28 de enero de 2007

El delirio sin freno de Lovecraft

El delirio sin freno de Lovecraft

En marzo se cumplirán 70 años de la muerte de H. P. Lovecraft, creador de una cosmogonía ficcional que desplegó en más de un centenar de cuentos y novelas breves. Aquí, el retrato de un innovador del género de terror y de la literatura fantástica.

Marcos Mayer

Sin embargo, todo razonamiento lógico parecía derrumbarse ante aquella ciclópea masa de bloques de piedra cuadrados, curvados y angulados. Era, evidentemente, la ciudad del espejismo convertida en objetiva e ineludible realidad". El párrafo pertenece a En las montañas de la locura, tal vez el más ambicioso de los relatos de Howard Phillips Lovecraft, de cuya muerte se cumplirán 70 años en marzo próximo, lo cual, con su obra dentro del dominio público, alimentará aún más su mito, que ha tenido muy pocos retrocesos en este más de medio siglo.

Terrores arcaicos

El párrafo es revelador de un estilo absolutamente típico y personal que sumó en partes iguales imaginación, delirios y adjetivos. Ese modo de escribir en el que abundan los arcaísmos (por ejemplo, escribir logick o magick, manteniendo la grafía antigua), las hipérboles y sobre todo una suma de calificativos que hablan de lo que no puede decirse (inefable, inenarrable) tiene varios orígenes posibles. Por de pronto hay que saber que Lovecraft tiene el privilegio de haber sido el único escritor del siglo XX en haber intentado fundar una cosmogonía.

Según lo que se recorre en el más de un centenar de cuentos y novelas cortas escritas por él y luego por sus seguidores, antes de la aparición de cualquier forma de vida sobre la Tierra, el planeta estuvo habitado por distintas razas de extraterrestres (los Profundos, los Antiguos, la Gran Raza). Esos seres no sólo han dejado restos arqueológicos de su presencia (por ejemplo en la Antártida) sino que reaparecen ayudados, generalmente de manera involuntaria, por seres humanos. Esa presencia estaría en la base de los cultos satánicos, de la brujería y de otras prácticas esotéricas que adquirirían así un sentido nuevo. Lovecraft lleva esta apuesta narrativa un poco más lejos. Por de pronto, plantear que lo humano es por completo ajeno a ese mundo. Escribe en una carta: "La tradición nada significa en términos cósmicos salvo una protección en contra de la sensación de desorientación en el tiempo y espacio sin fin".

Esos monstruos a los que no puede describirse sino como lo informe y lo inabarcable, carecen de valores asimilables a lo humano, por lo tanto no hay manera de comprender sus propósitos por lo que no queda otro camino que temerles o entregarse a ellos. La otra salida es la locura, la gran acechanza en los relatos de Lovecraft, cuyo narrador suele aparecer en la situación de dar testimonio de lo experimentado antes del naufragio definitivo de sus facultades mentales. Junto a esta eliminación de la dimensión ética de lo monstruoso, se vale de una idea de lo verosímil de cuño anglosajón: algo es cierto en la medida en que no pueda demostrarse su falsedad. Todo esto apoyado en una explosión científica de la primera mitad del siglo XX —la física cuántica, las teorías de Einstein— que pone en tela de juicio las viejas ideas acerca de los fundamentos del universo y que Lovecraft no sólo parece conocer en profundidad sino que incorpora como referencia permanente de sus textos.

Los límites de la locura

Si bien abundan las sospechas sobre la salud mental de Lovecraft, lo cierto es que siempre mantuvo esta cosmogonía dentro de los límites de lo ficcional, lo que le permitió además, generar una serie de referencias ficticias que van desde las pinturas y esculturas de Clark Ashton Smith, realizadas en verdad para ilustrar sus relatos y no los textos sagrados de sus criaturas, hasta libros apócrifos cuyo ejemplo más célebre es el Necronomicon, escrito por el "árabe loco" Abdul Alhazred, quien vivió en Yemen en el siglo VIII. El mismo Lovecraft revela que "hay una edición del siglo XVII en la Widener Library de Harvard y en la Biblioteca de la Miskatonic University en Arkham; y también en la biblioteca de la Universidad de Buenos Aires". Es una leyenda urbana que cada tanto alguien pide consultar este libro en alguna universidad norteamericana. Esta lista de poseedores del libro incluye, por supuesto, una pista falsa: no existe la ciudad de Arkham y tampoco la Miskatonic University, pese a tener un sitio en la web con himno propio. Por su parte, Arkham y sus alrededores parecen un paralelo en tono fantástico del ficticio condado de Yoknapatawpha, que aparece en las novelas de William Faulkner y que sirvió de inspiración a la Santa María de Onetti y al Macondo de García Márquez.

Extrañamente, la mezcla de referencias verdaderas y falsas abre la posibilidad del delirio sin freno, elemento en cual algunos han visto el valor mayor de Lovecraft y otros su costado más vulnerable. En la aventura literaria de este escritor de Providence en Nueva Inglaterra, que vivía con las persianas cerradas y que alguna vez fue ghost writer del escapista Harry Houdini, hay costados cuyo destino es casi una acusación.

En toda cosmogonía (y el peronismo es un buen ejemplo al respecto) se necesita un estilo fijo y una multitud de apóstoles. Durante su vida, y mucho más después de su muerte, un grupo de escritores se dedicó a seguir las líneas de esta suma inagotable de leyendas apócrifas. Ninguno de ellos salió de la sombra protectora de su maestro, ni siquiera Robert Bloch quien hubiera podido seguir otro camino luego de que Alfred Hitchcock convirtiera en una obra maestra su muy discreta novela Psicosis. Tampoco August Derleth, el más ortodoxo de sus epígonos y quien dio orden a las mitologías dispersas en sus relatos.

A la mediocridad de su descendencia literaria, se puede llegar a sumar el rechazo que podrían generar sus ideas políticas. El propio Derleth admite en La lámpara de Alzared —un cuento en homenaje a Lovecraft— que su siglo favorito era el dieciocho y que consideraba a la independencia norteamericana como el comienzo de la decadencia de su país. A esto se agrega su simpatía moderada por Hitler (abandonada muy pronto) y una adhesión abierta a Mussolini que lo llevó a plantear en La sombra fuera del tiempo que "el sistema político y económico de la Gran Raza era una especie de socialismo fascista, con los recursos más indispensables distribuidos racionalmente y el poder delegado en un reducido consejo de gobernadores elegidos por los votos de todos aquellos que pasaban con éxito determinados tests educativos y psicológicos". En ese mismo texto se habla de eugenesia. Y, finalmente, ni siquiera sus seguidores más devotos saben cómo exculpar su racismo. "Creo que su racismo es decepcionante no sólo porque lo expresaba con tanta frecuencia en sus textos y sus cartas, sino porque fue un área en la que se rehusó a modificar su pensamiento ante nuevos argumentos", acepta S.T. Joshi, su principal editor actual y anotador de su obra.

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