25 de enero de 2019

La casa de los tres perros, de Agustín Cadena

Agustín Cadena, La casa de los tres perros, Col. A la orilla del viento, ilustraciones de Patricio Betteo (México, Fondo de Cultura Económica, 2017).

En el mundo fantásmico, el agua son lágrimas;
cada gota de agua es una gota de tristeza. 
Y la tristeza es lo único que tienen los muertos para sentirse vivos,
aunque no lo estén.
Agustín Cadena

Desde el inicio, tenemos la sensación de estar dentro de una novela que nos abraza. La historia es contada por un narrador omnisciente que nos habla muy de cerca, a veces con ironía, otras emotivamente y otras como si nos dijera un secreto y él mismo fuera uno de esos fantasmas de luz que miran sin ser vistos. Es muy bella la prosa poética cuando nos hace llegar las emociones de esos jóvenes fantasmas que habitan en un "edificio de color ladrillo con puertas y ventanas blancas, que tiene en el dintel un mascarón con forma de perro de tres cabezas (aunque las personas poco observadoras dicen que son tres perros) y un llamador de bronce de forma similar en el zaguán". La gente le ha dado al edificio el nombre de El Tiempo Perdido; sin embargo, este nombre es sólo el de la pastelería que está en la planta baja, ocupando la esquina:
Se encuentra en el centro de la ciudad, cerca de los portales que se cayeron con los diluvios de hace sesenta años, en la esquina de Avenida de los Héroes y calle Combray. Por cualquiera de estas se puede entrar a la pastelería; tiene dos altas puertas de vidrio con arcos románicos y tres ventanas aparador en las cuáles se exhiben magdalenas, conchas, cuernos, banderillas, orejas, donas, campechanas, novias, ladrillos, pambazos, cemitas, cocoles, ojos de Pancha y, por supuesto, bolillos y teleras, además de toda clase de pasteles de la más rancia tradición europea: tartelettes, apfelstruddel, pain-du-chocolat, beigli, lady fingers, linzertorte, etcétera. También, por encargo, hacen pasteles de cumpleaños, bodas y todo es. Venden café y, como disponen de espacio, tienen un par de mesitas redondas y una barra con bancos en donde es posible sentarse a desayunar o a merendar. Ahí, una vez a la semana, se reúne un grupo de señoras para comentar la obra de Marcel Proust; se hacen llamar Les Dames Charmantes.
(Seguramente, dicho sea de paso, en una metalepsis de autor, el escritor de la novela está pendiente de las reuniones de Les Dames Charmantes, se percibe su admiración a Proust: El Tiempo Perdido, Calle Combray, magdalenas, etc.).

En este edificio conviven vivos y muertos, estos últimos son fantasmas que no tienen otro qué hacer que mirar y esperar hasta conseguir pasar a otro nivel y por fin descansar. Un día de tantos, dos niños fantasmas, Arminda y Mario, conversan. Mario piensa en los beneficios de ser fantasma aunque serlo tiene su lado triste pues, dice: "Un fantasma puede ver el sol, pero no lo siente [...]. Nunca es realmente de día y nunca es bien de noche; uno se mueve siempre al atardecer, a media luz, una media luz violeta: el color de la transmutación, del perdón que se espera. Un fantasma puede acariciar, pero no lo siente, y ése es su dolor más grande, cuando tiene poco de haber cruzado y todavía lo une el amor a los vivos. Puede acariciarlos, aun besarlos, pero no siente nada porque no tiene cuerpo para sentir; es como si sólo lo imaginara [...]". Además:
Aun si alguien lograra ver un fantasma al sol de mediodía, no lo verá en la luz, porque donde ellos habitan no hay luz. Los muertos llevan su penumbra a todas partes. Ahí, en el centro, está su cara como un retrato antiguo sobre un fondo oscuro. Hay tristeza siempre en las expresión de los fantasmas, en su mirada ya perdida en el punto más remoto del pasado. Un fantasma es una persona que murió, pero sus ojos no lo recuerdan, no recuerdan que están muertos [...]. A veces -en realidad demasiadas veces- lloran. No hay llanto más triste que el de un fantasma. Es que es un llanto sin esperanza y sin remedio, un llanto que para qué llorar. Pero no pueden evitarlo: son sentimentales como lo es todo el que vive de recuerdos. Rara vez se verá sonreír a un fantasma. La sonrisa es algo poco común de ese lado. Tienen momentos de alegría, eso sí. Quienes los han visto en uno de esos momentos dicen que brillan.
Un atardecer se encuentran Albertina y Enrique en el patio de la vecindad, viven en ese edificio. Él muchacho llega saludando mientras la joven protagonista está sentada en el rodete de piedra que protege una higuera, "perdida en sus pensamientos". Enrique está enamorado de Tina y esto molesta a Mario, que los oye platicar sin ser visto. A partir de este encuentro se inicia la acción y de manera muy interesante: existe un juego metadiegético entre tiempos, personajes, espacios, verdaderamente espectacular. Son historias dentro de la historia (una historia marco que encierra otras historias), y esto me cautivó, me gustaría analizar con detenimiento la riqueza de esta estrategia narrativa en la novela.

Así, nos vamos enterando de las presencias de vivos y muertos, del edificio (que está a punto de ser vendido), la pastelería, la época actual, de Chepina (la gatita fantasma), del tesoro escondido, del horrible 'Marrana' y sus cómplices, de la historia del espejo embrujado (donde se puede ver las cosas de los planos invisibles), espejo como vínculo entre vivos y muertos, de las épocas que vivieron los ahora muertos, de lo que sufrieron en vida, lo difícil de la infancia, la importancia de la amistad, del amor, el maltrato físico y psicológico que habita en algunas familias, en las escuelas (el llamado bullying):
En mi época eso era normal, -dice Arminda a Mario- si querías ir a la escuela, deberías saber que todo el mundo iba a pegarte, no sólo tus compañeros sino también los maestros. Los maestros tenían permiso de pegarles a los niños si se portaban mal o eran tontos
_¿Cómo les pegaban?
_Con la regla de madera, generalmente [...]. Pero algunos tenían una vara especial, de membrillo o de fresno. A mi me tocó uno así, en tercero de primaria. Te decían "Pon las manos". Y debías levantarlas con las palmas extendidas a la altura de tu pecho. Si el dolor de los varazos te hacía bajarlas, iba de nuevo desde cero [...] Había muchos castigos: mandarte a oír toda la clase parado, de cara a la pared; mandarte al patio a golpe del sol; sebntarte en el rincón de los burros, con unas orejas de burro que tenías que hacer tú mismo ...
-¡Qué humillante!
-Para muchos seres humanos eso era la vida, Mario, una perpetua humillación. De niño te humillaba el maestro; de grande, el patrón.
Una de las historias más conmovedoras es precisamente la de Mario, un niño que en vida fue terriblemente maltratado en su casa y en la escuela y cuya única salida fue el suicidio:
En la mañana dijo que se sentía enfermo y no quería ir a la escuela. No lo obligaron. De verdad se veía mal, se oía mal. Y más tarde, a la hora en que Claudia (la hermana) estaba ya en la escuela, su papá en el trabajo y su mamá chismeando con la vecina, Mario se levantó al baño, tomó del mueble del lavabo un sobre de veneno para ratas, se le ocurrió disolverlo en un vaso de agua y se lo tragó. No quería morirse. Parecería tonto, pero no pensó que podía morirse. Sólo quería hacer sentir mal a todos, castigarlos y escapar. Y escapó. Se fue acostar a la cama de Claudia. Se puso a salvo en un lugar donde nadie volvería a lastimarlo.
¿Qué sucede con la madre de Mario después del suicidio de su hijo? ¿Qué hace el padre? ¿Qué hace la hermana? ¿Qué pasa con el edificio? ¿con la inteligente Albertina y con Enrique? ¿Con los Tenebrosos?... Es una novela juvenil tan bonita que no queremos que se acabe.
... Ahí seguirá, en ese edificio que alguna vez llamó su casa, en ese patio encharcado de luz violeta donde tal vez un día encuentre al niño que fue. Estará ese niño a la sombra de la higuera, jugando en el suelo con un caballo de plástico. Entonces sabrá Mario que ha llegado el final del viaje. Le hará una caricia en el pelo al niño que fue y le dirá que el veneno para ratas sabe espantoso y que no vale la pena. Le dirá que la muerte no vale la pena.

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