20 de septiembre de 2016

Sobre el libro de George Steiner

¿Dejaremos que gobiernen los bandidos?
Fernando García Ramírez
El Financiero
19.09.16

Los bárbaros son los otros, los que no son como yo, los que no hablan mi lengua, los que no tienen mis gustos, los que no son de aquí. Lo mejor es levantar un muro. Es triste saber que la mayor empresa humana en la historia ha sido la construcción de una muralla. En su mejor momento la muralla china llegó a medir poco más de 21 mil kilómetros. Para darnos una idea: la distancia de México a Nueva York es de 3 mil 359 kilómetros. Un gran muro para contener a los otros. Es muy triste también que xenofobia sea una palabra de uso tan común y que su contrario, xenofilia, haya desaparecido. Este desprecio por lo diferente se da paradógicamente en tiempos de la globalización y de su mayor traducción tecnológica: el Internet. Más conectados sí, pero también muros más altos.

Comentaba de los bárbaros. Para los orgullosos europeos los bárbaros son los morenos sudamericanos, los negros de África, los amarillos de Asia, los adoradores de Mahoma. Y sin embrago, “entre el mes de agosto de 1914 y el mes de mayo de 1945, en Europa… más de 100 millones de hombres, mujeres y niños fueron masacrados por las guerras.” ¿Quiénes son los bárbaros? “El milagro es que haya algo que sobreviviera a la mayor masacre de la historia.” El que señala esto es George Steiner, quizás el mayor intelectual europeo vivo. Steiner –que nació en Viena, creció en París y se educó en la Universidad de Chicago, en Harvard, en Oxford y en Princeton, y que ha sido profesor en las mejores universidades del mundo–, nos recuerda que los campos de Hitler y de Stalin, que “las grandes masacres no han venido del desierto del Gobi; se deben a la alta civilización rusa y europea.” Lo que señala es monstruoso, el lado oscuro de los ideales de la Ilustración. Entre más cultura, mayor salvajismo. ¿No debería ser al revés?

“¿Es posible que, tal vez, las humanidades puedan volverle a uno inhumano?”, se pregunta Steiner en su libro más reciente: Un largo sábado (Siruela, 2016). ¿Es posible que la cultura “lejos de hacernos mejores, lejos de afinar nuestra sensibilidad moral, la atenúen?”.

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10 de agosto de 2016

Ricardo Piglia

Un personaje de La invasión, de Ricardo Piglia, recuerda su casa con los cuadros en las paredes, los muebles, los pisos encerados, y siente un vacío porque ahora en ella estaba todo menos él, y piensa:
La ausencia era eso. Un lugar que uno conoce y recuerda de memoria, como si fuera una foto, donde uno falta.

20 de julio de 2016

Las cosas...

"No vemos las cosas como son. Vemos las cosas como somos".

Anaïs Nin

1 de julio de 2016

La risa...

La existencia transcurre entre dos abismos, Milan Kundera

Roth: En El libro de la risa y el olvido, sin embargo, hay otras cosas en juego. En una pequeña parábola, compara la risa de los ángeles con la risa del diablo. El diablo ríe porque el mundo de Dios no tiene sentido para él; los ángeles ríen de alegría porque en el mundo de Dios todo tiene su sentido.

Kundera: Sí, el hombre utiliza la misma manifestación fisiológica -la risa- para expresar dos actitudes metafísicas distintas. Si de pronto a alguien se le cae el sombrero encima del ataúd, en una tumba recién abierta, el entierro pierde todo su sentido y nace la risa. Dos enamorados corren por un prado, cogidos de la mano, riéndose. Su risa no tiene nada que ver con ningún chiste: es la risa seria de los ángeles cuando manifiestan su alegría de existir. Ambas modalidades de risa forman parte de los placeres de la vida, pero, llevados al extremo, también indican un apocalipsis dual: la risa entusiasta de los fanáticos-ángel, tan convencidos de su importancia en el mundo, que están dispuestos a colgar del cuello a todo el que no comparta su alegría. Y la otra risa, procedente del lado opuesto, la que proclama que nada tiene ya sentido. La existencia transcurre entre dos abismos: a un lado, el fanatismo; al otro, el escepticismo absoluto.

Conversación entre Philip Roth y Milan Kundera
Londres y Connecticut, 1980

Fuente | Calle del Orco Nov. 4, 2014

28 de junio de 2016

La Cultura en México

Muchas felicidades por esta iniciativa: Se pueden ya consultar los primeros 50 números de La Cultura en México, aquí: La Cultura en México. Excelentes

19 de junio de 2016

Poema de Manuel Díaz Martínez

La dama de Caulaincourt

Jamás he de saber cómo se llamaba
ni cuales eran sus flores favoritas.

La conocí una tarde en un daguerrotipo:
ella paseaba por un puente de París
y yo por un álbum de láminas antiguas.

Lo demás, como siempre,
carece de importancia.

Manuel Díaz Martínez
(Cantos y Cuentos, 2016)

8 de junio de 2016

Plagio de ideas

Uno de los plagios más detestables, es el plagio de ideas.

A través de la apropiación de las ideas de otro(s) engañan a los demás, hacen creer que las ideas robadas son propias. Y sí, los demás se la creen pues ignoran la fuente original. Y muchas veces el plagiador, sin pudor alguno, le cuenta al mismo creador o autor de la idea y se la hace ver como propia, ignorándolo, sin darle crédito ni mucho menos decirle que le tomó (robó) su idea. Hasta debe de creérselo.

"El plagio literario, literal o de ideas, es robo como si te robaran lo que tienes en tu casa: te están robando tu propiedad, tu tiempo, tus pensamientos, hecho que es totalmente inadmisible", Pablo Boullosa.

“Hay dos tipos de personas, los que piensan y los que les roban el conocimiento a los que lo hacen, los que tienen ideas y los que las roban”. Montt
"El problema del plagio está en hacer pasar como propio algo que es ajeno", José Emilio Pacheco.

29 de mayo de 2016

Los amantes bajo el Danubio

Federico Andahazi, Los amantes bajo el Danubio. México, Planeta: 2015.

Es una novela muy bonita. Se lee rápido, mantiene la intriga, los acontecimientos ocurren alrededor de la historia de la hermosa Budapest, Hungría.

Es el tiempo de la Segunda Guerra Mundial. Hanna, la ex esposa de Bora Persay, viene oculta con Andris, su actual esposo, en un baúl en la cajuela del coche del Embajador. Atraviesan el Puente de las Cadenas. Son revisados por los guardias alemanes.

Afortunadamente Bora, al ser Embajador, se salva de que le registren el coche. De esta forma llegan a la mansión Persay en Buda, donde de inmediato los ocultan en el sótano. Son judíos, y si los llegan a descubrir serían apresados y muertos, al igual que sus guardianes. Marga, la actual esposa de Bora, también es cómplice, acepta ayudarlos.

De pronto, un militar alemán visita a Bora Persay. Se habían conocido años atrás en Turquía. La visita, supuestamente, es para pedirle le haga un cuadro, que lo pinte. Bora es además de diplomático, un famoso y excelente artista húngaro, es pintor.

Muchas cosas suceden, como se podrá imaginar. Hanna y Andris viven bajo el atelier, escuchando el rumor del Danubio y los pasos de arriba. Cuando el oficial alemán visita la casa para posar ante Bora, ellos se estremecen. Para ellos el tiempo no es lo mismo que para los que viven arriba.

Un día todo cambia para Hanna y para Andris, también para Bora Persay y para Marga, aunque bajo diferentes circunstancias. Para Bora y Marga, cuando, por la guerra, bombardean la mansión...

16 de mayo de 2016

La obra de Juan García Ponce

El Sitio de Juan García Ponce, estrena diseño. Además, se están actualizando los contenidos: habrá muchas publicaciones más en todas las secciones. Les comparto los más recientes:

1. Las lecturas de Carlos Martín Briceño, sobre algunas obras del escritor: Juan García Ponce o la supremacía del erotismo.

2. El ensayo de Juan Antonio Rosado: El nombre olvidado o la identidad asumida.
.
3. Y quien desee leer el libro Homenaje a Juan García Ponce. Imagen Primera y La noche cincuenta años después, ya pueden hacerlo: Libro para descargar.

6 de mayo de 2016

Cómo citar las fuentes en redes sociales

Cómo citar las fuentes en las redes sociales:


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4 de mayo de 2016

Robert Musil

Encuentros con Musil
Ignazio Silone
Traducción de Angelo Duarte
Revista Crítica
30.04.2015

En 1949, el suplemento literario del Times escribió a propósito de Musil: “El autor más importante de lengua alemana de esta primera mitad del siglo es uno de los escritores menos conocidos de nuestra época”. Si queremos ser precisos, entre los años 1921 y 1930, Musil había recibido ya en Austria y Alemania importantes reconocimientos de la crítica –si no del público–, sobre todo por su drama Los fanáticos y por la farsa Vicente y la amiga de los hombres importantes, como también por los dos primeros volúmenes de El hombre sin atributos. Pero después desapareció de la crónica literaria, ya sea a causa de los acontecimientos políticos o por su reclusión voluntaria para proseguir con el tercer volumen de su gran novela. De todas formas, el Times tenía razón si se compara la extensa fama póstuma creada después de la guerra en torno al nombre del escritor austriaco con el silencio de los años precedentes.

Mi encuentro con Musil tuvo lugar en Zurich en marzo de 1939. Suiza estaba entonces repleta de fugitivos de Europa Central y los Balcanes, obligados a abandonar sus países por la persecución racial o política, sin contar a los italianos que los habían precedido. La creciente presencia de tantos emigrantes representaba indudablemente un peso gravoso para la economía y también para la política de la Confederación. Pero entre ellos no faltaban poetas, escritores, docentes universitarios, músicos, actores y directores que le daban a la vida cultural helvética, principalmente a las casas editoras y a los teatros, un vigor excepcional. Durante aquellos años el Schauspielhaus de Zurich era considerado a buena ley el primer teatro de prosa de Europa, gracias, precisamente, a la presencia de los emigrados Brecht y Julius Hay entre los dramaturgos, y de Therese Giese, Langhoff, Horwitz, Paryla y otros, entre los actores.

En Zurich Musil reencontró algunas personas que lo habían conocido previamente y que lo tenían en gran consideración. Fue por cortesía de dos de ellas que nosotros nos encontramos poco después de su llegada. Se trataba del dramaturgo Kurt Hirschfeld (más tarde director del Schauspielhaus) y el escritor Efraim Frisch, quien había publicado en el Frankfurter Zeitung una crítica fundamental y llena de perspicacia sobre los dos primeros volúmenes de El hombre sin atributos. “Es culpa de ellos y de sus pares –me dijo Musil señalando a Frisch– si tam¬bién yo me encuentro en la emigración”.

3 de abril de 2016

Imre Kertész, testimonio del mal absoluto

En Sin destino, Imre Kertész describe con tanta precisión la llegada a Auschwitz. Ese relato no es sólo uno de los pasajes cumbres de su obra, sino de toda la literatura del siglo XX: la confusión, las diferentes lenguas, la presencia de los SS, que se pasean aparentemente despreocupados, aunque supervisan la selección en la que se decide la muerte inmediata en las cámaras de gas o retrasada por el trabajo. Al bajar del vagón, un preso le pregunta si habla ídish -el dialecto de los judíos de Europa Oriental, cercano al alemán-, mientras que él esperaba poder entenderse en hebreo. Gracias a sus conocimientos de alemán, descubre que los presos quieren saber su edad. Cuando responde que tiene 15 años, le ruegan que diga que son 16. Seguramente esa conversación en medio del caos en una lengua que ni siquiera comprendía bien le salvó la vida.
 
Imre Kertész: el Nobel que logró dar testimonio del mal absoluto

El premio Nobel de Literatura húngaro Imre Kertész, superviviente de Auschwitz, murió ayer, a los 86 años, en su ciudad natal, Budapest. Su obra, sobre todo su novela Sin destino (Acantilado), que tardó 13 años en escribir y publicó en 1975, ofrece desde el punto de vista literario y testimonial una ventana única para observar el acontecimiento que define el siglo XX: el Holocausto.

Kertész era un muchacho de 15 años cuando fue deportado, en 1944, por la policía húngara al campo de exterminio alemán de Auschwitz, en Polonia. Cuando regresó a Hungría, halló el departamento de sus padres ocupado por extraños y se dio cuenta de que estaba totalmente solo, que toda su familia había sido engullida por la máquina de asesinar nazi.

Esa sensación de soledad ante el horror se encuentra en el corazón de la obra de Kertész, que recibió el premio Nobel de Literatura en 2002. Fiasco, Kaddish para un hijo no nacido, Liquidación o sus diarios, La última posada, cuya publicación tiene prevista en breve Acantilado, forman una obra no demasiado abundante, pero cuya intensidad, sabiduría y lucidez la convierten en uno de los monumentos literarios del siglo XX.

Kertész arrastra al lector a los recovecos del sistema de exterminio nazi sin usar apenas adjetivos, con unas descripciones precisas que se quedan grabadas en la memoria. Sus textos atrapan por su belleza literaria y por el espeluznante mundo que describen, por la forma en que nos obligan a reflexionar sobre el mal absoluto.

Kertész, que padecía Parkinson y había anunciado que dejaba la literatura, había regresado a Hungría en 2013, tras vivir durante años en Alemania, y se mostraba tremendamente crítico de la deriva autoritaria que padece su país con el gobierno de Viktor Orban. "Allí campan por sus fueros los antisemitas y la ultraderecha", dijo en una entrevista con este diario hecha por Adan Kovacsics, uno de sus traductores al castellano.

En aquella entrevista, de 2013, hablaba de un acontecimiento trascendental que ha marcado el final de su vida: la desaparición de los testigos, la conciencia de que su voz es una de las últimas que podrán contar en primera persona el Holocausto.

El escritor, como Elie Wiesel, otro judío húngaro deportado a Auschwitz, premio Nobel de la Paz, o Primo Levi, el químico italiano que sobrevivió a los campos y que acabó suicidándose, era consciente de que la importancia de su literatura iba más allá de las palabras, que debía ocupar un rol esencial en la sociedad.

La esencia de mi obra consiste en trasladar lo ocurrido a una dimensión espiritual. Que quede en la conciencia, aunque ahora lo veo con menos optimismo que hace unos años. El Holocausto es el hundimiento universal de todos los valores de la civilización y una sociedad no puede permitir que se repita, que vuelva a presentarse una situación parecida. Pero la crisis económica, una crisis así, dio pie a la llegada de Hitler al poder. Por tanto, deberían sonar todas las alarmas. Pero no suenan. Lo cual quiere decir que el Holocausto no está presente en la conciencia de los políticos europeos, había señalado.

Sin destino, su obra magna, relata su vida con la estrella amarilla en el pecho en Budapest, su deportación a Auschwitz, el campo de trabajo y de exterminio en el que fueron asesinadas unas 1,1 millones de personas, su supervivencia a las marchas de la muerte tras el cierre del campo ante el avance soviético, su traslado a Buchenwald y su regreso a Hungría, donde se enfrentaría a un nuevo horror: la dictadura estalinista.

Cerca de la mitad de los judíos enviados a Auschwitz eran húngaros, unos 450.000, lo que demuestra la demencia asesina del régimen de Hitler, porque muchas de estas deportaciones se produjeron en 1944, con la guerra ya perdida. Ése es el escenario del horror industrial en el que transcurre el film El hijo de Saúl, que ganó este año el Oscar a la mejor película de habla no inglesa y que está influido por la obra de Kertész.

En una de las últimas entrevistas que concedió, publicada en Le Monde en enero de 2015, explicaba que el momento crucial, en el que todo se decidía, eran "los primeros 20 minutos de la llegada al campo". Por eso, en Sin destino describe con tanta precisión la llegada a Auschwitz. Ese relato no es sólo uno de los pasajes cumbres de su obra, sino de toda la literatura del siglo XX: la confusión, las diferentes lenguas, la presencia de los SS, que se pasean aparentemente despreocupados, aunque supervisan la selección en la que se decide la muerte inmediata en las cámaras de gas o retrasada por el trabajo. Al bajar del vagón, un preso le pregunta si habla ídish -el dialecto de los judíos de Europa Oriental, cercano al alemán-, mientras que él esperaba poder entenderse en hebreo. Gracias a sus conocimientos de alemán, descubre que los presos quieren saber su edad. Cuando responde que tiene 15 años, le ruegan que diga que son 16. Seguramente esa conversación en medio del caos en una lengua que ni siquiera comprendía bien le salvó la vida.

Su obra va más allá de la esperanza. Es un inmenso relato de la capacidad de supervivencia de los seres humanos, de la recomposición de la moralidad basada en la conciencia de que cualquier horror es posible. En Sin destino escribe: Tuve que reconocerlo: nunca habría podido explicar ciertas cosas de una manera exacta si me hubiera valido solamente de la esperanza, la norma, la razón, esto es, la lógica de las cosas y de la vida, por lo menos según mi experiencia vital.

Fuente | Guillermo Altares, La Nación, 1 de abril de 2016.

1 de abril de 2016

Sobre la estupidez, Robert Musil

En Sobre la estupidez, dice el escritor austriaco Robert Musil: “Si la estupidez no tuviera algún parecido que le permitiese pasar por talento, progreso, esperanza o perfeccionamiento, nadie querría ser tonto”.