22 de agosto de 2022

Un libro...

3 de abril de 2022

Elena Garro y Octavio Paz

La novela epistolar de Paz y Garro

Los admiradores de Elena Garro y Octavio Paz estamos ávidos de saber cómo se produjo su tránsito de la pasión al desamor y del desamor al odio. Se han disipado ya muchos misterios sobre el tema, porque el conflicto de la pareja no terminó después de su muerte: lo han prolongado los hombres y las mujeres de letras que toman partido por alguno de los cónyuges, argumentando, por un lado, que Octavio cometió mezquindades imperdonables (intentos de frenar o desalentar la vocación literaria de su esposa, desapego a la hija que procrearon, etc.) y por el otro, acusando a Elena de mitómana y difamadora obsesiva (abundan las pruebas al respecto, pero las feministas dogmáticas, al grito de “yo sí te creo”, las ignoraran con tozuda sororidad). 

La reciente publicación de Odi et amo: las cartas a Helena, publicadas por Guillermo Sheridan, ofrece inéditos y valiosos elementos de juicio para entender mejor las afinidades y las discordias de esta legendaria pareja, pues reúne muchas de las cartas que Paz escribió a la Garro entre 1935 y 1945. Por desgracia, las de Elena se perdieron o estás arrumbadas en el archivo del poeta, que por ahora nadie puede consultar. Joven Pigmalión, Octavio Paz se propuso desde el inicio de su noviazgo transformar a una joven bailarina frívola, con un ingenio despierto y una gran pasión por la lectura, en una sacerdotisa del amor loco, al que debía entregarse por completo, renunciando a bailar en público, a la carrera de Letras, a la posibilidad de hacer carrera en el cine y a cualquier otra actividad corruptora que pudiera alejarla de su deber sagrado. 

Empezó por modificar su nombre, añadiéndole la h que figura en el título, y luego quiso convencerla de que había nacido para idolatrarlo: “Octavio Paz no es para ti sino una tangible forma de tu destino: no amabas en mí sino a tu destino, a tu pasión, a lo más valioso de tu vida”, declara modestamente en una de las primeras cartas, invirtiendo los términos del cortejo tradicional, donde el amante es siervo de la amada y le rinde vasallaje. Si lo más valioso de Elena es él, ¿no tenía esa muchacha virtudes propias? Hasta la alegría de su novia significaba un enemigo a vencer, pues lo relegaba a segundo plano. “No quiero que vivas sino en mí”, le ordena más adelante, y en un arrebato de pasión, al recriminarla por juntarse con gente de teatro, pretende conocer mejor que Elena su verdadero carácter: “Estás conmovida por mil Helenas que aborrezco, porque son puras invenciones, Helenas que me olvidan y que traicionan a la mujer, a la verdadera Helena”. 

En aquella época, Paz no era el único hombre que enamoraba mujeres imponiéndoles su voluntad látigo en mano: vivía en un contexto sociocultural machista, donde prevalecía ese tipo de cortejo. Pero a la luz de estas cartas da la impresión de que se impuso a Elena sin persuadirla del todo. Apenas podemos inferir las réplicas de Garro por algunos comentarios del poeta y sería muy interesante que alguna escritora emprendiera la tarea de elucubrarlas. Por los berrinches de Paz podemos inferir que Elena recurrió muchas veces a la burla como un recurso defensivo. El apodo que le endilgó, “Tavucho”, y la retadora confesión de sus desobediencias (nunca abandonó el mundillo teatral, pese a los regaños de Paz), indican que, en ese intercambio epistolar, el humor y la insolencia corrían por cuenta de la futura dramaturga. 

Las cartas del poeta, en cambio, pecan de una solemnidad insufrible, tal vez porque desde entonces arrastraba un prejuicio contra el humor. En un diario juvenil escrito en aquellos años reprochó a una adolescente imaginaria muy semejante a Elena: “Detrás de su frivolidad hay una conciencia muy clara; quiere destruir con su impertinencia el mundo de los hombres, vencerlos, arrebatarles su profundidad”.

Puede ser que las mujeres, entonces y ahora, quieran arrebatarnos la profundidad, en caso de que la tengamos, ¿pero no sería insoportable la vida si todo fuera tan serio y sublime como quería Paz? ¿Algún hombre podría vencer el narcisismo si no fuera por esas impertinentes? En cuanto al valor literario de las cartas, mejora mucho durante la estancia de Paz en Yucatán, donde fundó, con otros camaradas comunistas, una Escuela Secundaria Federal Para hijos de Trabajadores patrocinada por la SEP. En ese año crucial de su vida, 1937, comienza a encontrar una voz propia, y en sus cartas afloran admirables metáforas eróticas hilvanadas a vuelapluma: “Eres verde, tienes verdes años y verde corazón, ojos como el trigo, con un dulce resplandor violento, de gacela o llama de cal, una llama que tú no conoces, terrenal y líquida”. 
Al comparar estos arrebatos de ternura con la posterior involución de la pareja, me vino a la memoria el verso proverbial de Eduardo Lizalde: “Que tanto y tanto amor se pudra, oh dioses”.

Enrique Serna 
Milenio 
26.11.2021

5 de septiembre de 2021

El jardín de las tumbas vacías

La novela corta, El jardín de las tumbas vacías es del ensayista, narrador, poeta y traductor mexicano, Agustín Cadena. Está publicada por Cipselas: México, 2020. Con ilustraciones de María Fragoso.

En este momento recuerdo las palabras de Umberto Eco: "Ciertas novelas se vuelven más bellas cuando alguien las cuenta, porque se convierten en ‘otras' novelas". Estoy segura de que lo que yo comente sobre la novela no la volverá más bella, es imposible, sólo deseo tener el placer de comentarla con todos ustedes.

El jardín de las tumbas vacías, leemos en la portada. El título (o paratexto) rodea el libro, nos hace detenernos y desde ahí presentir cuál será la configuración del relato. ¿Es sobre muertos? ¿sobre panteones? ¿sobre jardines donde no hay muertos enterrados? En ese momento en el que estamos preguntándonos todo esto, vivimos un intercambio de tres intencionalidades: la del autor, la de la obra y la del lector. Al conocer el título nos hacemos conjeturas sobre la intención de la obra, pero no queremos que nuestra interpretación resulte aventurada. Este título nos persuade y su persuasión nos lleva a adentramos a una novela contada en primera persona: es el narrador-personaje quien nos cuenta su propia historia, una historia que conoce muy bien pues participa en ella. Nos la cuenta con sus propias palabras, nos relata lo que hace, piensa, siente, observa y sueña o cree que sueña.

Voy a detenerme unos instantes en la descripción de las acciones para descubrir esta estructura del universo representado y comprender más claramente la intencionalidad del relato: Desde el castillo, que es el aquí y ahora narrativo, el Narrador-Personaje nos informa que él y su pareja, Luisa, un día soñaron venir a conocer este castillo, lo tenían como la opción ideal para una luna de miel si llegaban a casarse. Pero, finalmente, ya no hubo matrimonio ni viaje ni hallaron una razón para seguir juntos, por el contrario, están por separarse, y la idea de separarse fue precisamente de él. Ella, en cambio, propone hacer un viaje de despedida precisamente al castillo, era el último regalo que se iban hacer el uno al otro. Y hacen un trato, “terminadas las vacaciones, cada quién haría su vida”. El Castillo está en medio de las montañas, posee ese “esplendor lánguido del viejo imperio”, se nos dice, es un hotel rodeado de coníferas donde “por sus alfombras se arrastraban pasos ya idos, ecos sofocados, roces de crinolinas”. También, se destacan las historias de fantasmas que lo habían hecho famoso.

La narrativa de Agustín Cadena siempre me ha parecido prosa poética, recuerdo, por poner un ejemplo, cuando en una de mis novelas preferidas de su autoría, La casa de los tres perros, nos describe las emociones de esos jóvenes fantasmas que habitan en el edificio, un edificio donde conviven vivos y muertos. La descripción de esas emociones es realmente un poema. En esta novela que nos ocupa, es como si pintara las palabras: detalla la forma, el tamaño, la impresión que un objeto o un aroma le produce al personaje, y lo hace poéticamente, leemos: “Llegamos aquí a finales de agosto, cuando más verdes se veían las montañas, el lago lucía un hermoso color menta, y la avenida de castaños que llevaba al castillo estaba llena de follaje. Por todas partes había flores: macizos de petunias y geranios, campánulas. Los rododendros eran un incendio de flores rojas, rosas, anaranjadas, amarillas...” (6). Nuestros sentidos se abren al leer esto, podemos percibir el olor, ver los colores, sentir la suavidad de las flores, esa belleza del lugar como si estuviéramos ahí junto al personaje que nos comparte su percepción. Las emociones entran a nuestro interior porque son una acción estética que viene desde la literatura directa hacia nosotros.

Los protagonistas, son una pareja de mexicanos, los dos hijos mimados de parejas ricas y que odian a sus padres pero que no odian el dinero de esos padres. Estarán en el Castillo por tres meses, durmiendo cada uno en su lado de la cama, con rutinas establecidas para estar claros y establecer distancias. Los primeros días no fueron fáciles para ellos, pero después de unas semanas sobrevino lo que se podría llamar una reconciliación: pasan más tiempo juntos en las sobremesas, y hasta le surge a él la idea de pintar un retrato a Luisa. Un día, mientras hace esta tarea, escucha la voz de un niño pelirrojo, de unos 9, 10 u 11 años, Alex. El niño mantiene una breve conversación con Luisa, y le regala una pelota de golf que traía consigo.

Antes de continuar, hablaré brevemente de los personajes. Respecto a Luisa, es el N-P quien nos detalla cómo es: una mujer observadora, expectante, con una sensualidad ya de tiempo ahogada, con vestidos largos y tétricos, que no sabía quién era, narcisista, una déspota encantadora que había tenido un hijo a los 17 años y que había muerto, que se ha pasado bebiendo todas las noches, bella, con la mirada preñada de tristeza y con el instinto maternal atrofiado. Él: es pintor, no le gustan los niños, es anafrodita, le gusta acompañar a una mujer que va de compras, le harta todo eso que va con el amor (la curiosidad por la vida del otro, la ternura convertida en hábito, los sueños, etc.), y es un hombre al que no le gustan los besos porque le parecen asquerosos.

Con toda esta carga configurativa, una noche Luisa propone bajar al pueblo y emborracharse juntos. Caminan por toda la orilla del lago y cuando son poco más de las 11 llegan al primer antro: The Sick Rose (la rosa enferma, en español). Quiero destacar, que es interesante que el nombre del antro es el nombre de un famoso poema de William Blake. Las intertextualidades e interdiscursividades en la obra de Agustín Cadena, las vamos a encontrar mucho, hay que estar atentos a ellas.

En este bar conocen a una pareja gay, italianos, que les cuentan algunas historias de fantasmas que han hecho famoso al hotel, como aquel “flautista que subía al elevador junto con los huéspedes, especialmente si iba uno solo; tocaba una música rara y silenciosa, como la que se escucha en los sueños cuando sueña uno con música. Se bajaba en algún piso y se iba por los pasillos tocando esa flauta que nadie oía”. O aquella “suite de la cual salía a veces ruido de fiesta: música de radio de la época de la guerra, voces de hombres que conversaban animadamente, risas alegres de mujeres embriagadas, chocar de copas, tintineo de cubiertos. Pero no había nadie adentro; la administración llevaba años de no dar esa suite a ningún huésped”. Estas historias ponen nerviosos a nuestros protagonistas, salen del bar temblando. Es una noche muy agradable para los dos, la pasan bien. Es entonces, cuando el N-P empieza a hacer una analepsis y recuerda cómo se conocieron en aquella galería de la zona rosa y qué fue lo que le llamó la atención de Luisa. Mientras recuerda, por fin él termina de pintar el cuadro donde aparece ella.

En esta novela, como en otras obras del escritor, ya lo he dicho antes, sentimos vibrar la naturaleza humana, los sentimientos de seres que anhelan amor, compañía, comprensión, que pueden padecer, como Luisa, la indiferencia y frialdad de un anafrodita que, al carecer de apetito sexual, puede llegar a ser cruel y frio ante las necesidades de su pareja. Luisa, nos dice él: tenía “un dolor que no cesaba, un dolor sordo, estancado. Era como si ella hubiera decidido ya no dejarlo ir. Se había instalado en sus ojos, en su sonrisa y la había cambiado toda”. No obstante, Luisa anima al N-P para llevarlo a, dice de manera coqueta, “un lugar que puede interesarle”. Y este lugar “Era un cementerio en miniatura, un lugar encantado donde, entre musgos y hongos, destacaba una docena de tumbas blancas, perfectamente bien hechas, de diez centímetros de largo” que estaba muy cerca de un internado para señoritas donde enseñaban valores inalterables. Algo sucede entre Luisa y él, nuestro narrador personaje la vuelve a ver hermosa después de este descubrimiento.

Una noche en el The Sick Rose conocen a Evgeni, un ruso seductor que se acerca a la pareja en una ocasión que están en ese bar. Quiero comentar algo que me llamó la atención en esdte encuentro: Evgeni les recomienda el restaurant Walpurgisnacht para que vayan a comer, el nombre en español traducido del alemán sería “Noche de Walpurgis”, “Walpurgis: Es una fiesta, según leí, de origen pagano muy arraigada en Suecia, Finlandia, Alemania, Estonia, República Checa o Escocia. La noche de Walpurgis nació como oposición a la fiesta de Todos los Santos, que se celebra el 1 de noviembre. La leyenda cuenta que, esa noche, las brujas vuelan sobre escobas a Brocken (bruquen), la montaña más alta de la Sierra del Harz, en el Estado alemán de Sajonia-Anhalt. Allí, las brujas invocaban al diablo en grandes aquelarres”.

Nos damos cuenta qué todo esto concuerda con el ambiente de fantasmas, enigmas y secretos: cuartos misteriosos, colegios en la montaña, las niñas del internado que solo tienen permiso para salir en noches de luna, las tumbas de 10 cm de largo, el vino de llorar, la pintora que muere en el bosque atacada por una manada de lobos porque le gustaba caminar de noche, y cuyo nombre figura en una de las pequeñas tumbas, que pinta un cuadro donde un niño flotaba ahogado en un agua oscura, y con el título, traducido al español como “No estoy saludando, sino ahogándome”, luego las urracas blancas, las brujas (como souvenir del pueblo), el niño ahogado del cuadro parecido a Alex, etc. Todo esto es muy significativo en la novela, nos ayuda a percibir u observar una configuración de figuras que se van expandiendo a lo largo de la narración que nos facilita advertir el ámbito de valores que la novela como signo comunica.

El ruso seductor se prenda de Luisa. Y sirve como medio para que el NP y Luisa se reconcilien. Un tanto perversa la cosa, la escena de cuando llega Luisa de estar íntimamente con el ruso seductor es un tanto descarada; sin embargo, lleva a esa reconciliación con el N-P totalmente inesperada

En esta novela, y en otras obras de Agustín Cadena, se da la historia dentro de la historia, lo que en narratología se llama metadiégesis o narración en segundo grado. La encontramos en lo que parece un sueño o tal vez una realidad, no se sabe: es la historia de cuando Luisa se sale desnuda y llega al internado, salen las niñas y todas bailan, se da un ritual bárbaro donde Luisa es la sacerdotisa y de pronto llega otra niña con Alex de la mano que parecía drogado o dormido. También hallamos otra historia dentro de la historia en lo que el N-P ve como una película en la que sólo fue espectador... y que es una historia cargada de perversión (Lo que hace Luisa con Alex y lo que cree sobre él, resulta aterrador...).

Hay algo que asombra: Se asustan cuando la pareja gay les cuenta sobre los fantasmas (cuando salen del bar hasta se toman de la mano y van temblando) pero nada les pasa o les da miedo con el por qué y el cómo de la muerte del niño ¿Qué sucede? Veamos: Cuando se conocen, él se enamora de Luisa porque descubre que es una déspota encantadora y una completa narcisista, y se vuelven a unir, primero, después de lo que sucede con el ruso y después, y definitivo, con lo que sucede con Alex. ¿Perversión? ¿Por qué no quieren irse del lugar? Hubieran sido felices de haberse quedado para siempre... Toda una atmósfera de exotismo, misterio y miedo...

Me quedo pensando, para terminar, en esa relación que existe entre el cuadro de la pintora muerta, Georgina Maciver, el cuadro titulado “No estoy saludando, sino ahogándome”, y lo escalofriante sucedido con Alex... Pero esto llevaría a realizar todo un ensayo.

Es una gran novela de un admirable escritor.

Nota: El jardín de las tumbas vacías es una novela que surge a partir de “El castillo”, uno de los cuentos reunidos en Las tentaciones de la dicha, libro del autor aparecido en 2010.

6 de agosto de 2021

Los fantásticos libros voladores...

23 de julio de 2021

La rosa enferfma

Estás enferma, Rosa 
El gusano invisible
que vuela en la noche 
en la tormenta aullante

ha encontrado tu lecho 
de placer carmesí 
y su oscuro amor secreto 
tu vida destroza

William Blake 
(Canciones de Inocencia y de Experiencia, 1794)

1 de julio de 2021

El deseo sexual... Berger

"El deseo sexual, si es recíproco, origina un complot de dos personas que hace frente al resto de los complots que hay en el mundo. Es una conspiración de dos. El plan es ofrecer al otro un respiro ante el dolor del mundo. No la felicidad sino un descanso físico ante la enorme responsabilidad de los cuerpos hacia el dolor. En todo deseo hay tanta compasión como apetito. Sea cual sea la proporción, las dos cosas se ensartan juntas. El deseo es inconcebible sin una herida. Si hubiera alguien sin heridas en este mundo, viviría sin deseo. El deseo anhela proteger al cuerpo deseado de la tragedia que encarna y, lo que es más, se cree capaz. La conspiración consiste en crear juntos un espacio, un lugar, necesariamente temporal, para eximirse de la herida incurable de la carne. Ese lugar es el interior del otro cuerpo. La conspiración consiste en deslizarse al interior del otro, allí donde no se les pueda encontrar. El deseo es un intercambio de escondites”. 

John Berger 
Esa belleza, 2005