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29 de marzo de 2020

¿Bañarse en Europa? Sandor Márai

¿Bañarse en Europa se consideraba infiel?

- ¡Los europeos tenían un olor insoportable a suciedad!

El enviado de la Rusia zarista incluso describió al rey de Francia, Luis XIV ... "que su olor es más sucio que el de un animal salvaje".

Los propios rusos fueron descritos por el viajero Ahmed Ibn Fadlan: "Lo más sucio de la creación de Dios no debe ser liberado de orina o heces". ¡El zar ruso Peter, orinó contra la pared del palacio en presencia de personas! ¡La reina Isabel, la primera en matar musulmanes en Andalucía, solo se duchó dos veces en su vida! Y destruyó los baños andaluces. ¡El rey español Felipe II prohibió bañarse en su país y su hija Isabel II juró no cambiarse la ropa interior hasta el final del asedio de una ciudad! ¡Que duró tres años y murió por eso! ¡Esto se trata de reyes, sin mencionar al público! Estos perfumes franceses por los que París era famoso se inventaron para abrumar el olor apestoso, y debido a que esta inmundicia era un brote de enfermedad, la peste llegó a cosechar la mitad o un tercio de ellos cada período ... donde las ciudades europeas más grandes como "París" y "Londres", por ejemplo, una población de 30 o 40 mil como máximo, mientras que las ciudades islámicas excedieron la marca del millón.

"Los europeos debemos a los árabes obtener las causas del bienestar en nuestra vida pública", dice el historiador francés Drebar. "Los musulmanes nos enseñaron cómo mantener limpios nuestros cuerpos. Los musulmanes vestían ropas brillantes y limpias que algunos incluso los decoraban con piedras preciosas como esmeraldas, rubíes y corales, y se sabía que Córdoba abundaba con sus trescientos baños, mientras que las iglesias europeas veían el baño como un instrumento de incredulidad y pecado. Gracias a los viajeros musulmanes y expatriados. El nombre del cuarto de baño en inglés se atribuye a la glorificación de la memoria del musulmán indio Muhammad Bath, quien les enseñó cómo era Ducha e higiene.

En: Las memorias del escritor Sandor Márai. Documentos oficiales de España entre 1561 y 1761.

Cuando los españoles llegaron a México, se asombraron profundamente de que las personas de los pueblos originales se bañaran todos los días.

10 de octubre de 2019

¡Peter Handke Nobel de literatura!

¡Bravoooooo! Esta vez el Premio no decepcionó.

¡Péter Handke gana el Premio Nobel de Literatura 2019!

Muy merecido.

20 de septiembre de 2016

Sobre el libro de George Steiner

¿Dejaremos que gobiernen los bandidos?
Fernando García Ramírez
El Financiero
19.09.16

Los bárbaros son los otros, los que no son como yo, los que no hablan mi lengua, los que no tienen mis gustos, los que no son de aquí. Lo mejor es levantar un muro. Es triste saber que la mayor empresa humana en la historia ha sido la construcción de una muralla. En su mejor momento la muralla china llegó a medir poco más de 21 mil kilómetros. Para darnos una idea: la distancia de México a Nueva York es de 3 mil 359 kilómetros. Un gran muro para contener a los otros. Es muy triste también que xenofobia sea una palabra de uso tan común y que su contrario, xenofilia, haya desaparecido. Este desprecio por lo diferente se da paradógicamente en tiempos de la globalización y de su mayor traducción tecnológica: el Internet. Más conectados sí, pero también muros más altos.

Comentaba de los bárbaros. Para los orgullosos europeos los bárbaros son los morenos sudamericanos, los negros de África, los amarillos de Asia, los adoradores de Mahoma. Y sin embrago, “entre el mes de agosto de 1914 y el mes de mayo de 1945, en Europa… más de 100 millones de hombres, mujeres y niños fueron masacrados por las guerras.” ¿Quiénes son los bárbaros? “El milagro es que haya algo que sobreviviera a la mayor masacre de la historia.” El que señala esto es George Steiner, quizás el mayor intelectual europeo vivo. Steiner –que nació en Viena, creció en París y se educó en la Universidad de Chicago, en Harvard, en Oxford y en Princeton, y que ha sido profesor en las mejores universidades del mundo–, nos recuerda que los campos de Hitler y de Stalin, que “las grandes masacres no han venido del desierto del Gobi; se deben a la alta civilización rusa y europea.” Lo que señala es monstruoso, el lado oscuro de los ideales de la Ilustración. Entre más cultura, mayor salvajismo. ¿No debería ser al revés?

“¿Es posible que, tal vez, las humanidades puedan volverle a uno inhumano?”, se pregunta Steiner en su libro más reciente: Un largo sábado (Siruela, 2016). ¿Es posible que la cultura “lejos de hacernos mejores, lejos de afinar nuestra sensibilidad moral, la atenúen?”.

Leer completo.

29 de mayo de 2016

Los amantes bajo el Danubio

Federico Andahazi, Los amantes bajo el Danubio. México, Planeta: 2015.

Es una novela muy bonita. Se lee rápido, mantiene la intriga, los acontecimientos ocurren alrededor de la historia de la hermosa Budapest, Hungría.

Es el tiempo de la Segunda Guerra Mundial. Hanna, la ex esposa de Bora Persay, viene oculta con Andris, su actual esposo, en un baúl en la cajuela del coche del Embajador. Atraviesan el Puente de las Cadenas. Son revisados por los guardias alemanes.

Afortunadamente Bora, al ser Embajador, se salva de que le registren el coche. De esta forma llegan a la mansión Persay en Buda, donde de inmediato los ocultan en el sótano. Son judíos, y si los llegan a descubrir serían apresados y muertos, al igual que sus guardianes. Marga, la actual esposa de Bora, también es cómplice, acepta ayudarlos.

De pronto, un militar alemán visita a Bora Persay. Se habían conocido años atrás en Turquía. La visita, supuestamente, es para pedirle le haga un cuadro, que lo pinte. Bora es además de diplomático, un famoso y excelente artista húngaro, es pintor.

Muchas cosas suceden, como se podrá imaginar. Hanna y Andris viven bajo el atelier, escuchando el rumor del Danubio y los pasos de arriba. Cuando el oficial alemán visita la casa para posar ante Bora, ellos se estremecen. Para ellos el tiempo no es lo mismo que para los que viven arriba.

Un día todo cambia para Hanna y para Andris, también para Bora Persay y para Marga, aunque bajo diferentes circunstancias. Para Bora y Marga, cuando, por la guerra, bombardean la mansión...

4 de mayo de 2016

Robert Musil

Encuentros con Musil
Ignazio Silone
Traducción de Angelo Duarte
Revista Crítica
30.04.2015

En 1949, el suplemento literario del Times escribió a propósito de Musil: “El autor más importante de lengua alemana de esta primera mitad del siglo es uno de los escritores menos conocidos de nuestra época”. Si queremos ser precisos, entre los años 1921 y 1930, Musil había recibido ya en Austria y Alemania importantes reconocimientos de la crítica –si no del público–, sobre todo por su drama Los fanáticos y por la farsa Vicente y la amiga de los hombres importantes, como también por los dos primeros volúmenes de El hombre sin atributos. Pero después desapareció de la crónica literaria, ya sea a causa de los acontecimientos políticos o por su reclusión voluntaria para proseguir con el tercer volumen de su gran novela. De todas formas, el Times tenía razón si se compara la extensa fama póstuma creada después de la guerra en torno al nombre del escritor austriaco con el silencio de los años precedentes.

Mi encuentro con Musil tuvo lugar en Zurich en marzo de 1939. Suiza estaba entonces repleta de fugitivos de Europa Central y los Balcanes, obligados a abandonar sus países por la persecución racial o política, sin contar a los italianos que los habían precedido. La creciente presencia de tantos emigrantes representaba indudablemente un peso gravoso para la economía y también para la política de la Confederación. Pero entre ellos no faltaban poetas, escritores, docentes universitarios, músicos, actores y directores que le daban a la vida cultural helvética, principalmente a las casas editoras y a los teatros, un vigor excepcional. Durante aquellos años el Schauspielhaus de Zurich era considerado a buena ley el primer teatro de prosa de Europa, gracias, precisamente, a la presencia de los emigrados Brecht y Julius Hay entre los dramaturgos, y de Therese Giese, Langhoff, Horwitz, Paryla y otros, entre los actores.

En Zurich Musil reencontró algunas personas que lo habían conocido previamente y que lo tenían en gran consideración. Fue por cortesía de dos de ellas que nosotros nos encontramos poco después de su llegada. Se trataba del dramaturgo Kurt Hirschfeld (más tarde director del Schauspielhaus) y el escritor Efraim Frisch, quien había publicado en el Frankfurter Zeitung una crítica fundamental y llena de perspicacia sobre los dos primeros volúmenes de El hombre sin atributos. “Es culpa de ellos y de sus pares –me dijo Musil señalando a Frisch– si tam¬bién yo me encuentro en la emigración”.

3 de abril de 2016

Imre Kertész, testimonio del mal absoluto

En Sin destino, Imre Kertész describe con tanta precisión la llegada a Auschwitz. Ese relato no es sólo uno de los pasajes cumbres de su obra, sino de toda la literatura del siglo XX: la confusión, las diferentes lenguas, la presencia de los SS, que se pasean aparentemente despreocupados, aunque supervisan la selección en la que se decide la muerte inmediata en las cámaras de gas o retrasada por el trabajo. Al bajar del vagón, un preso le pregunta si habla ídish -el dialecto de los judíos de Europa Oriental, cercano al alemán-, mientras que él esperaba poder entenderse en hebreo. Gracias a sus conocimientos de alemán, descubre que los presos quieren saber su edad. Cuando responde que tiene 15 años, le ruegan que diga que son 16. Seguramente esa conversación en medio del caos en una lengua que ni siquiera comprendía bien le salvó la vida.
 
Imre Kertész: el Nobel que logró dar testimonio del mal absoluto

El premio Nobel de Literatura húngaro Imre Kertész, superviviente de Auschwitz, murió ayer, a los 86 años, en su ciudad natal, Budapest. Su obra, sobre todo su novela Sin destino (Acantilado), que tardó 13 años en escribir y publicó en 1975, ofrece desde el punto de vista literario y testimonial una ventana única para observar el acontecimiento que define el siglo XX: el Holocausto.

Kertész era un muchacho de 15 años cuando fue deportado, en 1944, por la policía húngara al campo de exterminio alemán de Auschwitz, en Polonia. Cuando regresó a Hungría, halló el departamento de sus padres ocupado por extraños y se dio cuenta de que estaba totalmente solo, que toda su familia había sido engullida por la máquina de asesinar nazi.

Esa sensación de soledad ante el horror se encuentra en el corazón de la obra de Kertész, que recibió el premio Nobel de Literatura en 2002. Fiasco, Kaddish para un hijo no nacido, Liquidación o sus diarios, La última posada, cuya publicación tiene prevista en breve Acantilado, forman una obra no demasiado abundante, pero cuya intensidad, sabiduría y lucidez la convierten en uno de los monumentos literarios del siglo XX.

Kertész arrastra al lector a los recovecos del sistema de exterminio nazi sin usar apenas adjetivos, con unas descripciones precisas que se quedan grabadas en la memoria. Sus textos atrapan por su belleza literaria y por el espeluznante mundo que describen, por la forma en que nos obligan a reflexionar sobre el mal absoluto.

Kertész, que padecía Parkinson y había anunciado que dejaba la literatura, había regresado a Hungría en 2013, tras vivir durante años en Alemania, y se mostraba tremendamente crítico de la deriva autoritaria que padece su país con el gobierno de Viktor Orban. "Allí campan por sus fueros los antisemitas y la ultraderecha", dijo en una entrevista con este diario hecha por Adan Kovacsics, uno de sus traductores al castellano.

En aquella entrevista, de 2013, hablaba de un acontecimiento trascendental que ha marcado el final de su vida: la desaparición de los testigos, la conciencia de que su voz es una de las últimas que podrán contar en primera persona el Holocausto.

El escritor, como Elie Wiesel, otro judío húngaro deportado a Auschwitz, premio Nobel de la Paz, o Primo Levi, el químico italiano que sobrevivió a los campos y que acabó suicidándose, era consciente de que la importancia de su literatura iba más allá de las palabras, que debía ocupar un rol esencial en la sociedad.

La esencia de mi obra consiste en trasladar lo ocurrido a una dimensión espiritual. Que quede en la conciencia, aunque ahora lo veo con menos optimismo que hace unos años. El Holocausto es el hundimiento universal de todos los valores de la civilización y una sociedad no puede permitir que se repita, que vuelva a presentarse una situación parecida. Pero la crisis económica, una crisis así, dio pie a la llegada de Hitler al poder. Por tanto, deberían sonar todas las alarmas. Pero no suenan. Lo cual quiere decir que el Holocausto no está presente en la conciencia de los políticos europeos, había señalado.

Sin destino, su obra magna, relata su vida con la estrella amarilla en el pecho en Budapest, su deportación a Auschwitz, el campo de trabajo y de exterminio en el que fueron asesinadas unas 1,1 millones de personas, su supervivencia a las marchas de la muerte tras el cierre del campo ante el avance soviético, su traslado a Buchenwald y su regreso a Hungría, donde se enfrentaría a un nuevo horror: la dictadura estalinista.

Cerca de la mitad de los judíos enviados a Auschwitz eran húngaros, unos 450.000, lo que demuestra la demencia asesina del régimen de Hitler, porque muchas de estas deportaciones se produjeron en 1944, con la guerra ya perdida. Ése es el escenario del horror industrial en el que transcurre el film El hijo de Saúl, que ganó este año el Oscar a la mejor película de habla no inglesa y que está influido por la obra de Kertész.

En una de las últimas entrevistas que concedió, publicada en Le Monde en enero de 2015, explicaba que el momento crucial, en el que todo se decidía, eran "los primeros 20 minutos de la llegada al campo". Por eso, en Sin destino describe con tanta precisión la llegada a Auschwitz. Ese relato no es sólo uno de los pasajes cumbres de su obra, sino de toda la literatura del siglo XX: la confusión, las diferentes lenguas, la presencia de los SS, que se pasean aparentemente despreocupados, aunque supervisan la selección en la que se decide la muerte inmediata en las cámaras de gas o retrasada por el trabajo. Al bajar del vagón, un preso le pregunta si habla ídish -el dialecto de los judíos de Europa Oriental, cercano al alemán-, mientras que él esperaba poder entenderse en hebreo. Gracias a sus conocimientos de alemán, descubre que los presos quieren saber su edad. Cuando responde que tiene 15 años, le ruegan que diga que son 16. Seguramente esa conversación en medio del caos en una lengua que ni siquiera comprendía bien le salvó la vida.

Su obra va más allá de la esperanza. Es un inmenso relato de la capacidad de supervivencia de los seres humanos, de la recomposición de la moralidad basada en la conciencia de que cualquier horror es posible. En Sin destino escribe: Tuve que reconocerlo: nunca habría podido explicar ciertas cosas de una manera exacta si me hubiera valido solamente de la esperanza, la norma, la razón, esto es, la lógica de las cosas y de la vida, por lo menos según mi experiencia vital.

Fuente | Guillermo Altares, La Nación, 1 de abril de 2016.

1 de abril de 2016

Sobre la estupidez, Robert Musil

En Sobre la estupidez, dice el escritor austriaco Robert Musil: “Si la estupidez no tuviera algún parecido que le permitiese pasar por talento, progreso, esperanza o perfeccionamiento, nadie querría ser tonto”.

31 de marzo de 2016

Imre Kertész

Falleció hoy mi admirado y queridísimo escritor, Imre Kertész. Nobel de literatura 2002. Excelente y maravilloso, nos deja su extraordinaria obra.

Descanse en paz. Qué tristeza...

"El próximo 6 de abril, la editorial Acantilado publicará La última posada , el libro póstumo de Imre Kertész , todo un testamento literario que él mismo definió como “la culminación de mi obra”. Claramente autobiográfico, en este texto vemos cómo un escritor enfermo de cáncer decide escribir un testimonio de sus experiencias, por perturbadoras que estas puedan resultar. Aplicando el mismo método con el que diseccionó antes la cotidianeidad de los campos de concentración nazis, aquí narra su declive físico al tiempo que diversos detalles de sus últimos días. Se refiere a su esposa Magda como M o Magdi, y le atribuye a ella la decisión de regresar a morir a Hungría, esa ciénaga intelectual”.

Tres fragmentos inéditos de la obra:

Fragmento 1

Hoy, en la revisión, le han encontrado a M. una alteración de los ganglios en la axila. Para ambos es demasiado pronto para morir. Algo, sin embargo, me sugiere que dentro de poco tendremos que decidirnos. De hecho, estoy preparado para la muerte, aunque siento dejar mi trabajo inacabado. Por otra parte, la irreflexión con que hablo sobre la muerte… ¿Es serio o no es serio? Creo que es más serio de lo que pensamos, y creo que es menos serio de lo que pensamos. El sufrimiento… Sólo el sufrimiento es cosa seria. Temo que Magdi sufra, y solamente puedo aliviar su sufrimiento sufriendo con ella, por lo que será un doble sufrimiento, para ella y para mí. Todo es más fácil para aquel que no ama.

La terrible realidad ha confirmado la terrible realidad. A Magdi le han encontrado metástasis en los ganglios linfáticos. Le esperan cosas terribles, y también a mí. Pero hemos decidido aguantar. Existe una frontera que no merece la pena traspasar; sin embargo, no hemos llegado aún a ese punto. Dice M. que todavía no ha podido asumirlo; pero es que aquí no hay nada que asumir. Recuerdo mi conversación con el biólogo celular. El biólogo me explicó con mirada encendida el funcionamiento de las células en el organismo humano. Estas células existen y actúan de forma completamente independiente, según sus propias leyes o—si se quiere—sus propios caprichos. Se juntan y se separan, provocan o sufren mutaciones, etcétera. Y cuando observé que eso era terrible, el biólogo celular me miró asombrado. ¿Por qué?, preguntó. La enfermedad no tiene nada que ver con nuestras concepciones; la enfermedad, de hecho, no tiene nada que ver con nosotros, a lo sumo nos mata. No tiene nada que ver con la moral, nada que ver con nuestros actos, no guarda ninguna relación con nuestras virtudes o nuestros pecados. Las células son ciegas y nos gobiernan de una manera absurda. Por eso la vida no es un asunto demasiado serio. Le damos una importancia mucho más grande que la que le corresponde en la realidad. En la realidad, una vida humana equivale a cero. Es un ejemplar de la especie ni siquiera digno de mención. Sólo a nosotros nos duele esa vida humana, sea porque amamos, sea porque da la casualidad de que es la nuestra.

Analizar seriamente por qué me aferro tanto a la vida (teniendo en cuenta en particular la vejez que me espera, la degradación, la miseria física que humilla profundamente y lo despoja a uno de toda autonomía, de toda la dignidad que le queda).

Sé que con el día de ayer concluyó la parte más bella de mi vida. ¿Y qué fue esa parte más bella, sin considerar lo más bello, la creación? Ya no recorreremos la Provenza en coche; ya no viviremos despreocupados y liberados. En nuestros cuerpos y en nuestras almas, las huellas de las operaciones, del delirante deseo de muerte de nuestra existencia física; los fundamentos de nuestra confianza en la vida se han tambaleado. Nos amenaza el horror de la decadencia física, nos volvemos más feos, más débiles, nos deslizamos hacia fuera del mundo. Se adueña de mí la autocompasión cuando pienso que he pasado gran parte de mi existencia en la dictadura maligna de un país maligno y provinciano, mientras en la otra mitad de Europa, la mejor, florecía la buena vida, el bienestar y el brillo de cuarenta años felices y libres de responsabilidad, con sus posibilidades únicas. Ahora que los rusos le han endilgado la Europa del Este, allí también han empezado los problemas. Esto se llama responsabilidad política, que durante cuarenta años no han tenido que asumir. Quien ha vivido esos cuarenta años en Europa occidental ha podido experimentar algo nuevo, algo en que, sin embargo, todavía se percibía la fragancia del Ancien Régime, de su estabilidad, de su cultura, de su europeísmo.

Fragmento 2

Conversaciones mortales con M. A la luz de esas conversaciones, se ve claramente mi absurda situación, y también la de ella. Por mi trabajo di la espalda al país en el que no se me valoraba en absoluto, en el que no tenía un sitio, en el que desde el primer instante viví bajo la sombra de una sentencia de muerte. Recibí el Premio Gordo Mundial de Literatura, conseguí la libertad y la posibilidad de vivir en la civilización occidental… Ahora M., por su familia y porque no se siente a gusto en este país, hace todo lo posible por que vuelva a la ciénaga intelectual, a nuestro piso situado a pocos pasos de la familia, y eso que uno de los orgullos de mi vida consiste en haber evitado la corrupción que también recibe el nombre de familia. Podría ser el abuelo de cuatro niños, un señor de barba blanca que apacienta a los nietos en los parques infantiles… He conseguido evitar ese destino y ahora me quieren arrastrar ahí. Por otra parte, sin embargo, también hay que comprender a M., claro está…

Fragmento 3

Todo es impreciso. Nada ocurre «exactamente». Nuestra vida es una descripción imprecisa. Escribir una y otra vez. (Reescribir una y otra vez). La curiosa relación de Musil con los gatos. Lo cierto es que desde el accidente me cuesta arreglármelas con el ordenador. Otra cosa: unos gastos enormes. Nadie me tiene ninguna consideración, nadie me dice que debo pensar en guardar ciertas reservas para el final… Eso sí, se plantea la pregunta de quién se «encargará» de mis obras después de mi muerte: habría que crear una «curaduría», dice M. ¿Quiénes habrán de ser los miembros de esa «curaduría»? Ya lo hablaremos después de mi muerte, dije (o, mejor dicho, no lo dije).
 
Fuente | La vanguardia
31.03.2016

1 de enero de 2016

2016

Les deseo a todos los amigos y visitantes de este espacio, que 2016 traiga para ustedes salud, amor, alegrías y satisfacciones.

Comiendo castañas (me encantan y no puedo parar), mis lecturas con las que inicio este año son dos novelas de la escritora húngara Magda Zsabo, Calle Katalin y La balada de Iza. Y Apuesta al amanecer del escritor austriaco Arthur Schnitzler. Ya me contarán ustedes con qué libros han iniciado este nuevo año.
 
Muchas felicidades.
 

13 de noviembre de 2014

Kertész, censurado

El Premio Nobel de Literatura 2002, Imre Kertész, es censurado por el New York Times por no decir lo que el periodista que lo entrevistó quería que dijera: que en Hungría había una dictadura.

En una entrevista publicada esta semana en la última edición de la revista judía Szombat, Kertész aseguró que el periodista del New York Times le preguntó sobre la situación en Hungría, a lo que el nobel respondió que ésta era satisfactoria. "Él (periodista) pensaba que expresaría mis aversiones frente a Hungría o algo por el estilo. No lo hice. Él pudo haber llegado con la intención de convencerme de que dijera que en Hungría había una dictadura, lo que no es verdad", explicó el autor de Sin destino.

Kertész agregó que el periodista demostró no tener "ni idea de qué es una dictadura. Si uno puede escribir y expresar su opinión y viajar libremente, simplemente es absurdo hablar de dictadura. Esto se lo he dicho".

Aun así, el escritor dijo que no está "satisfecho con todo lo que sucede en Hungría", como nunca lo ha estado, pero afirmó que hablar de "dictadura" en Hungría "no es nada más que ideología e irresponsabilidad".

La entrevista finalmente no se publicó en el diario estadounidense, lo que fue calificado por un amigo de Kertész como "cierta censura", recordó el escritor en la entrevista.

Fuente | La Vanguardia.

20 de agosto de 2014

¡Condecoración a Imre Kertész!

Hungría condecora a premio Nobel Imre Kertesz
 
El presidente de Hungría, Janos Ader, entregó hoy la Orden de San Esteban, el más alto reconocimiento nacional, al escritor y premio Nobel Imre Kertesz. La condecoración tiene el objetivo de conmemorar la fiesta nacional más importante del país, el día de San Esteban. San Esteban (Esteban I) fue el rey fundador de Hungría y reinó el país del año 1000 a 1038.

Kertesz ganó el Premio Nobel de Literatura en 2002 "por escribir lo que confirma la frágil experiencia de lo individual contra la salvaje arbitrariedad de la historia", señaló en su momento el Comité del Nobel.

Kertesz, un judío, fue deportado al campo de concentración de Auschwitz a la edad de 14 años. Su escritura refleja esa experiencia. Ader comentó que Kertesz merece este reconocimiento por su obra completa, que describe plenamente lo que hacen las dictaduras al alma humana. Particularmente agradeció a Kertesz por su audacia y honestidad como escritor.

La Orden de San Esteban es otorgada para reconocer méritos excepcionalmente sobresalientes que apoyan a Hungría, así como obras extraordinarias y logros internacionales significativos. El primer ministro, Viktor Orban, y el presidente del Parlamento, Laszlo Kover, estuvieron presentes en la ceremonia de premiación.

25 de julio de 2014

Lo que rescata "El gran hotel Budapest"

"¿Quién es Stefan Zweig? Rara pregunta. Si se opta por el camino sencillo se podría dejar en escritor austriaco, vienés de nacimiento y de vocación; judío por accidente. Si se lee su obra con la misma pasión que exige la escritura arrebatada de El mundo de ayer -sus memorias-, entonces la pregunta puede llegar a incomodar. Zweig no es sólo un intelectual al uso atrapado entre dos guerras mundiales y otras tantas formas de totalitarismo, sino que de su nombre depende todo lo bueno que alguna vez soñó para sí Europa. No se trata sólo de un autor, sino, mucho más ambicioso, de una provocación. Como Arthur Koestler, por ejemplo, su vida y su obra son el testimonio quizá de una promesa, de una idea, de lo que pudo ser y finalmente no fue. Eso, o más grave, la sencilla constatación del más ridículo y tremendo de los fracasos: el nuestro, el de Europa.

Quién sabe si por lo que sucede ahora mismo en el extremo oriental a las orillas del mar Negro de esa Europa pacífica, activa, culta y finalmente imposible por la que peleó Zweig, o quizá por la incapacidad de los europeos de entender en este preciso instante que lo que viene del Sur no es necesariamente una amenaza; el caso es que el autor de Carta de una desconocida se antoja más presente y necesario que nunca. Eso o simplemente una película. El gran hotel Budapest, de Wes Anderson, rescata de forma íntegra su figura y, por decirlo mejor, su espíritu, lo que es más importante. Y todo ello bajo la apariencia inocente, o no tanto, de una comedia detallista, precisa, tal vez perfecta, empeñada en borrar los límites entre la fantasía y la realidad, entre la ensoñación de un tiempo casi borrado por el olvido y la sensación grata y dura de reconocimiento de lo auténticamente real. Contradictorio e irrenunciable.

Cuenta el director de Houston que dar con Zweig significó para él casi una revelación. «Fue un autor con el que di muy tardíamente con la lectura de 'La piedad peligrosa', su única y verdadera novela. La impresión fue aún mayor al descubrir que apenas es ya leído ni en mi país ni creo que en Europa y que sólo desde hace una decena de años ha empezado a tener cierta relevancia en determinados círculos», dice Anderson y acto seguido puntualiza: «La película, en cualquier caso, no se refiere directamente a ninguna de sus obras de forma determinada, pero creo que todo lo esencial de su trabajo está ahí: el argumento no es otro que el crepúsculo de una Europa y de una determinada cultura europea. La que defendió y representó Zweig».

El mundo de la seguridad

Y en efecto, la cinta recrea con el mismo entusiasmo con el que Zweig lo describe «el mundo de la seguridad» que precedió a la Gran Guerra. «Todo en nuestra monarquía austríaca casi milenaria», se lee en las memorias del autor, «parecía asentarse sobre el fundamento de la duración, y el propio Estado parecía la garantía suprema de esta estabilidad... Todo el mundo sabía cuánto tenía o cuánto le correspondía, qué le estaba permitido y qué prohibido. Todo tenía su norma, su medida y su peso determinado». Y todo ello se aprecia en el rigor de una cinta que se quiere parecer a Zweig en cada detalle. Que son muchos.

Como los propios relatos del austriaco, el último trabajo del director de Viaje a Darjeeling se estructura alrededor de un secreto. Dos personajes se encuentran y en el choque fortuito nace el principio de un cuento, una culpa o un misterio confesado, que cambiará para siempre la vida del que escucha. La importancia del relato no radica tanto en su capacidad para levantar testimonio de un hecho como de sugerir en el que escucha la clave para entender su propia vida. Y eso que vale para uno de los dos protagonistas del cuento o novela, el que atiende, sirve exactamente igual para el lector.

De alguna forma, toda la literatura de Zweig juega a recrear la pulsión original de los mitos compartidos, la cultura, digamos, occidental. Toda su literatura, por moderna, es necesariamente literatura de literatura, cuento de cuento, narración de lo ya narrado. Y ahí coincide tanto un proyecto estético como social y político. Todo el arte europeo (o todo el arte sin más) es necesariamente un terreno compartido; un espacio común para la comprensión (aquí su dimensión utópica) y (llegan las malas noticias) para la fatalidad. Mal que nos pese, todos somos víctimas del mismo destino social como el oficial de 'La piedad peligrosa' que, incapaz de sobreponerse a las convenciones de la sociedad, acaba por ser un héroe para todos y un miserable para sí mismo.

Una aventura existencial

'El gran hotel Budapest' cuenta la historia de un conserje de un hotel decimonónico, demasiado parecido a cualquiera de los que tiempo atrás adornaron en todo su esplendor Karlsbad o Karlovy Vary, obligado a huir. Víctima de una falsa acusación de asesinato, él (Ralph Fiennes) y su inseparable 'lobby boy' Zero recorrerán la geografía desolada de una Europa enferma de su propia opulencia que se prepara para la peor de las pesadillas. Estamos en ese periodo llamado de entreguerras. En realidad, la película discurre en dos tiempos. En los años 60, un hombre (Murray Abraham) rememora su pasado ante la atenta mirada de un escritor (Jude Law). Lo hacen en el hall de un hotel desvencijado y feo que antes vivió su momento de gloria. Cuando acabe la historia, ya nada volverá a ser igual: ni la del escritor que escucha ni la del espectador ni la de la propia Europa.

Como en Zweig, la idea es eliminar todo adjetivo superfluo, toda descripción innecesaria, cualquier diálogo demasiado evidente, para llegar al punto límite en el que la narración limpia se convierte en una especie de cristal transparente desde el que observar (atentos) el alma humana. Se trata de enseñar la aventura existencial de sus personajes desde la meticulosa descripción de lo que les rodea y les hace ser lo que son. La idea no es otra que pintar desde fuera lo que hay dentro. Y en este juego de paisajes que emocionan, de geometrías apasionadas, tan importante es lo que se ve como lo que se esconde.

Pero no sólo eso, la textura de la propia película, entre la ensoñación y la reconstrucción hiperrealista, calca la propia manera de reconstruir las ruinas de su propia vida utilizada por Zweig. La ficción para el austriaco siempre fue una manera de acercarse a la realidad de su mundo, de explicarla, de la misma manera que cada hecho real que configura su biografía se acerca al brío de lo imaginado, quizá sólo soñado. «La idea es reinventar la realidad pasándola por el tamiz del recuerdo, de lo imaginario», afirma Wes Anderson sobre su película de la misma manera que en el prólogo de El mundo de ayer se puede leer: «Todo lo que olvida el hombre de su propia vida, en realidad ya mucho antes había estado condenado al olvido por un instinto interior... Así que ¡hablad, recuerdos, elegid vosotros en lugar de mí y dad al menos un reflejo de mi vida antes de que se sumerja en la oscuridad!».

Un lugar extraño

Y así, la Europa que descubrimos en Zweig y que traduce Anderson es un lugar ya completamente extraño en el que los periódicos, los de todos los días, publican textos filosóficos al lado de poemas; en el que la vida intelectual determina el pulso de la actualidad hasta el punto de transformarla al calor de publicaciones como 'La Feuille' o 'Demain' («Nos parecía que bastaba con pensar a escala europea y unirnos en una hermandad internacional, declararnos partidarios del ideal de un entendimiento pacífico... y de una fraternidad espiritual por encima de lenguas y países»), o un sitio en el que la fascinación por la propia fascinación (memorable el episodio en el que Zweig visita a Rodin) es la única pauta de conducta.

La Europa, en definitiva, que vivió dos guerras completamente diferentes en sus formas, pero idénticas en el resultado. «Nunca he confiado tanto en la unidad de Europa, nunca he creído tanto en su futuro como en aquella época, en la que nos parecía vislumbrar una nueva aurora. Pero en realidad era ya el resplandor del incendio mundial que se acercaba», reflexiona Zweig justo antes de describir el huracán de odio que arrasaría con todo. «Si hoy», continúa, «nos preguntamos por qué Europa fue a la guerra en 1914, no hallaremos ni un fundamento razonable, ni un solo motivo... De repente todos los estados se sintieron fuertes, olvidando que los demás se sentían de igual manera; todos querían más y todos querían algo de los demás. Y lo peor fue que nos engañó la sensación que más valorábamos todos: nuestro optimismo común...».

Zweig está ahí para dar testimonio de una Europa que se precipitó al suicidio con gesto decidido. Leerle ahora, o recuperarle a través del espejo de Wes Anderson, se antoja un ejercicio de memoria tan inútil como imprescindible. «Europa, nuestra patria, por la que habíamos vivido, sería devastada más allá de nuestras propias vidas. Comenzaba algo diferente, una época nueva, pero ¡cuántos infiernos y purgatorios había que recorrer todavía!», escribe el autor casi al final del relato de su vida, una vida que antes que cualquier otra cosa, desde la renuncia consciente a una vida que no vale la pena, es provocación. Lúcida y herida".

Fuente | La memoria perdida del ayer
Luis Martínez
23/03/2014
El Mundo

28 de febrero de 2014

Robert Musil

Dureza Musil
Fernando Solana Olivares
28-02-14
Milenio

Entre la galería múltiple de destinos que hay en El imperio perdido, de José María Pérez Gay, está la difícil historia literaria de Robert Musil (“mientras a su alrededor la vieja Europa se derrumba, Musil no sabe si el hombre sin atributos debe acostarse con su hermana”, escribe aquél).

El viernes 11 de febrero de 1942, un día que fue mortecino y gris según el almanaque, el escritor austriaco refugiado en Suiza escribió a la Compañía de Luz de Ginebra lo siguiente: “Tengo un radiador que me ayuda a mantener la temperatura de la habitación donde trabajo, sin él no podría sobrevivir al invierno. Soy un hombre enfermo y no puedo entrar en calor con ejercicios gimnásticos. Además, mi profesión me obliga a estar siempre en el escritorio. […] Me permito agregar que soy un escritor de cierto prestigio internacional y busco en Ginebra calma para trabajar. En estas circunstancias, a pesar de que siempre cumplo con las restricciones de consumo, el medidor de electricidad ha subido más de la cuenta en las últimas semanas. Aunque sea con ciertas restricciones les solicito me autoricen el uso del radiador, pues para mí tiene una importancia vital”.

La casa que ocupaba con su esposa Martha estaba casi vacía. Las paredes desnudas tenían las huellas de cuadros descolgados y el estudio de Musil solo contaba con una mesa, una silla y un sillón. Caminaban por las mañanas; él escribía después durante seis horas e iban al cine por la noche. Esa rutina se interrumpió el 15 de abril de 1942, cuando un derrame cerebral repentino mató al escritor.

Desde años atrás lo perseguía la pobreza, y a partir de 1930 comenzó a bajar por su tobogán. La editorial que publicó el primer volumen de El hombre sin atributos se declaró en quiebra, un premio literario que le otorgaron anunció que no contaba con fondos para entregarse, y en su diario consignó: “Tenemos dinero para vivir unas semanas. Martha me pregunta si lo tengo claro”. Desde ese momento hasta sus últimos días tuvo que pedir ayuda. Un texto que nunca se publicó, No puedo más, confesaba la circunstancia: “Por primera vez escribo sobre mí mismo. Lo que tengo que decir se condensa en el título. Ahora es absolutamente en serio: no tengo dinero. Quien me conozca personalmente sabrá que me resulta muy difícil escribir así”.

Pérez Gay observa que Musil nunca supo qué hacer con el dinero, el cual siempre le repugnó por verlo pasar de mano en mano. Durante los años de la inflación perdió la pequeña fortuna heredada pues padecía una afección aristocrática: el fastidio ante los asuntos económicos. Esa condición impráctica y necesitada se oponía al ambicioso proyecto literario que lo ocupaba. Su cuerpo literario, dice el ensayista, un punto de encuentro de varias historias, tramas y personajes de la excepcional novela El hombre sin atributos.

Una de ellas es lo que Musil llama La acción paralela, el plano narrativo político-social donde un discurso externo domina la conciencia y la acción de los personajes así victimizados. Otra es la historia del incesto entre dos hermanos gemelos enamorados, Ulrich y Agathe, el paraíso del encuentro entre ambos que los conducirá al fracaso político y erótico, metáfora del derrumbamiento del imperio austro-húngaro. Lo que Musil llama el “sentido de la posibilidad” es el principio que norma la vida de Ulrich y la misma novela.

Ese sentido es “la facultad de pensar en todo aquello que podría igualmente ser, y no conceder a ‘lo que es’ más importancia que a ‘lo que no es’ (…) Lo posible abarca, sin embargo, no solo los sueños de las personas neuróticas, sino también las intenciones de Dios que aún no han despertado”. Sentido de posibilidad, pensar lo que igualmente podría ser. Años antes, Musil había hablado de la vida flotante, “entre el amor intellectualis y la literatura”. En un pasaje de sus diarios quedó anotado: “El hombre sin atributos,/ la vida sin una forma fija:/ dos caras de la misma moneda”.

Musil creyó en la literatura como expresión del movimiento y las relaciones entre los hombres, como una lucha estética contra la idea de que existen modos de vida fijos y seguros. Al final, en su pobreza, las gélidas temperaturas servirán de resumen a un credo de la multiplicidad literaria, mental. Una vida, la suya, tan dramática como la de cualquiera, pero con un viático específico: la creatividad. No hay tumba de Musil porque Martha esparció sus cenizas en el bosque de Saléve cerca de Ginebra. A la ceremonia solo fueron siete invitados.
 

12 de julio de 2013

Cartas a Eva Haldimann, Imre Kertész

Imre Kertész, Cartas a Eva Haldimann (Barcelona: Acantilado, 2012).

Durante más de veinte años (entre 1977 y 2002), Imre Kertész y la crítica y traductora Eva Haldimann mantuvieron correspondencia.

Es un libro extraordinario, muchas veces conmovedor. Su lectura nos hace comprender muchas cosas de la vida y obra del mejor escritor vivo en la actualidad: el Premio Nobel, Imre Kertész.

En una de sus cartas, escribe:

Budapest, 1 o 2 de octubre de 1990

Estimada Eva:

Pues sí, después de mis "sabias intuiciones" de comienzos de año hemos llegado a un punto que me veo obligado a una declaración que podrá leer usted en el artículo que le adjunto. De todos modos -aunque sea lamentable- me da la sensación de que tengo que informarle de ello. Por cierto, se está desarrollando una amplia protesta en la sociedad: Miklós Mészöly ha dimitido del cargo que tenía en la junta directiva de la Asociación de Escritores.

Le saluda con mucho afecto,

Imre Kertész

NO TOLERO QUE SE ME EXCLUYA
(Carta a la presidencia de la Asociación de Escritores)

Distinguida presidencia:

Siento muchísimo verme obligado a declarar que ya no me considero miembro de la Asociación Húngara de Escritores.

Trataré de resumir mis motivos de forma moderada, clara y sobre todo breve. En un número reciente de la revista Hitel se publicó un artículo escrito por Sándor Csoóri en el que señala que "ha desaparecido por completo la posibilidad de una fusión espiritual y anímica entre los judíos y los húngaros". En el mismo artículo, Csoóri comunica también la lista de los intelectuales judíos admisibles a su juicio. En ese registro no he encontrado mi nombre, para gran espanto mío. Eso sí, me habría espantado más sí lo hubiese encontrado.

Por otra parte, nunca se sabrá si los muertos -Antal Szerb, György Sárközi y otros- hubieran aceptado el privilegio que Csoóri les concede; los vivos, en cambio, callan. En cuanto a mí, no me interesa en absoluto ningún tipo de discusión sobre los méritos de cada cuál. No me encuentro en la situación del extraordinario Ferenc Fejtó, que podría haber enumerado con sensatez y sabiduría unos cuantos argumentos racionales en contra, consciente de que después podrá volver a la tranquilidad y seguridad de su domicilio parisino y de su fama europea. Nosotros vivimos aquí de otra manera. ¿Cómo? Pues en una situación de riesgo. Yo no quiero convencer de nada a Sandro Csoóri. "Los judíos": algo así por supuesto no existe, salvo como apartado estadístico. O quizá sí, y yo no me he enterado. Puedo decir con Schönberg, el gran compositor: "Qué tengo que ver yo con los sabios de Sión? Para mi es un título de Las mil y una noches". Puedo asegurar a Sándor Csoóri que ni como individuo ni como parte de "los judíos" se me pasa por la cabeza hacer lo que él describe así: "Asimilar a los húngaros en cuanto al estilo y al pensamiento". De frases como ésta no puedo deducir que se ofrezca la posibilidad de una discusión racional de cualquier tipo. En este punto citaré -para evitar hasta la apariencia de una referencia personal- lo que he escrito hace un tiempo en mi novela Kaddish por el hijo no nacido: "El antisemitismo no es una convicción, sino una cuestión de constitución y de carácter. Antes de Auschwitz el antisemita era un asesino latente, después de Auschwitz es un asesino manifiesto".

Siempre he vivido como individuo, siempre me he definido como individuo. Yo no tengo los llamados problemas de identidad. Que yo sea húngaro no es en absoluto más absurdo que el que yo sea judío; y que sea judío tampoco es más absurdo que el que, en general, yo sea. Después de Auschwitz ha sido para mi la única definición posible. No crean que me resultó fácil llegar a esta formulación quizá aforística, para algunos tal vez incluso divertida. No crean que fue fácil construir un individuo a partir de los restos de mi personalidad pisoteada por las botas y mantenerlo de manera continua a pesar de todo, de lo cual he dado fe hasta el día de hoy en mis trabajos, en mis obras.

No tolero que se me excluya de mi individualidad; no tolero que después de las décadas carcelarias del totalitarismo me definan como perteneciente a "los judíos", lo hagan judíos o no judíos. Sin negar nunca mi origen -esa casualidad celestial- no toleraré jamás que en nombre de los datos relativos a mi origen en el libro de familia me mutilen los mismos que me discuten explícitamente el derecho a considerar, por ejemplo, una ofensa el Tratado de Trianon. No tolero que Sándor Csoóri me arranque mis paisajes, mis bosques, mis precipicios y mis cimas, desde donde veo muy por encima de la cabeza del mezquino racismo. . Yo no me he refugiado ni me refugiaré en ninguna identidad, sea racial, nacional o grupal; no he pedido a ninguna raza, nación o grupo la autorización para ser su portavoz, para excluir, para juzgar, expulsar en su nombre. Siempre he considerado mi vocación -y al mismo tiempo mi credo de escritor- el mostrar al mundo la fragilidad y vulnerabilidad de mi individualidad: mostrarlas a todos los pelotones de fusilamiento del mundo, pero también a los corazones acogedores de éste.

Por supuesto, dentro de mí se planteó igualmente la pregunta: ¿de quién recibió Csoóri la autorización para hablar, tan infaliblemente seguro de sí mismo, en nombre de los húngaros? ¿De quien recibió la autorización para iniciar la acogida de los "como mínimo cuatro millones de húngaros" que viven fuera de las fronteras, sea "como minoría", sea de forma "dispersa", excluyendo como primer paso a "los judíos" que viven dentro de dichas fronteras? Considero desde luego que los húngaros -los de verdad, los que están vivos, no los imaginados por Csoóri- responderían que vuelve a presentarse un programa de catástrofes. Que vuelve a jugar con ellos un círculo pequeño, que se ha designado a sí mismo, que se ha apropiado de forma exclusiva y excluyente del nombre de Hungría, que es numéricamente insignificante pero tanto más desmesurado en el volumen de su voz, un círculo que vuelve a enfrentarse al espíritu europeo y al espíritu húngaro europeísta, válidos desde la Ilustración, desde la revolución burguesa húngara, un círculo que quiere bastante poco al pueblo en tanto que define su propia universalidad negativamente, en perjuicio de "los judíos", y que al fin y al cabo -como todo aquel que infringe los contratos- pocas veces se contenta con menos que la catástrofe universal como signo de su universalidad. Esta es mi opinión, y no querría fastidiar ni a la Asociación de Escritores ni a mí mismo al expresarla, puesto que realmente no vale la pena. Pero hay aquí un problema: Sándor Csoóri es uno de los copresidentes de la Asociación Húngara de Escritores y, por otra parte, desempeña un importante papel en el partido del gobierno. Para ser claros: si yo pensara el contenido de su artículo de forma lógica y radical hasta sus últimas consecuencias, llegaría a la conclusión de que, en el fondo, sus palabras anuncian inminentemente medidas discriminatorias.

No quiero llegar a esta conclusión. No quiero creer seriamente que se haga o pueda hacerse realidad. No puedo creer que la legítima representación del pueblo pueda ser barrida, no puedo creer que, en general, esta amenaza se cierna sobre la representación legítima del pueblo. Si lo creyera realmente no redactaría un escrito para darme de baja, que, en definitiva, es un paso positivo a pesar de todo, siempre y cuando mis palabras se interpreten correctamente. Porque después de las muchas "palabras, palabras, palabras", considero llegado el momento de que alguien, de forma existencial, renunciando quizá a ciertos privilegios, poniendo en riesgo a su persona y su posición, proteste por fin contra el diletantismo político que azota a este país. Sí, repito, es intolerable que, en medio de la crisis moral que pesa sobre el país, personas de la vida pública e incluso con cargos públicos manifiesten puntos de vista que incluso como opiniones particulares resultan sumamente cuestionables, peligrosas y nefandas.

A partir del día de hoy, me doy de baja, con dolor, como miembro de la Asociación Húngara de Escritores, puesto que considero imposible seguir formando parte de una asociación que se denomina húngara, pero cuyo copresidente pone decididamente en duda en su artículo que yo, como perteneciente a "los judíos", pueda compartir sentimientos con los húngaros.

Ruego tomar nota de mi baja y ruego al mismo tiempo que esta declaración se dé a conocer en toda su extensión a los miembros de la Asociación, como manda la ley moral no escrita y, según tengo entendido, también la ley pública escrita.

Atentamente

IMRE KERTÉSZ

Más adelante comentaré lo que cuenta en este libro Imre Kertész a Eva Haldimann, sobre los acontecimientos posteriores a este suceso.

16 de noviembre de 2012

Imre Kertész, abandona la escritura

El excelente escritor Imre Kertész, el mejor escritor vivo en la actualidad, abandona la escritura. Una obra que nadie debería dejar de leer. “Ya no quisiera escribir. La obra que está tan relacionada con el Holocausto ha concluido para mí", ha explicado Imre Kertész, premio Nobel de Literatura y autor de obras como Sin destino.

El escritor, de 83 años, superviviente de los campos de exterminio de Auschwitz y Buchenwald, y residente en Berlín, asegura que en Alemania le comprenden mejor que en Hungría. "El destino es inescrutable", ha confesado en una entrevista con el semanario alemán Der Spiegel, al indicar que es justo en Alemania donde ahora se preserva su legado. El escritor húngaro se refería a la inauguración en Berlín de un archivo con los manuscritos de sus obras, como Sin destino, Kaddish por el hijo no nacido o Fiasco, entre muchos otros documentos.

Imre Kertész acaba de publicar Cartas a Eva Haldinmann (Acantilado, donde edita la mayoría de su obra). El libro recoge la correspondencia con su traductora y crítica literaria. Veinte años de correspondencia en la que se describe el trabajo y las dificultades del escritor.

Fuente | El País.

19 de agosto de 2012

Liberación, de Sándor Márai

"Liberación fue escrita por Sándor Márai apenas unos meses después de la llegada de las fuerzas soviéticas a Budapest. Constituye una crónica magistral de lo que fueron los 40 días del asedio de la ciudad húngara, el miedo de los habitantes, la esperanza ante el fin de la guerra, pero sobre todo la convicción de unos pocos en que esto no traería el cambio que esperaban. Esta novela, cuya crudeza sorprenderá incluso a los lectores asiduos al autor de La mujer justa, se publicó en Hungría en 2000, once años después del suicidio de Márai en Estados Unidos, y ahora la editorial Salamandra lo publica en castellano. La Jornada ofrece un adelanto del libro con autorización de Océano, distribuidora en México":
La decimoctava noche después de Año Nuevo –la vigésimo cuarta jornada del asedio a Budapest–, una joven decidió abandonar el refugio antiaéreo de uno de los grandes edificios céntricos sitiados, para ganar el otro lado de la calle, ya reducida a un campo de batalla, y llegar a cualquier precio hasta el hombre que llevaba cuatro semanas escondido junto a otros cinco en un angosto sótano tapiado en el edificio de enfrente. Aquel hombre era su padre, a quien la policía secreta seguía buscando con especial celo y escrupulosa saña incluso ahora, en el caos y la desintegración final.
Artículo sobre el tema: La crudeza necesaria de Sándor Márai.

31 de mayo de 2012

Imre Kertész

Y es que no es más, la felicidad son unos segundos nada más, Kertész.

Entrevista realizada en 2007 a a Imre Kertész, un grande. El mejor escritor en la actualidad. Su obra no puede dejar de leerse.

"Imre Kertész tenía hambre a las tres de la tarde del lunes en Berlín; llegó al hotel donde habíamos quedado, en el centro de la ciudad que simboliza para él tantas cosas, y se pidió en la barra un bocadillo de jamón de York que luego dejaría a la mitad. Tranquilo, pausado, el autor de Sin destino se dispuso a hablar del pasado como si fuera una herida, pero también como si fuera el sustento de una obra de arte. Berlín, escribió una vez, "era la ciudad de Europa más expuesta al peligro", y era también la ciudad cuyo nombre evocaba ciertos azules de su infancia. Ese Berlín mítico fue luego, sobre todo, el lugar del que salía la rampa hacia los campos de concentración que rompieron su vida nada más empezar... Ahí vive, en medio de la memoria de su drama.

Tenía dolor de espalda, estaba resfriado, pero se sentía feliz de hablar, y cuando empezó a hacerlo, aquel hombre humilde de ojos asombrados y cálidos alcanzó su verdadero poderío; dejó de ser el modesto viandante que en Berlín cruzaba la calle enfundado en un tupidísimo abrigo negro y se convirtió en Imre Kertész, el escritor húngaro que contó su experiencia en los campos de concentración y le puso un nudo en la garganta a los lectores de su límpida, terrible historia.

Su novela Sin destino, que como prácticamente toda su obra ha sido publicada en español por El Acantilado, es un clásico entre los testimonios de lo que sufrieron las víctimas de los campos, y se ha convertido en símbolo (ahora también en cine) de aquel horror, que él sufrió cuando era aún un adolescente tanto en Buchenwald como en Auschwitz; el resto de su obra, incluidas sus reflexiones y sus diarios, giran en torno a esa enloquecedora experiencia; convertida en literatura, su memoria le valió en 2002 el Premio Nobel.

Ahora vive entre Berlín y Budapest; llega con su sombrero negro ("el de hace años", dice) y come como un pajarito; sus ojos vivarachos y bonachones caen sobre las preguntas como dos luces que él agita a veces con rabia. Habló en húngaro, y una intérprete -Julia Maté, hija de húngaros- nos tradujo al inglés ese idioma que a veces parece nórdico. Queríamos hablar sobre el tiempo que ha vivido, e Imre Kertész lo hizo con pasión y con desesperanza. En cualquier momento, dijo, la humanidad se puede caer.

Pregunta. Escribe usted en Kadish por un hijo muerto: "El siglo, ese pelotón de fusilamiento en servicio permanente, se prepara otra vez para disparar...". Un siglo terrible, usted lo padeció. ¿Cómo lo ve hoy?

Respuesta. Creo que aún hay cosas que están por desvelarse del siglo XX. Pero ocurrieron hechos sin precedentes en ese siglo, que son los regímenes totalitarios que existieron, el nazismo y el comunismo. Eso es algo que no podemos olvidar.

P. ¿Y las amenazas del siglo, las que usted padeció, han sido resueltas?

R. No creo que sea posible superarlas, porque todo lo que pasó en el siglo XX ocurrió y sigue existiendo, está con nosotros, es nuestra memoria. Auschwitz, el Gulag... viven aún en los genes de la humanidad. Y las generaciones futuras seguirán llevando estos genes.

P. ¿Y cómo se manifiestan esos genes? En la ex Unión Soviética, por ejemplo, ¿cree usted que a pesar de que ya no haya un régimen comunista aún queda algo de ese sistema en los genes de la gente?

R. No creo que esto sea algo relacionado con la política, es más bien una herencia que acarrea la humanidad. En cuanto a Rusia, no le puedo decir nada al respecto, ya que no me siento cerca de ese país, lo conozco poco. La situación de Rusia no ha cambiado en siglos. Desconocen la democracia. Ni siquiera la contemplan como forma de convivencia. Introdujeron otro sistema, que es el bolchevique. A través del bolchevismo quisieron abrirse a Occidente, y esto es lo que les llevó a idear el Gulag, los campos de exterminio en Rusia. Ocurrió de forma independiente a la política. Era una forma de vida y se transmitía a través de la gente. No creo que se haya superado ni se haya acabado. Y si no llega Rusia pronto a la democracia, eso conllevará serias consecuencias.

P. ¿Y dónde está el gen del otro sistema totalitario, el nazismo, el fascismo? ¿Aún pervive en la humanidad? La experiencia de la guerra y la devastación de aquellos años, ¿acaso no fueron suficientes para que dejara de existir para siempre?

R. No quiero que haya malentendidos. No estoy diciendo que estos sistemas, como el comunismo o como el nazismo, estén codificados en los genes. No es lo que quiero decir, pero lo cierto es que los sistemas existieron y a raíz de aquello la gente los lleva consigo. Se ha desarrollado un patrón, y ese patrón existe en las mentes de la gente. Puede ocurrir de nuevo porque ya existe un modelo, un patrón. Antes de la [última] guerra, si a alguien se le hubiese ocurrido decir: vamos a construir un campamento de exterminio de judíos, la gente habría pensado de esa persona que era un enfermo mental. Antes de la guerra, esas cosas no habrían sido posibles. Pero hoy sí, hoy puede ocurrir, porque existe un precedente. Quiero usar la palabra escándalo para lo que siento. Escándalo porque ocurrió en una cultura cristiana. Tanto el Holocausto como el nazismo ocurrieron en una cultura cristiana cuyos valores se colapsaron. El que los valores se hubieran colapsado, como bien predijo Nietzsche hace tiempo, ¿es algo que ya viene predeterminado por la humanidad? ¿O tiene que ver con la incompatibilidad de los alemanes y los judíos?

P. En Jerusalén, usted dijo hace cinco años que se sentía transido de felicidad, entre los judíos, pero se preguntaba por el porvenir, inquieto. "Hablaremos dentro de veinte años". Ahora hay conversaciones entre Bush, los palestinos y los israelíes para pacificar la zona. ¿Alberga usted alguna esperanza, o aún hay que esperar quince años más?

R. Para ser honesto, no estoy puesto al día en la política actual. No puedo comentar nada sobre lo que dicen dirigentes como Bush. Pero a largo plazo somos todos humanos y, por tanto, tenemos ideales humanos, y son estos ideales los que algún día harán posible la armonía. En Jerusalén creo no haber conocido a ningún judío intelectual que se opusiera a que exista un Estado libre palestino. Lo que ocurre es que la mayoría de las personas son manipuladas a través de la política. Es posible que exista vida normal en Palestina porque hay un antecedente armónico, cuando Israel estaba bajo el mandato inglés. Funcionó y entre la gente no había distinción. Esto fue antes de la Primera Guerra Mundial. La coexistencia no empezó con odio, sino con cooperación. Los judíos compraron tierras y allí cultivaron naranjos. Esto es algo que podría suceder de nuevo".

Seguir leyendo.

7 de marzo de 2011

Ludwig Wittgenstein

A los alumnos, Wittgenstein los azotaba de forma inmisericorde si erraban. "Para eludir la justicia escolar, en 1926, abandonó la docencia y trabajó de jardinero en un monasterio, pero aburrido de podar rosales, en vez de suicidarse como era tradición en su familia, volvió a Cambridge donde su Tractatus era estudiado como un devocionario".

Wittgenstein:"decir a los amigos que he sido feliz".

6 de febrero de 2010

Los demonios, de Heimito von Doderer

Los demonios, con su título voluntariamente igual al de la novela de Dostoyevski, ocurre en tiempos de paz, entre las dos guerras y no obstante, de una manera indirecta, está consciente y da una explicación de la Historia sólo que lo hace de un modo tan magistral y puramente artístico que lo difícil es no apresurarse a justificarla tanto como a contarla. (...) ¡Cuán gozosas, ricas, minuciosas son las descripciones de personajes y lugares por parte de Heimito von Doderer!
En: Juan García Ponce, Ante Los demonios

Como bien dice este artículo, donde se informa de la publicación de Los demonios de Heimito von Doderer, "cabe reiterar un vivo reconocimiento al descubridor y primer gran lector de Heimito von Doderer en México, Juan García Ponce, quien desde mediados de los 1960 comenzó a publicar artículos y ensayos que nos aproximaron a una obra y un autor por entonces frecuentados por un número de lectores sumamente restringido fuera del ámbito cultural de lengua alemana.

A García Ponce le debemos sobre todo el mejor mapa de lectura de la pieza épica de Doderer redactado entre nosotros: Ante los demonios (publicado en 1993 por la Dirección de Literatura de la Coordinación de Difusión Cultural de la UNAM y Ediciones del Equilibrista), descripción paciente del transcurso de la novela que ahora bien merecería ser reeditada, toda vez que por fin se cuenta con una versión asequible del referente narrativo al que el escritor yucateco le dedicó muchos años de apasionadas incursiones. Asimismo, con ello puede constatarse qué tan profundamente caló esa temprana recepción de Los demonios en la obra de García Ponce, un tema que siempre se había ofrecido como seductora tarea comparatística y que hoy se antoja labor inaplazable".

"Más de medio siglo tuvo que transcurrir desde su aparición para que la novela Los demonios, obra capital del escritor austriaco Heimito von Doderer (1896-1966), haya sido finalmente traducida y publicada en castellano. Es sin duda el mayor de los acontecimientos del año 2009 en nuestro entorno editorial: una verdadera osadía como en muy contadas ocasiones veremos aparecer en el mundo hispánico, sobre todo por el esfuerzo inaudito que implica cursar, interpretar, estudiar y transportar a otra lengua 1,345 páginas compuestas en un nada sencillo alemán (algo sobre lo que entraré en detalle líneas adelante). Se trata de una empresa, que, sin duda alguna, ha de agradecerse de entrada con todos los honores al traductor Roberto Bravo de la Varga y a todo el equipo de la casa editora Acantilado".

14 de noviembre de 2009

Imre Kertész: No escribo literatura del holocausto, escribo solo novelas

Gracias a Jozko por la traducción del húngaro al castellano de esta entrevista. Me permito tomarla para compartirla con ustedes:

"La revista alemana Die Welt ha realizado una entrevista al escritor húngaro Imre Kertész, premio Nóbel de literatura, en ocasión de su ochenta cumpleaños. En la entrevista Kertész realizaba ciertas declaraciones sobre Hungría que han sentado bastante mal en el país y se ha creado una gran polémica en torno al escritor. Dejo aquí, en primer lugar, la entrevista. La he traducido del húngaro (alemán no sé), a partir de la versión que se publicó en el excelente blog húngaro Könvesblog (Blog de libros). En las próximas entradas se tratará más en concreto de la polémica.

- Señor Kertész, el 9 de noviembre cumplirá usted ochenta años, sin embargo el mejor regalo de su cumpleaños no lo recibe usted, sino otro.

- ¿Sí? Y ¿quién es?

- Berlín, por supuesto, ya que usted sigue viviendo aquí, entre los muros de la ciudad.

- !Qué cosas tiene! Yo soy de Berlín.

- Curioso, yo había leído que es usted de Budapest.

- Usted lee demasiado. Se lo explicaré. Soy una persona cosmopolita, y siempre lo he sido. Una persona cosmopolita no puede pertenecer a Budapest, la ciudad se ha vuelto completamente balcánica. Una persona cosmopolita, en cambio, puede pertenecer con toda tranquilidad a Berlín.

- ¿Qué es lo que le maravilla tanto de aquí?

- De eso podría hablar mucho, permítame que le mencione dos cosas. Berlín es la metrópolis más musical del mundo. Es una de las principales razones de por qué vivo aquí desde hace ocho años. Cuando residía aún en Budapest, tenía que llevarme la radio al baño continuamente para poder escuchar música ya que era el único lugar donde la señal era buena. Aquí hay tres casas de la ópera a dónde puedo ir cuando me apetece, sin hablar de las maravillosas filarmónicas. Para un amante de la música esto es el paraiso. Y la atmósfera de la ciudad es agradable, urbana. Sobre todo aquí, en Charlottenburg. Es tan agradable ver como pasea la gente por la calle, como se sientan en las terrazas de las cafeterías. Leen, comen, beben e incluso flirtean. Berlín en verano es como un centro de descanso sin igual, ¿qué más podría decir?, como una sauna relajante. Todos hacen lo que quieren e incluso de la manera más natural del mundo. No hay estrés, no hay violencia. La gente es amistosa unos con otros, y también lo son conmigo. Esa es mi experiencia, desde el primer minuto que he pasado aquí hasta hoy.

- ¿Y en Budapest no puede hacer todo eso? Cuando me enseñó la ciudad hace diez años yo también la encontré alegre y colorida.

- Como turista puede que sí, pero es solo apariencia. No hace mucho pasé diez días seguidos en Budapest . En los últimos diez años la situación ha empeorado completamente, ahora el discurso de la extrema derecha y de los antisemitas es el predominante. La vieja pasión húngara, la hipocresía, la tendencia a la intolerancia, es en la actualidad tan característica como lo ha sido siempre. Hungría en la guerra, Hungría y el fascismo, Hungría y el socialismo: de todo eso no han aprendido nada, lo han disfrazado con una capa de adornos.

- Usted nació en Budapest, vivió allí su infancia y tras pasar por el campo de concentración de Buchenwald, regresó a la ciudad. Allí surgieron sus obras más importantes, por las cuales recibió en el 2002 el Premio Nóbel, sobre todo por Sin destino (Sorstalanság), que se editó en 1975, después de doce años de trabajo. La literatura de su país es extraordinariamente rica. Ciertamente ¿no hay nada que le ate a su país?

- Soy producto de la cultura europea, un decadente, si le parece, una figura que ha perdido sus raíces, !no me ponga la etiqueta de Hungría! Ya es bastante con que sus compatriotas hayan hecho de mí un judío. Para mí, ni las ataduras raciales ni nacionales tienen la menor importancia. Y ya que ha mencionado el ambiente literario húngaro, le revelaré que durante los años del socialismo no leí ni un solo libro apoyado por el estado. Sencillamente mi gusto no lo permitía. Siempre que lo intentaba se me revolvía el estómago. Por supuesto hay unos cuantos escritores húngaros a los que respeto profundamente. Son artistas de la lengua dignos de admiración, autores decadentes de naturaleza juguetona, cuyos nombres, aquí en Alemania no les dirán nada. Por ejemplo Gyula Krúdy, que vivió entre 1878 y 1933, o Dezső Szomory, contemporaneo de Krúdy, y a la vez ambos extraordinarios ensayistas...

- ¿Como Sándor Márai, a quien usted también considera un grande?

- Como Márai, cuyos diarios son, en mi opinión, geniales. Sus novelas no tanto, no son la cumbre de la modernidad. Por supuesto en Hungría no ha habido modernidad literaria. Mucho después de la guerra Péter Nádas y yo llenamos ese vacío y luego llegó el postmoderno Péter Esterházy. Cuando era un joven escritor solía leer literatura europea, sobre todo alemana.

- ¿Quién tuvo especial influencia en usted?

- Thomas Mann, sin ninguna duda. En 1954 György Lukács tradujo los primeros textos de Mann tras la guerra, yo prácticamente los devoraba. Muerte en Venecia o La sangre de los Welsa cambiaron mi vida.

- "La sangre de los Welsa", con su caricatura del antisemita...

- A mi no me interesan las ideas, me interesa la estética. Y, con la mano en el corazón, judíos vanidosos, nuevos ricos, como los descritos por Mann en 1910 existen sin ninguna duda. ¿Por qué habría que echárle esto en cara al escritor?

- Después de Auschwitz no es posible tratar este tipo de cosas de manera muy desapasionada...

- Quizás, pero eso a mí no me molesta. ¿Sabe? soy un poco testarudo respecto a la Shoa. Al igual que Ján Améry, soy un judío no judío. Continuamente volvemos a nuestra identidad colectiva. A mí eso no me gusta. Tampoco me gusta la música tradicional, el Klezmer es aburrido.

- Pero ha escrito muchos libros sobre el holocausto.

- He escrito sobre el holocausto porque tuve que vivir, y logré sobrevivir, esa experiencia única, esa experiencia característica del siglo XX. Porque estuve en Auschwitz y en Buchenwald. Piénselo: qué inmenso capital. Pero yo no he hecho literatura del holocausto, yo he escrito novelas. Soy escritor profesional. Toda frase original, toda palabra adecuada, perfecta, me causó placer. Toda mi motivación fue siempre y ante todo artística.

- ¿Es por eso por lo que usted no escribe sobre el exterminio de los judíos desde un punto de vista moral?

- Entre otras cosas así es. Por supuesto hay algo más: no se debe mirar de manera aislada el experimento de exterminio, el antisemitismo racista del siglo XX. Hay que verlo en relación con la época y en relación con el totalitarismo. El totalitarismo no acabó con el final del dominio nazi. En un país como Hungría, además de eso, se puede ver que con la desaparición de los nazis no desapareció el antisemitismo.

- Los que leen sus libros, no solo Sin destino, sino su continuación, Fiasco, o su última novela, Liquidación, pueden percibir el tono irónico, sarcástico, burlón, tan propio de Kertész. Este estilo, ¿lo ha desarrollado tras un largo trabajo?, ¿o es aplicable el conocido dicho de que "el estilo es el propio hombre"?.

- Sí, es válido. Tiene su origen en mi propia forma de ser.

- Al principio hablamos del regalo por su cumpleaños. ¿Hay algo que deseara especialmente?

- Deseo para mí mismo lo que para todos los hombres: paz y cultura.

Tilman Krause, 7 de noviembre del 2009"

Imre Kertész: "han falsificado mis palabras" (Esto es muy común, el entrevistado dice una cosa y el entrevistador escribe otra. Esto debería de estar penado).