Y así fue: tras cuatro años de trabajos forzados, el escritor ruso fue destinado como soldado raso a Semipalatinsk, pueblo siberiano rodeado de un árido desierto de arena y abrojo. Allí leía, entre otros filósofos, a Hegel. Mientras miles y miles de personas iban llegando, desterradas, a Siberia, el filósofo alemán, que entonces impartía clases sobre la historia universal en la Universidad de Berlín, escribió: "Siberia se halla fuera del ámbito de nuestro estudio. Las características del país no le permiten ser un escenario para la cultura histórica ni crear una forma propia en la historia universal". Al leer estas líneas, Dostoievski se quedó dolorosamente asombrado. Ahora lo sabía: Europa no se interesaba en absoluto por él ni por su dolor en el destierro. Europa lo expulsaba fuera de la historia, esa Europa por cuyas ideas había sido condenado a trabajos forzados en Siberia. Desde ese momento Dostoievski se sintió confinado a la no existencia.
Dostoievski dice en una carta a un amigo: "¡Fue una gran felicidad para mí: Siberia y los trabajos forzados! Dicen que aquello es terrible e indignante, se habla de una indignación justificada... ¡vaya estupidez! Sólo allí empecé a vivir de manera feliz y saludable, sólo allí me comprendí a mí mismo... a Cristo ... al hombre ruso. Mis mejores pensamientos surgieron en aquel entonces. ¡Ojalá lo llevaran a usted a los trabajos forzados!". En Siberia Dostoievski aprendió la salvación personal a través del infierno: a su juicio, la salvación personal no es concebible sin la experiencia del infierno. Además, en Siberia Dostoievski se convence de que la transcendencia es imprescindible para el ser humano y empieza a ver el mundo desde esa perspectiva".
La experiencia del infierno y la trascendencia que conlleva...