Arthur Schnitzler, Relato soñado (Barcelona: El acantilado, 1999)Una muy grata sensación se presenta al leer una obra que satisface plenamente. Es el placer de la lectura. Sobre Arthur Schnitzler, dramaturgo judío nacido en Viena (1862-1931), comenta Marco Antonio Moreno:
En vida, Schnitzler alcanzó renombre por la franqueza sexual de su escritura, que llevó a sus amigos a describirlo en broma como “pornógrafo”. Para Adolf Hitler, la obra del dramaturgo era un ejemplo de “basura judía”. El escritor comenzó a visitar prostitutas a la edad de 16 años y era un notorio mujeriego que durante años llevó la cuenta de los orgasmos que lograba. Sin embargo, también cobró fama por sus abiertos ataques al antisemitismo; el archivo de Cambridge contiene correspondencia enviada por el fundador del sionismo, Theodor Herzl, quien instaba a Schnitzler a trasladarse a Palestina y volverse “el dramaturgo más grande del Estado judío”.
Desde principios del siglo XX, las obras de Schnitzler se han adaptado a la pantalla. Su obra Liebelei (Coqueteo), de 1895, fue adaptada por Tom Stoppard con el título de Dalliance en 1986. Luego, Stanley Kubrick transformó la novela breve Traumnovelle (Relato soñado) en su última película, en la que Nicole Kidman y Tom Cruise, en ese tiempo pareja en la vida real, interpretan a un matrimonio de Nueva York que se separa a causa de los celos. Antes de eso, la adaptación más conocida de una obra de Schnitzler a la pantalla fue La Ronda, de Max Ophüls, basada en la obra teatral Reigen, de 1897, que se refiere a una cadena de encuentros sexuales contra el trasfondo de una epidemia de sífilis en la decadente sociedad vienesa. Cuando se estrenó en público, en 1921, la policía cerró el teatro y, luego de un proceso por obscenidad que duró seis días, el autor decidió que no volviera a montarse.
Hijo de un prominente laringólogo, Schnitzler estudió medicina para complacer a su padre, pero pronto se volvió hacia su verdadera pasión, la escritura. Hacia 1900 estaba firmemente establecido como uno de los escritores del grupo de vanguardia conocido como Jung Wien (joven Viena). Si bien el dramaturgo nunca conoció en persona a Sigmund Freud, el sicólogo vienés describió a Schnitzler como su doppelgänger (su otro yo fantasma), y es famosa la carta que le envió, en la que expresa: “He tenido la impresión de que usted aprendió por intuición –aunque en realidad fue por introspección sensitiva– todo lo que yo he tenido que desenterrar mediante una labor agotadora en otras personas”.
En la novela conocemos a un joven médico vienés, Fridolin, y a su esposa Albertine. Los dos conforman un matrimonio que tienen a una hija pequeña. La experiencia narrativa inicia cuando, después de leer un cuento, la niña se va a dormir llevada por la institutriz. Fridolín y Albertine le dan un beso y ya solos reanudan la conversación comenzada antes de la cena. El día anterior habían acudido a un baile de disfraces, "a punto de terminar los carnavales". Empiezan hablando de ello y pasan a otro tema más espinoso.
La conversación que tiene lugar entre los dos son de esas charlas que preferiblemente no se deben tener con la pareja, se dicen cosas que lastiman, se habla con esa verdad que guarda situaciones que no se olvidan a pesar de ser solo posibilidad, eso que pudo o puede llegar a ser pero que por el momento habita en los sueños, tal vez como deseos escondidos. Albertine le cuenta sobre ese joven que conoció en la playa danesa, el pasado verano, y que cuando sus miradas se cruzaron la hizo conmoverse tanto que:
Durante todo el día permanecí echada en la playa, perdida en mis sueños. Si me hubiera llamado, no hubiera podido resistirme. Me creía dispuesta a todo; creía estar prácticamente decidida a renunciar a ti, a la niña y a mi futuro, y al mismo tiempo (¿puedes comprenderlo?) me eras más querido que nunca.
Fridolin, ya entrados en plática, le relata sobre aquella figura femenina, desnuda, de unos quince años, que observa muy de mañana mientras Albertine dormía y él paseaba por esa misma playa. Ante la última mirada de la chica Fridolin siente tal conmoción, que se sentía a punto de desmayarse. Siguen las confidencias delicadas hasta que llaman a la puerta buscando al médico vienés. El consejero áulico había tenido un ataque cardíaco y estaba muy grave, solicitaban fuera inmediatamente a verlo. La noche que pasa Fridolin desde que sale de su casa hasta que regresa a las cuatro de la mañana, que es cuando escucha ese impactante relato soñado por Albertine, está llena de sorpresas, sensaciones, extrañezas, desconciertos.
En la novela destacan dos imágenes: la imagen onírica y la imagen carnavalesca. Imágenes relacionadas con la emoción y las acciones de la pareja, y de los demás personajes que los rodean: Nachtigall (el pianista, amigo de Fridolin), Marianne (la hija del consejero), el joven de la asociación de "los azules alemanes", Mizzi (la joven prostituta), Gibizier (el del alquiler de disfraces), Pierrette (un personaje enternecedor y, a la vez, grotesco. Es la pequeña hija de Gibizier) y, por supuesto, la "monja" ¿o baronesa? (entre otras cosas, es una hermosa mujer cuya desnudez embriaga a Fridolin).
El enlace entre lo inconsciente y lo emocional en Fridolin y Albertine es todo un proceso en el que vive la voluntad, la percepción, la intuición y la intención. El sueño de Albertine, que relata a su esposo, y lo que éste decide también contarle, los lleva a la comprensión de sí mismos, del otro y de lo que sucede entre ellos. Una pareja que parece feliz tal vez llega, a través de los sueños y las figuraciones vividas, a penetrar en ese mundo interior que puebla a cada uno.
Lo estructura carnavalesca está excelentemente representada en esta novela. Posee esa ambivalencia de la que habla Bajtin y que es la clave de dicha estructura (la persona es individuo y a la vez está relacionado con otros, está abierto al mundo). Es imposible no recordar al leer Relato soñado a Julia Kristeva cuando expresa que "la destrucción deja paso a la creatividad y la muerte equivale a renacer". La máscara y el disfraz de Fridolin (conectado con lo grotesco del ambiente) en esa noche tan singular (noche, que cuando lean la novela los dejará asombrados), pone al personaje al margen de su vida oficial y lo entrega a un profundo humanismo. Lo carnavalesco, dice Bajtin, “une, acerca, compromete y conjuga lo sagrado con lo profano, lo alto con lo bajo, lo grande con lo miserable, lo sabio con lo estúpido, etc.".
Fridolin se apresuró hacia casa, a través de las oscuras calles desiertas y, pocos minutos más tarde, después de haberse desnudado en su consulta como veinticuatro horas antes, entró silenciosamente como pudo, en la alcoba conyugal.
-¿Qué vamos a hacer, Albertine?
-Ella...


