27 de julio de 2006

La experiencia del infierno: Dostoievski

Hoy en Babelia leí una reseña de Monika Zgustova sobre el libro Dostoyevski lee a Hegel en Siberia y rompe a llorar del ensayista húngaro László Földényi. Al inicio nos ofrece datos interesantes sobre el notable escritor ruso, dice que "Tras el simulacro de su ejecución, en la Nochebuena de 1849, Dostoievski abandonó San Petersburgo condenado a trabajos forzados en Siberia. Y cuando cruzó los Urales, esa frontera entre Europa y Asia, aunque desolado por haber dejado atrás no sólo su ciudad sino Europa, presintió el enigma que es Siberia y el destino grave y misterioso que le aguardaba allí.

Y así fue: tras cuatro años de trabajos forzados, el escritor ruso fue destinado como soldado raso a Semipalatinsk, pueblo siberiano rodeado de un árido desierto de arena y abrojo. Allí leía, entre otros filósofos, a Hegel. Mientras miles y miles de personas iban llegando, desterradas, a Siberia, el filósofo alemán, que entonces impartía clases sobre la historia universal en la Universidad de Berlín, escribió: "Siberia se halla fuera del ámbito de nuestro estudio. Las características del país no le permiten ser un escenario para la cultura histórica ni crear una forma propia en la historia universal". Al leer estas líneas, Dostoievski se quedó dolorosamente asombrado. Ahora lo sabía: Europa no se interesaba en absoluto por él ni por su dolor en el destierro. Europa lo expulsaba fuera de la historia, esa Europa por cuyas ideas había sido condenado a trabajos forzados en Siberia. Desde ese momento Dostoievski se sintió confinado a la no existencia.

Dostoievski dice en una carta a un amigo: "¡Fue una gran felicidad para mí: Siberia y los trabajos forzados! Dicen que aquello es terrible e indignante, se habla de una indignación justificada... ¡vaya estupidez! Sólo allí empecé a vivir de manera feliz y saludable, sólo allí me comprendí a mí mismo... a Cristo ... al hombre ruso. Mis mejores pensamientos surgieron en aquel entonces. ¡Ojalá lo llevaran a usted a los trabajos forzados!". En Siberia Dostoievski aprendió la salvación personal a través del infierno: a su juicio, la salvación personal no es concebible sin la experiencia del infierno. Además, en Siberia Dostoievski se convence de que la transcendencia es imprescindible para el ser humano y empieza a ver el mundo desde esa perspectiva".

La experiencia del infierno y la trascendencia que conlleva...

25 de julio de 2006

Historia de una mujer: Margo Glantz

Margo Glantz, Historia de una mujer que caminó por la vida con zapatos de diseñador (Barcelona: Anagrama, 2005).

Compré esta novela hace algunos meses, su título me pareció original y sobre la académica de la Lengua, narradora y ensayista mexicana, pues no hay ninguna duda, excelente. Me intrigaba cuál sería su tema ¿los diseñadores de zapatos o los zapatos en sí? Leí una entrevista que le hizo en mayo El país a Margo Glantz con motivo de la presentación de la novela y ella señalaba que el libro era también una crítica a cierta literatura femenina "en la que hay demasiado regodeo", y agrega:

En una época, en América Latina, la literatura femenina se convirtió, gracias a las editoriales y al mercado, en una literatura que tenía una manera específica de producir novelas. Era una imitación de García Márquez en la que el llamado realismo mágico brillaba por su esplendor. Era literatura de entretenimiento. Tenía, eso sí, un grado superior a las revistas de moda y algunas novelas son muy buenas porque tienen oficio. No es posible denigrarlas, pero no es el tipo de literatura que a mí me interesa.

La protagonista de esta novela es Nora García (que ya conocimos en El rastro, la novela finalista del Premio Herralde 2002), una escritora que escribe su propia historia y que tiene un diseñador de zapatos favorito: Salvatore Ferragamo, pero también le gustan los zapatos de André Perugia, Christian Dior e Yves Saint Laurent. A veces se pregunta "¿Qué tipo de calzado habrá usado Vera Nabokov?" o recuerda que "la primera mujer que usó zapatos de tacón fue Catalina de Médicis, una mujer de muy pequeña estatura". Calzar zapatos de diseñador es para ella indispensable "si se quiere pasar sin dificultad de un texto a otro, es decir, si se quiere escribir una nueva novela" ya que los zapatos "conectan con la realidad". Mientras escribe, Nora García recuerda su vida, habla de sus perros, de su visita al médico (para hacerse una mastografía), viaja en el metro de Londres, toma ginebra, se reúne con sus amigos y, por supuesto, compra zapatos.

Las palabras y el cuerpo, la escritura y el cuerpo del lenguaje:

¿Cómo definir con palabras los sentimientos y los afectos? Que es muy dificil me parece fuera de toda duda, además, ¿no dice el poeta que las palabras chillan como putas? Cuando chillan es imposible usarlas para decir lo que uno quiere decir y yo por más que intento no consigo pensar en cosas comunes y corrientes o simplemente humildes... Vivir es un gran amor: el placer de vivir, de comprarme zapatos, de leer, de viajar, de observar.

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Lamento mucho que El florido byte, una de las mejores páginas existentes, diga "hasta la vista". Ojalá que pronto regrese, se le echará mucho de menos.

Una página muy buena: El ratón Pérez.

5 de julio de 2006

Tres mujeres: Robert Musil

Robert Musil, Tres mujeres (Barcelona : Seix Barral, 1982).

Las obras de Rilke, W. Benjamin, Simmel, Robert Musil, entre otros, llenan de energía el espíritu. Cuando Musil observa que la realidad puede ser vivida de varias maneras sabemos que sí, así es, y que ello nos hará vivir estados con los que obtendremos nuestra visión del mundo. Para el escritor austriaco existen dos visiones básicas de enfrentar este mundo: 1) el Estado de vivir para y 2) el Estado de vivir en.

En el Estado de vivir para buscamos los medios para logar determinado fin y de esta forma poder satisfacer ese sentimiento (“energía del espíritu”) que llevamos dentro y nos agita, como el amor o la cólera, por ejemplo. Lo inconveniente que veo en este estado es que por la imperante necesidad de colmar esta exigencia que el sentimiento nos demanda, el ser humano no se detiene en lo que está viviendo, por esto logra obtener experiencia pero no vivencia, se distrae. Dice Musil que en este caso “la vivencia se enajena” puesto que se pretende la utilidad que ello puede traernos, lo que nos sea útil.

En el Estado de vivir en no se persigue utilidad alguna, se está en las cosas mismas, en las vivencias. Un ejemplo es la experiencia erótica que implica un detenerse, tomar un tiempo dentro del continuo vivir para. La vida “reposa traída sobre sí misma” para vivir la vivencia. La experiencia erótica es mística o sagrada que es “el misterio de vivir en nuestro mundo de forma distinta” y no el penetrar al universo sobrenatural. Lo sagrado para Musil (y para Bataille y García Ponce) se caracteriza por el vivir en.

Mientras dura el abrazo erótico el tiempo parece detenerse, su transcurrir no se percibe, por ello una “vivencia en” puede hacernos salir de nostros mismos, estar fuera de sí, transportados, permaneciendo en la vivencia que estamos viviendo: se rompe lo que Musil llama el “hilo de la vida” (el Estado de vivir para).

La experiencia erótica es, además, una experiencia mística porque se “sale del marco conceptual" en el que se dan las relaciones habituales, hay una súbita o vehemente (Bataille dice “violenta”) inmersión en una “vivencia originaria” vivida ya sin el ordenamiento acostumbrado, habitual. El yo se pierde en el éxtasis y su vivencia permanece en nosotros al retornar al vivir para, lo que Bataille llama continuidad y discontinuidad: la condición existencial del individuo es su aislamiento respecto a los demás, cada ser humano es discontinuo de los demás y sólo el erotismo, al ser un estado comunicativo, le permite la ruptura de su discontinuidad y alcanzar la continuidad con otro ser, aunque sea por unos instantes puesto que “el absoluto no logra conservarse”, como dice Musil. Bataille entiende la particularidad individual en una concepción ontológica.

En Tres mujeres podemos observar la puesta en escena de estos dos Estados, los tres relatos están precedidos por la figura de una mujer: “Grigia” (una mujer campesina e infiel), “La portuguesa” (una enigmática extranjera) y “Tonka” (una doncella sencilla que despierta una obsesiva pasión). El acontecer de las historias de estas tres mujeres evidencia el carácter cerrado de la realidad al tiempo que manifiesta la manera en que el erotismo la cambia, la hace revelarse en una forma nueva y asombrosa.

Todo Musil
La portuguesa (Traducción de Mario Benedetti)

1 de julio de 2006

"La primera palpitación de Lolita"

Vladimir Nabokov, El hechicero (Barcelona: Anagrama, 1994), pp. 137.

"¿Era concupiscencia este tormento que experimentaba mientras la estaba consumiendo con los ojos, maravillado por el sonrojo de su cara y la compacta perfección de cada uno de sus movimientos?"

En febrero de 1956, Vladimir Nabokov, en su casa de Ithaca, estaba ordenando unos papeles para ser entregados a la Biblioteca del Congreso cuando encontró el manuscrito de esta novela que escribió en 1939 (en ruso). Dimitri Nabokov, su hijo, la tradujo al inglés y la publicó en Nueva York en 1985, precisamente todo esto nos lo cuenta al final, en un apéndice titulado “Sobre un libro titulado El hechicero”.

Me ha parecido espléndida. No guarda la maestría de Lolita, por supuesto, ésta la percibí más "inocente", digamos que más obvia en sus descripciones, como si fuera un boceto de lo que más tarde será la magistral Lolita. El tema es el mismo, un hombre de cuarenta años que tiene fascinación por las niñas púberes. Un día va a un parque y conoce a una niña de doce años de la cual queda prendado. Realiza todo un plan para contraer matrimonio con la madre de la niña, una mujer viuda y enferma que muere al poco tiempo. El hechicero (Arthur) lleva a la niña de vacaciones y la primera noche que pasan juntos en el hotel empieza a acariciarla:

Entonces, dando inicio gradualmente a su hechizo, comenzó a pasar la varita mágica por encima del cuerpo de la niña, casi rozándole la piel, torturado por el atractivo que ella ejercía sobre él, por su visible proximidad, por el fantástico acercamiento que permitía el pesado sueño de esta niña desnuda, a la que, por así decirlo, estaba midiendo con un centímetro mágico...

Pero cual no sería su sorpresa cuando se percata de que la niña estaba completamente despierta y "miraba horrorizada su encabritada desnudez":

La niña miraba y chillaba, pero el hechicero no oía aún sus chillidos; estaba ensordecido por su propio horror, de rodillas, cogiendo la colcha, tirando del cordón, tratando de frenar aquello, de ocultarlo, restallando en su espasmo oblicuo, tan insensato como un martilleo musical, descargando insensatamente cera derretida, demasiado tarde para frenarlo o esconderlo. Cómo rodó ella fuera de la cama, cómo se puso ahora a gritar, cómo salió despedida la lámpara con su capucha roja, qué fragor llegó desde el otro lado de la ventana, un fragor que hizo añicos la noche, que la destruyó, que lo demolió todo, todo...

--Calla, no es nada malo, sólo es un juego, a veces ocurre, pero calla, calla --imploró él, viejo y sudoroso, cubriéndose con un impermeable

Pero la niña no se calla y sus gritos son escuchados por los demás huéspedes. El hechicero sale de la recámara y escuchando aun los gritos (descalzo y con el impermeable) "comenzó a hundirse gradualmente". Se dirige corriendo a la calle y... "la película de la vida estalló por fin".

Un relato cautivante, mezcla de tragedia y comedia. Al terminar de leerlo recordé un sueño que tuvo Juan García Ponce sobre Lolita y su creador (1):

Detrás de un escritorio, estaba sentado alguien, no tenía ningún aspecto o no puedo recordar qué aspecto tenía, pero en mi sueño, sabía que era Vladimir Nabokov. Ahí, sentado detrás de su escritorio, estaba esperando que le llevasen a Lolita. Alguien tomaba alguna de entre las muchas niñas reunidas en el cuarto de al lado y se la ponía frente al escritorio. Nabokov negaba con la cabeza. Esa no era la Lolita verdadera. Yo, en mi sueño, como testigo de la escena, pensaba: “¡Qué sentido de la novela tiene! ¡Cómo retrasa la aparición de Lolita!” Y entre las niñas reunidas estaba Lolita. Sin embargo, desperté antes de que la Lolita verdadera llegase a estar frente a Nabokov. En la cama todavía, mientras el sueño se borraba en sus detalles cada vez más rápidamente, me propuse escribir un ensayo en el que contase lo que pudiese recordar de ese sueño e hiciese ver, mediante las palabras, que su mérito como sueño consistía en que, muy probablemente, revelaba la verdad: Nabokov, quizá, mentía cuando en una entrevista afirma qué el odia a las niñas y también dice que su pintor favorito es Balthus, pero no porque pintase niñas. ¡Qué maravillosa manera de revelar la verdad mintiendo! Es cierto: mediante la literatura es igual que se imaginen o se transmitan experiencias. Sin embargo, si no se tiene la experiencia, cada quien imagina o sueña lo que no ha experimentado en la realidad y Lolita existe; la literatura le ha dado “realidad” a lo que Nabokov quizá sólo vivió en la imaginación.

(1) “Nabokov: un sueño y un ensayo”, en De viejos y nuevos amores, vol. 2.