1 de marzo de 2012

Sherlock Holmes

“¡No lo harás! ¡No puedes! ¡No debes!”, le gritó la madre de Arthur Conan Doyle (1859 -1930) cuando éste le comunicó su intención de matar a Sherlock Holmes en 1893, apenas seis años después de haberlo creado. Se había cansado del personaje que lo encumbró porque le acaparaba todos sus pensamientos; por ello le dio fin junto a su eterno rival, James Moriarty, en el relato El problema final (1893) durante la terrible y ya famosa lucha en las cataratas de Reichenbach, en Suiza. El público, indignado, clamó por su regreso. Así que el escritor escocés no tuvo más remedio que resucitarlo e inventó una nueva historia: El perro de los Baskerville (1902). Ya por aquel entonces entendió que su criatura se había convertido en el detective más famoso de todos los tiempos y que jamás se libraría de él. Lo que sí no se hubiera podido imaginar es que 125 años después de la publicación de su primera obra, Estudio en Escarlata (1887), su personaje continuaría siendo objeto de inspiración para escritores y cineastas, y más de 170 autores lo intentarían copiar, incluidos su cuñado y su propio hijo.

El boom holmesiano empezó en la década final del XIX, al poco de publicarse la primera aventura. Muchos autores se percataron de que la figura del investigador gustaba y vendía, así que se apresuraron a crear relatos que combinaban tramas similares a las inventadas por Doyle con protagonistas de rasgos parecidos a Holmes: cínicos, intuitivos, desprovistos de emociones y muy racionales. E incorporaban ayudantes a lo Watson. De este modo nacieron “los apócrifos Holmes” o versiones alternativas del mismo icono. Memorias íntimas del rey de los detectives fue la primera colección que, publicada en varios países, apostó por la imitación: una serie de revistas ilustradas realizadas por distintos escritores donde se mezclaba misterio, suspense y cierta fantasía con protagonistas semejantes al sabueso inglés.

Sorprendentemente, las copias tuvieron gran aceptación, tanto por parte del público anglosajón como del propio Conan Doyle, que de manera altruista se alegró de que sus historias sirvieran para motivar a otros autores; incluso ayudó en algunos pseudo-relatos para que obtuvieran mayor éxito, como la parodia La aventura de los dos colaboradores (1893), escrita junto a James M. Barrie, padre de Peter Pan e íntimo amigo suyo. Sherlock se dividió así en dos: el convencional, moldeado a gusto de su creador, y el apócrifo, nacido de plumas fascinadas por el ingenio del tándem Holmes-Doyle.

Entre los primeros competidores más emblemáticos está el belga Jean Ray, que a fuerza de traducir al francés obras del detective del 221b de Baker Street acabó sintiéndose capaz de superar el original e inventó a Harry Dickson, “El Sherlock Holmes americano”, como rezaba en la portada de muchas revistas belgas, checas, francesas y alemanas que acogieron sus aventuras. Algo parecido intentó E.W Hornung, que después de ver el triunfo de las obras de su cuñado y amigo personal se animó a engendrar al ladrón de guante blanco Arthur J. Raffles. El colmo del émulo llegó hasta las entrañas de su casa cuando su propio hijo, Adrian, decidió perpetuar la saga familiar y junto a John Dickson Carr, escribió 12 relatos cortos donde el protagonista era, cómo no, el modélico Sherlock Holmes.

La muerte del autor, en 1930, no hizo más que reforzar esa tendencia que inundó el mercado editorial de Europa y América de novelas, cuentos y revistas apócrifas y reforzó la ya larga tradición de imitaciones y homenajes. Tanto que ha llegado hasta hoy que el deductivo detective se ha convertido en el personaje de ficción que más veces ha sido reproducido en la gran pantalla. Sin ir más lejos, este año ha arrancado con el filme Sherlock Holmes: Juego de sombras, secuela de la primera entrega que ya realizó el propio cineasta Guy Ritchie, y con el libro The house of silk, primera continuación autorizada en 81 años de la labor investigadora de Holmes, obra del británico Anthony Horowitz.

El resultado de todo ello es que el número de apócrifos centuplica las aventuras ideadas por Conan Doyle, limitadas a cuatro novelas y 56 relatos cortos. Gracias a ello, Sherlock Holmes ha podido habitar en la piel de muchos personajes que han pasado a la historia de la literatura, como Guillermo de Baskerville, protagonista de El nombre de la rosa (1980), de Umberto Eco. “Sin duda, está escrita en honor a El sabueso de los Baskerville y simboliza una aventura encubierta del detective”, defiende Joan Proubasta, propietario de una de las cinco colecciones sobre Sherlock Holmes más importantes del mundo y que hace unos meses ha donado a la Biblioteca Arús, dando pie a la muestra.

Jack el destripador, Dorian Gray, Sigmund Freud, Theodore Roosevelt, El conde Drácula, Karl Marx, la reina Victoria y Bernard Shaw han hecho cameos con el británico detective, que ha llegado a padecer una extraña alergia a los gatos para resolver un misterio antes que Watson en El caso del doctor (1993) gracias a la mente retorcida de Stephen King; pero es que Mark Twain le incrementó sus poderes en The double barrelled detective story (1902) y Maurice Leblanc lo enfrentó a Arsène Lupin en Sherlock Holmes llega demasiado tarde (1905). Una proliferación sin fin que ya sería un caso en sí mismo para el propio Holmes.

Fuente | "El caso de los ‘hijos bastardos’ de Sherlock Holmes", El País, 28.02.12

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