6 de septiembre de 2015

Edificio, Ana García Bergua


Ana García Bergua, Edificio (México: Páginas de Espuma, 2009).

Se escucha, como crítica negativa, que cuando se comenta un libro sólo se dicen halagos. Esto no lo creo, y menos cuando un libro lo merece. La publicación de Edificio, es para aplaudirse. Muy buenos los quince cuentos que lo componen.

Cada relato de Edificio nos permite entrar a la vida de los inquilinos que pueblan un edificio de departamentos. Es como si estuviésemos mirando a través de las ventanas o escuchando a través de las puertas y enterarnos de secretos que solo sus dueños conocen. Es percatarnos, tal vez, de nuestras propias vidas o de las vidas de personas que conocemos y que ignoramos lo que hay más allá de esa mera apariencia que mostramos o nos muestran.

Poco a poco vamos conociendo a cada uno. Por ejemplo a Ada, la del departamento 3. Una mujer que no puede dejar de vigilar los sonidos del portón del edificio al abrirse; especialmente, los ruidos que hace su vecino del segundo piso, el del departamento 12.

Otro inquilino, el ingeniero Álvaro Paniagua, está seguro de que su mujer lo engaña.

Junto a Julio Llamas, vivimos el trauma que sufre al ser despedido de su trabajo. Así como nos condolemos de la humillación que sufre el del departamento 9, Andrés Taracena, al no recibir el puesto que esperaba porque se lo dan a un “adalid de la pereza burocrática”.

Felipe Pardo, después de vivir muchos años en Japón, regresa a su país para encontrarse tal vez con él mismo o con lo irreal de la realidad o, quizá, con la realidad misma.

Mientras que el tímido escritor del departamento 32, Álvaro Aldana, tiene una particular manía: desaparecer de pronto frente a sus invitados y pasado unos minutos regresar transformado ¿en qué? ¿En sobrevivencia? Esta es una manía que muy pocos le conocen, tal vez, leemos, porque de saberse podría estropear su prestigio literario.

Otro de los inquilinos, Rubén, llega a extremos insospechados al no querer abrir los ojos cuando despierta. Es capaz hasta de morir, pero no abre los ojos.

La familia –padre, madre, hijo y un perro- que vive en el departamento 14, el más pequeño del edificio, tiempo atrás del ahora narrativo recibe la visita de un matrimonio. Esta visita trae como consecuencia algo que pudiésemos mirar a través de una película de Hitchcock…

En el departamento 12 vive el Teniente Coronel Abelardo Ávalos, un militar retirado. ¿Qué vive realmente este personaje que convive al lado de su sirvienta? o, más bien, ¿es realidad o ficción lo que conocemos al ser “mirones” de su intimidad?

Y qué decir de Aníbal, el del departamento 7. Colecciona coches que deja estacionados fuera del edificio. Pero lo que hace una vez a la semana por la noche nos pide, como lectores, discreción.

Uno de mis cuentos favoritos es “La bolsa”. Ángel, su protagonista, vive en el departamento 204. Él y su familia están de fiesta porque celebran que su padre recibe un reconocimiento. Pero, en otro departamento del mismo edificio, hay un velorio. Un contraste que se convierte tal vez en inhumano o simplemente se reitera aquella consabida frase de “así es la vida”… El lector queda sobrecogido.

Concha, la inquilina del 7, juega al escondite para que Luis, su pareja, la encuentre. Era como una cacería, nos cuenta el narrador, una cacería que los excitaba.

La mujer del departamento 8, Aída Betanzos, es profesora de matemáticas en la universidad. Y el hombre del departamento 11, tiene dos esposas y los tres viven juntos. El hombre duerme con una mujer de cada lado y les hace el amor o las abraza por turnos.

En el último de los relatos, “Los tormentos de Aristarco”, nos adentramos un poco a la vida del portero del edificio, un portero que aparece y desaparece en la mayoría de los relatos. Es un hilo o marco narrativo, junto al edificio, que nos permite conocer un poco más la existencia a veces gris o monótona, a veces desoladora, otras asfixiante, y en ocasiones sentir sus vidas en soledad que los hace tan endebles, frágiles.

Como nosotros, el portero espía y lo que espía transforma su forma de mirar y sentir su mundo, su ilusión, su creer que muchas cosas son de determinada manera. En este edificio suceden muchas cosas. Cuando menos nos lo imaginamos brota una sorpresa que nos lleva a preguntamos ¿qué va a suceder después con fulano o con esa mujer de tal departamento? o ¿por qué tal o cual inquilino hizo esto tan sin sentido? ¿Tan sin sentido realmente? al menos no para ese mundo narrativo en el que habitan. Conocemos muy bien ese edificio: recorremos sus pasillos, escaleras, las calles que llevan él, los coches estacionados frente a su fachada, esa rutina que sus habitantes llevan a cabo día a día.

Edificio, dice la autora, “apela a los chismosos, a los voyeuristas. Yo soy una persona decente que no se atrevería a espiar a los vecinos, por eso decidí imaginarme las situaciones que narran estos relatos. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia”.

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