26 de febrero de 2007

Detectives literarios

Nombre: Sherlock Holmes
Lugar de residencia: Baker Street 27, 1er. piso, Londres, Inglaterra
Profesión: Se define a sí mismo como “Detective consultor”
Periodo investigado: Fines del siglo XIX.

El sujeto es alto y enjuto, con labios delgados y una nariz aguileña que se destaca en su rostro como el pico de un ave. Las manos son largas y nerviosas. Fuma pipa y a veces sonríe a través de una nube de humo azul. Identificamos en él las características que enumeramos a continuación: Absoluta preponderancia de lo intelectual sobre lo emotivo (“es la máquina de razonar y observar más perfecta que conozco”, afirma Watson, su amigo, ayudante y cronista, que agrega en otro momento: “su inteligencia fría, llena de precisión, lo lleva a deducciones asombrosas”).

Mientras tanto, lo afectivo aparece reprimido (“si alguna vez hablaba de sentimientos tiernos lo hacía con mofa y sarcasmo”, dice Watson). Ilustra su dificultad para actuar en función de los sentimientos el caso de Irene Adler, según él la mujer, “con una cara como para dejarse matar por ella”, pero acota Watson: “Como enamorado no habría sabido estar en papel”. Aun así prefiere quedarse con la foto de ella a aceptar el pago de servicios al rey de Bohemia. “En Irene Adler –dice Watson– admiraba el ingenio y la desenvoltura, la inteligencia, que la ponía a su altura.” A la vez, aparece una dualidad, un desdoblamiento de la personalidad frente al estímulo estético. Dice Watson: “Los dos aspectos de su temperamento se alternaban y pensé que su exactitud y astucia eran la reacción contra el humor poético y contemplativo...”.

Por otra parte, rechaza sistemáticamente la vida de sociedad (afirma el mismo Holmes: “Durante semanas permanezco en contacto sólo con mis libros”), y se reconocen en él claros rasgos narcisistas (pide a Watson que lo acompañe en una misión porque “estaría perdido sin mi Boswell” –biógrafo escocés–). En otro momento le reprocha que no destaque en las crónicas sus notables conocimientos científicos. Hay pruebas de una adicción importante (describe Watson: “Alterna los adormilamientos de la cocaína con la impetuosa energía de su naturaleza”). El tema del control (sobre sí mismo, sobre los demás y sobre la realidad en general) es central en Sherlock Holmes. Así lo muestra, por ejemplo, su capacidad para caracterizar personajes (opina Watson: “Parecía cambiar hasta de expresión, maneras e incluso de alma”). Y también, opina, “nunca es efusivo”. Y le dice Holmes en un momento dado: “Es un asunto que me llevará sus tres buenas pipas, y le pido que no me hable durante cincuenta minutos”. Asimismo, la afición de Holmes a la apicultura revela su admiración por seres tan disciplinados (las obreras) como para morir de cansancio mucho antes de su hora. Procura ejercer el mismo control sobre los demás (“Tenga cuidado con cumplir mis órdenes al pie de la letra”, le dice a Watson). La observación y la deducción, esencia de su prestigio, le permiten, de paso, controlar su entorno.

Conclusión: Es claro que el sujeto sublimó sus intensos rasgos obsesivos. Así, la meticulosidad y la tenacidad típicas se vuelven útiles de trabajo. La asepsia afectiva contribuyó para que se transformara en el paradigma del pensamiento deductivo (son famosas sus resoluciones rápidas y asombrosas de los misterios que le presenten sus clientes o el mismísimo Scotland Yard). Sin embargo, por debajo del helado control de sus emociones, es un sentimental (desprecia al rey de Bohemia por no haberse jugado por Irene Adler). La adicción a la cocaína también sugiere una huida del dolor.

Nombre: Maigret
Lugar de residencia: París, Francia
Profesión: Comisario de la Sûreté Générale, París
Periodo investigado: De 1929 en adelante.

Conocemos a Maigret durante el intenso período de entreguerras, cuando tiene cuarenta y cinco años. En palabras de Simenon, es un hombre “alto, ancho y pesado”, con “cabello tupido color castaño oscuro” y que se mueve “desmañadamente, con cierta torpeza”. Algunas descripciones despiertan nuestra simpatía (“Se arregló lo mejor que pudo una corbata que jamás había conseguido anudarse correctamente”) y tiene tics pintorescos: es friolento y la estufa de hierro colado que ocupa el centro de su despacho debe estar todo el invierno casi al rojo porque tiene el hábito de pararse contra ella para fumar su pipa mientras analiza el caso en que trabaja. A la vez, es distraído en lo rutinario y pudo “dar la espalda a la majestuosa chimenea de mármol de aquel estudio sin notar que estaba apagada”. Es el tipo de hombre que necesita que lo cuiden y que sin proponérselo despierta ternura en muchas mujeres. La Sra. Maigret, con vivo instinto maternal, es quien cubre cabalmente esa necesidad. El es un bon vivant, un gourmet, y ama a la Sra. Maigret así como las comidas generosamente regadas con buen vino que ella le prepara. En consecuencia, el contacto con el sexo opuesto (“Lina se desnudó para provocarlo: tenía el cuerpo bello y flexible de una bailarina, pero el comisario ni se inmutó”) lo deja indiferente (pero es paternal con las mujeres que sufren o son abusadas). En lo profesional su sensibilidad no le impide actuar como un duro, capaz de continuar un seguimiento con un balazo en el costado apenas vendado con un mantel. Es muy intuitivo y su olfato es infalible: “Estaba seguro de que en algún lado había una falla”. Se mete en la piel de sus sospechosos (“Tras seguirlo varias horas Maigret conocía su silueta al detalle y había captado a fondo su carácter”). Sus casos nos procuran retratos inolvidables de las pasiones y las debilidades humanas, sobre todo en la gente común, ante la cual se muestra comprensivo y piadoso. Cuando matan a un subalterno que aprecia se enfurece, pero predomina el dolor desde el afecto (“Miró aquellos peces rojos: sólo sus bocas se abrían y cerraban, y le recordaron la boca abierta de Torrence”).

Disfruta de los amigos y de los buenos momentos (“Anoche habían recibido a los Pardon; después de comer, las mujeres intercambiaban recetas mientras los dos hombres charlaban perezosamente bebiendo licor de ciruelas de Alsacia”), y cuando debe viajar a un hermoso lugar en la Costa Azul “tiene la impresión de haberse tomado unas vacaciones irregulares” y piensa: “tendré que volver aquí a pasar unos días con mi mujer”.

Conclusión: Maigret es, diría Freud, un hombre normal (suponiendo que la categoría exista), dado que presenta rasgos de casi todos los cuadros psicopatológicos sin predominio de ninguno. En síntesis, un hombre que puede “trabajar, amar y disfrutar”. Esto le otorga una estructura de personalidad rica, variada y flexible, que le permite implementar reacciones y conductas no estereotipadas y bien adecuadas a la realidad.

Nombre: Philip Marlowe
Lugar de residencia: Los Angeles, California, Estados Unidos
Profesión: Detective privado
Periodo investigado: A partir de 1943 hasta los años '50.

Philip Marlowe es joven y sagaz, con ese toque a la “amante latino” de los hombres altos, fuertes y morenos. Según Raymond Chandler, su creador, “Marlowe nació en California y cursó un par de años de universidad. Su primera experiencia en la investigación la adquirió trabajando para una compañía de seguros”. Tiene “suficiente inteligencia y coraje para sobrevivir” en el medio en que lo involucran su pasión por el peligro y su desprecio por la prepotencia de los poderosos y los corruptos. Con cada historia nos sumerge en el crudo ambiente del hampa, donde los matones asesinan sin pestañear, la policía está comprada y algunas mujeres se oscurecen en la miseria de la calle y la droga, mientras otras, bellas y generalmente ajenas, viven en mansiones y frecuentan clubes nocturnos opulentos, cargados del falso lujo del estuco dorado. Es un seductor que le dice a una mujer: “Me gusta saber que hay al menos una hembra encantadora y bonita que no tiene los talones redondos”. Pero a otra que lo conmueve demasiado la aparta: “Estoy demasiado gastado para vos”. Sus oficinas, “sala de espera y sala de meditación”, están en el Edificio Cahuenga de Los Angeles, donde sus clientes lo comprometen con situaciones de las cuales a menudo sale maltrecho y tan pobre como antes, algo que intenta revertir: “Estaba pulcro, afeitado y sobrio; era en todo el detective privado como debe ser: iba a pedir cuatro millones de dólares”.

Lo caracteriza una cierta ambivalencia. Esto hará que, por un lado, actúe en función de su integridad y nobleza, y que por otro sea jugador, mujeriego e insaciable bebedor de whisky y que no haya vicio que no conozca. Es un tipo hecho a la calle, pero jamás gratuitamente violento. Su lenguaje es lacónico y cortante, pero muy expresivo: “Me sonrió pero tenía poca práctica”. A una mujer desconcertada por su dualidad, le dice: “Si no fuera duro no estaría vivo, y si no fuera suave no merecería estar vivo”. Según Chandler, Marlowe “seduciría a una duquesa pero no violaría a una virgen”; es un hombre de principios, no de fines, alguien que nunca toma distancia para protegerse, que se vulnera, un personaje casi poético “que introdujo cierto romanticismo en la banalidad de Los Angeles”, y al que quizás sería válido considerar un áspero antecedente del lirismo hippie.

Conclusión: De él dice Chandler: “Si rebelarse contra una sociedad corrupta significa ser inmaduro, entonces Philip Marlowe es absolutamente inmaduro”. Este personaje seductor –de sus lectores inclusive– tiene fuertes rasgos histéricos, quizá lo más visible cuando se lo analiza. La tenacidad para remar contra la corriente en sus investigaciones revela una cierta obsesividad, no predominante. Por otra parte, en algunas de sus reflexiones hay cierto humor amargo que sugiere un destello depresivo. Estamos nuevamente ante una personalidad “mixta”, que lo define como un individuo cercano a la utópica “normalidad”.

Nombre: Pepe Carvalho
Lugar de Residencia: Vallvidrera, Barcelona, España
Profesión: Detective Privado
Periodo Investigado: De la década del '60 hasta 1996.

En sus últimas apariciones, el personaje de Manuel Vázquez Montalbán ronda los 50 años, un hombre moreno, de bigote pesado y anteojos que agravan las cejas. En su rostro “se reflejan enormes heridas morales”. De joven estudió filosofía en Barcelona; en los años ’60 ingresó a la CIA como profesor de castellano para luego pasar a cumplir funciones de agente internacional. Eventualmente, ya fuera de la Agencia y de vuelta en España, Franco lo metió en la cárcel, acusado de comunista. Al salir, se instaló en Vallvidrera y abrió despacho de detective privado en la Rambla de Barcelona.

“El Crimen de la Botella de Champán, titulaba el periódico, y Carvalho salteó líneas buscando la marca de la botella empleada...” Un hedonista, amante de la buena bebida y de los buenos platos (“devoto del sentimiento trágico de la comida”), que sale a buscar personalmente el mejor jamón o los ajos más tiernos, cocinero compulsivo, intempestivo: “Sintió esa necesidad de solidaridad o complicidad de los cocineros amateurs cuando consideran que su obra está bien hecha: las dos y media de la mañana, no se lo piensa dos veces, tapa el guiso y salta los escalones...”; “¡Vaya horas! ¿Un incendio?” No. “Un salmis de pato...”

Un sujeto contradictorio, que disfruta de la gente sencilla y la conoce visceralmente pero descuida a Charo (la joven que ama pero a la cual no es fiel, “una puta selectiva más que selecta”, “con rubores de virgen mental”) o quema sus libros (“porque me gustaron en su tiempo y me da miedo sentir la tentación de volver a leerlos”). Sus profundos regocijos de gourmet son casi los únicos que se permite, quizás porque la pasión crea lazos poderosos, mientras que la comida crea lazos momentáneos, que sólo comprometen a pasar la receta. Y a él “la perspectiva de una vejez sin dinero suficiente para que alguien le limpiara el culo si era necesario le indignaba porque le indignaba tener miedo”... Entonces, sin decirlo, quizás sin saberlo, se defiende de la angustia ante la vejez y la muerte, única insuficiencia trascendente, y con cada espalda que muestra a lo que ama (exceptuados sus dos amigos) simula autonomía, indiferencia. De paso satisface al fantasma del padre que no se perdonaba “la jugada de haberlo traído a este mundo, a la absurda marcha desde la nada a la muerte”.

Conclusión: Estamos entonces ante un sujeto con fuerte tendencia a la depresión, que se defiende adecuadamente transformándola en melancolía y nostalgia (“... la democracia se había apiadado de su honda melancolía y habían vuelto a adosar la plaza del Padró a la base de la capilla románica, la geometría de su infancia”...) y que desarrolla ciertas fobias, naturalmente sucedáneos de la verdadera y reprimida a la muerte, y ciertas obsesiones defensivas (ahorrar lo suficiente). Su humor ácido y brillante es otra trinchera eficaz a la cual huir cuando así se lo exige la vida.

Nombre: Kurt Wallander
Lugar de Residencia: Ystad, costa de Escania, Suecia
Profesión: Inspector de policía, Distrito de Ystad
Periodo investigado: Década del '90 en adelante.

Kurt Wallander dice tener “cuarenta y pico de años”, es corpulento, rubio, con tendencia a la obesidad. La esposa lo abandonó un año atrás; “la extraña y lo atormentan los celos”. Tiene una pobre relación con su única hija, que estudia y trabaja en Estocolmo, y teme que intente nuevamente quitarse la vida, como hizo a los quince años. Sus profundos intereses de orden ético (“trabajaban en un medio hostigado por la corrupción política y judicial, y lo que antes habían sido sospechas o suposiciones sectarias finalmente había quedado al descubierto”) y estético (“puso un disco de Maria Callas”) no le impiden estar crónicamente desinformado (“nunca sabía a ciencia cierta lo que ocurría a su alrededor”). No es un solitario sino un hombre que sufre de soledad, y a pesar del escaso brillo de su personalidad de antihéroe, de su tímido erotismo y de su ausencia total de sentido del humor, Wallander logra que deseemos acompañarlo.

En lo profesional tiene gran oficio, es perspicaz y posee una fina intuición. Sin embargo, seguramente a causa de la actitud descalificante del padre, tiene intensos accesos de inseguridad. Se plantea, por ejemplo, dejar la policía (“quizás un trabajo sólo para un tiempo”). Precisamente, la decisión del joven Kurt de ingresar en la Academia de Policía fue denigrada por el padre (“nunca pensé que tendría que sentarme a comer contigo mientras te salen gusanos de cadáveres de las mangas de la camisa”). Para él, su hijo es un fracasado, lo cual explica la relación del inspector con Rydberg, su colega y modelo, muerto recientemente, y a cuyo costado Wallander creció profesionalmente pero desde una dependencia que no logra superar: “¿Qué hago ahora?, ¿qué habría hecho Rydberg?”, se pregunta con excesiva frecuencia. Durante una investigación, en ocasión de haber matado en defensa propia, sufrió una crisis depresiva grave (abandono general, alcoholismo, insomnio, fantasías autodestructivas). Tras un año y medio comenzó a recuperarse a través del interés que le despertó un caso que ocupaba a sus colegas. Pero la angustia no desapareció y cada tanto siente “que debe hacer algo con su vida”.

La investigación de un caso lo llevó a Riga, Letonia, donde se enamoró de una mujer, Baiba Liepa. Ella pasa a encarnar sus fantasías de felicidad, pero mediante dilaciones aparentemente inevitables logra no materializarlas. Desde una actitud de culpa intensa respecto del padre porque, dice, “no lo visitaba con suficiente frecuencia”, se comprende su imposibilidad para construir desde la alegría. Por supuesto, la muerte del anciano no elimina su eficacia destructiva, instalada en la memoria del hijo. Lo alivia algo recordar el viaje a Italia que alcanzaron a hacer juntos en armonía muy relativa, ya que como siempre el anciano sólo pensó en él y desapareció varias horas del hotel para cumplir sus ritos personales.

Conclusión: Kurt Wallander tiene una estructura de personalidad maníaco-depresiva, medianamente compensada por el contacto con colegas y superiores y por las gratificaciones del trabajo. Sin embargo, su equilibrio es precario y está permanentemente en peligro de una crisis grave como la ya sufrida.

Y una última consideración: ¿Qué tienen en común los cinco, fuera de la inclinación a escarbar bajo la superficie de lo aparente? ¿Hay rasgos de personalidad constantes, es necesario ser un seductor como Marlowe, un obsesivo como Holmes, un hombre satisfecho como Maigret, un triste como Kurt Wallander? ¿Es útil quizás cocinar como los dioses que nutren a Carvalho...?

No parece. En realidad, digámoslo de una vez, cualquiera puede ser un buen detective. La única condición irrenunciable, quizás, sea que un buen escritor te invente.

Detectives al diván.

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