17 de febrero de 2012

Una triste historia de amor

Lo bello y lo triste
Julieta Lomelí Balver

Pedro Abelardo fue en su juventud alumno infiel, petulante, contradictorio, rebelde pero, sin duda alguna uno de los mejores filósofos del siglo XII. Eloísa fue su alumna, obediente, pero sobre todo, muy fiel. Sí. Fiel hasta la muerte. No hay historia más bella, si uno tiene espíritu masoquista –o acaso más patética– que la historia de aquél par.

El alumno infiel. El joven Abelardo se sentía muy inteligente, y con la osadía que sólo los años sin pelo cano dan, se atrevió a cuestionar públicamente el carácter teórico de su preceptor en París, Guillermo de Champeaux, uno de los teólogos más respetados de la época. Pero no sólo eso, el alumno rebelde decidió formar por sí mismo sus propias escuelas, cercanas siempre a la gran sede de aquél, su antiguo preceptor y nuevo enemigo. Abelardo comenzó a ganarse una gran fama siendo apenas un veinteañero, al grado de ser llamado para dirigir la escuela de su antiguo maestro en París. Meses después, por exigencia de su madre, el inteligente muchacho habría de regresar a su terruño en la antigua Bretaña, pero sólo por un corto tiempo, para después continuar sus estudios de teología en la provincia de Laon con el famoso Anselmo, su nuevo preceptor con quien también pelearía a muerte.

La alumna fiel. Antes de pisar la tercera década de su vida Abelardo se convertiría como era de esperarse, en un famoso maestro parisino de la escuela catedralicia de Notre-Dame. Durante esa época sería cuando conocería a Eloísa, una bella joven de diecisiete años, y como él mismo la menciona en sus memorias: “maravillosa por los conocimientos que poseía, raro en las mujeres”, la convertía en una adolescente muy deseable, pero sobre todo alcanzable, para su instinto y orgullo masculino, alimentado por la fama y el poder que en ese entonces el filósofo tenía: “estimé que me sería sobradamente fácil el hacer consentir a esta niña que no sólo poseía la ciencia de las letras, sino que las amaba”. Por lo que Abelardo decidió hacer uso de la profesión para llegar a la hermosa adolescente, vendiendo al tutor de aquella –su tío, un famoso canónigo– sus servicios pedagógicos: “El viejo cedió a la avidez de dinero que lo devoraba, al mismo tiempo que creyó que su sobrina se habría de aprovechar de mis conocimientos”.

Y así comenzaba la aventura erótica: el tío confiado en la inocencia de su sobrina y en la popularidad que respaldaba a su nuevo preceptor, dejaría que éste hiciera uso de su sofisticado método para enseñar a la alumna algo más que una pasión por las letras: “Más abundantes salían los besos que las sentencias. Muchas más veces, las manos se escurrían a los senos que a los libros”. Ambos se enamorarían, o algo así, pero muy pronto el tío se daba cuenta y el filósofo tendría que dejar de verla, pero no por mucho tiempo, porque ella pronto le informaba de su embarazo, así que, ante las expectativas de la época, habrían de casarse como era lo acordado. Estaba todo listo para aquel fin, sin embargo Eloísa no estaba de acuerdo con el matrimonio, creía que le robaba al mundo una gran luminaria, los genios no se casan, los hombres de ciencia no han de dedicarse a la tan rutinaria tarea de formar una familia, “Considera con atención lo que es la vida matrimonial y no me impidas remover este estorbo para tu vida filosófica: ¿Qué unión formarán los escolares con las mucamas, los tinteros con las cunitas, los libros o tablillas con las ruecas, los estilos o plumas con los husos?”.

Sin embargo, la boda termina celebrándose, pero en secreto, porque Abelardo creía en cierta medida que si el mundo se enteraba, su fama se vendría abajo. Poco duraría su secreto, ya que el tío, para proteger la fama de su sobrina, termina dando a conocer la noticia, ella molestísima por el asunto, sintiéndose carga para que su marido se comprometiera con su “verdadera” pasión de vida –que no era ella sino la filosofía–, comenzó por todos los medios a sabotear su matrimonio y a negar que estaba casada, por lo que el filósofo le encontraría un resguardo en un convento cerca de París, solución en la cual ambos encontraban la paz.

Pero la historia no termina aquí, el tío de Eloísa enfurecido por la situación creyó conveniente la venganza, una por cierto muy cruel, que en sus desventuras el filósofo escribe con tinta roja: “Y una noche, mientras dormía en la secreta alcoba de mi albergue, me amputaron aquellas partes de mi cuerpo con las que yo había cometido lo que ellos lloraban”. El filósofo desapareció por algún tiempo de la filosofía, sin embargo, años después, volvería a recobrar la fama que había perdido debido a sus “inmorales” acciones.

Nunca dejarán de escribirse. Ella, atormentada por la soledad, agradecía las cartas de su terna guía y le rogaba que no dejase de escribirle: “Te agradezco tus frecuentes cartas, pues es la única manera de hacerme sentir tu presencia. Siempre que las recibo tengo el íntimo sentimiento de que estamos juntos.” Abelardo por su parte, al final de su vida, recluido en un monasterio, en las cartas que responde a Eloísa –evadiendo los deseos intempestivos de su eterna enamorada–, sólo habla del amor que le tiene a Dios y del carácter mesurado en que ha aceptado los designios que éste había impuesto en su vida: “Tú sabes a qué bajeza arrastró mi desenfrenada concupiscencia a nuestros cuerpos. Ni el simple pudor, ni la reverencia debida a Dios fueron capaces de apartarme del cieno de la lascivia, ni siquiera en los días de la Pasión del Señor o de cualquier otra fiesta solemne”.

En homenaje a su amor y al romántico espíritu occidental, en 1817 ambos cuerpos fueron sepultados en un solo nicho, en el famoso cementerio de Père Lachaise en París. La tumba es visitada por miles de enamorados a lo largo del año.

Milenio, 14.02.12

0 comentarios:

Publicar un comentario

No se publicarán comentarios anónimos.