10 de marzo de 2007

Borges en casa

Borges en casa
Martín Schifino

El sábado 16 de abril de 1977, mientras preparaban el prólogo a una edición de Thomas de Quincey, Borges y Bioy Casares redactaron las siguientes frases sobre el escritor inglés: «Fue amigo personal de Wordsworth, de Coleridge, de Charles Lamb y de Southey [...]. Al describirlos, no vaciló en registrar sus pequeñas vanidades, sus flaquezas y aun el rasgo íntimo que puede parecer indiscreto o irrespetuoso, pero que nos permite conocerlos con vividez. Las reminiscencias de De Quincey son parte integral de la imagen que tenemos de ellos ahora». Bioy llevaba entonces casi treinta años escribiendo un diario en el que registraba sus encuentros habituales con Borges y, desde luego, no se le escaparon las similitudes entre su situación y la de De Quincey. Lo anterior, anota sugerentemente, «debería preceder, si me resignara alguna vez a presentarme como monstruo de inmodestia, mis reminiscencias de Borges».

Es difícil imaginar un autor tan modesto como Bioy, o de modales tan impecables con el lector, pero aquella duda se convirtió en la década del noventa en un proyecto concreto: publicar los diarios íntimos que había escrito durante cincuenta años y de los que sólo se conocían fragmentos. Una primera antología, Descanso del caminante, apareció en 2003. Y del mismo material se desprende este enorme y magnífico Borges , preparado en 1997-1998 con ayuda de su albacea, en el que se reúnen todas las referencias a su gran amigo. Desde 1947 hasta 1986, son casi cuatro décadas de anécdotas, opiniones y hasta confidencias, intercambiadas mayormente cuando Borges cenaba en casa de Bioy y su esposa Silvina Ocampo. La conversación era variadísima, pero el tono inconfundible. Alberto Manguel ha escrito que «escuchar a los tres amigos era como escuchar una orquesta de cámara improvisando un concierto. Una voz sugería un tema, las otras lo seguían, hacían variaciones, después lo abandonaban para encarar simultáneamente otros, todo salpicado de citas, anécdotas, retazos de información esotérica y chistes» [ 1 ] . Si la conversación es un arte efímero por excelencia, una de las magias puntuales de Bioy fue la de preservarlo.

La literatura aunó a Borges y Bioy y, naturalmente, la literatura es el tema recurrente, el estribillo, de sus charlas. A estas alturas son muy conocidas las preferencias de los amigos, más las de Borges (literatura inglesa, cuento policial, Dante, etc.). Pero el ámbito privado no coincide exactamente con el de la opinión en público. La gran retórica a que nos tiene acostumbrados Borges es lo primero que desaparece. Los dos amigos comentan libros de igual a igual, no sólo entre sí, sino con respecto a los autores. Ante la reverencia institucional por los clásicos, Borges dice que éstos «son chambones, como todo el mundo» (16 de mayo de 1958). Nadie es inmune a priori: el mismo examen implacable se aplica a académicos, antiguos, modernos o contemporá­neos. Cuando un texto funciona, Borges emite un entusiasta «está bien», lo que parece haber sido un gran elogio en su vocabulario. (Teniendo en cuenta todo lo que le parecía mal, lo que estaba bien estaba de veras muy bien.) Cuando no, puede redondear un juicio con un expresivo: «¡Qué animal!». No en vano escribió Borges el ensayo «El arte de injuriar»: es un experto en maledicencia. Y Bioy no se queda atrás.

Hay un excelente ensayo de Juan José Saer, «Borges francófobo», en el que se revela el encono de Borges por la literatura francesa durante los años treinta. Estos diarios prueban que, con el tiempo, la animadversión, si acaso, empeoró. Baudelaire es un buen ejemplo. Borges contó en su autobiografía que de joven aprendió de memoria Les Fleurs du Mal; pero ese desliz se transformó en su madurez en recelo. Llega a preferir, característicamente, a Dante Gabriel Rosetti, porque siente «mejor la literatura inglesa» (4 de noviembre de 1957). Stephane Mallarmé fue un anglófilo tan dedicado como Borges, pero eso no le impide a este último decir que «la prosa de Mallarmé es una inmundicia» (11 de octubre de 1959). La desconfianza hacia lo francés es una constante que muchas veces llega a la necedad; sobre un gran estilista de la lengua, Gustave Flaubert, Borges dice: «nunca pude leer L' éducation sentimentale ni Madame Bovary»; y Salammbô «está mal escrita» (20 de julio de 1971). Rabelais suscita únicamente invectivas. Por lo demás, salvo Verlaine, ningún «gran escritor francés» parece convencerlo. Sus gustos acogen más bien a poe­tas menores, como Laforgue y Toulet, o a un novelista entretenido, pero lateral, como el autor de Adolphe : «Bioy: "Benjamin Constant. Lo estuve releyendo en Pardo. Creo que es el mejor escritor francés". Borges: "Yo creo que sí"» (16 de octubre de 1971).

La literatura española queda, si es posible, peor parada. Recordando que Groussac había caracterizado la frase «la ciencia española» de oxímoron, Borges no puede contenerse y propone, como ejemplo de esa figura retórica, «la literatura española» (2 de diciembre de 1966). En una entrevista que Bioy cita con cierto pasmo, llega a decir que «el gran aporte de España a la cultura de Occidente es el galicismo» (7 de mayo de 1967). De los clásicos, pondera a Cervantes, aunque con reservas; el primer capítulo del Quijote está admirablemente bien escrito, pero ni Galatea ni las Novelas ejemplares ni Los trabajos de Persiles y Segismunda -«una orgía de disparates» (29 de abril de 1963)-le parecen aceptables. Gracián «no tenía oído para los versos» (1 de septiembre de 1957), «ni un solo momento de dignidad, ni de elevación» (15 de noviembre de 1957). De hecho, «en él llega al apogeo ese estilo, vacuo y retórico, que tiene las formas del pensamiento y no contiene un solo pensamiento. Ese estilo hizo estragos en la literatura española» (1 de julio de 1962), dice Borges. Y es ese estilo lo que le molesta en Quevedo, «una suerte de malevo, un espadachín», cuya «retórica no es buena, porque no nos convence de su sinceridad» (11 de abril de 1960). El juicio es interesante porque, en una polémica de juventud en contra de Dámaso Alonso, Borges había entronizado a Quevedo por encima de Góngora. En cuanto a Góngora, alcanza una calma ambivalencia; pero con Lope vuelve a la carga, descartando todo el teatro en favor de los sonetos.

Cuando llegamos a los modernos, casi nadie sale ileso. El 22 de noviembre de 1959, Borges espeta acerca de Lorca: «Poeta en Nueva York es Tilingo en Nueva York»; cuatro años después amplía: «El mejor Lorca es el que escribe poemas andaluces y gitanos. Cuando creyó que podía escribir de todo, cuando escribió los versos libres de Poeta en Nueva York, escribió poemas horribles» (5 de junio de 1963). Nótese, más allá del ataque, la condescendencia implícita en el elogio: más le hubiera valido al granadino quedarse en su provincia. Al menos no lo azota como a Neruda, «un discípulo de Lorca, mucho peor que Lorca» (ídem). Este último hace de vara tanto para medir como para golpear. Al leer a Juan Ramón Jiménez, Jorge Guillén y Gerardo Diego -autores «arbitrarios»- Borges piensa que, comparativamente, «Lorca no era tan malo» (11 de octubre de 1959). La otra bête noire de Borges es Ortega y Gasset, «un bruto», que «sigue engrupiendo a medio mundo. La cursilería no lo perjudica» (11 de mayo de 1977). Los lectores españoles no deben sentirse heridos en su orgullo literario. Sin distinciones de nacionalidad, Borges vapuleaba por igual a los escritores argentinos. A Ernesto Sábato y Manuel Mujica Láinez, pese a que no se parecen en nada entre sí, los mata de un solo tiro experto: «son dos faroleros» [31 de mayo de 1958. ¿Quién complace a Borges? Rubén Darío («nadie habrá tenido mejor oído» (15 de noviembre de 1957)].

Revista de Libros nº 123
Marzo 2007

Seguir leyendo.

0 comentarios:

Publicar un comentario

No se publicarán comentarios anónimos.