30 de julio de 2012

Marguerite Yourcenar

Si lo pensamos bien, Marguerite Yourcenar es en realidad un personaje literario inventado por Marguerite de Crayencour cuando modificó su apellido real por un anagrama lleno de consecuencias. Al elegir un apellido “por el placer de la Y” se conectó con un linaje cultural, que tiene su origen en Grecia. Al mismo tiempo, dio el primer paso para desvincularse definitivamente de su familia de sangre. Yourcenar acabó siendo su apellido legal. Cuando escribe El laberinto del mundo, el universo de la escritora ha dado un giro completo: ahora Marguerite de Crayencour es el personaje literario de Marguerite Yourcenar. Las nociones narratológicas son ya muy precisas: la narradora es M. Y. Su protagonista es M. de C. Naturalmente, todo esto no se reduce a un juego. Quijotesca, más que cervantina, es esta apuesta para cambiar el mundo con lo que uno ha leído y con lo que uno mismo escribe. Cambiar el mundo con la literatura.

En una autora que estuvo influida por Gide y por Montherlant, nos encontramos con una obra final bajo el signo de Proust.

En la frontera de Francia con Bélgica transcurrió la infancia de Yourcenar. Entre dos grandes ciudades como Lille y Bruselas. Cerca de otras cada vez más pequeñas, como círculos concéntricos: Bailleul y Saint-Jans-Cappel. El punctum de ese mundo es el Mont-Noir, la finca familiar con la gran mansión en la que vive su abuela, terrible como una Bernarda Alba nórdica. Yourcenar tardó 75 años en volver a esos parajes, para inaugurar en el pueblo un sencillo museo. No sé si en aquel momento pudo imaginar que unos años más tarde, cuando ella no estuviera ya en el mundo, el Mont-Noir, su casa solariega, se convertiría en un parque natural protegido, abierto a todos los ciudadanos. Aunque el castillo fue derruido en la Primera Guerra Mundial, el Departamento del Norte (hablamos de la entidad gubernativa, sin dejar de hablar de literatura) ha habilitado la casa del guarda, una especie de mansión en miniatura, como residencia para escritores europeos. El ciclo de la vida y la escritura se renueva en las mismas tierras en las que la niña Marguerite recogía frutos del bosque. Hablando de otra finca, de su familia materna, Yourcenar evoca los gritos de los pavos reales y el té que se servía en la terraza. Nos cuenta algo muy parecido: que había pasado a ser un parque natural. “La mansión gozaba de una de las suertes más hermosas que pueden caerle encima a una vivienda desafectada: servía desde hace poco de biblioteca comunal”. Esa sencilla anticipación de lo real, lo que en otro tiempo se llamó profecía, también es propia de un libro clásico.

Fuente | De poética memoria.

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