22 de julio de 2012

Los hermanos Grimm

Los hermanos Grimm: dos siglos de actualidad
Ricardo Guzmán Wolffer

De los cuentos que han marcado a Occidente desde hace un siglo, muchos fueron escritos por los hermanos Grimm (Jacob y Whilhelm). Resulta curioso establecer cómo la difusión de estos textos ha terminado por asimilarlos en todo Estados Unidos, cuando en su momento fueron hechos, entre otros fines, para buscar una identidad nacional en Alemania. Napoleón invadía Europa y los alemanes buscaban diferenciarse de los invasores. Los autores recopilaron entre la gente de edad, rural o de la burguesía, y con su propia familia, pero escribieron con su propio estilo e intención. Querían recuperar esa “riqueza nacional” surgida de la “imaginación poética del pueblo”, según Herman Grimm en el prólogo de la edición española.

Los textos terminaron por hacerse universales. Desde la primera edición, la intención de los escritores fue hacerlos “infantiles”, que en parte se logró por las adaptaciones en donde se han ido suavizando los argumentos originales, como sucede, por ejemplo, con “Caperucita Roja”, pues en la versión más popular el lobo no se come a la niña, ni le rellenan con piedras el estómago, y hasta puede que ni se muera. Esa gradual reducción de la crudeza se dio desde las primeras publicaciones de los Grimm. El título original era Cuentos para la infancia y el hogar publicado en dos volúmenes (1812 y 1815), ampliados en 1857, a los que se conoce más como Cuentos de hadas de los hermanos Grimm.

De la función a la acción

Entre los estudios de tales cuentos destaca Morfología del cuento (1928) de Vladimir Propp, donde menciona la existencia de treinta y un funciones o constantes, de las cuales no todas deben aparecer en los cuentos maravillosos. Desde la primera, cuando el héroe se aleja de la familia, hasta la última, donde el héroe se reivindica tras castigar al falso héroe y con ello puede matrimoniarse y ascender al trono. A esas treinta y un acciones corresponden treinta y un funciones: alejamiento, prohibición, transgresión, interrogatorio, información, engaño, complicidad, fechoría, carencia, mediación o momento de transición, principio de la acción contraria, partida, primera función del donante, reacción del héroe, recepción del objeto mágico, desplazamiento en el espacio entre dos reinos, viaje con un guía, combate, marca, reparación, regreso, persecución, socorro, llegada de incógnito, pretensiones mentirosas, tarea difícil, tarea cumplida, reconocimiento, descubrimiento, transfiguración, castigo, boda. Y así como hay ciertas acciones necesarias en todo cuento fantástico, que corresponden a una función específica, también hay esferas de acción para cada personaje: el malo (hace el mal, lucha con el bueno, etcétera); los personajes secundarios (ayudan al héroe a conseguir el objeto deseado); los auxiliares, de la princesa, del héroe (la búsqueda y el casamiento, entre otros), en contraposición al falso héroe (y sus pretensiones de embustero). Además, los cuentos fantásticos hablan de una carencia con pasos intermedios para llegar a la recompensa. Es una estructura común de los cuentos maravillosos.

Sin embargo, el análisis doctrinario, como si los cuentos de los Grimm fueran sólo un producto de la cultura germana, casi como una campaña propagandística, deja a un lado el disfrute del lector: los niños leen esos cuentos porque se divierten. Desde la primera edición, “los niños se habían adueñado de los libros y los leían con sus propios ojos” (Herman dixit): entonces se leía a los niños. Son los padres los que se escandalizan ante la rudeza de los detalles. Cierto que podrían identificarse símbolos e intenciones didácticas, moralizantes, en muchos de sus cuentos: de “Caperucita Roja” se obtiene la lección de la obediencia: el lobo se la come por no obedecer la indicación paterna de no dejar el camino (el buen camino, se entiende). Igual Blanca Nieves: si hubiera seguido la orden de no abrir la casa de los enanos, la bruja-reina jamás habría podido envenenarla y luego matarla. Se les identifica como textos para público infantil, ante la posibilidad de usarlos para educar a los niños a mantener el orden social. Sin duda es útil enseñarles las bondades de la convivencia y lo reprochable de matar, golpear o hacer sufrir a personas y a animales. Pero se pierde de vista que uno de los atractivos de la literatura es, precisamente, la posibilidad de causar el peor de los dolores o cometer las atrocidades o burlas máximas y continuar con la vida cotidiana, pues todo ese dolor sólo ha sucedido en la imaginación de los lectores.

Los chicos se divierten incluso repudiando los aspectos más sencillos de la higiene personal: en el original de “Blancanieves”, la madrastra la envenena al peinarla con un peine emponzoñado, antes de lograr matarla con la manzana infectada, ante lo cual, las niñas que no gustan de acicalarse como ordenan las madres impositivas, o que prefieren el juego a la higiene, seguro continuarán leyendo. Habrá algunos, como la historia de “Hansel y Gretel”, donde podríamos percibir una variante para preservar el orden familiar: la relación de la madrastra y los hijos de la pareja: es la madrastra quien urde el plan para abandonar a los niños en medio bosque, con el argumento de que es mejor que mueran ellos dos y no los cuatro. Algunos tratadistas refieren que en el texto original era la madre quien los abandonaba, pero que la censura prefirió hacer de la madrastra la malvada, para respetar la figura materna como fuente de bondad. Y eso que en otros cuentos la madre es terrible. Convenientemente, cuando los niños vuelven con el padre arrepentido, la madrastra ha muerto, y entonces sí viven felices para siempre. No es el único caso en que los hijos pagan los pecados de los padres: Rapunzel está en el castillo porque su madre obligaba a su marido a cortar verduras del jardín de la bruja: cuando ésta lo sorprende, le obliga a entregarle a la hija que tendrán y una vez en manos de la bruja, Rapunzel no vuelve a ver a sus padres. La gula de la madre desencadena la tragedia de la hija; con todo y final feliz, son años de soledad y aislamiento.

Se supone que el héroe se transforma en el cuento, pero hay historias, como “El destripaterrones”, donde el personaje central se dedica a embaucar y matar a todo el pueblo. Aunque es el único vivo y es rico, eso sí, tendrá dinero mal habido: no logra una reivindicación moral.

Podría culparse a las películas de Walt Disney de rebajar el nivel de muchos cuentos de los Grimm, pero no son los únicos censores. Además, ¿de verdad los niños prefieren la seguridad de los textos sencillos? Es discutible, si se conviene en que puede ser más divertido que la reina mala de “Blanca Nieves” muera al ser obligada a bailar sobre las brazas ardientes, luego de que Blanca Nieves escupiera la manzana envenenada que milagrosamente ha conservado en la garganta, y que arroja cuando el príncipe se lleva el ataúd de cristal para contemplar a esa muerta hermosa en su castillo y por error el féretro cae contra el suelo. Si se parte de la base de que el príncipe cree muerta a la envenenada, resulta bastante discutible suponer que esté enamorado del cadáver. No se desprenden intenciones más aviesas, pero resulta destacable ese medieval gusto por la muerte en su contemplación. Es curioso, como el otro cuento donde aparece otra Blancanieve (“Blancanieve y Rojaflor”) casi no es difundido: dos hermanas, distintas pero compenetradas (juegan, duermen, hacen todo juntas: la madre les inculca –o sentencia– que lo que es de una es de la otra), viven con su madre. Un día de invierno llega un oso y se gana su confianza. Al llegar el verano, el oso se va para esconder sus tesoros de los enanos ladrones. Las hermanas se topan con uno en varias ocasiones, quien las insulta a pesar de recibir su ayuda. Finalmente, el enano se encuentra con el oso, éste lo mata y se convierte en un príncipe, quien se casa con una y su hermano con la otra. Las hermanas casadas viven felices y por mucho tiempo con la madre. Pareciera ser una historia didáctica sobre la bondad y cómo debe ser premiada, pero resulta menos divertida que otras, no hay más muertes humanas.

Los cuentos de los hermanos Grimm, además, contienen elementos que pueden ser asimilados a mitologías diversas: el lobo de “Caperucita Roja” resulta una suerte de demonio caníbal. No puede ser un simple animal: le cortan el estómago, le sacan a Caperucita viva y capaz de juzgar qué se siente estar en una oscuridad, lo rellenan de piedras y, mientras, el lobo sigue dormido, sin darse cuenta de la carnicería que ha sufrido. Ningún animal podría tolerar eso, debe ser un ente mágico: un diablo. También, en “La Cenicienta”, hay elementos macabros, pues en el texto de los Grimm no hay hada madrina (ese es de Perrault): Cenicienta va a pedir a la tumba de su madre un vestido y zapatos para ir al baile del príncipe. Como si la madre fuera un fantasma encarnado, las aves le colocan las ropas a la doncella. Ese fantasma actúa sobre las hermanastras: al probarse el zapato olvidado, por consejo de la propia madre, una se corta un dedo y la otra parte del talón, para que les pueda quedar el zapato de Cenicienta: cuando pasan con el príncipe frente a la tumba de la madre, los pájaros le advierten al novio de la sangre en el zapato y éste percibe el engaño.

Cuando al final se casa Cenicienta, las aves les sacan los ojos a las hermanastras para castigarlas por su maldad. Sin duda es una fantasía que la madre no abandone nunca a los hijos, pero que llegue a esos extremos de dejar ciegas a las malas hermanastras, va más allá. En este texto, las madres son despiadadas y, de nuevo, son como seres maléficos, más asimilables a demonios, por la crueldad ya con las propias hijas, ya con las demás; y más reprochable al dejar ciegas a las hermanastras, pues Cenicienta se había casado ya, y el castigo sólo se explica como un regodeo de ese fantasma encarnado en los pajarracos vengadores. En el cuento del enano Rumpelstiltskin estamos ante un ser mágico que pierde sus poderes cuando la reina, quien había prometido darle su primer hijo por la ayuda que le permitió casarse con el rey al engañarlo, le adivina el nombre. El enano patea el piso, se parte en dos y muere. Una larga tradición sajona y mística atribuye poderes al hecho de saber el nombre del demonio que enfrentaban los exorcistas: al poseer el nombre del diablo, se tiene control sobre el ser, cuya principal fuerza es estar oculto, de nombre, a los demás. Algo similar pasa en “El diablo y su abuela”, donde un dragón (clásico escondite del demonio) ofrece ayudar a tres soldados a cambio de que lo sirvan por siete años.

Lo divertido es educativo (y viceversa)

Suele decirse de estos cuentos que son de final feliz, como si los lectores necesariamente se identificaran con el personaje central. O que muestran la valentía al enfrentar los peligros de la historia, siempre salvables gracias a la entrega del personaje central, lo cual no necesariamente es cierto: en muchos textos apenas se percibe la voluntad de actuar a pesar del miedo. Es más un desenvolverse por inconsciencia que por valor. De ahí que muchos críticos de esta expresión literaria le resten valor al establecer que se forjan falsas esperanzas en los lectores, en cuanto a que siempre saldrán victoriosos, lo que ciertamente no corresponde a la vida real, donde lo único constante es la inconstancia en obtener los resultados por los que trabajamos o estudiamos. Mas que educar a los niños, los textos originales buscaban divertirlos. Una vez más son los padres los que encuentran virtudes no originales en tales textos. Cierto que los cuentos pueden ser formativos y que la mejor manera de educar es mediante la lectura lúdica, pero no se percibe esa intención en todos los textos de los Grimm: algunos concluyen con una máxima, pero no todos.

Los cuentos de los hermanos Grimm, con todo y la censura editorial y paterna, no dejan de divertir por evocar situaciones imposibles, pero que nos son cercanas.
Por algo los recordamos doscientos años después de su inicial publicación.

Fuente | La Jornada Semanal, 22.07.12

1 comentarios:

RAFA RODRIGUEZ dijo...

Debemos decir que a los hermanos Grimm también debemos la creación de las telenovelas mexicanas, ya que toda telenovela es un cuento de hadas.

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