alguien tuvo la iniciativa de subir a la red El libro vacío. La editorial italiana Angelica Editore, localizada en Cerdeña, se puso en contacto con el sobrino de Vicens, para poder publicar en italiano la novela. En Italia conocieron a Josefina Vicens en 2008, año en que se publicó el libro.

Al año siguiente Ediciones Sin Nombre y la Universidad del Claustro de Sor Juana editaron Josefina Vicens: la inminencia de la primera palabra, de Daniel González Dueñas y Alejandro Toledo. A la entrevista que sostuvieron los escritores con Vicens se añade dos conversaciones: una con Martín Casillas y otra con Matilde Landeta, quienes conocieron de cerca a La Peque.

Matrimonio por conveniencia

No cabe duda que la narradora era la rebelde de la familia, afirma su sobrino. “Dentro de ella había una estufa en combustión que requería salidas, necesitaba sacar esa energía. Por hartazgo de mis abuelos, por la necesidad de salirse del hogar paterno, se casó con José Ferrell. En realidad fue un matrimonio que duró poco tiempo, fue por conveniencia para que ambos pudieran salirse de sus respectivas casas.” Ferrell, descrito por la propia autora, era “un lector empedernido, un magnífico lector de Gide” y fue la persona que la presentó con Xavier Villaurrutia, Salvador Novo y Elías Nandino.

Uno de sus últimos deseos antes de quedarse completamente ciega era volver a contemplar “La niña muerta” (1938), obra que años atrás le había regalado Juan Soriano. “Fue al Museo de Arte de Filadelfia y le solicitó al curador que le mostrara el cuadro que originalmente le obsequió Juan y que en algún momento le pidió prestado y, por azares del destino, ya no se lo devolvió. El curador del museo permitió que entrara al acervo del recinto y admiró, con emoción, el cuadro”.

Relata su sobrino que cada vez que Josefina Vicens se cambiaba de casa, lo más valioso para ella era ver donde iba a colocar su biblioteca personal, pero en especial, la obra de Marcel Proust.

Via | Mary Carmen S. Ambriz.
México, Milenio, 14.11.11.

Tomás Segovia

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Que en paz descanse nuestro querido poeta, Tomás Segovia.



Tomás Segovia falleció esta tarde, a las 14:30 horas, en su casa de la Ciudad de México.

Emigrado a México en tiempos de la guerra civil española, realizó el bachillerato en este país y posteriormente estudió en la Facultad de Filosofía y Letras en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). En 1950 obtuvo la beca Guggenheim y participó en la fundación de la Revista Mexicana de Literatura en colaboración con Juan García Ponce. Formó parte de la revista Plural y colaboró en Vuelta. Recibió numerosos reconocimientos, entre ellos el Premio Octavio Paz de Poesía y Ensayo (2000) y el Juan Rulfo de Literatura Latinoamericana y del Caribe (2005).

El hombre que escribía en los cafés.

Cuarenta años de Plural

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De izquierda a derecha: Tomás Segovia, Gabriel Zaid, con el rostro difuminado, Kazuya Sakai, Alejandro Rossi, José de la Colina, Octavio Paz; abajo, Salvador Elizondo y Juan García Ponce.
Fotografía: Rogelio Cuéllar.


Comenta José de la Colina, en Letras Libres:

"Mirando la foto del grupo del Consejo de Redacción de la revista Plural en un anochecer de marzo de 1975 y en la casa de Octavio en la calle de Río Lerma, las distintas lejanías de los allí capturados por el clic de la cámara fotográfica de Rogelio Cuéllar, me convierto, además, en fantasma de melancolías (...)

Llegaban a Plural con sus cuartillas (pues faltaba mucho para que los teclados y las pantallas sustituyeran a las de linotipos) mis compañeros de la Revista Mexicana de Literatura: Gabriel Zaid, Jorge Ibargüengoitia, Salvador Elizondo, Juan García Ponce, Inés Arredondo; llegaba Ramón Xirau redimiéndose de su condición filosófica con espléndidos poemas traducidos, por otros, del catalán; llegaba Esther Seligson con sus textos entre narrativos y líricos, e Isabel Fraire con sus poemas-calidoscopios; llegaban tantos y tantos que con nosotros hicieron de Plural una de las mayores, maravillosas aventuras de las letras y el pensamiento".

Cuarenta años de Plural.

La belleza de lo natural

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El arte de vivir consiste en imitar a la naturaleza y estar a la altura de lo que ella sabe producir

La cultura griega es promisoria, siempre de amanecida. No faltan en ella los elementos de la negatividad del mundo -los griegos inventaron la tragedia- pero una positividad, una afirmación de lo humano aún mayor, se impone frente a tensiones y antagonismos. Homero canta a la aurora de rosáceos dedos y presenta héroes cuya existencia es tan poderosa que basta para redimir las sordideces y pesadumbres del humano vivir. En Grecia no hay atardeceres. Dice Erwin Panofsky: "Sin demasiada exageración, podría afirmarse que Virgilio descubrió la tarde". No el Virgilio de La Eneida o las Geórgicas, sino el de los idilios dulces y elegíacos de las Bucólicas, bañados en la melancólica luz del atardecer. En la décima y última égloga Galo muere de amor no correspondido por la coqueta Lícoris y el poeta, un pastor que asiste a la escena, cuenta cómo, para consolarlo, se acercan Apolo, Silvano y Pan al pie de la solitaria roca, donde se lamenta el desesperado amante. Es inútil. Galo termina su canción sin despecho, pero en tono fatalmente resignado, como quien acepta su final: "El Amor lo vence todo; también nosotros cedamos al Amor". Y el poeta le dice entonces a sus ovejas: "Volved a casa, saciadas. Volved, cabrillas mías, que ya está aquí la estrella de la tarde". La Roma clásica no sólo nos legó obras jurídicas y de ingeniería; en ese verso latino -"ite domum saturae, venit Hesperus, ite, capellae"- Roma inventó el atardecer. Mi gratitud.

Durante siglos, la belleza fue entendida como forma. Era una definición que convenía a las cosas complejas, compuestas por varias partes enlazadas armoniosamente por una misma symmetria. Pero Plotino quiso describir la belleza del Uno, aquello simple y sin partes que está más allá de las formas platónicas, y dijo que la belleza era luz incorpórea. Poco después Pseudo-Dionisio dará la fórmula para toda la Edad Media: belleza es forma y luz, consonantia y claritas. En la tradición prevaleció el ideal del límite y de la proporción. A partir de la traducción que Boileau, en el XVII, hizo de la famosa obra retórica de Longino, empezó a distinguirse entre lo bello y lo sublime. Lo bello es el esplendor de una forma perfecta, mientras que lo sublime reside en el sentimiento que produce la presencia de lo grandioso, evocador de algo infinito, desmesurado, ilimitado. El placer de lo portentosamente imperfecto.

Si los atardeceres son bellos, lo son en primer lugar porque esas horas crepusculares resaltan las formas silueteadas de las cosas. Aunque haya sido explotado ad nauseam por la industria de la reproductividad técnica, el espectáculo conserva el aura del primer día de la creación. El sol vespertino, que el ojo humano ve ahora más grande que cuando reinaba en lo alto, ya no es como antes un sol de justicia sino un sol de misericordia. El mundo, suavemente cambiante, se lentifica y convida a pensar con indulgencia sobre uno mismo y los demás. "Al atardecer de la vida nos examinarán del amor", dijo el autor del Cántico espiritual. Al mismo tiempo, la luz tornasolada presta una nueva profundidad a los objetos, que adquieren sombra, y a nosotros nos concede una extraña lucidez de duermevela: ya dijo Hegel que al caer de la tarde levanta el vuelo la lechuza de Minerva. Ser sabio es verle la espalda a las cosas; y, en efecto, al cambiar el decorado -del día a la noche- uno cree adivinar, aprovechando un descuido de los operarios, la tramoya que hay detrás del gran teatro del mundo.

Pero si el atardecer posee la belleza de la forma, posee con más motivo la belleza de la luz, pues sobre todo es resplandor y claridad. Cuando el sol se pone -ese ojo incandescente, ese huevo pitagórico, esa decoración futurista-, el cielo, convertido en un murmullo de brasas, se enriquece con una variedad de tonalidades templadas, de una elegancia natural. El ocaso ilumina sin quemar y dora el aire con un hálito tibio. Tan grandioso es el portento lumínico -ese "rosicler divino" del verso de Góngora- que la belleza, aunque cotidiana, repetitiva y previsible, se hace sublime. Y sublime, según Kant, es aquello en comparación con lo cual toda otra cosa es pequeña. Por eso cuando vemos atardecer sentimos nuestra parvedad consustancial y tomamos conciencia de nuestra mortalidad inevitable. Belleza y muerte.

(...) En medio de tantas dificultades, el arte de vivir consiste en imitar a la naturaleza y estar a la altura de lo que ella sabe producir. Kant añade que si lo sublime contiene algo tan potente que nos intimida, por otra parte su contemplación nos hace descubrir, dentro de nuestra debilidad, una fuerza que antes no conocíamos. Porque comprendemos que lo más temible -tormentas, tempestades, volcanes y terremotos- puede arrebatarnos la vida sin nuestro consentimiento, pero nunca la dignidad, que es una capacidad de resistencia basada en una independencia y en una superioridad exclusivamente humanas.

No hay mayor dignidad sobre la tierra que la de ser hombre. Ni Apolo ni Silvano ni Pan podrán convencer a Galo. Sólo el atardecer, si abre los ojos a su significado.

Vía | Javier Gomá Lanzón, Prenda del atardecer
El País
17/09/2011.