28 de enero de 2008

De Edmund Wilson, a Scott Fitzgerald

Cuando nos gusta leer crítica literaria, no hay que dejar de leer a Edmund Wilson (1895-1972). Se afirma que sus trabajos críticos "contribuyeron a que novelistas norteamericanos como Ernest Hemingway, John Dos Passos, William Faulkner, F. Scott Fitzgerald y Vladimir Nabokov consiguieran el aprecio del público. Wilson, fue amigo del escritor Francis Scott Fitzgerald y editó su último libro para la publicación póstuma. También fue amigo de Vladimir Nabokov, con quien mantuvo una amplia correspondencia y cuya obra presentó al público occidental. Su amistad se deterioró debido a que Wilson reaccionó con frialdad a Lolita, de Nabokov, y por una disputa sobre la crítica que hizo Wilson de la traducción de Nabokov de Eugenio Oneguin, de Alexander Pushkin. La segunda mujer de Wilson, Mary McCarthy, también consiguió renombre como crítica literaria y ambos colaboraron en numerosos trabajos antes de divorciarse".

El 15 de julio de 1921, Wilson le escribe a Scott Fitzgerald, la siguiente carta:

16 rue de Four, París

Querido Scott:

Que lástima no haber coincidido. Me enteré que estabas aquí hasta que John Wyeth me lo dijo, me parece que el mismo día que te marchaste. Debiste haberme dejado una nota en American Express. Llamé con la esperanza de tener alguna noticia tuya.

Tu reacción ante el continente es la misma que la de la mayoría de los estadunidenses que lo visita por primera vez tan tarde en la vida como tú. Supongo que se debe, en primer lugar, al desconocimiento del idioma que los lleva a pensar que ahí no sucede nada y que hay algo inherentemente odioso en un pueblo que no puede darse a entender y, por ello, muestra una fachada tan vacía a los extranjeros. En segundo lugar, al hecho de que haber sido parte de una sola civilización toda la vida les dificulta la adaptación a otra, sin importar si ésta es inferior o superior, así como resulta difícil para cualquier animal ajustarse a otro medio ambiente. Los animales inferiores con frecuencia perecen con el cambio. Fitzgerald censura la civilización europea y retorna, a toda prisa, a God's country.

La verdad es que estás tan saturado de los Estados Unidos del siglo xx, para bien y para mal –tan acostumbrado a los hoteles, la plomería, las farmacias, los ideales estéticos y la gran prosperidad económica del país– que eres incapaz de apreciar aquellas instituciones de Francia, por ejemplo, que son realmente superiores a las estadunidenses. ¡Lástima que no les diste una oportunidad! Me hubiera encantado intentar inducirte a algunos de los atractivos de Francia. París me parece un lugar ideal para vivir: combina las comodidades y atracciones de una gran ciudad con la libertad, la belleza y el respeto por las artes y los placeres que ofrece un lugar como Princeton. Me encuentro aquí más contento y tranquilo que en cualquier otro sitio. Sigue mi consejo: cancela tu boleto de regreso y ven a pasar el verano en París. Te instalas, aprendes francés y le suministras a tu inquieto y agitado sistema nervioso algo del ocio y la mesura francesas.

Sería un gran beneficio para la literatura estadunidense: tus novelas no volverían a ser las mismas después. Esta es una de las razones por las que decidí venir a Francia, por cierto: en Estados Unidos me siento tan superior y sofisticado culturalmente, en comparación con el resto de la vida artística e intelectual del país, que corro el peligro de considerar mis logros actuales como lo máximo alcanzable, y me veo obligado a salvar mi alma emigrando a un país que me humilla intelectual y artísticamente, al ofrecerme parámetros de la solidez de Racine, Molière, La Bruyère, Pascal, Voltaire, Vigny, Renan, Taine, Flaubert, Maupassant y Anatole France. No quiero decir con esto –faltaba más– que considere mi trabajo superior al del resto de los escritores estadunidenses; sencillamente, aquí creo tener estándares críticos más altos y, como en Estados Unidos son tan bajos, temo que el nivel de mis referentes descienda también.

En estos tiempos resulta demasiado fácil ser intelectual o artista en Estados Unidos. Por ello deben evitar caer víctimas de la engañosa facilidad con la que un público carente de tradiciones y con muy poca cultura (y me refiero al creciente público interesado en la buena literatura), queda impresionado y satisfecho; los Mencken, Nathan, Cabell, Dreiser, Anderson, Lewis, Dell, Lippmann, Rosenfeld, Fitzgerald, etcétera, etcétera, deben tener mucho cuidado y recordar que, como John Stuart Mill, mucha de su eminencia se debe a “lo plano del territorio que nos rodea”. Sí creo seriamente que Nueva York podría convertirse en un centro cultural; están sucediendo muchas cosas a nivel intelectual en Estados Unidos. Parece que está comenzando a expresarse en lo que podría ser un lenguaje propio. Pero, créeme, aún les falta mucho camino por recorrer. El desenfreno comercial y la industrialización, sin el respaldo de una civilización más antigua y “civilizada” –salvo la capa de la del siglo xviii de la costa oeste–, son un terrible obstáculo para las expresiones de otra índole.

Las manifestaciones intelectuales y artísticas deben abrirse camino a través de las grietas causadas por las fábricas, los edificios de oficinas, de departamentos y los bancos; sencillamente, el país no fue construido para ellas, y si logran emerger con vida, deben dar gracias a Dios, pero nadie debe sentirse elegido al cien por ciento, ni auténtico o intachable porque, obviamente, nacieron atrofiados y deformes y fueron golpeados y contaminados en su esfuerzo por emerger. Cabell ejemplifica este fenómeno claramente: no es el hecho de que sea un gran escritor (y no creo que lo sea del todo), lo que le ha ganado la preferencia del público (culto), sino la seriedad con las que plantea sus pretensiones artísticas y su continua y concienzuda labor para alcanzarlas (y no sin éxito). No contamos con un Anatole France, ni con la literatura clásica que lo hizo posible; por lo tanto, a Cabell lo vemos con buenos ojos.

Mi intención era escribirte sólo una página, pero tus críticas a la pobre y vieja Francia requirieron de una explicación completa sobre prácticamente todo, desde el comienzo del mundo. No creo poder convencerte de permanecer en Europa y supongo que no tienes tiempo de regresar a Francia. Es una verdadera lástima. (¿Alguna vez has volado de París a Londres, por cierto? Creo que yo lo haré si voy a Inglaterra.)

La carta de Mecken decía más o menos lo siguiente (no la tengo conmigo):

Estimado Sr. Wilson:

Estaría de más agradecerle su artículo. Nadie había escrito sobre mí con tanta profusión o elocuencia tan persuasiva. Un poco más y me convence incluso a mí. Pero, como crítico, lo que llamó mi atención es la agudeza de la segunda mitad de su texto. Aquí, me parece, habla usted con la verdad. En estos tiempos, la cervecería se ha vuelto tan imposible como la torre de marfil. Uno se siente irresistiblemente tentado a romper una o dos cabezas, es decir, a hacer algo en aras de la más mínima decencia. Sólo dios sabe qué. Pero, de cualquier forma, será más fácil lograrlo con un hombre como usted en la tribuna.

Debe venir a Baltimore algún día. Prometo invitarle un gran tarro de cerveza. Saludos cordiales. H. L. Mencken.


Te envío un ejemplar de The Bookman.

Tuyo siempre
Edmund Wilson

Su visión del público, los intelectuales, la literatura de Estados Unidos, me resulta interesante. Además, la manera de manifestar su opinión y el significado de esta carta dirigida a uno de sus amigos...

Correspondencia y literatura.

14 comentarios:

39escalones dijo...

Siempre me han resultado curiosas las "catacumbas" de las relaciones entre grades personajes de la literatura o el cine. Que una amistad entre dos grandes se enfríe por tal o cual razón, por la tibieza en la recepción de una obra... Hay gente que prefiere que le mientan, por lo visto.
Un abrazo.

Leandro dijo...

¡Extraordinario! Saboreé esa carta releyéndola varias veces, y luego me avergoncé un poco del deleite vengativo ante el espectáculo de la furia de un europeo culto contra la soberbia estadounidense. En 1921, cuando Estados Unidos no era el monstruo que es hoy, allá cuando ni siquiera Faulkner había salido del huevo, cuando no habían rescatado al olvidado Melville, en tiempos cuando Europa todavía no había publicado Ulysses y Kafka seguía siendo un secreto checo, y aún faltaban veinte años para que Estados Unidos salvara a Europa de la tormenta de violencia bárbara sumiéndola en una deuda moral y económica que sería un soborno para el resto del siglo, en 1921, cuando Estados Unidos era un imán para los intelectuales europeos (hacía diez años que había llegado Chaplin y muerto Mahler allí), cuando aleaba lo popular con lo complejo, desbaratando la muriente música culta europea con el increíble invento del jazz, cuando Europa todavía brillaba con Yeats, Mann, Shaw, d'Annunzio, Kipling, France, en fin, era una época en que cada uno tenía muchos naipes por jugar en ese póquer de titanes. Ahora casi ha pasado un siglo, y las cosas están mucho peor, y Europa está tan decadente culturalmente como Estados Unidos, pero nosotros, europeístas, todavía creemos que esa carta pudo haber sido escrita con justicia hoy, salvo que ni a un lado ni al otro del océano pueden esgrimir héroes a la defensa. ¿Qué son Saramago o Günter Grass, o Harold Bloom o Toni Morrison frente a los gigantes del primer cuarto de siglo? Esa carta, que al principio me produjo regodeo, luego me dejó el resabio amargo de no poder rescatar la cultura a la que creo pertenecer hoy día.

Fernando dijo...

Lo cierto es que soy un ignorante en cuanto a crítica literaria, y no conocía a Edmund Wilson. Pero, por lo que veo, tenemos mucho que agradecerle los lectores contemporáneos.
Muy interesante.

malvisto dijo...

Un relación de peso y contrapeso: público e intelectuales. Parece que esta vez ya no es el suelo, ya no es la tierra la que se ofrecería a tal juego: son los blogs, es internet; el juego por el que estando en un terreno móvil, y que nunca se termina de escribir, se me une a una gran cadena: de alguna forma sería un juego vengativo. No está mal decir venganza, cuando re refiere a cierta dialéctica de los pesos.

Por otro lado, el papel del crítico profesional cada vez más va quedando en entredidico precisamente por el peso y el contrapeso.

Recaredo Veredas dijo...

Gracias por el post. Creo que los aspectos más destacable de la carta son la limpieza del estilo y la posesión de una mirada propia sobre la literatura, en la que el autor se implica tanto intelectual como personalmente. Es una pena que tanto el estilo como la implicación se encuentren de capa caída en nuestros tiempos. Saludos.

Garvin dijo...

Por un momento esta carta me ha hecho imaginar a un escritor estadounidense en forma de árbol, a su lado unos pocos arbustos y en en el otro lado del mundo un frondoso bosque de fuertes y altos árboles franceses y en su interior un recien nacido árbol americano. El primer árbol disfruta él solo de toda la potencia del sol, nadie le hace sombra y no necesita crecer, se mantendrá en esa estatura. En cambio, el segundo árbol americano esta sumido en la sombra de los grandes árboles franceses y para llegar al sol ha de estirarse y hacerse fuerte.

entrenomadas dijo...

Realmente sorprendente.
Y pienso como 39 Escalones. Que se enfríe una amistad por razones de ese tipo es triste.
Muy interesante esta carta. Me ha dado por pensar. Ufff, qué peligro.

Un beso, Magda

baakanit dijo...

Grandioso post. Me ha gustado bastante la visión del mundo intelectual que tenía Wilson.

Yo creo que los escritores franceses se sienten más forzados al escribir. Tanta historia sus espaldas, tantos grandes nombres. La academia de la lengua Francesa.

En cambio el escritor Estadounidense, se siente más liviano, está libre de crear sin tener que sentirse atado a los clásicos.

Por esa razón de querer romper con el pasado surgió el "nouvel roman", la nueva novela.

Es un placer pasearse por tu espacio Magda.

Saludos

alba alpha dijo...

Suscribo a 39escalones y a recaredo veredas, por un lado es triste se termine una amistad, por el otro es raro encontrar autores comprometidos. Saludos

JoseAngel dijo...

Al parecer, Wilson tenía sus cabezonerías y pretendió darle a Nabokov lecciones de cómo traducir del ruso. Y claro, pinchó en hueso. Por otra parte, normalmente la obra es más bonita que la vida; eso también lo vio su esposa con Wilson, con quien al parecer lo pasó bastante mal. Vamos, que el hombre tenía bastantes momentos en que mejor era leerlo que tratarlo.

Luisa Miñana dijo...

Una carta sumamente interesante. El género epistolar suele poner sobre la mesa cuestiones muy apreciables, tanto desde un punto de vista intelectual como personal. A mi me gusta mucho. Y me gusta por ello que Internet halla ayudado en parte a recuperarlo, de alguna manera, bajo otras formas.
Las opiniones de Wilson son lúcidas, sin apelaciones posibles, por lo menos para el contexto y la época a los que se refieren.

Un beso.

Javier Cercas Rueda dijo...

Muchas gracias por el enlace a mi blog.

Apostillas literarias dijo...

Alfredo, Leandro, Fernando, Andrés, Recaredo, Garvin, Marta, Baakanit, Alba, José Ángel, Luisa, muchas gracias por sus comentarios.

Un abrazo.

Apostillas literarias dijo...

Las gracias las doy yo. Encantada de estar en Pasen y lean, muchas gracias.

Publicar un comentario

No se publicarán comentarios anónimos.