3 de febrero de 2007

Un fracaso de Flaubert

Hace 150 años, la Revue de Paris publicó la primer novela de la era moderna: Madame Bovary. Cinco años después había vendido casi 30 mil ejemplares y su autor, Gustave Flaubert (1821-1880), se convertía en uno de los grandes paradigmas literarios de todos los tiempos. En las siguientes líneas, Rafael Pérez Gay despoja al gran autor francés de los artificios de la gloria, para mostrarlo "entre libros, contemporáneos, abstenciones y nihilismo, en plena ambición destructiva". Acompañamos este ensayo con una revisión de la biografía más reciente de Flaubert, realizada por Miguel Barberena (periodista).

Un fracaso de Flaubert
Rafael Pérez Gay

El más estimulante y provocador crítico francés de nuestros días, Charles Dantzig, reunió en un Diccionario egoísta de la literatura francesa (Grasset, 2005) todas sus simpatías y diferencias con la France littéraire, mil páginas de ensayos, fragmentos, iluminaciones salidas de sus pasiones poco académicas y no menos desaforadas. En la entrada dedicada a Flaubert apuntó: "Después de Madame Bovary, Flaubert escribió Salambó, casi un fracaso; después de Salambó, La educación sentimental, tan buena como Madame Bovary, más tarde La tentación de San Antonio, un desastre, después los espasmódicos Tres cuentos; luego fue incapaz de terminar Bouvard y Pécuchet. Se diría que hay ciertos escritores que desean terminar en la catástrofe. Me parece notable que Flaubert haya escrito Madame Bovary dejando de lado los proyectos que lo apasionaban, como La tentación de San Antonio, y que esa novela en la que no había reflexionado mucho tiempo sea su obra maestra. Sus otras dos grandes obras fueron hechas para darle gusto a escritores a los cuales no se parecía en nada: La educación sentimental, Sainte-Beuve, y Un corazón simple, George Sand. Flaubert sufría de una inclinación a la irrealización. Como si un enorme peso buscara llevarlo hacia la nada. Así, podemos verlo regresar una y otra vez a sus ambiciones destructivas. Lejos de progresar, daba tumbos en una perpetua batalla contra el nihilismo".

Veamos entonces a Flaubert entre libros, contemporáneos, abstenciones y nihilismo en plena ambición destructiva. Durante mucho tiempo, el escritor Ernest Feydeau (1821-1873) fue para mí un misterio desprendido de una admiración. El misterio lo formaba un escritor desaparecido con el paso de los años en el gusto del público y la admiración, por supuesto, la obra de Gustave Flaubert. Este enigma empezaba siempre con un aliento de codicia: Madame Bovary vendió 29 mil ejemplares durante los primeros cinco años. Feydeau, ese desconocido, logró un éxito aún mayor, cuarenta mil libros vendidos de una novela, Fanny, que contaba las relaciones de una mujer casada con un hombre más joven y que, como la Bovary, fue un escándalo. Los dos escritores eran amigos, se mandaban cartas donde se ponían al corriente de las dudas de su existencia. De modo que este clásico de todos los tiempos, aquel hombrón malhumorado y torpe que escribió maravillas vestido con una bata chinesca, unas pantuflas ridículas y un gorro extrañísimo, ese novelista que hacía el amor a escondidas con la institutriz de su sobrina, Don Gustave, tuvo un adversario que le peleó su lugar en el gusto del público. Cuando Flaubert se sintió en la antesala de los sueños realizados, el azar le trajo un rival.

Busqué, sin suerte, algún estudio que contara este capítulo de esa batalla contra el nihilismo de la que habla Dantzig. Busqué un ensayo sobre la obra de Feydeau en distintas historias, le pregunté a algunos amigos, flaubertianos de fuste, y nada. Volví a El loro de Flaubert de Julian Barnes, pero la única referencia a Feydeau era el epígrafe que abre esa novela magnífica: "Al escribir la biografía de un amigo, hay que hacerlo como si estuvieras vengándolo". Con el autor de Madame Bovary uno acaba siempre como el doctor Geoffrey Braithwaite, el personaje de El Loro, el perseguidor de Flaubert, coleccionista exhausto de conocimientos inútiles y exquisitos. Julian Barnes demostró a través de Braithwaite que la admiración por un escritor es el acopio inservible de pormenores que en otras personas resultan ordinarios, comunes, corrientes. En el primer capítulo de la novela de Barnes, el doctor Braithwaite se reúne en Londres con un amigo que afirma conocer las cartas de amor de Flaubert y Juliet Herbert. Cuando al fin se encuentran y Braithwaite le pide que le enseñe las cartas, el amigo le dice que eso es imposible puesto que las ha quemado. Hundido en el desconsuelo Braithwaite se conformó, como todos los admiradores, con las sobras y oyó en silencio el relato de las cartas inexistentes.

El misterio de Ernest Feydeau sería como las llamas que consumieron las falsas cartas de Flaubert a Juliet Herbert de no ser por algunos trozos verídicos de los años cincuenta del siglo XIX francés, cuando Flaubert tenía treinta y siete años y una neurosis de pronóstico reservado. Leí las cartas que Flaubert le envió a Feydeau entre los años de 1856 y 1858 y reboté en los mismos fragmentos de este misterio consignados en la Correspondencia de don Gustave con George Sand, en los comentarios de las eruditas notas de Jean Bruneau de la edición de la Pléiade de la Correspondencia y en algunas anotaciones de la biografía de Herbert Lottman. El episodio cuenta asuntos que han preocupado a todos los escritores desde que existe la literatura: el gusto del público, la venta de sus libros, la amistad, el amor y el reconocimiento. Todo este archivo reunido podría agruparse bajo el título de "Un fracaso de Gustave Flaubert". Todo esto ocurrió entre 1856 y 1860, en el refugio de Croisset, en las calles de París y en los Salones donde ocurría, entre vanidades enormes, la vida literaria francesa.

Varias onzas de esperma

En ese tiempo, Gustave Flaubert salía de un túnel de cinco años de concentración narrativa y suplicio estilístico dedicados a la escritura de Madame Bovary, publicada por primera vez en la Revue de Paris (1856-57). El director de la revista y el autor de la novela fueron procesados por faltas a la moral pública. Resultaron absueltos. En esos días aciagos, Flaubert le escribió a George Sand que la vida era un oficio para el que no estaba hecho, pero la verdad es que ya representaba a ese personaje desesperante que se quejaba sin descanso del martirio que significaba escribir durante meses unas cuantas páginas que al final borroneaba para empezar de nuevo. Es muy común la idea de que Flaubert se cuidaba de no desperdiciarse en el sexo, también es cierto que alguna vez afirmó que desprenderse de una onza de esperma podía echar a perder varios capítulos de una novela, pero en honor a la verdad, se trataba de una coartada para deshacerse de los tormentos posesivos de Louise Colet cuando ésta lo quiso cazar y, más tarde, arrancarle el corazón en el dolor de su abandono. A Flaubert se le reconocía en los salones como un escritor famoso de prosa pausada, perfecta, entregado a la obsesión de su trabajo y vencido por la tentación de la lujuria secreta, capaz de verdaderos monumentos de la seducción.

La vida de Flaubert transcurría entre Croisset, donde trabajaba con la energía de un minero, y París, a donde llegaba atraído por las mujeres, los amigos y los Salones. Se instalaba en un departamento de su edificio, en Boulevar du Temple. En esas reuniones de intriga y seducción que pasaron a la historia con el nombre de Salones, a Flaubert le gustaba representar "L'Idiot des salons". Los Goncourt retrataron en su Diario esta actuación, luego la consignó Brunneau en la Correspondencia y más tarde la retomó Lottman en su biografía: Flaubert le pedía prestado su frac a Téophile Gautier, se levantaba el cuello falso, gesticulaba y daba vueltas por la estancia de la habitación convertido en una extraña especie de oso y chimpancé. Jean Paul Sartre tomó, por cierto, el nombre de "L'Idiot des salons" para cometer varias injusticias en su libro clásico El idiota de la familia. Respecto a Sartre, Julian Barnes tuvo razón: se pasó diez años escribiendo su Idiota en lugar de escribir panfletos maoístas, actuó como una Louise Colet de altos vuelos que malgastó su tiempo importunando a don Gustave.

Sigue siendo inexplicable que en el punto más alto del dominio de su estilo, Flaubert haya escrito su novela más débil y la que le arrancó más insomnios, Salambó. Partió a Túnez en 1857 para acopiar el material de su novela cartaginesa, un proyecto insólito después de la publicación de Madame Bovary: la rebelión de los mercenarios después de la toma y caída de Cartago en manos romanas, una historia que ocurre en el siglo III antes de Cristo. En esa oscura antigüedad, Flaubert añadió una historia de amor entre Matho, jefe mercenario y Salambó, la hija de uno de los líderes de Cartago.

A excepción de algunas líneas epistolares de Flaubert donde le expresa a Feydeau su gusto por el éxito de Fanny, no se ha documentado con suficiencia la reacción de Don Gustave. Fanny se publicó en mayo de 1858, el éxito fue inmediato y en el camino de la celebridad pasó por encima de Madame Bovary. Abundan las cartas depresivas, malhumoradas y melancólicas de Flaubert en el año de 1858. Aunque no tiene nada de raro en ese monumento al pesimismo y a la inteligencia que forma su Correspondencia, el triunfo de Feydeau le cayó a Flaubert como un balde de agua fría. Aquellas cartas pueden leerse también como una coraza del orgullo flaubertiano y su depresión no sólo como el desprendimiento de la tortura de Salambó sino como una reacción al éxito de una novela muy inferior a la suya. Tenía razones de sobra para sentirse ofendido, entre otras, porque fue él mismo quien leyó, corrigió y dio sugerencias esenciales para Fanny. Flaubert leyó y oyó la novela a finales de 1857, durante una de sus estancias parisinas. En noviembre de aquel año le escribió a Feydeau: "Los libros no se hacen como los niños sino como las pirámides, con un designio premeditado, poniendo grandes bloques uno sobre otro, a fuerza de riñones, de tiempo y de sudor, y no sirve de nada porque quedarán en el desierto, dominándolo prodigiosamente. Los chacales orinan abajo, los burgueses suben a lo más alto". En las páginas de Fanny está la huella imborrable de la mano y la obsesión flaubertiana, el cuidado y la paciencia de ese neurótico de la novela. Una noche de noviembre de 1857, Flaubert le escribió a Feydeau, en la posdata de una carta donde le contaba los martirios de los primeros capítulos de Salambó, estas palabras admonitorias: "La primera cosa que haré en París será oír tu historia. Apenas llegue iré a tu casa, incluso antes de librarme de alguno de esos actos obscenos que la indecencia ordena y la naturaleza obliga a cumplir".

Se habían conocido en 1856 por la intermediación de su compañero Maxime du Camp y del escritor Téophile Gautier, quien le publicó en Le Moniteur la primera parte de su Histoire des usages funébres et de sépultures de peuples anciens. Esa fue la puerta que lo llevó a Flaubert. Con su libro de funerales y tumbas, Feydeau despertó los intereses voraces de Flaubert y Gautier, quienes se orientaron en esas páginas para la escritura de Salambó y La novela de la momia. A Flaubert le gustaba citar esta frase del estudio de Feydeau: "La mentira es el eterno obstáculo del historiador. Debería sentirse feliz si en busca de la verdad absoluta, llega sólo a encontrar la verdad probable".

Las institutrices y el amor

Juliet Herbert llegó a la casa de Croisset el año de 1853 para hacerse cargo de Carolina, la sobrina de Flaubert. El de gobernanta era su único oficio hasta que conoció el amor y la plenitud del sexo clandestino al que Flaubert la remitió con la firmeza de sus decisiones y las ternuras de un oso. Juliet fue un bálsamo para los sacrificios amargos que le ocasionaba cada página de Salambó, que le costaría cinco años de su vida; Juliet, en cambio, le costaría muchos más de remordimientos y felicidades secretas. Cuando Juliet regresó a Inglaterra, Flaubert nunca dejó de visitarla y ofrecerle el placer de los recuerdos de Croisset, una oferta que Juliet Herbert nunca rechazó. Entonces le propuso a Juliet una traducción al inglés de Madame Bovary. En esos días le escribió a su editor Michel Lévy: "Se está elaborando ante mis ojos una traducción inglesa de la Bovary que me satisface plenamente. Si este libro va a publicarse en Inglaterra desearía que fuera con esta traducción y no otra. No costaría muy caro y sería, además, una obra maestra". En su biografía, Lottman informa que no hay rastros de esa obra maestra. La primera traducción al inglés de la Bovary se publicaría hasta después de la muerte de Flaubert y fue realizada por Jenny Marx, la hija de Karl, quien se suicidaría como Emma Bovary. Karl Marx amó, por cierto, en los pliegues subrepticios de su entusiasmo filosófico a su ama de llaves; como se sabe, el producto de sus amores desbocados llevaría el apellido de Engels.

Aquí vuelve Ernest Feydeau a esta breve historia de seducciones y vida literaria. Llegó a Croisset acompañado de Paul de Saint-Victor y Téophile Gautier. Barnes cita en su novela una carta a Bouilhet, la única confesión conocida de Flaubert sobre Juliet: "Desde que vi que la institutriz te excitaba, también yo siento excitación. En la mesa, mis ojos siguen de buena gana la suave curva de su pecho". Luego le escribió a Feydeau: "Si deseas, oh lúbrico amante de la naturaleza y las artes, ver de nuevo a la institutriz, tendrás que venir antes del primero de septiembre, ya que por esa época la jovencita regresará a Albión". En el famoso "Salón de Croisset", estos amigos leyeron en voz alta capítulos enteros de sus libros.

Juliet Herbert regresó a Inglaterra y Flaubert se abismó en un catástrofe moral. Se consoló dándole los últimos toques al plan de su viaje a Túnez. Se embarcó en Stora el 16 de abril. La noche del viernes 23 al sábado 24 de abril de 1858, el golfo de Túnez apareció como un fantasma entre la bruma. Flaubert le escribía una carta a Louis Bouilhet a bordo del Hermus, el barco que fondearía en el golfo de Túnez en busca de los amores prohibidos de Matho y Salambó. Flaubert mantuvo al tanto a Feydeau de su viaje a Túnez y le respondió las cartas que le traían noticias de París. El 8 de mayo le escribió: "Estoy encantado de que Fanny se haya vendido tan bien, ya quiero verlo impreso en forma de libro". En ese viaje se dio tiempo para escribirle a Jeanne de Tourbey una de las cartas más cursis que Don Gustave haya escrito en su vida: "¿No sintió usted después de mi partida como un viento que pasaba sobre usted? Era algo de mí que se escapaba de mi corazón, atravesando el espacio, invisible, hasta llegar a usted". Cuando llegó a París, Flaubert pasó tres días en la casa de Jeanne de Tourbey. Puede asegurarse que durante esas noches desperdició varias onzas de esperma.

Las aspiraciones y las obras

"Valemos más por nuestras aspiraciones que por nuestras obras", le escribió Flaubert a Feydeau a finales del año de 1858. Y la aspiraciones de Feydau se elevaban en el cielo parisino de los salones. Saint-Beuve había escrito un comentario favorable, Gautier se había entusiasmado con su novela y Louise Colet le había mandado una carta llena de elogios a propósito de Fanny. A Flaubert le bastó una mirada a sus alrededores para ver la intención funesta de Colet y previno a Feydeau sobre esa "criatura perniciosa". Desde su ruptura con Flaubert, Louise Colet se había dedicado a hacer del dominio público sus amores incumplidos. En alguno de los zarpazos de su despecho Colet se refirió en un verso a Madame Bovary como una novela "digna de un abarrotero/ Que, como un aire malsano, repugna a nuestros corazones". Apenas era el principio. Las contrariedades de esa pasión aún no tocaban el puerto en llamas de Lui, la novela de Louise Colet. Se publicó en 1859 en forma de folletín en Le Messager de Paris: la Marquesa de Rostan (Colet) cuenta sus amores con Albert de Lincel (Alfred de Musset) y Leonce (Flaubert).

Los apremios del escándalo coincidieron con la lectura que hizo Flaubert de la nueva novela de Feydeau, Daniel. En su vastísima Correspondencia, no hay muchas cartas como la que Flaubert le envío a Feydeau en diciembre de 1858. Más que una carta, se trata de un análisis obsesivo, una lectura exhaustiva y una lección de preceptiva novelística. Reescribió diálogos, sugirió cambios en las caracterizaciones, cambió ideas generales y se abrió paso a machetazos en la selva del estilo: "Un último consejo: toma al azar una de las páginas que te he marcado como lentas o mal escritas; léela independientemente del resto, en sí misma, sin considerar más que el estilo. Después, cuando la hayas llevado a la perfección posible, ve si se liga con las demás y si es útil. Pregúntate a cada página lo que hay alrededor. Debes estar convencido de este axioma: Lo que se contiene, se expande". El rival se había vuelto su alumno.

Flaubert se había equivocado: las aspiraciones no producen obras, aunque la vocación de grandeza sea un requisito indispensable para los escritores. Al final de aquella carta le escribió: "Tu libro Daniel causará furor, ya lo verás. Escúchalo bien: veo la posibilidad (como te lo he indicado) de volverlo perfecto. No lo desperdicies, no te presiones, déjalo un mes si es necesario. Créame, querido señor, que para enviarle a un ser humano ocho páginas como éstas, hay que amarlo y estimarlo, a él y a sus obras".

Daniel no causó furor en la vida literaria parisina. Por su parte, Flaubert terminó Salambó en 1862 antes de que Salambó terminará con él. Su último purgatorio fue la espera, la paciencia mientras se diluía el revuelo por la aparición de Los Miserables de Victor Hugo. Salambó causó furor en París, Saint-Beuve la escribió a Matthew Arnold: "Salambó es nuestro gran acontecimiento". La novela tuvo tanto éxito que ocasionó bailes de disfraces inspirados en los personajes y en la trama y hasta el nombre de un marca de petit four. La novela que Charles Dantzig considera un fracaso de Flaubert fue en su momento un éxito rotundo.
Pérez Gay. Escritor, periodista y editor. Autor de libros como Paraísos duros de roer (2006) y Diatriba de la vida cotidiana y otras derrotas civiles (2001), ambos de Cal y arena.

Una biografía imposible
Miguel Barberena
A Laure Vernhes

Curiosa posteridad la de Gustave Flaubert: él inventó aquello de que el escritor debe ser invisible y no dejar tras de sí más que la obra, lo que llamaríamos hoy "la desaparición del autor". Cuando en 1859, dos años después de la publicación de Madame Bovary un amigo le escribió para pedirle datos biográficos, Flaubert replicó: "Yo no tengo biografía". En 1869, cuando el famoso dibujante Gill quiso hacer su retrato —se trataba de ilustrar una reseña periodística de La educación sentimental—, Flaubert no permitió la reproducción de su rostro. Sin embrago, Flaubert es hoy el clásico del XIX francés más popular y estudiado, un novelista omnipresente. Kafka, Joyce, Henry James, Sartre, Nabokov, Vargas Llosa, Michel Butor, Julian Barnes, todos se reclaman del Gran Maestro. Su vida y obra han sido desmenuzadas hasta el último detalle, pero las biografías, sobre todo provenientes del lado anglosajón, donde la "flaubertomanía" es más pertinaz que en la misma Francia, se publican a ritmo constante, una cada década: en los años ochenta fue la de Herbert Lottman, en los noventa la de Geoffrey Wall y el año pasado apareció la de Frederick Brown, Flaubert. A Biography (Little, Brown). Con 629 páginas y un voluminoso aparato crítico —las notas, bibliografía selecta e índice onomástico ocupan casi 50 de ellas— el libro contiene todo lo que es posible conocer sobre Flaubert, el hombre, desde su nacimiento, el 12 de diciembre de 1821, en el hospital Hôtel-Dieu de Rouen (Normandía), donde su padre, Achille-Cléophas, era cirujano en jefe, hasta su muerte el 8 de mayo de 1880, de un infarto fulminante, tal vez de un ataque convulsivo, quizá de una hemorragia cerebral, probablemente de una combinación de las tres. Su salud era un bomba de tiempo: años de glotonería, de adicción al tabaco de pipa, de una labor sedentaria, más los efectos de la sífilis y los episodios de epilepsia le cobraron factura. Además, su humor de energúmeno, sus frecuentes crisis de indignación ante la estupidez de su tiempo, le elevaban la bilis y la presión arterial.

La vida de Flaubert tiene dos fases. En la primera vemos al niño curioso que espiaba las cirugías del padre en los pabellones del hospital; el mediocre estudiante de Derecho en París; el aventurero del viaje a Medio Oriente; el joven literato que se alimentaba de clásicos griegos y latinos y escribía en la clandestinidad su primera novela, La tentación de San Antonio. La segunda fase arranca el 1 de enero de 1844, cuando Gustave sufre el primer ataque de epilepsia. La "enfermedad nerviosa", como él la llamaba, dio un giro radical a su existencia. Lo hizo sentir siempre como un freak, pero también, gracias a ella, pudo dejar los insoportables estudios de Derecho y dedicarse exclusivamente a la literatura. A partir de 1851, tras su regreso de Oriente, se instaló como escritor de tiempo completo en el estudio de su casa en Croisset, a orillas del río Sena. Guardó en la gaveta a San Antonio —libro de tema bíblico que reescribió tres veces— y se embarcó en los adulterios de Madame Bovary, su primera obra publicada, la que le dio renombre y abrió puertas en el París literario.

Brown agrega a los hechos de la exagerada vida de Flaubert una mirada crítica a la obra. Resume y explica las cinco novelas, algo invaluable en el caso de Salambó y San Antonio, obras históricas de difícil digestión. Revisa también sus últimos Tres cuentos y los escritos de infancia y primera juventud, cuando Gustave parecía encaminarse hacia el teatro, como se debe en un paisano de Pierre Corneille, oriundo también de Rouen. Brown ubica precisamente a Flaubert dentro de su tradición: tenía un lado esperpéntico que le venía de Rabelais, atemperado por una vena romántica, en la línea de Chateaubriand, y otra realista a lo Balzac ("Temo hacer un Balzac chateaubrianizado", escribió a un amigo durante el arduo trabajo de Madame Bovary).

Este ángulo desde la crítica literaria es la principal fortaleza de la nueva biografía, un apartado en el que supera a las anteriores de Lottman y Wall. El estilo de escritura es también superior, con mucho de "flauberteano" en su sobriedad. El profesor Brown no especula ni inventa, como tanto se ha hecho con el pobre Flaubert, quien, por ejemplo nunca dijo o escribió aquello de que "Madame Bovary, c' est moi". Tampoco cae, como Sartre en El idiota de la familia, en el análisis psicológico de un personaje tan complejo y contradictorio. Se basa Brown en lo que verdaderamente conocemos de este gran escritor, que ya es bastante. Ni siquiera se atreve a mencionar, como lo hizo Geoffrey Wall, la especulación de que Flaubert pudo haber muerto mientras fornicaba con la joven sirvienta Suzanne. Y también pasa por alto, como no lo hizo Herbert Lottman, la versión de que Flaubert pudo haber sido el padre de Guy de Maupassant, sólo porque la hermana de su gran amigo de infancia Alfred Le Poittevin, Laure, fue la madre del futuro autor de Bel Ami, nacido en 1850. En efecto, Flaubert tuvo una relación filial, casi de "hijo adoptivo" con Maupassant, pero de eso a lo otro…
La curiosa posteridad de Flaubert, que él mismo ayudó a propagar, lo pinta como un ermitaño perfeccionista que pasó la vida encerrado en Croisset, en búsqueda de la palabra precisa, el famoso mot juste, acompañado de su atosigante madre, nacida Caroline Fleuriot, y de su sobrina huérfana, también de nombre Caroline. Solterón empedernido, sin hijos, Flaubert gustaba describirse como un misántropo que despreciaba a la sociedad burguesa, un "burguesófobo", por utilizar su expresión.

Pero los datos históricos desmienten a este Flaubert de la leyenda. Su vida no fue la de un "ostión" (como él mismo llegó a definirse), ni solamente la de un "hombre pluma" (ídem). A los 18 años, nada más terminar el bachillerato, recorrió el sur de Francia, de Burdeos por los Pirineos a Marsella, y de ahí a Córcega. Diez años después, entre noviembre de 1849 y enero de 1851, viajó con otro de sus grandes amigos, el también escritor Maxime du Camp, a Egipto, Palestina, Siria, Turquía, Grecia e Italia (el alto, rubio y apuesto Gustave volvería calvo y barrigón, para horror de su madre). En 1858, mientras escribía Salambó, su novela sobre las guerras púnicas, zarpó a Túnez para documentar las ruinas de Cartago. Fue a Baden-Baden, en Alemania, por las aguas termales que alivianaban sus dolencias reumáticas, y también al casino de Vichy. Ya cincuentón iba a Londres para proseguir el amorío con Juliet Herbert, antigua institutriz de su sobrina (y supuesta traductora de Madame Bovary al inglés).

Pero nunca dejó el terruño en Normandia, donde el padre le heredó tierras por el lado de Deauville y una bien fincada posición burguesa. Pasaba los meses de invierno en París, en su departamento de la rue Murillo, con vista sobre el parque Monceau. El "burguesófobo" estaba en el centro de la vida literaria y social de su país, una presencia en los principales Salones. Brown lo retrata animadísimo en el restaurante Magny, junto al Pont Neuf, donde el crítico Saint-Beuve reunía a su alrededor a Renan, los hermanos Goncourt, Taine, Gauthier, Merimée, al joven Zola, al ruso Turgenev y otros de la época. Era favorito y confidente de Matilde Bonaparte, cuñada de Napoleón III, emperador de Francia en esos años sesenta y setenta del siglo XIX. Flaubert era habitué en las fiestas de la influyente princesa, las más cotizadas entre la alta sociedad parisiense. También cenaba con el intimidante Victor Hugo y con Charles Baudelaire, su compañero en el ámbito judicial (ambos fueron acusados en 1857 de faltas a la moral por el poemario Las flores del mal y Madame Bovary. Costumbres de provincia, título completo de la célebre novela). George Sand fue su mejor amiga, su chère maître. Iván Turgenev su más grande afinidad electiva. La correspondencia de Flaubert con estos dos últimos es una cumbre del género epistolar. Lo es también la que mantuvo con Louise Colet, nacida Révoil, la mujer que, después de la madre, más lo marcaría. Entre 1846 y 1854, ella fue la "musa", el amor de su vida. Brown la retrata como una dama de gran belleza y carácter, apasionada al grado de la histeria, y poseedora de cierto talento literario. Once años mayor que Flaubert, le entró a todos los géneros, publicó muchos libros, ganó premios, y fue la primera que supo ver el genio de su adorado Gustave. Lástima: poco antes de morir, Flaubert quemó, entre muchas otras, las cartas que recibió de la Colet. Nunca sabremos si Louise lo consoló después de su primer encuentro sexual, en el que Gustave sufrió, según Brown, un ataque de impotencia. Penosa situación para alguien que presumía su priapismo y que hizo de la visita al burdel una forma de vida. Brown relata las noches sensuales junto a Kachiuk-Hanem, la hermosa cortesana que Flaubert conoció en Egipto (y de quien posiblemente contrajo la sífilis), y la importancia que para su sensibilidad —y la de Emma Bovary— tuvo Eulalie Foucault, una prostituta de Marsella con la que Gustave se acostó en aquel primer viaje de juventud.

Flaubert defendió la postura de "el arte por el arte" y no tuvo ánimos —como Victor Hugo— para participar en el agitado debate político de su época. Vivió bajo cuatro regimenes políticos en sus 59 años de vida. Nació bajo la restauración borbónica que siguió a la caída de Napoleón; siguió la monarquía constitucional de Luis-Felipe de Orleans; luego la efímera república de 1848 y por último el Segundo Imperio del autoritario Napoleón III, el mismo que invadió México. Pero Flaubert observó todo esto desde la barrera. Fue un conservador que echaba pestes contra el sufragio universal, las teorías igualitarias y todo lo que oliera a socialismo. En París, bajó a las barricadas durante la revolución de 1848 contra el rey Luis-Felipe, pero con ánimo de reportero: utilizaría esa experiencia años después para La educación sentimental, una novela que Flaubert concibió como "la historia moral de su generación". La guerra de Francia contra Prusia en 1870 le sacó lo patriota: se enroló en la Guardia Nacional para pelear contra el invasor, pero Francia claudicó tan rápidamente que nunca vio acción. Los alemanes ocuparon pacíficamente la casa de Croisset.

Los años finales fueron tristes. La muerte, en 1869, del poeta Louis Bouilhet, su "amigo indispensable", lo sumió en la depresión. En 1871, a los 79 años, expiró la madre, ya para entonces totalmente sorda. Flaubert se quedó solo, con su perro Julio como única compañía. Cuando falleció George Sand, en 1876, el dolor fue "infinito", como lo escribió a Turgenev.

El peculio familiar, mal administrado por su "banquero", Ernest Commanville, esposo de la sobrina, desapareció casi por completo en la recesión de la posguerra. Flaubert acabó en la ruina. Sus libros poco habían aportado a su patrimonio financiero (los pleitos monetarios con el editor Michel Lévy son bien documentados por Brown). Tuvo que vender los terrenos de Deauville y contemplar la espantosa posibilidad de trabajar por un sueldo para ganarse la vida. Para colmo, se rompió una pierna y cojeo esos últimos años. Pesaba 115 kilos, se vestía con amplias túnicas orientales y se cubría la calva con sombreritos turcos. Solía pasear por su vasto jardín, pero los estragos de la sífilis lo mantenían postrado buena parte del tiempo. Brown describe un cuadro de neuralgia, anemia, migrañas, agotamiento, lumbago, amigdalitis, insomnio, problemas de la vista y dolores en el único diente que le quedaba. Además, los ataques de epilepsia, la dama que lo acompañó toda la vida. Avanzó en su Bouvard y Pécuchet, su novela cómica, pero dejó inconcluso su Diccionario de ideas comunes, una especie de epílogo a esta última obra.

Al morir, ignorado por la clase literaria, seguido de un pequeño grupo de fieles (Zola, Maupassant, Daudet), dejaba tras de sí las cinco novelas, sus formidables Tres cuentos, más de cuatro mil cartas, unas 20 mil páginas manuscritas: una obra magnífica, detrás de la cual no pudo desaparecer. Frederick Brown lo revive nuevamente en este ejemplo de biografía literaria.

Via: Confabulario

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