6 de agosto de 2007

La historia comienza: Amos Oz

Qué cierto es que los buenos principios narrativos son atrapantes, tanto es así que hay algunos que ya son leyenda, como el de Lolita de Nabokov: Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: La punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo.Li.Ta., entre muchos otros. Hemos comentado en varias ocasiones sobre la importancia del narrador y las expectativas generadas por el relato que él construye.

El estudio del relato desde la Teoría literaria parece ser una tarea sólo de algunos críticos, dificilmente un escritor se detiene en este campo, aunque lo hallamos en muchos de ellos como sostén discursivo. Es muy grato enterarnos del estupendo libro que Amos Oz dedica a "esta cuestión primordial de sintaxis del relato, y a sus consecuencias narratológicas en diez obras de la modernidad": La historia comienza.

Oz empieza transitando en su introducción por algunas veredas de la teoría del relato como la formulación verbal del comienzo, el tan traído y llevado topos de la "página en blanco" ("que es en realidad una pared encalada sin ninguna puerta ni ventana"), la gestión de la información inicial que impulsará un "horizonte de expectativas" en el lector, el concepto de "pacto narrativo" de Wayne Booth ("todo principio de relato es siempre una especie de contrato entre escritor y lector"), ideas seminales de la estética de la recepción -como los intersticios del texto que deberá completar el lector merced a su lectura- o la relación del texto en cuestión con el Texto de la tradición, que el autor ilustra de la mano de una crónica metaficcional ciertamente simpática -"nuevo tachón. Mañana será otro día está muy trillado. Empezar es difícil"- que trae a la memoria del lector, y de inmediato, el espíritu y también la letra de Si una noche de invierno un viajero, de Italo Calvino.

Después dedica su ensayo a examinar las frases iniciales de una decena de relatos, algunos poco conocidos, como Mikdamot, de S. Yizhar, o Effi Briest, de Theodor Fontane, el primero del volumen; otros mucho más cercanos, como Un médico rural, de Kafka; La historia: una novela, de Elsa Morante (espléndida autora que regresará en breve a nuestro mercado en nuevas traducciones), y Nadie decía nada, de Raymond Carver, y alguno decididamente popular como El otoño del patriarca, de García Márquez. Cada breve capítulo persigue averiguar el valor de la frase inicial y sus consecuencias narrativas, pero en realidad resulta ser un ejercicio de fina lectura hecho en voz alta ante el lector, como si Amos Oz quisiese compartir con él los mecanismos detectivescos y las deducciones, sospechas y relaciones que todo lector lleva a cabo cuando se enfrenta a un texto cuya frase inicial le proyecta todo un mundo virtual, mecanismos que nuestro autor desea hacer transparentes.

Será un enorme placer leer este libro.

Fuente | El país

2 comentarios:

JoseAngel dijo...

Es cierto, con qué poquitas palabras se pasa a establecer un pacto con el lector al principio de un libro. Que puede ser después un pacto rompible, claro. Los comienzos de libro, o de películas, son la entrada a universos posibles, o imposibles, y es fascinante estudiarlos. Una vez le pregunté a Toni Morrison si cuidaba especialmente los principios y los finales, y me dijo que no, que para ella era igual de significativo todo el texto. No me lo creí.... Aprovecho para enviarte un saludo y desearte un feliz verano, Magda, ahora que veo que vuelves a admitir comentarios, y enhorabuena por tu labor en Literatúrame.

Magda dijo...

José Ángel, qué gusto saludarte, tanto tiempo ya de conocernos, espero ya no te pierdas tanto.

Cerré comentarios porque tenía demasiado trabajo, salí de viaje, había entrado spam, etc., por todo esto preferí cerrar un tiempito. Pero ya estamos de nuevo por aqui.

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