Del papiro a los blogs

Posted by Magda Díaz y Morales in

Del papiro a los blogs, una historia sin fin
Alberto Manguel

La crítica literaria goza de una venerable antigüedad. Según Philo de Biblos, mitógrafo del siglo segundo de nuestra era, cuando se establecieron las primeras sociedades, el dios Thot les ofreció simultáneamente el arte de la escritura y el de comentar el texto escrito. No sabemos exactamente a cuándo remonta el generoso gesto, pero uno de los documentos griegos más antiguos, un papiro del siglo quinto antes de Cristo, se presenta como la crítica o reseña de un texto órfico. Al menos desde entonces, pocos son los escritos que no han merecido la atención de un crítico: erudito, banal, esclarecedor, disuasivo, ingenuo, arbitrario. Los bibliotecarios de Alejandría ofrecían a sus lectores reseñas de los libros que, en su opinión, eran los mejores. Nacieron así los cánones, las listas anotadas de obras que consideramos clásicas. Gracias a ellas, el lector quedaba de alguna manera a la merced del crítico.

En el siglo cuarto de nuestra era, el célebre gramático Aelio Donato quiso devolver al lector la libertad (y la responsabilidad) de juzgar el texto original, sin dejarse intimidar por las reseñas. Ofreciendo una serie de comentarios diversos de un mismo texto clásico, Donato sugirió que el lector debía ensayar estas varias opiniones, y aceptar o rechazarlas tal como un usurero avisado juzga si una moneda es verdadera o falsa. Unos diez siglos después, en pleno Renacimiento, el número de críticas sobre cualquier libro ya era tal que el lector en busca de esclarecimiento o guía sentía que le era casi imposible acceder al original.

El gran humanista Battista Guarino observó que, con la invención de la imprenta y la proliferación de publicaciones, la crítica literaria era quizás tarea inútil y que más le valía al crítico ocuparse de escribir obras propias. "La lectura de críticas", opinó Guarino, "puede hasta dañar la mente, ya que le hace perder el gusto de explorar el texto por su cuenta". Más tarde, a principios del siglo diecinueve, Coleridge observaría que "los críticos son personajes que hubiesen elegido ser poetas, historiadores, biógrafos, etcétera, si hubiesen podido serlo; han probado su talento en uno u otro campo y han fallado, y es así como se han vuelto críticos". Quizás esto sea cierto en el caso de los dos críticos que reseñan la biblioteca de Alonso Quijano, y que hablan como poetas y novelistas frustrados. El cura, que admite ser amigo de un cierto Miguel de Cervantes, no deja que la amistad perturbe su juicio crítico y dice, a propósito de La Galatea, que "tiene algo de buena invención; propone algo, y no concluye nada". Cervantes no fue el único autor que reseñó su propia obra: Walt Whitman, por ejemplo, con enternecedora vanidad, escribió ditirámbicos comentarios anónimos de su Hojas de hierba; fueron los únicos que aparecieron cuando el libro fue publicado.

Fuera del campo de la filología y del exhibicionismo ¿existe un rol para el crítico? En el mejor de los casos, el rol de esclarecedor, eso que los franceses llaman passeur, o sea, alguien que ofrece a otros lectores sus propios descubrimientos. Los literatos reunidos en los salones de la Francia prerrevolucionaria, los románticos amigos inquietos por el joven Werther, los exilados de la dictadura de Rosas esperando en la Banda Oriental la derrota del tirano, la familia del tío Vania abrumados de tedio en la aislada dacha, el entusiasta Eça de Queiroz rememorando a Fradique Mendes, todos buscaban con ansiosa curiosidad las reseñas de estos passeurs que aparecían en revistas como Le Moniteur Universel, Die Horen, La semana, Literaturnaya Gazeta, Revolução de Setembro.

En estas publicaciones, y en tantas otras que les sucedieron, los lectores descubren a sus futuros amores literarios. Además de arqueólogo, de cartógrafo y de espía, el crítico literario tiene algo de Celestina. Si bien hoy su actividad ya no se ejerce exclusivamente en la página impresa sino sobre todo en revistas electrónicas y en blogs personales, el crítico conserva todavía buena parte de sus antiguas funciones y su prestigio. Es cierto que en la red universal en la cual todos somos (o creemos ser) críticos, es más difícil encontrar una voz respetable y creíble, pero la tarea no es imposible. Quizás sea útil recordar la advertencia de Donato, y responsabilizarnos nuevamente, activamente, por nuestras lecturas, sin confiar a ciegas en las reseñas publicitarias ofrecidas por Amazon y comercios similares. Aun así, la opinión de ciertos críticos ayuda.

Cuando Max Brod escribió sobre los primeros textos publicados por Kafka, cuando Ezra Pound destacó el genio de T. S. Eliot en La tierra baldía, cuando Enrique Pezzoni reseñó Otras Inquisiciones de Borges, cuando Ángel Rama insistió sobre la importancia de Cien años de soledad, cuando el bloguero William Irigoyen recomendó la obra novelística de Cees Nooteboom, no sólo estaban dando su opinión sobre estos autores. A través de sus propias lecturas estaban enseñándonos a ser más atentos, más perspicaces, más inteligentes, es decir, a leer mejor.

Babelia, El País, 26.11.11.

Josefina Vicens

Posted by Magda Díaz y Morales in

El martes inician las celebraciones por el centenario del nacimiento de la autora de dos novelas excepcionales, El libro vacío y Los años falsos, a quien su sobrino Adrián Villagra Vicens califica como “una estufa en combustión”.

Josefina Vicens concebía la literatura como un angustioso placer con el que uno siempre está inconforme. Era perfeccionista e implacable correctora de sus textos. Publicó dos novelas El libro vacío (1958) y Los años falsos (1983) acaso, como ha señalado la crítica, las suficientes como para mostrar los alcances de una sólida prosa.

Fue una lectora voraz y una trabajadora constante. Le decían La peque por su constitución y porque desde muy joven comenzó a frecuentar un ambiente laboral. Además de las novelas, escribió guiones cinematográficos, artículos de opinión y uno que otro relato. Nació en Tabasco, el 23 de noviembre de 1911. De padre español y madre mexicana. Tuvo cuatro hermanas: Lourdes, Amelia, Isabel y Gloria. Su sobrino, Adrián Villagra Vicens (hijo de Lourdes), actualmente es el representante de la obra de Vicens, cuenta que la familia se reunió y llegaron a un acuerdo: lo que querían era difundir la obra, que contara con más lectores y no regirse por intereses económicos. Así ha ocurrido.

En 2006 se editaron en el Fondo de Cultura Económica (FCE) las dos novelas. Lamentablemente no se incluyó la carta de Octavio Paz, a manera de prólogo, que el poeta escribió en 1958, porque su viuda Marie Jo no estuvo de acuerdo. Está por ponerse en circulación la tercera impresión de dicho libro del FCE. Por otra parte, según comenta Villagra Vicens, alguien tuvo la iniciativa de subir a la red El libro vacío. La editorial italiana Angelica Editore, localizada en Cerdeña, se puso en contacto con el sobrino de Vicens, para poder publicar en italiano la novela. En Italia conocieron a Josefina Vicens en 2008, año en que se publicó el libro.

Al año siguiente Ediciones Sin Nombre y la Universidad del Claustro de Sor Juana editaron Josefina Vicens: la inminencia de la primera palabra, de Daniel González Dueñas y Alejandro Toledo. A la entrevista que sostuvieron los escritores con Vicens se añade dos conversaciones: una con Martín Casillas y otra con Matilde Landeta, quienes conocieron de cerca a La Peque.

Matrimonio por conveniencia

No cabe duda que la narradora era la rebelde de la familia, afirma su sobrino. “Dentro de ella había una estufa en combustión que requería salidas, necesitaba sacar esa energía. Por hartazgo de mis abuelos, por la necesidad de salirse del hogar paterno, se casó con José Ferrell. En realidad fue un matrimonio que duró poco tiempo, fue por conveniencia para que ambos pudieran salirse de sus respectivas casas.” Ferrell, descrito por la propia autora, era “un lector empedernido, un magnífico lector de Gide” y fue la persona que la presentó con Xavier Villaurrutia, Salvador Novo y Elías Nandino.

Uno de sus últimos deseos antes de quedarse completamente ciega era volver a contemplar “La niña muerta” (1938), obra que años atrás le había regalado Juan Soriano. “Fue al Museo de Arte de Filadelfia y le solicitó al curador que le mostrara el cuadro que originalmente le obsequió Juan y que en algún momento le pidió prestado y, por azares del destino, ya no se lo devolvió. El curador del museo permitió que entrara al acervo del recinto y admiró, con emoción, el cuadro”.

Relata su sobrino que cada vez que Josefina Vicens se cambiaba de casa, lo más valioso para ella era ver donde iba a colocar su biblioteca personal, pero en especial, la obra de Marcel Proust.

Via | Mary Carmen S. Ambriz.
México, Milenio, 14.11.11.

Tomás Segovia

Posted by Magda Díaz y Morales in

Que en paz descanse nuestro querido poeta, Tomás Segovia.



Tomás Segovia falleció esta tarde, a las 14:30 horas, en su casa de la Ciudad de México.

Emigrado a México en tiempos de la guerra civil española, realizó el bachillerato en este país y posteriormente estudió en la Facultad de Filosofía y Letras en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). En 1950 obtuvo la beca Guggenheim y participó en la fundación de la Revista Mexicana de Literatura en colaboración con Juan García Ponce. Formó parte de la revista Plural y colaboró en Vuelta. Recibió numerosos reconocimientos, entre ellos el Premio Octavio Paz de Poesía y Ensayo (2000) y el Juan Rulfo de Literatura Latinoamericana y del Caribe (2005).

El hombre que escribía en los cafés.