14 de octubre de 2009
El poeta danés
12 de octubre de 2009
Herta Müller y los escritores desconocidos
Es muy saludable para el arte cuando el premio Nobel de literatura es otorgado de manera acertada a escritores desconocidos como Herta Müller, Gao Xingjian, Wyzlaba Symborszka, Wole Soyinka o Imre Kertesz, surgidos del margen, lejos de las esferas del poder, el marketing, el arribismo y la representación.
La literatura por estos tiempos se ha vuelto un desfile de marketing y los escritores en general son hoy sólo productos de algún monopolio editorial mundial capaz de convertir a un asno o a un jabalí en genio literario, a punta de publicidad e intoxicación de periodistas en las secciones culturales y de críticos acríticos en las universidades.
En este caso, el premio Nobel de Literatura 2009 fue dado a una autora de mi generación, nacida el mismo año que murió Stalin y cuyos primeros libros fueron publicados a comienzos de los años 80 en Rumania, país de la esfera soviética dominado por la dictadura comunista, bajo la imagen patriarcal del tirano Nicolau Ceaucescu y su esposa, la bienamada Helena.
En la foto que aparece en el primer libro que publicó en francés en 1988, en una editorial marginal, Herta Müller aparece con pinta algo punk, corte rebelde de pelo y la vestimenta típica de los jóvenes que detrás de la Cortina de hierro trataban ya de liberarse de décadas de propaganda oficial y pobreza : chaqueta y camisa de jean desleído, largos aretes de pacotilla, un suéter de poliestireno y la mirada de la muchacha pobre recién emigrada de 34 años incapaz de imaginar que dos décadas después ganaría el premio Nobel.
« El hombre es un gran faisán en la tierra » pasó totalmente inadvertido en Francia y es un milagro si en alguna librería de viejo de París, entre volúmenes empolvados, se encuentra un ejemplar. Es una novela corta divida en pequeños segmentos titulados y por medio de una prosa de frases cortas hace el fresco de un infeliz pueblo rumano donde muchos quieren huir hacia el oeste y escapar de la pobreza y el totalitarismo. Los personajes son arquetipos del margen : el ebanista, el molinero, el tendero, el cartero, el policía, el cura, el lechero, el cantinero y en medio de todos mujeres derruídas y muchachas jóvenes que tienen que dejarse manosear por hombres lascivos, entre ellos el cura o el funcionario, que a cambio de un acostón les entregan la partida de bautismo o un documento necesario para iniciar los trámites para el exilio. Nadie tiene un peso o un lei en este caso, todo es precario, la pobreza ronda en todas partes, el silencio es de rigor, la muerte y la enfermedad están presentes y los velorios ocurren bajo lluvias antediluvianas, mientras el ebanista cuadra el ataúd y clava la tapa con puntillas oxidadas.
En los años 70 muchos de los estudiantes europeos del este y el oeste de Europa íbamos en primavera y verano a trabajar a Suecia, que era un próspero emporio nórdico de modernidad, para ganar mucho dinero y sobrevivir después en los fríos meses siguientes, luego del tradicional regreso a clases en el otoño. En los restaurantes, oficinas, fábricas, cafés, residencias universitarias y discotecas suecas uno se cruzaba entonces con chicas venidas de los países del este dominados por la Unión Soviética, muy parecidas a la de la foto de Herta Müller, en esta típica edición modesta apta para animar nuevos autores promisorios. Rumanas, polacas, alemanas del este y yugoeslavas compartían con los latinoamericanos en el delirio del verano sueco. Me impresionaba esa avidez de las chicas del este, algunas cultas y muy interesantes, por perfumarse de manera exagerada e ir de compras para gozar por fin de todos esos abalorios a los que se tenía acceso con abundancia en los países del oeste capitalista, después de tres décadas de progreso ininterrumpido tras el fin de la guerra y el New Deal.
En los restaurantes u oficinas donde trabajábamos o en las fiestas desbordadas de alcohol y sexo de los fines de semana, cuando el día duraba casi 24 horas, aprendimos a conocer a estas chicas de otro mundo desconocido para nosotros, Europa del Este, mucho antes de que cayera el muro de Berlin y con esa caída el Imperio Soviético y sus verdades admitidas, himnos y patriarcas.
Ahora la academia sueca, para celebrar los 20 años de la caída del Muro de Berlín, ha rescatado a esta autora de 56 años, perteneciente a la minoría alemana marginada de Rumania, que en 20 años se convirtió en Berlín en notable autora de la misma lengua de Mann, Böll y Grass y de tantos otros autores extraordinarios como Joseph Roth, Elias Canetti y Hermann Broch, todos ellos verdaderos ejemplos de lo que debe ser la literatura: algo que surge desde el fondo del corazón y no del marketing y la ambición competitiva de un Occidente neoliberal, arribista, codicioso y podrido.
Fue enternecedor ver a esta mujer decir con ternura que nunca creyó en la posibilidad de obtener el premio y que aunque sabía que era cierto, todavia la noticia no subía a su cabeza. Müller no tiene nada que ver con estos autores latinoamericanos que pasan sus vidas medrando en las esferas del poder y parecen estrellas maquilladas de cine como Carlos Fuentes y Mario Vargas Llosa, y sus jóvenes discípulos, encorvados todos por tantos doctorados honoris causa y por premios y honores venales conseguidos por las multinacionales de turno como pretextos para vender nuevos best sellers.
Hasta hace poco nadie la conocía en el mundo, pero su obra existía y era el grito de dolor de una infancia, una adolescencia y una juventud vividas bajo la dictadura totalitaria de Ceaucescu, el tirano que cayó y fue ejecutado en medio de una asonada que todo el mundo siguió por televisión. Al mirar su foto en esta edición confidencial que tengo en mis manos, celebro el Nobel para un escritor auténtico, pues la verdadera literatura del mundo está en la voz de los autores desconocidos de las provincias o los barrios marginados de las capitales, aquellos que viven sus vidas lejos de las esferas de poder y las zalamerías de la corrupción y el arribismo mafioso y para quienes vivir y escribir es ya un gran premio, tan extraordinario como el Nobel.
11 de octubre de 2009
Jane Eyre: Charlotte Brontë
La novela que releí fue Jane Eyre, de Charlotte Brontë. La había leído hace algunos años. Fue publicada por primera vez en 1847, se tituló en principio Jane Eyre: una autobiografía y se publicó bajo el seudónimo de Currer Bell. La descripción de los lugares, los paisajes, el internado, es excelente. Una historia de amor entre un hombre maduro y una joven institutriz, historia clásica del Romanticismo. Él está casado con una mujer con problemas mentales que tiene oculta en una parte de la casa y cuidada por una asistente. La joven al salir del internado de Lowood, donde la pasa terrible (y diez años después de ser dejada ahí por su propia tía quien obviamente la detesta), busca trabajo. Así es como Jane Eyre llega a la casa de Edward Rochester para cuidar y enseñar a su protegida, Adele.
Jane Eyre sufre de niña, de adolescente y al inicio de su relación con Rochester. Él es un hombre atormentado y Jane Eyre lo rescata de una vida que se le presenta dificil: casi ciego, con su casa casi totalmente quemada (en el incendio muere su esposa), solo y sin nada porque vivir.
La primera vez que la leí me pareció mucho más bonita que ahora. Creo que fue la edad que tenía cuando la leí lo que hace la diferencia. El romanticismo de la novela en ese entonces no me pareció exagerado. Pero bueno, eso es lo de menos, sabemos que es una obra clásica de Charlotte Brontë, y eso lo dice todo.
8 de octubre de 2009
Los demonios en el convento: Fernando Benitez
Todos estos cuestionamientos nos provocan actualmente mucha risa y burla, pero trasladémonos en el tiempo y veámonos ante un individuo totalmente ajeno a nosotros que nos lanza lo siguiente:
Imaginemos a un confesor que le ordena a un hombre o a una mujer de cualquier edad arrodillarse, rezar el Yo Pecador y dispararle a quemarropa:
¿Has pecado con mujeres? ¿Era tu madrastra, tu tía, tu hermana, tu suegra, tu sobrina, tu nuera o tu madre la que te parió? ¿Y has desvirgado forzándolas? ¿Y has derramado el semen con tus manos y entonces pensabas en mujeres? ¿Y pecaste con alguna mujer entrambas partes? ¿Y palpaste a alguna mujer con lujuria? ¿Y palpaste las partes vergonzosas de alguna mujer? ¿Y te has palpado las partes vergonzosas? ¿Y has sido alcahuete? ¿Y has sodomitado? ¿Y has palpado las partes bajas de algún hombre con deleitación, queriendo pecar? ¿Y has pecado con alguna bestia? ¿Y has pecado con mujer estando ella como animal en cuatro pies, o tu la pusiste así queriendo pecar con ella? ¿Y metiste los dedos en las partes vergonzosas de alguna mujer? ¿Y has pecado con alguna doncella o mujer derramando tu semen sobre ella, no desflorándola, sino jugando con la longa viril sobre las carnes de la mujer, no penetrándola?
En la vida sensible y carnal no podemos poner en duda que a través del Otro hallamos lugar y sentido, ubicación en el mundo, "confirmo al otro –señala Merleau-Ponty– y el otro me confirma", yo soy para él como él es para mí. El Otro y lo del Otro me seduce y juntos, Yo y el Otro, acoplamos nuestras sensibilidades, nuestros horizontes, nuestros cuerpos, nuestros eros. Pero semejante perorata, es inolvidable.
(1) “Las concepciones mismas de "erótico", de "sexual" y de "amoroso" son difícilmente aplicables a la sociedad azteca. Sabemos que en el mundo occidental tales conceptos son el resultado, en la Edad Media por ejemplo, de una fuerte presión moral del cristianismo con un obvio fondo precristiano. Localizar las categorías del pensamiento propiamente mexica en este terreno supone, de nuestra parte, una actitud crítica con el fin de evitar usar con respecto a un conjunto cultural complejo, conceptos que no le pertenecen". Noemí Quezada, Amor y magia amorosa entre los aztecas (México: UNAM, 1996).
Nota aparte: El nobel de literatura para la escritora rumana, Herta Müller (Nytzkydorf,1953). Sus libros han sido traducidos a más de veinte idiomas. Aunque deseaba fuera para Handke, me parece que fue una buena designación.
6 de octubre de 2009
El intruso: Delmira Agustini
El enunciador romántico expresa sus sentimientos de acuerdo a los códigos culturales de la realidad histórica que le toca vivir en la cual el concepto de amor es sobretodo ideal, ese espacio para la ilusión, la imaginación desbordante, la entrega a un destino que rige las vidas, el sacrificio, el recato y el decoro. En la pareja, la comunicación erótica estaba constituida por la impenetrabilidad y la entrega amorosa con la institución del matrimonio indisoluble –que además era un fin– donde se mantendrán las costumbres y las conductas establecidas por la ideología judeo-cristiana para quien las manifestaciones de la sexualidad debían tener como finalidad la procreación sin olvidar, claro está, la salvación del alma.
El enunciador modernista introduce, al aludir la relación amorosa, la descripción de un discurso sensual y concupiscente que suele ser representado por el discurso erótico. En Salvador Díaz Mirón, perteneciente a la generación que marca el tránsito del Romanticismo al Modernismo (Martí, Gutiérrez Nájera, Zamudio, González Prada, entre otros), ya vislumbramos claramente esta evolución de la poesía romántica a la modernista, este tránsito de un discurso ideal a un discurso del cuerpo en el tema de la pareja. En el Modernismo se culmina una tradición poética iniciada en el Romanticismo. La imagen recargada, la comparación compleja, la pluralidad de referentes, hacen más difícil la percepción de lo representado y del motivo poético; cada figura de un poema puede ser abstraída independientemente del contenido de ese todo, sin olvidar que se otorga preeminencia a la forma (recordemos el cultivo de lo ornamental) sobre este contenido, indicándonos con ello este cambio de sensibilidad con respecto a la manera en que se percibían las cosas del mundo en el Romanticismo donde el sujeto percibía habitado por emociones sublimes aceptando las leyes divinas o del destino.
En Rubén Darío ya existe una actitud consciente y deliberada respecto al tema erótico –vayamos a Cantos de vida y esperanza–, posee la sensibilidad del poeta modernista que palpa la imagen escindida del ser que es mente y que es cuerpo, espíritu y carne en relación dialógica y dialéctica donde lo ideal se opone. Octavio Paz afirma que "esta manera de ver, oír y sentir al mundo [...] es una exasperación de los nervios, un trastorno de la psiquis. Pero es algo más: una experiencia en la que participa el ser entero. Poesía de sensaciones, se ha dicho; yo diría: poesía que, a pesar de su exasperado individualismo, no afirma el alma del poeta sino la del mundo. De ahí su indiferencia, a veces abierta hostilidad, ante el cristianismo. El mundo no está caído ni dejado de la mano de Dios. No es un mundo de perdición...".
Esta diferencia entre el erotismo romántico que busca la trascendencia en lo divino, lo ideal, lo espiritual, y el erotismo modernista que busca la trascendencia en el diálogo entre el cuerpo y el espíritu, se desarrolla fuertemente, desde la perspectiva femenina, en el discurso erótico y metafísico de Delmira Agustini. La poeta uruguaya vive en un mundo dominado por figuras masculinas y moralidad burguesa, lo cual obviamente le asigna un determinado papel en la sociedad tanto por tratarse de una mujer que escribe como por participar de la tendencia modernista contestataria; bajo estas determinaciones, su obra por supuesto será producto más de la intuición que de la reflexión poética ya que su discurso erótico –que resultaba inédito por provenir de una mujer– recibe la critica de sus contemporáneos que no conciben a la mujer en un papel agente, declarativo, atrevido, que es dueña de un pensamiento racional y una conciencia diferente y que se atreve a descubrirla en su actitud frente a la vida y en su poesía. Aparentemente acepta las normas regidoras, firma como "La nena", pero piensa y crea como la mujer que se rebela ante lo establecido; en una carta a Darío, a quien había conocido en 1912, le comunica su propósito de lanzarse "al abismo medroso del casamiento".
Nos detendremos ahora en su poema "El intruso", poema que considero como uno de los textos paradigmáticos del discurso poético–erótico de Delmira Agustini. En este soneto, el sujeto de la enunciación refiere esa experiencia que vive después de conocer a través de la unión sensual, el éxtasis. Poder penetrar al éxtasis, es haber hallado en esta unión con otro y a un mismo tiempo, la satisfacción del deseo del espíritu, del pensamiento y del cuerpo. La pareja, a partir de ese momento, sólo desea que se prolongue la identidad hallada, que sea siempre un gozoso presente. Vayamos a "El intruso":
Amor, la noche estaba trágica y sollozante
cuando tu llave de oro cantó en mi cerradura;
luego, la puerta abierta sobre la sombra helante,
tu forma fue una mancha de luz y de blancura.
Todo aquí lo alumbraron tus ojos de diamante,
bebieron en mi copa tus labios de frescura,
y descansó en mi almohada tu cabeza fragante;
me encantó tu descaro y adoré tu locura.
¡Y hoy río si tú ríes, y canto si tu cantas,
y si tú duermes duermo como un perro a tus plantas!
¡Hoy llevo hasta en mi sombra tu olor de primavera;
y tiemblo si tu mano toca la cerradura!,
¡y bendigo la noche sollozante y oscura
que floreció en mi vida tu boca tempranera!
El ser amado traspasa el umbral, el sexo del cuerpo femenino: Cuando tu llave de oro cantó en mi cerradura, trascendiendo juntos, en la recíproca entrega, el aislamiento de sus seres, su discontinuidad, penetrando de este modo a un sentimiento profundo de continuidad: "Toda realización erótica, dice Bataille, tiene como meta alcanzar al ser en lo más íntimo, allí donde el corazón falla. El paso normal al del deseo erótico presupone una disolución del ser constituido en el orden discontinuo". La estructuración semántica de este poema además de proyectar todo el sentido de la persuasión erótica, incita, mediante su función conativa, al amor sensual, al roce lúbrico, a comprender que los cuerpos tienen su mundo en el cuál perciben, dicen y tienen memoria y que hallan en el erotismo su trascendencia.
En el nivel del significado, el soneto se halla ligado a dos categorías que integran el campo semántico del erotismo: el amor y la sexualidad.
El amor y la voluntad son operaciones interiores. ¿Qué es querer, sino tener conciencia de un objeto como algo valioso, qué es amar, sino tener conciencia de un objeto como algo amable? Querer y saber que se quiere, amar y saber que se ama son un solo acto, el amor es conciencia de amar, la voluntad conciencia de querer. Un amor o una voluntad que no tuviera conciencia de sí, serían un amor que no amara, una voluntad que no querría, del mismo modo que, un pensamiento inconsciente sería un pensamiento que no piensa. El amor verdadero convoca todos los recursos del sujeto y lo afecta por entero" (Merleu-Ponty, Fenomenología de la percepción).
Todo aquí lo alumbraron tus ojos de diamante parece encerrar ese algo que no se puede delimitar, que da cumplimiento a la propia existencia de la pareja erótica. Respecto a la sexualidad, esa sexualidad de la pareja que vivifica el texto, el mundo subjetivo y el objetivo y los aspectos femenino–masculino se corresponden, armonizan y complementan. A través de sentimientos, voluptuosidad, delirios, piel, goce, dicha, placer, exhaltaciones, revelaciones, los cuerpos encuentran, uno en el otro, la prolongación de sus propias intenciones y el emerger de sus espíritus para entablar un diálogo gracias a la identidad hallada que da significancia a su coexistencia.
Me encantó tu descaro y adoré tu locura es la respuesta sensual y sensible de la amante por lo vivido: el éxtasis, ese estado de arrobamiento al que entrega la experiencia erótica. Después de su vivencia, la amante es presa del júbilo porque, como afirma Merleau–Ponty, "todo presente capta de momento a momento, a través de su horizonte de pasado inmediato y de futuro próximo, la totalidad del tiempo posible; supera así la dispersión de los instantes". ¿Qué otra cosa celebra la amante que no sea los momentos posteriores a la plenitud del acto amatorio? Y lo grita, lo goza, lo celebra; ríe, tiembla, bendice. Él la ha poseído y ella a él: Hoy llevo hasta en mi sombra tu olor de primavera; ella se siente de pronto sometida a fuerzas superiores, él es el intruso que irrumpe para hacerla florecer.
y tiemblo si tu mano toca la cerradura!
¡y bendigo la noche sollozante y oscura
que floreció en mi vida tu boca tempranera!
El discurso erótico de Delmira Agustini, además de demostrar claramente las innovaciones que introduce el Modernismo, nos entrega un mundo de sensaciones donde los sentidos actúan con absoluta independencia pero crean lazos de unión entre uno y otro instante donde la capacidad de la inteligencia, el poder del espíritu humano y el lenguaje de los cuerpos, se constituyen como unidad. En su poema "El cisne" se evidencia claramente esta experiencia abierta a la revelación y que sólo importa en sí misma:
[...] en su carne me habla
y yo en mi carne le entiendo.