23 de mayo de 2011

Cómo escribí "El gato"

Cómo escribí "El gato", Juan García Ponce

Yo vivía en la calle de Tabasco, entre Medellín e Insurgentes, casi esquina con Insurgentes. El edificio era exactamente igual a como se describe en "El Gato", tenía hasta los muebles en el vestíbulo y el dueño por lo visto, ordenó después quitarlos. Voy a ser ahora más minucioso aún que en el cuento. Los departamentos tenían ventanas inglesas y la calle estaba hermosamente bordeada por truenos. El mío casi no tenía muebles: el vestíbulo estaba vacío con la excepción de un improvisado librero a base de ladrillos y tablas. En la sala-habitación estaba mi cama de soltero con una hermosa manta color rojo con un diseño en negro, un sillón rojo y negro muy grande y otro sillón negro muy chico y un librero igual al otro pero con un hermoso desnudo de Roger von Gunten arriba. En la habitación pequeñísima de junto estaba mi escritorio con una reproducción de Klimt (La Salomé cuyo modelo fue Alma Mahler), la reproducción de un antiguo cuadro chino de una expedición entre montañas de los ejércitos de esa época y un enorme dibujo de mi hija Mercedes realizado como a los cinco años con un río con pecesitos, montañas y el sol. Detrás del estudio, separada por un muro de un metro de altura, estaba la cocina, que también daba al vestíbulo.

Al empezar, como dice en el cuento, a ir a ese departamento la amiga del narrador -Michele- agregó al mobiliario una mesa redonda con una cubierta amarilla hasta el piso, que quitábamos cuando nos sentábamos a comer ahí en dos sillas de paja. Luego también, siguiendo el trazo de las ventanas inglesas que creaban la figura geométrica llamada trapecio, mandamos construir un mueble que era librero en la parte superior y tenía puertas en la parte inferior. Ahí guardábamos todo tipo de ociosidades. Olvidaba decir otras dos cosas: en el vestíbulo también estaba un archivero regalo de Meche, la madre de mis hijos, la que encontró ese departamento y de la que me había divorciado, en el mejor de los términos, debido a mis múltiples infidelidades; y un enorme clóset que era casi una habitación pequeña y daba también a la sala-habitación. Las infidelidades implican que la amiga del cuento no fue la primera en visitar ese departamento, pero sí la última. Ella se encargó con su presencia de terminar con esas infidelidades.

Texto completo.

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