Una de las más grandes voces de la poesía latinoamericana es Alejandra Pizarnik, poseedora de una gran poesía, aunque colmada de dolor. Su Diario personal es diferente. Si bien hallamos ese dolor del que nunca pudo alejarse, su discurso es más directo, menos etéreo. Al leer este libro tenemos la sensación de que ella está sentada frente a nosotros y nos cuenta sus cosas:
"Anoche tomé agua hasta las tres de la madrugada. Estaba un poco ebria y lloraba. Me pedía agua a mí como si yo fuera mi madre. Yo me daba de beber con asco" o "Heme aquí llegada a los 30 años y nada sé aún de la existencia. Lo infantil tiende a morir ahora, pero no por ello entro en la adultez definitiva. El miedo es demasiado fuerte sin duda. Renunciar a encontrar una madre. La idea ya no me parece tan imposible. Tampoco renunciar a ser excepcional (aspiración que me hastía). Pero aceptar ser una mujer de 30 años... Me miro al espejo y parezco una adolescente. Muchas penas me serían ahorradas si aceptara la verdad".
La soledad es dura de vivir para ciertos espíritus sumamente sensibles, para seres que les duele ver un mundo de injusticias, pobreza, abuso del más fuerte, y solamente, quizá, tienen a la palabra para enfrentarlo…




