En el 2007, Magazine hace una entrevista a Imre Kértesz. En ella, el nobel 2002 dice cosas que me parecen muy interesantes:
En muchas de las novelas de Kertész, la policía pide a los personajes que se conviertan en confidentes y les redacten informes. Esas escenas cobran actualidad cuando, en países como Polonia o Alemania, surgen voces a favor de una "caza de brujas" contra los colaboradores del comunismo. Para Kertész, es hipócrita escandalizarse: "Tras la caída del muro, nadie quiso aceptar que colaboró con el estalinismo. Ahora que han pasado tantos años, descubrimos que muchas personas de quienes no sospechábamos nada estaban ejerciendo de confidentes, como el escritor checo Bohumil Hrabal. Pero no podemos ser simplistas y encasillar a esta gente como si fueran lo mismo que los dirigentes totalitarios".
Tampoco Günter Grass, el Nobel que ha confesado su paso por las SS, es juzgado severamente por el húngaro: "Era un joven que vivía en un Estado en el que la radio, las películas y todos los mecanismos estatales iban en la misma dirección, y era natural que empezara a pensar así".
El Imre Kertész que hoy nos acompaña en una ruta por su Berlín predilecto tiene poco o nada que ver con aquel joven de 14 años a quien, un día de 1944, en Budapest, cuando se dirigía a la fábrica a trabajar, le obligaron a bajar del autobús para llevárselo al campo de concentración. Auschwitz, Buchenwald y Zeitz fueron las paradas de su vía crucis. Le llamaban por un número (el 64.921), le pusieron un uniforme a rayas, le raparon el pelo al cero y le afeitaron axilas y genitales. El joven Kertész aprendía a disfrutar fugazmente de los rayos de sol o del calor de una sopa, mientras su espíritu se envilecía, frente a las humeantes chimeneas donde los nazis iban quemando a sus compañeros. "Desprendían un olor pastoso que jamás podré olvidar".
Antes de detenerse a comprar fruta, en un pequeño colmado que exhibe su mercancía en la acera, nos confiesa que "el Nobel me ha hecho vivir muchas experiencias bonitas, pero también otras bastante malas. Vengo de un país muy pequeño, donde la envidia es muy fuerte, y se produjeron actos antisemitas que me hicieron sufrir mucho", como la quema de libros suyos en la calle. "Hungría ha sufrido unas humillaciones que no han cicatrizado: tras la Primera Guerra Mundial, perdimos dos tercios de nuestro territorio nacional. Hungría es un Estado cada vez más abierto, que forma parte de la Unión Europea; sin embargo, escribo más para Europa que para mi país".
Lo que le gusta de la capital alemana es que "en ella vivo muy intensamente, experimento una sensación de profunda paz e intensidad. Me he dado cuenta, de repente, de que nunca había vivido en paz en ningún sitio: siempre había guerra, conflictos, dictadura".
–¿En Hungría no siente paz?
–No. Respiro rabia y destrucción. He vivido 40 años allí sin poder obtener un visado para salir al extranjero, y ahora disfruto por vez primera de una ciudad abierta y cosmopolita. Hablo la lengua alemana, mi editor vive aquí, y noto que la gente me quiere.
“No soy de derechas ni de izquierdas porque, sencillamente, lo político como campo de acción me resulta ajeno, no creo que esas etiquetas me sirvan para avanzar. Vemos cada día a tantos políticos flirtear con la libertad pero acostarse con la tiranía...”
El gran tema de su obra, pues, son “los estados totalitarios. He vivido tanto en el sistema nazi como en el comunista, y he visto cómo el poder transforma profundamente los cimientos del carácter humano. No hay diferencias entre nazismo y comunismo, ambos son el mismo totalitarismo político creado por la humanidad en el siglo XX, y que obliga a la gente a ser víctima o verdugo. Tanto en el gulag como en el campo de concentración no hay inocentes: víctima y verdugo, ambos, se implican en la lógica perversa del sistema. Yo he visto, en un campo, hacer cosas perversas por conseguir un pedacito más grande de pan”.
Su esposa Magda cuenta cómo se conocieron: "Soy húngara, pero vivía en Chicago desde 1956. Volví hace 13 años a mi país para abrir una oficina del estado de Illinois en Centroeuropa, conocí a Imre en Budapest y ya me quedé". Ante una tarta de manzana y nata, conseguimos que nos revele algunos detalles de alcoba: "Muchas noches, abro los ojos y veo que ya no está en la cama... porque se ha ido a la habitación de al lado a escribir. Escribe de madrugada, ¡durante horas!". Él, cabizbajo, lo confirma: "Duermo muy poco... y no consigo tampoco estar de vacaciones. Me llevo el ordenador y, mientras mi mujer disfruta de la playa, yo trabajo. Es como una obsesión, una manía, siempre me pica...".


