30 de julio de 2007

Proust enamorado

Leo en el Babelia de esta semana una reseña de Luis Antonio de Villena sobre el libro de William C. Carter, Proust enamorado, que “reconstruye en la biografía amorosa de Marcel Proust” y, asegura, "nunca se había entrado con tanto detalle en la vida amorosa y sexual del escritor francés".

En lo personal me fascinan las buenas biografías, disfruto de conocer los detalles intelectuales que rodean las obras de escritores admirados. Pero dificilmente he comprendido cosas como:

Niño mimado al extremo y además asmático e hipersensible, Proust vivió en el sólido mundo de la alta burguesía francesa de fines de 1800, y se relacionó con aristócratas y con gente del pueblo: complementarios polos opuestos. Llegó a creer que la felicidad no se había hecho para él, que no sabía ser feliz, y posiblemente fuera verdad. Apasionado del amor (que analiza al microscopio en su novela) no supo amar bien, porque como tal niño mimado propendía a tiranizar a quienes amaba. Su madre fue su verdadero gran amor, porque ella se desvivió por él, pero era muy difícil (sino imposible) que hallara después nada semejante. Agobiaba de celos y cariño a sus enamorados, y en ese lazo solía ahogar el amor -del tipo que fuese- porque nadie resistía tanta presión o vigilancia. Homosexual que pensó mucho en esa condición (aunque sus teorías no sean hoy las más aceptadas), Marcel Proust se enamoró en su juventud mundana de chicos homosexuales y cultos también, más o menos de su clase y de su medio: Reynaldo Hahn (que sería compositor) fue tal vez el amor de su vida, pues conservaron la amistad, aunque el amor se ahogó entre los celos de Marcel, y su apetito picaflor y algo promiscuo. Lucien Duadet -uno de los hijos del célebre escritor, que a su vez hizo algunos pinitos literarios- sería ese segundo amor, pronto acabado. Hasta ahí, por decirlo de un modo que deploro, Proust se movió en la "normalidad".

Cuando se enamoró del muy apuesto y joven conde Bertrand de Fénelon (el principal modelo de Saint-Loup), Marcel empezó a no saber amar por nuevos motivos: idealizaba a guapos caballeretes que se las daban -como era de rigor- de heterosexuales, aunque al fin no lo fueran tan al completo. El amor vuelto sueño y quimera pese a su esencia divina, debía buscarse entonces en otro lugar: donde pudiera comprarse. Entre lacayos, botones, chóferes o camareros, un amor venal para el que Marcel Proust no tuvo el menor inconveniente. Visitó saunas y prostíbulos clandestinos y pagó con generosidad a los jóvenes que buscó (a veces para peculiares prácticas masoquistas) y que al parecer fueron muchos. Pero se enamoró de un chófer casado, de 24 años, Alfred Agostinelli, y lo tuvo "prisionero" en su casa como su secretario y llenándolo de regalos, hasta que el joven -harto- se escapó porque quería ser aviador y no volvió. Alfred Agostinelli murió poco después en un accidente, practicando su afición, al borde de la Primera Guerra Mundial, y Proust, el enamorado que no supo amar, siempre se creyó algo culpable. Llegó luego el turno de los camareros del Ritz (adonde Marcel acudía a cenar, durante la guerra, a horas estrafalarias) y entre los varios jóvenes que pudo probar, terminó enamorándose, a su modo, de uno suizo llamado Henri Rochat -20 años- al que también llevó a su casa y llamó secretario, aunque las aficiones del chico (que buscaba dinero) no iban por tal camino. Harto -Proust esta vez- le buscó un buen empleo y lo echó a volar...

"¿Niño mimado al extremo?" Sí, puede ser. "¿Asmático e hipersensible?" También puede ser. “¿No supo amar bien, porque como tal niño mimado propendía a tiranizar a quienes amaba? ¿Agobiaba de celos y cariño a sus enamorados, y en ese lazo solía ahogar el amor -del tipo que fuese- porque nadie resistía tanta presión o vigilancia? Homosexual que pensó mucho en esa condición (aunque sus teorías no sean hoy las más aceptadas), Marcel Proust se enamoró en su juventud mundana de chicos homosexuales y cultos también, más o menos de su clase y de su medio: Reynaldo Hahn (que sería compositor) fue tal vez el amor de su vida, pues conservaron la amistad, aunque el amor se ahogó entre los celos de Marcel, y su apetito picaflor y algo promiscuo".

¿Alguien sabrá qué es amar bien o amar mal? ¿cómo poder saber cuando alguien ama bien o cuando alguien ama mal? ¿Un "apetito picaflor y promiscuo"? vaya, ¿cómo sabrá alguien que otro posee esta clase de apetito y cómo será este tipo de apetito picaflor y promiscuo?

El amor vuelto sueño y quimera pese a su esencia divina, debía buscarse entonces en otro lugar: donde pudiera comprarse. Entre lacayos, botones, chóferes o camareros, un amor venal para el que Marcel Proust no tuvo el menor inconveniente.

¿No tuvo inconveniente? De que cosas se viene a enterar una. Creo que hay que tener cuidado con lo que Umberto Eco llama Sobreinterpretación.

4 comentarios:

Apostillas literarias dijo...

Leeré tu recomendación, rata, gracias.

Dakiny dijo...

Magda:
Me gustan esas preguntas con respuestas tan variables.
¿Qué significa ser buen o mal amante?, ¿buena o mala madre?, ¿buen o mal hijo?, ¿buen o mal amigo?, ¿buen o mal esritor?
¿Quién puede dar el diagnóstico definitivo?
Saludos

malvisto dijo...

Pues mira que en una ocasión escucha a la Señora Restrepo, Laura, para más señas, diciendo algo así de Marcel: se habrá leído el libro por la mañana, a lo mejor, y uno preguntándose, pero por qué no habla de sus libros, de lo que cree es la literatura. ¿Será que criticando de este modo a Marcel se escribirá mejor? Yo no lo creo.

Apostillas literarias dijo...

Malvisto, lo que creo es que deja más ventas y, por consiguiente, más dinero. Por otro lado, además de explotar el morbo no amerita ningun esfuerzo escribir de esta manera.

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