9 de noviembre de 2018

Juan García Ponce y el 68

Juan García Ponce y el 68

En La invitación, novela publicada cuatro años después del Movimiento estudiantil de 1968, García Ponce armoniza asuntos iniciáticos y eróticos con la conciencia política del protagonista.

Juan Antonio Rosado

El Movimiento estudiantil que comenzó en julio de 1968 constituyó una transformación en la historia urbana y política de México y dio lugar a una serie de obras literarias que tratan sobre los jóvenes de la época y su relación con el movimiento y con el poder. Esta literatura incluye aspectos como la protesta callejera, la militancia política, las manifestaciones que se consideraron subversivas y que desembocaron en la masacre del 2 de octubre.

Durante el Movimiento, un escritor cuya temática fue preponderantemente erótica e intimista, Juan García Ponce, escribe tres textos sobre el 68: “La nacionalidad de las ideas”, “El subreino de la ilegalidad” y “El escritor como ausente”. En el segundo, fechado el 18 de septiembre de 1968, denuncia que el imperio de la ilegalidad rige al país. En esa época, unos policías lo detuvieron a las afueras de un conocido periódico porque lo “confundieron” con Marcelino Perelló, líder del Movimiento, que andaba en silla de ruedas, al igual que García Ponce, quien afirma: “Un policía me puso la pistola en el estómago. Me dijo: ¡Párese hijo de la chingada! Le respondí: me encantaría, pero no puedo”, experiencia que, con variantes, narra en su novela La invitación (1972), una de sus mejores obras, en la que armoniza con gran fortuna el tema mítico-iniciático con el político; el erótico-intimista con el realista; el problema de la identidad y de la “resurrección” tras una larga enfermedad con el ámbito de lo sagrado y de la transgresión.

Es sintomático que en uno de los mencionados artículos, el escritor afirme: “Yo preferí vivir en el espacio de la imaginación. Las obsesiones eran más fuertes que los ofrecimientos del mundo”. De esto trata La invitación: una realidad absurda contra la libertad de la imaginación, contra la intimidad, contra el erotismo, contra el mundo sagrado de la fiesta y la celebración. R., el personaje, después del infierno de su enfermedad, es invitado por Mateo Arturo al departamento de sus papás. Al llegar al edificio, R. sube las escaleras hacia el paraíso: en el departamento lo recibe nada menos que Beatrice, pero no la figura cristiana, sino una sensual diosa pagana, abierta, que vive en el mundo sagrado y transgrede el orden matrimonial: experimenta la plenitud del erotismo. Una vez afirmó García Ponce que “si la Beatriz de Dante es la posibilidad de coherencia absoluta del mundo para Dante, mi Beatrice es la posibilidad absoluta de la coherencia del mundo para el personaje de La invitación”. Pero la Beatrice de García Ponce no habla español, lo que acentúa la ambigüedad: ¿es esposa de Mateo o es una mujer imaginaria, una creación de los deseos de R.? Como las divinidades paganas, Beatrice se ha convertido “en todas las posibilidades” gracias al deseo de R., que no sólo es ubicuo e ilimitado: es intensidad impersonal que se mueve en la intimidad y llega a anular lo negativo de la realidad.

Tras esta iniciación en el Paraíso después de su enfermedad, R. desciende al purgatorio citadino, donde las sirenas en las calles —como las de la Odisea— impiden o retardan la realización del amor, y resultan ser “siniestros avisos cuyo oprobio hacía imposible la realidad del amor”. Odiseo por fin se reúne con Penélope, pero R. es arrestado como sospechoso y llevado a los separos, al igual que García Ponce (aquí tiene injerencia la nota autobiográfica mencionada al principio). Los separos son, en La invitación, un auténtico descenso a los infiernos. Esta nueva iniciación produce otra metamorfosis en el personaje. Al salir, ya es otro: adquiere conciencia social y política: se ubica más en la realidad. Visita de nuevo a la diosa pagana, a Beatrice, pero al llegar al departamento, ya el “paganismo” ha sido eliminado por el cristianismo: R. se encuentra nada menos que con la Santísima Trinidad: Mateo Arturo, su papá y su mamá: “Las tres figuras se habían olvidado por completo de R.”, y más adelante: “Al cerrar la puerta del departamento, R. dejó atrás la risa y el llanto, pero los grotescos movimientos de las tres figuras que actuaban la ridícula escena, la asquerosa complicidad y el odio, pesaban sobre el súbito silencio de la tarde”. Como al final de la Comedia de Dante, cuando el protagonista tiene la visión de la Trinidad, R. —en La invitación— experimenta el desconcierto, pero no por la belleza, sino por la fealdad. Ha vencido la realidad a la imaginación y, sin embargo, el autor se cuida de recalcar la ambigüedad: hay muchos elementos que demuestran que Beatrice existió, pero hay otros que no. ¿Existió Beatrice? Este manejo de la ambigüedad es tan magistral como el que hace Roman Polanski en su película El bebé de Rosemary, donde todo lo ocurrido pudo haber sido imaginado por una histérica embarazada. Cada lector, cada espectador se quedará con su versión. Lo cierto es que, a diferencia de casi el total corpus narrativo de Juan García Ponce, La invitación, una de las mejores novelas del 68, es pesimista. Sólo la exterioridad —la masacre perpetrada por el ejército en la extensa novela Crónica de la intervención (1982), o la retención de R. por los militares—, puede apaciguar la intimidad, clausurar el orden imaginario de los personajes y apagar con violencia las reacciones en cadena del deseo.

Confabulario
Octubre 6, 2018

9 de octubre de 2018

Textos narrativos

3 de junio de 2018

Sergio Pitol

Hace mucho tiempo
Juan Villoro

Sergio Pitol hizo de la amistad una religión. A contrapelo del escritor que requiere de aislamiento, buscó a los demás con insólita vocación gregaria. Recuerdo el entusiasmo con que leyó el primer libro de Mario Bellatin publicado en México, Salón de belleza, y el orgullo con que comentó que ya era su amigo. En un oficio plagado de recelos y competencias, jamás pensó en desmarcarse de los otros. Y no sólo eso: escribió convencido de que la literatura se produce en densidad. Su sostenida tarea como traductor deriva de su convicción de que no hay literaturas individuales. Todo autor, por original que sea, se inscribe en la tradición que lo explica.

Nacido en 1933, en un ingenio azucarero de Veracruz dominado por italianos, Pitol conoció desde niño la ambivalencia de vivir entre dos culturas. Sus mayores añoraban la ópera y los salones de Venecia y el entorno ofrecía los estímulos sensuales del trópico. Esta tensión aflora en los cuentos de Los climas y en cierta forma explica su deseo de entender el mundo como un horizonte sin fronteras.

Durante veintiocho años vivió en China, Polonia, Yugoslavia, Inglaterra, España, Hungría, la Unión Soviética y Checoslovaquia. Esta errancia lo llevó a traducir cerca de cien libros de cinco lenguas diferentes. Por un tiempo vivió en barcos cargueros; alquilaba un camarote sin preguntar cuál sería la ruta y se dedicaba a traducir en su oficina náutica. A esa etapa se deben sus versiones de Cosmos y Transatlántico, de Witold Gombrowicz, que deberían formar parte de la Enciclopedia biográfica de traductores inmortales propuesta por Ricardo Piglia.

La generosidad con que Pitol se ocupó de obras ajenas demoró la valoración de su propio trabajo. En 1969 publicó una novela excepcional, El tañido de una flauta, sobre el fracaso artístico y la dificultad de pertenecer a la cultura mexicana. De manera previsible, esta obra no tuvo los lectores que merecía y Carlos Monsiváis señaló que estaba destinada a convertirse en un “clásico secreto” de la literatura mexicana.

Durante casi una década, Pitol se concentró en traducir y prologar obras ajenas. A partir de su estancia en Moscú, a principios de los años ochenta, recuperó la fibra narrativa con Nocturno de Bujara, volumen de cuentos cuyo tema esencial es el misterioso origen de los cuentos. En uno de sus regresos a México, advirtió que la historia del país sólo podía ser contada en clave novelesca y concibió El desfile del amor, donde un historiador busca desentrañar sucesos de 1942 y advierte que la única manera de llegar a ellos son las conjeturas de la ficción.

En la cuerda de Sebald y Magris, escribió libros sin género preciso, mezcla de ensayo, crónica, fabulación y autobiografía. A esta etapa pertenecen El arte de la fuga, El mago de Viena y El viaje.

Su casa de Xalapa era un monumento a su pasión por la escritura ajena. Atrás de su escritorio, la pared estaba decorada con fotos de sus autores favoritos. Ahí, los clásicos alternaban con los amigos. Al revisar su biblioteca, me sorprendió que diera especial importancia a la estadística de la lectura. Al final de cada libro anotaba las veces que lo había leído, como una prueba de que la pasión mejora al reincidir.

Pero ninguna lealtad superó en él al trato con los amigos. Durante casi toda su vida se benefició del afecto y el humor de Carlos Monsiváis, Luis Prieto y Margo Glantz. En España, esta devoción se extendió a Lali Gubern, Jorge Herralde y Enrique Vila-Matas. Sabía, como Choderlos de Laclos, que toda relación es peligrosa, y por eso mismo la cortejaba, convencido de que el entusiasmo derrota las más complejas neurosis: “No hay quien se resista a un disco de Toña la Negra”, decía. Sin pedir auxilio a la sabiduría química, aconsejaba beber licores cada vez más fuertes para no sucumbir a una instantánea borrachera. Este manual de comportamiento no dio grandes resultados en el terreno de la salud, pero le permitió explorar el carnaval de la existencia. Como Gógol, entendió que el ser humano es un sujeto que se considera estupendo y de pronto sufre un retortijón. Los dispositivos teatrales que generaba en vida le permitieron ser testigo de situaciones intensamente ridículas que recreó en Domar a la divina garza y La vida conyugal.

Lo conocí en 1980 cuando participamos en el ciclo “Encuentro de generaciones”, donde un autor consagrado leía junto a un principiante. Me trató como si nos hubiéramos visto desde siempre. Después de la lectura, fuimos a casa de unos amigos suyos. Uno de los asistentes era Augusto Monterroso, mi maestro de taller de cuento. Afectado por la magia de Pitol, que borraba las generaciones, dije que conocía a alguien desde hacía mucho tiempo. Monterroso me reconvino en broma: “A tu edad, no tienes derecho a usar la expresión ‘hace mucho tiempo’”.

Cuarenta años después puedo decir con agraviante naturalidad: hace mucho tiempo conocí a Sergio Pitol. Mi opera omnia constaba entonces de un cuadernillo con tres relatos, pero él me trató como un colega. Cuando le dije que tenía problemas para escribir una novela, me dio a leer Los orígenes del Doctor Faustus. Le comenté que mi circunstancia era muy distinta a la de ese egregio autor. Entonces me palmeó la nuca y dijo: “Nadie es distinto a Thomas Mann”.

Sergio Pitol creía en los demás con una “fe de carbonero”, como él decía. Su impresionante obra corrió al parejo de su gusto por divertirse a expensas de unos y en sintonía con otros. La comedia humana alimentó su escritura y le brindó, en las más arduas circunstancias, el imbatible remedio de la risa.

El País, 13 de abril, 2018.

13 de julio de 2017

Semiótica

Y hay quien opina que la Semiótica ha pasado de moda.

“La semiótica es una metodología de observación de los fenómenos sociales, que permite conocer transformaciones, roles y valores de las personas. Una de sus características es el desplazamiento de la mirada y su aporte radica en analizar las preguntas cotidianas que realizan los individuos”, explicó Jacques Fontanille, profesor emérito de la Universidad de Limoges, Francia.
Enero, 2017.

11 de junio de 2017

Metaliteratura




Probablemente con los primeros resquebrajamientos de la buena conciencia burguesa, la literatura se puso a sentirse doble: a la vez objeto y mirada sobre ese objeto, palabra y palabra de esa palabra, literatura objeto y metaliteratura.

Roland Barthes

27 de mayo de 2017

Fragmento de Carta, de Rosario Ferré

Fragmento de Carta, de Rosario Ferré.

Prosas de mareo. Antología del Cuento Experimental Hispanoamérico, Selección de László Scholz (Budapest: Eötvös József Könyvkiadó, 2000).
me detengo en la esquina de la avenida a leer tu carta que se me desintegra entre los dedos hace tanto calor regresar allá es imposible dices somos una isla poblada de muñecos vaporizada por el vaho de los carburadores me detengo en la esquina de la avenida volcando mi dolor como un pote de violeta de genciana manchándolo todo la boca morada de genciana tiene olor a caimito podrido cuando ya la cabeza se pudre en el tronco se nos pega la lengua al paladar imposible regresar dices somos un país de muñecos ¿quienes son nuestros héroes? pasan popr la avenida clamorosa el prisionero liberado de vietnam del norte muñeco de trapo el cardenal rolipoli tentenpié de goma rodando undosundos de norte a sur muñeco de viento la barbie-mary-sol casada con el butch-big-jim muñecos de plástico no voy a regresar jamás me dijo me dices pinocho al país de los muñecos fabricados por la fisher price inc.

13 de mayo de 2017

Carta de Nietzsche a Lou Salomé



Lou:

Que yo sufra mucho carece de importancia comparado con el problema de que no seas capaz, mi querida Lou, de reencontrarte a ti misma.
Nunca he conocido a una persona más pobre que tú.
Ignorante, pero con mucho ingenio.
Capaz de aprovechar al máximo lo que conoce.
Sin gusto pero ingenua respecto de esta carencia.

Sincera y justa en minucias, por tozuda en general, en una escala mayor, en la actitud total hacia la vida: Insincera
Sin la menor sensibilidad para dar o recibir.
Carente de espíritu e incapaz de amar.
En afectos, siempre enferma y al borde de la locura. Sin agradecimiento, sin vergüenza hacia sus benefactores…

En particular:
Nada fiable.
De mal comportamiento.
Grosera en cuestiones de honor…
Un cerebro con incipientes indicios de alma.

El carácter de un gato: el depredador disfrazado de animal doméstico.
Nobleza como reminiscencia del trato con personas más nobles.
Fuerte voluntad pero no un gran objeto.
Sin diligencia ni pureza.

Sensualidad cruelmente desplazada.
Egoísmo infantil como resultado de atrofia y retraso sexual.
Sin amor por las personas pero enamorada de Dios.
Con necesidad de expansión.
Astuta, llena de autodominio ante la sexualidad masculina.

Tuyo.

Friedrich Nietzsche.

Mucho se ha escrito sobre la vida sentimental y amorosa de Friedrich Nietzsche, un filósofo -huérfano de padre a los cuatro años de edad- siempre rodeado de mujeres: su abuela, su madre, su hermana, sus tías y sus numerosas amigas que, a lo largo de su vida, lo estimaron y sobreprotegieron, tal vez de manera agobiante y excesiva...

Algunos biógrafos insinúan su atracción inconfesada e inconfesable por su propia hermana, la celosísima “Lisbeth” (Elisabeth). Thomas Mann llega a afirmar que Nietzsche estuvo durante toda su vida “prisionero de un amor casi incestuoso por Elisabeth, que está presente en la mayoría de los acontecimientos de su vida”.

Sin embargo, la mayoría de sus biógrafos sostienen que, sin lugar a dudas, fue Lou von Salomé, su verdadero amor. Mujer atractiva e inteligente, que enamoró de verdad al solitario y atormentado filósofo de Röcken y que ejerció una intensa fascinación en él, atraído por su sensualidad contenida, su vigoroso intelecto y su fuerte personalidad.

Cuando apenas tenía veinte años logró conquistar el corazón de Nietzsche; sería la única mujer de la que lograría enamorarse en su vida. Pero también el filósofo Paul Ree, el poeta Rainer Maria Rilke y el fundador del psicoanálisis, Sigmund Freud, el sociólogo Ferdinand Tonnier, el psicólogo experimental Herman Ebbnghaus y otros muchos se sintieron atraidos por Lou Salomé.

Fue a través de Paul Ree que Lou Salomé conoció a Nietzsche. Lou era la eterna amiga de Ree, intelectualmente sintonizaban, pero ella sentía repugnancia física hacia él. En 1901 se suicidó justo en el lugar en donde Lou Salomé le había rechazado veinte años antes; el tiempo jamás consiguió disolver todo el amor que sintió por ella.

Otro tanto ocurrió con Nietzsche, si bien el poeta-filósofo logró sublimar la atracción que sentía en una obra singular, "Así habló Zarathustra".

Hoy, tras la publicación de la correspondencia con Paul Ree, se sabe lo que sentía Nietzsche en aquella época: "Sino encuentro la piedra filosofal para convertir esta mierda en oro, estoy perdido".

Cuando Nietzsche conoció a aquella jovencita que daba muestras de una singular madurez e inteligencia, y que, por lo demás era excepcionalmente atractiva, se sintió inmediatamente seducido por ella. Pero Lou solo amaba el pensamiento de Nietzsche, en absoluto al hombre. Lo rechazó una y otra vez. Finalmente, en 1882, el filósofo perdió toda esperanza. Unas semanas después se encerró en su pequeña habitaciíon; era el mes de febrero de 1883. En pocos días, Nietzsche compuso su gran poema filosófico que nació como fruto del desengaño y la frustración por un amor imposible.

"Zarathustra" salvó de la locura a Nietzsche durante unos años. Tras la ruptura con Lou, habló de suicidarse; sacó fuerzas de flaqueza, rechazó la posibilidad de cualquier otro amor e intentó transmutar en fuerza interior su soledad. Seis años después se derrumbaría. A partir de 1889 su locura sería irreversible. Moriría dos años después.

Fuente: El club de los libros perdidos, Nov., 2016

7 de mayo de 2017

Lecturas críticas sobre la obra de Enrique Serna

Este libro tiene, como casi todos los libros, una historia. En 2011, siendo en esos momentos directora del IIL-L Norma Angélica Cuevas Velasco, le comenté mi deseo de invitar a Enrique Serna a impartir un curso, idea que apoyó completamente así como el proceso. Tuvimos, pues, la primera visita del escritor y ofreció el curso la "Evolución del realismo objetivo (La voz de la conciencia en la novela realista, de Flaubert a Faulkner)". Cuatro años después, en marzo de 2015, Enrique Serna regresó y tuvimos con él un excelente Seminario, “Metamorfosis de la sátira”. Al finalizar el seminario, los asistentes manifestaron su deseo de contar con los textos que escuchamos en “La obra de Enrique Serna”, una mesa redonda en la que participaron colegas del Instituto y estudiantes egresados del posgrado. Este libro lo conforma precisamente estos textos.

En la FILU 2017


Seducciones y polémicas
Lecturas críticas sobre la obra de Enrique Serna

Magda Díaz y Morales y Norma Angélica Cuevas Velasco (coordinadoras), México: Universidad Veracruzana (Col. Biblioteca), 2017.

ÍNDICE

Prólogo. Una obra sobre la decadencia de la humanidad
Elizabeth Corral

Narración y discurso en Señorita México
Magda Díaz y Morales

Desde el cristal con que se mira: la perspectiva de lo perverso en dos cuentos
Irsa Yésica Ruiz

Aires de polémica en Las caricaturas me hacen llorar
Martha Elena Munguía Zatarain

La poética de la historia en El seductor de la patria y Ángeles del abismo
Rodrigo García de la Sienra

Tres comentarios marginales sobre Ángeles del abismo
José Luis Martínez Morales

Fruta verde: con la moral patas para arriba
Alejandro Solano Villanueva

La doble vida de Jesús o la voluntad doblegada por la corrupción
Norma Angélica Cuevas Velasco

Pueden leer el libro en PDF, en el Sitio Oficial de Enrique Serna: Seducciones y polémicas.