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9 de noviembre de 2018

Juan García Ponce y el 68

Juan García Ponce y el 68

En La invitación, novela publicada cuatro años después del Movimiento estudiantil de 1968, García Ponce armoniza asuntos iniciáticos y eróticos con la conciencia política del protagonista.

Juan Antonio Rosado

El Movimiento estudiantil que comenzó en julio de 1968 constituyó una transformación en la historia urbana y política de México y dio lugar a una serie de obras literarias que tratan sobre los jóvenes de la época y su relación con el movimiento y con el poder. Esta literatura incluye aspectos como la protesta callejera, la militancia política, las manifestaciones que se consideraron subversivas y que desembocaron en la masacre del 2 de octubre.

Durante el Movimiento, un escritor cuya temática fue preponderantemente erótica e intimista, Juan García Ponce, escribe tres textos sobre el 68: “La nacionalidad de las ideas”, “El subreino de la ilegalidad” y “El escritor como ausente”. En el segundo, fechado el 18 de septiembre de 1968, denuncia que el imperio de la ilegalidad rige al país. En esa época, unos policías lo detuvieron a las afueras de un conocido periódico porque lo “confundieron” con Marcelino Perelló, líder del Movimiento, que andaba en silla de ruedas, al igual que García Ponce, quien afirma: “Un policía me puso la pistola en el estómago. Me dijo: ¡Párese hijo de la chingada! Le respondí: me encantaría, pero no puedo”, experiencia que, con variantes, narra en su novela La invitación (1972), una de sus mejores obras, en la que armoniza con gran fortuna el tema mítico-iniciático con el político; el erótico-intimista con el realista; el problema de la identidad y de la “resurrección” tras una larga enfermedad con el ámbito de lo sagrado y de la transgresión.

Es sintomático que en uno de los mencionados artículos, el escritor afirme: “Yo preferí vivir en el espacio de la imaginación. Las obsesiones eran más fuertes que los ofrecimientos del mundo”. De esto trata La invitación: una realidad absurda contra la libertad de la imaginación, contra la intimidad, contra el erotismo, contra el mundo sagrado de la fiesta y la celebración. R., el personaje, después del infierno de su enfermedad, es invitado por Mateo Arturo al departamento de sus papás. Al llegar al edificio, R. sube las escaleras hacia el paraíso: en el departamento lo recibe nada menos que Beatrice, pero no la figura cristiana, sino una sensual diosa pagana, abierta, que vive en el mundo sagrado y transgrede el orden matrimonial: experimenta la plenitud del erotismo. Una vez afirmó García Ponce que “si la Beatriz de Dante es la posibilidad de coherencia absoluta del mundo para Dante, mi Beatrice es la posibilidad absoluta de la coherencia del mundo para el personaje de La invitación”. Pero la Beatrice de García Ponce no habla español, lo que acentúa la ambigüedad: ¿es esposa de Mateo o es una mujer imaginaria, una creación de los deseos de R.? Como las divinidades paganas, Beatrice se ha convertido “en todas las posibilidades” gracias al deseo de R., que no sólo es ubicuo e ilimitado: es intensidad impersonal que se mueve en la intimidad y llega a anular lo negativo de la realidad.

Tras esta iniciación en el Paraíso después de su enfermedad, R. desciende al purgatorio citadino, donde las sirenas en las calles —como las de la Odisea— impiden o retardan la realización del amor, y resultan ser “siniestros avisos cuyo oprobio hacía imposible la realidad del amor”. Odiseo por fin se reúne con Penélope, pero R. es arrestado como sospechoso y llevado a los separos, al igual que García Ponce (aquí tiene injerencia la nota autobiográfica mencionada al principio). Los separos son, en La invitación, un auténtico descenso a los infiernos. Esta nueva iniciación produce otra metamorfosis en el personaje. Al salir, ya es otro: adquiere conciencia social y política: se ubica más en la realidad. Visita de nuevo a la diosa pagana, a Beatrice, pero al llegar al departamento, ya el “paganismo” ha sido eliminado por el cristianismo: R. se encuentra nada menos que con la Santísima Trinidad: Mateo Arturo, su papá y su mamá: “Las tres figuras se habían olvidado por completo de R.”, y más adelante: “Al cerrar la puerta del departamento, R. dejó atrás la risa y el llanto, pero los grotescos movimientos de las tres figuras que actuaban la ridícula escena, la asquerosa complicidad y el odio, pesaban sobre el súbito silencio de la tarde”. Como al final de la Comedia de Dante, cuando el protagonista tiene la visión de la Trinidad, R. —en La invitación— experimenta el desconcierto, pero no por la belleza, sino por la fealdad. Ha vencido la realidad a la imaginación y, sin embargo, el autor se cuida de recalcar la ambigüedad: hay muchos elementos que demuestran que Beatrice existió, pero hay otros que no. ¿Existió Beatrice? Este manejo de la ambigüedad es tan magistral como el que hace Roman Polanski en su película El bebé de Rosemary, donde todo lo ocurrido pudo haber sido imaginado por una histérica embarazada. Cada lector, cada espectador se quedará con su versión. Lo cierto es que, a diferencia de casi el total corpus narrativo de Juan García Ponce, La invitación, una de las mejores novelas del 68, es pesimista. Sólo la exterioridad —la masacre perpetrada por el ejército en la extensa novela Crónica de la intervención (1982), o la retención de R. por los militares—, puede apaciguar la intimidad, clausurar el orden imaginario de los personajes y apagar con violencia las reacciones en cadena del deseo.

Confabulario
Octubre 6, 2018

25 de abril de 2017

Juan García Ponce

El próximo viernes 28 de abril, es la inauguración de la exposición "El placer de la mirada de Juan García Ponce", la cual recopila a través de objetos personales, fotografías, libros y material multimedia la vida del autor que tomó parte en la redefinición del arte en México durante la segunda mitad del siglo XX. Entrada libre.

¡Hay que asistir!

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16 de mayo de 2016

La obra de Juan García Ponce

El Sitio de Juan García Ponce, estrena diseño. Además, se están actualizando los contenidos: habrá muchas publicaciones más en todas las secciones. Les comparto los más recientes:

1. Las lecturas de Carlos Martín Briceño, sobre algunas obras del escritor: Juan García Ponce o la supremacía del erotismo.

2. El ensayo de Juan Antonio Rosado: El nombre olvidado o la identidad asumida.
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3. Y quien desee leer el libro Homenaje a Juan García Ponce. Imagen Primera y La noche cincuenta años después, ya pueden hacerlo: Libro para descargar.

25 de enero de 2016

Inés Arredondo y García Ponce

Inés Arredondo y Juan García Ponce
Huberto Batis
Confabulario
23 de enero, 2016

Hasta 1963 Tomás Segovia dirigió la Revista Mexicana de Literatura junto con Antonio Alatorre. El Consejo de Redacción se reunía en la casa de Inés y Tomás. Ella preparaba café y galletitas para los invitados, pero un día no llegó nadie. Era un desastre y en ese estado le dejó Tomás la revista a Juan García Ponce porque se fue a trabajar a la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio (ALALC) en Uruguay. Inés y Tomás se llevaron a sus tres hijos: Inés, Ana y Francisco. Ella entró a trabajar allí como secretaria y él como intérprete porque dominaba el francés desde niño cuando vivió en los campos de refugiados españoles en Francia y África.

En Uruguay Inés se planteó muy pronto la necesidad de divorciarse porque Tomás era muy enamoradizo ˗o como se dice, era un conquistador irredento˗. Ya estaba advertido por Inés de que no le toleraría más y habían decidido irse a Uruguay para salir de varios líos que tenía Tomás en México. En Uruguay volvió a presentarse la misma situación y se separaron definitivamente.

Entonces García Ponce empezó a dirigir la Revista Mexicana de Literatura con un Consejo de Redacción amplio en el que estaban Inés Arredondo, que acababa de regresar de Uruguay, Jorge Ibargüengoitia, Juan Vicente Melo, Gabriel Zaid, Rita Murúa y otros, entre ellos yo mismo.

Cuando entré a la revista, Inés tenía sus dudas, pero después nos hicimos íntimos. Ella estaba divorciada de Tomás y mi mujer, Estela Muñoz, estaba en París. Yo me sentía libre de hacer y deshacer mi vida, y deshice mi vida a su regreso. Un día, mi mujer le preguntó a Inés cuáles eran sus intenciones conmigo. Ella le contestó que no tenía ningún plan porque estaba enferma, que no deseaba deshacer un hogar con hijos, y porque ella no era una destructora de matrimonios. Mi esposa no estuvo contenta con esa respuesta y me preguntó qué planes tenía yo. Le dije: “Los planes que tú tengas”. Y me respondió que su plan era que me fuera de la casa que teníamos en Tlalpan. Ya me tenía preparada la maleta. Tuvimos una escena con las niñas llorando porque se iba su papá, ellas agarradas de mí, su madre y yo discutiendo, ella echándome de la casa con mis maletas.

Me fui a casa de Inés. “Ya llegué”, le dije. Ella me respondió: “¿A qué vienes? Tú no vas a vivir aquí. Fui clara contigo. No vas a ser mi pareja”. Pero como ese día no tenía dónde dormir ni dinero para pagar un hotel, Inés me dejó dormir en la cama de su hijo Francisco. Ahí pasé la primera noche de mi separación.

Al día siguiente un amigo mío, Vicente Alverde “el Poeta del Alba”, me ayudó a conseguir un departamento en un edificio que estaba en la esquina de Mariano Escobedo y Euler. No sé cómo pude pagarlo. No tenía muebles, nada. Empecé desde cero. Pronto me conseguí un colchón en el suelo y algunos muebles para acomodar la ropa.

Tiempo después le dejé mi departamento a Juan Vicente Melo porque mi ex mujer me había dejado la casa de Tlalpan. Dijo que no le gustaba la lejanía y se fue a vivir a otro lado. Entró a trabajar a la Dirección de Cinematografía, donde se hizo de amigos y llegó a ser secretaria del director, Hiram García Borja. Después fue secretaria de Mario Moya Palencia, secretario de Gobernación del presidente Luis Echeverría.

Una mañana salí de mi casa y cuando regresé no había nada. Se había llevado todo en camiones del Ejército, ayudada por soldados que le prestaron de la Secretaría de Gobernación. Se llevó los muebles. Arrasó con todo. ¿Cómo luchas contra Gobernación?

Antes, durante el sexenio de Díaz Ordaz, me habían querido quitar la chamba de director de la Revista de Bellas Artes. Sabíamos que en las oficinas de Agustín Yáñez, secretario de Educación, y de José Luis Martínez, director de Bellas Artes, había micrófonos. Decíamos: “No digas nada. Vámonos a otra parte”, y nos salíamos a caminar a otro lado para hablar de nuestras cosas.

En una ocasión, Yañez me dio una carta que le habían dirigido. Decía: “Usted tiene a un enemigo de la República dirigiendo la Revista de Bellas Artes”, estaba firmada por Emilio Martínez Manatú, secretario de la Presidencia. Yáñez me dijo: “Tienes que irte del país. Puedo proponerte como agregado cultural en Chile o en Suiza”. Días después me dijo que el secretario de Relaciones Exteriores, Jaime Torres Bodet, me había rechazado. Resulta que yo había escrito una reseña de su breviario del Fondo de Cultura Económica sobre Balzac y Fernando Benítez en La Cultura en México lo cabeceó “El Balzac de un burócrata”. Don Jaime me había dado la espalda en una reunión de la casa Empresas Editoriales, que era de Martín Luis Guzmán y Rafael Giménez Siles, indignado por mi reseña, según yo elogiosa.

Eso me salvó del golpe al presidente Salvador Allende en la embajada de Gonzalo Martínez Corbalá y de las apacibles praderas de “lucias” (como las llamaba Julio Torri) vacas suizas. La respuesta de Yáñez a Martínez Manatú fue oficial: “Recibí su atenta carta del tal y cual fecha…” Esos sucesos me advirtieron que debía mantener un bajo perfil para no estar en la mira del gorilato de Gustavo Díaz Ordaz.

Por aquellos días aciagos del 68 Juan García Ponce había llevado un artículo a Excélsior y Julio Scherer le dijo que no lo podía publicar. A la salida empujaban su silla Nancy Cárdenas y Héctor Valdés y fueron detenidos en pleno Paseo de la Reforma. Los esbirros le decían a Juan que caminara, que no fuera farsante, a lo que él contestaba: “Ojalá pudiera. Me encantaría no sólo caminar, sino correr y bailar”. Lo levantaban y lo soltaban y Juan caía al suelo. Scherer, al enterarse que fueron apresados, le llamó al subsecretario de Gobernación, Mario Moya Palencia, quien puso en libertad a Juan y a sus acompañantes.

¿Qué pasó con Inés y con toda la generación de la Revista Mexicana de Literatura que renunciamos en apoyo de Juan Vicente Melo? Inés Arredondo y yo logramos reingresar a la UNAM a través de Ricardo Guerra, que nos mandó al CCH Azcapotzalco. Ahí nos tocó una época nefasta durante el sexenio de Luis Echeverría: “El Halconazo”.

Cuando murió Inés Arredondo me hablaron muy temprano Juan José Gurrola y Guillermo Sheridan. Me dieron la noticia que habían escuchado en Radio UNAM. Fui al sepelio de Inés. La enterraron en el panteón Jardines del Recuerdo, en el Estado de México.

Antes de morir quiso verme. Era de Culiacán, Sinaloa, y le habían traído lichis y mangos. Ella describe en un cuento cómo comía los mangos, cómo le corría el jugo por el brazo. Así los comimos.

13 de enero de 2016

Recuerdos literarios, años 60

Luego de nuestra polémica por la crítica que hizo a Cuadernos del Viento, Juan Vicente Melo me recibió con efusividad amistosa en la Revista Mexicana de Literatura, que dirigía Juan García Ponce con un Consejo de Redacción en el que estaban Inés Arredondo, Jorge Ibargüengoitia, José de la Colina, Gabriel Zaid, Federico Álvarez, el mismo Melo y Rita Murúa como tesorera.

Cuando García Ponce me invitó a colaborar en la revista, Inés le preguntó: “¿Quién es Huberto Batis para entrar a la Redacción?” “Es gente bien”, le dijo. Ese era el adjetivo principal que tenían para calificar a alguien, que “era gente bien”. No que era bueno, sino “bien”. Inés tenía sus dudas. Fue tal su escrutinio que quiso conocerme más y al conocernos nos enamoramos.

Melo había estudiado Medicina en la UNAM. Su padre —que era un médico connotado en el puerto de Veracruz, donde tenía un hospital— lo envió a París para especializarse en medicina tropical. Pero allá a Melo le ganó la literatura. Dedicó su tiempo a leer, a escribir y a conocer artistas, entre ellos a Emil Ciorán, con quien mantuvo charlas largas. Aquí conocimos a Ciorán por las traducciones que hizo Esther Seligson. A su regreso empezó a trabajar en el hospital de su papá, pero buscó venirse a México con José Emilio Pacheco, quien se lo llevó a Difusión Cultural con Jaime García Terrés.

En 1962, Juan Vicente Melo comenzó a dirigir la Casa del Lago, que se volvió un éxito por la cantidad de público que asistía todos los días. Al principio la Casa del Lago era un club de ajedrez que había iniciado Juan José Arreola en el Bosque de Chapultepec a las sombra de los árboles. Luego empezó a declamar poemas y formó un grupo que declamaba en coro: se llamó Poesía en Voz Alta. Iban por toda la Universidad y las Preparatorias ofreciendo espectáculos. Luego se les ocurrió hacer obras de teatro clásico. Solían representarlas en los jardines de la UNAM y pronto les empezaron a prestar los auditorios de las Facultades.

El éxito de la Casa del Lago aumentó cuando comenzaron a hacerse conciertos con la Orquesta Filarmónica de la UNAM. Melo, como buen amante de la música, asistía a todos los conciertos y escribía reseñas críticas. Era muy amigo de Eduardo Mata, que era un compositor joven. Luego empezaron a poner obras de teatro con Juan José Gurrola. Por ahí estaba también Antonio Alatorre y su mujer, Margit Frenk, Enrique Alatorre y su esposa, Yolanda Iris, además de un amigo de ellos, el compositor Joaquín Gutiérrez Heras, Quinos, que también hacia música de películas.

Gurrola triunfó en la Casa del Lago cuando puso obras de Robert Musil y Pierre Klossowski, que García Ponce le ayudaba a concebir para ponerlas en escena. Cuando montaron Roberta esta tarde, de Klossowski había una escena para la que pusieron un cajón grande de madera en el patio de la Casa del Lago. Los espectadores teníamos que ver lo que pasaba dentro por unos agujeros. Adentro había espejos y ahí se reflejaban los actores, entre ellos la vedette Fuensanta Zertuche y las escenas eran subidas de tono. Por eso eligieron que se les viera así. Las escenas eran en un baño, en el que aparecía un gigante y un enano que le ponía un anillo en el clítoris a Fuensanta. Era una escena brutal.

Recuerdo haberme disputado con Ramón Xirau un sitio para ver. “Déjame ver a mí”. “Ahora a mí”. Ahí estábamos agachados espiando por un agujerito.

Luego Gurrola hizo la película Tajimara a partir de un cuento de García Ponce. Ambos la dirigieron, sobre todo Gurrola. Éramos los cuatro Juanes: Juan Vicente Melo, Juan José Gurrola, Juan García Ponce y yo, Juan Huberto, un Juan honorario.

En 1967, a Melo se le planteó un problema en la Universidad. Un día me habló y me dijo que estaba “detenido” en la Dirección Jurídica de la UNAM. Le dije: “¿Cómo ‘detenido’? Si eres el director de la Casa del Lago”. Me respondió: “Por eso. Me acusan de ladrón, de borracho, de homosexual, de sospechoso del asesinato de Albice Querel”. También lo acusaban de haber violado a un jardinero, un hombre grandote y fuerte. Melo era chiquito.

Albice Querel era un estudiante italiano que había venido a la Facultad de Filosofía a estudiar el arte mexicano en el Colegio de Historia. Su padre era una persona importante en Italia. A Albice lo mataron en la casa de Héctor Valdés, compañero mío de la Facultad que por entonces estaba en Montpellier, pero le había prestado la casa a Albice. No sé cuánto estuvo detenido Melo. El caso es que él figuraba en el carnet de direcciones de Albice Querel. Nunca se supo quién lo mató.

La persecución había empezado con García Ponce en la Revista de la Universidad. Gastón García Cantú, director de Difusión Cultural, le dijo: “¿Usted por qué se está desperdiciando aquí? Váyase a escribir a su casa”. Y después lo acusó de que no venía nunca. A José de la Colina lo acusó de estar agazapado en su escritorio. García Cantú publicó en la revista Siempre! algo que nunca debió haber escrito: que Melo era sospechoso del asesinato de Querel y que cómo la UNAM iba a tener de funcionario a un borracho, ladrón y, además, sospechoso de asesinato. Luego se iba a arrepentir de eso y de atacar a Juan Rulfo y a Carlos Fuentes por asistir a las reuniones del PRI. A Rulfo lo acusó de ir en busca de la torta, cachucha, camiseta y el refresco que regalaban en los mitines. Cuando Benítez vio que García Cantú atacaba a Rulfo y a Fuentes, cayó de su gracia.

Todo eso era una locura, una invención de García Cantú, a quien le llegaron rumores de las “pachangas” que organizábamos en la Casa del Lago en las exposiciones de las 7 de la noche, en las que nos quedábamos un grupo que llamábamos “familiar”. La pasábamos muy bien bebiendo en el coctel. Las empresas vinateras mandan gratis cajas de botellas de sus productos a los cocteles culturales como propaganda. Melo tenía en la bodega varias cajas, nos la seguíamos en las casas de Gurrola y Melo. Ellos vivían puerta con puerta en el conjunto de departamentos conocido como Peyton Place en la calle de Mazatlán de la colonia Condesa. Las fiestas eran en uno o en los dos departamentos al mismo tiempo, según como estaba el ambiente. Esas fiestas familiares eran tumultuosas. Puede decirse que bebíamos como cosacos. Nos la pasábamos muy bien con nuestras mujeres y la mirada reprobatoria de algunos compañeros, como el pintor Vicente Rojo y su mujer, Albita Cama, o como Federico Álvarez y su mujer, Helena Aub. Ellos bebían leche mientras nosotros bebíamos ron o vodka. Decían que cómo podíamos destruirnos la vida así. Ahí se la vivía todo mundo: las hermanas Pecanins, la actriz Pilar Pellicer, Pixie Hopkin y Martha Verduzco. García Ponce vivía muy cerca, en un edificio de la calle de Sonora, por el Parque México, sus fiestas eran épicas y elitistas.

Alarmado por Melo, fui a ver al rector Barros Sierra. Le dije lo que estaba ocurriendo, una cacería de brujas, que estaban persiguiendo a Melo. El hermano del rector era crítico de música y cuando le dije que Melo era un escritor muy bueno dijo: “Mi hermano dice que es muy mal crítico de música. ¿Pero es cierto que se emborrachan?” Le respondí que en nuestras casas, que empezábamos en la Casa del Lago pero la seguíamos en nuestros domicilios.

¿Qué clase de “puritano” era García Cantú quien logró que no se pudiera beber en la UNAM (hasta la fecha)? Instaló la ley seca, hizo una redada. Abrió nuestros cajones de los escritorios y todas las botellas que encontró las reunió frente a la Rectoría para que vieran que la campaña había sido un éxito.

En la casa de Inés Arredondo, Juan García Ponce y el grupo de la Revista Mexicana de Literatura decidió renunciar cuando Melo fue detenido y acusado. La gente hizo burla de eso. Nos llamaban bonzos porque “nos quemábamos solos”. Ricardo Guerra, director de la Facultad de Filosofía y Letras y esposo de Rosario Castellanos, me dijo que yo había hecho una Batirrenuncia.

Me había unido al grupo y le dije al Rector: “Voy a renunciar con ellos. Aquí tiene mi renuncia”. Me respondió que me los llevara a trabajar a la Imprenta. Cuando se los propuse me dijeron: “No. Vamos a renunciar todos”. Renuncié con ellos y le dije al rector que había fracasado la idea. Todos querían irse.

La renuncia de García Ponce se publicó en La Cultura en México. Benítez, el director de este suplemento de la revista Siempre!, puso una leyenda que decía: “Estoy en total desacuerdo con los insultos de García Ponce a mi colaborador y gran amigo García Cantú”, pero la publicó por la libertad de prensa. ¿Cuándo se ha visto eso? Que la misma publicación desautorice a un escritor de su propio suplemento.

A mí me quedaba un trabajo en El Heraldo de México como coordinador del suplemento de Luis Spota, que hacía junto con José de la Colina. Le pedí a Spota que publicara mi renuncia. Me dijo: “Yo no te la puedo publicar, pero publícala tú. Cuando yo no esté, la metes en el material y le buscas un lugar en el suplemento. Le dices a la capturista que ahí va a ir eso”. Así le hice y me corrió. Spota dijo en El Heraldo que había publicado esa renuncia a sus espaldas. Luego me dijeron que Spota le había mostrado a Barros Sierra mi renuncia antes de que yo la publicara. El Rector le dijo: “Publíquela. Yo ya la tengo aquí en mi escritorio”. Otra cosa que hizo Barros Sierra fue enseñarme luego una carta de recomendación del mismísimo García Cantú recomendándome como director de Publicaciones de la UNAM. ¡Justo al puesto al que estaba renunciando!

Yo dejé el departamento que ocupaba en la esquina de Euler y Mariano Escobedo y Melo se quedó ahí un tiempo. Tomás Segovia, que había entrado como intérprete de la Olimpiada Cultural, nos consiguió trabajo ahí. Nos llamaron a la Coordinación Editorial del Comité Organizador de los XIX Juegos Olímpicos. Nos pagaban muchísimo, mil dólares, que equivalía entonces a siete mil pesos mensuales. Melo escribía de deportes, García Ponce de temas culturales. También hizo libros sobre la literatura mexicana de la época y la anterior, y sobre historia de nuestra literatura “para extranjeros”. Eran boletines que se publicaban en inglés, francés y español, que se mandaban a todos los países.

Melo estaba escribiendo su novela La obediencia nocturna, que me dedicó en agradecimiento a que había renunciado a mi puesto en la UNAM en su defensa, y a que había hablado con el Rector en la suya. García Ponce me dedicó el libro Desconsideraciones. Después Melo se fue a Veracruz y después a Xalapa para estar cerca de la Universidad Veracruzana. Llevó una vida muy difícil. Murió en 1996.

Fuente: "La casa del lago: Gastón García Cantú versus Juan Vicente Melo"
Por Huberto Batis
Confabulario, Suplemento cultural, El Universal
Enero 9, 2016

27 de noviembre de 2015

Homenaje a Juan García Ponce

En el marco del Primer Encuentro Literario del Sureste (organizado por Red Literaria del Sureste, del 25 al 28 de noviembre de 2015), se llevaron a cabo las “Terceras Jornadas Garciaponcianas”. Por tal motivo, se presentó el libro que coordiné: Homenaje a Juan García Ponce. Imagen Primera y La Noche cincuenta años después.
 

 
 
Texto de la presentación del libro realizado por Jorge Mantilla Gutiérrez, profesor de la Universidad Autónoma de Yucatán y publicado en el Diario Por Esto! el 26 de noviembre de 2015, Mérida, Yucatán:

“A propósito del libro Homenaje a Juan García Ponce”
 
El libro Homenaje a Juan García Ponce. Imagen Primera y La Noche cincuenta años después (2015), coordinado por la Dra. Magda Díaz y Morales y publicado por el Instituto Veracruzano de la Cultura (IVEC) y el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (CONACULTA), significa, en principio, la interacción de un buen número de investigadores conocedores y estudiosos de la obra del escritor yucateco Juan García Ponce, nacido en Mérida en 1932. El libro tiene el propósito de celebrar los cincuenta años de la publicación de las dos primeras obras de García Ponce Imagen Primera y La Noche.

De inicio, veo dos importantes aspectos que quiero señalar antes de entrar a la obra. El homenaje me parece que también es para Magda Díaz y Morales, investigadora de la Universidad Veracruzana, quien coordina el libro, pues ella es, podríamos decir sin exagerar, la más importante estudiosa de la obra, el pensamiento y la vida de Juan García Ponce como lo demuestra su libro de tan grata lectura El erotismo perverso de Juan García Ponce: lenguaje y silencio, con prólogo de José Luis Martínez Suárez y publicado por la Editorial de la Universidad Veracruzana. Sin duda, el estudio de Magda es el más completo de la obra de García Ponce y por eso veo en el libro que coordina una humildad propia de la sabiduría y del decoro.

 
Ricardo E. Tatto (centro, Coordinador del evento) y Jorge Mantilla Gutiérrez.
Presentación, Mérida, Yucatán
Por otra parte, me parece significativa la variedad de investigadores e instituciones que confluyen en esta obra, lo que nos indica la vigencia de García Ponce en la discusión académica y la capacidad de Magda para convocar a tan distinguidos personajes y ponerlos a trabajar en torno a la obra de García Ponce. De tal forma el libro, producto final, concluido, es también una suerte de provocaciones teóricas y metodologías fabulosas.

El libro está compuesto de diez capítulos que se enfilan en profundidad y en densidad analítica, la portada, muy hermosa, es de Sergio Astorga, [un pintor mexicano radicado en Porto, Portugal]. El libro contiene adicionalmente una plaqueta suelta [un cuadernillo] con los dibujos preparados para el homenaje a García Ponce, de la autoría del reconocido artista plástico Sergio Astorga. Sus dibujos son tan inquietantes como la obra de García Ponce.

Homenaje a Juan García Ponce. Imagen Primera y La Noche cincuenta años después, presentado recientemente en Xalapa, Veracruz, no tiene desperdicio alguno. Desde la presentación Magda Díaz nos ubica en la geografía intelectual y la temporalidad socio-cultural en la que el pensamiento de García Ponce reclama su sonoridad. Dice Magda Díaz: “… Fue el tiempo de la música de protesta, de dinamismos estudiantiles, del movimiento hippie, de cambio de estructuras sociales. Varios sucesos que le dieron una expresión nueva al país. En el ámbito literario es cuando vemos surgir a Juan García Ponce, un escritor que busca nuevos caminos estéticos, dejar atrás las tendencias nacionalistas al asumir un progresivo distanciamiento con los patrones realistas imperantes”.

Los capítulos son “Juan García Ponce en La Noche e Imagen Primera: una aproximación”, de Isaac Magaña G. Cantón; “Los órdenes del mundo en “Feria al anochecer”, de Claudia Chibici-Revneanu y Gonzalo Soltero; “La actualidad del cuento ‘El café’ cincuenta años después. Una aproximación intelectual”, de Liviu Lutas; “Tiempo, historia y pasión en “Después de la cita”, de Alfredo Tenoch Cid Jurado; “El arte de la vida cotidiana a partir de la revisión del cuento “cariátides” de Juan García Ponce”, de Asmara Gay; “Vida y literatura en ‘Reunión de familia’ ”, de Alfredo Pavón; “Imágenes ardientes, intolerantes en torno a “Imagen primera”, de Iván Ruiz; “La búsqueda de la individualidad dentro del paisaje de la vida del otro. Del amor al caos: en caso del cuento ‘Amelia’ de Juan García Ponce”, de Cecilia Eudave; “Tajimara”, de Magda Díaz y Morales, y por último “Los placeres de la ambigüedad en ‘La noche’ de Juan García Ponce”, de Juan Antonio Rosado Zacarías. El orden, aclara Magda Díaz en la presentación, está dado por el orden en que aparecieron los cuentos en los libros.

Quiero hacer referencia específicamente a dos trabajos únicamente, con el ánimo de que sean los lectores quienes sientan el placer de la lectura. Me referiré al ensayo de Isaac Magaña Gcantón de la Facultad de Filosofía y “La actualidad del cuento ‘El café’ cincuenta años después. Una aproximación intelectual” de Liviu Lutas.




Isaac Magaña Gcantón en el capítulo “Juan García Ponce en La Noche e Imagen Primera: una aproximación”, llevando de la mano al lector, arrojando información importante para quienes quieran iniciarse o se estén iniciando en la lectura de la obra de García Ponce, curiosamente tan poco leída y estudiada en Yucatán. Documentado en fuentes directas, como la Autobiografía precoz del autor, nos deja ver con claridad un elemento fundamental; como dice Isaac Magaña “La obra de arte es un objeto privado, le pertenece al autor, quien se ha vaciado en él para darle vida, dotarlo de identidad, lo ha ´llenado de corazón´, como escribiría Huidobro”. De tal forma, como García Ponce afirma, “el escritor no existe, existen los libros” y en ellos literalmente el autor se encuentra baseado porque el acto, la creación “… devora a su creador haciéndolo participar de su realidad pero también existiendo en la realidad del mundo que él habita”. De tal forma, afirma Issac Magaña, en García Ponce la vida y la obra no son ajenas, “se encuentran fundidas en una sola dirección…” con varias vías pero que conforman un todo de inquietudes, pasiones y deseos.

Dice Magaña Gcantón algo importante: “Juan García Ponce es sin duda, como se tratará de demostrar, un clásico hispánico del siglo XX, a quien no se le ha prestado la atención merecida y se le ha reducido, en algunos casos, al grado de pornógrafo”. Creo que este libro homenaje es un acierto también en ese sentido porque desde la crítica contemporánea se devela la profundidad del pensamiento de García Ponce y su incansable búsqueda estética. El primero que advirtió la sustancialidad de García Ponce fue Ángel Rama, como lo hace ver Magaña Gcantón, quien escribió en 1969 “Es hoy uno de los narradores jóvenes que importan en México y América Latina”, lo que comprueba también la tesis de Magda sobre el distanciamiento de esta generación del nacionalismo y del realismo de entonces en franca crisis.

En general, la obra Homenaje a García Ponce es versátil, de lectura ágil pero documentada, y lo que más recomendaría es el estudio meditado de las páginas que se suceden abarcando un importante número de temas, todos singularmente llevados a la profundidad y con una visión teórica bien clara.

Particularmente me interesó la lectura que del cuento “El café” hace el Dr. Liviu Lutas, académico de la Universidad de Växjo, Suecia. Él, desde la Teoría de la intermedialidad, hace un maravilloso ejercicio de literatura comparada entre dos variables de un mismo asunto, lo vivido y lo leído. Ciertamente, respecto de los autores/lectores escandinavos, por ejemplo, afirma que resulta mucho más interesante que encontrar las semejanzas e intertextualidades entre García Ponce y autores/lectores escandinavos, pues para ellos la atmósfera del cuento “El café” no es ajena a la Europa del Norte, de atmósfera oscura, fría, y la gente/personajes tan entregados a la soledad y la tristeza. Los escandinavos esperarían que el cuento “El café”, refiere Lutas, fuera el café de una ciudad súper poblada, de gente extrovertida y alegre, con mucho sol y, quizá, también algo de calor.

En apariencia todo podría ser tan fácil como quedarnos con esa impresión comparativa y pensar algo como que el cuento se desarrolla en México pero está mal ambientado, en una atmósfera que aparentemente no le corresponde. Sin embargo, Liviu Lutas desde su formidable lectura de “El café” nos demuestra que la lluvia se articula a elementos sémicos que pueden reflejar la soledad y la falta de comunicación de los personajes, hasta, dice Lutas, una connotación que podría aplicarse a todo el cuento. Esto es, para Liviu Lutas la lluvia es un elemento articulador también de la estructura compleja en el cuento. La lluvia es en realidad una bisagra o polea a través de la cual se mueven, interactúan, nacen y mueren. La lluvia funciona como un marco visual, refiere el profesor sueco, por su referencia al inicio y al final del cuento. Esta relación intermedial, inicio del cuento, inicio de la lluvia –fin del cuento. La lluvia se ubica físicamente al inicio y al final de la estructura del cuento, pertenece por tanto, anota Lutas, a la forma. Es una imagen primera, “lo que Magda Díaz y Morales llama con justedad “lenguaje original”.

El libro Homenaje a García Ponce. Imagen Primera y La Noche cincuenta años después, coordinado por Magda Díaz y Morales, es también una provocación para la reflexión teórica avanzada, como lo demostré en las líneas anteriores.

18 de mayo de 2015

Homenaje a Juan García Ponce: Reseña

Homenaje a Juan García Ponce
Juan Antonio Rosado
Siempre!

En 1994, cuando Juan García Ponce aún vivía, entre otras actividades, yo colaboraba con Armando Pereira para la futura realización del Diccionario de literatura mexicana, siglo XX. Esta obra contaría, entre otras muchas, con entradas como Generación del Medio Siglo, Casa del Lago, Revista Mexicana de Literatura y S.Nob, relacionadas todas con el escritor yucateco, en quien empecé a interesarme gracias a Pereira y a mi lectura de De Anima (1984), sobre la cual publicaría un ensayo en el suplemento Sábado, dirigido en esa época por mi admirado maestro Huberto Batis. Luego este ensayo se recogería en La escritura cómplice: Juan García Ponce ante la crítica. En esa época recibí también una invitación de la Universidad Veracruzana para participar en un homenaje a García Ponce: "Imagen primera de una generación". Allí conocí a Magda Díaz y Morales, crítica literaria y estudiosa del escritor yucateco. Los textos presentados se recogerían después en el voluminoso tomo Juan García Ponce y la generación del medio siglo.

Aquella experiencia fue la raíz no sólo de mi fascinación por la obra de Juan, quien luego se contactaría conmigo (ignoro cómo lo hizo) para invitarme varias veces a charlar con él en su casa de Coyoacán, sino también de otro libro voluminoso: Erotismo y misticismo: la literatura erótico-teológica de Juan García Ponce y otros autores en un contexto universal, publicado en 2005, ya cuando Juan García Ponce había muerto. Diecisiete años después de la experiencia de 1994 en Xalapa y siete años después de la publicación de Erotismo y misticismo, recibí una nueva invitación de Magda Díaz y Morales; en esta ocasión, para escribir sobre el cuento “La noche”, incluido en el libro homónimo, a fin de celebrar, en 2013, sus cincuenta primeros años de vida. El resultado fue el ensayo “Los placeres de la ambigüedad”. Dos años después, en este 2015, es decir, veintiún años de aquel memorable 1994, aparece por fin el libro Homenaje a Juan García Ponce, coordinado por Magda, quien escribió la presentación y uno de los ensayos (sobre el cuento “Tajimara”). Sin contar la presentación, el libro se compone de diez textos que abordan los relatos de Imagen primera y La noche, ambos de 1963, desde diversos ángulos. Los autores, Isaac Magaña G Cantón, Claudia Chibici-Revneanu en unión con Gonzalo Soltero, Liviu Lutas, Alfredo Tenoch Cid Jurado, Asmara Gay, Alfredo Pavón, Iván Ruiz, Cecilia Eudave, Magda Díaz y quien esto escribe, contemplaron y sintieron estas obras, reflexionaron sobre ellas y expresaron por escrito lúcidas lecturas que revelan una parte de la poética de uno de los mejores narradores, ensayistas y críticos del siglo XX en México. Este nuevo libro, coordinado por Magda, sin duda suscitará mayores reflexiones, en la medida en que la obra de García Ponce, como la de cualquier gran artista, es inagotable.

Magda Díaz y Morales (coordinadora), Homenaje a Juan García Ponce. Imagen Primera y La Noche cincuenta años después, Instituto Veracruzano de la Cultura (IVEC)/Conaculta, México, 2015; 207 pp.

El libro será presentado en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM el próximo 29 de mayo.

23 de abril de 2015

Homenaje a Juan García Ponce: Imagen Primera y La Noche cincuenta años después


Homenaje a Juan García Ponce: Imagen Primera y La noche cincuenta años después

El próximo lunes 27 de abril, dentro del marco de la Feria Internacional del Libro Universitario, se presenta el libro de ensayos Homenaje a Juan García Ponce: Imagen Primera y La noche cincuenta años después, coordinado por Magda Díaz y Morales, México: Colección Voladores, IVEC / Conaculta, 2015.

12:30 horas, en el Salón Ramón Rodríguez del Deportivo OMEGA, Xalapa, Ver.

Lo presentan: Asmara Gay, Alfredo Tenoch Cid Jurado e Isaac Magaña Gcantón. La portada del libro es del pintor, Sergio Astorga.

La presentación en la UNAM se realiza el 29 de mayo, sala A de la Facultad de Filosofía y Letras, a las 12:00 horas. Lo presentamos Cecilia Eudave, Iván Ruiz y yo, modera la mesa Isaac Magaña Gcantón.

 

Y dentro del ciclo Palabras de autor. Conversaciones se presenta en El Ágora de la Ciudad, el 17 de junio, a las 19:00 horas, en la Sala 1.
Presentamos: Norma Angélica Cuevas, Claudia Domínguez y yo. Modera la mesa Víctor Hugo Vásquez Rentería.

27 de diciembre de 2014

Juan García Ponce

Hoy, hace once años, falleció Juan García Ponce. Lo recordamos siempre con admiración y mucho cariño. Un fragmento del discurso leído por de RH. Moreno-Durán en el homenaje al autor al recibir el Premio de Literatura Latinoamericana y del caribe Juan Rulfo: "Creo que la amistad es el único espacio del alma donde una sola persona se vuelve multitud gracias a esa forma de devoción que es la complicidad. Desde ese espacio, querido Juan García Ponce, quiero ahora, en tu compañía y en tu honor, brindar por esa otra forma de absoluta entrega que es el arte. Porque sólo el arte en sus múltiples manifestaciones nos salva de la degradación con que a diario nos golpea la realidad".

29 de noviembre de 2014

La novela corta en México

Les recomiendo mucho la lectura de En breve: La novela corta en México, libro de ensayos en el que participo con un texto sobre la novela Unión, de Juan García Ponce (pp. 189-203).

Es un volumen coordinado por Anadeli Bencomo y Cecilia Eudave, concebido dentro de la Maestría en Estudios de Literatura Mexicana de la Universidad de Guadalajara.

Hay trabajos estupendos, se ha publicado el libro pero también pueden leerlo completo aquí: Portal de la UNAM dedicado a la novela corta .

Muy felices vacaciones.

24 de marzo de 2014

Grandes maestros contemporáneos

 
Los grandes maestros contemporáneos
 
 
 
 
Viernes 10.VIII.73. "Anoche fue la mesa redonda sobre los grandes maestros contemporáneos. La mesa redonda no estuvo muy bien. De hecho, bastante aburrida. Nadie habló de pintura. Hoy he estado todo el día trabajando sobre mi artículo. Ya lo terminé, trata de varias cosas. Un viaje de un mes. Eso es lo que haré. Anoche entró la policía en la Universidad, con la aquiescencia del rector".

9 de agosto de 1973. En la imagen: Ramón Xirau, Octavio Paz, Juan García Ponce y Salvador Elizondo "en el Museo de Arte Moderno para hablar de arte contemporáneo. Manuel Felguérez interpela a los conferencistas para opinar. Yo capturo la escena".
 
Nota y fotografía:
Paulina Lavista
El Universal
21 de marzo de 2014

2 de marzo de 2014

La voz crítica de Juan García Ponce

Compilan ensayos sobre arte y pintura que reflejan la voz crítica de Juan García Ponce

Una muestra del talento, la inteligencia, la sensibilidad excepcional e ironía incisiva, así como la profundidad y claridad crítica de Juan García Ponce (1932-2003), se refleja en el volumen De la pintura, antología de ensayos seleccionados por Francisco Castro Leñero, que se editó en memoria de los 10 años del fallecimiento del reconocido escritor yucateco.

La idea fue reunir una serie de textos que hablaran de manera teórica sobre el arte y la pintura, y no de uno u otro pintor en particular, explicó Castro Leñero, quien estuvo acompañado por el editor Javier García-Galiano y José Antonio Lugo, quien fue asistente de García Ponce, en la presentación del volumen en el Centro Cultural Chapultepec.

Publicado por la editorial Ficticia, en su colección El gabinete de curiosidades de Meister Floh, el libro integra ensayos completos, así como fragmentos de textos y una serie de aforismos.

Con ello, explicó el antologador, “se quiere reflejar que García Ponce en su momento fue uno de los pocos pensadores que desarrolló, de manera profunda y clara, una idea de lo que significa el arte, la cultura y la pintura”.

De cierta manera, García Ponce no sólo explicaba y acercaba el arte al público, sino que también sus textos repercutían en el pensamiento de los artistas plásticos. En mi caso, añade Castro Leñero, “cuando escribió sobre alguna obra mía, me amplió la percepción sobre la misma y me hizo entender la importancia de lo que estaba haciendo”.

Esta serie de ensayos, escritos principalmente entre los años 60 y 80 del siglo pasado, conservan su vigencia, además de ponernos en contacto con el pensamiento de un escritor apasionado por un arte que le atraía singularmente, y para el que no escatimo las exigencias de tal propósito. Sus reflexiones constituyen un diálogo de altura con las ideas de su momento, apuntó en el prólogo Castro Leñero.

Más allá del juicio o la polémica

“Su crítica no se reducía al juicio y la polémica, sino que se convertía en creación”, señaló por su parte García-Galiano.

Hoy día, comentó el antologador, “vivimos en el mejor de los casos un presente utilitario, y en el peor, totalmente mercantilizado. (En el ámbito de la pintura y el arte), nuestras preguntas parecen reducirse a ¿cuánto vale? o ¿para qué sirve? Este libro quiere ofrecer otra respuesta. La voz de Juan García Ponce nos recuerda que la experiencia frente al arte no es un asunto de publicidad, que a través de la mirada nos transforma, y que esa transformación produce, entre otras cosas, la posibilidad de comprender y extender el sentido de nuestra propia existencia”.

La Jornada
2 de marzo, 2014

2 de enero de 2014

Juan García Ponce, recuerdo...

http://www.garciaponce.com/

 
Hace diez años, el 27 de diciembre, falleció Juan García Ponce. Siempre está presente con admiración, enorme cariño y agradecimiento.

Recordaré, Juan, mientras yo viva...
José de la Colina
Letras Libres
2 de enero, 2014

Ahora, en este 27 de diciembre de 2013, en el que se cumplen exactamente diez años de que fuiste colectado por la muerte, te escribo, querido Juan, estas líneas que van tal como los recuerdos vienen a mí, es decir atropellados y revueltos:

Recordaré, Juan, que nos conocimos a mediados de los años cincuenta y en la noche de una función de Poesía en Voz Alta en el Teatro del Caballito, pero según tú no fue ni allí ni entonces, sino una tarde en que habríamos coincidido en un autobús hacia la Ciudad Universitaria, tú leyendo a Thomas Mann yo leyendo a Marcel Proust, y que por encima de los abiertos libros habíamos empezado a conversar.

Recordaré, Juan, que, incipientes escritores de vocación torrencial, escribíamos cuentos, ensayos, críticas de libros, de cine, de teatro, de pintura, de lo que se ofreciese, en las revistas culturales de otros o las nuestras, y que éramos pobres de ganancias y ricos de ganas de escribir, y que todavía no empezaban los años sesenta, ésos en los que iniciaríamos la rueda de las fiestas no castas aunque sí inocentes, y que junto a Tomás Segovia (que era el mayor de nosotros) y a Huberto Batis, a Juan Vicente Melo, a Juan José Gurrola, a Inés Arredondo, a Meche Oteyza, a Michelle Alban, a Pixie, a Martha Verduzco, a Isabel Fraire, y a tu hermano Fernando, el pintor, luego seríamos agrupados, sin saberlo entonces, bajo el membrete de “generación de la Casa del Lago”.

Recordaré, Juan, que ya nos habíamos adelantado a los años sesenta, los de la eclosión de la juventud y sus nuevas y libres maneras, y tú usabas peinado y modales de Beatle avant la lettre, con los cuales, en nuestros reventones (¿entonces quizá llamados happenings?), conquistabas hasta casi sin intentarlo a todas las muchachas a las que habíamos echado el ojo, ah cabroncito.

Recordaré, Juan, que eras nacido en 1932, dos años antes que yo, pero ejercías la arrogancia de ser más joven que todos nosotros, y que Batis te apodó Baby Face para siempre, y que habías decidido, con tu santa terquedad de cabezón yucateco, estar más vivo y escritor que nadie, y para eso un día te instalaste en la silla de ruedas: para escribir y escribir, decías, from here to Eternity.

Recordaré, Juan, que sólo, pero nada menos, escribías del deseo, de la circulación del deseo, del deseo como fiesta y conflicto, y que pusiste en tus libros a nuestra generación y sus ritos en los combates de la amistad, del erotismo, del amor, y que discutíamos sobre quién había sido el primero, tú o yo, en traer a cuentos el asunto del incesto: ¿en tu “Tajimara” o en mi “Barcarola”?, y que tú lo escribiste mejor que yo en una narración sombría y fulgurante que Gurrola transpuso al cine con la ayuda de las bellas Pilar Pellicer y Pixie Hopkins.

Recordaré, Juan, que la mirada, como inicial acto de la circularidad del deseo, es precisamente el gran motivo que recorre tu obra literaria, y que tu modo de mirar era también un modo de pensar, de sentir, de desear y de escribir, y si algún maestrillo publicó por ahí que “el mundo de la ficción garciaponciana es muy pequeño y estrecho de horizonte, pues lo componen sólo su generación, su ambiente, sus amigos”, eso era olvidar que nuestra generación, como cualquier otra, podía decir lo que Jules Renard escribía de su pueblito natal: que era “el centro del mundo, porque el centro del mundo está en cualquier parte”.

Recordaré, Juan, que tu escritura presenta la vida como un tejido de ritos en los que la realidad y el deseo luchan en amoroso antagonismo, en desgarradora anagnórisis, por eternizar cada minuto de vida, de viviente y desvividor tiempo, y que has narrado los ritos, las ceremonias y los combates de amor y de desamor con una escritura dedicada a eternizar las criaturas transitorias, y de ahí viene tu mejor título: Crónica de la Intervención, es decir crónica y ficción de la intervención del deseo en el tiempo de las vivas criaturas mortales.

Y, querido amigo Juan García Ponce, mucho más que no acabaría de contarse lo recordaré siempre… o, mejor dicho, mientras esté yo vivo y con agradecida memoria.

(Publicado previamente en Milenio Diario el 29 de noviembre de 2013).

27 de marzo de 2013

Homenaje a Juan García Ponce

Homenaje a Juan García Ponce: La noche e Imagen Primera, cincuenta años después
Isaac Magaña Gcantón
Registromx. Literatura. Arte.Pensamiento
27 de marzo, 2013

Juan García Ponce le preguntó en alguna ocasión a Huberto Batis “si las «letras mexicanas» llegarían a enterarse de su existencia, si al menos sería mencionado en la historia de la literatura mexicana”; éste confiesa: “yo lo vi verde y lejano”. Por fortuna, la incertidumbre se marchó hace mucho tiempo. La buena crítica, justiciera, lo colocó desde los años sesenta en un lugar privilegiado que —sospecho— abandonará jamás. Ya desde entonces se decía que JGP era el “director espiritual de su generación”, aquella tan importante que incluye nombres como el de José de la Colina, Juan Vicente Melo, Sergio Pitol, Salvador Elizondo, Sergio Fernández y José Emilio Pacheco, quienes se agruparon en torno a la Casa del Lago cuando Jaime García Terrés era el coordinador de Difusión Cultural. Pero más allá de la institución que los cobijaba, el verdadero vínculo era una filosofía compartida: la apropiación de la cultura universal.[2] Bajo este principio, Juan García Ponce escribió y publicó los dos libros que marcarían oficialmente la eclosión: La noche e Imagen Primera. Y aunque anteriormente la Imprenta Universitaria, en 1958, había editado El canto de los grillos —que dos años antes, en mi 1956, obtuvo el Premio de Teatro Ciudad de México—, la realidad es que la aparición del escritor maduro aguardó unos años más, hasta el definitivo año de 1963.

Estos dos primeros libros son de cuentos y acentúan una importante ruptura con la literatura que se venía haciendo en México en esos años. Con inteligencia, Rosario Castellanos señala que muy poco tiempo antes de La noche e Imagen primera “no era posible leer una página de prosa narrativa sin preguntarse inmediatamente quién de los dos antagonistas era el modelo del autor: Juan Rulfo o Juan José Arreola”. Juan García Ponce llegó con una nueva propuesta donde los personajes ya no “deliraban de hambre y de sufrimiento”, tampoco eran figuras campesinas cuidadosamente pulidas. No. Ni realismo mágico, ni fantasía pura. Basta: una nueva voz había nacido. Corriente alterna: la vía de la contemplación.

En su mayoría, los cuentos de esta primera época habían visto ya la luz aisladamente, entre 1958 y 1963 en diversas revistas y suplementos. Por ejemplo, en el número 6 de la Revista de la Universidad (en 1958, cuando Juan era aún becario del Centro Mexicano de Escritores) publicó el segundo de los cuentos incluidos en Imagen Primera, “El café”; a éste le siguieron “Feria al anochecer”, “Cariátides” e “Imagen Primera” en números posteriores. Cuadernos al Viento se encargó de uno de los cuentos capitales de La noche y, en general, de la bibliografía garciaponciana: “Tajimara”. La Revista Mexicana de Literatura y el Anuario del cuento mexicano dieron noticias de lo que vendría después con “Amelia” y “Reunión de familia”.

Bajo la evidente influencia de Cesare Pavese —influencia que tan presencia se vuelve homenaje—, García Ponce escribió los nueve cuentos que conforman estos dos primeros libros y sus dos primeras novelas: Figura de paja y La casa en la playa. Esta última marcaría el fin de la que yo llamo su “primera época”.(3) En esas narraciones explora el vasto universo de la nostalgia. Sólo a través de nombrar las cosas podemos hacerlas verdaderamente nuestras, Juan García Ponce lo sabía muy bien; es por eso que escribía, buscaba recuperar lo que ya no le pertenecía más, lo que había perdido en el pasado. Pasado poblado regularmente por amores nunca realizados; en algunos casos, ni siquiera intentados como en “El café”, “Cariátides”, “Reunión de familia” y —de alguna manera— “Después de la cita”. Lo verdaderamente importante es huidizo a sus personajes.

Los personajes de Juan García Ponce están encerrados en su imposibilidad: no consiguen acceder a la realidad que les fascina. Atrapados en un presente estático no pueden avanzar porque el pasado los aprisiona, un pasado más allá de la nostalgia: recuerdo que los trama y mantiene fuera de la verdad que pretenden. La contemplación se vuelve entonces el eje de sus relatos. Tienen que resolverse a través del camino del recuerdo; aunque la mayoría de las ocasiones siempre fracaso. Los pocos que pueden “vivir” están obstaculizados, los rige la impotencia, y solamente miran: ven pasar el presente porque estos personajes —al igual que el autor— se sienten más cómodos en la inacción, evasivos del tiempo se prefieren expectantes. Esta característica no es gratuita, sino el reflejo de la mayor pasión de García Ponce: la pintura.

Juan García Ponce sabe ver. Quien ha leído sus ensayos de crítica de arte advierte inmediatamente que su visión es poderosa, inteligente y llena de generosidad. JGP interpreta lo que mira: quiebra, vira, cala, regresa, hace aparecer. Cuando el escritor ha vuelto de su viaje trae consigo esencia, la Verdad: sus visiones; no por nada Octavio Paz escribió con desprendido elogio sobre el emeritense que “su pensamiento crítico, sus descubrimientos y sus entusiasmos, sus negaciones y sus afirmaciones han ejercido una influencia vivificante en la literatura y el arte de México”. Juan García Ponce es un escritor de la mirada, por eso la contemplación hace constante presencia en sus narraciones. Entrega las imágenes, esas revelaciones que traen consigo la interpretación; pero alto: JGP nunca se traiciona. La pintura es la quietud donde está contenida toda la posibilidad, pero jamás enunciada. Su narración, corriente impetuosa, “parece aquietarse; sin cesar de correr, murmura en voz más baja y lenta. El remolino, por un instante, se inmoviliza y entonces, límpida, la prosa calla: confidencia sin palabras”. Después de todo no debemos navegar muy lejos. En un fragmento de “Tajimara” él nos lo confiesa: “no se debe revelar la verdadera esencia de los hechos”. Debemos acudir siempre a la imaginación para alcanzar el significado de lo narrado: Juan García Ponce es un escritor de la imagen y el pensamiento: domina el silencio, porque entiende que para decir hay que saber callar. Su Autobiografía precoz, escrita en 1966, sostiene —una vez más— lo afirmado ya tantas veces en sus narraciones:

“Creo que al no ser dueño del sentido total de las acciones que recrea, el escritor sólo puede dejarlas abiertas. Uno simplemente sigue contando historias, ya sea sobre sí mismo, sobre obras ajenas y otros artistas o sobre los acontecimientos y relaciones que considera significativos, esperando que mediante el hecho de contarlas nos entreguen finalmente su sentido. Este conocimiento es el que hace que para mí la ambigüedad sea un elemento narrativo indispensable. He tratado de mantener y hacer posible esa ambigüedad”.



Además de la contemplación, el otro motivo que puebla los cuentos contenidos en estas dos colecciones de 1963 es la nostalgia. Ya me he referido a ella en repetidas ocasiones, pero sin pasar por lo anecdótico: esencial en la obra de García Ponce. No podemos comprender verdaderamente su escritura sin tan siquiera tentalear aquello que, extensiones, la enrama. Su obra es una prolongación de sus recuerdos y obsesiones. Entonces, una doble causa la encierra.

Para referirme a sus recuerdos, los orígenes, la primera de las bifurcaciones, me tomaré la licencia de irme muy al principio, mezclando sus recuerdos con sus obras. Juan García Ponce nació en Yucatán en 1932; alternando entre la casa de sus padres en Campeche y la de su abuela en Mérida, vivió en la provincia hasta los doce años.

La casa de su abuela estaba prácticamente frente al parque de Itzimná, allá donde la iglesia. En “Feria al anochecer”, uno de los relatos de Imagen primera, asistimos a la revelación de uno de sus recuerdos más antiguos y mejor elaborados. Retrato de un sitio que pareció no tocar el tiempo hasta hace no muchos años: el framboyán sigue ahí, aunque la feria, hace algunas estaciones, se fue para siempre (como yo mismo lo he corroborado). A través de esta pequeña iluminación podemos afirmar que su vida es inalienable de su obra. Juan García Ponce es un escritor de la experiencia: quiere contarnos la verdad de los hechos, al menos como el entiende que los vivió, aunque en muchas ocasiones lo que pinta, pasado por el tamiz de su genio artístico, es ya una genialidad que sobrepasa la realidad de lo sucedido; sin embargo, él abandona nunca su premisa. Convocando nuevamente las memorias de Huberto Batis, podemos hacer luz sobre ella: “hay escritores como Juan García Ponce que asumen la literatura como una serie de homenajes a la realidad. Alguna vez Juan me ha llamado por teléfono para preguntarme de qué color era tal cosa, en qué día sucedió tal incidente, si era martes o jueves… Para él es muy importante decir: ‘Y aquel martes…’ si escribe ‘miércoles’ siente que lo que está diciendo es falso. […] Yo le he pregunto: ‘¿Qué objeto tiene eso?’ Y dice: ‘Es el único sentido’.

Después de trasladarse a la Ciudad de México, Juan inició una época de internados, primero en San Luis Potosí y luego en el Internado México. Allá conoció a una muchacha que “comenzó a llenar sus días”. Nos cuenta el autor en su Autobiografía precoz que fue “Una situación que duró alrededor de tres o cuatro años […] Yo he tratado de recuperar el recuerdo de ese amor en ‘Tajimara’, llevándolo a un presente imaginario y convirtiendo su presencia en la nostalgia de una pureza original”. Pero en este cuento largo —que junto a “Alma pura” de Carlos Fuentes fue llevado al cine en 1965 por Juan José Gurrola en una película titulada Los bienamados— lo que se cuenta está tocado por la imaginación. La verdadera historia no es la reminiscencia de la aventura amorosa, sino un acto velado: el incesto. Amalgama de sucesos: “Jamás podemos olvidarnos de nosotros mismos y nuestros problemas envuelven a los demás y los deforman”.

Y así podríamos continuar removiendo su pasado, poniendo en relación lo escrito con lo vivido: la evocación sería interminable. Incluso tendríamos que tocar muchas de sus obras posteriores —Encuentros, Crónica de la Intervención y Pasado Presente entre las más importantes—, pero el objetivo de este ensayo está acotado al de las dos colecciones de 1963: La noche e Imagen primera.

Segunda bifurcación: las obsesiones que ocupan a Juan García Ponce son pocas, pero verdaderamente intensas. “Una obra, si lo es de veras, no es sino la terca reiteración de dos o tres obsesiones. Cada cambio es un intento por decir aquello que no pudimos decir antes; un puente secreto une los torpes y ardientes balbuceos de la adolescencia a los titubeos de la vejez”; con esta afirmación que sirve como obertura a la obra poética completa de Octavio Paz —editada por Círculo de Lectores en Barcelona y en fechas recientes reeditada por el Fondo de Cultura Económica— podemos entender el sentido de las preocupaciones que poblaban la mente de JGP y de igual manera hilvanar el secreto hilo que une las dos fingidas fugas, el pasado y las obsesiones, porque en realidad la primera de ellas se circunscribe a las segundas o, es más bien, una extensión de ellas: una veta más de aquello que, enraizado, se alejó nunca del autor.

Podemos hacer una perfecta conexión entre las palabras de Octavio Paz y las confesiones de García Ponce: “Mis temas son pocos y quizá muy limitados”. En sus obras se ha dedicado a reflexionar acerca de un número reducido de temas, pero con una gran profundad e intensidad. La otredad, la extrañeza, la revelación, la posesión, el rito, la imposibilidad y el absoluto son quizá el puñado de temas que se extiende a lo largo de las infinitas páginas que escribió a lo largo de su vida, pero que empezaban a hacer presencia en Imagen primera y La noche.

Juan García Ponce nos enseña por el camino del ejemplo que aquello que obsesiona es lo que verdaderamente importa. La noche e Imagen primera nos dan cuenta de ello: sensaciones de lo inconcluso que, desenlaces, se enlazan con errancias infinitas: las obsesiones. Nos entrega desde esa etapa más o menos temprana la tesis que conduciría su obra a la transgresión que, a través de la insistencia, movimiento y obra, lo insertó para siempre en la tradición; pero sacrificios. En su investigar la relación del arte con la existencia misma, se dedicó más a escribir que a vivir: “El escritor no existe, existen sus libros”. Sentencia: “vivir y escribir son la misma cosa. Mi vida ha ido haciendo mis libros; mis libros han ido haciendo mi vida”. Por encima de todas las cosas, Juan García Ponce es en sus creaciones.



1. La noche fue publicada por editorial ERA e Imagen Primera por la Universidad Veracruzana. Ambos libros en 1963.
2. Continuando con la labor inaugurada por los “Contemporáneos”, la generación de “Medio Siglo” heredó directamente esta tarea que se oponía por completo al movimiento reinante desde los años veinte: el nacionalismo promovido con mucho entusiasmo por José Vasconcelos.
3. La segunda época, que inicia con su novela de 1968, La presencia lejana, y que oficialmente termina nunca, está marcada por un nombre: Robert Musil. Esta etapa sería sólo trastocada por una coexistente tercera época, la de Pierre Klossowski, que inicia con el libro de ensayos Teología y Pornografía y que alcanza su momento más alto con la novela De ánima, que es un homenaje-espejo a La Révocation de l’Edit de Nantes del autor francés.

8 de octubre de 2012

Juan García Ponce, muestra fotográfica


Integra exposición “Imágenes inesperadas y construidas” rostro de Juan García Ponce.

Esta fotografía del rostro del escritor Juan García Ponce, uno de los principales pensadores hispanoamericanos del siglo XX, integra la exposición “Imágenes inesperadas y construidas”, de la fotógrafa mexicana Blanca Charolet.  Esta muestra fue inaugurada el pasado 5 de octubre en el Salón de la Plástica Mexica (SPM), en la Ciudad de México.
La exhibición, está compuesta por más de un centenar de fotografías.





29 de octubre de 2011

Cuarenta años de Plural

De izquierda a derecha: Tomás Segovia, Gabriel Zaid, con el rostro difuminado, Kazuya Sakai, Alejandro Rossi, José de la Colina, Octavio Paz; abajo, Salvador Elizondo y Juan García Ponce.
Fotografía: Rogelio Cuéllar.


Comenta José de la Colina, en Letras Libres:

"Mirando la foto del grupo del Consejo de Redacción de la revista Plural en un anochecer de marzo de 1975 y en la casa de Octavio en la calle de Río Lerma, las distintas lejanías de los allí capturados por el clic de la cámara fotográfica de Rogelio Cuéllar, me convierto, además, en fantasma de melancolías (...)

Llegaban a Plural con sus cuartillas (pues faltaba mucho para que los teclados y las pantallas sustituyeran a las de linotipos) mis compañeros de la Revista Mexicana de Literatura: Gabriel Zaid, Jorge Ibargüengoitia, Salvador Elizondo, Juan García Ponce, Inés Arredondo; llegaba Ramón Xirau redimiéndose de su condición filosófica con espléndidos poemas traducidos, por otros, del catalán; llegaba Esther Seligson con sus textos entre narrativos y líricos, e Isabel Fraire con sus poemas-calidoscopios; llegaban tantos y tantos que con nosotros hicieron de Plural una de las mayores, maravillosas aventuras de las letras y el pensamiento".

Cuarenta años de Plural.

23 de mayo de 2011

Cómo escribí "El gato"

Cómo escribí "El gato", Juan García Ponce

Yo vivía en la calle de Tabasco, entre Medellín e Insurgentes, casi esquina con Insurgentes. El edificio era exactamente igual a como se describe en "El Gato", tenía hasta los muebles en el vestíbulo y el dueño por lo visto, ordenó después quitarlos. Voy a ser ahora más minucioso aún que en el cuento. Los departamentos tenían ventanas inglesas y la calle estaba hermosamente bordeada por truenos. El mío casi no tenía muebles: el vestíbulo estaba vacío con la excepción de un improvisado librero a base de ladrillos y tablas. En la sala-habitación estaba mi cama de soltero con una hermosa manta color rojo con un diseño en negro, un sillón rojo y negro muy grande y otro sillón negro muy chico y un librero igual al otro pero con un hermoso desnudo de Roger von Gunten arriba. En la habitación pequeñísima de junto estaba mi escritorio con una reproducción de Klimt (La Salomé cuyo modelo fue Alma Mahler), la reproducción de un antiguo cuadro chino de una expedición entre montañas de los ejércitos de esa época y un enorme dibujo de mi hija Mercedes realizado como a los cinco años con un río con pecesitos, montañas y el sol. Detrás del estudio, separada por un muro de un metro de altura, estaba la cocina, que también daba al vestíbulo.

Al empezar, como dice en el cuento, a ir a ese departamento la amiga del narrador -Michele- agregó al mobiliario una mesa redonda con una cubierta amarilla hasta el piso, que quitábamos cuando nos sentábamos a comer ahí en dos sillas de paja. Luego también, siguiendo el trazo de las ventanas inglesas que creaban la figura geométrica llamada trapecio, mandamos construir un mueble que era librero en la parte superior y tenía puertas en la parte inferior. Ahí guardábamos todo tipo de ociosidades. Olvidaba decir otras dos cosas: en el vestíbulo también estaba un archivero regalo de Meche, la madre de mis hijos, la que encontró ese departamento y de la que me había divorciado, en el mejor de los términos, debido a mis múltiples infidelidades; y un enorme clóset que era casi una habitación pequeña y daba también a la sala-habitación. Las infidelidades implican que la amiga del cuento no fue la primera en visitar ese departamento, pero sí la última. Ella se encargó con su presencia de terminar con esas infidelidades.

Texto completo.

23 de marzo de 2011

Tajimara y otros cuentos eróticos

El próximo 21 de mayo se presenta en la Feria Internacional del Libro 2011: Juan García Ponce, Tajimara y otros cuentos eróticos, selección y epílogo de Hernán Lara Zavala (México ERA, 2010).

Presentamos: Lara Zavala, Omar Piña y una servidora.

Este libro, leemos en el epílogo, representa un intento “para seguir las huellas emocionales, eróticas y artísticas que fueron moldeando la imaginación de Juan García Ponce (1932-2003) a lo largo de su prolífica, dedicada y original carrera como narrador y muy particularmente como cuentista”. En este volumen están algunos de sus personajes femeninos más entrañables: Inés, Julia, Cecilia, Liliana, todas ellas envueltas en conflictos amorosos, pisando caminos prohibidos, subvirtiendo las llamadas buenas costumbres. Entre los cuentos incluidos en esta compilación de Lara Zavala se encuentran "Tajimara, magistralmente llevado al cine por Juan José Gurrola en 1965, con Pilar Pellicer como Cecilia y Pixie Hopkin en el papel de Julia; "El gato", quizá el cuento erótico más célebre de García Ponce, "Imagen primera" y "La noche". A través de ellos fue desvelando su propia vida”.

12 de octubre de 2010

La ignorancia del placer

Fragmento del ensayo "La ignorancia del placer", de Juan García Ponce.

‎"Con asombro, con irritación, con tristeza, pero sobre todo con una tenaz paciencia he recorrido las copiosas páginas que Mario Vargas Llosa dedica a examinar La historia del ojo de Georges Bataille, y a las que, con un sorprendente poder de anticipación de sus errores, ha titulado "El placer glacial".

Recuerdo haber leído en otro ensayo de Vargas Llosa que la narrativa de Bataille no le interesaba o la consideraba la parte más débil de su obra. Ahora me parece saber por qué: no la entiende y a partir de esa incomprensión -cuyos motivos trataremos de puntualizar- la reciente admiración que lo lleva a dedicar todo un largo ensayo a la primera novela de Bataille resulta un tanto patética.

Con aplicación de buen maestro de literatura, Vargas Llosa acierta tal vez cuando desmenuza la novela para vrastrear en ella la presencia del surrealismo y de la novela gótica y nos conmueve cuando hace una apasionada defensa de los derechos del sueño, la imaginación y el deseo. Son para él el campo de la libertad absoluta y merecen nuestro respeto. Respetamos su respeto pero no estamos seguros de que Georges Bataille lo respetaría del mismo modo. Nunca logró aceptar por completo la literatura y uno de sus títulos es precisamente El odio a la poesía. Este odio provenía, de la generalmente aceptada capacidad de la poesía para hacer vivir el deseo como imaginación y sueño en vez de como realidad, una realidad feroz, terrible y por eso mismo también sagrada y con una estrecha relación con la esfera religiosa.

Quizá nuestra irritación con el ensayo de Vargas Llosa se deba a estos aspectos. Es un ensayo laico, orgulloso de su racional ateísmo y Bataille es un escritor religioso, profundamente irracional y que no puede dejar de sufrir la ausencia de Dios. No nos interesa detenernos en las que podrían considerarse inexactitudes, ignorancias o equivocaciones en la parte del aplicado profesor de literatura Mario Vargas Llosa (...)

Ante las falsas justificaciones con que Vargas Llosa se protege y nos protege de los peligros de la novela podemos suponer que la única verdad que su ensayo nos comunica es que los hombres decentes no deben escribir sobre libros indecentes".

Una amiga dice que "en los contenidos, en la visión del mundo, no radica la calidad de escritor alguno", y voy de acuerdo. Sin embargo, es interesante leer este artículo: Contra la escritura letrada de Vargas Llosa.

18 de julio de 2008

Capote y Monroe


Fotografía: "Truman Capote, baila con Marilyn Monroe", tomada del libro: Juan García Ponce, Entre las líneas, entre las vidas.