4 de octubre de 2008

Cuauhtémoc: Pedro Ángel Palou

Portada Pedro Ángel Palou, Cuauhtémoc. La defensa del Quinto sol (México: Planeta, 2008).

Mi padre fue un gran lector, no recuerdo un día que no lo haya visto leer. De igual forma, fue amante y profundo conocedor de la historia no solo de México, sino universal. Recuerdo que cuando nos contaba sobre la llamada conquista, yo realmente sufría y me enojaba mucho. De tonto no bajaba al emperador Moctezuma y repetía una y otra vez que cómo era posible que al ver a Cortés, y sus acompañantes, no se diera cuenta claramente de que de Dios Quetzalcoátl no tenía nada. Me molestaba mucho que Moctezuma, y los demás mexicanos de esa época, no distinguieran entre caballos y hombres y que pensaran que venían unas personas pegadas a cuatro patas (desconocían a los caballos).

Lo peor fue cuando me enteré de que al último emperador azteca, el joven y valiente Cuauhtémoc, Cortés le había quemado los pies con aceite caliente, junto a Tetlepanquetzal, el señor de Tacuba, para que confesara dónde estaba su tesoro. Yo, casi desfallecía del coraje. Esto lo cuenta el cronista español Bernal Díaz del Castillo. Nunca me cansaba de imaginar como era posible que las mujeres le permitieran a Cortés las casara con quien le viniera en gana, después de estar con él y llenarlas de hijos. Y bueno, la imaginación cuando una es niña o adolescente es inmensa, pensaba ¿por qué a Cortés o a la Malinche (Malintzin) no les dio viruela cuando esta enfermedad (que acabó casi con los habitantes del Valle del Anáhuac, y además estaban muy asustados porque la desconocían), se convirtió en epidemia?

Le decía una y otra vez a mis padres que cómo era posible que esto hubiera sucedido, que hubieran matado a Cortés a como diera lugar, que si yo hubiera estado ahí nada de esto hubiera pasado porque yo seguro que lo atrapo y lo cuelgo al disque capitán y de las orejas, junto a la Malinche y a todos los tlaxcaltecas por traidores y ayudar a extranjeros a apoderarse del Imperio azteca. Mis padres no se reían de mis comentarios, me explicaban la historia y el por qué de todo esto e intentaban que yo no sintiera tanto enojo. Pero yo no escuchaba, solamente me indignaba.

En la adolescencia cayó en mis manos la vida novelada de Tecuixpo, la hija de Moctezuma, que al terminar la invasión Cortés se llevó a su casa, junto a varias mujeres más, entre ellas la Malinche, y las tenía de amantes, poseía su harem. Hasta la llegada de su esposa de España (que llegó desde Cuba) a quien dicen, las personas que vivían con él en la casa de Coyoacán, que también asesinó. Tecuixpo detestaba a Cortés, y se cuenta que al verse embarazada prefirió abortar a tener un hijo del asesino de su padre. Y bueno, al saberlo yo me quedé impresionada, aunque entendía la lógica. Leí que Cortés se enamoró de ella, pero ella jamás le hizo caso y esto a él le enfurecía. Pasaron los años, y obviamente que pude ver con objetividad toda esta época de la historia de México. En fin, que así me adentré en esta época histórica.

En la novela Cuauhtémoc. La defensa del Quinto sol de Pedro Ángel Palou, nos encontramos con todos estos personajes históricos que conocí desde niña. Es una novela muy bien documentada, al final leemos la información de cada uno de los personajes, la cronología de la época, una amplia bibliografía y la constancia de los hechos. En esta última, el autor explica que revisó cientos de miles de páginas "de un pasado que la conquista -material y espiritual- buscó enterrar tan hondo como pudo".

Pedro Ángel Palou, halló uno de los códices que quedaron y que es atribuido a un señor de baja estatura, que comúnmente llamamos enano, acompañante de Tecuixpo (decíamos que fue la hija de Moctezuma) y fiel asistente y compañero, hasta el final, de Cuauhtémoc, y señala los problemas que encontró pues la historia está escrita, la más, por los cronistas españoles ya que casi todos los códices fueron destruidos. Este "asunto está lleno de prejuicios occidentales", apunta, ya que la historia de la conquista al ser narrada por los españoles que no comprendían que en estos pueblos prehispánicos la elección de quien sería el próximo tlatoani, por ejemplo, no era hereditaria, "como en otras tradiciones monárquicas". Entonces, un cronista puede decir en sus textos que Cuauhtémoc era sobrino segundo de Moctezuma y otro decir que fue primo, o que el señor de Tacuba era uno y después decir que era otro. El escritor se apoyó en los documentos que más tenían sustento detrás.

No se si mi padre leyó alguna vez este códice, pero tal como se cuenta en él y nos lo transmite Ocuilin, como narrador en la novela, así conocí yo la historia de este periodo. Ocuilin, nos narra el encuentro de dos mundos: la conquista y la caída del Imperio azteca, especialmente la vida y muerte de Cuauhtémoc, este tlatoani llamado, también, el último emperador azteca quien con tal de no ver más muertes entre los suyos se entrega a Cortés.

Palou, refiere una anécdota en uno de los apéndices:

Hace muchos años, desayunando con Edmundo Valadés y Juan Rulfo en Zacatecas platicábamos sobre cuáles de nuestros personajes históricos eran más novelables. Valadés opinó que Benito Juárez, Rulfo pensaba que Porfirio Díaz, y yo tercié con toda mi juventud como bandera; dije dos incluso, incauto:
-Moctezuma y Cuauhtémoc.
-No sirven para un libro -sentenció Rulfo, quien estaba singularmente afable esa mañana en homenaje a su amigo el creador de la revista El cuento- o son mudos o son de cartón.
Esa lápida me ronda desde entonces y no sé aún si logré darles voz alguna o quitarles lo estereotipado. Es cierto que sólo desde una especie de recreación ficticia de lo oral podemos acercarnos a una discursividad rota. Se equivocaba del todo Neruda en su Canto general cuando escribió: "Se llevaron el oro, nos dejaron las palabras". Se llevaron el oro y se llevaron las palabras. Éste es un grito literario, no una imposible y folclórica recreación de un modo de decir que ya no es nuestro.

Al respecto, Le Clézio escribe en El sueño Mexicano (México: Fondo de Cultura Mexicana, 2008): "La destrucción no se hizo en una generación: es una catástrofe cuyas consecuencias aún son sensibles, pasados cuatrocientos años. Si consideramos que este choque de la Conquista es el que pudo engendrar cuatro siglos de pobreza y de desiquilibrio social en el territorio floreciente del antaño Imperio Azteca, igual que este especie de "complejo de derrota", creado por la fuerza colonial del Occidente, que hoy llamamos subdesarrollo, mediremos mejor la importancia histórica y filosófica de esta suma indígena".

Les recomiendo mucho esta novela que se lee de un tirón.

Sobre el tema: Los primeros americanos, Eduardo Galeano (Video)

8 comentarios:

Acamaca dijo...

excelente blog, me entusiasmó

LuÇiernaga dijo...

Interesantísimo Magda todo lo que dices de la historia de tu país, reconozco no saber mucho de ella aparte de lo general aprendido en el colegio. ooops not to much :[
Que mayor motivación que la de tu padre!!!
Lo que prueba la influencia que tiene TODO lo que rodea a esas maravillosas "esponjitas" como digo que son los niños, absorbiendo lo que pase por sus 5 sentidos.
Tendré en cuenta tus sugerencias... ahora mas que nunca con un yerno mexicano y nieto en camino.
Gracias por tus buenos deseos. Hoy, no veo a "esa compañera" rondando...
un abrazo

Orlando dijo...

Cuando en sexto de primaria me dejaron como tarea investigar este tema de la invasión en México, recuerdo que también me puse furiosa. Después, en la secundaria, nos llevaron al Archivo de indias, ahí leimos un episodio que cuenta Bernal Díaz del Castillo: dice que llegó ante Cortés, llamado por este señor, un poblador mexicano, que le preguntó por este tesoro de Cuauhtémoc. Pero como el poblador no hablaba el castellano, no le entendió a Cortés. Este, como acostumbraba, se puso furibundo. Asi que sacó la espada y lo atravesó. Ahi estaba Bernal Diaz del Castillo, y todavía más espantoso fue que se acercó al moribundo y le dijo: "Vas a morir, arrepientete de tus pecados y cree en la única religión verdadera". Increible, pero cierto.

Bel dijo...

Gracias, Magda,por esta fascinante revisión de la historia. De pequeña estudié todavía la versión franquista del cuento. Cuando de mayor me informé de la historia real, de la cual, leída tu entrada, veo que aún nos falta mucho por averiguar, me sentí atrapada por esa cruel, violenta y enigmática realidad. Hace un tiempo, creo que en Redes (un programa sobre ciencia muy interesante que se hace en la tele en España, desgraciadamente los lunes a las dos de la madrugada, así que no lo veo con frecuencia) explicaban que los indígenas no podían ver no sólo los caballos, sino incluso las naves, porque uno sólo ve aquello que ha aprendido a ver y, por lo tanto, ellos no podían percibir algo tan absolutamente desconocido. Eso me hizo preguntarme cuántas cosas existen que no vemos.
Vaya, así que ya sabemos en parte el origen de tu devoción por los libros. Gracias también por contárnoslo.
Abrazos mil.

Apostillas literarias dijo...

Querida Isabel, justamente con esto de las naves sucedía como con los caballos, los primeros pobladores de México no las conocían y por eso les causaba tanto impacto. Tampoco conocían las armas como escopetas y pistolas, y ellos se defendieron con piedras y flechas. Tampoco conocían la viruela y otras enfermedades, por eso las epidemias que se desataron mataron a miles de personas.
Otro problema fueron las creencias, la fe (y eran pueblos guerreros y muy religiosos), y esto es lo más duro de esta llamada conquista: la conquista religiosa, tan dolorosa para estos pueblos mexicanos. Imaginemos lo que fue para ellos que llegaran y tiraran sus templos y sus Dioses, en los que ellos creían como creen en Dios los que son católicos.

Y dices bien, en España se ignora mucho sobre este tema. La verdad es que esta invasión fue sumamente dura, la destrucción de los pobladores mexicanos en el siglo XVI se puede ver desde dos puntos de vista, como bien explica Todorov: "cuantitativo y cualitativo. [Por ahora veamos sólo el cuantitativo]: En el año 1500 la población global debía de ser de unos 400 millones, de los cuales 80 estaba en las Américas. A mediados del siglo XVI, de esos 80 millones quedan 10. O si nos limitamos a México: en vísperas de la conquista su población es de 25 millones, en el año 1600 es de un millón. Si alguna vez se ha aplicado con precisión a un caso la palabra genocidio, es a este. Ninguna de las grandes matanzas del siglo XX puede compararse con esta hecatombe (en: La conquista de América, el problema del otro (México: Siglo XXI, 1998), p.144.

Un abrazo para ti.

Apostillas literarias dijo...

* Luciérnaga, cuando se niño es como señalas, se es una esponja y todo se queda dentro. Ahora que tienes un yerno mexicano, y si no conoces México, ya tendrás que venir :)

* Fernanda, conozco este episodio de la historia, asi es. A mi otro que me impactaba mucho es cuando estos "capitanes" tomaban frente a los esposos a las mujeres y las violaban, y si ellos querían defenderlas los asesinaban. Esto me daba mucho enojo.
Las historias de los pueblos tienen tantas cosas...

Martín G. Ramis dijo...

interesante, sí señor.

Ana Elena Flores Soto dijo...

Magda me ha sido muy grato leer tu comentario sobre la interesante novela histórica de Pedro Ángel Palou y disfrutar yo también el que haya dos personajes veraces contando la misma historia; pues como dices tu lo que nos cuentas sobre las historias de tu padre tienen mucha semejanza con lo que nos cuenta Palou en su hermosa y triste historia a la vez.

Ojalá y se den la oportunidad tus lectores de leer novela histórica que se vuelve un documento para compartirlo pues nos sirve como una especie de punto de partida para tratar de entendernos como lo que somos hoy como mexicanos.

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