8 de febrero de 2009

Los diarios del adiós, de Sándor Márai

Se dice que si la muerte no existiera para determinadas personas y fueran inmortales, estos humanos no podrían soportar vivir tanto y ver la inmensa cantidad de problemas en el mundo. En su vida personal asistir, por ejemplo, al fallecimiento de seres amados que uno a uno parten.

En sus Diarios. 1984-1989, Sándor Márai mezcla "lecturas, pensamientos, recuerdos y noticias. Lo mismo uno encuentra una anotación sobre las campañas para las elecciones presidenciales en Estados Unidos (refiere el duelo televisivo entre Reagan y Mondale) o el terremoto en México, que la noticia de unos jovencitos que crearon un club de suicidas o un tipo que cruza el Atlántico en globo. Uno se encuentra también con la muerte de Richard Burton o el asesinato de Indira Gandhi (en este caso apunta: "La India es un país religioso. Las vacas son sagradas, pero está permitido disparar a primeros ministros")". Y habla de su esposa y su partida, la muerte de su hijo, su soledad:

Dos ancianos -enfermos, casi ciegos, tambaleantes-, atildados con una elegancia algo anacrónica, se apoyan mutuamente mientras caminan por San Diego, en Estados Unidos, a mediados de los años ochenta. Son húngaros. Él se llama Sándor Márai y fue un escritor de fama en su patria hace cinco décadas, aunque ya casi nadie lo sabe, pues la abandonó hace cuatro; allí sus libros están prohibidos y en los lugares en que vivió su exilio desde entonces -Berna, Nápoles, Nueva York, Salerno, California-, siguió escribiendo en su idioma y publicando en pequeñas editoriales húngaras en el extranjero. La mujer que lo acompaña es su esposa, Ilona Matzner (la llama Lola). Se casaron en 1923 y nunca se han separado desde entonces.

Ninguno de los dos sabe en ese momento que quince años después comenzaría una suerte de redescubrimiento y recuperación de la obra de Márai, que sería ampliamente leído y celebrado, que se harían adaptaciones teatrales y cinematográficas de sus libros. Ninguno de los dos sabe en ese momento que antes de eso, muy pronto, a todas las penurias que ya han debido pasar se sumarían otras.

A mediados de los ochenta, cuando Márai camina con su mujer, dando un paseo quizá, quizá yendo al médico, su obra es ya vastísima. Comenzó a escribir en los años 30 y en ciertos períodos era capaz de publicar un promedio de dos libros al año: novelas, ensayos, poemas, obras teatrales, artículos periodísticos. En su exilio, iniciado en 1948 -como consecuencia de haber sido tan visceralmente antifascista como anticomunista- escribió además memorias y diarios. Según algunos de sus lectores en húngaro, en los varios tomos de sus diarios está tal vez lo mejor de su obra. A mediados de los ochenta, cuando Márai está caminando con su mujer, ya había publicado cuatro tomos de ellos y preparaba el quinto. De estas y otras cosas podemos enterarnos tras la publicación del sexto, último y póstumo de esos diarios y el primero en traducirse al castellano.

Anotaciones varias

Quienes hayan gustado de sus novelas de pasiones reprimidas y esperas infinitas en ambientes centroeuropeos, se encontarán en Diarios. 1984-1989 con un registro distinto. Hay confesiones, pero a sí mismo, y el idioma tenderá a ser seco y no florido, su tema no será la descomposición de la burguesía húngara, sino la propia. El 18 de marzo de 1984, recuerda la ocupación de Budapest por los alemanes: "Hoy hace cuarenta años que se destruyó el yo que fui y cobró forma ese otro que soy en la actualidad. El mismo que ahora se desmorona".

Pasados los ochenta Márai está viejo y fatigado. Señala, recién iniciado 1984 (20 de enero): "Cansancio, languidez, fragilidad. Como cuando las pilas se agotan y la linterna sólo parpadea". En esos parpadeos, apunta sus reflexiones literarias y observaciones, alterna recuerdos personales con comentarios diversos, desde sus lecturas a las noticias de actualidad. Lee autores húngaros, tanto recién publicados como clásicos nacionales. Lee a Edmund Wilson (y lo elogia), a Henry James (y lo critica). Comenta al pasar las dolencias de la vejez y su disconformidad con el mundo actual, con pesimismo y desencanto, no carente de humor. Intenta terminar una novela policial (lo logra), pero escribe "como quien hace gimnasia por la mañana". Lanza sus dicterios contra el siglo XX, contra la industria del libro.

A mitad de 1984 apunta: "Estoy enfermo y, a mis ochenta y cinco años, merezco marcharme. Mis coetáneos deben de pensar lo mismo, puesto que proliferan los panegíricos" (8 de junio). Si en sus novelas abordó la traición y la pasión amorosa, aquí primará la fidelidad y el temor a perder a la mujer amada. Siente devoción por su esposa, con quien ha pasado los últimos 60 años, en que las penurias no han faltado (en 1939 tuvieron un hijo, Kristófka, que murió poco después). El 31 de diciembre, anota que su mujer debe operarse: "Si la muerte nos llegara a la vez , juntos, sería el mayor regalo para los dos". En abril del año siguiente comienza la debacle: Lola (la menciona como L.) se cae y se rompe el brazo, los cuidados le consumen todo el día. En noviembre, los médicos deciden trasladarla a una institución para enfermos terminales. Tiene cáncer. "Irnos juntos, sin dolor, es mi última esperanza" (11-11-1985). "Si se va, ya nada tendrá sentido" (21-11-1985). El 4 de enero de 1986, anota. "L. ha muerto".

Silencio. Sólo escribe más de un mes después: "La furia. Nada de enternecerse, de meditar. Sólo la furia. A veces bramar de pura rabia. Porque ha muerto. Enfurecido con el médico porque no pudo ayudarla. Enfurecido con Dios (si existe) porque tampoco la asistió, y enfurecido con Dios (si no existe) porque no existe cuando se necesita su intervención. Enfurecido con la gente, porque no la ayudó. Enfurecido conmigo, porque no fui capaz de hacer algo más. Enfurecido con ella, porque murió" (20-02-1986).

Recuerdos y soledad

Márai entonces comienza a doblarse bajo el peso de los recuerdos y de la soledad. Está completamente solo. Únicamente János, su hijo adoptivo -durante la guerra, él y su mujer se hacen cargo de un niño que llegarían a adoptar-, lo visita. Había decidido permanecer atado a la vida mientras viviera su mujer, pero no quiere llegar a la situación de ella, no quiere terminar en manos de los médicos (a quienes dedica varios insultos, entre ellos "perreros con título"). El 18 de febrero de 1986 se compra un revólver. Dice que no tiene planes de suicidio, pero es bueno saber que podrá acabar con el deterioro en cualquier momento. Más tarde asiste a unas clases para su uso. En julio de 1986 es operado de la próstata. Las entradas en el diario se distancian.

El primer día de enero de 1987 señala que durante el año que recién terminó, "me lo han robado todo": murió Lola y también sus tres hermanos. Pero no sabe que aún lo esperan otras pérdidas. El 23 de abril de 1987 comienza: "János ha muerto". Una trombosis, a los 46 años. Lo siente como "un puñetazo en el pecho", como un insulto. "Ya no quiero escribir ni vivir, sólo irme en paz. Sería un gran regalo no despertarme más". En junio: "Ahora vuelvo a escribir, como un condenado a muerte que, mientras espera la ejecución, graba con las uñas unos pocos signos en la pared". Ni siquiera entonces, como no lo hizo antes, se entrega a la autocompasión ni al consuelo religioso, tampoco a las seducciones de éxito. En 1988, la Asociación de Escritores en Hungría lo invita a volver a casa: "Quieren convertirme en un monumento nacional. Se proponen reeditar toda mi obra, publicarla encuadernada en piel, incluyéndome a mí. El destino común de los monumentos es que sus pies queden cubiertos de meadas de perro". Se niega.

Los diarios finales de Sándor Márai son tan agudos (y a veces divertidos) como conmovedores. Un compatriota suyo, Imre Kertész (Premio Nobel 2002), en el ensayo que le dedica -recogido en su libro La lengua exiliada- señala sobre ellos:

"Son para mí, quizá, el documento humano y literario más grandioso de la época, si es que pueden considerarse literatura las sencillísimas palabras con que un anciano habla de la soledad definitiva, de la muerte de su esposa y de su hijo, de algunas lecturas, de la compra de una pistola y finalmente de los preparativos para el suicidio".

La última frase de la última anotación de Márai, de 15 de enero de 1989, es: "Ha llegado la hora". Luego tendrá lugar un encuentro largamente esperado, su último encuentro. El 21 de febrero se pegó un tiro.

Cuanto dolor tuvo que soportar Márai al final de su vida. Fuera de su patria, la muerte de su esposa, la muerte de su hijo, la muerte de sus tres hermanos, la enfermedad propia... Ya no quiere escribir ni vivir más. Totalmente comprensible...

Sándor Márai: los diarios del adiós.

11 comentarios:

Argénida Romero dijo...

Admirable vida...difícil final, no por el suicidio, que aunque no lo comparto no lo juzgo, sino por enfrentar la soledad que poco a poco fue acomodándose en su vida.

Me alegra, luego de leer esta excelente reseña que señalas, conocer a este escritor y saber que estará al alcance de nuestro idioma.

Leo y pienso un poco en el elemento trágico de algunos escritores y escritoras. No sé por qué atrae tanto, supongo que por la naturaleza mórbida que todos llevamos dentro.

Pero en este caso, quizás me llama mucho el hecho de que se dedicará a registrar esa lucha interna por escapar de la soledad que lo atormenta y irse tras los pies de los que, por naturaleza, abandonan su permanencia a su lado.

La vida es...a veces tan compleja.

Abrazos Magda.

Kaos dijo...

He acabado llorando...

No sabía nada de este autor y ahora me pica mucho la curiosidad por leerle.

un abrazo.

39escalones dijo...

He leído poco de este señor, pero me encanta. Excelente reseña.
Un abrazo.

Fernando dijo...

Qué impresionante legado nos ha dejado a sus congéneres. Era demasiado peso para soportarlo él solo. Y aun con la inmensa pena de sus pérdidas, aun "como un condenado a muerte", no pudo dejar de escribir.
Qué terriblemente humano, Magda.

carmen dijo...

Gracias por contar esta historia de amor,sufrimiento y muerte.Hace pensar.....

Ferragus dijo...

Remece. Por qué un tiro pudo abrir una ventana para él.

Gracias por la reseña, Magda.

C. Martín dijo...

Impresionante biografía e impresionante resistencia al dolor. A veces la excesiva lucidez puede llevar al suicidio.
Tenía curiosidad por leer algo de este autor, ahora lo que lea lo haré con otro cariño.

Casimiro Femat dijo...

No es fácil vivir, es más fácil morir, y a veces más deseable.

Tal vez no sea bueno vivir demasiado, es decir, más de 80 años, pero me alcanzaría el tiempo para leer todo lo que desconozco (una inmensidad), por ejemplo, la obra de Sándor Márai.

Vivir mucho sería deseable, si fuera posible en buenas condiciones de salud.

El Caballero dijo...

Sin tiempo para leer (mil disculpas), simplemente paso a obsequiar mis respectos. Todo mi cariño y afecto, Au revoir! Y si de literatura se trata, siempre se es bienvenido a mi humilde morada...

Apostillas literarias dijo...

Gracias a todos por su visita y comentario.

tajalapiz dijo...

¡Qué vida! Y ¡cuántas tragedias al final!
excelentes reseñas, felicitaciones.

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