4 de mayo de 2016

Robert Musil

Encuentros con Musil
Ignazio Silone
Traducción de Angelo Duarte
Revista Crítica
30.04.2015

En 1949, el suplemento literario del Times escribió a propósito de Musil: “El autor más importante de lengua alemana de esta primera mitad del siglo es uno de los escritores menos conocidos de nuestra época”. Si queremos ser precisos, entre los años 1921 y 1930, Musil había recibido ya en Austria y Alemania importantes reconocimientos de la crítica –si no del público–, sobre todo por su drama Los fanáticos y por la farsa Vicente y la amiga de los hombres importantes, como también por los dos primeros volúmenes de El hombre sin atributos. Pero después desapareció de la crónica literaria, ya sea a causa de los acontecimientos políticos o por su reclusión voluntaria para proseguir con el tercer volumen de su gran novela. De todas formas, el Times tenía razón si se compara la extensa fama póstuma creada después de la guerra en torno al nombre del escritor austriaco con el silencio de los años precedentes.

Mi encuentro con Musil tuvo lugar en Zurich en marzo de 1939. Suiza estaba entonces repleta de fugitivos de Europa Central y los Balcanes, obligados a abandonar sus países por la persecución racial o política, sin contar a los italianos que los habían precedido. La creciente presencia de tantos emigrantes representaba indudablemente un peso gravoso para la economía y también para la política de la Confederación. Pero entre ellos no faltaban poetas, escritores, docentes universitarios, músicos, actores y directores que le daban a la vida cultural helvética, principalmente a las casas editoras y a los teatros, un vigor excepcional. Durante aquellos años el Schauspielhaus de Zurich era considerado a buena ley el primer teatro de prosa de Europa, gracias, precisamente, a la presencia de los emigrados Brecht y Julius Hay entre los dramaturgos, y de Therese Giese, Langhoff, Horwitz, Paryla y otros, entre los actores.

En Zurich Musil reencontró algunas personas que lo habían conocido previamente y que lo tenían en gran consideración. Fue por cortesía de dos de ellas que nosotros nos encontramos poco después de su llegada. Se trataba del dramaturgo Kurt Hirschfeld (más tarde director del Schauspielhaus) y el escritor Efraim Frisch, quien había publicado en el Frankfurter Zeitung una crítica fundamental y llena de perspicacia sobre los dos primeros volúmenes de El hombre sin atributos. “Es culpa de ellos y de sus pares –me dijo Musil señalando a Frisch– si tam¬bién yo me encuentro en la emigración”.

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