26 abril, 2006

La mirada de Paris

La universidad Autónoma de Sinaloa, El Colegio de Sinaloa y Siglo XXI Editores, decidieron convocar a un Premio Internacional de Ensayo cada año, iniciaron en 2003, fecha en la que ganó La mirada de Paris de Jordi Juliá (Barcelona, 1972), poeta, ensayista y doctor en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada. Es un texto de esos que atrapan desde el inicio, muy bien escrito, de lectura amena y del que se aprende mucho. En sus doscientas páginas hay todo un reconocimiento a la disciplina de la crítica literaria, y es interesante que lo hace a través de una metáfora que enlaza y da título al libro: el personaje mitológico de Paris, que lo considera el primer crítico existente. Fundamenta su reflexión bellamente:

"La tranquilidad del lugar invita, sin duda, a la reflexión; no importa que sea un eglógico locus amoenus, ni que se encuentre en una situación determinada o concreta, ni que cambien los gestos, los vestidos o los atributos u objetos que cada personaje porta. La historia de la pintura solamente reduce al máximo el número de personas, no para mantenerse fiel a la leyenda, sino para asegurar la máxima atención, la justa decisión de una de las figuras. Hay alguien que mira, que escruta la pura belleza concretada en tres cuerpos, que a veces se acaricia el mentón procurándose un gesto de duda, como en la famosa tela de Rubens de 1639, o que se muestra expectante y relajado, como una versión anterior de Rubens datada en 1632. Todo pronunciamiento, toda formulación del juicio y de las razones que lo justifican, lleva un tiempo de análisis, de duda, y por lo tanto de espera, con el tiempo detenido igual que en el cuadro de Lucas Cranach, el Viejo, de 1528. E incluso existe el momento de la disputa, del intento por convencer o coaccionar mediante palabras o quizá los regalos, y el instante en que el sujeto perceptor se encuentra menos dotado de seguridad personal, y experimenta una zozobra en el ánimo.

Una tela de 1520, de Lucas Cranach, el Viejo, muestra a Paris contemplando bajo un árbol a las tres diosas que se disputan la que será la famosa manzana de la discordia. Hermes suele acompañar y hacer recaer sobre él el designio de Zeuz: que entregue la fruta de oro a quien encuentre más hermosa. Paris, el bello joven creado por pastores, se ve obligado a fallar el pleito entre Hera, Atenea y Afrodita, y renunciar al poder (al Imperio de toda Asia) y a la prudencia (para vencer en todos los combates), al cambio del amor de Helena de Troya que Afrodita le había prometido. Pero antes de la decisión final, hay tiempo para volverse atrás, quizá sabedor de los conflictos que su decisión puede ocasionar, y tiempo para la feliz y concienzuda decisión de acercar la manzana hacia Afrodita, y dictaminar su máxima belleza, ante la ira o el desdén de las otras dos deidades, que se dirigen a abandonar la escena en una tela de 1825-1826 de William Etty.

En las pinturas que venimos comentando destaca la mirada de Paris dudando o diciendo sobre la belleza ante tres cuerpos hermosos. Ante todo juicio crítico también se produce una visión semejante, el mismo escrutinio, por parte de aquel que se ve destinado a decidir sobre objetos divinos: el crítico literario. De la misma manera que el crítico literario, con su sola mirada, puede decidir el valor, la belleza, la máxima expresión del arte, también está llamado a perpetuar el objeto, a salvarlo del olvido y del paso del tiempo, a petrificarlo -como hacía la mirada de Medusa. La mirada de Paris es el gesto de todo lector o lectora que se acerca a un texto literario y descifra sus signos y los interpreta críticamente, juzgando su valor: escoge, opina, valora, en definitiva, se formula en tanto que sujeto perceptor ante lo otro.

Antes la crítica precedía o sucedía a la creación; ahora la acompaña y es, diría, su condición. De manera que el juicio crítico puede ser ejecutado por el lector, por el contemplador ante el objeto artístico: todos somos Paris. El crítico literario tiene que destacar por ser un gran lector, el mejor lector, un lector modélico. Entre otras razones porque nos encontramos ante un intelectual -segun las palabras de la teórica catalana Dolors Oller- que ha escogido los fenómenos literarios para intentar explicarse el mundo, de la misma manera que otros escogen los físicos o los metafísicos. Que sabe su disciplina, a diferencia de los primeros, no es una ciencia exacta sino una reflexión destinada a construir sentido. Si la Teoría literaria se caracteriza por utilizar un método basado en la observación de los diferentes fenómenos literarios, la crítica literaria se opone a la teoría de la literatura por usar un método individualizado, centrado en la lectura e interpretación de una obra literaria que es necesario comprender y hacer comprender. Pero hay que tener bien en cuenta que si bajo una teoría literaria se encuentra una idea de literatura, la crítica literaria no existe sin la teoría, dado que el crítico se plantea los problemas de la entidad y el alcance de la literatura".