Hace frío y llueve, dentro de unas horas los vientos serán de 70 a 100 kilómetros por hora, al menos eso han pronosticado. Se han suspendido clases y labores en el trabajo, espero que no se vaya la luz. Y antes de que esto suceda me puse a ver una película que, aunque parezca increíble, no había visto: La rosa púrpura del Cairo de Woody Allen, y vaya que me gustó, es excelente. Hacía mucho que no disfrutaba tanto una película.
La música, el vestuario de época (Nueva Jersey de los 1930) es precioso: Cecilia (Mia Farrow) con tobilleras y sombrero, trabajando de mesera ante la necesidad económica, es la Gran Depresión y todo hace falta, hasta que el esposo se ponga a trabajar pero parece inútil, él prefiere ser vago, tomar cerveza y ser dueño y señor del dinero y la vida de Cecilia. Un auténtico mentecato.
Cecilia es tímida, idealista, sumisa y abnegada. Su único escape de la realidad que vive es ir al cine, especialmente ese día que la echan de su trabajo y descubre que su esposo la engaña en su propia casa. Están rodando en el Jewel La rosa púrpura de el Cairo, y la ve una, dos y hasta cuatro veces, le encanta. De pronto, Tom Baxter, uno de los personajes de la película, se voltea a mirarla y sale de la pantalla para hablar con ella. Esta escena es mágica, inolvidable. Aunque no es la única magia que presenciamos.
El contraste del blanco y negro de La rosa púrpura del Cairo que ve Cecilia (y nosotros) y el color de La rosa púrpura del Cairo que vemos nosotros. La conversación de los personajes, entre ellos y con los espectadores. El entrar y salir de la pantalla del personaje Tom Baxter. La entrada de Cecilia a la pantalla para convivir con los personajes de la película que ve. El amor entre Cecilia y el personaje y después con el creador del personaje. Los extraordinarios diálogos entre el personaje y su creador. Y la desilusión al imponerse la realidad sobre la ficción...
Tal vez si Cecilia se hubiera dado cuenta de que ella también era un personaje de ficción, otra cosa hubiera sido su destino...
La música, el vestuario de época (Nueva Jersey de los 1930) es precioso: Cecilia (Mia Farrow) con tobilleras y sombrero, trabajando de mesera ante la necesidad económica, es la Gran Depresión y todo hace falta, hasta que el esposo se ponga a trabajar pero parece inútil, él prefiere ser vago, tomar cerveza y ser dueño y señor del dinero y la vida de Cecilia. Un auténtico mentecato.
Cecilia es tímida, idealista, sumisa y abnegada. Su único escape de la realidad que vive es ir al cine, especialmente ese día que la echan de su trabajo y descubre que su esposo la engaña en su propia casa. Están rodando en el Jewel La rosa púrpura de el Cairo, y la ve una, dos y hasta cuatro veces, le encanta. De pronto, Tom Baxter, uno de los personajes de la película, se voltea a mirarla y sale de la pantalla para hablar con ella. Esta escena es mágica, inolvidable. Aunque no es la única magia que presenciamos.
El contraste del blanco y negro de La rosa púrpura del Cairo que ve Cecilia (y nosotros) y el color de La rosa púrpura del Cairo que vemos nosotros. La conversación de los personajes, entre ellos y con los espectadores. El entrar y salir de la pantalla del personaje Tom Baxter. La entrada de Cecilia a la pantalla para convivir con los personajes de la película que ve. El amor entre Cecilia y el personaje y después con el creador del personaje. Los extraordinarios diálogos entre el personaje y su creador. Y la desilusión al imponerse la realidad sobre la ficción...
Tal vez si Cecilia se hubiera dado cuenta de que ella también era un personaje de ficción, otra cosa hubiera sido su destino...