9 de junio de 2013

A la sombra de los astros

“Dentro de las múltiples historias trágicas que pueblan la literatura, probablemente pocas sean tan infelices como las de las familias de los grandes escritores, existencias complejas y atribuladas que, debido al fulgor de los prohombres que las cobijan, suelen consumir a los que los rodean, especialmente a sus hijos.

Gregory Hemingway (1931-2001), tercer hijo del autor de El viejo y el mar, quien era obligado desde los 10 años de edad a beber whisky diariamente “como todo un hombre”. Su madre, férrea católica que respondía al nombre Pauline Pfeiffer, luego de separarse del gran macho americano –él se casaría de nuevo con Martha Gellhorn a las tres semanas del divorcio– encontraría refugio en atormentadas relaciones lésbicas.

Gregory, que a los 18 años partiría hacia Africa con la intención de volverse cazador –logró matar a veinte elefantes en un mes, según relata la enciclopedia–, vería frustrados sus planes a lo largo de toda su vida debido a su alcoholismo crónico y a problemas de drogadicción (por si fuera poco, durante la década de los 50 recibió incontables terapias con electroshock), salvo uno: convertirse en una mujer. Luego de haberse casado cuatro veces, engendrar ocho hijos y llevar una existencia a salto de mata entre la masculinidad extrema y el travestismo de clóset debido a la disforia de género y el desorden bipolar que lo aquejaban, decidió cambiar de sexo en 1995, siendo conocida a partir de entonces como Gloria Hemingway, personalidad con la que moriría en el Centro de Detención para Mujeres de Miami en 2001 debido a complicaciones cardíacas e hipertensión. Gloria se encontraba presa bajo cargos de indecencia y resistencia al arresto ya que se había desnudado en la vía pública obstruyendo una avenida. En alguna ocasión su padre opinó que Gloria, aunque entonces era Gregory, “era el lado más oscuro de la familia”. En 1976, Gigi, como le decían en familia, publicaría el libro sobre su padre Papá: a Personal Memoir, con prólogo de Norman Mailer. En 1997, ya convertida en mujer, se volvería a casar con su última esposa, Ida, aunque ataviada como hombre para la ocasión.

Hasta la fecha sus ocho hijos y su última esposa se disputan una millonaria herencia en dólares que dejó intestada”

Fuente | "A la sombra de los astros", de Rafael Toriz

1 comentarios:

Ricardo Signes dijo...

Es lo que pasa cuando no se puede matar al padre: que su imagen le mata a uno. ¡Veinte elefantes en un mes! Vaya alarde tan penoso de masculinidad iniciática.
Muy interesante.

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