13 de septiembre de 2007

Sónechka: Ludmila Ulítskaya

Ludmila Ulítskaya, Sónechka, Trad. de Cristina Varas Largo (México: Era/Lom: 2007)

De Ludmila Ulítskaya no había leído nada, pero sí esta entrevista en El país que llamó mi atención. Así que cuando vi en el estante de la librería a Sónechka (Premio Médicis en Francia), no lo pensé dos veces y la compré. Y qué bueno que lo hice, es un novela estupenda.

Desde que era muy pequeña, Sónechka o Sonia (en ruso, formas diminutivas del nombre Sofía -dice el traductor-) se sumergió en la lectura. Efrem, su hermano mayor y el graciosito de la familia, siempre le decía, según él en broma, que "con tanta lectura el trasero de Sónechka tomó forma de silla, y su nariz, de pera". Y el narrador que todo lo ve y todo lo sabe en esta novela nos cuenta que, por desgracia, no había gran exageración en la broma:

Su nariz era, en verdad, vagamente periforme, mientras que la misma Sónechka, larguirucha, de hombros anchos, piernas flacas y un trasero aplanado de tanto estar sentada, tenía una sola gracia: unos grandes pechos de mujer, crecidos tempranamente y como fuera de lugar en su cuerpo delgado. Ella doblaba los hombros, se encorvaba y usaba trajes anchos, avergonzándose de su inútil riqueza por delante y de su penosa planicie por detrás. Sónechka, también era miope.

De los siete a los veintisiete años, Sónechka leyó sin parar, "caía en la lectura como en un desmayo, que terminaba con la última página del libro". La lectura de Sónechka tampoco la dejaba cuando dormía, "sus sueños también los leía: soñaba con interesantes novelas históricas, y de acuerdo con el carácter de la acción adivinaba el tipo de letra, sentía de manera extraña los párrafos y los puntos y aparte. Ese desplazamiento interno, asociado a su pasión enfermiza, incluso se agudizaba en sus sueños, donde ella actuaba como héroe o heroína de pleno derecho". Se tituló de bibliotecaria y comenzó a trabajar en el depósito de una biblioteca vieja. Era de los pocos trabajadores que les dolía que terminara la jornada laboral porque tenía que interrumpir el placer de seguir leyendo. Para ella la literatura era una actividad sagrada.

Después de varios años de servir como "monja enclaustrada en el depósito de libros" sigue el consejo de su jefa, otra lectora poseída, y decide presentar los exámenes para entrar a la Universidad, al Departamento de Literatura rusa. En eso está cuando todo cambia en un instante: inicia la guerra. Junto a su padre, deja Moscú al ser evacuada a la ciudad de Sverdlovsk "donde muy pronto fue a parar al único lugar seguro: la biblioteca, localizada en un subterráneo" y a la cual un día llega Robert Víctorovich en busca de un catálogo de libros en francés. Víctorovich es un pintor de cuarenta y siete años que ha vuelto de París y de los campos siberianos. Dos semanas después de este encuentro contraen matrimonio, Víctorovich y:

La limpia alma de Sónechka, envuelta en un capullo hecho de los miles de tomos leídos; adormecida por el fragor ahumado de los mitos griegos, por los sonidos hipnóticos de la flauta del Medioevo, por la melancólica nebulosa y ventosa de Ibsen, la pesadez detallista de Balzac, la música astral de Dante, el canto de Sirenas de las agudas voces de Rilke y Novalis; seducida por la desesperación de los rusos, moralizadora y dirigida al corazón del mismo cielo, comienzan su vida en pareja en medio de la difícil época de la evacuación.
Un mes antes de que naciera su única hija, Tania, la pareja tiene que trasladarse al poblado de Davlekánovo, en Bashkiria y posteriormente a Moscú, nuevamente. Los problemas de la posguerra eran muy grandes, además de la ayuda del padre de Sónechka, sin la cual no hubieran sobrevivido, la familia era alimentada por Sónechka que había heredado la máquina de coser de su madre. Después de muchas penalidades, y gracias al enorme trabajo y a los esfuerzos de Sónechka, en los años cincuenta se pueden semicomprar una vivienda. "La casa era estupenda, había permanecido a un abogado famoso de la revolución". Por fin lo que soñaba Sónechka se hacía realidad: Tania tenía su pieza aparte, una buhardilla en el segundo piso; el padre de Sónechka, "que vivía su último año, ocupaba el cuarto esquinero; en la terraza, adaptada para el frío, Víctorovich instaló su taller. También mejoraron las cosas en cuanto al dinero".

La hija crece, una hija bastante especial: tenía encuentros sexuales con sus compañeritos de escuela, toca la flauta, no termina la escuela, no se conduele de lo que sufre su madre, y cuando conoce a una huérfana, Iasia, "hija de comunistas polacos que habían huido de la invasión fascista", se enamora de ella. Cuando Tania invita a Iasia a su casa, Sónechka se conduele de ella y la invita a vivir con ellos. Iasia se enamora del hogar de Tania y del papá de Tania, con quien mantiene relaciones. Sónechka se entera de ello cuando va muy triste al taller de Víctorovich para avisarle que ha recibido un papel adonde le informan que van a demoler su casa, y a las del barrio, y a reubicar a sus habitantes. Así, se trasladan al "deprimente barrio Lijobori, a un incómodo departamento de tres ambientes, donde todo era de una pobreza humillante".

Pero veamos los absurdos que se presentan: Iasia no se va de la casa, junto con Sónechka y Víctorovich viven en armonía, como si fueran mamá, papá e hija, y cuando Víctorovich muere en la cama con Iasa, Sónechka agradece a Dios que su esposo haya tenido dicha en su vejez. Iasia y Sónechka, después de la muerte de Víctorovich, viven juntas varios años, Sónechka la cuida tiernamente. Iasia, gracias a Sónechka, regresa a Polonia con sus tías y su abuela, se casa con un joven guapo y rico francés y vive en Paris, y Tania se ha casado ya tres veces y se ha divorciado otras tantas, tiene un hijo, vive en Israel y tiene un estupendo cargo en Naciones Unidas.

La vieja y gorda Sofía Iósifovna, antes Sónechka, vive en el barrio Libori, en la tercera planta de un edificio de cinco pisos de los tiempos de Jruschov. No desea trasladarse a su patria histórica, Israel, donde tiene ciudadanía su hija, ni a Suiza, donde ahora trabaja, y ni siquiera a París, tan amado por Robert Víctorovich, adonde la llama permanentemente la segunda niña, Iasia.

Su salud deteriora. Al parecer sufre del mal de Parkinson. El libro tiembla en sus manos.

6 comentarios:

malvisto dijo...

Y mira tú que lo de oír continua: no habia oido hablar de ella. Hasta ahora...

Blanca Vázquez dijo...

Es una curiosa escritora, creo haber leído algo sobre ella. Y no menos curiosa es su saga familiar. La verdad que se sale de lo establecido, y tiene una pizca de políticamente incorrecto, lo cual resulta fresco e imaginativo. Saludos.

Gabriel Báñez dijo...

Irina Bogdaschevski, notable traductora del ruso por estos lares, me había mencionado, creo, su nombre. Este acercamiento es más virtual y concreto, sin embargo. Gracias por acortar distancias, querida Magda.

Apostillas literarias dijo...

Liudmila Ulítskaya es muy famosa en su país, desafortunadamente, por las traducciones, muchas veces llegan tardíamente a nosotros. Pero ya está siendo traducida, junto a otros escritores que han tenido la misma suerte, esto es una fortuna.

Hace casi un año lei que se presentó su libro ‘Sinceramente suyo, Shúrik’, que quiero leer. Es una escritora excelente, su forma de narrar es sencilla, no es muy descriptiva, no se va por las ramas, es directa.

Muchas gracias por sus comentarios.

Ana Muñoz dijo...

Creo que a partir de ahora dejaré huella.

Un beso grande, aprendo muchíiisimo con Apostillas literarias.

Apostillas literarias dijo...

Me encantará que dejes huella, Ana, muchas gracias.