11 de febrero de 2007

Mirando por el ojo de Bataille: Margo Glantz

Mirando por el ojo de Bataille: Margo Glantz

“La poesía abre la noche al exceso del deseo”. Estas palabras de Bataille pudieran colocarse como epígrafe de Historia del Ojo, novela abierta a una interrogación desatada -invariable y obsesiva- por los dos puntos, signo de puntuación estricto y banal que en Bataille es apertura o umbral de una mirada obscena, viscosa, excesiva, una mirada a la noche sidérea, escatológicamente ligada al sol “podrido”: también a la opacidad del cuerpo abierto, lanzado a la profundidad de la experiencia a-teológica, a-sistemática.

Apenas en 1943 el pensamiento de Georges Bataille se imprime en ediciones que pueden circular libremente. Gallimard publica La experiencia interior, ligada a la pérdida, a la enfermedad, a la experiencia mística: desde 1922, Bataille se mantiene ligado a las bibliotecas y a esos manuscritos que describirá con rigor alucinado en Documents. Su actividad es conocida por un pequeño grupo de amigos íntimos: Michel Leiris, André Masson, Raymond Queneau, Jean Wahl, Pierre Klossowski, Roger Callois, Alexandre Kojève, más o menos vinculados al surrealismo. Su relación con este movimiento se interrumpe temporalmente como testimonia el folleto Un cadáver, escrito por los disidentes surrealistas después de la publicación, en 1929, del “Segundo Manifiesto” de Breton en La revolución surrealista. Bataille colabora con un artículo “El león castrado”, donde Breton es “Una grosera y blanda tripa...” “...grueso absceso de fraseología clerical”, “vieja vejiga religiosa...” “...no un hombre, sino un buey...”.

Bataille ha estado ligado a revistas como “Aréthuse”, la clásica revista erudita que el escritor descoyunta con artículos etnológicos de “paradójico saber”, como dirá Barthes, pero sobre todo Documents, cuyo consejo de redacción escandalizado por los textos publicados por Bataille (jefe de redacción de la revista), se queja: “son apenas documentos del estado de espíritu de su redactor”. Colabora también en La critique sociale, y en 1935 crea Contre-Attaque, de nuevo con Breton y con algunos de los miembros del Cercle Communiste. Luego Acéphale, revista de la que salieron sólo cuatro números de 1936 a 1939 y que con Pierre Klossowski adscribía a “una sociedad secreta”. Bataille explica: “esta sociedad secreta daría la espalda a la política y sólo tendría en cuenta un objetivo religioso, pero anticristiano, esencialmente nietzcheano. Es difícil hablar de esta sociedad secreta, pero algunos de sus miembros guardan, gracias a ella, la impresión de haberse apartado de este mundo”.

Sociedad secreta, acefalia que conduce a la pérdida de límites; corresponde cronológicamente a su encuentro con Laura. Laura —Colette Peignot— es “la mujer de su vida” en el sentido surrealista: “...El dolor, el espanto, las lágrimas, el delirio, la orgía, la fiebre y luego la muerte son el pan cotidiano que compartí con Laura, y ese pan me deja el recuerdo de una dulzura dudosa, pero inmensa”. La misma Laura recordada por Bataille una noche oscura en que visita su tumba, “era la forma que revestía un amor ávido de exceder el límite de las cosas y, sin embargo, ¿cuántas veces alcanzamos momentos de felicidad irrealizables, noches estrelladas, arroyuelos que transcurren?: en el bosque de Lyon, ya en la noche, ella caminaba en silencio... sentía cómo mi destino caminaba a mi lado... Es imposible expresar con una sola frase la posibilidad que tenía de reconocerla: también soy incapaz de expresar su belleza, belleza imperfecta, móvil imagen de un destino ardiente y tenue. La fulgurante transparencia de esas noches es también inefable”.

Laura, encontrada en 1931, es la concreción en la vida de Bataille de la Simona adolescente, compañera de orgías y de aventuras en Historia del Ojo, novela escrita antes aunque publicada en 1928 con pseudónimo -Lord Auch- y un tiraje muy corto. Esa misma Laura, especie de arquetipo dantesco que no acompaña al poeta al Paraíso sino al Infierno, es a la vez la existencia corpórea de lo obsceno, la apertura misma, la hendidura. En el texto mencionado, Bataille incluye un fragmento de carta de Laura, relatando una excursión de la pareja al Etna: asomarse al cráter es un acto sagrado y obsceno, idéntico al que lo inclina a mirar la hendidura del sexo de las adolescentes amadas o de Madame Edwarda (otra de sus novelas eróticas): hendija que rasga los entresijos, desnudez que abre sus partes deshonestas, sus vergüenzas, a la mirada obscena, vinculada con los aspectos “más desérticos y leprosos de un sueño” y, en su irreligiosidad, con Dios.


El terror horrible o el horrible terror: Poe y Bataille

Los dos puntos hienden el espacio tipográfico de Bataille tan obsesivamente como lo persiguen las tajaduras del nombre más bello para el sexo: el culo. Ese culo redondo y puro, profundamente rajado, de las jovencitas orgiásticas se alía al horror de las acciones cometidas e inserta el erotismo en la muerte, y a ésta, la muerte, en el terror. El terror sacude a los personajes de Bataille como erosiona a los personajes de Poe. El terror es romántico y se instala en la novela fantástica, gótica, que los ingleses cultivan con el mismo pragmatismo delicuescente que encadena a Poe con Baudelaire, Rimbaud, Lautréamont, eslabón virtual de una prosa victoriana cultivada en Inglaterra por Emily Bronte (La literatura y el Mal de Bataille), Sheridan Lefanu, Mead Falkner, Machen.

El gemido demente del terror se marca en un pleonasmo de intención: los adjetivos deletrean el horror constelando la prosa de Bataille en su cielo urinario o flagelan una grieta para derruir La casa de Usher. Pero en lugar de ahogar con su literalidad obsesiva el sentimiento brutal que intenta convocar con el pleonasmo, alcanza una abstracción casi matemática gracias a la repetición de la palabra horror: su desmesura provoca un juego de correspondencias ilimitadas, escondidas en la repetición de la misma manera en que permanece escondida para los investigadores vulgares la evidente carta robada de Poe. La insistencia, la aliteración –implícita en la misma pronunciación de la palabra horror- contradice su obviedad y subraya el sentimiento convocado. Subrayar la palabra con la exuberancia abusiva de su sonido podría ser simplemente cacofonía: aquí permite escarbarla y convertirla bruscamente en la metáfora que ese abuso hace aflorar: el miedo, la angustia se convocan en la raíz misma que los promueve.

La reiteración no basta: la reiteración engendra una ambigüedad por el mismo hecho de su repetición intencional. Hay que descargarla. La organización de esta prosa determina de entrada su erotismo: la excitación que la repetición provoca excede la sensualidad, traspasa los límites y determina el éxtasis. El momento extático se produce como orgasmo y la prosa erecta por la manipulación repetitiva de la obviedad se acopla a la anécdota que hace de la masturbación el acto más reiterado de la novela, además de repetirlo infinitamente a nivel de simple vocablo. La palabra regresa obstinada - casi inexpresiva, por su obviedad- e inicia la conversión brusca de su naturaleza.

La desgarradura juega el mismo papel: es palabra y es significado. Su cercanía con lo de abajo es escatológica: es la palabra obscena –coño, culo- el sexo tajado de la muchacha, ese orificio que desgarra la conciencia y que el narrador mira largamente, asomándose a él como si fuera un cráter.

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1 comentarios:

Purificación Ávila. dijo...

Ay, Magda, que leí hasta donde pusiste el enlace para continuar. Lo abrí, pero tengo que leerlo más despacio, pues es extenso aunque muy interesante este ensayo.
Una mirada profunda, rigurosa y exhaustiva hacia el erotismo según Bataille y algunos de los mejores escritores contemporáneos y amigos suyos. Así lo entiendo.

Gracias por la reseña.
Recibe un abrazo desde España.
Puri.

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