10 de octubre de 2019

¡Peter Handke Nobel de literatura!

¡Bravoooooo! Esta vez el Premio no decepcionó.

¡Péter Handke gana el Premio Nobel de Literatura 2019!

Muy merecido.

23 de septiembre de 2019

Mileva Marić y Albert Einstein

Ella También
Rosa Montero

Einstein obligó a firmar a su primera esposa un contrato humillante. Quemó sus cartas y jamás mencionó la aportación que hizo a su trabajo.

La lectura de la reciente novela de Nativel Preciado, El Nobel y la corista, en donde hace un genial retrato del Einstein mujeriego, me ha hecho recordar la perturbadora historia de Mileva Marić, la física y matemática serbia que fue la primera esposa del científico. Mileva y Einstein se conocieron en 1896 en el Instituto Politécnico de Zúrich, del que eran alumnos. Ella tenía 21 años; él, 17. Fue un amor a primera vista. Mileva había mostrado desde niña tanto talento que su padre decidió darle la mejor educación. Para comprender hasta qué punto esta actitud era rompedora, baste decir que el padre tuvo que pedir un permiso especial para que su hija pudiera estudiar Física y Matemáticas, dos carreras solo para varones. Era un mundo que les negaba todo a las mujeres.

Mileva y Albert empezaron a vivir y trabajar juntos, pese a la furibunda oposición de la madre de él. Que su amado la defendiera frente a su propia madre debió de crear en la joven un sentimiento de gratitud inacabable. Y así, cuando el profesor Weber admitió a Mileva para el doctorado, después de haber rechazado a Albert porque no le consideraba preparado, ella supeditó su aceptación a la inclusión de Einstein. Mileva, mejor matemática que él, revisaba los errores de su amante; sus correcciones abundan en los apuntes de Albert: “Ella resuelve mis problemas matemáticos”. A la joven le obsesionaba encontrar un fundamento matemático para la transformación de la materia en energía; compartió con Albert esta fascinación (las cartas se conservan) y a Einstein le pareció interesante la idea de su pareja. En 1900 terminaron un primer artículo sobre la capilaridad; era un trabajo conjunto (“le di una copia [al profesor Jung] de nuestro artículo”, escribió Einstein), aunque solo lo firmó él. ¿Por qué? Porque una firma de mujer desacreditaba el trabajo. Porque Mileva quería que Einstein triunfara para que se casara con ella (él había dicho que hasta que no pudiera mantenerla económicamente no lo haría). Por la patológica gratitud, dependencia psicológica y enfermiza humildad que el machismo inocula.

Y entonces comenzó, insidiosamente, la desgracia. En 1901, Mileva fue a Serbia a dar a luz secretamente a una niña de la que no volvió a saberse nada: quizá acabara en un orfanato. Poco después Einstein consiguió un empleo como perito en la Oficina de Patentes de Berna y, ya con un sueldo, se casaron. Según varios testimonios, mientras Albert trabajaba sus ocho horas al día, Mileva escribía postulados que luego debatía con él por las noches. Además cuidaba de la casa y del primer hijo, Hans Albert. “Seré muy feliz (…) cuando concluyamos victoriosamente nuestro trabajo sobre el movimiento relativo” (carta de Einstein a Mileva). En 1905 aparecieron en los Anales de la Física los tres cruciales artículos de Einstein firmados solo por él, aunque hay un testimonio escrito del director de los Anales, el físico Joffe, diciendo que vio los textos con la firma de Einstein-Marić.

Y la desgracia engordó. Tuvieron un segundo hijo, aquejado de esquizofrenia; Einstein se hizo famoso, se enamoró de su prima, quiso dejar a Mileva y ella se aferró enfermizamente a él. Comenzó entonces (hasta la separación en 1914) un maltrato psicológico atroz; hay un contrato que Einstein obligó a firmar a su mujer, un texto humillante de esclavitud. Pero siendo ese contrato aberrante, aún me parece peor lo que el Nobel hizo con el legado de Mileva: quemó sus cartas, no mencionó jamás su aportación, solo la citó en una línea de su autobiografía. Los agentes de Einstein intentaron borrar todo rastro de Marić; se apropiaron sin permiso de cartas de la familia y las hicieron desaparecer. También desapareció la tesis doctoral que Mileva presentó en 1901 en la Politécnica y que, según testimonios, consistía en el desarrollo de la teoría de la relatividad. No estoy diciendo que Einstein no fuera un gran científico: digo que ella también lo era. Pero él se empeñó en borrarla, y lo consiguió hasta 1986, cuando, tras la muerte de su hijo Hans Albert, se encontró una caja llena de cartas que tuvieron grandes repercusiones científicas. Pese a ello, Mileva sigue aplastada bajo el rutilante mito de Einstein. Así de mezquinas y de trágicas son las consecuencias del sexismo.

El País Semanal
2 de junio 2019

23 de abril de 2019

Sobre El Principito de Saint Exupery

Sobre El Principito...

Para todos los amantes de El Principito: ¿sabían que "La Rosa" no era sólo un personaje cualquiera? Este personaje resulta ser la salvadoreña Consuelo Suncín, esposa de Antoine de Saint Exupery, mujer controversial considerada por algunos una mujer adelantada a su época y para otros, una mujer con vocación "puteril" (así expresan los libros). Hija de un General dueño de fincas cafetaleras, a los 18 años consigue una beca y se va a Estados Unidos a estudiar inglés; esto dice mucho de ella, ya que salir de su casa en esa época era algo muy mal visto. Se casa con un militar mexicano, aunque después se supo que sólo era un vendedor de pinturas caseras. Consuelo decide divorciarse meses antes de que su esposo muriera en un accidente de ferrocarril. Viuda y con ganas de comerse al mundo, llega a México con una carta de recomendación y solicita entrevistarse con José Vasconcelos, si, el mismo que dijo “por mi raza hablará el espíritu”; este personaje la hace esperar por dos horas y cuando al fin la recibe, le dice: “una mujer bonita, joven y viuda no necesita trabajar, puede ganarse la vida con sus encantos”.

Consuelo insiste en una segunda entrevista y aunque Vasconcelos no le da el empleo, le ayuda para que estudie Derecho. Se enamora de ella y tienen un romance. La lleva a París y conoce al prosista guatemalteco Enrique Gómez Carrillo, quien en su tiempo era considerado el más exitoso escritor latinoamericano. Consuelo lo abandona y se casa con Gómez Carrillo. Despechado, Vasconcelos le dedica varias páginas en sus memorias y dice que el romance con el príncipe de los cronistas es debido a la vocación "puteril" de su amada.


baobabs
Vuelve a quedar viuda pero ahora con mucho dinero, así que bonita, joven, viuda y con mucho dinero, viaja a Buenos Aires a liquidar las propiedades de su difunto marido y ahí conoce a Antoine de Saint Exúpery. Lo de ellos fue amor a primera vista, él la invita a volar y ahí suceden una serie de incidentes, pero Consuelo mantiene a raya a Antoine ("creo que ella me ha domesticado", dice Saint Exúpery). Se casan en contra de la voluntad de la familia del escritor ya que era odiada por la sociedad francesa por el hecho de ser extranjera, "venida de quien sabe dónde”. En realidad no le perdonaban que una mujer viuda y de origen indígena se ganara el corazón del escritor más famoso de Francia. La familia Saint Exúpery era terriblemente antisemita y para ellos ese matrimonio era peor aún que casarse con una judía. La única defensora de Consuelo fue su suegra y según sus propias palabras: “si su hijo la amaba, ella la amaba”.

Consuelo y Antoine vivieron 13 años de matrimonio intenso, él con sus frecuentes viajes, el gusto por la vida bohemia y sus múltiples infidelidades (“Vete a ver las rosas, que así comprenderás que la tuya es única en el mundo”). Según palabras de ella, ser la esposa de un piloto fue un suplicio, pero serlo de un escritor fue un verdadero martirio. A pesar de sus peleas siempre estaban al pendiente uno del otro, ella era asmática como "La Rosa" (que tosía) y el Principito la tenía en un capelo para que no le pasara nada.

La sociedad francesa trató de no relacionar su nombre con el escritor y le propinaron tremendos desaires, y fue hasta hace pocos años que reconocieron que sin su influencia, El Principito no habría sido escrito.

En lo que muchos están de acuerdo es en que más que una fábula filosófica, El Principito es una alegoría de la propia vida de Saint-Exupéry, de sus incertidumbres y su búsqueda de paz interior. Pero también es una alusión a la atormentada relación con Consuelo. Consuelo fue la musa que inspiró a la rosa de El Principito. "La rosa es Consuelo", afirma Marie-Helene Carbonel. "Los tres volcanes son los volcanes de El Salvador. Los baobabs son las ceibas a la entrada del pueblo de Armenia, en El Salvador. La rosa que tose es Consuelo, que sufre de asma, que es frágil y por eso está protegida bajo una campana de cristal". "Las otras cinco mil rosas pueden ser las otras mujeres de Saint-Exupéry, pero para El Principito esas rosas no valen nada, la única que vale es su rosa".

"Se ha querido presentar a este libro como un cuento para niños, pero no lo es de ningún modo. Es un libro que escribió para pedir perdón a Consuelo, es un acto de contrición", dice la escritora francesa. ¿Será así?

25 de febrero de 2019

Rilke

"... Lo bello no es sino el comienzo de lo terrible".

Rilke

25 de enero de 2019

La casa de los tres perros, de Agustín Cadena

Agustín Cadena, La casa de los tres perros, Col. A la orilla del viento, ilustraciones de Patricio Betteo (México, Fondo de Cultura Económica, 2017).

En el mundo fantásmico, el agua son lágrimas;
cada gota de agua es una gota de tristeza. 
Y la tristeza es lo único que tienen los muertos para sentirse vivos,
aunque no lo estén.
Agustín Cadena

Desde el inicio, tenemos la sensación de estar dentro de una novela que nos abraza. La historia es contada por un narrador omnisciente que nos habla muy de cerca, a veces con ironía, otras emotivamente y otras como si nos dijera un secreto y él mismo fuera uno de esos fantasmas de luz que miran sin ser vistos. Es muy bella la prosa poética cuando nos hace llegar las emociones de esos jóvenes fantasmas que habitan en un "edificio de color ladrillo con puertas y ventanas blancas, que tiene en el dintel un mascarón con forma de perro de tres cabezas (aunque las personas poco observadoras dicen que son tres perros) y un llamador de bronce de forma similar en el zaguán". La gente le ha dado al edificio el nombre de El Tiempo Perdido; sin embargo, este nombre es sólo el de la pastelería que está en la planta baja, ocupando la esquina:
Se encuentra en el centro de la ciudad, cerca de los portales que se cayeron con los diluvios de hace sesenta años, en la esquina de Avenida de los Héroes y calle Combray. Por cualquiera de estas se puede entrar a la pastelería; tiene dos altas puertas de vidrio con arcos románicos y tres ventanas aparador en las cuáles se exhiben magdalenas, conchas, cuernos, banderillas, orejas, donas, campechanas, novias, ladrillos, pambazos, cemitas, cocoles, ojos de Pancha y, por supuesto, bolillos y teleras, además de toda clase de pasteles de la más rancia tradición europea: tartelettes, apfelstruddel, pain-du-chocolat, beigli, lady fingers, linzertorte, etcétera. También, por encargo, hacen pasteles de cumpleaños, bodas y todo es. Venden café y, como disponen de espacio, tienen un par de mesitas redondas y una barra con bancos en donde es posible sentarse a desayunar o a merendar. Ahí, una vez a la semana, se reúne un grupo de señoras para comentar la obra de Marcel Proust; se hacen llamar Les Dames Charmantes.
(Seguramente, dicho sea de paso, en una metalepsis de autor, el escritor de la novela está pendiente de las reuniones de Les Dames Charmantes, se percibe su admiración a Proust: El Tiempo Perdido, Calle Combray, magdalenas, etc.).

En este edificio conviven vivos y muertos, estos últimos son fantasmas que no tienen otro qué hacer que mirar y esperar hasta conseguir pasar a otro nivel y por fin descansar. Un día de tantos, dos niños fantasmas, Arminda y Mario, conversan. Mario piensa en los beneficios de ser fantasma aunque serlo tiene su lado triste pues, dice: "Un fantasma puede ver el sol, pero no lo siente [...]. Nunca es realmente de día y nunca es bien de noche; uno se mueve siempre al atardecer, a media luz, una media luz violeta: el color de la transmutación, del perdón que se espera. Un fantasma puede acariciar, pero no lo siente, y ése es su dolor más grande, cuando tiene poco de haber cruzado y todavía lo une el amor a los vivos. Puede acariciarlos, aun besarlos, pero no siente nada porque no tiene cuerpo para sentir; es como si sólo lo imaginara [...]". Además:
Aun si alguien lograra ver un fantasma al sol de mediodía, no lo verá en la luz, porque donde ellos habitan no hay luz. Los muertos llevan su penumbra a todas partes. Ahí, en el centro, está su cara como un retrato antiguo sobre un fondo oscuro. Hay tristeza siempre en las expresión de los fantasmas, en su mirada ya perdida en el punto más remoto del pasado. Un fantasma es una persona que murió, pero sus ojos no lo recuerdan, no recuerdan que están muertos [...]. A veces -en realidad demasiadas veces- lloran. No hay llanto más triste que el de un fantasma. Es que es un llanto sin esperanza y sin remedio, un llanto que para qué llorar. Pero no pueden evitarlo: son sentimentales como lo es todo el que vive de recuerdos. Rara vez se verá sonreír a un fantasma. La sonrisa es algo poco común de ese lado. Tienen momentos de alegría, eso sí. Quienes los han visto en uno de esos momentos dicen que brillan.
Un atardecer se encuentran Albertina y Enrique en el patio de la vecindad, viven en ese edificio. Él muchacho llega saludando mientras la joven protagonista está sentada en el rodete de piedra que protege una higuera, "perdida en sus pensamientos". Enrique está enamorado de Tina y esto molesta a Mario, que los oye platicar sin ser visto. A partir de este encuentro se inicia la acción y de manera muy interesante: existe un juego metadiegético entre tiempos, personajes, espacios, verdaderamente espectacular. Son historias dentro de la historia (una historia marco que encierra otras historias), y esto me cautivó, me gustaría analizar con detenimiento la riqueza de esta estrategia narrativa en la novela.

Así, nos vamos enterando de las presencias de vivos y muertos, del edificio (que está a punto de ser vendido), la pastelería, la época actual, de Chepina (la gatita fantasma), del tesoro escondido, del horrible 'Marrana' y sus cómplices, de la historia del espejo embrujado (donde se puede ver las cosas de los planos invisibles), espejo como vínculo entre vivos y muertos, de las épocas que vivieron los ahora muertos, de lo que sufrieron en vida, lo difícil de la infancia, la importancia de la amistad, del amor, el maltrato físico y psicológico que habita en algunas familias, en las escuelas (el llamado bullying):
En mi época eso era normal, -dice Arminda a Mario- si querías ir a la escuela, deberías saber que todo el mundo iba a pegarte, no sólo tus compañeros sino también los maestros. Los maestros tenían permiso de pegarles a los niños si se portaban mal o eran tontos
_¿Cómo les pegaban?
_Con la regla de madera, generalmente [...]. Pero algunos tenían una vara especial, de membrillo o de fresno. A mi me tocó uno así, en tercero de primaria. Te decían "Pon las manos". Y debías levantarlas con las palmas extendidas a la altura de tu pecho. Si el dolor de los varazos te hacía bajarlas, iba de nuevo desde cero [...] Había muchos castigos: mandarte a oír toda la clase parado, de cara a la pared; mandarte al patio a golpe del sol; sebntarte en el rincón de los burros, con unas orejas de burro que tenías que hacer tú mismo ...
-¡Qué humillante!
-Para muchos seres humanos eso era la vida, Mario, una perpetua humillación. De niño te humillaba el maestro; de grande, el patrón.
Una de las historias más conmovedoras es precisamente la de Mario, un niño que en vida fue terriblemente maltratado en su casa y en la escuela y cuya única salida fue el suicidio:
En la mañana dijo que se sentía enfermo y no quería ir a la escuela. No lo obligaron. De verdad se veía mal, se oía mal. Y más tarde, a la hora en que Claudia (la hermana) estaba ya en la escuela, su papá en el trabajo y su mamá chismeando con la vecina, Mario se levantó al baño, tomó del mueble del lavabo un sobre de veneno para ratas, se le ocurrió disolverlo en un vaso de agua y se lo tragó. No quería morirse. Parecería tonto, pero no pensó que podía morirse. Sólo quería hacer sentir mal a todos, castigarlos y escapar. Y escapó. Se fue acostar a la cama de Claudia. Se puso a salvo en un lugar donde nadie volvería a lastimarlo.
¿Qué sucede con la madre de Mario después del suicidio de su hijo? ¿Qué hace el padre? ¿Qué hace la hermana? ¿Qué pasa con el edificio? ¿con la inteligente Albertina y con Enrique? ¿Con los Tenebrosos?... Es una novela juvenil tan bonita que no queremos que se acabe.
... Ahí seguirá, en ese edificio que alguna vez llamó su casa, en ese patio encharcado de luz violeta donde tal vez un día encuentre al niño que fue. Estará ese niño a la sombra de la higuera, jugando en el suelo con un caballo de plástico. Entonces sabrá Mario que ha llegado el final del viaje. Le hará una caricia en el pelo al niño que fue y le dirá que el veneno para ratas sabe espantoso y que no vale la pena. Le dirá que la muerte no vale la pena.

30 de diciembre de 2018

¡Feliz año 2019!

Queridos todos, muchas gracias por seguir conmigo este 2018. Que estemos juntos otro año más, este 2019 que pronto inicia. Nos traerá, eso deseo y les deseo, viajes, éxitos, oportunidades, etc., pero sobre todo salud y amor.

Un abrazo a cada uno de ustedes.

9 de noviembre de 2018

Juan García Ponce y el 68

Juan García Ponce y el 68

En La invitación, novela publicada cuatro años después del Movimiento estudiantil de 1968, García Ponce armoniza asuntos iniciáticos y eróticos con la conciencia política del protagonista.

Juan Antonio Rosado

El Movimiento estudiantil que comenzó en julio de 1968 constituyó una transformación en la historia urbana y política de México y dio lugar a una serie de obras literarias que tratan sobre los jóvenes de la época y su relación con el movimiento y con el poder. Esta literatura incluye aspectos como la protesta callejera, la militancia política, las manifestaciones que se consideraron subversivas y que desembocaron en la masacre del 2 de octubre.

Durante el Movimiento, un escritor cuya temática fue preponderantemente erótica e intimista, Juan García Ponce, escribe tres textos sobre el 68: “La nacionalidad de las ideas”, “El subreino de la ilegalidad” y “El escritor como ausente”. En el segundo, fechado el 18 de septiembre de 1968, denuncia que el imperio de la ilegalidad rige al país. En esa época, unos policías lo detuvieron a las afueras de un conocido periódico porque lo “confundieron” con Marcelino Perelló, líder del Movimiento, que andaba en silla de ruedas, al igual que García Ponce, quien afirma: “Un policía me puso la pistola en el estómago. Me dijo: ¡Párese hijo de la chingada! Le respondí: me encantaría, pero no puedo”, experiencia que, con variantes, narra en su novela La invitación (1972), una de sus mejores obras, en la que armoniza con gran fortuna el tema mítico-iniciático con el político; el erótico-intimista con el realista; el problema de la identidad y de la “resurrección” tras una larga enfermedad con el ámbito de lo sagrado y de la transgresión.

Es sintomático que en uno de los mencionados artículos, el escritor afirme: “Yo preferí vivir en el espacio de la imaginación. Las obsesiones eran más fuertes que los ofrecimientos del mundo”. De esto trata La invitación: una realidad absurda contra la libertad de la imaginación, contra la intimidad, contra el erotismo, contra el mundo sagrado de la fiesta y la celebración. R., el personaje, después del infierno de su enfermedad, es invitado por Mateo Arturo al departamento de sus papás. Al llegar al edificio, R. sube las escaleras hacia el paraíso: en el departamento lo recibe nada menos que Beatrice, pero no la figura cristiana, sino una sensual diosa pagana, abierta, que vive en el mundo sagrado y transgrede el orden matrimonial: experimenta la plenitud del erotismo. Una vez afirmó García Ponce que “si la Beatriz de Dante es la posibilidad de coherencia absoluta del mundo para Dante, mi Beatrice es la posibilidad absoluta de la coherencia del mundo para el personaje de La invitación”. Pero la Beatrice de García Ponce no habla español, lo que acentúa la ambigüedad: ¿es esposa de Mateo o es una mujer imaginaria, una creación de los deseos de R.? Como las divinidades paganas, Beatrice se ha convertido “en todas las posibilidades” gracias al deseo de R., que no sólo es ubicuo e ilimitado: es intensidad impersonal que se mueve en la intimidad y llega a anular lo negativo de la realidad.

Tras esta iniciación en el Paraíso después de su enfermedad, R. desciende al purgatorio citadino, donde las sirenas en las calles —como las de la Odisea— impiden o retardan la realización del amor, y resultan ser “siniestros avisos cuyo oprobio hacía imposible la realidad del amor”. Odiseo por fin se reúne con Penélope, pero R. es arrestado como sospechoso y llevado a los separos, al igual que García Ponce (aquí tiene injerencia la nota autobiográfica mencionada al principio). Los separos son, en La invitación, un auténtico descenso a los infiernos. Esta nueva iniciación produce otra metamorfosis en el personaje. Al salir, ya es otro: adquiere conciencia social y política: se ubica más en la realidad. Visita de nuevo a la diosa pagana, a Beatrice, pero al llegar al departamento, ya el “paganismo” ha sido eliminado por el cristianismo: R. se encuentra nada menos que con la Santísima Trinidad: Mateo Arturo, su papá y su mamá: “Las tres figuras se habían olvidado por completo de R.”, y más adelante: “Al cerrar la puerta del departamento, R. dejó atrás la risa y el llanto, pero los grotescos movimientos de las tres figuras que actuaban la ridícula escena, la asquerosa complicidad y el odio, pesaban sobre el súbito silencio de la tarde”. Como al final de la Comedia de Dante, cuando el protagonista tiene la visión de la Trinidad, R. —en La invitación— experimenta el desconcierto, pero no por la belleza, sino por la fealdad. Ha vencido la realidad a la imaginación y, sin embargo, el autor se cuida de recalcar la ambigüedad: hay muchos elementos que demuestran que Beatrice existió, pero hay otros que no. ¿Existió Beatrice? Este manejo de la ambigüedad es tan magistral como el que hace Roman Polanski en su película El bebé de Rosemary, donde todo lo ocurrido pudo haber sido imaginado por una histérica embarazada. Cada lector, cada espectador se quedará con su versión. Lo cierto es que, a diferencia de casi el total corpus narrativo de Juan García Ponce, La invitación, una de las mejores novelas del 68, es pesimista. Sólo la exterioridad —la masacre perpetrada por el ejército en la extensa novela Crónica de la intervención (1982), o la retención de R. por los militares—, puede apaciguar la intimidad, clausurar el orden imaginario de los personajes y apagar con violencia las reacciones en cadena del deseo.

Confabulario
Octubre 6, 2018