Octavio Paz, Cartas a Tomás Segovia (1957-1985), México: Fondo de Cultura Económica, 2008.La llamada Generación de Medio Siglo en México, está conformada por Juan García Ponce, Julieta Campos, Tomás Segovia, Inés Arredondo, José de la Colina, Juan Vicente Melo, Salvador Elizondo, Sergio Pitol, Huberto Batis y Fernando del Paso. Se le llama así, porque es a partir de los años cincuenta que empiezan a conocerse las publicaciones de estos escritores. También se le conocería como el Grupo de la Casa del Lago o como la Generación de la Revista Mexicana de Literatura. Compartían afanes, lecturas, una concepción similar de la literatura y las mismas aspiraciones.
Esta generación creció en un medio literario influido por tres destacadas situaciones: a) la presencia de la figura de Alfonso Reyes, b) la herencia substancial de sus antecesores, el grupo de los Contemporáneos, c) el aliento y estímulo del interés crítico de Octavio Paz. Su espacio cultural estaba teñido por la inquietud aún existente, del nacionalismo de unos (la novela de la Revolución mexicana) y el cosmopolitismo de otros (los que buscaban salir de esa temática local para crear temas urbanos o sencillamente diferentes a los ya trabajados). El pasado inmediato de esta generación está, pues, asentado en la literatura de la Revolución, grandes escritores como Rosario Castellanos, Juan Rulfo, Sergio Galindo, etc., contribuyeron a darle a la obra posrevolucionaria nuevos aspectos e identidad innovadora: sus concepciones del movimiento armado no eran ya propagandistas, sino cuestionadoras. La narrativa se encontraba en el inicio de una nueva época augurada, entre otros, por José Revueltas en los años cuarenta. Surgen entonces nuevas formas de narrar y con ello la consecutiva transformación estética.

La efervescencia cultural que se dio en México durante estos años, fue muy importante. En Difusión Cultural de la Universidad Nacional Autónoma de México, que se encontraba coordinada por Jaime García Terrés, Juan García Ponce era jefe de redacción de la Revista de la Universidad, Tomás Segovia y Juan Vicente Melo dirigían la Casa del Lago, Inés Arredondo trabajaba en la Dirección de prensa, Juan José Gurrola presidía el teatro y la televisión universitarios, José de la Colina coordinaba los cines clubes y Huberto Batis tenía a su cargo la Dirección General de Publicaciones y de la Imprenta Universitaria.
La Revista Mexicana de Literatura, a la que me he referido anteriormente, fue una publicación substancial para toda esta Generación. Precisamente, el intercambio epistolar entre Octavio Paz y Tomás Segovia, que va de 1957 a 1985, se inició cuando, aun sin conocerse, un joven Segovia, poeta exiliado en México, envía su reseña del Arco y la Lira, publicada en la Revista Mexicana de Literatura en 1956, al poeta mexicano, entonces cercano a los 50 años de edad. Abajo de este texto, transcribo algunos fragmentos de las cartas escritas por Octavio Paz a Tomás Segovia, de las 55 que trae el libro. Su publicación, leemos en la introducción, fue posible gracias a la iniciativa de Marie José Paz, y la generosidad de Tomás Segovia, que lo custodió y lo puso a disposición del Fondo de Cultura Económica a solicitud de la esposa de Paz, para conmemorar los 10 años de la muerte del nobel mexicano.
Transcribo un bello fragmento de una carta fechada el 25 de mayo de 1965, desde la Embajada de México en Nueva Delhi donde estaba Octavio Paz, como embajador:Querido Tomás:
Recibí dos números ya viejos de la Revista Mexicana de Literatura. En uno de ellos, un texto tuyo sobre el silencio. Me impresionó muchísimo, tanto que se lo di a Marie José, para que lo leyese: supongo que es un fragmento de algo más extenso. Quisiera comentarlo largamente pero no será posible, al menos por ahora. Tocas algo en verdad cardinal y más vasto que el amor, la amistad o el erotismo, aunque el centro de tu reflexión sea el amor, es decir, la desnudez total y sin intermediarios. El erotismo es fragmentario: no vemos el alma, ni siquiera a su cuerpo completo sino a sus fragmentos (un seno, una pierna, unos ojos).
Y sin embargo, el erotismo (o como quiera llamársele al contacto carnal, a condición de saber que el cuerpo es algo más que cuerpo) es una experiencia de la totalidad. Diría: la totalidad por la vía del desgarramiento, la totalidad a través de un fragmento. Pero la totalidad erótica es ciega. La de la amistad es visible y luminosa. Sólo que necesita una mediación: la cultura, las ideas, una fe compartida, una duda común, un estilo, una afición o manera de ser.
En el amor hay lucidez sin mediación, desnudez y no, como tu dices, "desnudeces..." No sigo. Tu texto me ha hecho pensar mucho y de la mejor manera: me ha obligado a pensar en mí mismo, en mi vida pasada y presente, en esa temible oscuridad del silencio que, al negar al otro, nos niega a nosotros mismos. Aquel refrán: "el que calla, otorga" debería cambiarse por este: "el que calla, reniega".






