18 de abril de 2021

El café de nadie. Los estridentistas

El café de la Colonia Roma en la Ciudad de México, donde se reunían escritores y pintores hace 100 años.
En la colonia Roma existió un café, hoy casi olvidado, donde se escribieron algunas páginas de obras como La señorita Etcétera de Arqueles Vela y Andamios interiores de Maples Arce. Los artistas vanguardistas de la década de 1920, llamados estridentistas, lo bautizaron como Café de Nadie e hicieron de él la sede de sus tertulias. Abundaba café, alcohol y cigarrillos, considerados estimulantes intelectuales.

Hace cerca de cien años, durante la década de los “alegres veintes”, cuando la Roma era apenas una colonia naciente de la Ciudad de México, existió en una de sus calles un lugar donde la realidad se hundía entre las tazas de café de los artistas. En la avenida Jalisco número 100, hoy Álvaro Obregón, había un rótulo que lo anunciaba como Café Europa, pero una vez que la literatura se coló hasta su cocina fue conocido como Café de Nadie. “Es un Café sombrío, huraño, sincero… De nadie. Por eso (Febronio) Ortega le ha llamado así. No soporta cierta clase de parroquianos, ni de patrones, ni de meseros”, explicaba Arqueles Vela en El Universal Ilustrado de 1924, “No es de nadie. Nadie lo atiende, ni lo administra. Ningún mesero molesta a los parroquianos. Ni les sirve... Hemos ido evolucionando hasta llegar a ser ese nadie”. Él era un personaje frecuente de aquel café que, decía, parecía parte de una “ciudad petrificada” con “paredes de tiempo”, donde no existían leyes físicas, las personas y objetos ascendían entre “cigarrillos intelectuales” y “el alcohol que destilan las tardes”. Arqueles Vela contaba que ahí nació el estridentismo, un movimiento artístico literario fundado por el poeta Manuel Maples Arce a principios de 1922, buscaba, como lo sugiere su nombre, causar un estruendo, romper con la tradición.
Según los investigadores Marco Frank y Alexandra Pita González, Maples Arce quería “una renovación radical de la poesía y del arte” para el México posrevolucionario, al modo de las vanguardias europeas, mediante provocaciones, polémicas y el uso de la prensa. Aunque su naturaleza era el escándalo, los estridentistas encontraron inspiración en el silencio del Café de Nadie, con cuyo nombre todos estaban de acuerdo, menos su dueño, según afirmó un periodista anónimo de El Universal Gráfico en 1924. “Manuel Maples Arce se enseñoreó de aquel café bohemio y callado, donde resonaban los pasos como en la nave de un templo… Quería desfigurar la máscara de la poesía haciéndola más real o más incongruente todavía”, escribió Argos en El Universal Ilustrado de 1926.

Lo documentado sobre el Café de Nadie se sirve acompañado con pedazos de ficción. El escritor Germán List Arzubide imaginó, por ejemplo, una suerte de mito fundador: “Una noche lamida por la llovizna, Maples Arce salió en recurso de un lugar cordial para su pensamiento; iba por la Av. Jalisco, cuando al pasar por una puerta, sintió la soledad de un establecimiento que lo invitaba a pasar; penetró, saludó, seguro de que no había ninguno que le respondiera, y se sentó a la mesa; luego fue a la pieza siguiente, donde en una cafetera hervía el zumo de las noches sin rumbo y se sirvió una taza; regresó a su mesa y bebió en el tiempo su café. Al concluir, regresó la taza a su sitio, puso en el contador el precio que solicitaba su tarifa y se marchó. Había descubierto El Café de Nadie”. Sin embargo, en sus memorias, Maples Arce relata otra versión sobre su primer encuentro con este local al que llegó durante un paseo nocturno, lo describía cómodo y agradable, con varios salones, acabados de madera oscura y un jardín interior. “Esta tranquilidad era exactamente lo que yo necesitaba. Mi búsqueda de soledad y silencio me hacía utilizar el sótano de mi casa destinado a los baúles vacíos. Este café fue mi refugio. Allí nadie me molestaba ni interfería y no pocas veces salí de él sin que el camarero hubiera aparecido. Necesitaba palmotear insistentemente y ni así se presentaba. Desde entonces fui a instalarme en dicho café para leer y escribir los artículos de la revista, particularmente cuando el mal tiempo interrumpía mi habitual paseo y la lluvia tamborileaba en las vidrieras”. Según el cronista Marco Antonio Campos, esta historia es “más realista y más fiel a la verdad pero mucho menos bella”.

El alimento estridentista

Cafeína y nicotina fueron el alimento estridentista. Maples Arce había leído en las obras europeas que el café y el tabaco eran estimulantes intelectuales. En 1920 llevó el hábito de beber café desde Veracruz a la Ciudad de México, detalla Elissa J. Rashkin en La aventura estridentista, “junto con sus ideas políticas y sus ambiciones literarias, lo que sin duda contribuyó al insomnio que con tanta frecuencia describía en sus poemas”. La historiadora Victoria Aupart, explica en entrevista sobre lo que distingue a esta bebida de otras: “el café dentro de sus propiedades estimulantes es una droga, una bebida con cierta alteración en el sistema nervioso, no pone a uno inconsciente, que el café altere los nervios da una lucidez inusitada”. Además, comenta que en los cafés del siglo XX la dinámica trascendía la plática, eran espacios para el ocio, la dispersión, la intelectualidad, la espiritualidad o incluso la soledad. En Soberana juventud, Maples Arce relata que la vida veracruzana se mezclaba con la de los cafés, a los cuales consideraba una “universidad libre y liberal”: “en ellos saludamos a los amigos, nos enteramos de la noticia del día, cambiamos impresiones y discutimos”. En medio de esa aventura cafetalera, Maples Arce frecuentaba uno llamado Nuevo Mundo, al que iba después de la escuela: “Mi paso por el café era advertido por un reguero de colillas, pues entonces acostumbraba fumar insistentemente mientras repetía las tazas de café”. Tal retrato pintaba que en una ocasión le dedicaron una calavera literaria: “Murió de neurastenia literaria / este poeta temblón y cafetero, / que vivió siempre solo, cual un paria, / llevando un piloncillo por sombrero.” 

En su artículo “El Café de nadie como espacio de sociabilidad del movimiento estridentista”, Marco Frank y Alexandra Pita exponen: “La tradición del café literario, en donde los intelectuales y los escritores se intercambiaban ideas, novedades y escritos, ya se acostumbraba en Europa desde el siglo XIX, y había evolucionado con el tiempo, así como evolucionaba la figura del intelectual”. En esa época había otros cafés como el Café Tacuba, la Flor de Mayo, El Principal y Las Olas Altas, además del español Tupinampa, el cual resultó insoportable para algunos artistas, explica el investigador Marco Antonio Campos, pues “¿Qué mexicano aguanta la conversación estruendosa de los españoles aun cuando formen un grupo llamado estridentista?” El Café de Nadie compartió la avenida Jalisco con otros sitios históricos. Ahí vivió el presidente Álvaro Obregón, en el número 185, después de su asesinato, en 1928 la vía fue rebautizada con su nombre; a un lado, en el 187, tenía su casa Conchita Acevedo, la monja acusada de ser la autora intelectual del atentado que concluyó con su vida. Además, en el número 73, habitaba el poeta Ramón López Velarde, a quien Maples Arce visitaba con frecuencia.

La colonia Roma de aquellos años tenía avenidas de estilo europeo, anchas y arboladas como las de París, dicen Frank y Pita, “no debe entonces sorprender el atractivo que un café ubicado en esta colonia representaba para los jóvenes vanguardistas”. La colonia había nacido en 1902 y estaba pensada para la burguesía pre y pos revolucionaria. Los autores explican que había otros sitios de reunión para los estridentistas, como el departamento-taller de Germán Cueto, la librería de Cesar Cicerón, la Academia de Bellas Artes y sus oficinas en la calle Donceles 19, no obstante, “el Café de Nadie fue el más reconocido por los propios estridentistas como el lugar privilegiado y aquel que los identificaba mejor”.

La literatura del Café de Nadie 

Los estridentistas eran “el grupo de vanguardistas por excelencia en México”, afirma Marco Antonio Campos. Además de Maples Arce, Germán List Arzubide y Arqueles Vela, eran parte del movimiento (y posibles visitantes del Café de Nadie) el poeta Salvador Gallardo, el periodista de El Universal Febronio Ortega, los músicos Manuel M. Ponce y Silvestre Revueltas; colaboraban con pintores como Diego Rivera, Leopoldo Méndez, Germán Cueto, Ramón Alva de la Canal, Jean Charlot y Fermín Revueltas. En 1924 Arqueles Vela describió que el Café de Nadie era un “laboratorio intelectual y sentimental”, ahí encontraron comienzo dos de sus novelas: La señorita Etcétera y El Café de nadie. En esta última obra, el autor empuja definitivamente al Café Europa en un universo literario, incluso describe sus alimentos hipotéticos: “Menú de hoy: Sopa de ostiones, huevos al gusto, asado de ternera, chilacayotitos en pipián, ensalada, frijoles al gusto, dulce, té o café”. Asimismo, en ese sitio Maples Arce escribió algunos poemas de Andamios Interiores. Según Frank y Pita, ahí se planeó la revista Irradiador y la exposición artística llamada la “Tarde estridentista”, en la cual Arqueles leyó fragmentos de la historia del Café de Nadie y se expusieron obras de Jean Charlot, Leopoldo Méndez, Ramón Alva de la Canal y Germán Cueto. Jerónimo Coignard redactó en 1924 una “epístola estridentista” en El Universal Ilustrado, donde contaba el “consejo cósmico” que le dio alguna vez Arqueles: “procuro ‘arrancarme el cerebro y lanzarlo al infinito’, para penetrar hasta la hipodermis de estas cosas subjetivas”. En este modo, de acuerdo con Frank y Pita “el café fue también una especie de oficina y de taller literario artístico”; asimismo fue un espacio de reunión donde circulaban las novedades europeas, las ideas y obras estridentistas. 

En 1926, Silvestre Paradox, seudónimo de Arqueles Vela, habló sobre la aparición de una nueva bohemia que prefería la vida ajetreada y acudía a los “quick lunch”, restaurantes al estilo estadounidense donde las tertulias se hacían con hot cakes: “Las reuniones literarias y artísticas ya no se hacen alredor de la mesa del café más recóndito, más destartalado, más inmóvil, como aquellas de que nos hablan los libros… Asistiendo a las tertulias de los literatos modernos, apenas se cree que hayan existido las de la Maison Raté, del Café de Nadie, del Café  de Tacuba y las de aquellos otros cafés que albergaron, en un tiempo, el humo de las pipas, las rebeldías y las ensoñaciones de los escritores jóvenes”. También lee: Los quick lunch, donde las tertulias se hacían con hot cakes.

Ese mismo año, el periodista Argos escribió una frase que bien podría colocarse en el obituario de este sitio de la antigua avenida Jalisco que hoy ha olvidado ese nombre: “Aquel café bohemio y callado—peldaño de una escuela de poetas—, aquel Café de Nadie, lleno de resonancias y de hondos recuerdos perceptivos, pasó de moda y fue el Café de Todos”. Un año después, en 1927, terminó el periodo del estridentismo y la pista del Café de Nadie se perdió entre las páginas antiguas. Si visitamos el número 100 de la avenida hoy conocida como Álvaro Obregón encontraremos un establecimiento de hamburguesas y cervezas, donde quizá de vez en cuando sale a flote una tertulia.

Fuente: El Universal 
Texto: Nayeli Reyes Castro 
2021

8 de octubre de 2020

Louise Glück, Premio Nobel de Literatura 2020

Amante de las flores 
Louise Glück 

En nuestra familia, todos aman las flores. 
Por eso las tumbas nos parecen tan extrañas: 
sin flores, sólo herméticas fincas de hierba 
con placas de granito en el centro: las inscripciones suaves, la leve hondura de las letras 
llena de mugre algunas veces… 
Para limpiarlas, hay que usar el pañuelo.

Pero en mi hermana, la cosa es distinta: una obsesión. 
Los domingos se sienta en el porche de mi madre a leer catálogos. 
Cada otoño, siembra bulbos junto a los escalones de ladrillo. 
Cada primavera, espera las flores. Nadie discute por los gastos. Se sobreentiende que es mi madre quien paga; después de todo, es su jardín y cada flor es para mi padre. 
Ambas ven la casa como su auténtica tumba.

No todo prospera en Long Island. 
El verano es, a veces, muy caluroso, 
y a veces, un aguacero echa por tierra las flores. 
Así murieron las amapolas, en un día tan sólo, eran tan frágiles…

29 de marzo de 2020

¿Bañarse en Europa? Sandor Márai

¿Bañarse en Europa se consideraba infiel?

- ¡Los europeos tenían un olor insoportable a suciedad!

El enviado de la Rusia zarista incluso describió al rey de Francia, Luis XIV ... "que su olor es más sucio que el de un animal salvaje".

Los propios rusos fueron descritos por el viajero Ahmed Ibn Fadlan: "Lo más sucio de la creación de Dios no debe ser liberado de orina o heces". ¡El zar ruso Peter, orinó contra la pared del palacio en presencia de personas! ¡La reina Isabel, la primera en matar musulmanes en Andalucía, solo se duchó dos veces en su vida! Y destruyó los baños andaluces. ¡El rey español Felipe II prohibió bañarse en su país y su hija Isabel II juró no cambiarse la ropa interior hasta el final del asedio de una ciudad! ¡Que duró tres años y murió por eso! ¡Esto se trata de reyes, sin mencionar al público! Estos perfumes franceses por los que París era famoso se inventaron para abrumar el olor apestoso, y debido a que esta inmundicia era un brote de enfermedad, la peste llegó a cosechar la mitad o un tercio de ellos cada período ... donde las ciudades europeas más grandes como "París" y "Londres", por ejemplo, una población de 30 o 40 mil como máximo, mientras que las ciudades islámicas excedieron la marca del millón.

"Los europeos debemos a los árabes obtener las causas del bienestar en nuestra vida pública", dice el historiador francés Drebar. "Los musulmanes nos enseñaron cómo mantener limpios nuestros cuerpos. Los musulmanes vestían ropas brillantes y limpias que algunos incluso los decoraban con piedras preciosas como esmeraldas, rubíes y corales, y se sabía que Córdoba abundaba con sus trescientos baños, mientras que las iglesias europeas veían el baño como un instrumento de incredulidad y pecado. Gracias a los viajeros musulmanes y expatriados. El nombre del cuarto de baño en inglés se atribuye a la glorificación de la memoria del musulmán indio Muhammad Bath, quien les enseñó cómo era Ducha e higiene.

En: Las memorias del escritor Sandor Márai. Documentos oficiales de España entre 1561 y 1761.

Cuando los españoles llegaron a México, se asombraron profundamente de que las personas de los pueblos originales se bañaran todos los días.

17 de febrero de 2020

Consejos de Juan Rulfo a un aprendiz de escritor

Consejos de Juan Rulfo a un aprendiz de escritor

1953

Era 1953 y un periódico diario, ¿el Zócalo de Kawage Ramia?, había publicado la primera página más alegre y sombría del año, según el color ideológico del cristal con que se mirase, pero seguramente la plana más bestseller: “El padrecito Stalin estiró los tenis”,* a menos que fuese la muy contundente de otro diario, ¿tal vez La Prensa?, ** que solo decía en enorme letras: ¡YA!, y se decía que el poeta Efraín Huerta al enterarse, en medio del coctel de inauguración de una librería, había soltado el llanto, y algunos apostaban a que esa noticia era el trompetazo del comienzo del fin del bloque comunista, y otros, estuvieran a favor o en contra del comunismo, lo considerasen el sueño paradisiaco de la humanidad o la pesadilla de la historia, afirmaban que no, que el comienzo había llegado al mundo para quedarse por los siglos de los siglos, y era el tiempo en que casi todo escritor que se respetara tenía que ser, como se decía entonces, “escritor comprometido”, un adjetivo que traducía mal que bien la palabra francesa engagé, que según el anarcotrotsquista Bartolí debía traducirse como enganchado (enganchado por el comunismo, claro).

Yo me daba cuenta de que algo enorme había ocurrido, o estaba tal vez ocurriendo, o a punto de ocurrir, pero no pensaba mucho en ello, porque para mí la política era algo quizá importante pero lateral, y porque estaba una vez más llevando una vida airada y aireada, fuera del domicilio familiar por broncas con mi padre, que se empeñaba en que yo debía estudiar una carrera o trabajar en algo serio y según él la literatura era solo una afición, no una profesión, de modo que yo iba de un empleo esporádico en otro (agente de presentación de muestras médicas de laboratorios Kriya en los consultorios médicos, agente de venta a domicilio de las enciclopedias de la Editorial González Porto, corrector tipográfico para una tal Editorial Cumbre especializada en libros de deportes, actor eventual en melodramas radiofónicos de la XEQ y la XEB) y de una casa de huéspedes a casa de un amigo y vuelta a otra casa de huéspedes o a la misma, decidido a ser escritor o morir en el intento, y como lector había pasado de la pasión por Ramón Gómez de la Serna a la pasión por William Saroyan e imitaba los cuentos de éste escribiendo en las mesas de los cafés (en los dos Kiko’s, en el Madrid, en el Chufas de López) y porque acaba de pasar por una blenorragia adquirida en proceloso burdel de Meave y tenía la idea fija, arteramente infiltrada por algún libro seudocientífico, de que una enfermedad venérea queda latente para siempre y en realidad no se cura nunca y, por si todo esto fuera poco, estaba perdidamente enamorado de una chica polaca llamada Perla Obsen, hija de los dueños de una carnicería en la calle de López, y la seguía de lejos y no me atrevía a hablarle y le escribía cartas tan encendidas como respetuosas que entregaba al portero de su casa en López y Victoria y no sé si ella alguna vez recibió. Además, era el año en que descubrí o más bien me descubrieron a Juan Rulfo.

1954

La familia vive ahora en Isabel la Católica 120 departamento 102. Bambi, Ana Cecilia Treviño, le regala una cámara de cine de 8 mm con la que filma escenas familiares y una “comedia”, El suicida, en la que interviene imitando a Chaplin y también actúan Raúl de la Colina y Chucho Servín.
Peleado una vez más con su padre, vive un tiempo en la pensión de Vela, en la calle de Victoria, frente a la delegación de policía, pensión que más o menos describe en un cuento muy melodramático titulado “Caricias a un enfermo”.
Una tarde, ¿julio, agosto?, en el cine París, viendo El salario del miedo, siente escozor en el pene: es una gonorrea que tardará en curarse y le causará depresión y asco vital, que después describirá en su cuento “Balada del joven enfermo”.
Escribe “Si morir no tuviera ninguna importancia”, donde ya está la huella de Saroyan y que [Arturo] Souto, Rius [Eduardo del Río] y González, le celebran en el café Kiko’s de la esquina de Bucareli y Reforma, frente al Caballito, es decir la estatua hípica de Carlos IV; publica ese cuento el domingo 24 de enero en el suplemento de El Nacional, Revista Mexicana de Cultura, que dirige Juan Rejano.
Frecuenta el cineclub del Instituto Francés de la América Latina, donde conoce a Salvador Elizondo.
Ese año publica además, en el mismo suplemento, “Las gafas” (4 de abril), “El niño blanco y el cazador negro” (12 de septiembre), y en Ideas de México “Homero entre los hielos” (número 78 de sep-dic).

Viaja acompañado de Concha Mantecón e Inocencio Burgos a Guanajuato, donde están de profesores Luis Rius y Horacio López Albo, y en cuya casa está Pedro Garfias. Asiste a la representación de los entremeses cervantinos.

En octubre ve en el Iris La sal de la tierra. Se enamora insensatamente de Concha Mantecón (la experiencia está contada y poetizada en el posterior cuento “Dancing in the dark”, extraído de lo que iba a ser una novela muy influida por Del tiempo y el río, de Thomas Wolfe). Concha se vuelve la pasión de su vida y él hace bastante el ridículo para demostrárselo.

Frecuenta el cineclub del IFAL, primero dirigido por Jomi García Ascot, luego por José Luis González de León; ve allí la mayoría de los clásicos del cine que conocerá. Conoce allí, también, a Salvador Elizondo, Enrique González Pedrero, Víctor Flores Olea. Visita frecuentemente el estudio de [Alberto] Gironella, conoce allí las canciones de Georges Brassens, que lo estimulan a reaprender el francés, olvidado desde 1938. La lectura de El llano en llamas, los cuentos fuertes y sombríos de Rulfo, lo impresiona.

Encuentra a Rulfo una tarde, solo, tomando una Coca Cola, en una de las “caballerizas” del café Chufas de López y se presenta a él. “Usted escribe”, dice Rulfo.

—Estoy tratando, dice José.
—¿Y qué escribe?
—Cuentos y también he empezado una novela.
—Le voy a dar un consejo, si de veras quiere ser escritor mejor no se junte con escritores, es lo peor si quiere escribir, no se junte con escritores, no ande en las capillitas de los intelectuales, los intelectuales de orita son putos, y cuando no son putos son pendejos, pero quesque muy cultos, y no lea a los de aquí, lea a William Faulkner, lea a Ramuz, lea a Guimaraes Rosa, esos sí le van a servir.
—Yo he leído una cosa de Ramuz.
—¿Qué cosa?
El gran espanto de la montaña.
—Esa es muy buena, lea Derboranza, es todavía mejor, ¿y a qué horas escribe usted?
—Pues a cualquier hora.
—No haga eso, hay que disciplinarse, la mejor hora para escribir es temprano en la mañana, cuando están sosegados el cuerpo y el cerebro y cuando usted está solo, usted y su alma, después anda usted en sus trabajos y con la gente y ya usted no es usted, y peor si va con los otros escritores y con los intelectuales, entonces ya no tiene uno remedio, se puede hasta volver joto. (Rulfo le invita un refresco.) ¿Usted cómo se llama?
—José de la Colina.
—Ah, es hijo del diplomático.
—No…
—Ah, del empresario este de la lucha libre, pero no parece usted mexicano.
—No, yo no nací aquí, en España.
—Con razón se me hizo tan blanquito, como que no le da mucho el sol, ¿no? (José piensa que tampoco Rulfo se ve muy moreno, no parece ni indio ni mestizo), ¿y se le da fácil la cosa de escribir?
—A veces estoy de racha y escribo muchas páginas de seguida, pero otra me atranco.
—Le voy a dar otro consejo, cuando esté enrachado, mejor párele después de un rato, las rachas son muy engañosas, escriba bastante y cuando se sienta usted genio, cuando se le figure que está haciendo la novela más grande de todas, ahí ponga punto, deje de escribir ese día, y al día siguiente no se ponga enseguida a escribir, mejor haga ejercicio, salga a caminar, haga hambre, cómase un buen bistec, vuelva a caminar, y sólo entonces, si tiene ganas de escribir, pero sólo si de veras tiene ganas, ora sí, póngase a escribir. (No sabe qué decirle a Rulfo, le parecen muy extrañas, muy poco literarias estas cosas de hacer hambre y ejercicio y devorar bistecs. Pregunta cualquier cosa.)
—¿Y qué hace cuando uno se atranca?
—Cuando se atranca es porque ya le tocaba, así que mejor no insista, váyase a dormir o a pasear, y cómase un buen bistec, y no lea ni ande con escritores e intelectuales, espérese a volver a sentir las ganas de escribir, no se fuerce, sobre todo no se fuerce, ¿en qué trabaja usted?
—Hago programas de radio.
—No me diga que es usted locutor.
—No, los escribo.
—No se lo aconsejo, lo mejor es tener un trabajo que nada se relacione con escribir, lo que sea, carpintero o chofer de camión, o padrote, o caco, lo que sea, ¿ha leído a Faulkner?
—Hasta ahora no.
—No haga caso de que sea gringo, es el más grande novelista de este siglo, ¿usted lee inglés?
—Algo, muy poco.
—Entonces lea a Faulkner en una buena traducción, nomás que no vaya a ser argentina, esos argentinos son unos cursis y unos pedantes, dicen garantido y pollera y siempre están llorando con sus tangos, y no lea a Borges, ese es un argentino como elevado al cuadrado, no le crea a Arreola, Borges es la peor calamidad de la literatura en castellano, no lo lea ni lea Sur, ¿a usted, qué escritores le gustan?
—Valle-Inclán.
—Muy bueno, solo que no lea Tirano Banderas, es un puro relajo, no se sabe si los personajes son mexicanos o peruanos o de la Patagonia, lea las novelas de las guerras carlistas y las Sonatas, ¿y qué otras cosas lee?
—Ramón.
—¿Cuál Ramón?
—Ramón Gómez de la Serna.
—No lo lea, ese escribe puras babosadas, ¿y qué más?
—Ahora estoy leyendo a Saroyan.
—Es bueno, pero es muy blando, muy empalagoso, a cada rato sus personajes están llorando y haciendo babosadas, mejor lea a Erskine Caldwell, pero nomás no se empache de puro leer, el empacho de lectura es peor que el empacho de comida, haga ejercicio, el alpinismo es muy bueno, pero de cualquier modo salga de la ciudad, las ciudades matan a los escritores, están llenas de intelectuales y escritores, ¿usted es de los refugiados?
—Sí.
—Pero no estuvo en la guerra, está usted muy guayabito.
—Pero me tocó la guerra.
—Escriba de eso, escriba de cosas fuertes y que usted haya vivido, no le crea a Arreola (José entonces no tenía idea de Arreola), orita todos quieres escribir como Arreola y Borges, quieren hacer literatura de encajitos, pura mariconería.

* Iósif Stalin murió el 5 de marzo de 1953.
** Publicada, en realidad, en el diario Excélsior.

Nota introductoria:

Durante varios años, José de la Colina se impuso la tarea de escribir su autobiografía. No pudo concluirla, ni siquiera presentar un cuadro general, pero en el camino fue dejando fragmentos, apuntes y aun pasajes casi concluyentes en los que no solo asoma su vida sino también el gran escritor que fue. Ese libro en progreso arranca en 1934, el año de su nacimiento, y se interrumpe el 23 de julio de 1997. Hay que decir que muchas de las experiencias recordadas por José de la Colina inspiraron algunos de sus relatos y que en ocasiones esos traslados tuvieron más de una versión. Sus lectores pueden comprobarlo sin necesidad de consultar su biblioteca.

En general, la autobiografía está narrada en tercera persona, presentando a José de la Colina como un personaje entre una multitud de personajes, aunque por momentos elige la primera persona, más íntima y amistosa. De tal recurso dan cuenta los pasajes que aquí ofrecemos, tomados de una carpeta en la que se acumula un centenar de hojas escritas a máquina a renglón apretado. Cualquiera que haya conocido a José de la Colina reconocerá en estas páginas su voz, su cadencia humorística y su sabiduría narrativa.

Fuente | Laberinto, Milenio
15 02 20