29 junio, 2009

Cartas íntimas de cinco amigos escritores

Horacio Tarcus, nos ofrece* el anticipo de un libro que revela las misivas que intercambiaron los miembros de una cofradía encabezada por Leopoldo Lugones y Horacio Quiroga:

"Conforme a las memorias de diversos testigos, en la década del 20 un curioso quinteto literario solía animar en horas del atardecer las tertulias de la Biblioteca del Consejo Nacional de Educación, deambulando luego hacia el Aue´s Keller y otros bares de la bohemia porteña. Eran Horacio Quiroga, el autor ya reconocido de los Cuentos de la selva y de Anaconda; el joven Ezequiel Martínez Estrada, que recién se daba a conocer como poeta con Oro y piedra y Nefelibal; Luis Franco, que acababa de llegar de su Catamarca natal con los versos de La flauta de caña; y Samuel Glusberg, narrador novel que comenzaba a firmar sus cuentos con el seudónimo de Enrique Espinoza y editor de todos los demás en el sello Babel. Los cuatro "hermanos", como gustaban llamarse entre sí, habían constituido en torno a la figura tutelar de don Leopoldo Lugones, el director de la biblioteca, una singular cofradía de la que se ocupa este libro.

Lugones ocupó ese modesto puesto burocrático durante más de veinte años, desde 1915 hasta su muerte en 1938. La Biblioteca del Consejo Nacional de Educación, luego rebautizada Biblioteca Nacional de Maestros, estaba localizada en el Palacio Pizzurno de la calle Rodríguez Peña. En la década de 1920 Lugones había llevado a trabajar consigo a los "hermanos menores", Glusberg y Franco, y también recibía allí las visitas de los "hermanos mayores", Quiroga y Martínez Estrada. Este último dejó un retrato conmovedor de la austeridad con que encontraba trabajando a su maestro:

En su despachito, sin habitaciones particulares ni mucamos, sin automóvil, sin colaboradores familiares, sin edictos, transcurrió parte de su luminosa vida. Iban por la tarde, a visitarlo y a recoger la dádiva fecunda de su palabra, algunos amigos. A veces se interrumpía la plática por el vibrar del timbre con que se lo llamaba desde los sitiales de las autoridades superiores. Lugones salía para recibir órdenes e instrucciones de sus jefes. Una vez, en los malos tiempos de siempre, lo encontré frotándose las manos ante la estufa, con la cabeza casi totalmente encanecida, su traje pulcramente aseado y raído de las tareas sedentarias. Frío, vejez y pobreza. Sentí en mí la pena y la vergüenza de doce millones de seres humanos juntos, y sentí ganas de tirarme al suelo y ponerme a gritar.

Al cabo de la jornada laboral, la fraternidad frecuentaba los bares y cafés del centro porteño, sobre todo el mítico Aue´s Keller de Bartolomé Mitre. Se trataba de la misma cervecería alemana que dos décadas atrás había sido el escenario que Rubén Darío y los jóvenes modernistas (entre ellos, el propio Lugones) habían escogido para celebrar sus cenas una vez que cerraban las puertas del Ateneo. Fue demolida en 1924 por las excavadoras que abrieron camino a la Diagonal Norte, de modo que los amigos pasaron a reunirse en otros cafés de la bohemia. El primero, y el más próximo al Aue´s Keller, fue el Café Sibarita. También fueron testigos de las tertulias el café La Cosechera, al lado del desaparecido Club del Progreso y en la misma cuadra de la Librería Anaconda; en la cuadra siguiente, el Café Gambrinus de Avenida de Mayo 789; y dos cuadras más arriba, el Café Paulista de Avenida de Mayo y Carlos Pellegrini.

Martínez Estrada también recuerda las reuniones de los sábados en La Helvética, clásico café nocturno de los periodistas. Según su testimonio, todos los sábados Lugones tomaba su aperitivo después de corregir pruebas de imprenta en La nación, "como el jornalero que toma su copa después del trabajo":

Siempre se apresuraba a pagar el consumo; no por protección al que todavía era más pobre que él -Quiroga, Espinoza y yo-, sino como si le correspondiera, por ser el mayor, el que tenía más obligaciones sociales y tribales. Una tarde invitó con caviar, que ninguno de los tres había probado, y que juzgábamos un manjar imperial abolido en todo el mundo desde la caída de los Romanoff. Quiroga hablaba no recuerdo de qué ese día, y al usar la palabra "vacia", del verbo, le preguntó si se pronunciaba como bisílaba o trisílaba. Inmediatamente Lugones respondió: "Vácia, por la misma razón que lícua, adécua y evácua". Casi siempre daba las reglas y citaba autoridades en cuestiones de gramática, que le complacía tratar. Se conocía bien su Nebrija, habría dicho Sarmiento.

¿Cuáles fueron las afinidades electivas que acercaron a hombres tan dispares entre sí?

La primera de ellas, la más evidente, es que comparten una estética y una sensibilidad modernistas. El "sistema modernista" fue organizado por el propio Darío cuando estableció a sus "precursores" -Silva, Casal, Gutiérrez Nájera-, escogió a su "maestro" -Martí- y ungió a sus "continuadores": Nervo, Herrera y Reissig, Lugones. Éste, por su parte, con el padrinazgo de Darío, creó su propio linaje nacional -Sarmiento, Hernández-, al mismo tiempo que ungió a sus propios continuadores, comenzando por Quiroga.

Otra afinidad, si se quiere más profunda, que une a la hermandad: un anticapitalismo romántico, un espíritu libertario, una sensibilidad antiburguesa. Todos y cada uno podrían haber suscripto el sentimiento que describe Nalé Roxlo en su borrador de memorias: "Baudelaire nos había enseñado el desprecio literario al burgués, al filisteo?". Esta sensibilidad puede adoptar las más diversas expresiones políticas: desde el anarco-individualismo naturalista de Quiroga hasta el anarco-trotskismo de Luis Franco, pasando por el anarco-liberalismo de Martínez Estrada o el trotskismo libertario de Glusberg. Sensibilidad que tampoco es ajena a Lugones, pues un mismo aliento antiburgués inflama tanto el socialismo anarquizante de su juventud como el aristocratismo nacionalista de su madurez".

Fragmentos de cartas:

De Horacio Quiroga a Ezequiel Martínez Estrada, 19 de junio de 1936

"Querido Estrada: me he quedado solo. María y la nena se fueron anteayer. La crisis, pues, se produjo. Pero no sin desgarramiento de una y otra parte, pues 9 años de vida en común, de los cuales 7 de amor, pesan mucho. No he tenido valor para privarla a mi mujer de su hija, su único gran amor".

De Ezequiel Martínez Estrada a Samuel Glusberg, La Habana, 9 de marzo de 1961

"Un pueblo entero trabajando como entre hermanos para el bien de todos. Fidel Castro sostiene sobre sus hombros la revolución y es infatigable e inflexible. ¿Lee usted sus discursos? No son discursos; es otra vez la voz de los profetas y los jueces. Se habla y se vive con franqueza. En dos años la Revolución ha transfigurado un pueblo abatido y abandonado, en una colmena jubilosa. Todos nos queremos, nos ayudamos y tratamos de hacer lo mejor y lo más posible. El socialismo está en las cosas y en los espíritus; se lo sabe porque se lo vive simplemente".

De Ezequiel Martínez Estrada a Samuel Glusberg, 4 de febrero de 1964

"Vivo desesperado, maldiciendo y blasfemando, contra mi costumbre. Todo me da asco. Hasta los amigos que se mantienen duros, como Luis Franco. [...]. He quedado sin comunicación con Cuba. Cerradas las vías urinarias y respiratorias. Tengo la primera parte de Martí Revolucionario (800 páginas) dactilografiadas. Les importa un rábano Martí y sus sueños revolucionarios. ¿Quién habla de eso ni de lucha de clases, con la mesa puesta, la cabecera ocupada y los infelices mirando por la ventana? [...] ¿Qué me dice de los chinos? Por lo menos que alguien les diga que son unos traidores".

Más, en: A la vuelta de correo
* Artículo de H. Tarcus: adn Cultura de La nación, 28, 6, 09.
* "Que un chacarero sea letrado desconcierta a mis vecinos". En esta carta, enviada a Lugones, el autor de Cuentos de la selva hace un relato optimista de su vida agreste y se refiere a Ruben Darío con una amargura no exenta de compasión.
* Los fantasmas han vuelto a casa.
* Segunda foto: Reunión de literatos en Buenos Aires, 1928: Horacio Quiroga (parado, primero de la izquierda), su amigo Leopoldo Lugones (cruzado de brazos) y Alberto Gerchunoff (sentado, al centro).

23 junio, 2009

Hogar: István Örkény

István Örkény

La niña tenía cuatro años, de manera que con seguridad sus recuerdos eran confusos. Su madre, para hacerla consciente del inminente cambio, la llevó hasta la cerca de alambre de púas y, de lejos, le mostró el tren.

- ¿No te alegras? Ese tren nos llevará a casa.
- Y entonces ¿qué va a pasar?
- Entonces estaremos en nuestro hogar.
- ¿Qué es un hogar? – preguntó la niña.
- Donde vivíamos antes.
- Y allí ¿qué hay?
- ¿Te acuerdas todavía de tu osito? Quizás también estén allí tus muñecas.
- Mamá – preguntó la niña -, ¿en casa también hay guardias?
- No, allí no hay.
- Entonces – preguntó la niña -, de allí ¿podremos escapar?

István Örkény, "Hogar", del libro Cuentos en un minuto (Trad. Judit Gerendas, Editorial Thule, 2006).

"Los Cuentos de un minuto de Örkény también tienen una relación peculiar con la realidad. Muchos de ellos usan el lenguaje periodístico de los anuncios, e históricamente están muy arraigados a la realidad centroeuropea de los años sesenta, al régimen que se atrevía a llamarse socialista. Justamente por esa razón su interpretación y recepción deben ser distintas para un lector del siglo XXI, con un pasado y unas experiencias diferentes. Sin embargo, su visión grotesca y su humor absurdo, capaces de representar los conflictos, las situaciones humanas de manera compacta, densa, son independientes de la época y de la ideología política actual.

Este enfoque al revés que invierte el orden y lo vuelve todo literalmente de arriba abajo, más el tono descarado que aparenta no respetar nada ni a nadie, son los que tienen en común ambos autores (István Örkény y Frigyes Karinthy). Sus obras nos brindan la ocasión de tener una visión diferente de lo habitual y cotidiano, sobre los momentos más oscuros de la historia mundial del siglo XX y sobre la lucha contra una enfermedad mortal.

Por el tono irónico de sus cuentos y dramas, y por su actitud siempre dispuesta a burlarse de todo y de todos, Örkény es uno de los autores más conocidos y más queridos de las letras húngaras".

Via | El absurdo humor húngaro

20 junio, 2009

Imre Kertész

(El escritor húngaro Imre Kertész en una de las terrazas del barrio berlinés de Charlottenburg, en el que vive. Está sentado a la sombra de frondosos árboles, con niños que circulan en triciclo, abuelas que disfrutan de la leve brisa y parejas de jóvenes que se cogen de la mano. Ante un refresco y una moderna iglesia de ladrillo rojo, ríe de buena gana. Brilla el sol, y se percibe el aroma de las flores de un puesto callejero. Los ojos verdes de Kertész se lanzan a menudo en la piscina azul de los de su mujer, Magda; acaban de cumplir once años de casados y bromean continuamente. "Bueno, para coger fuerzas tomaré una pizza de salchicha, por favor. ¡Y una cerveza!")

En el 2007, Magazine hace una entrevista a Imre Kértesz. En ella, el nobel 2002 dice cosas que me parecen muy interesantes:

En muchas de las novelas de Kertész, la policía pide a los personajes que se conviertan en confidentes y les redacten informes. Esas escenas cobran actualidad cuando, en países como Polonia o Alemania, surgen voces a favor de una "caza de brujas" contra los colaboradores del comunismo. Para Kertész, es hipócrita escandalizarse: "Tras la caída del muro, nadie quiso aceptar que colaboró con el estalinismo. Ahora que han pasado tantos años, descubrimos que muchas personas de quienes no sospechábamos nada estaban ejerciendo de confidentes, como el escritor checo Bohumil Hrabal. Pero no podemos ser simplistas y encasillar a esta gente como si fueran lo mismo que los dirigentes totalitarios".

Tampoco Günter Grass, el Nobel que ha confesado su paso por las SS, es juzgado severamente por el húngaro: "Era un joven que vivía en un Estado en el que la radio, las películas y todos los mecanismos estatales iban en la misma dirección, y era natural que empezara a pensar así".

El Imre Kertész que hoy nos acompaña en una ruta por su Berlín predilecto tiene poco o nada que ver con aquel joven de 14 años a quien, un día de 1944, en Budapest, cuando se dirigía a la fábrica a trabajar, le obligaron a bajar del autobús para llevárselo al campo de concentración. Auschwitz, Buchenwald y Zeitz fueron las paradas de su vía crucis. Le llamaban por un número (el 64.921), le pusieron un uniforme a rayas, le raparon el pelo al cero y le afeitaron axilas y genitales. El joven Kertész aprendía a disfrutar fugazmente de los rayos de sol o del calor de una sopa, mientras su espíritu se envilecía, frente a las humeantes chimeneas donde los nazis iban quemando a sus compañeros. "Desprendían un olor pastoso que jamás podré olvidar".

Antes de detenerse a comprar fruta, en un pequeño colmado que exhibe su mercancía en la acera, nos confiesa que "el Nobel me ha hecho vivir muchas experiencias bonitas, pero también otras bastante malas. Vengo de un país muy pequeño, donde la envidia es muy fuerte, y se produjeron actos antisemitas que me hicieron sufrir mucho", como la quema de libros suyos en la calle. "Hungría ha sufrido unas humillaciones que no han cicatrizado: tras la Primera Guerra Mundial, perdimos dos tercios de nuestro territorio nacional. Hungría es un Estado cada vez más abierto, que forma parte de la Unión Europea; sin embargo, escribo más para Europa que para mi país".

Lo que le gusta de la capital alemana es que "en ella vivo muy intensamente, experimento una sensación de profunda paz e intensidad. Me he dado cuenta, de repente, de que nunca había vivido en paz en ningún sitio: siempre había guerra, conflictos, dictadura".

–¿En Hungría no siente paz?

–No. Respiro rabia y destrucción. He vivido 40 años allí sin poder obtener un visado para salir al extranjero, y ahora disfruto por vez primera de una ciudad abierta y cosmopolita. Hablo la lengua alemana, mi editor vive aquí, y noto que la gente me quiere.
“No soy de derechas ni de izquierdas porque, sencillamente, lo político como campo de acción me resulta ajeno, no creo que esas etiquetas me sirvan para avanzar. Vemos cada día a tantos políticos flirtear con la libertad pero acostarse con la tiranía...”

El gran tema de su obra, pues, son “los estados totalitarios. He vivido tanto en el sistema nazi como en el comunista, y he visto cómo el poder transforma profundamente los cimientos del carácter humano. No hay diferencias entre nazismo y comunismo, ambos son el mismo totalitarismo político creado por la humanidad en el siglo XX, y que obliga a la gente a ser víctima o verdugo. Tanto en el gulag como en el campo de concentración no hay inocentes: víctima y verdugo, ambos, se implican en la lógica perversa del sistema. Yo he visto, en un campo, hacer cosas perversas por conseguir un pedacito más grande de pan”.

Con su esposa, Magda, con quien se casó hace 13 años

Su esposa Magda nos cuenta, en inglés, cómo se conocieron: "Soy húngara, pero vivía en Chicago desde 1956. Volví hace 13 años a mi país para abrir una oficina del estado de Illinois en Centroeuropa, conocí a Imre en Budapest y ya me quedé". Ante una tarta de manzana y nata, conseguimos que nos revele algunos detalles de alcoba: "Muchas noches, abro los ojos y veo que ya no está en la cama... porque se ha ido a la habitación de al lado a escribir. Escribe de madrugada, ¡durante horas!". Él, cabizbajo, lo confirma: "Duermo muy poco... y no consigo tampoco estar de vacaciones. Me llevo el ordenador y, mientras mi mujer disfruta de la playa, yo trabajo. Es como una obsesión, una manía, siempre me pica...".

18 junio, 2009

Palabras inciertas

Eric NikkessenUn colega me envía esta nota publicada en El pais hace unos días. La escribe Antonio Muñoz Molina y la titula "Cerca del origen". Dice el primer segmento:

Antes que los libros y que la escritura fueron las historias contadas en voz alta; mucho antes que las palabras fue el juego, la pantomima, el canto, facultades que los seres humanos compartimos con algunas especies animales; en el canto está el desafío y la llamada, el estremecimiento de un estado de ánimo colectivo; en el juego, el germen de la ficción: perros, monos, delfines, fingen, igual que nosotros, que se persiguen y se atacan, y al hacerlo establecen un ámbito que no es el de los actos verdaderos, el de los gestos útiles que tienen resultados tangibles: el hueso de plástico que el perro se afana con tanto entusiasmo en perseguir no va a alimentarlo; mucho antes de articular una palabra inteligible el niño sabe fingir que conduce un coche con gestos muy parecidos a los de su padre e imitando el ruido del motor, o que monta a caballo sobre un palo de escoba. Antes todavía, recién llegado al mundo, es capaz de adivinar, sin que nadie se lo haya enseñado, un cambio sutil en la atención de un adulto. Ve una mirada que se mueve y él mueve la suya; observa una expresión de alegría o de estupor o de pena y la imita tan certeramente como dentro de no mucho tiempo imitará una voz. Tan instintivamente como sabe adherirse al pecho suculento de su madre el bebé está practicando casi desde que abre los ojos el ejercicio mental sin el que no es posible ninguna forma de ficción: ponerse en el lugar de otro. En los primeros años de la vida abarcará el tránsito de muchos milenios de evolución, del grito y el mimetismo gestual y la melopea a la palabra inteligible, al relato organizado, a la lectura y la música, a la sofisticada expresión plástica, al juego de representar lo que no se es y lo que no existe. Irá haciéndose adulto y dará igual que lea o no novelas, que se aficione al cine o a los videojuegos o que decida consagrar el esfuerzo íntegro de su inteligencia en ganar mucho dinero o en difundir el mensaje de una religión o en atracar bancos o en triunfar en la alta costura: haga lo que haga, lo sepa o no, su vida estará poblada de ficciones, la mayor parte de las cuales, aunque él o ella imagine que están recién inventadas, han venido contándose desde hace al menos varios miles de años, y serán muy parecidas a las que escuche o cuente cualquier desconocido en otro extremo del mundo. Cada ser humano, cada ser vivo, es una combinación única e irrepetible de un riquísimo material genético; la misma canción varía cada vez que alguien la canta, aunque sea la misma persona en épocas diversas, en días sucesivos; cada historia es distinta a cualquier otra y cambia sutilmente cada vez que se cuenta, como muy bien sabe el padre o la madre que ha de repetir cada noche el mismo cuento a un hijo y sin embargo se las arregla para introducir sutiles variaciones. Pero entre todos los seres humanos y todas las historias hay un grado de familiaridad que se corresponde con la desconcertante unidad genética de la especie.

Seguro que estaremos de acuerdo con la mayor parte de lo que señala. Pero veamos a continuación. Iré por partes:

A una parte de los teóricos universitarios de la literatura (y a los demagogos de la política) estas similitudes les producen una agresiva irritación.

No se a que se refiere con "A una parte". No se si no desea ser absoluto porque sabe que éste no existe (lo absoluto) y escribe "a una parte" como para salvar lo total y por lo tanto imposible. No se puede decir que todos los teóricos de la literatura (o todos lo que sea) piensan de determinada manera y por eso apunta "a una parte", para salvar lo radical. No creo que los teóricos universitarios de la literatura estas similitudes les causen "una agresiva irritación". Por supuesto que no. ¿Qué diría Barthes o Greimas (tal vez bastaría leer su libro De la imperfección para hallar una respuesta) o Ricoeur o Eco, al respecto?

Termina diciendo:

Las teorías literarias dominantes desde hace décadas (sobre todo en las universidades anglosajonas), se basan en una clasificación semejante de los seres humanos y de los productos de su imaginación: las obras de literatura carecen de verdadera sustancia, o de cualquier correspondencia con la vida de quienes las escriben o con el mundo en el que surgen; son emanaciones de discursos de opresión o discursos que manifiestan identidades colectivas, tan cerradas sobre sí mismas y tan ajenas entre sí como las culturas tribales que estudian los antropólogos; atribuir a una obra literaria un valor universal es tan ridículo como buscar rasgos humanos, conductas o incluso percepciones que sean naturales, o principios éticos que merezcan ser respetados por igual en cualquier lugar del mundo; en último extremo, la literatura es siempre un sucedáneo, un residuo de algo: del poder patriarcal, de la construcción de la identidad, etcétera.

Sinceramente, quedo asombrada e incrédula ante estas palabras ¿serán verdaderas? o ¿son consecuencia de una broma?

14 junio, 2009

Partitura para mujer muerta: Vicente Alfonso

Vicente Alfonso, Partitura para mujer muerta (México: Random House Mondadori, 2008)

La interdiscursividad, esa relación entre el texto literario y otras artes (otros discursos), recorre Partitura para mujer muerta de Vicente Alfonso (obtuvo con ella el Premio Nacional de Literatura Policíaca). La referencia al discurso musical, pero también al cinematográfico y al histórico, es la interacción dinámica que acompaña al entramado textual. Este procedimiento, por donde transcurre la historia alrededor de un asesinato, me parece una clave importante para nuestra interpretación de lectura. El tráfico de guiños entre música y escritura pone en contacto dos universos referenciales que entrelazan hilos cuya recursividad propicia toda esa representación de haces semánticos por donde transita la construcción del universo ficcional.

Laura Suárez, una violinista, es asesinada en su departamento en la ciudad de Monterrey durante la primavera del 95. Su violín, un Vuillaume de 1864 que se decía había tocado Mendelssohn, está extraviado. Su desaparición ¿es el motivo del crimen? Los sucesos se desarrollan entre 1995 –a unos meses de los asesinatos de Colosio y Ruiz Massieu– y 2004. El país sufre una gran crisis económica, "Salinas y Zedillo se culpaban entre sí por una crisis que parecía no tener fin; cada día se devaluaba más el peso, aumentaban los despidos, cerraban los negocios y el número de suicidios se multiplicaba". El crimen parecía estar a la orden del día y con él, la injusticia preponderando. ¿Qué papel, bajo esta contextualidad social, desempeña el arte?

A Jesús Gómez, asistente de Juan José Blackaller, en ese entonces agente del Ministerio Público, le toca investigar sobre el asesinato de la violinista. "Poco a poco, dice, me impuse el desafío de descifrar las señales, de reunir las piezas de esa historia". Gómez encuentra, en el lugar de los hechos, unos papeles ensangrentados, eran unas partituras y un texto titulado "Ejercicio 9: Partitura para mujer muerta".

Paralelamente encontramos a Álvaro Lobato, novio de la asesinada, con deseos de conocer los móviles del crimen sucedido nueve años atrás, después de estar con él por última vez. El asesinato está rodeado de gran misterio y mentiras. A cómo de lugar Álvaro trata de encontrar a Perla Cantú, una violonchelista alumna de Carlos Prieto, amiga de Laura Suárez que tiene que prostituirse para comprar su violonchelo.

A partir de esto se desarrolla la historia, hechos después del asesinato de la violinista. La novela me recordó El miedo a los animales de Enrique Serna. Partitura para mujer muerta es una muy buena novela que reflexiona, a través de Gómez, sobre aquello de que "todos podemos ser asesinos siempre y cuando encontremos quién desee ser nuestra víctima. Nos pasamos la vida buscando a alguien dispuesto a agonizar en nuestras manos. Cuando lo hallamos, acabarlo es cumplir con la última fase del ritual. El riesgo -porque siempre hay un riesgo- es andar por ahí en busca de una víctima y topar con el verdugo, una persona en cuyas manos estemos dispuestos a morir"

Algunos hombres aman con el cuerpo, otros con el dinero o con el intelecto. Yo amo con la música. En nuestra relación, la música ha constituido un vínculo más estrecho que cualquier vínculo erótico y carnal. Tú que entiendes de todo y me hablas de la otra orilla, seguramente sabes qué fuerza tan inmensa posee la música. Tiene más fuerza que el beso, que la palabra, que el tacto. Lo que uno ya es incapaz de contar con el cuerpo y el espíritu, termina contándolo con la música. Yo he sido la única persona que ha sabido hablarle a ese cuerpo precioso y enfermo... ¿Acaso no lo sabías? Le hablaba con la ayuda de la música (La hermana, Sándor Márai).

01 junio, 2009

Nietzsche. Eros,arte y divinidad

Sumamente interesante

16 mayo, 2009

El maestro, el niño y la vaca

Un amigo me envió este escrito: Esta rosa es de un niño español de ocho años a quien su maestro pidió que describiera un mamífero o un ave. El texto es tan delicioso, que se guarda en el Museo Pedagógico de París.

Vida Nueva, Madrid 10 de octubre de 1987

El pájaro del que voy a hablar es el búho. El búho no ve de día y de noche es más ciego que el topo. No se gran cosa del búho, así que continuaré con otro animal que voy a elegir: la vaca. La vaca es un mamífero, tiene seis lados, el de la izquierda, el de la derecha, el de arriba y el de abajo. El de la parte de atrás tiene un rabo del que cuelga una brocha. Con esa brocha se espanta las moscas para que no caigan en la leche. La cabeza sirve para que le salgan los cuernos. Y además porque la boca tiene que estar en alguna parte. Los cuernos son para luchar con ellos. Por la parte de abajo tiene la leche. Está equipada para que se le pueda ordeñar. Cuando se le ordeña la leche viene y ya no se va nunca. ¿Cómo se las arreglará la vaca? Nunca he podido comprenderlo. Pero cada vez sale con mayor abundancia. El marido de la vaca es el buey, el buey no es mamífero. La vaca no come mucho, pero lo que come lo come dos veces, así que ya tiene bastante, cuando tiene hambre muge, y cuando no dice nada es que está llena de hierba por dentro. Sus patas le llegan al suelo. La vaca tiene el olfato muy desarrollado, por lo que se puede oler desde lejos, por eso es por lo que el aire del campo es tan puro.

Publicado el 15 de mayo de 1990 en periódico El Nacional.

10 mayo, 2009

Edgar Allan Poe y el ajedrecista

"Las habilidades del maestro Edgar Allan Poe para plantear y en algunos casos develar misterios, no se remitían únicamente a su magistrales cuentos, pues las llevó también a la práctica cuando en 1836 intentó desenmascarar a, “El Turco”, un autómata (el termino robot no existía como lo conocemos hoy) cuya principal cualidad era la de jugar ajedrez, derrotando entre otros adversarios a Napoleón II. “El Turco” fue creado por el húngaro Wolfgang von Kempelen en 1769 , quien se encargó de recorrer Europa con su criatura ajedrecista dando mates por donde pasaba.

En 1804 “El Turco” quedó huérfano, y tiempo después, el inventor alemán, Johann Nepomuk Mälzel, compró al inteligente títere para arrancar con él una gira por Estados Unidos, la cual tuvo gran éxito y pronto algunas copias burdas del autómata empezaron a surgir. El éxito que Mälzel y su máquina sumaban hizo sospechar a algunos periodistas y mentes incrédulas, como la Poe, quien se dio a la tarea de investigar sobre el caso y publicar sus hipótesis en su ensayo. “El jugador de ajedrez de Maelzel" (“Maelzel's Chess Player") en donde expone las complicaciones mecánicas, matemáticas y filosóficas que una máquina tendría que sortear para jugar una partida de ajedrez sin ayuda de una mente, por lo menos humana.

Por supuesto en nuestra época cualquier explicación podría resultar sobrada e innecesaria, la tecnología ha llegado a tal punto que, nos podemos creer lo que sea y no desde un punto de vista mágico, sino tecnológico, pero en los tiempos de Poe, donde lo milagroso aun reinaba sobre lo científico, cualquier explicación se agradecía, y más, si era tan detallada como la descrita en el texto del maestro de Baltimore, quien logra una sencilla pero didáctica comparación entre la máquina de computo de Charles Babbage y el ya famoso “Turco”, argumentando que por más sorprendente e ingeniosa que sea la primera, ésta necesita de la introducción de datos precisos para dar un resultado único, a diferencia de la máquina humanoide y turca de Maelzel, la cual sin importar los datos recibidos, las posibilidades de respuesta podrían ser múltiples, y que por lo tanto, era casi imposible que una máquina sin nexos con una mente humana pudiera decidir acertadamente entre cientos de combinaciones posibles. Posteriormente, Mr. Poe se extiende en análisis minuciosos sobre los sospechosos movimientos del autómata, deduciendo sus características humanas.

A pesar de su brillante y detectivesco ensayo, nuestro genial escritor no logra tirarle el teatrito a Meazel, pero si lo hacen un par de jóvenes quienes un buen día logran ver a un tipo salir del cuerpo del Turco, resultando ser William Schlumberger, famoso ajedrecista europeo".

Via | Excélsior

05 mayo, 2009

Los ensayos de Montaigne

Michael Montaigne, Ensayos Completos, Notas prologales de E.M. Aguilera, Trad. de Juan G. Luaces (México: Porrúa, 2003)

He estado nuevamente leyendo los ensayos de Montaigne. Se dice que "concibe sus ensayos como una marquetería mal unida, y reivindica su desorden como prenda de su libertad y de su "buena fe". Este desorden se debe también al propio modo de escribirlos: Montaigne pensaba en voz alta y un secretario (existieron tres sucesivos) tomaba nota del dictado”.

Casi al terminar el primer libro, escribe: "La reina Margarita de Navarra cuenta de un joven príncipe, al cual no menciona, aunque por su grandeza es harto conocido, lo siguiente: yendo este príncipe a una cita amorosa para dormir con la mujer de un abogado de París, pasaba su camino por en medio de una iglesia, y siempre que, yendo o viniendo, atravesaba aquel santo lugar, nunca dejaba de hacer oración ahí. Dejo al juicio del lector el ver de qué manera empleaba el príncipe el favor divino. No obstante, la reina Margarita alega este ejemplo como cosa de singular devoción. No es ésta la única prueba de la inepcia de las mujeres para discutir asuntos de teología".

Qué interesante si Montaigne (1533-1592) hubiera conocido la Carta Athenagórica de Sor Juana Inés de la Cruz (1648-1695), esa respuesta a Sor Filotea de la Cruz (texto conocido también como Carta al obispo de Puebla). No imagino qué hubiera expresado al leer:

Pues ¿qué os pudiera contar, Señora, de los secretos naturales que he descubierto estando guisando? Veo que un huevo se une y fríe en la manteca o aceite y, por contrario, se despedaza en el almíbar; ver que para que el azúcar se conserve fluida basta echarle una muy mínima parte de agua en que haya estado membrillo u otra fruta agria; ver que la yema y clara de un mismo huevo son tan contrarias, que en los unos, que sirven para el azúcar, sirve cada una de por sí y juntos no. Por no cansaros con tales frialdades, que sólo refiero por daros entera noticia de mi natural y creo que os causará risa; pero, señora, ¿qué podemos saber las mujeres sino filosofías de cocina? Bien dijo Lupercio Leonardo, que bien se puede filosofar y aderezar la cena. Y yo suelo decir viendo estas cosillas: Si Aristóteles hubiera guisado, mucho más hubiera escrito.

30 abril, 2009

La Meatrix

En el blog de Vivian Abenshushan veo este video que les pido por favor miren y escuchen: ¿Qué es La Meatrix?.

En el mismo blog leo este interesante texto: La Meatrix: la otra historia de la peste porcina.

Además: Gripe porcina: el monstruoso poder de la industria ganadera.

24 abril, 2009

Juan Marsé y su chamarra roja

Una de las cualidades más valiosas en el ser humano, en mi opinión, es la sencillez. La auténtica sencillez, no la construida para la ocasión. Esto viene a cuento por lo que narra Juan Cruz sobre Juan Marsé y el Cervantes en "Més arregladet":

Ayer congregó, en su discurso y en la realidad, a amigos suyos de la infancia, o de la juventud, a sus parientes, a los que le ayudaron, a sus editores, a Carmen Balcells, "aquí y en el más allá"... No era un discurso: Marsé siente así, él es la consecuencia humana de un modo de concebir la vida como un ejercicio de amistad. El paraninfo de Alcalá era el reflejo de esa mirada de amigo que le ha convertido en un tipo especial.

Ayer se tuvo que vestir de pingüino. El discurso le costó, porque es un maniático de la exigencia; pero le costó más acostumbrarse a ponerse ese traje. En noviembre, cuando supo que era Cervantes, se puso a especular con su nieto Guille (nueve años, como Jan, el otro nieto; la nieta, Nadia, tiene once) cómo iban a vestirse para una ocasión como la de ayer. En un momento de la conversación le dijo a Guille: "¿Y si fueras de marinerito?". El nieto le replicó: "¿Y por qué no vas tú de marinerito?"

La preocupación por el traje tiene antecedentes. Hace 31 años le dieron el Planeta, y llegó al fallo vestido con una zamarra roja. El presidente Tarradellas le miró de reojo, desaprobando; otro día le vio con corbata. Y entonces el legendario president le dijo al oído: "Ja veig que ara està vosté més arregladet". El Rey no le diría ayer nada de eso, pero los que le veían sabían que Marsé también llevaba al mediodía una zamarra roja, pero invisible, o bien iba vestido de marinerito.

Me ha tocado asistir a varias entregas de Premios, y puedo asegurar que en estas reuniones destaca siempre, cuando se presenta, lo sensible por sobre lo convencional. Desafortunadamente la mayoría de las veces lo que presenciamos son vanidades, jactancias, afectaciones, petulacias y conveniencias. Pero cuando asistimos a compartir la alegría con alguien que lleva una chamarra invisible al recibir su galardón, estos premios adquieren realmente un importante e inolvidable sentido.

Hace unos días comentó Juan Marsé, que sólo le quitaba el sueño “toda la parafernalia que rodea la entrega del galardón”. Sobre América Latina, expresó, ha viajado a México, Cuba y Argentina y se confiesa un gran amante de su literatura. "Amo a Juan Rulfo, a Juan Carlos Onetti, a Alejo Carpentier, a Horacio Quiroga. Y no me olvido de los grandes poetas".

18 abril, 2009

La casa malva: J. M. G. Le Clézio

Ethel. Está delante de la entrada del parque. Es de tarde. La luz es dulce, color perla. Tal vez una tempestad retumba sobre el Sena. Aprieta muy fuerte la mano del señor Soliman. Tiene apenas diez años, todavía es chica, su cabeza apenas llega a la cadera de su tío abuelo. Frente a ellos hay como una ciudad construida en medio del bosque de Vincennes, se ven torres, alminares y cúpulas. En los bulevares de alrededor se apretuja la multitud. De pronto estalla el chaparrón que amenazaba y la lluvia cálida hace subir un vapor por encima de la ciudad. Instantáneamente se abren cientos de paraguas negros. El viejo señor ha olvidado el suyo. Duda, mientras empiezan a caer las gruesas gotas. Pero Ethel lo tira de la mano y juntos corren por el bulevar hacia la cornisa de la puerta de entrada, frente a los fiacres y los autos. Ella lo tira de la mano izquierda y con la derecha él mantiene en equilibrio el sombrero negro sobre el cráneo puntiagudo. Cuando corre, sus patillas grises se abren rítmicamente, lo que hace reír a Ethel, y al verla reír el también ríe, tanto que se paran debajo de un castaño para protegerse.

Es un lugar maravilloso. Ethel nunca vio ni soñó con algo así. Pasada la entrada por la puerta Picpus, costearon el edificio del museo, frente al que se apretujaba la multitud. El señor Soliman no está interesado. "Siempre podrás ver museos", dijo. El señor Soliman está pensando en algo. Por eso quiso ir con Ethel. Ella trató de saber y desde hacía días le planteaba preguntas. Es muy astuta, es lo que le dice su tío abuelo. Sabe conseguir lo que quiere. "Si es una sorpresa y te la digo, ¿dónde está la sorpresa? Ethel vuelve a la carga. "Al menos puedes dejarme adivinar." Él está sentado en su sillón, después de cenar y fuma su cigarro. Ethel sopla el humo del cigarro. "¿Se come? ¿Se bebe? ¿Es un lindo vestido?" Pero el señor Soliman sigue firme. Fuma su cigarro y bebe su coñac como todas las noches. "Lo sabrás mañana".

Después de esto, Ethel no puede dormir. Toda la noche da vueltas en su pequeña cama de metal que chirría mucho. Recién se duerme al alba y le resultaba difícil despertarse a las diez, cuando su madre viene a buscarla para almorzar en casa de las tías. El señor Soliman todavía no está. Sin embargo, el bulevar Montparnasse no queda lejos de la calle Contentin. Un cuarto de hora caminando, y el señor Soliman es un buen caminante. Camina bien derecho, con el sombrero negro encajado en el cráneo, con el bastón con punta de plata que no toca el suelo. A pesar del bullicio de la calle, Ethel dice que lo escucha llegar desde lejos, con el sonido rítmico del hierro de los tacos de sus botas en la vereda. Dice que hace el ruido de un caballo. Le gusta comparar al señor Soliman con un caballo y a él esto no le desagrada, y cada tanto, a pesar de sus ochenta años, la sube a sus hombros para ir a pasear al parque y, como es muy grande, ella puede tocar las ramas bajas de los árboles.

Continúa: La casa malva, de J. M. G. Le Clézio.