19 de noviembre de 2009

El Herralde, y la opinión de Vicente Verdú

No se si Vicente Verdú está enojado o molesto o yo soy la que lo lee así. Una persona me comentaba: "realmente Verdú no ha leído la novela latinoamericana de los últimos 20 años", y yo creo que sí la ha leído y precisamente por eso le preocupa, porque sabe perfectamente que hay excelentes obras de escritores latinoamericanos. Es obvio que ya no desea otro Herralde para un escritor latinoamericano y, de paso, se lleva en los pies al Premio Herralde cuando le adjudica que "La novela que todavía se premia responde...". Lo que me desagrada de su nota es la "mala leche" de sus comentarios que inician así: "Que los últimos cinco premios Herralde de novela hayan recaído sin cesar sobre escritores latinoamericanos no debe considerarse un simple azar...". Aquí el texto completo (publicado en El Pais, el 17 de noviembre de 2007 -no lo había leído):

"Reglas para la superviviencia de la novela"

Que los últimos cinco premios Herralde de novela hayan recaído sin cesar sobre escritores latinoamericanos no debe considerarse un simple azar. La novela que todavía se premia responde al molde tradicional y este producto no se cultiva con la debida dignidad sino en la periferia del sistema. Sucede de la misma manera que con las películas de autor, que, si antes procedían de Italia, Francia o Alemania, ahora brotan en Irán, Irak, China, India, Argentina o Senegal, puesto que el cine de autor como la novela de argumento son productos que caducaron en territorios de la Metrópoli mucho antes de iniciarse el siglo XXI.

Paralelamente, así como en la pintura es inconcebible producir sin tener presente la fotografía, la televisión, los videojuegos, el avión, los grafitis o cualquier pantalla, en la narración es torpe seguir como si no existiera publicidad, correo electrónico, chats, cine, YouTube, MySpace o la blogosfera. Quienes en los países donde se han desarrollado las nuevas formas de comunicación continúan redactando novelas a la antigua usanza atienden sólo a los lectores vetustos, incomunicados o burdos. Y también a los que aprecian los libros en cuanto les parecen películas o telefilmes impresos y en donde la escritura cumple la simple función de entretener durante el trayecto en avión o metro.

Nada que ver, pues, con el carácter propio y especial de la escritura literaria, en donde la nueva narración debería caracterizarse por estos diez componentes, al menos:

1. La novela actual -o como quiera llamarse- deberá mostrarse enérgicamente resistente al intento de trasladarla al cine, al telefilme o a la vida el videojuego: la literatura hoy más que nunca debería alzarse como intransferible porque las historias novelescas al aroma del siglo XIX han sido ya usadas con diferentes métodos de explotación y lo fueron, precisamente, porque no existían entonces los guionistas a granel que actualmente redactan para crear productos audiovisuales. El destino de aquellas novelas fue atender precisamente a una demanda general sin capacidad para vivir otras vidas adicionales que no fueran las servidas por la fantasía de los libros.

2. La fantasía, la intriga -y tanto más cuanto más enrevesada resulta- debe considerase un recurso estereotipado e indicio, a la vez, de no aspirar a mucho más que un sudoku. Cualquier obra literaria actual debe insistir más que nunca en la categoría de su escritura. Es decir, en su habilidad para hacerse indispensable como medio de conocimiento y comunicación peculiar, insustituible en la iluminación y la clase de disfrute que procura. El gusto de la lectura se obtendrá no del artificio argumental, el suspense policiaco, los agentes especiales, los cofres por descerrajar o los misterios divinos, sino de la intensa degustación del texto, sin necesidad de conspiraciones ni extrañas travesías. Los intríngulis de esta literatura son más intríngulis que literatura. Vale para lo que vale y ni una distinción más.

3. No habrá de valerse la obra de ninguna estructura prefabricada mediante la cual el lector será conducido entre añagazas del oficio hasta la apoteosis final, tan propia de las antiguas revistas y la vulgaridad en las prestaciones. La narración literaria consciente de sí no aspirará a apoteosis final alguna tal como el destino tampoco existe en el proyecto vital de ahora, mientras la metafísica se disipa.
Lo que sucede día a día tiene hoy la forma del accidente y el carácter de la inmanencia, posee la belleza de lo instantáneo y la inteligencia de la negligencia. Ha terminado el proceso, la idea de la historia y de su trascendencia. Lo que cuenta es la belleza de la inmediatez, el texto convertido en un gozoso bocado de por sí.

4. La fragmentación de las historias, con sus anotaciones e intervalos mentales, tiende a copiar del blog y de la comunicación fragmentada omnipresente. Una novela contemporánea que no haya asumido esta clase de comunicación se ahogará en su jactancia. La ignorancia del blog y de los mensajes cortos, del discurso corto y cambiante, puede llevar, excepcionalmente, a una obra apreciable pero se tratará de esa clase de valor que encuentran las alhajas y los cuadros escondidos en el polvo de los museos. Una obra viva debe tener en su alma la actuación de su presente porque de otro modo contribuirá a hacer de la literatura la estampa de una dedicación embalsamada. ¿La muerte de la literatura? Sin duda diversos novelistas de hoy perviven gracias al culto funerario del género y al amparo de lectores melancólicos que transpiran alcanfor.

5. El desarrollo pues del libro no obedecerá a un hegemónico hilo argumental sino a una red de experiencias que hiladas, entrecruzadas o en racimo planteen un tutti frutti para el multipolar lector de hoy. Las obras con hilo -o cable- que se lanza pero que se enreda, que da a entender esto pero resulta ser lo otro, que juega, en fin, con el lector, denota no poseer otra cosa mejor de la que vivir y comercia con artículos de feria. Obras de escritores que imitan arrobados a aquellos otros que se ganaban la vida gracias a que sus clientes los leían o los escuchaban leer a la luz de las velas y, en general, no habían salido de la provincia.

6. La novela eminentemente nueva no deberá, desde luego, agarrarte por el cuello y llevarte así, del pescuezo, hasta su final, entre meandros y malabares. Contrariamente a estos modos circenses, la buena novela del XXI considerará la multiplicada sensibilidad del receptor mediático y la interacción. Estimará la belleza eficiente de la forma, la seducción estética y no el uso instrumental o perruno del lenguaje. Es decir, la lectura no será una ansiedad que, entre jadeos y vigilias, buscará cuanto antes la revelación de la última página sino que paladeará cada párrafo a la manera de la slow food.

Lo propio de la literatura excelente será, hoy más que nunca, la belleza y perspicacia de la escritura. Para contar una historia hay ahora abundantes medios, desde el telefilme al vídeo, más eficaces, más plásticos y vistosos. La escritura, sin embargo, es insustituible en cuanto agudiza su ser, emplea las palabras exactas y no la palabra como un andén para llevar la obra a otra versión.
Los novelistas que escriben con la ambición de ser llevados al cine delatan su menosprecio por la escritura. O su incompetencia. Mejor harían con emplearse de cuentacuentos o copys.

7. El cine, la televisión, la realidad virtual pueden presentar escenarios y vicisitudes con mayor riqueza exterior pero la peripecia interior es el juego especial de la escritura y su máxima legitimación. Si la novela, el cuento, el ensayo, el libro, en fin, se justifica todavía sólo alcanza su indiscutible mérito en esta dirección. La dirección propicia para explorar en el interior de uno mismo o del otro hasta la extenuación.

8. ¿Ficción? Si la obra literaria, las fórmulas matemáticas, las piezas musicales son siempre y en todo caso autobiográficas, entonces ¿para qué fingir? Si, como se reconoce, la realidad supera siempre a la ficción, entonces ¿para qué fantasear? El autor habla mucho mejor de lo que conoce personalmente y peor de lo que maquina deliberadamente. La ficción, en fin, pertenece a los tiempos anteriores al capitalismo de ficción. Si la literatura aspira a conocer algo más sobre el mundo y sus enfermos su elección es la directa, precisa y temeraria escritura del yo.
La transmisión de lo personal da sentido, carácter y contenido a la comunicación. No hay comunicación sin comunión, no hay comunión sin comunidad, no hay comunidad sin sinceridad, no hay sinceridad sin volcar lo personal.

9. La voz, en consecuencia, será la de la primera persona del singular. Trato directo entre el autor y el lector, entre las aventuras, las pasiones o los dolores que se comparten en la secuencia del texto. El estilo en tercera persona es hoy el colmo de la falacia, la hipocresía, la cursilería, el amaneramiento o la vana pretensión de saberlo todo por parte del narrador a la manera insufrible de la voz en off en los años cincuenta del cine. No hay verosimilitud en esa voz que ahora se recibe como el cénit de la impostación, el reverso de la verosimilitud y la frescura. El autor/creador, que se endiosa atribuyendo a sus personajes el don de criaturas que adquieren vida propia, se despeña en su misma metáfora de acartonado Frankenstein.

10. Mejor haría en jugar y reírse de sí mismo porque ahora, toda obra de aire severo, sin humor, carece de un lugar soleado en el mundo de la comunicación. Podría decirse, incluso, que ninguna obra sin humor forma parte de la producción intelectual inteligente puesto que ningún genio en la historia de la humanidad prosperó sin la ironía sobre sí mismo. Los novelistas más serios son a la vez los más tediosos y, como corolario, los peores. Sin ironía no hay contemporaneidad, sin ironía no existe visión de la iridiscencia del mundo y su variable composición.

Frente a estos diez virtuosos componentes se cometen los correspondientes pecados capitales. La novela -o como quiera que se llame- sin insustituible escritura, sólo con tema, se suicida actualmente por falta de destino. Muchos leen y suponen que están leyendo literatura o incluso un libro cuando, en realidad, prestan su atención a enmascarados guiones de cine, borradores de telefilmes o largos bocadillos de cómic. También, claro está, leen como algo contemporáneo a los sucedáneos del siglo XIX, sin cuestionarse su momificación, bien porque amen la palidez del vintage, abracen el olor a polvo, o bien porque no posean sentido del gusto en general.
El lector, como el consumidor, hoy más que nunca, se encuentra en condiciones de elegir entre una oferta muy personalizada, surtida y extensa. De su elección depende dar vida a los novelistas que escriben como estafermos o no.

La novela puede ser de este modo tanto un asunto de guardarropía, un legado apreciable como fruto histórico, o una literatura donde el autor, todavía vivo y despierto, se desafía para conocerse, conocer y comunicar. Todo ello sin la obispal solemnidad de los novelistas a la violeta que siguen autoestimándose como demiurgos y atribuyen a la literatura una supuesta misión de libertad, de salvación universal y de formidables tontadas por el estilo.

El novelista, como el pintor o el diseñador, como el compositor o el arquitecto, son trabajadores que, como todos los demás, tratan genéricamente de mejorar la vida. Nada de diferencias entre el productor y el creador, el trabajador y el artista. Unos y otros con sus condiciones y habilidades tratan de colocar su mercancía y se interesan por el placer que provocan en el receptor. ¿Gozos divinos? ¿Placeres indecibles? Zarandajas: el placer sólo reconoce la verdad o el sucedáneo, la ficción del placer, sólo distingue entre buenos y malos amantes. Brillantes y opacos escritores, como lúcidos y lelos ebanistas, lozanos y mustios cantautores, actrices o masajistas.

14 de noviembre de 2009

Imre Kertész: No escribo literatura del holocausto, escribo solo novelas

Gracias a Jozko por la traducción del húngaro al castellano de esta entrevista. Me permito tomarla para compartirla con ustedes:

"La revista alemana Die Welt ha realizado una entrevista al escritor húngaro Imre Kertész, premio Nóbel de literatura, en ocasión de su ochenta cumpleaños. En la entrevista Kertész realizaba ciertas declaraciones sobre Hungría que han sentado bastante mal en el país y se ha creado una gran polémica en torno al escritor. Dejo aquí, en primer lugar, la entrevista. La he traducido del húngaro (alemán no sé), a partir de la versión que se publicó en el excelente blog húngaro Könvesblog (Blog de libros). En las próximas entradas se tratará más en concreto de la polémica.

- Señor Kertész, el 9 de noviembre cumplirá usted ochenta años, sin embargo el mejor regalo de su cumpleaños no lo recibe usted, sino otro.

- ¿Sí? Y ¿quién es?

- Berlín, por supuesto, ya que usted sigue viviendo aquí, entre los muros de la ciudad.

- !Qué cosas tiene! Yo soy de Berlín.

- Curioso, yo había leído que es usted de Budapest.

- Usted lee demasiado. Se lo explicaré. Soy una persona cosmopolita, y siempre lo he sido. Una persona cosmopolita no puede pertenecer a Budapest, la ciudad se ha vuelto completamente balcánica. Una persona cosmopolita, en cambio, puede pertenecer con toda tranquilidad a Berlín.

- ¿Qué es lo que le maravilla tanto de aquí?

- De eso podría hablar mucho, permítame que le mencione dos cosas. Berlín es la metrópolis más musical del mundo. Es una de las principales razones de por qué vivo aquí desde hace ocho años. Cuando residía aún en Budapest, tenía que llevarme la radio al baño continuamente para poder escuchar música ya que era el único lugar donde la señal era buena. Aquí hay tres casas de la ópera a dónde puedo ir cuando me apetece, sin hablar de las maravillosas filarmónicas. Para un amante de la música esto es el paraiso. Y la atmósfera de la ciudad es agradable, urbana. Sobre todo aquí, en Charlottenburg. Es tan agradable ver como pasea la gente por la calle, como se sientan en las terrazas de las cafeterías. Leen, comen, beben e incluso flirtean. Berlín en verano es como un centro de descanso sin igual, ¿qué más podría decir?, como una sauna relajante. Todos hacen lo que quieren e incluso de la manera más natural del mundo. No hay estrés, no hay violencia. La gente es amistosa unos con otros, y también lo son conmigo. Esa es mi experiencia, desde el primer minuto que he pasado aquí hasta hoy.

- ¿Y en Budapest no puede hacer todo eso? Cuando me enseñó la ciudad hace diez años yo también la encontré alegre y colorida.

- Como turista puede que sí, pero es solo apariencia. No hace mucho pasé diez días seguidos en Budapest . En los últimos diez años la situación ha empeorado completamente, ahora el discurso de la extrema derecha y de los antisemitas es el predominante. La vieja pasión húngara, la hipocresía, la tendencia a la intolerancia, es en la actualidad tan característica como lo ha sido siempre. Hungría en la guerra, Hungría y el fascismo, Hungría y el socialismo: de todo eso no han aprendido nada, lo han disfrazado con una capa de adornos.

- Usted nació en Budapest, vivió allí su infancia y tras pasar por el campo de concentración de Buchenwald, regresó a la ciudad. Allí surgieron sus obras más importantes, por las cuales recibió en el 2002 el Premio Nóbel, sobre todo por Sin destino (Sorstalanság), que se editó en 1975, después de doce años de trabajo. La literatura de su país es extraordinariamente rica. Ciertamente ¿no hay nada que le ate a su país?

- Soy producto de la cultura europea, un decadente, si le parece, una figura que ha perdido sus raíces, !no me ponga la etiqueta de Hungría! Ya es bastante con que sus compatriotas hayan hecho de mí un judío. Para mí, ni las ataduras raciales ni nacionales tienen la menor importancia. Y ya que ha mencionado el ambiente literario húngaro, le revelaré que durante los años del socialismo no leí ni un solo libro apoyado por el estado. Sencillamente mi gusto no lo permitía. Siempre que lo intentaba se me revolvía el estómago. Por supuesto hay unos cuantos escritores húngaros a los que respeto profundamente. Son artistas de la lengua dignos de admiración, autores decadentes de naturaleza juguetona, cuyos nombres, aquí en Alemania no les dirán nada. Por ejemplo Gyula Krúdy, que vivió entre 1878 y 1933, o Dezső Szomory, contemporaneo de Krúdy, y a la vez ambos extraordinarios ensayistas...

- ¿Como Sándor Márai, a quien usted también considera un grande?

- Como Márai, cuyos diarios son, en mi opinión, geniales. Sus novelas no tanto, no son la cumbre de la modernidad. Por supuesto en Hungría no ha habido modernidad literaria. Mucho después de la guerra Péter Nádas y yo llenamos ese vacío y luego llegó el postmoderno Péter Esterházy. Cuando era un joven escritor solía leer literatura europea, sobre todo alemana.

- ¿Quién tuvo especial influencia en usted?

- Thomas Mann, sin ninguna duda. En 1954 György Lukács tradujo los primeros textos de Mann tras la guerra, yo prácticamente los devoraba. Muerte en Venecia o La sangre de los Welsa cambiaron mi vida.

- "La sangre de los Welsa", con su caricatura del antisemita...

- A mi no me interesan las ideas, me interesa la estética. Y, con la mano en el corazón, judíos vanidosos, nuevos ricos, como los descritos por Mann en 1910 existen sin ninguna duda. ¿Por qué habría que echárle esto en cara al escritor?

- Después de Auschwitz no es posible tratar este tipo de cosas de manera muy desapasionada...

- Quizás, pero eso a mí no me molesta. ¿Sabe? soy un poco testarudo respecto a la Shoa. Al igual que Ján Améry, soy un judío no judío. Continuamente volvemos a nuestra identidad colectiva. A mí eso no me gusta. Tampoco me gusta la música tradicional, el Klezmer es aburrido.

- Pero ha escrito muchos libros sobre el holocausto.

- He escrito sobre el holocausto porque tuve que vivir, y logré sobrevivir, esa experiencia única, esa experiencia característica del siglo XX. Porque estuve en Auschwitz y en Buchenwald. Piénselo: qué inmenso capital. Pero yo no he hecho literatura del holocausto, yo he escrito novelas. Soy escritor profesional. Toda frase original, toda palabra adecuada, perfecta, me causó placer. Toda mi motivación fue siempre y ante todo artística.

- ¿Es por eso por lo que usted no escribe sobre el exterminio de los judíos desde un punto de vista moral?

- Entre otras cosas así es. Por supuesto hay algo más: no se debe mirar de manera aislada el experimento de exterminio, el antisemitismo racista del siglo XX. Hay que verlo en relación con la época y en relación con el totalitarismo. El totalitarismo no acabó con el final del dominio nazi. En un país como Hungría, además de eso, se puede ver que con la desaparición de los nazis no desapareció el antisemitismo.

- Los que leen sus libros, no solo Sin destino, sino su continuación, Fiasco, o su última novela, Liquidación, pueden percibir el tono irónico, sarcástico, burlón, tan propio de Kertész. Este estilo, ¿lo ha desarrollado tras un largo trabajo?, ¿o es aplicable el conocido dicho de que "el estilo es el propio hombre"?.

- Sí, es válido. Tiene su origen en mi propia forma de ser.

- Al principio hablamos del regalo por su cumpleaños. ¿Hay algo que deseara especialmente?

- Deseo para mí mismo lo que para todos los hombres: paz y cultura.

Tilman Krause, 7 de noviembre del 2009"

Imre Kertész: "han falsificado mis palabras" (Esto es muy común, el entrevistado dice una cosa y el entrevistador escribe otra. Esto debería de estar penado).