5 de noviembre de 2006

Literatura y prostitución

La metáfora más vieja del mundo
Liliana Viola
Página/12

No se puede pensar la prostitución sin pensar en el modo en que la literatura monta y describe a quienes están en esta situación. Mujeres transgresoras, sí, autónomas por más que sean explotadas; que merecen ser ajusticiadas, también, ya sea a través de una enfermedad mortal o la caída en Desgracia. Mujeres que suelen servir como metáfora para hablar de otras situaciones sociales destinadas al secreto tanto como lo que se hace en la cama.

En pocos sitios pueden hallarse tantas putas reunidas como en una Biblioteca.

Orientales, europeas, latinoamericanas, todas reciben en los libros su bautismo según la época y la situación: geishas, fáciles, livianas, de la vida, de la calle, cortesanas, de compañía, visitadoras, jineteras. Los anaqueles dan asilo a clásicas y discípulas, diosas de la libido o apariciones dormidas como las últimas putas tristes de Gabriel García Márquez y las bellas durmientes de Yasunari Kawabata. Desde Tolstoi, que a los 82 años estaba dispuesto a abandonar a su esposa pero no los burdeles, hasta Bioy Casares que les deja un simpático lugar en sus Memorias y otro fundamental y místico en la ramera ciega de La invención de Morel, casi todos los escritores rindieron tributo a las mujeres sin rostro que los turbaron, iniciaron, entretuvieron a cambio de billetes. Sin temer que en algún momento se los señalara como clientes y cómplices de la trata. La literatura, en un discurso completamente paralelo y ajeno al de las denuncias del periodismo y de los análisis sociológicos, ha dado cuenta de una normalidad y contribuido también a una estética de la prostitución idealizada. Por diferente carril van los datos y testimonios de violencia sexual, abuso infantil, esclavitud, infecciones y muerte que la vida prostibularia de todos los tiempos ha tenido como fundamento y vida cotidiana. Aun cuando la ficción creyó denunciar, no dejó de delinear la estampa de aquella mujer maternal, poco santa y dadora de esa infinita ternura que siempre están necesitando, en el fondo, los hombres. “Lo que distingue al hombre del niño es el saber dominar a una mujer. Lo que distingue a una mujer de una niña es el saber explotar a un hombre”, decía Cesare Pavese, quien en la vorágine de su militante desconfianza hacia todas las ellas destacaba con respeto a la que se vende porque no miente, corporiza la venganza y la nobleza de su especie. Pero no es sólo Pavese quien las distingue mientras señala su maldad, las prostitutas literarias están sospechadas siempre de esconder algo y merecen ser condenadas y redimidas también por otro misterio. Son autónomas aun cuando se las explote, tal vez por estar consideradas poseedoras del último secreto que desde Las mil y una noches se les atribuye a las sábanas. Los hombres tendrán el poder, pero son ellas las que los dejan desnudos y con ansias de regresar. Modesto consuelo. Pero no es la intención escandalizarse porque en nuestras sociedades se considera un derecho la posibilidad de comprar sexo, o porque la misma práctica deshonra al que vende y prestigia al que compra, ni mucho menos ensañarse ahora con siglos de invenciones literarias y de fantasías patriarcales.

Además, también es cierto que la mayoría de las veces la prostituta de las ficciones ha servido a los autores como metáfora. Utilizada otra vez, es verdad, pero para desenmascarar síntomas de alguna putrefacción, para cambiar la cama cada vez que una sociedad se pone a cambiar la piel.

MEMORIAS DE LAS PUTAS CLASICAS

Cada vez que se acusa el impacto de una fuerte crisis en el sistema de valores dominante, se las puede ver a ellas paseándose por las calles pueblerinas, acicalarse en las casas de cita o entrar en palacios y comisarías. Las prostitutas literarias aparecen con el cometido de enfrentar a los lectores con el resquebrajamiento de un paradigma moral o una denuncia concreta, ya sea la doble vida de la burguesía decadente, la relación entre pobreza y tiranía militar. Luego quedan allí vendiendo sus cuerpos alegremente y cantando a los lectores el secreto encanto de la prostitución. La literatura latinoamericana de los años sesenta hermanó prostitución con desigualdades sociales, con abuso de poder político y con la impostura de las instituciones. El catálogo de mujeres que incluye travestis tiene títulos ya clásicos como Pantaleón y las visitadoras y La casa verde de Mario Vargas Llosa; la Cándida Eréndira de García Márquez; El lugar sin límites, de José Donoso; Juntacadáveres, de Juan Carlos Onetti; El zorro de arriba y el zorro de abajo, de José María Arguedas. Todas descendientes de la argentina de Manuel Gálvez, Nacha Regules; de Juana Lucero, de Augusto D’Halmar y también de Santa, de Federico Gamboa.

No son pioneras. Unos cuantos siglos atrás, la Madre Patria ya había dado sus versiones sobre el mismo asunto con obras que ingresaron en el canon de formación escolar de uno y otro lado del mar. En el 1500 español, La Celestina de Fernando de Rojas alertaba en un tono de picaresca sobre la derrota de los valores medievales. Un siglo más tarde, apenas comenzado el 1600, Cervantes presenta a su Don Quijote que atrapado en clave renacentista se propone resucitar a la caballería andante cometiendo a su paso un error más garrafal que el de los molinos: toma por doncellas a las prostitutas más asquerosas y mugrientas de La Mancha, respeta a Maritornes y le habla en un lenguaje que ella no podrá comprender jamás. Su equívoca relación con estas mujeres y sobre todo el respeto que les profesa, es el ejemplo máximo de la desubicación y la locura de Quijote en un mundo que definitivamente cambió sus reglas: las cortesanas se hicieron putas. Un siglo más adelante, en 1722, Daniel Defoe, el autor de Robinson Crusoe y también del Diario de la peste, se servirá de la bella y descocada Moll Flanders para despertar a sus contemporáneos puritanos. Defoe construye a esta heroína independiente que lucha con coraje para cambiar su destino, y que como él mismo resume “nació en la prisión de New Gate y durante una accidentada vida, fue doce años prostituta, cinco veces casada (una de ellas con su propio hermano), doce años ladrona, ocho deportada en Virginia, y finalmente se hizo rica, vivió honesta y murió arrepentida, escribiendo sus propias memorias”. Moll Flanders, dueña de una moralidad natural que supera la gravedad de sus propias acciones, intenta despertar a los ingleses atascados entre el antiguo y el nuevo régimen, y comienza a perfilar el principio de la tolerancia en cuestiones de fe y culto, en cuestiones políticas y lo que es más novedoso, en torno de una tolerancia ética que espera comprensión por parte del lector.

Menos suerte tendrán las prostitutas francesas del siglo siguiente. Si el autor inglés le dio dinero y amor a la suya, en el siglo XIX tanto Margarita Gautier como Naná, tendrán que pagar sus pecados con la muerte. La primera, hija de porteros y convertida en refinada cortesana, finalmente se eleva hacia el amor puro, casi materno, y se sacrifica por el honor de su joven amante. Total, ella es nada y regresa a la nada y por lo tanto no tiene nada que perder.

Y tampoco Zolá, el autor de las clases bajas, de las tabernas y los burdeles, se libra de una visión idealizada y hasta enamorada de su Naná. La cortesana de belleza provocadora encarna las debilidades de una sociedad corrompida que se vende por placer y que va a despertarse unas décadas más tarde con el estallido de la Primera Guerra. Si le restó romanticismo, la dotó de glamour y de poderío, Naná destruye con maestría a todos los que la desean. Y paga por eso.

Por esa oscilación entre el costado de víctimas y el de lujuriosas, el castigo en la literatura viene muchas veces de la mano del destino, de una justicia que está por encima de los hombres y las mujeres, o del propio deseo de arrepentimiento que las conduce a un cielo que duele.

Y para retroceder aún más en el estante de los clásicos, es posible llegar hasta el Apocalipsis que condena a las prostitutas no sin antes describir la lujuria como quien desliza una invitación: “Ven y te mostraré la sentencia contra la gran ramera que está sentada sobre muchas aguas, con la cual han fornicado los reyes de la tierra y los moradores de la tierra se han embriagado con el vino de su fornicación”. Esta imagen que va y viene de la perra a la desvalida, está arraigada seguramente en las razones que inspiran por estos días a la Legislatura de la provincia de Buenos Aires para anunciar un proyecto de ley que ponga “multas y penas de prisión a quienes ejercen la prostitución en la calle incluyendo –teniendo en cuenta las nuevas modalidades del oficio– a quienes incluso escandalicen en casas privadas”. Buenas (les) parecen las multas a falta de un método tan drástico como la tuberculosis de la pobre Margarita para terminar con lo que Vázquez Montalbán llama “la costra moral”.

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4 comentarios:

Luis Muiño dijo...

Yo solo conozco dos tipos de mujeres que ejercen la prostitución:
Una inmensa minoría que asume su oficio y controla con mano firme a todos los que se quieren aprovechar de ella...
Y la inmensa mayoría, que son explotadas por un microcosmos brutal.

De las primeras, algo he leído: por ejemplo, "La lozana andaluza", de Francisco Delicado, además de algunas de las obras que citas.
De las segundas, la literatura no sabe o no contesta...¿por qué?.

Estoy contigo: es curioso que haya tanta moralina contra ellas en los grandes escritores y tan poco sobre una realidad que, por ejemplo, aquí en Madrid tienen a un par de kilómetros de donde escriben.

Una niña africana de dieciseis años que no sabe en qué lugar del mundo está y que se retuerce con dolores de menstruación, espera desnuda en pleno invierno a que un caminonero que pasa por allí la utilice. De repente, para un inmenso tráiler. Pero en ese momento cae sangre por la pierna de la muchacha y el conductor decide seguir su camino: no quiere problemas...
Esta imagen es verídica: es una de tantas de los que hemos trabajado en estos temas.
Quién supiera escribir.

Gatito viejo dijo...

Completísimo post. Saludos

JoseAngel dijo...

Nunca se acabará con la prostitución; es inherente a las relaciones entre los sexos. Tampoco se acabará nunca con la explotación de los seres humanos y con la intimidación mafiosa. Esta segunda batalla tiene más sentido que la primera, pero en realidad van muy unidas.

Magda dijo...

Qué grata sorpresa, Luis, me alegra ver que has regresado a tu blog. Bienvenido.
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Sí, Liliana Viola hizo un excelente trabajo.
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Que pena que así sea, José Ángel.

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