5 de mayo de 2009

Los ensayos de Montaigne

Michael Montaigne, Ensayos Completos, Notas prologales de E.M. Aguilera, Trad. de Juan G. Luaces (México: Porrúa, 2003)

He estado nuevamente leyendo los ensayos de Montaigne. Se dice que "concibe sus ensayos como una marquetería mal unida, y reivindica su desorden como prenda de su libertad y de su "buena fe". Este desorden se debe también al propio modo de escribirlos: Montaigne pensaba en voz alta y un secretario (existieron tres sucesivos) tomaba nota del dictado”.

Casi al terminar el primer libro, escribe: "La reina Margarita de Navarra cuenta de un joven príncipe, al cual no menciona, aunque por su grandeza es harto conocido, lo siguiente: yendo este príncipe a una cita amorosa para dormir con la mujer de un abogado de París, pasaba su camino por en medio de una iglesia, y siempre que, yendo o viniendo, atravesaba aquel santo lugar, nunca dejaba de hacer oración ahí. Dejo al juicio del lector el ver de qué manera empleaba el príncipe el favor divino. No obstante, la reina Margarita alega este ejemplo como cosa de singular devoción. No es ésta la única prueba de la inepcia de las mujeres para discutir asuntos de teología".

Qué interesante si Montaigne (1533-1592) hubiera conocido la Carta Athenagórica de Sor Juana Inés de la Cruz (1648-1695), esa respuesta a Sor Filotea de la Cruz (texto conocido también como Carta al obispo de Puebla). No imagino qué hubiera expresado al leer:

Pues ¿qué os pudiera contar, Señora, de los secretos naturales que he descubierto estando guisando? Veo que un huevo se une y fríe en la manteca o aceite y, por contrario, se despedaza en el almíbar; ver que para que el azúcar se conserve fluida basta echarle una muy mínima parte de agua en que haya estado membrillo u otra fruta agria; ver que la yema y clara de un mismo huevo son tan contrarias, que en los unos, que sirven para el azúcar, sirve cada una de por sí y juntos no. Por no cansaros con tales frialdades, que sólo refiero por daros entera noticia de mi natural y creo que os causará risa; pero, señora, ¿qué podemos saber las mujeres sino filosofías de cocina? Bien dijo Lupercio Leonardo, que bien se puede filosofar y aderezar la cena. Y yo suelo decir viendo estas cosillas: Si Aristóteles hubiera guisado, mucho más hubiera escrito.

5 comentarios:

Orlando dijo...

Qué grande hubiera sido si Montaigne y Sor Juana se hubieran conocido
¿Hubiera cambiado en algo el concepto del francés sobre "la inepcia de las mujeres para discutir asuntos de teología"?

RELATOS,CUENTOS, POEMAS dijo...

si bien es cierto que mi incultura no me permite conocer de Sor Juana Ines de la Cruz lo que por obligación se estudia en el secundario, me permito opinar que en tal famosa carta, la escritora no cesa de alegar que su mejor contestación es el silencio; aunque "hay que ponerle rótulo para que sea significativo". Pues creo que el rótulo es tan grande que no me imagino cúal seria tal, si en lugar de silencio le contestaba con todas las palabras a Sor Filotea de la Cruz

Irad dijo...

Magda:

Qué bueno que traes al recuerdo a Michel de Montaigne, un ensayista que debe releerse siempre. Según me han dicho, hay escuelas de Letras, como la de Sinaloa, en la que nunca se les menciona a este gran clásico. Si esto es cierto, se están perdiendo de mucho.

Saludos!!

Apostillas literarias dijo...

Muchas gracias por sus comentarios y visita.

Sí, un gran clásico Irad, de acuerdo total.

Irad dijo...

Magda:

Parece que el mote de clásico asusta a algunos, y no ha faltado quien me diga que Montaigne es aburrido por "arcaico". Por el contrario, yo lo disfruto con gran placer.

Saludos!!

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