23 de octubre de 2011

Roberto Bolaño (1)

Aficionado a la literatura, a los cigarrillos, al café, incluso al condimentado sabor del mole y al puchero, así fue la estancia en México de Roberto Bolaño, autor de la célebre novela Los detectives salvajes, obra en la que mitifica a una generación de escritores radicados en la urbe mexicana en los años setentas, creadores del “realismo visceral”, opositores del régimen poético de Octavio Paz y las “buenas” costumbres literarias de la época.

Pero lejos de todas esas anécdotas de ego y rebeldía que acrecentaron la leyenda de Roberto Bolaño, después de su muerte ocurrida en el 2003, existen otras que hablan de un hombre sencillo, humilde, soñador, que hoy son reveladas a Plaza de armas. El Periódico de Querétaro en voz de María Irene Mendoza, viuda de León Bolaño Carné, padre del escritor. Además, están los ecos de las llamadas telefónicas entre el diputado del PAN, León Enrique Bolaño Mendoza, hijo de María Irene y León Bolaño, el único hermano varón de Roberto, a quién paradójicamente nunca llegó a conocer en persona, pero sí fue pieza clave para que luego de 20 años de distanciamiento Roberto y su padre se reencontraran.

“SUS OJOS VERDES, VERDES”

Siendo la mayor de 14 hermanos, María Irene Mendoza, originaria de Cadereyta de Montes, Querétaro, México, se fue a radicar al Distrito Federal a los 12 años de edad. Vivía en la casa de una tía que tenia como negocio una tienda; entre semana Irene se dedicaba a estudiar y sábado y domingo le tocaba estar en la tienda. Antes de concluir su carrera como secretaria empezó a trabajar, sin dejar de ir a la tienda los fines de semana. Ahí fue donde conoció a Leon Bolaño Carné, un día en que llegó a comprar un refresco y una cajetilla de cigarros. “A mí me impactó León desde que lo conocí, desde la primera vez; le vi sus ojos verdes, verdes, muy bonitos, en ese tiempo yo tenía novio, pero me gustó ese señor”, recuerda Irene, quien tiempo más adelante decidió casarse con León Bolaño, a pesar de que él tenia 54 años y ella apenas 28. A los tres meses de casados, León le informó a Irene que sus hijos se irían a vivir con ellos, María Salomé de 22 y Roberto de 24 años. Salomé vivió sólo unos meses en aquella casa ubicada en la colonia Guadalupe Tepeyac, en la calle Samuel, número 27, después se fue a vivir a España, en donde ya se encontraba radicando su madre Victoria Ávalos.

Roberto estuvo viviendo con ellos por más de dos años, aunque fue poco el tiempo que convivíeron, porque tanto León como Irene tenían sus respectivos trabajos, y al regresar a casa el joven escritor ya no estaba. “Él se iba de la casa como a las cinco de la tarde y regresaba como una o dos de la mañana, ese era su horario. Cuando yo me iba él todavía estaba dormido. Me imagino que se levantaba tarde, no sé bien a qué hora, pero antes de irme yo le dejaba todo preparado para su desayuno”. “Él decía que se juntaba con los escritores en la glorieta de Reforma y Bucareli, por donde estaba el Reloj Chino, en un café se juntaban a escribir”, el lugar que Irene refiere es el café “La Habana” el mismo que en la novela Los detectives salvajes Roberto llama “café Quito”.

"¿PAPÁ, ME PUEDES COMPRAR ESTE LIBRO?"

“A veces los domingos nos íbamos a hacer el súper, él iba con nosotros, pero se quedaba en el departamento de libros y ahí, en cuclillas, se ponía a leer. Lo único que le pedía a su papá era que le comprara libros”. –“¿Papá, me puedes comprar este libro? Sí, sí, hijo pero cómprate pantalones. -No papá yo estoy bien así. Él no vestía así a la moda ni ropa muy nueva”, añade Irene. “No tenía dinero cuando empezó a escribir, su papá era quien lo mantenía. León le daba 10 pesos cada ocho días, con eso le alcanzaba para sus pasajes, todavía existía el trenecito, esos te cobraban 35 centavos, y él no te aceptaba más de 10 pesos, ten siquiera 20 pesos le decía mi esposo, y él decía no, no, así está bien”.

A Roberto Bolaño lo único que le interesaba eran los libros, su desapego por los bienes materiales era tal, que rechazó el carro que su padre le había regalado. “Mi esposo tenía un carro y luego se compró un mustang y le dijo a Roberto: hijo, mira compré este otro carro. -Qué bien, dijo, no le emocionó. Sí quieres escoge uno, te doy el que quieras. -Papá hay mucha gente en el mundo muriéndose de hambre, ¿y yo voy a andar con coche papá?

LAVADO DE ESTÓMAGO

La habitación de Roberto era muy sencilla, lo más llamativo era la mesa redonda de madera en donde a parte de estar su máquina de escribir, había gruesas montañas de libros y ceniceros repletos de la colillas de cigarros. A esa habitación Roberto llevó a vivir a Lisa Johnson, su novia. Apenas tenían un mes y días, cuando la madre de Lisa fue por ella y la convenció de dejar al joven escritor. “Roberto queda muy decaído, muy triste, una ocasión no sé por qué motivo llegué temprano de trabajar y toqué a su pieza porque escuchaba como un quejido, pero no me abría, abro y estaba sobre la cama acostado, quejándose, hasta estaba espumando de la boca”. Irene salió corriendo a buscar ayuda a una clínica cerca de la casa, en donde le practicaron “un lavado de estomago, porque se había tomado muchas pastillas”. De regreso en casa Roberto y su padre tuvieron una plática a puerta cerrada. “Dizque envenenarse por una mujer, mujeres hay muchas, fue el comentario que me hizo León a mí”.

Roberto, luego de varias pláticas con su padre, volvió a su sueño de ser escritor. Cuatro eran los amigos que Roberto llevaba a casa, Mario Santiago Papasquiaro (Ulises Lima en Los detectives salvajes) era uno de ellos, a quién Roberto nombró en varias ocasiones como su mejor amigo, aunque la versión de Irene refiere que era Bruno Montané (Felipe Müller en Los detectives salvajes) quien más lo visitaba, “era un joven alto y también era chileno”. Amigas escritoras también llegaron a visitar a Roberto y, después de la ruptura con Jonson, “mi esposo le decía: ¿por qué no te amarras a esa chica? Tiene los mismos ideales que tú, ándale hijo, le decía. ¡Ay papá, no sea huevón! Esa era su palabra con la que se hablaban ellos”.

“MI PAPÁ CAMBIARÁ”

La diferencia de edades y de costumbres, propició entre Irene y León ciertas discusiones.“Roberto siempre me veía llorando, –¡Ay Irene!, ¿por qué está llorando, nuevamente volvió a pelear con mi papá? Pues sí, le decía yo”. “Lo que usted necesita es tener un hijo. Yo estoy seguro de que si usted tiene un hijo, mi papá cambiará”, pero Irene sabia que su esposo no quería más hijos. “Dice tu papá que el día que yo me embarace me va ha echar de patitas a la calle. -No Irene, yo conozco a mi papá y sé que no hará eso, además él va a cambiar; y si dice usted que ama mucho a mi papá, vamos a suponer que la corriera, se queda usted con un hijo de él, un hijo del hombre que dice querer mucho”.

Esas palabras que Roberto Bolaño le dijo a Irene, la llevaron a tomar la decisión de tener un hijo. “No sé ni por qué se levantó temprano en esa ocasión, pero me desmayé y él me vio, cuando sentí me echó una cubeta de agua y reaccioné. -¿Qué le pasa Irene, qué tiene? Vamos al médico. Le dije no, no; yo ya sabía que estaba embarazada. –¿Pero por qué no Irene? Está usted mal. No, tengo nada, estoy bien. -¿Cómo va a estar bien si se desmaya? Me imagino que es natural. No me diga que está usted embarazada. Pues sí, le conteste”. Fue tal la emoción de Roberto por la noticia que le dio Irene, “que me abrazó de la cintura y me dio vueltas, estaba feliz y decía voy a tener un hermanito, voy a tener un hermanito”. Pero la noticia aún no la sabia el padre de Roberto, “y no quiero que lo sepa”, le dijo Irene. “Usted no se preocupe, déjemelo a mí”, contestó Roberto.

Ese día después de regresar del trabajo, Irene encontró en la casa a su esposo, descansando, y le preguntó ¿no ha llegado Roberto? ¿Por qué tenía que llegar?, le contestó. Minutos después entró Roberto, traía una botella de vino y unas copas para brindar. “¿Y ora tú huevón, qué andas haciendo aquí tan temprano? Es que tengo un notición, agarrase papá, ¿Qué te pasa? Voy a tener un hermanito”, le digo Roberto. “¿Cómo que vas a tener un hermanito? Sí papá, Irene está esperando bebé. Es cierto eso, preguntó. Yo dije sí, pero yo me confié porque ahí estaba Roberto y, dije, él me defiende”. “Pero abrácela, bésela papá, va a tener usted un hijo”, le dijo Roberto. Nerviosa aún por la noticia, Irene apenas sintió en el cabello una leve caricia de manos de su esposo.

UN DETECTIVE EN CADEREYTA

Pocas eran las veces que llegaron a salir juntos Roberto, su padre León e Irene, uno de esos pocos viajes fue el que realizaron al municipio de Cadereyta de Montes, Querétaro, en el año de 1976. La familia de María Irene Mendoza había organizado una fiesta en el poblado de San Gaspar, Roberto aceptó acompañarlos y quedo encantado con la construcción de las iglesias que en ese entonces había en Cadereyta y sobre todo del mole. “Le dijo a mi mamá, señora sírvame más mole, carne no, más mole, puro mole, porque le gustó muchísimo. Yo el mole casi no lo hacia, hacia otros guisaditos como el pipían y Roberto luego me decía, ¡qué rico le quedó su mole Irene! No es mole. Pues parece mole, decía”.

Querétaro, la eterna ciudad de paso, también es testigo del viaje de Los detectives salvajes; en la página 562 se lee: –“¿Dónde estamos?- dije. En la carretera de Querétaro, –dijo Lima. Lupe también estaba despierta y miraba con ojos que parecían insectos el paisaje oscuro del campo”. Precisamente en esta novela, Roberto pone a sus personajes en varias ocasiones a comer mole. Otro de los platillos que le gustaba al escritor y que su padre León era el encargado de preparar, es el “puchero”, una pasta preparada con el caldo de carne de pollo, carne de puerco y albóndigas, que se acompaña de papas horneadas con mantequilla y ensalada. El café era otra de las debilidades del joven escritor, “me decía, Irene déjeme una tetera de agua en la estufa, porque yo tomo café siempre”. Roberto tenía la costumbre de escribir de noche “muchas veces veía algo en la calle y cuando llegaba y comenzaba a escribir”, acompañado por el humo del cigarrillo, el sabor a café y de vez en cuando una copa de vino tinto.

“ME VOY IRENE”

Roberto Bolaño empezó a escribir para la revista Plural (cuando Octavio Paz ya no estaba a cargo de la dirección), su primer cheque se lo entregó integro a su papá, quien lo rechazó pero ante la insistencia lo aceptó y empezó a guardale el poco dinero que la revista le daba, mismo que fue invertido para completar el boleto de avión a España, cuando Roberto decidió irse. “Me voy Irene para España". Irene recuerda que Roberto “siempre decía que quería ser un escritor grande, famoso y que él no iba a cambiar nada por la literatura”. El 28 de enero de 1977 Roberto Bolaño Ávalos dejó México para siempre. Se llevó su máquina de escribir y algunos libros, el resto los dejó en casa de su padre, junto con un cúmulo de textos hechos a mano.

MESA REDONDA

A finales de los ochentas, León Bolaño e Irene Mendoza, junto con sus tres hijos, León Enrique, Isabel y Eugenia, llegan a Cadereyta de Montes e inician un negocio de abarrotes, que a parte de ser conocido por los primeros comercios que abrían en la zona también llamó la atención el acento extranjero de León Bolaño, a quien le llamaban el chileno. Las cartas que Roberto Bolaño le escribió a su padre, cuando se fue a España, estaban guardadas en un baúl que tenía su padre, pero en el traslado de la Ciudad de México a Cadereyta, León Bolaño decide hacer limpieza en el pequeño baúl y las cartas desaparecen. “Sí él hubiera guardado esas cartas, ahora podríamos saber qué era todo lo que le decía Roberto”, explica Irene.

En la casa de la colonia Guadalupe Tepeyac, que se puso en renta cuando se trasladan a Cadereyta, se quedaron los libros y escritos que había dejado Roberto Bolaño. Años después cuando regresaron por las cosas de Roberto, los inquilinos avisaron que habían tirado a la basura todas las cosas. Hoy en día, en el desayunador de la actual casa de la familia Bolaño Mendoza, está como recuerdo del escritor, la mesa redonda en donde Roberto Bolaño se ponía a escribir, después de reunirse con los “real viscerealistas”, tal vez fue ahí donde comenzó a delinear la trama de Los detectives salvajes.

Vía | aQROpolis, suplemento cultural de Plaza De Armas Querétaro, El Periódico de Querétaro.

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