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4 de noviembre de 2025

Se puede matar todo menos la nostalgia,

la llevamos en el color de los ojos,

en cada amor,

en todo lo que profundamente atormenta

y desata y engaña

Julio Cortázar

3 de abril de 2022

Elena Garro y Octavio Paz

La novela epistolar de Paz y Garro

Los admiradores de Elena Garro y Octavio Paz estamos ávidos de saber cómo se produjo su tránsito de la pasión al desamor y del desamor al odio. Se han disipado ya muchos misterios sobre el tema, porque el conflicto de la pareja no terminó después de su muerte: lo han prolongado los hombres y las mujeres de letras que toman partido por alguno de los cónyuges, argumentando, por un lado, que Octavio cometió mezquindades imperdonables (intentos de frenar o desalentar la vocación literaria de su esposa, desapego a la hija que procrearon, etc.) y por el otro, acusando a Elena de mitómana y difamadora obsesiva (abundan las pruebas al respecto, pero las feministas dogmáticas, al grito de “yo sí te creo”, las ignoraran con tozuda sororidad). 

La reciente publicación de Odi et amo: las cartas a Helena, publicadas por Guillermo Sheridan, ofrece inéditos y valiosos elementos de juicio para entender mejor las afinidades y las discordias de esta legendaria pareja, pues reúne muchas de las cartas que Paz escribió a la Garro entre 1935 y 1945. Por desgracia, las de Elena se perdieron o estás arrumbadas en el archivo del poeta, que por ahora nadie puede consultar. Joven Pigmalión, Octavio Paz se propuso desde el inicio de su noviazgo transformar a una joven bailarina frívola, con un ingenio despierto y una gran pasión por la lectura, en una sacerdotisa del amor loco, al que debía entregarse por completo, renunciando a bailar en público, a la carrera de Letras, a la posibilidad de hacer carrera en el cine y a cualquier otra actividad corruptora que pudiera alejarla de su deber sagrado. 

Empezó por modificar su nombre, añadiéndole la h que figura en el título, y luego quiso convencerla de que había nacido para idolatrarlo: “Octavio Paz no es para ti sino una tangible forma de tu destino: no amabas en mí sino a tu destino, a tu pasión, a lo más valioso de tu vida”, declara modestamente en una de las primeras cartas, invirtiendo los términos del cortejo tradicional, donde el amante es siervo de la amada y le rinde vasallaje. Si lo más valioso de Elena es él, ¿no tenía esa muchacha virtudes propias? Hasta la alegría de su novia significaba un enemigo a vencer, pues lo relegaba a segundo plano. “No quiero que vivas sino en mí”, le ordena más adelante, y en un arrebato de pasión, al recriminarla por juntarse con gente de teatro, pretende conocer mejor que Elena su verdadero carácter: “Estás conmovida por mil Helenas que aborrezco, porque son puras invenciones, Helenas que me olvidan y que traicionan a la mujer, a la verdadera Helena”. 

En aquella época, Paz no era el único hombre que enamoraba mujeres imponiéndoles su voluntad látigo en mano: vivía en un contexto sociocultural machista, donde prevalecía ese tipo de cortejo. Pero a la luz de estas cartas da la impresión de que se impuso a Elena sin persuadirla del todo. Apenas podemos inferir las réplicas de Garro por algunos comentarios del poeta y sería muy interesante que alguna escritora emprendiera la tarea de elucubrarlas. Por los berrinches de Paz podemos inferir que Elena recurrió muchas veces a la burla como un recurso defensivo. El apodo que le endilgó, “Tavucho”, y la retadora confesión de sus desobediencias (nunca abandonó el mundillo teatral, pese a los regaños de Paz), indican que, en ese intercambio epistolar, el humor y la insolencia corrían por cuenta de la futura dramaturga. 

Las cartas del poeta, en cambio, pecan de una solemnidad insufrible, tal vez porque desde entonces arrastraba un prejuicio contra el humor. En un diario juvenil escrito en aquellos años reprochó a una adolescente imaginaria muy semejante a Elena: “Detrás de su frivolidad hay una conciencia muy clara; quiere destruir con su impertinencia el mundo de los hombres, vencerlos, arrebatarles su profundidad”.

Puede ser que las mujeres, entonces y ahora, quieran arrebatarnos la profundidad, en caso de que la tengamos, ¿pero no sería insoportable la vida si todo fuera tan serio y sublime como quería Paz? ¿Algún hombre podría vencer el narcisismo si no fuera por esas impertinentes? En cuanto al valor literario de las cartas, mejora mucho durante la estancia de Paz en Yucatán, donde fundó, con otros camaradas comunistas, una Escuela Secundaria Federal Para hijos de Trabajadores patrocinada por la SEP. En ese año crucial de su vida, 1937, comienza a encontrar una voz propia, y en sus cartas afloran admirables metáforas eróticas hilvanadas a vuelapluma: “Eres verde, tienes verdes años y verde corazón, ojos como el trigo, con un dulce resplandor violento, de gacela o llama de cal, una llama que tú no conoces, terrenal y líquida”. 
Al comparar estos arrebatos de ternura con la posterior involución de la pareja, me vino a la memoria el verso proverbial de Eduardo Lizalde: “Que tanto y tanto amor se pudra, oh dioses”.

Enrique Serna 
Milenio 
26.11.2021

5 de septiembre de 2021

El jardín de las tumbas vacías

La novela corta, El jardín de las tumbas vacías es del ensayista, narrador, poeta y traductor mexicano, Agustín Cadena. Está publicada por Cipselas: México, 2020. Con ilustraciones de María Fragoso.

En este momento recuerdo las palabras de Umberto Eco: "Ciertas novelas se vuelven más bellas cuando alguien las cuenta, porque se convierten en ‘otras' novelas". Estoy segura de que lo que yo comente sobre la novela no la volverá más bella, es imposible, sólo deseo tener el placer de comentarla con todos ustedes.

El jardín de las tumbas vacías, leemos en la portada. El título (o paratexto) rodea el libro, nos hace detenernos y desde ahí presentir cuál será la configuración del relato. ¿Es sobre muertos? ¿sobre panteones? ¿sobre jardines donde no hay muertos enterrados? En ese momento en el que estamos preguntándonos todo esto, vivimos un intercambio de tres intencionalidades: la del autor, la de la obra y la del lector. Al conocer el título nos hacemos conjeturas sobre la intención de la obra, pero no queremos que nuestra interpretación resulte aventurada. Este título nos persuade y su persuasión nos lleva a adentramos a una novela contada en primera persona: es el narrador-personaje quien nos cuenta su propia historia, una historia que conoce muy bien pues participa en ella. Nos la cuenta con sus propias palabras, nos relata lo que hace, piensa, siente, observa y sueña o cree que sueña.

Voy a detenerme unos instantes en la descripción de las acciones para descubrir esta estructura del universo representado y comprender más claramente la intencionalidad del relato: Desde el castillo, que es el aquí y ahora narrativo, el Narrador-Personaje nos informa que él y su pareja, Luisa, un día soñaron venir a conocer este castillo, lo tenían como la opción ideal para una luna de miel si llegaban a casarse. Pero, finalmente, ya no hubo matrimonio ni viaje ni hallaron una razón para seguir juntos, por el contrario, están por separarse, y la idea de separarse fue precisamente de él. Ella, en cambio, propone hacer un viaje de despedida precisamente al castillo, era el último regalo que se iban hacer el uno al otro. Y hacen un trato, “terminadas las vacaciones, cada quién haría su vida”. El Castillo está en medio de las montañas, posee ese “esplendor lánguido del viejo imperio”, se nos dice, es un hotel rodeado de coníferas donde “por sus alfombras se arrastraban pasos ya idos, ecos sofocados, roces de crinolinas”. También, se destacan las historias de fantasmas que lo habían hecho famoso.

La narrativa de Agustín Cadena siempre me ha parecido prosa poética, recuerdo, por poner un ejemplo, cuando en una de mis novelas preferidas de su autoría, La casa de los tres perros, nos describe las emociones de esos jóvenes fantasmas que habitan en el edificio, un edificio donde conviven vivos y muertos. La descripción de esas emociones es realmente un poema. En esta novela que nos ocupa, es como si pintara las palabras: detalla la forma, el tamaño, la impresión que un objeto o un aroma le produce al personaje, y lo hace poéticamente, leemos: “Llegamos aquí a finales de agosto, cuando más verdes se veían las montañas, el lago lucía un hermoso color menta, y la avenida de castaños que llevaba al castillo estaba llena de follaje. Por todas partes había flores: macizos de petunias y geranios, campánulas. Los rododendros eran un incendio de flores rojas, rosas, anaranjadas, amarillas...” (6). Nuestros sentidos se abren al leer esto, podemos percibir el olor, ver los colores, sentir la suavidad de las flores, esa belleza del lugar como si estuviéramos ahí junto al personaje que nos comparte su percepción. Las emociones entran a nuestro interior porque son una acción estética que viene desde la literatura directa hacia nosotros.

Los protagonistas, son una pareja de mexicanos, los dos hijos mimados de parejas ricas y que odian a sus padres pero que no odian el dinero de esos padres. Estarán en el Castillo por tres meses, durmiendo cada uno en su lado de la cama, con rutinas establecidas para estar claros y establecer distancias. Los primeros días no fueron fáciles para ellos, pero después de unas semanas sobrevino lo que se podría llamar una reconciliación: pasan más tiempo juntos en las sobremesas, y hasta le surge a él la idea de pintar un retrato a Luisa. Un día, mientras hace esta tarea, escucha la voz de un niño pelirrojo, de unos 9, 10 u 11 años, Alex. El niño mantiene una breve conversación con Luisa, y le regala una pelota de golf que traía consigo.

Antes de continuar, hablaré brevemente de los personajes. Respecto a Luisa, es el N-P quien nos detalla cómo es: una mujer observadora, expectante, con una sensualidad ya de tiempo ahogada, con vestidos largos y tétricos, que no sabía quién era, narcisista, una déspota encantadora que había tenido un hijo a los 17 años y que había muerto, que se ha pasado bebiendo todas las noches, bella, con la mirada preñada de tristeza y con el instinto maternal atrofiado. Él: es pintor, no le gustan los niños, es anafrodita, le gusta acompañar a una mujer que va de compras, le harta todo eso que va con el amor (la curiosidad por la vida del otro, la ternura convertida en hábito, los sueños, etc.), y es un hombre al que no le gustan los besos porque le parecen asquerosos.

Con toda esta carga configurativa, una noche Luisa propone bajar al pueblo y emborracharse juntos. Caminan por toda la orilla del lago y cuando son poco más de las 11 llegan al primer antro: The Sick Rose (la rosa enferma, en español). Quiero destacar, que es interesante que el nombre del antro es el nombre de un famoso poema de William Blake. Las intertextualidades e interdiscursividades en la obra de Agustín Cadena, las vamos a encontrar mucho, hay que estar atentos a ellas.

En este bar conocen a una pareja gay, italianos, que les cuentan algunas historias de fantasmas que han hecho famoso al hotel, como aquel “flautista que subía al elevador junto con los huéspedes, especialmente si iba uno solo; tocaba una música rara y silenciosa, como la que se escucha en los sueños cuando sueña uno con música. Se bajaba en algún piso y se iba por los pasillos tocando esa flauta que nadie oía”. O aquella “suite de la cual salía a veces ruido de fiesta: música de radio de la época de la guerra, voces de hombres que conversaban animadamente, risas alegres de mujeres embriagadas, chocar de copas, tintineo de cubiertos. Pero no había nadie adentro; la administración llevaba años de no dar esa suite a ningún huésped”. Estas historias ponen nerviosos a nuestros protagonistas, salen del bar temblando. Es una noche muy agradable para los dos, la pasan bien. Es entonces, cuando el N-P empieza a hacer una analepsis y recuerda cómo se conocieron en aquella galería de la zona rosa y qué fue lo que le llamó la atención de Luisa. Mientras recuerda, por fin él termina de pintar el cuadro donde aparece ella.

En esta novela, como en otras obras del escritor, ya lo he dicho antes, sentimos vibrar la naturaleza humana, los sentimientos de seres que anhelan amor, compañía, comprensión, que pueden padecer, como Luisa, la indiferencia y frialdad de un anafrodita que, al carecer de apetito sexual, puede llegar a ser cruel y frio ante las necesidades de su pareja. Luisa, nos dice él: tenía “un dolor que no cesaba, un dolor sordo, estancado. Era como si ella hubiera decidido ya no dejarlo ir. Se había instalado en sus ojos, en su sonrisa y la había cambiado toda”. No obstante, Luisa anima al N-P para llevarlo a, dice de manera coqueta, “un lugar que puede interesarle”. Y este lugar “Era un cementerio en miniatura, un lugar encantado donde, entre musgos y hongos, destacaba una docena de tumbas blancas, perfectamente bien hechas, de diez centímetros de largo” que estaba muy cerca de un internado para señoritas donde enseñaban valores inalterables. Algo sucede entre Luisa y él, nuestro narrador personaje la vuelve a ver hermosa después de este descubrimiento.

Una noche en el The Sick Rose conocen a Evgeni, un ruso seductor que se acerca a la pareja en una ocasión que están en ese bar. Quiero comentar algo que me llamó la atención en esdte encuentro: Evgeni les recomienda el restaurant Walpurgisnacht para que vayan a comer, el nombre en español traducido del alemán sería “Noche de Walpurgis”, “Walpurgis: Es una fiesta, según leí, de origen pagano muy arraigada en Suecia, Finlandia, Alemania, Estonia, República Checa o Escocia. La noche de Walpurgis nació como oposición a la fiesta de Todos los Santos, que se celebra el 1 de noviembre. La leyenda cuenta que, esa noche, las brujas vuelan sobre escobas a Brocken (bruquen), la montaña más alta de la Sierra del Harz, en el Estado alemán de Sajonia-Anhalt. Allí, las brujas invocaban al diablo en grandes aquelarres”.

Nos damos cuenta qué todo esto concuerda con el ambiente de fantasmas, enigmas y secretos: cuartos misteriosos, colegios en la montaña, las niñas del internado que solo tienen permiso para salir en noches de luna, las tumbas de 10 cm de largo, el vino de llorar, la pintora que muere en el bosque atacada por una manada de lobos porque le gustaba caminar de noche, y cuyo nombre figura en una de las pequeñas tumbas, que pinta un cuadro donde un niño flotaba ahogado en un agua oscura, y con el título, traducido al español como “No estoy saludando, sino ahogándome”, luego las urracas blancas, las brujas (como souvenir del pueblo), el niño ahogado del cuadro parecido a Alex, etc. Todo esto es muy significativo en la novela, nos ayuda a percibir u observar una configuración de figuras que se van expandiendo a lo largo de la narración que nos facilita advertir el ámbito de valores que la novela como signo comunica.

El ruso seductor se prenda de Luisa. Y sirve como medio para que el NP y Luisa se reconcilien. Un tanto perversa la cosa, la escena de cuando llega Luisa de estar íntimamente con el ruso seductor es un tanto descarada; sin embargo, lleva a esa reconciliación con el N-P totalmente inesperada

En esta novela, y en otras obras de Agustín Cadena, se da la historia dentro de la historia, lo que en narratología se llama metadiégesis o narración en segundo grado. La encontramos en lo que parece un sueño o tal vez una realidad, no se sabe: es la historia de cuando Luisa se sale desnuda y llega al internado, salen las niñas y todas bailan, se da un ritual bárbaro donde Luisa es la sacerdotisa y de pronto llega otra niña con Alex de la mano que parecía drogado o dormido. También hallamos otra historia dentro de la historia en lo que el N-P ve como una película en la que sólo fue espectador... y que es una historia cargada de perversión (Lo que hace Luisa con Alex y lo que cree sobre él, resulta aterrador...).

Hay algo que asombra: Se asustan cuando la pareja gay les cuenta sobre los fantasmas (cuando salen del bar hasta se toman de la mano y van temblando) pero nada les pasa o les da miedo con el por qué y el cómo de la muerte del niño ¿Qué sucede? Veamos: Cuando se conocen, él se enamora de Luisa porque descubre que es una déspota encantadora y una completa narcisista, y se vuelven a unir, primero, después de lo que sucede con el ruso y después, y definitivo, con lo que sucede con Alex. ¿Perversión? ¿Por qué no quieren irse del lugar? Hubieran sido felices de haberse quedado para siempre... Toda una atmósfera de exotismo, misterio y miedo...

Me quedo pensando, para terminar, en esa relación que existe entre el cuadro de la pintora muerta, Georgina Maciver, el cuadro titulado “No estoy saludando, sino ahogándome”, y lo escalofriante sucedido con Alex... Pero esto llevaría a realizar todo un ensayo.

Es una gran novela de un admirable escritor.

Nota: El jardín de las tumbas vacías es una novela que surge a partir de “El castillo”, uno de los cuentos reunidos en Las tentaciones de la dicha, libro del autor aparecido en 2010.

23 de julio de 2021

La rosa enferma

Estás enferma, Rosa 
El gusano invisible
que vuela en la noche 
en la tormenta aullante

ha encontrado tu lecho 
de placer carmesí 
y su oscuro amor secreto 
tu vida destroza

William Blake 
(Canciones de Inocencia y de Experiencia, 1794)

1 de julio de 2021

El deseo sexual... Berger

"El deseo sexual, si es recíproco, origina un complot de dos personas que hace frente al resto de los complots que hay en el mundo. Es una conspiración de dos. El plan es ofrecer al otro un respiro ante el dolor del mundo. No la felicidad sino un descanso físico ante la enorme responsabilidad de los cuerpos hacia el dolor. En todo deseo hay tanta compasión como apetito. Sea cual sea la proporción, las dos cosas se ensartan juntas. El deseo es inconcebible sin una herida. Si hubiera alguien sin heridas en este mundo, viviría sin deseo. El deseo anhela proteger al cuerpo deseado de la tragedia que encarna y, lo que es más, se cree capaz. La conspiración consiste en crear juntos un espacio, un lugar, necesariamente temporal, para eximirse de la herida incurable de la carne. Ese lugar es el interior del otro cuerpo. La conspiración consiste en deslizarse al interior del otro, allí donde no se les pueda encontrar. El deseo es un intercambio de escondites”. 

John Berger 
Esa belleza, 2005

18 de abril de 2021

El café de nadie. Los estridentistas

El café de la Colonia Roma en la Ciudad de México, donde se reunían escritores y pintores hace 100 años.
En la colonia Roma existió un café, hoy casi olvidado, donde se escribieron algunas páginas de obras como La señorita Etcétera de Arqueles Vela y Andamios interiores de Maples Arce. Los artistas vanguardistas de la década de 1920, llamados estridentistas, lo bautizaron como Café de Nadie e hicieron de él la sede de sus tertulias. Abundaba café, alcohol y cigarrillos, considerados estimulantes intelectuales.

Hace cerca de cien años, durante la década de los “alegres veintes”, cuando la Roma era apenas una colonia naciente de la Ciudad de México, existió en una de sus calles un lugar donde la realidad se hundía entre las tazas de café de los artistas. En la avenida Jalisco número 100, hoy Álvaro Obregón, había un rótulo que lo anunciaba como Café Europa, pero una vez que la literatura se coló hasta su cocina fue conocido como Café de Nadie. “Es un Café sombrío, huraño, sincero… De nadie. Por eso (Febronio) Ortega le ha llamado así. No soporta cierta clase de parroquianos, ni de patrones, ni de meseros”, explicaba Arqueles Vela en El Universal Ilustrado de 1924, “No es de nadie. Nadie lo atiende, ni lo administra. Ningún mesero molesta a los parroquianos. Ni les sirve... Hemos ido evolucionando hasta llegar a ser ese nadie”. Él era un personaje frecuente de aquel café que, decía, parecía parte de una “ciudad petrificada” con “paredes de tiempo”, donde no existían leyes físicas, las personas y objetos ascendían entre “cigarrillos intelectuales” y “el alcohol que destilan las tardes”. Arqueles Vela contaba que ahí nació el estridentismo, un movimiento artístico literario fundado por el poeta Manuel Maples Arce a principios de 1922, buscaba, como lo sugiere su nombre, causar un estruendo, romper con la tradición.
Según los investigadores Marco Frank y Alexandra Pita González, Maples Arce quería “una renovación radical de la poesía y del arte” para el México posrevolucionario, al modo de las vanguardias europeas, mediante provocaciones, polémicas y el uso de la prensa. Aunque su naturaleza era el escándalo, los estridentistas encontraron inspiración en el silencio del Café de Nadie, con cuyo nombre todos estaban de acuerdo, menos su dueño, según afirmó un periodista anónimo de El Universal Gráfico en 1924. “Manuel Maples Arce se enseñoreó de aquel café bohemio y callado, donde resonaban los pasos como en la nave de un templo… Quería desfigurar la máscara de la poesía haciéndola más real o más incongruente todavía”, escribió Argos en El Universal Ilustrado de 1926.

Lo documentado sobre el Café de Nadie se sirve acompañado con pedazos de ficción. El escritor Germán List Arzubide imaginó, por ejemplo, una suerte de mito fundador: “Una noche lamida por la llovizna, Maples Arce salió en recurso de un lugar cordial para su pensamiento; iba por la Av. Jalisco, cuando al pasar por una puerta, sintió la soledad de un establecimiento que lo invitaba a pasar; penetró, saludó, seguro de que no había ninguno que le respondiera, y se sentó a la mesa; luego fue a la pieza siguiente, donde en una cafetera hervía el zumo de las noches sin rumbo y se sirvió una taza; regresó a su mesa y bebió en el tiempo su café. Al concluir, regresó la taza a su sitio, puso en el contador el precio que solicitaba su tarifa y se marchó. Había descubierto El Café de Nadie”. Sin embargo, en sus memorias, Maples Arce relata otra versión sobre su primer encuentro con este local al que llegó durante un paseo nocturno, lo describía cómodo y agradable, con varios salones, acabados de madera oscura y un jardín interior. “Esta tranquilidad era exactamente lo que yo necesitaba. Mi búsqueda de soledad y silencio me hacía utilizar el sótano de mi casa destinado a los baúles vacíos. Este café fue mi refugio. Allí nadie me molestaba ni interfería y no pocas veces salí de él sin que el camarero hubiera aparecido. Necesitaba palmotear insistentemente y ni así se presentaba. Desde entonces fui a instalarme en dicho café para leer y escribir los artículos de la revista, particularmente cuando el mal tiempo interrumpía mi habitual paseo y la lluvia tamborileaba en las vidrieras”. Según el cronista Marco Antonio Campos, esta historia es “más realista y más fiel a la verdad pero mucho menos bella”.

El alimento estridentista

Cafeína y nicotina fueron el alimento estridentista. Maples Arce había leído en las obras europeas que el café y el tabaco eran estimulantes intelectuales. En 1920 llevó el hábito de beber café desde Veracruz a la Ciudad de México, detalla Elissa J. Rashkin en La aventura estridentista, “junto con sus ideas políticas y sus ambiciones literarias, lo que sin duda contribuyó al insomnio que con tanta frecuencia describía en sus poemas”. La historiadora Victoria Aupart, explica en entrevista sobre lo que distingue a esta bebida de otras: “el café dentro de sus propiedades estimulantes es una droga, una bebida con cierta alteración en el sistema nervioso, no pone a uno inconsciente, que el café altere los nervios da una lucidez inusitada”. Además, comenta que en los cafés del siglo XX la dinámica trascendía la plática, eran espacios para el ocio, la dispersión, la intelectualidad, la espiritualidad o incluso la soledad. En Soberana juventud, Maples Arce relata que la vida veracruzana se mezclaba con la de los cafés, a los cuales consideraba una “universidad libre y liberal”: “en ellos saludamos a los amigos, nos enteramos de la noticia del día, cambiamos impresiones y discutimos”. En medio de esa aventura cafetalera, Maples Arce frecuentaba uno llamado Nuevo Mundo, al que iba después de la escuela: “Mi paso por el café era advertido por un reguero de colillas, pues entonces acostumbraba fumar insistentemente mientras repetía las tazas de café”. Tal retrato pintaba que en una ocasión le dedicaron una calavera literaria: “Murió de neurastenia literaria / este poeta temblón y cafetero, / que vivió siempre solo, cual un paria, / llevando un piloncillo por sombrero.” 

En su artículo “El Café de nadie como espacio de sociabilidad del movimiento estridentista”, Marco Frank y Alexandra Pita exponen: “La tradición del café literario, en donde los intelectuales y los escritores se intercambiaban ideas, novedades y escritos, ya se acostumbraba en Europa desde el siglo XIX, y había evolucionado con el tiempo, así como evolucionaba la figura del intelectual”. En esa época había otros cafés como el Café Tacuba, la Flor de Mayo, El Principal y Las Olas Altas, además del español Tupinampa, el cual resultó insoportable para algunos artistas, explica el investigador Marco Antonio Campos, pues “¿Qué mexicano aguanta la conversación estruendosa de los españoles aun cuando formen un grupo llamado estridentista?” El Café de Nadie compartió la avenida Jalisco con otros sitios históricos. Ahí vivió el presidente Álvaro Obregón, en el número 185, después de su asesinato, en 1928 la vía fue rebautizada con su nombre; a un lado, en el 187, tenía su casa Conchita Acevedo, la monja acusada de ser la autora intelectual del atentado que concluyó con su vida. Además, en el número 73, habitaba el poeta Ramón López Velarde, a quien Maples Arce visitaba con frecuencia.

La colonia Roma de aquellos años tenía avenidas de estilo europeo, anchas y arboladas como las de París, dicen Frank y Pita, “no debe entonces sorprender el atractivo que un café ubicado en esta colonia representaba para los jóvenes vanguardistas”. La colonia había nacido en 1902 y estaba pensada para la burguesía pre y pos revolucionaria. Los autores explican que había otros sitios de reunión para los estridentistas, como el departamento-taller de Germán Cueto, la librería de Cesar Cicerón, la Academia de Bellas Artes y sus oficinas en la calle Donceles 19, no obstante, “el Café de Nadie fue el más reconocido por los propios estridentistas como el lugar privilegiado y aquel que los identificaba mejor”.

La literatura del Café de Nadie 

Los estridentistas eran “el grupo de vanguardistas por excelencia en México”, afirma Marco Antonio Campos. Además de Maples Arce, Germán List Arzubide y Arqueles Vela, eran parte del movimiento (y posibles visitantes del Café de Nadie) el poeta Salvador Gallardo, el periodista de El Universal Febronio Ortega, los músicos Manuel M. Ponce y Silvestre Revueltas; colaboraban con pintores como Diego Rivera, Leopoldo Méndez, Germán Cueto, Ramón Alva de la Canal, Jean Charlot y Fermín Revueltas. En 1924 Arqueles Vela describió que el Café de Nadie era un “laboratorio intelectual y sentimental”, ahí encontraron comienzo dos de sus novelas: La señorita Etcétera y El Café de nadie. En esta última obra, el autor empuja definitivamente al Café Europa en un universo literario, incluso describe sus alimentos hipotéticos: “Menú de hoy: Sopa de ostiones, huevos al gusto, asado de ternera, chilacayotitos en pipián, ensalada, frijoles al gusto, dulce, té o café”. Asimismo, en ese sitio Maples Arce escribió algunos poemas de Andamios Interiores. Según Frank y Pita, ahí se planeó la revista Irradiador y la exposición artística llamada la “Tarde estridentista”, en la cual Arqueles leyó fragmentos de la historia del Café de Nadie y se expusieron obras de Jean Charlot, Leopoldo Méndez, Ramón Alva de la Canal y Germán Cueto. Jerónimo Coignard redactó en 1924 una “epístola estridentista” en El Universal Ilustrado, donde contaba el “consejo cósmico” que le dio alguna vez Arqueles: “procuro ‘arrancarme el cerebro y lanzarlo al infinito’, para penetrar hasta la hipodermis de estas cosas subjetivas”. En este modo, de acuerdo con Frank y Pita “el café fue también una especie de oficina y de taller literario artístico”; asimismo fue un espacio de reunión donde circulaban las novedades europeas, las ideas y obras estridentistas. 

En 1926, Silvestre Paradox, seudónimo de Arqueles Vela, habló sobre la aparición de una nueva bohemia que prefería la vida ajetreada y acudía a los “quick lunch”, restaurantes al estilo estadounidense donde las tertulias se hacían con hot cakes: “Las reuniones literarias y artísticas ya no se hacen alredor de la mesa del café más recóndito, más destartalado, más inmóvil, como aquellas de que nos hablan los libros… Asistiendo a las tertulias de los literatos modernos, apenas se cree que hayan existido las de la Maison Raté, del Café de Nadie, del Café  de Tacuba y las de aquellos otros cafés que albergaron, en un tiempo, el humo de las pipas, las rebeldías y las ensoñaciones de los escritores jóvenes”. También lee: Los quick lunch, donde las tertulias se hacían con hot cakes.

Ese mismo año, el periodista Argos escribió una frase que bien podría colocarse en el obituario de este sitio de la antigua avenida Jalisco que hoy ha olvidado ese nombre: “Aquel café bohemio y callado—peldaño de una escuela de poetas—, aquel Café de Nadie, lleno de resonancias y de hondos recuerdos perceptivos, pasó de moda y fue el Café de Todos”. Un año después, en 1927, terminó el periodo del estridentismo y la pista del Café de Nadie se perdió entre las páginas antiguas. Si visitamos el número 100 de la avenida hoy conocida como Álvaro Obregón encontraremos un establecimiento de hamburguesas y cervezas, donde quizá de vez en cuando sale a flote una tertulia.

Fuente: El Universal 
Texto: Nayeli Reyes Castro 
2021

8 de octubre de 2020

Louise Glück, Premio Nobel de Literatura 2020

Amante de las flores 
Louise Glück 

En nuestra familia, todos aman las flores. 
Por eso las tumbas nos parecen tan extrañas: 
sin flores, sólo herméticas fincas de hierba 
con placas de granito en el centro: las inscripciones suaves, la leve hondura de las letras 
llena de mugre algunas veces… 
Para limpiarlas, hay que usar el pañuelo.

Pero en mi hermana, la cosa es distinta: una obsesión. 
Los domingos se sienta en el porche de mi madre a leer catálogos. 
Cada otoño, siembra bulbos junto a los escalones de ladrillo. 
Cada primavera, espera las flores. Nadie discute por los gastos. Se sobreentiende que es mi madre quien paga; después de todo, es su jardín y cada flor es para mi padre. 
Ambas ven la casa como su auténtica tumba.

No todo prospera en Long Island. 
El verano es, a veces, muy caluroso, 
y a veces, un aguacero echa por tierra las flores. 
Así murieron las amapolas, en un día tan sólo, eran tan frágiles…

29 de marzo de 2020

¿Bañarse en Europa? Sandor Márai

¿Bañarse en Europa se consideraba infiel?

- ¡Los europeos tenían un olor insoportable a suciedad!

El enviado de la Rusia zarista incluso describió al rey de Francia, Luis XIV ... "que su olor es más sucio que el de un animal salvaje".

Los propios rusos fueron descritos por el viajero Ahmed Ibn Fadlan: "Lo más sucio de la creación de Dios no debe ser liberado de orina o heces". ¡El zar ruso Peter, orinó contra la pared del palacio en presencia de personas! ¡La reina Isabel, la primera en matar musulmanes en Andalucía, solo se duchó dos veces en su vida! Y destruyó los baños andaluces. ¡El rey español Felipe II prohibió bañarse en su país y su hija Isabel II juró no cambiarse la ropa interior hasta el final del asedio de una ciudad! ¡Que duró tres años y murió por eso! ¡Esto se trata de reyes, sin mencionar al público! Estos perfumes franceses por los que París era famoso se inventaron para abrumar el olor apestoso, y debido a que esta inmundicia era un brote de enfermedad, la peste llegó a cosechar la mitad o un tercio de ellos cada período ... donde las ciudades europeas más grandes como "París" y "Londres", por ejemplo, una población de 30 o 40 mil como máximo, mientras que las ciudades islámicas excedieron la marca del millón.

"Los europeos debemos a los árabes obtener las causas del bienestar en nuestra vida pública", dice el historiador francés Drebar. "Los musulmanes nos enseñaron cómo mantener limpios nuestros cuerpos. Los musulmanes vestían ropas brillantes y limpias que algunos incluso los decoraban con piedras preciosas como esmeraldas, rubíes y corales, y se sabía que Córdoba abundaba con sus trescientos baños, mientras que las iglesias europeas veían el baño como un instrumento de incredulidad y pecado. Gracias a los viajeros musulmanes y expatriados. El nombre del cuarto de baño en inglés se atribuye a la glorificación de la memoria del musulmán indio Muhammad Bath, quien les enseñó cómo era Ducha e higiene.

En: Las memorias del escritor Sandor Márai. Documentos oficiales de España entre 1561 y 1761.

Cuando los españoles llegaron a México, se asombraron profundamente de que las personas de los pueblos originales se bañaran todos los días.

25 de enero de 2019

La casa de los tres perros, de Agustín Cadena

Agustín Cadena, La casa de los tres perros, Col. A la orilla del viento, ilustraciones de Patricio Betteo (México, Fondo de Cultura Económica, 2017).

En el mundo fantásmico, el agua son lágrimas;
cada gota de agua es una gota de tristeza. 
Y la tristeza es lo único que tienen los muertos para sentirse vivos,
aunque no lo estén.
Agustín Cadena

Desde el inicio, tenemos la sensación de estar dentro de una novela que nos abraza. La historia es contada por un narrador omnisciente que nos habla muy de cerca, a veces con ironía, otras emotivamente y otras como si nos dijera un secreto y él mismo fuera uno de esos fantasmas de luz que miran sin ser vistos. Es muy bella la prosa poética cuando nos hace llegar las emociones de esos jóvenes fantasmas que habitan en un "edificio de color ladrillo con puertas y ventanas blancas, que tiene en el dintel un mascarón con forma de perro de tres cabezas (aunque las personas poco observadoras dicen que son tres perros) y un llamador de bronce de forma similar en el zaguán". La gente le ha dado al edificio el nombre de El Tiempo Perdido; sin embargo, este nombre es sólo el de la pastelería que está en la planta baja, ocupando la esquina:
Se encuentra en el centro de la ciudad, cerca de los portales que se cayeron con los diluvios de hace sesenta años, en la esquina de Avenida de los Héroes y calle Combray. Por cualquiera de estas se puede entrar a la pastelería; tiene dos altas puertas de vidrio con arcos románicos y tres ventanas aparador en las cuáles se exhiben magdalenas, conchas, cuernos, banderillas, orejas, donas, campechanas, novias, ladrillos, pambazos, cemitas, cocoles, ojos de Pancha y, por supuesto, bolillos y teleras, además de toda clase de pasteles de la más rancia tradición europea: tartelettes, apfelstruddel, pain-du-chocolat, beigli, lady fingers, linzertorte, etcétera. También, por encargo, hacen pasteles de cumpleaños, bodas y todo es. Venden café y, como disponen de espacio, tienen un par de mesitas redondas y una barra con bancos en donde es posible sentarse a desayunar o a merendar. Ahí, una vez a la semana, se reúne un grupo de señoras para comentar la obra de Marcel Proust; se hacen llamar Les Dames Charmantes.
(Seguramente, dicho sea de paso, en una metalepsis de autor, el escritor de la novela está pendiente de las reuniones de Les Dames Charmantes, se percibe su admiración a Proust: El Tiempo Perdido, Calle Combray, magdalenas, etc.).

En este edificio conviven vivos y muertos, estos últimos son fantasmas que no tienen otro qué hacer que mirar y esperar hasta conseguir pasar a otro nivel y por fin descansar. Un día de tantos, dos niños fantasmas, Arminda y Mario, conversan. Mario piensa en los beneficios de ser fantasma aunque serlo tiene su lado triste pues, dice: "Un fantasma puede ver el sol, pero no lo siente [...]. Nunca es realmente de día y nunca es bien de noche; uno se mueve siempre al atardecer, a media luz, una media luz violeta: el color de la transmutación, del perdón que se espera. Un fantasma puede acariciar, pero no lo siente, y ése es su dolor más grande, cuando tiene poco de haber cruzado y todavía lo une el amor a los vivos. Puede acariciarlos, aun besarlos, pero no siente nada porque no tiene cuerpo para sentir; es como si sólo lo imaginara [...]". Además:
Aun si alguien lograra ver un fantasma al sol de mediodía, no lo verá en la luz, porque donde ellos habitan no hay luz. Los muertos llevan su penumbra a todas partes. Ahí, en el centro, está su cara como un retrato antiguo sobre un fondo oscuro. Hay tristeza siempre en las expresión de los fantasmas, en su mirada ya perdida en el punto más remoto del pasado. Un fantasma es una persona que murió, pero sus ojos no lo recuerdan, no recuerdan que están muertos [...]. A veces -en realidad demasiadas veces- lloran. No hay llanto más triste que el de un fantasma. Es que es un llanto sin esperanza y sin remedio, un llanto que para qué llorar. Pero no pueden evitarlo: son sentimentales como lo es todo el que vive de recuerdos. Rara vez se verá sonreír a un fantasma. La sonrisa es algo poco común de ese lado. Tienen momentos de alegría, eso sí. Quienes los han visto en uno de esos momentos dicen que brillan.
Un atardecer se encuentran Albertina y Enrique en el patio de la vecindad, viven en ese edificio. Él muchacho llega saludando mientras la joven protagonista está sentada en el rodete de piedra que protege una higuera, "perdida en sus pensamientos". Enrique está enamorado de Tina y esto molesta a Mario, que los oye platicar sin ser visto. A partir de este encuentro se inicia la acción y de manera muy interesante: existe un juego metadiegético entre tiempos, personajes, espacios, verdaderamente espectacular. Son historias dentro de la historia (una historia marco que encierra otras historias), y esto me cautivó, me gustaría analizar con detenimiento la riqueza de esta estrategia narrativa en la novela.

Así, nos vamos enterando de las presencias de vivos y muertos, del edificio (que está a punto de ser vendido), la pastelería, la época actual, de Chepina (la gatita fantasma), del tesoro escondido, del horrible 'Marrana' y sus cómplices, de la historia del espejo embrujado (donde se puede ver las cosas de los planos invisibles), espejo como vínculo entre vivos y muertos, de las épocas que vivieron los ahora muertos, de lo que sufrieron en vida, lo difícil de la infancia, la importancia de la amistad, del amor, el maltrato físico y psicológico que habita en algunas familias, en las escuelas (el llamado bullying):
En mi época eso era normal, -dice Arminda a Mario- si querías ir a la escuela, deberías saber que todo el mundo iba a pegarte, no sólo tus compañeros sino también los maestros. Los maestros tenían permiso de pegarles a los niños si se portaban mal o eran tontos
_¿Cómo les pegaban?
_Con la regla de madera, generalmente [...]. Pero algunos tenían una vara especial, de membrillo o de fresno. A mi me tocó uno así, en tercero de primaria. Te decían "Pon las manos". Y debías levantarlas con las palmas extendidas a la altura de tu pecho. Si el dolor de los varazos te hacía bajarlas, iba de nuevo desde cero [...] Había muchos castigos: mandarte a oír toda la clase parado, de cara a la pared; mandarte al patio a golpe del sol; sebntarte en el rincón de los burros, con unas orejas de burro que tenías que hacer tú mismo ...
-¡Qué humillante!
-Para muchos seres humanos eso era la vida, Mario, una perpetua humillación. De niño te humillaba el maestro; de grande, el patrón.
Una de las historias más conmovedoras es precisamente la de Mario, un niño que en vida fue terriblemente maltratado en su casa y en la escuela y cuya única salida fue el suicidio:
En la mañana dijo que se sentía enfermo y no quería ir a la escuela. No lo obligaron. De verdad se veía mal, se oía mal. Y más tarde, a la hora en que Claudia (la hermana) estaba ya en la escuela, su papá en el trabajo y su mamá chismeando con la vecina, Mario se levantó al baño, tomó del mueble del lavabo un sobre de veneno para ratas, se le ocurrió disolverlo en un vaso de agua y se lo tragó. No quería morirse. Parecería tonto, pero no pensó que podía morirse. Sólo quería hacer sentir mal a todos, castigarlos y escapar. Y escapó. Se fue acostar a la cama de Claudia. Se puso a salvo en un lugar donde nadie volvería a lastimarlo.
¿Qué sucede con la madre de Mario después del suicidio de su hijo? ¿Qué hace el padre? ¿Qué hace la hermana? ¿Qué pasa con el edificio? ¿con la inteligente Albertina y con Enrique? ¿Con los Tenebrosos?... Es una novela juvenil tan bonita que no queremos que se acabe.
... Ahí seguirá, en ese edificio que alguna vez llamó su casa, en ese patio encharcado de luz violeta donde tal vez un día encuentre al niño que fue. Estará ese niño a la sombra de la higuera, jugando en el suelo con un caballo de plástico. Entonces sabrá Mario que ha llegado el final del viaje. Le hará una caricia en el pelo al niño que fue y le dirá que el veneno para ratas sabe espantoso y que no vale la pena. Le dirá que la muerte no vale la pena.

27 de mayo de 2017

Fragmento de Carta, de Rosario Ferré

Fragmento de Carta, de Rosario Ferré.

Prosas de mareo. Antología del Cuento Experimental Hispanoamérico, Selección de László Scholz (Budapest: Eötvös József Könyvkiadó, 2000).
me detengo en la esquina de la avenida a leer tu carta que se me desintegra entre los dedos hace tanto calor regresar allá es imposible dices somos una isla poblada de muñecos vaporizada por el vaho de los carburadores me detengo en la esquina de la avenida volcando mi dolor como un pote de violeta de genciana manchándolo todo la boca morada de genciana tiene olor a caimito podrido cuando ya la cabeza se pudre en el tronco se nos pega la lengua al paladar imposible regresar dices somos un país de muñecos ¿quienes son nuestros héroes? pasan popr la avenida clamorosa el prisionero liberado de vietnam del norte muñeco de trapo el cardenal rolipoli tentenpié de goma rodando undosundos de norte a sur muñeco de viento la barbie-mary-sol casada con el butch-big-jim muñecos de plástico no voy a regresar jamás me dijo me dices pinocho al país de los muñecos fabricados por la fisher price inc.

13 de mayo de 2017

Carta de Nietzsche a Lou Salomé

Carta:

 Lou:

Que yo sufra mucho carece de importancia comparado con el problema de que no seas capaz, mi querida Lou, de reencontrarte a ti misma.
Nunca he conocido a una persona más pobre que tú.
Ignorante, pero con mucho ingenio.
Capaz de aprovechar al máximo lo que conoce.
Sin gusto pero ingenua respecto de esta carencia.

Sincera y justa en minucias, por tozuda en general, en una escala mayor, en la actitud total hacia la vida: Insincera
Sin la menor sensibilidad para dar o recibir.
Carente de espíritu e incapaz de amar.
En afectos, siempre enferma y al borde de la locura. Sin agradecimiento, sin vergüenza hacia sus benefactores…

En particular:
Nada fiable.
De mal comportamiento.
Grosera en cuestiones de honor…
Un cerebro con incipientes indicios de alma.

El carácter de un gato: el depredador disfrazado de animal doméstico.
Nobleza como reminiscencia del trato con personas más nobles.
Fuerte voluntad pero no un gran objeto.
Sin diligencia ni pureza.

Sensualidad cruelmente desplazada.
Egoísmo infantil como resultado de atrofia y retraso sexual.
Sin amor por las personas pero enamorada de Dios.
Con necesidad de expansión.
Astuta, llena de autodominio ante la sexualidad masculina.

Tuyo.

Friedrich Nietzsche.

Mucho se ha escrito sobre la vida sentimental y amorosa de Friedrich Nietzsche, un filósofo -huérfano de padre a los cuatro años de edad- siempre rodeado de mujeres: su abuela, su madre, su hermana, sus tías y sus numerosas amigas que, a lo largo de su vida, lo estimaron y sobreprotegieron, tal vez de manera agobiante y excesiva...

Algunos biógrafos insinúan su atracción inconfesada e inconfesable por su propia hermana, la celosísima “Lisbeth” (Elisabeth). Thomas Mann llega a afirmar que Nietzsche estuvo durante toda su vida “prisionero de un amor casi incestuoso por Elisabeth, que está presente en la mayoría de los acontecimientos de su vida”.

Sin embargo, la mayoría de sus biógrafos sostienen que, sin lugar a dudas, fue Lou von Salomé, su verdadero amor. Mujer atractiva e inteligente, que enamoró de verdad al solitario y atormentado filósofo de Röcken y que ejerció una intensa fascinación en él, atraído por su sensualidad contenida, su vigoroso intelecto y su fuerte personalidad.

Cuando apenas tenía veinte años logró conquistar el corazón de Nietzsche; sería la única mujer de la que lograría enamorarse en su vida. Pero también el filósofo Paul Ree, el poeta Rainer Maria Rilke y el fundador del psicoanálisis, Sigmund Freud, el sociólogo Ferdinand Tonnier, el psicólogo experimental Herman Ebbnghaus y otros muchos se sintieron atraidos por Lou Salomé.

Fue a través de Paul Ree que Lou Salomé conoció a Nietzsche. Lou era la eterna amiga de Ree, intelectualmente sintonizaban, pero ella sentía repugnancia física hacia él. En 1901 se suicidó justo en el lugar en donde Lou Salomé le había rechazado veinte años antes; el tiempo jamás consiguió disolver todo el amor que sintió por ella.

Otro tanto ocurrió con Nietzsche, si bien el poeta-filósofo logró sublimar la atracción que sentía en una obra singular, "Así habló Zarathustra".

Hoy, tras la publicación de la correspondencia con Paul Ree, se sabe lo que sentía Nietzsche en aquella época: "Sino encuentro la piedra filosofal para convertir esta mierda en oro, estoy perdido".

Cuando Nietzsche conoció a aquella jovencita que daba muestras de una singular madurez e inteligencia, y que, por lo demás era excepcionalmente atractiva, se sintió inmediatamente seducido por ella. Pero Lou solo amaba el pensamiento de Nietzsche, en absoluto al hombre. Lo rechazó una y otra vez. Finalmente, en 1882, el filósofo perdió toda esperanza. Unas semanas después se encerró en su pequeña habitaciíon; era el mes de febrero de 1883. En pocos días, Nietzsche compuso su gran poema filosófico que nació como fruto del desengaño y la frustración por un amor imposible.

"Zarathustra" salvó de la locura a Nietzsche durante unos años. Tras la ruptura con Lou, habló de suicidarse; sacó fuerzas de flaqueza, rechazó la posibilidad de cualquier otro amor e intentó transmutar en fuerza interior su soledad. Seis años después se derrumbaría. A partir de 1889 su locura sería irreversible. Moriría dos años después.

Fuente: El club de los libros perdidos, Nov., 2016

7 de mayo de 2017

Lecturas críticas sobre la obra de Enrique Serna

Este libro tiene, como casi todos los libros, una historia. En 2011, siendo en esos momentos directora del IIL-L Norma Angélica Cuevas Velasco, le comenté mi deseo de invitar a Enrique Serna a impartir un curso, idea que apoyó completamente así como el proceso. Tuvimos, pues, la primera visita del escritor y ofreció el curso la "Evolución del realismo objetivo (La voz de la conciencia en la novela realista, de Flaubert a Faulkner)". Cuatro años después, en marzo de 2015, Enrique Serna regresó y tuvimos con él un excelente Seminario, “Metamorfosis de la sátira”. Al finalizar el seminario, los asistentes manifestaron su deseo de contar con los textos que escuchamos en “La obra de Enrique Serna”, una mesa redonda en la que participaron colegas del Instituto y estudiantes egresados del posgrado. Este libro lo conforma precisamente estos textos.

En la FILU 2017


Seducciones y polémicas
Lecturas críticas sobre la obra de Enrique Serna

Magda Díaz y Morales y Norma Angélica Cuevas Velasco (coordinadoras), México: Universidad Veracruzana (Col. Biblioteca), 2017.

ÍNDICE

Prólogo. Una obra sobre la decadencia de la humanidad
Elizabeth Corral

Narración y discurso en Señorita México
Magda Díaz y Morales

Desde el cristal con que se mira: la perspectiva de lo perverso en dos cuentos
Irsa Yésica Ruiz

Aires de polémica en Las caricaturas me hacen llorar
Martha Elena Munguía Zatarain

La poética de la historia en El seductor de la patria y Ángeles del abismo
Rodrigo García de la Sienra

Tres comentarios marginales sobre Ángeles del abismo
José Luis Martínez Morales

Fruta verde: con la moral patas para arriba
Alejandro Solano Villanueva

La doble vida de Jesús o la voluntad doblegada por la corrupción
Norma Angélica Cuevas Velasco

Pueden leer el libro en PDF, en el Sitio Oficial de Enrique Serna: Seducciones y polémicas.

25 de abril de 2017

Juan García Ponce

El próximo viernes 28 de abril, es la inauguración de la exposición "El placer de la mirada de Juan García Ponce", la cual recopila a través de objetos personales, fotografías, libros y material multimedia la vida del autor que tomó parte en la redefinición del arte en México durante la segunda mitad del siglo XX. Entrada libre.

¡Hay que asistir!

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9 de abril de 2017

María Luisa Bombal

María Luisa Bombal: un mito entre la niebla
Marco Antonio Campos


La obra completa de María Luisa Bombal (Viña del Mar, 1910-Santiago, 1980) se reduce, si nos atenemos a lo que publicó en dos tomos en 2005 la editorial chilena Zigzag1, a dos novelas cortas (La última niebla, 1935, y La amortajada, 1938); cinco cuentos (“El árbol”, “Las islas nuevas”, “Lo secreto”, “Trenzas” y “La historia de María Griselda”); tres crónicas o divagaciones poéticas (“Mar, cielo y tierra”, “Washington, la ciudad de las ardillas” y “La maja y el ruiseñor”), que tienen bellos momentos al describir la naturaleza y donde inserta –textos dentro del texto– brevísimos cuentos infantiles; una entusiasta reseña sobre Puerta cerrada (1939)2, filme del argentino Luis Saslavsky; el relato de una visita a la casa y un paseo en coche por la ciudad con Sherwood Anderson, en los cuales se le revela, entre ingenua y asombrada, la sencillez inteligente del narrador estadunidense;3 el agradecido discurso con el que recibió en 1977 el Premio de la Academia de la Lengua Chilena y un testimonio autobiográfico que dictó a la propia Lucía Guerra y a Martín Cerda4… De todo, lo esencial, lo que le ha dado una justa fama, son sus novelas y cuentos. Si vemos las fechas de su publicación no deja de causarnos asombro. Salvo “La historia de María Griselda”, editada en 1946, y que es un desprendimiento de La amortajada, sus ficciones van de 1935 a 1940, es decir, su mejor período de creación duró apenas un lustro: de los veinticinco a los treinta años. Una excepcional precocidad que desafortunadamente no conoció mayor continuidad creativa.

Según la propia María Luisa Bombal, escribía en francés, en español y en inglés. De lo primero, que yo sepa, no queda nada y de lo último escribió una novela, House of Mist, la cual le ayudó a redactar y a corregir su segundo marido, el francés-estadunidense Fal de Saint-Phalle. De House of Mist dijo varias veces que partió de su primera novela (La última niebla), pero que no se le parece en nada.

En su testimonio biográfico habla de sus lecturas de infancia y adolescencia: Knut Hamsun5 y Selma Lagerlöf, los hermanos Jakob y Wilhelm Grimm, Hans Christian Andersen6, María, de Jorge Isaacs (7) y libros de autores franceses como Pascal, Baudelaire, Verlaine, Rimbaud, Valéry y Mauriac, y alguien del que se sintió especialmente próxima, Prosper Merimée(8), sobre quien hizo la tesis de licenciatura. Para escribir La última niebla –lo dijo en entrevistas– fue muy importante la lectura de las Residencias nerudianas. A la muerte de su padre, la familia se fue en 1923 a París, y María Luisa estudió primero en un colegio de monjas y luego la licenciatura en Letras en la Sorbona. Aunque también los cultivó, fue consciente de que su camino no estaba en la música ni en el teatro.9

A su regreso a Chile, en 1931, tuvo un amor breve y tempestuoso con Eulogio Sánchez Errázuriz (1903-1956), una leyenda de la aviación chilena, por quien intentó suicidarse. Le quedó como secuela una cicatriz en el cuello. A partir de 1933, luego del affaire funesto, residió en Buenos Aires, donde fue al principio huésped del cónsul Pablo Neruda y se casó en 1934 con el pintor Jorge Larco. El matrimonio resultó un desastre. Fueron sus grandes años literarios en una inolvidable década literaria en Argentina. Publicó en Buenos Aires sus dos novelas y tres de sus cuentos, colaboró en la famosa revista Sur y conoció o trató, entre muchos, a Borges, a García Lorca, a Oliverio Girondo, a Norah Lange, a Victoria Ocampo y a los filólogos Pedro Henríquez Ureña, Amado Alonso y Raimundo Lida10. Después de la literatura el cine fue su pasión artística. Ideó el argumento del filme La casa del recuerdo (1940), de Luis Saslavsky, historia melodramática de un triángulo desdichado que sucede en el Buenos Aires de fines del siglo xix, en el cual a la protagonista (Libertad Lamarque) no dejan de hostigarla desde muy joven la locura y la muerte11. Una de las claves del filme, que se relaciona con la muerte, es una página fúnebre de las Rimas, de Bécquer. Otra clave, que tiene que ver con la locura, es el repique de las campanas que cree escuchar la protagonista, y que muy probablemente tengan que ver con las que oía la autora chilena en el colegio de monjas en su infancia viñamarina.

En 1941 regresa a Chile. El 21 de enero, frente al Hotel Crillón12, en calle de las Agustinas, dispara tres veces contra su examante Eulogio Ferrer, quien no quiso levantar cargos. En 1942 parte a Estados Unidos, donde vivirá veintinueve años. En 1944 se casa con Fal Saint-Phalle, con quien tuvo a Brígida, su única hija. Vuelve a Chile por breves períodos en 1961 y 1967 con el objetivo primordial de promover sus libros. Poco antes, en 1960, había publicado unas páginas de recuerdos de la infancia inolvidable en Viña del Mar (“La maja y el ruiseñor”), donde con viva nostalgia recuerda del balneario el silencio inquietante, los aromas esparcidos, la llovizna menuda, los paseos con los niños, el mar desde las peñas y el mar de noche desde su casa –ese mar que en verano era “el corazón mismo de Viña”–, los rezos y el tañido de las campanas, las novelas rosas que leía con sus hermanas, sobre todo una vez... (13)

El frágil equilibrio

Según declaró en su testimonio biográfico, empezó escribiendo poesía, pero sus poemas en verso, si los hubo, no los recopiló o no tengo noticias de ello. Su poesía, su verdadera poesía, está en sus ficciones, donde creó un mundo muy personal: ritmos variados, atmósferas que ahondan lenta y tenazmente en el alma una leve tristeza, silencios que parecen detenerse, lejanos ruidos, rumores, murmullos, chasquidos, crujidos, fustazos, resonancias, silbidos… Lo esencial en la narrativa de la entonces muy joven María Luisa está especialmente en la interiorización de pensamientos y sentimientos de sus personajes; cuando ocurre un hecho o una acción fuera de orden, el frágil equilibrio estalla y puede haber en hombres o mujeres un punto de inflexión o un punto de quiebre, que las más de las veces es para mal.

En las novelas y cuentos de Bombal no sabemos casi nunca en qué países o regiones ocurren, pero el lector siempre piensa en Chile14, y aún más en el sur boscoso, en las Regiones de los Ríos y los Lagos15. Los hechos ocurren casi siempre en haciendas o fundos, es decir, se trata de familias del agro adineradas, tal vez medianos terratenientes. A veces entre miembros de fundos colindantes nacen amoríos y matrimonios, aun entre primos, como en La última niebla (Daniel y la protagonista principal de la que no sabemos nunca el nombre) y en La amortajada (Ana María y Ricardo). No hay conflictos sociales con la servidumbre o los peones; los pleitos soterrados y sordos son entre miembros de las familias bien. En esos sitios remotos se vive en solitarias casas, próximas al bosque húmedo, a ríos, a lagos y a la serranía, y en donde cae a menudo una obstinada lluvia y se espesa una obsesiva niebla… Por eso, en esas grandes soledades, son más perceptibles en sus narraciones las imágenes auditivas. Todo parece oírse.

A veces sustancialmente los años modifican a los lectores y las lecturas. Eso pasa con las ficciones de María Luisa Bombal. Es imposible disociarlas de la condición de la mujer chilena, o más, latinoamericana, en los años treinta del pasado siglo, cuando eran consideradas a menudo como figuras decorativas, y las rebeldías o indocilidades se acababan apagando o (se) las apagaban. Mujeres extrañas, con un leve toque de locura y signadas en la frente con una turbia estrella, que acaban marchitándose en una rutina diaria de extrema futilidad. En esa “intimidad melancólica”, es una decisión mucho más fácil la espera de la vejez y de la muerte que la fuga o la aventura, es decir, detrás de eso sólo hay en ellas una palabra: miedo: miedo a ser libres y no saber qué hacer con la libertad. Son mundos solitariamente sombríos, cerradamente familiares, en que la personalidad se debilita o se pierde. Los años se nublan en la monotonía. Cuando alguna rompe con las costumbres quietas, como la Regina de La última niebla, a quien acaba descubriéndosele un adulterio, la joven no encuentra mejor camino contra el aplastamiento social y familiar que el suicidio.16

De alguna manera casi todas las mujeres de sus ficciones acaban reconociéndose en una. Varias tienen profusas cabelleras negras, cuerpos esbeltos, senos pequeños y duros... Cuerpos livianos que pueden semejar, sobre todo al montar a caballo, a los de las amazonas. La obsesión por las cabelleras llevó a María Luisa Bombal a escribir un relato llamado “Trenzas”, donde fija algunas mujeres históricas y literarias para quienes las cabelleras son un hecho emblemático en las relaciones amorosas: Isolda, Melisanda, María, la octava esposa de Barba Azul, o ya contempo-ráneamente, la hermana menor del cuento que al perder las trenzas de fuego pierde toda la fuerza… A la autora chilena las cabelleras le parecieron siempre parte de la naturaleza: como enredaderas en los árboles y algas en las rocas.

El anhelo máximo para los personajes femeninos de María Luisa Bombal sería un jardín de altos árboles donde se diera el amor, pero algo las detiene: no acaban dando el último paso, ni rompen con la familia. O creen, como la prima de La última niebla, que lo han hecho y años después se dan cuenta que todo ha sido como el aire que se ve al paso de una bandada invisible. Entre Eros y Tánatos, en estas mujeres llenas de pasión y de furia, una lenta autodestrucción las va minando y eliminando: en La última niebla, son la esposa de Daniel y la concuña de esta (Regina); en La amortajada, son Ana María y su hermana Alicia, su hija Anita, su nuera María Griselda; en los cuentos Yolanda (“Las islas nuevas”), Brígida (“El árbol”) y la misma María Griselda en su historia y quien hubiera sido su concuña (Silvia). En ellas los sentimientos se suceden y unen de manera confusa, y sienten en períodos por sus parejas, o quienes pretenden serlas, amor y odio, desprecio y acatamiento, cólera e indolencia, insidia y candor… Salvo los momentos intensos del coito, la incomunicación entre hombre y mujer se da a menudo y aun de principio a fin.17

Como en un claro de bosque aislado las mujeres arden a solas. En La última niebla, pese a repentinos fulgores, ni Daniel quiere a su prima y esposa, ni la prima lo quiere a él, y aun la prima, ya se dijo, se inventa un amante casual al que dedica años de imaginación. Daniel quiere lo imposible: que la prima sea como esposa igual a la mujer de la que enviudó. “¿Por qué se casaron?”, pregunta Daniel a su prima, quien responde: “Por casarnos”.

Ana María (La amortajada) es en principio amada por su esposo Antonio, pero un día lo deja, y cuando al fin regresa a la casa marital el amor ya sólo es de ella: él ha dejado de quererla. No sólo eso: el esposo se ha hecho fama de Don Juan. Por su lado, Ana María atormenta por años a un pretendiente, un cincuentón viudo (Fernando), al que no deja de humillar pero quien siempre le perdona los desdenes, ante la mirada omisa del marido, quien sabe que no habrá mayores consecuencias. Un modo que tenía Fernando de ayudarla a vivir es sufrir por ella de manera constante. Ana María dice que ambos fueron dos seres “al margen del amor, al margen de la vida”, pero eso podría decirse para la mayoría de sus personajes.

Protagonistas que aparecían desdibujados o apenas mencionados de paso en La amortajada, como los hijos de Ana María (Alberto, Fred y Anita), aparecen desarrollados ocho años después en el cuento “La historia de María Griselda”, quizá la más tortuosa psicológicamente de sus historias breves. En el cuento, Ana María llega al fundo donde vive su hijo Alberto con su esposa María Griselda. La nuera es amada por todos, principiando por Alberto, pero ella parece estar en un lugar donde la belleza sólo hace daño. Ana María descubre que la inmensa y desoladora belleza de la joven destruye no sólo al esposo, sino a su otro hijo (Fred), a su inteligente hija (Anita), al insignificante y frívolo Rodolfo (de quien está enamorado Anita), e indirectamente causa el suicidio de la novia de Fred (Silvia). El marido, Alberto, odia a María Griselda “a fuerza de tanto quererla”, y se hunde anímicamente en el alcohol emborrachándose en la ciudad cercana; Fred y Rodolfo asedian a María Griselda, pero la esperanza los evade. La tragedia es el sino de la familia de Ana María, pero también de María Griselda. Hacia el final confiesa sin vanidad a su suegra el tormento a causa de la “culpa por tanta belleza que sufría desde niña”. Sus hermanas no la querían, y sus padres, para compensar a sus hermanas, se olvidaron de estimarla y apreciarla. ¿No dice Zoila, la ama de llaves de la casa: “voy creyendo que ser tan bonita es una desgracia como cualquier otra?”.

“Enojada con Dios”

De todas las ficciones su novela breve, La amortajada, es la más estudiada por la crítica y la más seguida por los lectores. En ella, si los puntos de vista varían sin un orden más o menos preciso; si algunas historias de personajes clave no acaban de desarrollarse (en especial la del primo Ricardo, el gran amor de juventud de Ana María, con quien se amó intensamente durante tres vacaciones veraniegas); si las cinco últimas líneas decepcionan por su elementalidad como desenlace, en fin, más allá de cualquier limitación o imperfección, la novela se nos impone, y más que en las otras narraciones, la tristeza cava y cala hondo en el corazón del lector. En La amortajada también es donde mejor se ve el pleito constante que la protagonista tuvo con Dios, según se advierte en los recuerdos del padre Carlos, cuando Ana María va a ser llevada a la cripta. Dos ejemplos: en su juventud a Ana María no le importaba ir al cielo porque le parecía “un lugar bastante aburrido” o no promete al sacerdote cumplir con la cuaresma porque estaba “enojada con Dios”. En vida María Luisa Bombal tuvo ese litigio. En sus años finales reconoció que su relación con Dios había sido difícil, pero ya estaba bien con él. “Dios siempre gana”, dijo, como quien deja caer la última piedra.

En su testimonio María Luisa Bombal declaró: “Yo creo que, en el fondo, soy poeta, mi caso es el del poeta que escribe en prosa, pero como tengo una educación francesa, soy la lógica personificada.” Por fortuna en su obra prevaleció con amplitud el hemisferio artístico, aunque ella insistiera que convivían íntimamente ambos.

María Luisa Bombal, muerto el marido, regresó a Chile en 1971 a vivir en la casa de la familia de Viña del Mar. Trató, dentro de sus menguadas fuerzas, de dar difusión a su obra: que la editaran, la leyeran, escribieran sobre ella, la tradujeran. Dio numerosas entrevistas. En una por la radio, grabada en 1972, es agradable oír su acento chilenísimo; más de media vida en el exterior no lo desgastó. En política fue visceralmente anticomunista y alabó sin reservas el régimen de Pinochet. Se necesita estómago para leer sus irreales argumentos.

Si uno sigue entre líneas sus últimas cartas, se siente a una mujer sola, a quien ahogaba por rachas la depresión, y quien mucho agradecía el dinero que le enviaban su hermana Blanca y su cuñado Alberto. No pueden leerse sin un nudo en la garganta, y al repasarlas, al pensar en su vida o al menos en parte de ella, me da por relacionarla con una frase de otra chilena, Teresa Wilms Montt (1893-1921), tan apasionadamente intensa y tan apegada al infortunio como ella misma: “Tristes somos aquellos que no hemos nacido de los dioses.” Uno de los últimos anhelos de María Luisa fue que le dieran el Premio Nacional (fue postulada cinco veces); nunca ocurrió. Apagada y pobremente murió en un hospital público el 6 de mayo de 1980. Me doy por imaginar que quizá recordó antes del deceso ese versículo de San Juan que le gustaba repetir: “En la casa de mi Padre hay muchas moradas”.

María Luisa Bombal es ahora una escritora de culto y uno de los mitos chilenos.18


14 de enero de 2017

Recuerdos de Juan Rulfo

Recuerdos de Rulfo
Edmundo Lizardi

Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno (Sayula, Jalisco, 16 de mayo de 1917 - Ciudad de México, 7 de enero de 1986).

Pudo haber sido Juan Pérez, pero resultó Juan Rulfo. Que por estas fechas cumple 31 años de haber regresado definitivamente a su “natal” Comala.

LA SECRETARIA IRAÍZ

Poco después de la muerte de Rulfo, acudí a la que había sido su oficina en el INI(San Angel, DF), a entrevistar a Iraíz Ramírez, quien había sido la secretaría del escritor en los últimos 20 años. Iraíz era una mujer en sus cuarenta, extremadamente delgada, pálida, que hablaba en susurros. Un personaje Rulfiano.

Me contó muchas anécdotas y me regaló un fajo de cuartillas con "calaveritas" y otros apuntes del puño y letra de "Don Juanito".

Al célebre jefe de Iraíz le incomodaba el asedio de una fauna variopinta interesada en su obra y en su personaje, y a veces se divertía a sus costillas. Como cuando al salir de su cubículo se topó con unos jóvenes que le preguntaron por el "maestro Rulfo", y don Juanito -adelantándose a Iraíz- les respondió que el "maestro Rulfo andaba en China".

China: uno de los temas que le fascinaban tanto como la nota roja al autor de Pedro Páramo, quien por cierto hacía fila para cobrar su cheque de funcionario de segundo plano en el INI, donde su jefe inmediato era en el tijuanense Virgilio Muñoz Pérez (¿su pariente?), quien años después sería mi director en Diario 29, y luego director del Cecut. Virgilio presumía de una corbata que le había regalado “don Juanito”

RULFO EN LA PAZ

A principios de los ochenta, Juan Rulfo estuvo en La Paz en varias ocasiones gracias a los buenos oficios del escritor sudcaliforniano, Fernando Escopinicchi, residente desde tiempos inmemoriales en la Ciudad de México, donde había entablado una cordial relación con Rulfo, asiduo cliente de la librería El Juglar al igual que Fernando.

Una de esas ocasiones fue con motivo de la entrega del Premio Internacional de Poesía Ciudad de La Paz 1980, otorgado al poeta sinaloense, Jaime Labastida, por un fraternal jurado: Juan Bañuelos, Eraclio Zepeda y Oscar Oliva, los otros "espigos amotinados". Junto a los mencionados “ espigos”, completaban el elenco literario Marco Antonio Montes de Oca, Alí Chumacero, Alvaro Mutis, y Carlos Montemayor, entre otros.

En mi papel de flamante subdirector de la Dirección Cultural y de Extensión Universitaria de la recién fundada UABCS - una de las instituciones involucradas en el evento-, acompañaba a Rulfo en el vestíbulo del Cinema La Paz, esperando el inicio de la ceremonia de premiación que no podía darse sin la presencia del gobernador, Angel César Mendoza Arámburo, el Mecenas que había habilitado a Escopinichi como promotor cultural plenipotenciario, mucho antes de la fundación del Programa Cultural de las Fronteras y Conaculta.

Llegó Ángel César con su séquito de funcionarios bonachones (“Quiúbole amigo, ¿cómo está la familia?”) , y se dirigió a Rulfo.

Con buen olfato político y una decorosa formación cultural- bohemio, pianista él mismo-, y seguramente asesorado por el Escopas, el Ejecutivo no recurrió al clásico medio abrazo- tres cuartos, sin contacto corporal ni visual- del priismo de los tiempos felices del carro completo. Optó por un discreto apretón de manos, acariciadora palmadita en el hombro, y un breve pero sustancioso mensaje de bienvenida.

-Maestro Rulfo: es un orgullo para los sudcalifornianos tenerlo entre nosotros. Está usted en su casa. Bienvenido.

Luego procedió a presentarle al ilustre invitado a dos de sus “colaboradores”. Uno de ellos se lució:

-Qué le puedo decir yo, amigo Ruffo… Muy bonita obra,¿eh?... ¡ sobre todo esta última...! ¡El Páramo en Llamas! ¡Un novelón!

Angel César apenas pudo disimular un “¡trágame tierra!” mientras apuraba el desafane ante un don Juan impasible.

Cuando por fin se retiró la avanzada gubernamental, para romper nuestro bochorno e hilaridad contenida, “Ruffo” comentó:

-Qué jóvenes…

En su mirada creí ver bailotear una sonrisa. Una carcajada implosiva.

Ya en el "acto solemne", el maestro de ceremonias empezó desgranar los nombres de cada uno de los escritores invitados que se encontraban en la primera fila.

Nombró a todos, menos uno: Rulfo...

Chumacero se levantó de su butaca y alzó su voz, bien afinada por los tequilas de la víspera y la antevíspera, para desfacer el entuerto... Y dar paso a la entrega del jugoso cheque, diploma y Flor Natural al poeta laureado, con el fondo musical de la marcha Aída.

Al día siguiente, encontramos a Rulfo solo en una mesa de la Terraza del Perla, bogarteando uno de sus Delicados sin filtro, ante una taza de café, con la mirada clavada en la bahía de aguas tornasoladas. Al rato aparecieron sus compañeros escritores. Algunos habían amanecido con las luces encendidas y con mucha aviada.

Con su inseparable copa de coñac en mano, Montes de Oca le preguntó a don Juan si los acompañaría a Los Cabos, a donde estábamos a punto de salir.

-No-respondió Rulfo-, tengo muy malos recuerdos de San José.

-Pero... ¿Cuándo estuvo usted en San José, don Juanito?

Entonces el autor de "Luvina" contó una historia fulgurante protagonizada por un agente de ventas que algunas décadas atrás había sido sorprendido en San José por un chubasco devastador que lo retuvo en aquellos lares por varios meses. ¿El chubasco del 59 o puro temporal imaginario?

Poco después, compartiendo en el restaurante-bar del Gran Hotel Baja con los pintores Raúl Virgen y Bernardo Arellano y el poeta Víctor Bancalari, se nos apareció el fantasma de Juan Rulfo formado en la fila frente a la caja con su cuenta en la mano.

Bancalari fue quien se adelantó para ver si no estábamos alucinando. ¿Qué hacía Rulfo solo, haciendo fila para pagar su consumo, en un hotel de La Paz, y, hasta donde nosotros sabíamos, sin evento literario de por medio?

Había venido a pasar unos días de descanso, invitado por Fernando.

Pagamos su cuenta y lo encaminamos hasta el elevador. Por esos días, acababa de publicarse una polémica declaración del silencioso escritor jalisciense -"de chispa retardada"-, cuestionado sobre el panorama literario mexicano. -¿Es cierto que usted dijo eso de que el mejor poeta mexicano era Sabines?- preguntó Bancalari, más borgiano que paciano.

-Sí, Sabines... Pacheco...

-¿Y Octavio Paz?

-A ese no se le entiende nada... ¿Ustedes lo entienden? -respondió el novelista en receso; ahora sí, con una sonrisa de niño travieso a flor de piel, que nos hizo estallar en una carcajada mientras el amigo de Fernando Escopinicchi desaparecía en el rectángulo de luz blanquecina del elevador del Gran Baja.

3 de noviembre de 2016

Bioy Casares y Elena Garro: un relato

Nueva York, 1956. De izquierda a derecha: Elena Garro, Adolfo Bioy Casares, Octavio Paz y Helena Paz Garro
Andábamos huyendo
Eduardo Cerdán

Abstract: Con base en la correspondencia y en las obras de dos narradores de lo fantástico: Adolfo Bioy Casares y Elena Garro, Eduardo Cerdán construye un cuento brevísimo sobre la relación que durante la segunda mitad del siglo XX mantuvieron ambos.

Ya no estoy muerto: estoy enamorado.
Adolfo Bioy Casares, La invención de Morel

Fue en el George V donde nos presentaron, en un París de 1949. Luego de almorzar juntos ahí, te invité al auto que había alquilado y te pedí que diéramos un paseo por el Bois de Boulogne. Recuerdo muy bien esa caminata, el olor de los cedros, el ruido sordo de nuestros pasos y el rumor de la cascada, ésa que une los dos lagos. Mientras paseábamos me invadió una enorme ansiedad por tenerte. La resolana caía en tu pelo que ondeaba al viento, en tu frente amplia y en el rojo de tus labios que aún no soplaban las treinta velas. «Quítese el rouge», te dije de usted, «que la voy a besar». No respondiste y a nuestro alrededor se formó un silencio opresivo que luego se fundió con el murmullo del agua.

Tras un rato callados, aceptaste ir conmigo a una pensión modesta en los alrededores de la ciudad. Nuestras memorias mantuvieron lo que pasó en ese cuarto de modos dispares; pero lo importante, lo que ambos siempre supimos, es que ese día los dos andábamos huyendo. Por eso nos quisimos tanto: a partir de entonces nos unió la fuga. No se me olvida lo que dijiste en el Théâtre des Champs Elysées la primera noche que salimos: cuando viéndome a los ojos me contaste que sentías un gran respeto por los que huyen.

Durante los periodos en que no estuvimos juntos, mientras estabas en México, yo extrañaba tu compañía y la de tu hija la Chatita, las tardes en tu casa parisina de Víctor Hugo 199 y el té de las seis. Cuando cerraba los ojos, en ese extraño espacio entre el sueño y la vigilia, creía verte y oírte. Despertaba con el pecho turgente por la congoja de estar sin ti. Alguna vez me reprochaste mis lágrimas fáciles, pero, aunque me habría gustado que tuvieras razón, estabas equivocada. En realidad parecía que mis ojos se habían secado como, según dijiste más tarde, se secó tu amor por mí.

A partir de 1968 las cosas se complicaron en tu país. Te acusaron de instigadora y envenenaron a tres de tus gatos: Humitos, Juan Lamas y Conradino. Después, cuando emigraste, como no querías que Anamaría, Lafitte, Maxi y Tomi se quedaran en tu país por miedo a que también les hicieran algo, entonces acudiste a mí. Recuerdo tus palabras precisas: «Adolfito, es el momento de que te pida un favor muy delicado al que no puedes negarte», me dijiste. El favor consistía en recibir en mi departamento a tus cuatro «bichitos», los que enviarías en un avión a mi ciudad.

Me arrepiento de haber aceptado, pero no sé qué habría sido peor: si decirte que no, o lo que hice. Como tenía perros en mi departamento de Argentina, no pude mantener mucho tiempo a tus gatos allí, así que opté por llevarlos a una casa de campo para que anduvieran con mayor libertad. Nuestro amigo, el indiscreto Pepe, te contó sobre esto que nunca me perdonaste. Más tarde me enteré de algo que contabas a los cuatro vientos: a partir de entonces, era como si jamás me hubieses amado. Me dolió saber esto porque yo, aun con todo, acepto que nunca quise a nadie como a ti, que «siempre has estado en la alcoba más preciosa de mi pecho», como dijo el indio enamorado que aparece en uno de tus cuentos.

Tu excentricidad, que me habría parecido encantadora de haberla vivido contigo, no era bien vista por la gente. Sé que te llamaban loca. Aunque me fui cinco años antes que tú, me enteré de todo lo que ocurrió contigo. Supe de tus conflictos políticos, de tus huidas con la Chata, de lo que pasó con Octavio, de las decenas de gatos adueñándose de tu vida y de tu espacio, de los cigarros mentolados que a pesar de tu cáncer chupabas ansiosa con la boca desdentada.

Estoy aquí pensándote. Eso creo, al menos. A veces me he preguntado si soy no una simple alma en pena, sino un monstruoso fantasma de los celos de Octavio. Quién sabe. Él, tú, yo, y también Silvina, hemos muerto. Pero aun así te hablo y te quiero y te extraño. Lo que me queda es el grato recuerdo de nuestro tiempo juntos. Me calma pensar que en algún tiempo, en París, tú y yo andábamos huyendo. Y hoy te hablo a lo lejos y continúo mi fuga. Ahora escapo de la muerte mientras imagino, mi Elena, que te beso. Que recibes en tu calavera «un besito de Bioy»

31/10/2016 Fuente: Contratiempo MX

10 de agosto de 2016

Ricardo Piglia

Un personaje de La invasión, de Ricardo Piglia, recuerda su casa con los cuadros en las paredes, los muebles, los pisos encerados, y siente un vacío porque ahora en ella estaba todo menos él, y piensa:
La ausencia era eso. Un lugar que uno conoce y recuerda de memoria, como si fuera una foto, donde uno falta.

1 de julio de 2016

La risa...

La existencia transcurre entre dos abismos, Milan Kundera

Roth: En El libro de la risa y el olvido, sin embargo, hay otras cosas en juego. En una pequeña parábola, compara la risa de los ángeles con la risa del diablo. El diablo ríe porque el mundo de Dios no tiene sentido para él; los ángeles ríen de alegría porque en el mundo de Dios todo tiene su sentido.

Kundera: Sí, el hombre utiliza la misma manifestación fisiológica -la risa- para expresar dos actitudes metafísicas distintas. Si de pronto a alguien se le cae el sombrero encima del ataúd, en una tumba recién abierta, el entierro pierde todo su sentido y nace la risa. Dos enamorados corren por un prado, cogidos de la mano, riéndose. Su risa no tiene nada que ver con ningún chiste: es la risa seria de los ángeles cuando manifiestan su alegría de existir. Ambas modalidades de risa forman parte de los placeres de la vida, pero, llevados al extremo, también indican un apocalipsis dual: la risa entusiasta de los fanáticos-ángel, tan convencidos de su importancia en el mundo, que están dispuestos a colgar del cuello a todo el que no comparta su alegría. Y la otra risa, procedente del lado opuesto, la que proclama que nada tiene ya sentido. La existencia transcurre entre dos abismos: a un lado, el fanatismo; al otro, el escepticismo absoluto.

Conversación entre Philip Roth y Milan Kundera
Londres y Connecticut, 1980

Fuente | Calle del Orco Nov. 4, 2014

16 de mayo de 2016

La obra de Juan García Ponce

El Sitio de Juan García Ponce, estrena diseño. Además, se están actualizando los contenidos: habrá muchas publicaciones más en todas las secciones. Les comparto los más recientes:

1. Las lecturas de Carlos Martín Briceño, sobre algunas obras del escritor: Juan García Ponce o la supremacía del erotismo.

2. El ensayo de Juan Antonio Rosado: El nombre olvidado o la identidad asumida.
.
3. Y quien desee leer el libro Homenaje a Juan García Ponce. Imagen Primera y La noche cincuenta años después, ya pueden hacerlo: Libro para descargar.

3 de abril de 2016

Imre Kertész, testimonio del mal absoluto

En Sin destino, Imre Kertész describe con tanta precisión la llegada a Auschwitz. Ese relato no es sólo uno de los pasajes cumbres de su obra, sino de toda la literatura del siglo XX: la confusión, las diferentes lenguas, la presencia de los SS, que se pasean aparentemente despreocupados, aunque supervisan la selección en la que se decide la muerte inmediata en las cámaras de gas o retrasada por el trabajo. Al bajar del vagón, un preso le pregunta si habla ídish -el dialecto de los judíos de Europa Oriental, cercano al alemán-, mientras que él esperaba poder entenderse en hebreo. Gracias a sus conocimientos de alemán, descubre que los presos quieren saber su edad. Cuando responde que tiene 15 años, le ruegan que diga que son 16. Seguramente esa conversación en medio del caos en una lengua que ni siquiera comprendía bien le salvó la vida.
 
Imre Kertész: el Nobel que logró dar testimonio del mal absoluto

El premio Nobel de Literatura húngaro Imre Kertész, superviviente de Auschwitz, murió ayer, a los 86 años, en su ciudad natal, Budapest. Su obra, sobre todo su novela Sin destino (Acantilado), que tardó 13 años en escribir y publicó en 1975, ofrece desde el punto de vista literario y testimonial una ventana única para observar el acontecimiento que define el siglo XX: el Holocausto.

Kertész era un muchacho de 15 años cuando fue deportado, en 1944, por la policía húngara al campo de exterminio alemán de Auschwitz, en Polonia. Cuando regresó a Hungría, halló el departamento de sus padres ocupado por extraños y se dio cuenta de que estaba totalmente solo, que toda su familia había sido engullida por la máquina de asesinar nazi.

Esa sensación de soledad ante el horror se encuentra en el corazón de la obra de Kertész, que recibió el premio Nobel de Literatura en 2002. Fiasco, Kaddish para un hijo no nacido, Liquidación o sus diarios, La última posada, cuya publicación tiene prevista en breve Acantilado, forman una obra no demasiado abundante, pero cuya intensidad, sabiduría y lucidez la convierten en uno de los monumentos literarios del siglo XX.

Kertész arrastra al lector a los recovecos del sistema de exterminio nazi sin usar apenas adjetivos, con unas descripciones precisas que se quedan grabadas en la memoria. Sus textos atrapan por su belleza literaria y por el espeluznante mundo que describen, por la forma en que nos obligan a reflexionar sobre el mal absoluto.

Kertész, que padecía Parkinson y había anunciado que dejaba la literatura, había regresado a Hungría en 2013, tras vivir durante años en Alemania, y se mostraba tremendamente crítico de la deriva autoritaria que padece su país con el gobierno de Viktor Orban. "Allí campan por sus fueros los antisemitas y la ultraderecha", dijo en una entrevista con este diario hecha por Adan Kovacsics, uno de sus traductores al castellano.

En aquella entrevista, de 2013, hablaba de un acontecimiento trascendental que ha marcado el final de su vida: la desaparición de los testigos, la conciencia de que su voz es una de las últimas que podrán contar en primera persona el Holocausto.

El escritor, como Elie Wiesel, otro judío húngaro deportado a Auschwitz, premio Nobel de la Paz, o Primo Levi, el químico italiano que sobrevivió a los campos y que acabó suicidándose, era consciente de que la importancia de su literatura iba más allá de las palabras, que debía ocupar un rol esencial en la sociedad.

La esencia de mi obra consiste en trasladar lo ocurrido a una dimensión espiritual. Que quede en la conciencia, aunque ahora lo veo con menos optimismo que hace unos años. El Holocausto es el hundimiento universal de todos los valores de la civilización y una sociedad no puede permitir que se repita, que vuelva a presentarse una situación parecida. Pero la crisis económica, una crisis así, dio pie a la llegada de Hitler al poder. Por tanto, deberían sonar todas las alarmas. Pero no suenan. Lo cual quiere decir que el Holocausto no está presente en la conciencia de los políticos europeos, había señalado.

Sin destino, su obra magna, relata su vida con la estrella amarilla en el pecho en Budapest, su deportación a Auschwitz, el campo de trabajo y de exterminio en el que fueron asesinadas unas 1,1 millones de personas, su supervivencia a las marchas de la muerte tras el cierre del campo ante el avance soviético, su traslado a Buchenwald y su regreso a Hungría, donde se enfrentaría a un nuevo horror: la dictadura estalinista.

Cerca de la mitad de los judíos enviados a Auschwitz eran húngaros, unos 450.000, lo que demuestra la demencia asesina del régimen de Hitler, porque muchas de estas deportaciones se produjeron en 1944, con la guerra ya perdida. Ése es el escenario del horror industrial en el que transcurre el film El hijo de Saúl, que ganó este año el Oscar a la mejor película de habla no inglesa y que está influido por la obra de Kertész.

En una de las últimas entrevistas que concedió, publicada en Le Monde en enero de 2015, explicaba que el momento crucial, en el que todo se decidía, eran "los primeros 20 minutos de la llegada al campo". Por eso, en Sin destino describe con tanta precisión la llegada a Auschwitz. Ese relato no es sólo uno de los pasajes cumbres de su obra, sino de toda la literatura del siglo XX: la confusión, las diferentes lenguas, la presencia de los SS, que se pasean aparentemente despreocupados, aunque supervisan la selección en la que se decide la muerte inmediata en las cámaras de gas o retrasada por el trabajo. Al bajar del vagón, un preso le pregunta si habla ídish -el dialecto de los judíos de Europa Oriental, cercano al alemán-, mientras que él esperaba poder entenderse en hebreo. Gracias a sus conocimientos de alemán, descubre que los presos quieren saber su edad. Cuando responde que tiene 15 años, le ruegan que diga que son 16. Seguramente esa conversación en medio del caos en una lengua que ni siquiera comprendía bien le salvó la vida.

Su obra va más allá de la esperanza. Es un inmenso relato de la capacidad de supervivencia de los seres humanos, de la recomposición de la moralidad basada en la conciencia de que cualquier horror es posible. En Sin destino escribe: Tuve que reconocerlo: nunca habría podido explicar ciertas cosas de una manera exacta si me hubiera valido solamente de la esperanza, la norma, la razón, esto es, la lógica de las cosas y de la vida, por lo menos según mi experiencia vital.

Fuente | Guillermo Altares, La Nación, 1 de abril de 2016.