Ahora miren las supersticiones de algunos escritores:
Sergio Pitol reconoce que “muchos de nosotros llevamos un amuleto en la ropa, o guardado en alguna parte de la casa; cuando nos preguntan por qué razón respondemos con la misma expresión que usa Hugo Hiriart: 'por si las moscas'. Si me preguntaran por mi fe en esos fenómenos, respondería que soy agnóstico; ni creo ni dejo de creer. Pero si me insistieran, diría que sí, que sí creo, que no logro saber por qué lo hago, pero que tengo un sistema complejo de amuletos, sortilegios, fórmulas personales para decidir qué lecturas deben hacerse para que un viaje resulte propicio, ponerme una corbata forzosamente amarilla para que cierto proyecto prospere, cosas así”.
Enrique Vila-Matas confesaba no hace mucho una lista completa de rituales: “Por las mañanas, si despierto en mi casa de Barcelona, lo primero que hago es mirar por la ventana, confirmar que se ha hecho o se hará de día. A continuación, le pongo una vela a Gombrowicz, renuevo mi culto. Después, me santiguo, hago la señal de la cruz, tranquilizo al Dios cristiano. Acto seguido, toco una varita mágica que compré en Colonia en compañía de Cristina Fernández Cubas, calmo a los dioses paganos. Esa varita está en mi escritorio desde hace once años, y cualquiera se atreve a desplazarla a otro lugar de la casa. Por si usted no lo sabía, Cristina tiene magia, tiene extrañas relaciones con el mundo de las cosas que ya no existen, se dice que tiene poderes y una gran capacidad para captar lo extraordinario en lo normal. Cuando compramos en Colonia mi varita (ella se compró otra igual), me dijo que no la perdiera de vista, por eso toco esa varita cada mañana”.
Marcel Proust volvía a casa muy tarde. Se acostaba, no sin ponerse un pijama y un grueso jersey de lana del Pirineo, que le mantenían caliente con una bolsa de agua. Luego, trabajaba hasta las siete de la mañana. Escribía deprisa, con plumillas de marca Sergent major. En la mesilla de noche tenía 15 plumas al alcance de la mano, dos tinteros escolares y un reloj de péndulo barato. Sin todo eso no era capaz de escribir.
Marguerite Duras era incapaz de escribir una línea sin una botella de whisky, y necesitaba además la misma mesa y la misma silla, delante de la misma ventana. Y silencio absoluto.
Kafka sólo escribía a oscuras o en penumbra, y sólo, además, con tinta azul o morada.
Thomas Mann se enjuagaba las manos en agua de violetas continuamente, en su estudio, rodeado de enormes palanganas.


