Centro de Estudios de México

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El escritor Sergio Pitol, Premio Cervantes de literatura 2005, Doctor Honoris Causa e investigador del Instituto de Investigaciones Lingüístico-Literarias de la Universidad Veracruzana, "inauguró ayer en China el Centro de Estudios de México y América Latina. El Instituto Cervantes, a pesar de que se caracterizó por abordar la problemática de los países de lengua hispana, sin duda está ampliamente influenciado por las características de la cultura española. A diferencia de organizaciones como el Instituto Cervantes, el centro mostrará que México y los países latinoamericanos han seguido procesos diversos, diferentes a la relación que existe entre un país como España y las naciones de América Latina.

La creación de este centro constituye el mayor acontecimiento en la historia de las relaciones de la Universidad Veracruzana con instituciones chinas".

Pitol inauguró en Pekín centro de estudios de México y América Latina.

Excelentes novedades

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Este año que casi termina (a tres meses de ello), finaliza con cuatro magníficas novedades. Recomendadísima su lectura:




Guía esencial para aprender a redactar, y Guía esencial para resolver dudas de uso y estilo, de Sandro Cohen.









El libro de poesía Cacería de brujas, de Agustín Cadena; y Juego y revolución: la literatura mexicana de los años 60, Segunda edición, corregida y aumentada, de Juan Antonio Rosado.

Entrevista a Harold Bloom

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Entrevista a Harold Bloom
Eduardo Lago

"Seguiré leyendo mientras me quede un soplo de vida"

Luz de agosto, la misma que hace 11 años, cuando lo entrevisté por primera vez, en verano de 2000. La casa, el jardín, las ventanas selladas, todo tiene el mismo aspecto. Entonces Harold Bloom era un hombre de 70 años, pletórico de energía, con bastantes kilos de más. Hoy me recibe un anciano enflaquecido que se apoya fatigosamente en un grueso bastón negro. Todo en la casa sirve de soporte a torres de libros, que se amontonan en los sofás, las sillas, los alféizares de las ventanas, en el suelo. Bloom dice haber superado ciertos problemas de salud, que califica de catástrofes. Constantemente bebe agua de una especie de biberón de plástico que recuerda la retorta de un alquimista. Es el crítico literario más importante de nuestro tiempo, por ser el único que ha sabido hacer llegar su portentosa sabiduría al lector normal, sin renunciar un ápice a la exigencia de calidad que es el distintivo de la gran literatura. Autor de más de 40 obras e innumerables estudios y artículos, Harold Bloom (Nueva York, 1930), que ocupa la Cátedra Sterling de Literatura de la Universidad de Yale desde hace más de medio siglo, acaba de añadir a su importante nómina de publicaciones un nuevo título: La anatomía de la influencia. En él vuelve sobre su más importante aportación al campo de los estudios literarios, el concepto de influencia. Se trata de una noción de considerable complejidad técnica, que Harold Bloom convierte aquí en el eje de un recorrido apasionante por las lecturas en que ha invertido toda su vida o, para decirlo parafraseando el título de su obra más emblemática, El canon occidental, un paseo por las mejores obras literarias de la historia.

Simplificándolo al máximo, la influencia poética es un mecanismo que explica el proceso histórico de creación literaria, que Bloom caracteriza como una batalla formidable que los grandes creadores literarios de cada era se ven obligados a entablar con sus precursores, a fin de liberarse de la agónica influencia que ejercen sobre ellos los gigantes que los antecedieron. Alejándose del tecnicismo inherente a tan complejo proceso, Bloom desplaza el énfasis del libro a un terreno más humano y accesible, acercándolo a la realidad del día a día, como subraya el subtítulo que ha elegido para su obra: La literatura como forma de vida.

-La anatomía de la influencia es mi summa literaria, mi legado como crítico. El testimonio final de una vida dedicada a los libros. El verdadero asunto es la pasión por la literatura. Para mí, leer es la única manera de dar sentido a la vida. En el libro tiendo un puente a los millones de lectores auténticos de todo el mundo, lectores anónimos que contra viento y marea, pese a que corren tiempos terribles para la verdadera literatura, se niegan a renunciar a ella.

-¿Es su canto del cisne?

-En el sentido de que seguramente ya no tendré ocasión de escribir ninguna obra de la misma envergadura.

En lugar de hacer preguntas, sugiero leer en voz alta breves fragmentos, invitándole a iluminarlos con sus comentarios. Bloom acepta. "Gertrude Stein observó en una ocasión", leo, "que uno escribe para sí mismo y para los desconocidos, lo cual yo traduzco como hablar conmigo mismo, que es lo que nos enseña a hacer la gran poesía, y hablar con los lectores disidentes, aquellos que buscan instintivamente en solitario la literatura de calidad, desdeñando a los devoradores de J. K. Rowling y Stephen King, que llevan a sus seguidores al suicidio intelectual, haciendo que se despeñen en el océano gris de Internet".

"Hoy día se ha producido un abandono de toda exigencia estética y cognitiva que son las señas de identidad de la gran literatura. La literatura imaginativa, tal y como la cultivaban Shakespeare, Cervantes, Dante y Montaigne, ha cedido ante la basura abominable de best sellers como los que acaba de citar y cualesquiera sean sus equivalentes en España y el resto de los países del mundo. ¿Qué se puede hacer ante una situación así? Llevo años luchando contra ello, pero sé que es una batalla perdida".

Leo la siguiente frase: "Todos tememos la soledad, la locura y la muerte. Whitman, Leopardi o Hart Crane no nos curarán de esos espantos, y sin embargo esos poetas nos traen el fuego y la luz".

"Comentar eso es decir por qué leemos, por qué vivimos. Supongo que lo esencial es la alusión al fuego y la luz, manifestaciones elementales de la fuerza vital. En realidad, todo se reduce a la emoción y al deseo, a la palabra, el dabar de la Biblia hebrea, el logos de los griegos, o dicho de otro modo, el amor por cuanto vive".

Dentro de unos días regresa a la universidad, a impartir clases. La enseñanza, junto con la lectura y la escritura crítica, son sus grandes pasiones: "Será mi 56º año consecutivo como profesor de Yale. Si algo tengo claro es que jamás voy a retirarme. Jamás dejaré de enseñar ni de escribir".

Entrevista completa.

FIL

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La mexicana Feria Internacional del Libro de Guadalajara, que en su próxima edición cumplirá 25 años convertida en la más importante de Latinoamérica, buscará en esta efeméride darle más espacio a los nuevos escritores de la región.

"Queremos un acento particular de los nuevos creadores latinoamericanos", sostuvo su directora, Nubia Macías, en una entrevista con Efe en Bogotá, donde se celebró esta semana el Encuentro Iberoamericano de Directores de Ferias del Libro.

Y para ello se organizarán "mesas especiales donde se hará énfasis en lo que están haciendo los escritores argentinos, los chilenos, los bolivianos, los colombianos y de otros países", agregó.

Ese acento latinoamericano se compaginará con la fuerte presencia de Alemania, "como invitado especial", una delegación, a juicio de Macías, "espléndida" y "que viene encabezada por la Nobel de Literatura Herta Müller".

"Lo más importante es que estamos cumpliendo 25 años y es el pretexto ideal para hacer un reimpulso de la literatura latinoamericana y seguir trabajando en el ejercicio de que se conecten nuestros autores, nuestros editores y que los libros circulen entre nosotros", argumentó Macías.

Al mismo tiempo, anunció que en una semana se dará a conocer el proyecto "Los 25 secretos mejor guardados de América Latina", uno de los filones del certamen que se celebrara entre el 26 de noviembre y el 4 de diciembre próximos en esa ciudad mexicana.

"Vamos a mostrarle al mundo de la edición los nuevos valores y lo que se está escribiendo en este momento en el continente. Queremos construir el camino entre unos y otros porque siempre miramos hacia otra parte y no miramos hacia nosotros mismos", agregó Macías.

La Feria del Libro de Guadalajara (FIL) es considerada como uno de los encuentros literarios más importantes del mundo y para su próxima edición otorgará el premio de Literatura en Lenguas Romances al colombiano Fernando Vallejo.

"Me parece esencial que los latinoamericanos aprendamos a leernos entre nosotros y que los libros circulen. Desde Guadalajara estaremos impulsando un mercado único de los derechos editoriales en español, la coedición, la formación de agentes literarios", dijo Macías, al mando de esta feria desde 2004.

Y afirmó: "Los latinoamericanos tenemos que tomar la decisión sobre qué queremos exportar y qué queremos importar. Y este es el momento para hacerlo".

La directora de la FIL explicó, no obstante, que esta feria acoge "escritores de otras lenguas", lo que, según sus palabras, les "abre los ojos, los sentidos, la creatividad, y permite reconocerse en otras culturas o conocer otras culturas, otras formas de escritura, de lectura".

Hay que leerlos a todos.

25 secretos literarios de Latinoamérica en la FIL

Confesiones de un joven novelista, Umberto Eco

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“Soy un novelista muy joven, ciertamente prometedor, que hasta el momento ha publicado unas cuantas novelas y que publicará muchas más en los próximos 50 años”. Así se cuenta a sí mismo el escritor italiano Umberto Eco, a punto de cumplir los 80, en Confesiones de un joven novelista, que publicará la editorial Lumen. Eco también retoma algunas cuestiones más transitadas, a la hora de hablar de la creación artística, como inspiración o trabajo, talento o esfuerzo, que también aparecen en el libro, una reflexión sobre cómo pasó de ensayista a novelista.

En Confesiones de un joven novelista, Eco reflexiona sobre su forma de escribir. “Prestaré más atención a la ficción que a los ensayos –dice– porque, aunque me considero académico de profesión, como novelista no soy más que un aficionado”. Eco, quien también es semiólogo, debutó como novelista con El nombre de la rosa (1980), que le dio una fama masiva.

Entre algunas de sus reflexiones, Eco dice que cuando cumplió los 50 años, no se sintió, “como les pasa a muchos alumnos frustrado por el hecho de que su escritura no fuera ‘creativa’”. Y agrega que con el ensayo teórico “se pretende demostrar una tesis determinada o dar una respuesta a un problema concreto, mientras que, con un poema o una novela, lo que se pretende es representar la vida con todas sus contradicciones”.

Para Eco, la narrativa es, en sobre todo, un asunto cosmológico. Dice: “Para narrar algo, uno empieza a crear un mundo, un mundo que debe ser lo más exacto posible de manera que pueda moverse en él con absoluta confianza”.

Clarin, Revista Ñ
13.9.11

Descanse en paz

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El Dr. Renato Prada Oropeza falleció el día de ayer, 9 de septiembre de 2011. Descanse en paz.

Nació en Potosí, Bolivia, el 17 de octubre de 1937. Nacionalizado mexicano. Radicó en Xalapa, Ver., desde 1976. Doctor en Filosofía por la Universidad de La Sapienza (Roma); doctor en Lingüística por la Universidad Católica de Lovaina (Bélgica). Fue investigador de tiempo completo en el Instituto de Investigaciones Lingüístico-Literarias de la Universidad Veracruzana (1976-2007). Miembro del Sistema Nacional de Investigadores. Director y fundador de la revista Semiosis (1978-2007), coordinador del Simposium Internacional Campos Semióticos y coordinador del Seminario de Semiótica del Instituto.

Siempre guardaremos profundo agradecimiento por todas sus enseñanzas.

Sus libros.

Cómo fracasar en sociedad

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Cómo fracasar en sociedad
Enrique Serna
Septiembre 2011
Letras Libres

La diplomacia es un arte complejo y sutil que los inadaptados sociales admiramos desde lejos, como intrusos harapientos en un baile de gala. Pero así como el cojo añora la pierna que perdió y la reconstruye en la imaginación, el sociópata puede teorizar sobre un arte que desconoce en la práctica, pero ha estudiado a fondo con el resentimiento de los inválidos. La mayor dificultad del trato social, según creo, consiste en adivinar lo que el mundo espera de uno y actuar camaleónicamente según lo requieran las circunstancias. Para eso hay que saber calibrar al otro al primer vistazo, renunciar a cualquier brote de espontaneidad y estar siempre dispuesto a representar un papel. No culpo a quienes han adoptado una máscara social con fines de supervivencia. ¿Qué importa ser un poco hipócrita si con ello se logra un mejor entendimiento con los demás? Fingir gentileza, o mejor aún, fingir aprecio, es una táctica infalible para granjearse el favor de la gente, porque el prójimo siempre acepta al interlocutor que lo trata con calidez. Pero quienes representamos mal ese papel, ya sea por inseguridad o misantropía (defectos que suelen ir de la mano), debemos abstenernos de interpretarlo, porque la gentileza forzada hiere más que ningún desaire y concita las peores enemistades.

Solo hay un pecado social más grave que la amabilidad contrahecha: saltar abruptamente de la charla anodina a las confidencias íntimas con la gente que acabamos de conocer, o enfrascarse de buenas a primeras en ásperas discusiones, pretendiendo haber ganado en media hora una confianza que, por lo general, los amigos tardan años en conquistar. Conozco la incomodidad que provoca ese acto vandálico, por haberlo cometido infinidad de veces cuando era un joven inexperto y atolondrado. La gente me tomaba por un terrorista insolente que pretendía involucrarla en un psicodrama, cuando yo solo quería elevar la calidad del debate y entrar al meollo de los temas que de veras importan. Como la sociedad castiga severamente a quien se toma estas confiancitas, uno procura enmendarse y comienza a tratar a los demás con respetuosa cautela. Pero la resequedad extrema también es políticamente incorrecta y crea una atmósfera de tirantez que nadie puede soportar, sobre todo en la convivencia laboral, donde es horrible tratar de “hola” y “adiós” a los mismos extraños de siempre, sin pasar nunca a un trato más afable. Por conveniencia mutua, en tales casos hay que aparentar una ruptura del hielo y detenernos cada mañana a intercambiar dos o tres frasecitas inocuas con el encargado de las fotocopias. Así evitamos, por lo menos, la carga patológica que puede llegar a tener el roce cotidiano entre desconocidos. Envidio a quienes logran hacer esto con naturalidad, porque yo nunca he podido. Más aún: creo que nadie puede ser agradable de tiempo completo sin desarrollar una fobia secreta contra la gente a la que ha consagrado tantas horas de esfuerzo. Por eso los políticos odian a sus bases de apoyo, y no vacilan en sacrificarlas a la menor oportunidad: les recuerdan cuánta piedra picaron para llegar donde están.

El trato social se complica más aún cuando entra en juego el escalafón jerárquico del mundillo literario, porque la camaradería y el trato entre iguales no pueden existir en un medio donde tanta gente codicia los sellos de prestigio. Mucha gente cree que las vacas sagradas de la cultura nunca se bajan de su pedestal, pero mi experiencia me indica lo contrario. En realidad, la gente más obsesionada con los sellos de prestigio o los signos de estatus es la que nunca los ha tenido y, por lo tanto, ni siquiera concibe la idea de entablar amistades ajenas a esa escala de valores. En el ensayo Status anxiety, un estudio muy esclarecedor sobre las reglas no escritas del trato social, Alain de Botton reproduce una caricatura de la revista Punch que ilustra la cruel paradoja del esnob autodestructivo:
–Allá van las Spicer Wilcox, mamá –exclama una hija a su madre caminando por Hyde Park. Supe que se mueren por conocernos. ¿No deberíamos de llamarlas?

–Por supuesto que no –replica la madre. Si se mueren por conocernos no son dignas de nuestra amistad. La única gente digna de nuestro interés es la que no quiere conocernos.
Cuando uno trata a seres de esta calaña sin darse importancia, o busca ingenuamente su amistad, sienten que uno ha pisado fondo, porque de lo contrario no se rebajaría a tratar con ellos. Es imposible saber quién va a reaccionar así porque la aparente franqueza de un buen histrión puede engañar a cualquiera. Como este mecanismo psicológico rige en gran medida las relaciones públicas del Parnaso, cualquier acercamiento amistoso que intente borrar los repugnantes títulos nobiliarios queda condenado al fracaso, a menos de que uno sepa guardar las debidas distancias. Pero las “debidas distancias” empobrecen tanto la vida social que termina siendo preferible charlar con un libro.

Wittgenstein. Sobre el Lenguaje

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