7 de febrero de 2012

Charles Dickens

Mientras su familia purgaba una sentencia carcelaria por los desastres financieros del patriarca John, él etiquetaba latas de betún en un alucinante barracón a orillas del Támesis, donde las ratas correteaban entre los pies de los empleados y la marea solía anegar sus pasos cada vez que el río se encaprichaba con las orillas londinenses.

Tenía doce años y le obsesionaba la miseria, el inexorable destino de la marginalidad. Quizás es por eso que los críticos opinan que su temperamento narrativo proviene de la infancia y que la vitalidad de los barrios agrestes con sus buhardillas deprimentes, la desolación de los semblantes y la barahúnda cockney son la impronta de un universo donde, decía T. S. Eliot, la realidad era casi sobrenatural.

Imagino a Charles trasegando con los tarros. Las manos resecas por el pegamento de los rótulos, la idea de encierro girando en su cabeza y, por qué no, la premonitoria imagen de un caserón con las ventanas tapiadas en las que nunca penetra el sol. Ahí deambula la figura enflaquecida de una mujer con un vestido de novia amarillento. Lleva un solo zapato, el otro se halla sobre la mesa, un tablero semejante a aquel en que se inclina para colocar los pegotes en las latas de betún.

¿Cómo era el calzado que él usaba al ocuparse de los frascos para lustrar los botines de un inglés afortunado? ¿En qué momento concibió el despojo de un pastel de bodas cubierto de telarañas, solitario y nauseabundo, tan simbólicamente exacto como un reloj paralizado a las nueve menos veinte, la hora funesta en que desdeñaron a la mujer enflaquecida con el vestido de novia amarillento?

Y claro, podrían decirme que cuando adhería las etiquetas él no pensaba en esa historia, ni siquiera sospechaba que iba a concebirla porque los relatos llegan solos, tienen su tiempo y su lugar o no prosperan, son irrealizables, pero supongo que ciertos libros suelen palpitar interiormente, suaves e inaudibles para lenta, gradualmente retumbar en el espíritu y erigir un mundo paralelo, ese escenario donde Pip se encuentra con la señorita Havisham y desentraña la frágil crueldad de las grandes esperanzas en un banquete enmohecido, un rancio pastel, un velo desgarrado.

Imagino a Charles aturullado por el aroma del betún. El olor le inspira un fresco impasible: habitaciones en penumbra, polvo y marasmo, la nostalgia. Y tal vez, cuando su olfato descansaba en los hedores de Camden Town y concentraba su mirada en el reverso delincuencial de la pobreza, comenzó a hilvanar la alocución más emblemática de la señorita Havisham, esa que refiere al amor como una humillante entrega del corazón y el alma a quien no lo merece.

En las novelas de Dickens, señaló Sergio Pitol, no hay héroes. El propio Charles nunca lo fue. De un puritanismo extremo (victoriano al fin), disoció al amor de la pasión y no dudó a la hora de acusar de demencia a su esposa para poder vivir con Ellen Ternan, una actriz de dieciocho años (él tenía cuarenta), con la que pasó el resto de su vida.

Imagino que el vestido de novia amarillento y la delirante soledad, que el banquete y el pastel podridos, como la ciega devoción de la señorita Havisham, surgieron entre los roedores y la humedad de la que también brotaron el Club Pickwick, Oliver Twist, Nicholas Nickleby, Dombey y su hijo, David Copperfield, la pequeña Dorrit y un tenebroso guardavía, porque en el mecánico pegar de una etiqueta la imaginación es un refugio intemporal.

Texto: "Charles y las latas de betún", de Iván Ríos Gascón
Diario nMilenio
4.2.2012

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